Planteado el problema de la provincialización pampeana, nada de extraño
fué que el retardatarismo sacudiera su molicie para contrarrestar el
avance de la idea nueva. Para la vieja feudalidad, esta autonomía
gubernativa significaba una revisación de valores materiales que pondría
en evidencia el máximo de las ganancias sobre la base del mínimo de las
contribuciones fiscales. De ahí que el latifundista indolente, que vive
del terrazgo, sobre canon no siempre libérrimo, goza de la vida muelle
de la metrópoli y conoce la Pampa por las tranqueras de su heredad,
buscara en la operación “outrance”, recursos ni muy expeditivos, ni muy
convincentes para constreñir y desviar la opinión del país. Pero no se
necesita mucho esfuerzo para especificar la estratagema. Los campos de
la Pampa, cuya valuación territorial, no ha sufrido aparentemente
modificaciones fundamentales desde muchos años hasta hoy, gravarían por
cierto, su contribución de acuerdo con su valorización. Y esto es, en
suma, lo que no desean los terratenientes, para quienes el usufructo del
predio está en la locación parcelaria, fuente cómoda de sus más seguros
ingresos. Es sospechosa, a fe, la discrepancia de opiniones entre el
potentado tenedor porteño y el propietario pampeano, laborador sobre el
surco o el gramillal, de sus dos, tres o cinco mil hectáreas, en defensa
cada cual del interés privado. El terrateniente, que tiene una tasación
oficial sobre su fundo de 20 pesos por hectárea, sabe que su precio
positivo es de 200 y aboga porque la remoción institucional a que está
avocada la Pampa, en su anhelo provincialista, no venga a nivelar el
valor ficticio de la tierra que constituye la riqueza más firme y
cuantitativa de la nación. Es, por lo común, un caso de cerrada
sordidez, sin la más remota idea de la evolución progresiva que se opera
en el país. Pero a fuerza de estirar el concepto se va a repetir la
fábula de la gallina de los huevos de oro. El impuesto territorial
burlando el sistema de los terratenientes, va nivelando paulatinamente
el tributo impositivo de la propiedad raíz. De ahí que la contribución
territorial de la Pampa se haya acrecentado en más de un millón y medio
de pesos en lo que va corrido de los dos últimos años. ¿A qué, pues,
tanta oposición a la autonomía pampeana, sobre la premisa del impuesto
territorial, cuando el impuesto territorial se ha de gravar lo mismo por
la propia e inevitable valorización de la tierra? El propietario
rústico, por el contrario: nervio y motor de su predio, colono o
criador, siente la necesidad de que la opinión oficial venga a consagrar
el verdadero valor de su tierra. En consecuencia es un partidario
ferviente de la provincialización pampeana. Con toda la honradez que
caracteriza nuestra labor, debemos consignar que en numerosas ocasiones
hemos comprobado este contraste significativo; y más de una vez algún
vasco analfabeto del oeste o algún italiano progresista del sur--a veces
un criollo--ha exaltado nuestro entusiasmo, al enaltecer, con argumentos
verdaderamente eficaces, la necesidad de coronar el esfuerzo de los
labradores pampeanos con la autonomía del territorio, como el medio
legítimo de orientar sus destinos, disponer de sus rentas, y alcanzar el
desiderátum de los deberes y derechos que acuerdan el trabajo, la
civilización y la ley. Contra esta amplia doctrina que emana del capital
y del trabajo a la vez, no vemos el argumento fundamental que puedan
oponer los grandes tenedores de tierra.
Los lectores que hayan seguido la capitulación de este libro, echarán de
ver que no nos dejamos arrastrar por pasiones estrechas al exteriorizar
nuestro juicio sincero sobre el latifundio. No hay prevención mezquina
en este caso. Sabemos que el latifundio es un resultado de la
despoblación. Por las proximidades de los grandes centros se va
conjurando poco a poco con la subdivisión testamentaria, el ferrocarril
y la colonia. No ocurre lo propio todavía--y por desgracia--ni en los
campos cordilleranos, ni en algunas provincias del norte donde, como en
Jujuy, existen feudos como el de Yavi, que no es otra cosa que el
marquesado de Campero de hace doscientos años, indiviso aún y con todos
los derechos feudales sobre el autóctono, manumitido pero servil. En
momentos de escribir este capítulo, el director general de Economía
Rural y Estadística, don Emilio Lahitte, cerebro potente y gran
argentino, pone en nuestras manos su atlas sobre el proceso del
latifundio en el país. Más que todo lo que dicen los economistas sobre
la evolución de la tierra argentina, nos han enseñado estos gráficos que
siguen el curso de la subdivisión territorial iniciada, sin duda, con
los ferrocarriles. Por los mapas del señor Lahitte nos hemos
compenetrado del proceso pampeano y podemos asegurar que es tan
fundamental la evolución, que la Pampa feudataria, se redimirá en muy
corto plazo con el aumento vegetativo de su población y el expandimiento
de sus ferrocarriles.
Nuestras objeciones sobre el fundo tienen su especificación capitalísima
para aquellas heredades que, enclavadas al margen de los pueblos,
desconciertan y trastornan la evolución progresiva de los núcleos de
colonización, cierran los caminos y circunscriben su labor a la crianza
cerrada o a la monocultura, ajenos a toda orientación reformista, a todo
expandimiento civilizador. Cabañas como las del norte donde las
industrias rurales se combinan con espíritu franco, donde se busca en la
tecnificación el triunfo de la ganadería nacional; colonización como la
de Trenel, donde se ha llegado al cooperativismo por propia iniciativa
del capital en íntimo consorcio con el trabajo, no pueden despertar otro
sentimiento que de simpatía ni otra palabra que el aplauso estimulador.
Sostienen los impugnadores de la Pampa provincia, que la creación de un
organismo autónomo irrogaría ingentes egresos al nuevo Estado. Para el
metropolitanismo acaparador es más cómodo y productivo centralizar las
rentas de la Pampa antes que entregarlas a su arbitrio y distribución.
No basta el procedimiento inconstitucional y absorsivo de los impuestos
internos que restan a las provincias sus recursos legales; es necesario
amamantar la burocracia con el tributo colonial de la Pampa,
indianizando, a la antigua usanza, un territorio que vale, en peso
específico y por sí más que algún trio de provincias, tan precarias que
aguardan periódicamente el giro federal para cubrir sus descalabros
financieros. ¿Cómo se significa la Pampa en el presupuesto de gastos de
la Nación? Es probable que su sostenimiento administrativo no origine
una cantidad mayor de 80.000 pesos, englobando a la suma el margen de
los imprevistos federales que tengan atingencia con el territorio. En
cambio, su contribución al erario bien puede calcularse alrededor de
5.000.000 de pesos por concepto de contribución directa, patentes, papel
sellado, derechos sucesorios, etc. La elocuencia de estos guarismos ha
de poner en claro el juicio “a priori” o calculado de los que pretenden
sostener este factoraje. Y no sería extraño que la influencia política
de las “provincias pobres” tuviera su participación en este
estancamiento provincialista de la Pampa, por temor a las comparaciones
y por propio instinto de conservación...
Otra de las objeciones--la más inocente quizá--del oposicionismo a todo
trapo, se relaciona con la supuesta carencia de hombres de talento
cultivado, en el territorio. Es pueril la premisa. El centralismo
federal jamás puso medida para liquidar los pleitos del interior e
imponer a las provincias sus hombres dirigentes. Es vieja práctica, en
nuestras artes de gobierno, malgrado nuestra plataforma federativa, el
sistema de someter al cerebro de la capital lo que siente el corazón del
país. Fué común desde antaño, ungir gobernadores desde los estrados de
la Casa Rosada, salvo en los nobles tiempos del patriciado. ¡Y ahora
ponemos el grito en el cielo porque el futuro estado de la
Pampa--provincia de experimentación democrática--pudiera iniciar su
proceso autonomista bajo la dirección administradora de los hombres de
Buenos Aires!
Empero no ha de ocurrir tal cosa. Un territorio de labor como la Pampa,
no ha de necesitar de elementos extraños para el gobierno propio. Las
delegaciones que acudieron al certámen agrícola de Santa Rosa en el mes
de diciembre--algunas espectables, como la que representaba al
ministerio de agricultura--pudieron darse cuenta exacta de la entidad
representativa del territorio en lo que concierne a sus fuerzas
productoras, base fundamental para el prestigio y la estabilidad de su
gobierno. Es hipotético, egoísta y propio del desconocimiento que se
tiene del país, pensar que no hay hombres en la Pampa, capaces de
encarrilar sus destinos en la senda de su política institucional. Tal,
la estratagema partidista imputaba incapacidad administradora, a los
territorios de la Unión en vísperas de abrogarse facultades estadoales
para gloria y concierto de los Estados del Norte. Y sépase bien, que de
aquellos territorios noveles y semibárbaros del oeste, salieron
estadistas y presidentes y ministros y fué el voto de uno de sus
ciudadanos el que dirimió en el Capitolio la abolición de la esclavitud,
el sillar más firme sobre el cual la gran república del Norte aseguró su
porvenir.
Seamos justos; seamos grandes; seamos, en fin, argentinos.
La Pampa debe ser incorporada al concierto provincial de la República.
Lo sanciona la ley, lo reclama su progreso, lo impone la civilización.
¿Qué marginará nuevos problemas de política interna? Para eso hemos
cimentado nuestro sistema federativo. ¿Que creará un presupuesto
dispendioso? Es el destino más legítimo que puede dar a sus rentas,
antes de entregarlas al tesoro nacional para sostener con ellas el
orfelinato de las provincias pobres. ¿Que concentrará el éxodo en
menoscabo del país? Ojalá pudiera hacerse sentir en bien de la
descongestión de Buenos Aires, hipertrofiado de miseria, arrastrando
hacia sus campiñas promisorias, la juventud inactiva y el proletariado
sin hogar! Hasta por nuestro propio buen nombre en el exterior, debemos
crear esta provincia. La Pampa argentina es universal, pero bajo la
envoltura del prejuicio, como la llanura incivil materializada por el
geógrafo francés impresionado en la semblanza de “La Cautiva". Es una
vergüenza que sobre el meridiano de la primer provincia argentina, se
extienda todavía la colonia, secularizando el concepto del desierto
cerril de hace cuarenta años. Y, tenedlo seguro, que para el extranjero
ilustrado que nos visite, esta dilación en dar a la Pampa sus derechos
autónomos no será otra cosa que un expediente de política criolla. Y
pensará, es posible, y en menoscabo de nuestros hombres de gobierno,
sobre la “necesidad política” de mantener un territorio de asilo,
válvula de expansión para el compadrazgo político y la frondosidad del
presupuesto nacional; y hasta podría sospechar--¡tan mal nos
conocen!--que el territorio pampeano es un desahogo de la provincia de
Buenos Aires, reclamado por épocas regresivas, para zafar las
jurisdicciones de la ley...
De la Pampa autónoma, grande y floreciente como es, se podría organizar
la provincia de experimentación, el Estado-modelo, asegurando para su
constitución las más bellas prácticas de la democracia, y para su
legislación general, las más nobles conquistas del trabajo. Ojalá los
materiales de este libro puedan ilustrar el criterio del país,
proporcionando a nuestros hombres de gobierno el aporte necesario para
afrontar en definitiva el problema de la provincialización.