LAS FINCAS HUMILDES

El apresuramiento con que se organizó la colonización oficial en el alto

valle del Río Negro, debió obrar como factor negativo en la intensidad

de las labores agrícolas y el parcelamiento de las tierras. Se

favoreció, inconscientemente, el acaparamiento de chacras y la incuria

de los pobladores. La isla de Choele Choel, fraccionada en lotes de 100

hectáreas, como base colónica--y en donde los adquirentes afortunados,

han podido adjudicarse, merced a la liberalidad oficial, hasta diez y

más chacras--nos dá un ejemplo de estacionamiento industrial muy digno

de tomarse en cuenta. En cambio, en la vecindad de La Picasa, en Allen,

y aún en las colonias incipientes del Limay, vecinas a la confluencia,

el fraccionamiento de la tierra y la diversificación agrícola han

fundamentado los cultivos intensivos, marcando orientaciones a las

industrias derivadas de la agricultura y asegurando el bienestar de

innumerables colonos.

La isla de Choele Choel y los terrenos adyacentes son de una

constitución agrológica insuperable. Es imposible encontrar en el país

tierras más prodigiosamente feraces, como que no sólo son de origen

aluvional, sino que por la misma bifurcación del río, con su raigambre

confluenciaria, constituyen el conglomerado más rico de materias

vegetales. Pero esto no es suficiente para la prosperidad agrícola e

industrial de la comarca. Falta el parcelamiento en predios ínfimos como

medio de intensificar la población, tecnificar los cultivos y dar vida

estable a numerosas industrias reclamadas por la huerta, por el viñedo y

por la fruticultura.

Felizmente la zona cabecera del alto valle va evolucionando hacia las

pequeñas chacras. Los colonos de la margen izquierda del Limay, con sus

finquitas no menores de 2 hectáreas ni mayores de 15, vivirían en el

mejor de los mundos si tuvieran los beneficios discrecionales del agua,

a pesar del cánon gravoso por concepto de riego y la evidente

mediocridad de sus tierras. Allí está la verdadera agricultura

intensiva de la región. Y sería una falta de tino del gobierno de que no

mejorara a la brevedad las condiciones precarias en que se desenvuelven

estos agricultores, por la carencia del agua debido al dispendioso

sistema de su aprovechamiento.

En Allen hemos encontrado el ejemplo más elocuente del pequeño

cultivador. Se trata del vecino M. C., helvético, arboricultor

competentísimo, que trabaja, sin ninguna ayuda, las cinco hectáreas

escasas de su propiedad. Con toda complacencia hemos visitado la

finquita de este agricultor recogiendo la impresión más halagadora.

Dedica una atención especial a los frutales y a la huerta. Pero el

renglón más lucrativo de sus productos, lo constituye el cultivo de

rosales con destino a plaza. ¡Rosales, a doscientas leguas de Buenos

Aires! ¡Eso es valentía! Alguna vez el escepticismo de la metrópoli se

manifestó en nota chispeante, cuando el poeta Guido Spano, desde su

puesto eventual en el ministerio de agricultura, aconsejaba a los

agricultores del país que plantaran rosales para perfumar el acíbar de

la vida... Se confirma aquí la razón del viejo Anacreonte; y no a la

vera de la urbe estupenda, en el cómodo “faubourg”, sino en el valle

lejano, más allá del “far west” argentino y donde la fantasía porteña

cree ver todavía las mesnadas de los hijos de Caupolicán afilando sus

lanzas, bajo las salvajes sauzaledas del río...

Y no sólo cultiva C. rosales para la exportación de ejemplares vivos,

con rumbo a las jardinerías de la metrópoli, y con rendimientos

aceptables, sino que se propone establecer, de acuerdo con la medida de

sus fuerzas, una pequeña destilería de esencia de rosas. Si no

hubiéramos visitado su chacrita, que es una monada; si no hubiéramos

departido largamente con este agricultor--con este grande y hazañoso

agricultor;--si no hubiéramos puesto en juego su tecnicismo, bien

cimentado en su propia huerta de frutales, podríamos pensar que era el

lirismo de un visionario, este pujo industrial de hacer suaves esencias

donde los cerdos dan valiosas gorduras y los alfalfares invernan ovinos

de alta selección...

Pero ahí está la comprobación en su finca. La recorremos con deleite,

con emoción. Se recuesta sobre el canal de la cooperativa, como un

ingerto promisorio sobre vigoroso patrón. ¡Qué aprovechamiento más

meticuloso el de su predio! ¡Qué sencillez encantadora la de su casita!

El agua se desparrama con equidad sobre los camellones. Prosperan

maravillosamente las plantas. De primera intención se advierte en los

frutales la mano experta del podador. Hay manzanos que no se levantan un

metro del suelo y cargan abundosas pomas. Allí está la ciencia del

huertano, evitando las ramazones inútiles, que demandan su parte de

savia ineficaz y donde la parasitología encuentra un refugio

inapreciable. Persigue C., con verdadero afán, la variedad de pomacea

que resista al famoso pulgón, enseñoreado de los huertos valletanos. Y

ensaya, ensaya siempre con la pertinacia de un benedictino, en procura

del ejemplar inmune que pueda dar al traste con la terrible plaga.

Su finca, aparte del rendimiento en producción que asegura su modesto

bienestar económico y el de su familia, es, en pequeño, todo un campo de

experimentación. Se multiplican por ensalmo, variedades y familias,

siguiendo un plan sistemado de observación bajo el más escrupuloso

aprovechamiento de la finca. No hay desperdicio en su tierruca. Después

del jardín de rosales, viene el huerto. Allí, entre las hileras de

manzanos, perales y durazneros, se refugian las hortalizas, los

espárragos, el pradito de maíz y el frutillal y conviven hasta las

plantas exóticas, los kakis, las frambuesas...

Cuando visitamos esta finca, encontramos a C. en la faena de arraigar un

enjambre de abejas que se había asentado sobre una planta de membrillo.

Su colmenar es modesto, muy modesto, construído toscamente de cajones.

Pero esta iniciación, que se incorpora a la intensa labor de la

propiedad, ha de ser industria lucrativa dentro de poco, dado el

carácter técnico que piensa C. imprimirle a su apicultura. Recorriendo

la huerta de frutales, nos invade el recuerdo de La Vegetariana, aquella

finquita de Astorga, en Guaymallén, también de cinco hectáreas,

trabajada intensivamente, con rendimientos de quince hectáreas merced a

la distribución de sus plantíos: los frutales, alineados, sirviendo de

rodrigones al parral; y entre los camellones, de fila a fila, las

acelgas, las cebollas, los tomates, toda la variedad hortícola, base de

su apostolado y su alimentación.

No entramos en las interioridades de la casita del colono, pero tenemos

la certeza de que reina la felicidad dentro de aquellas paredes

humildes. Hay alegría en el solar. La obra de este hombre diligente ha

sabido hacer un paraíso de aquella lengüita de tierra, adherida al canal

como pidiendo una caricia a sus aguas. Y no sólo suponemos bienandanza

en el hogar; suponemos holganza económica y sospechamos hasta los

ahorrillos previsores que darán más tarde a este granjero fuerzas

vitales para afrontar empresas mayores. Ya en Neuquen, encontramos otro

colono--un valenciano--digno de tomarse como modelo de agricultor

intensivo. Pero en el caso de C., se une la labor del labriego al

tecnicismo del arboricultor, al tino del granjero inteligente que

distribuye su labor diaria entre sus plantas, a pleno sol, y el libro de

consulta; que pone sobre la rutina una nota cultural propia, sustantiva

y quizá trascendental para la comarca.

Recorremos la finca. Con toda buena voluntad nos asesora C. sobre el

resultado de sus experimentos. Su obsesión, su pesadilla es, hoy por

hoy, el pulgón lanígero que ataca sus manzanos. Regresamos luego a su

casita. Mientras reposamos a la sombra de un sauce, su esposa nos

obsequia con un plato de frambuesas frescas con vino y azúcar, delicioso

y sencillo manjar que no habíamos probado nunca...

Nuestra Pampa; libro de lectura · 第 144 / 233 题