Tal es la Pampa de hoy, bajo las diversas aristas de su fisonomía, como
la concibe nuestra semblanza honesta y augural. Y seamos francos: ¿la
sabía de tal magnitud el país? Es posible que no. Impregnados estamos
del prejuicio porteño sobre esta “factoría” territorial, para que
caigamos en la ingenuidad de creer que no tiene mucho de paradojal ese
conocimiento de la Pampa. En las deficiencias de la enseñanza está, sin
duda, el fundamento de este pecado original. Ningún educando concibe el
territorio pampeano--para su clase de composición--si no como “esa
llanura extendida, inmenso piélago verde”, con el gaucho legendario y el
ombú. Son los errores del romance vulgarizados en la escuela por el
criollismo invertebrado que se revuelca todavía entre las cenizas del
fogón. Son resabios de maestros indolentes, pegados al fabulario de los
payadores, más que al proceso de la geografía política del país. ¡Ni la
eterna llanura, ni gauchos, ni ombúes! Entre los campos ondulados,
grávidos de cereales y teñidos en verde de alfalfar, zigzaguean los
caminos dóciles y decisivos. Ya el coturno de la bota de potro se borró
entre las arenas frágiles del médano, al paso del ramplón tachuelado del
gringo. Hasta allí no alcanzó la sombra bienhechora y egoísta del ombú
“sin dar al rancho madera, ni al fuego una astilla dar". Son caldenes
los soberanos de la selva pampeana, contra cuyos troncos seculares se
afila la herramienta talar, abriendo predios vírgenes a Céres y la
pradería artificial.
Sobre la base de estos errores que competen a la geografía elemental y
que--pese al optimismo declamatorio--siguen difundiéndose en los
establecimientos de enseñanza, gravita el desorientado preconcepto que
se tiene del territorio. Pero no es solo el error de “bona fide” el que
ha dado cauce al juicio irrazonado sobre las características generales
de la Pampa y su grandioso porvenir. Hay otros factores especiosos que
tientan con malicia mantener el concepto insustancial que se tiene
formado de la Pampa, de manera de no descorrer el velo de esta recóndita
virginidad, fuente poderosa de riqueza y de vigor.
Contiene este libro el aporte veraz y desapasionado que necesita el país
para orientar su juicio sobre la Pampa. Pero si la objetividad con que
han sido recogidas estas informaciones y la honradez periodística que
prestigia sus capítulos, no tradujeran con suficiente elocuencia el
grado de progreso alcanzado por este gran territorio, completaríamos la
nota personal con las revelaciones de la estadística. Así, en guarismos
globales, diríamos al país que la Pampa según la información del censo
de 1912 excede en población de 108.000 habitantes, sobre una extensión
de 14.000.000 de hectáreas de tierras aptas para toda clase de cultivos
y explotaciones ganaderas; que la agricultura ha extendido sus
sementeras en una superficie no menor de 2.000.000 de hectáreas,
mientras la industria pecuaria, con el prestigio de la tecnificación
reclamada por la ciencia moderna, abarca todo el resto del territorio,
desde las notables invernadas de Pico hasta las márgenes del Colorado y
los campos ovejeros de la Copelina; que los ferrocarriles han irradiado
su sistema colonizador en líneas y ramales cuya longitud marca una
extensión superior a 1.700 kilómetros, lo que excede en mucho a la mayor
parte de las provincias argentinas, salvo Buenos Aires, Córdoba y Santa
Fe; que posee más de cien escuelas nacionales, colegio nacional y
escuela normal y veinte y cinco publicaciones periódicas entre diarios,
hebdomadarios y revistas; que alienta la vida institucional de veinte
comunas constituídas y otro número igual de pueblos que aguardan las
revelaciones del censo para incorporarse al organismo municipal. Y a
esta demostración de potencialidad, material y moral, que informa de un
organismo poderoso vitalizado por las grandes industrias, hay que
agregar la fuerza económica del acervo privado que excede de los 300
millones y su contribución impositiva al fisco nacional muy vecina a los
5 millones de pesos.
Corto se ha quedado el panegírico de los pampeanistas al buscar, para el
proceso evolutivo, de este territorio el simil de las tierras
estadounidenses que complementaron y aureolaron con su incorporación a
los trece estados fundadores, la bandera constelada del Norte.
Reclamamos para la Pampa la originalidad de un Estado absolutamente
nuevo y sin precedentes en las demás naciones del orbe. Ya lo hemos
dicho al comienzo de este libro: la Pampa no ha tenido adolescencia.
Después de la desposesión al aborigen--ayer nomás--ha quedado
incorporada de hecho a la cultura nacional, sin ese interregno
semi-bárbaro que caracterizó las tierras nuevas de los Estados Unidos.
El problema del indio cayó en liquidación con la campaña al desierto que
constituye el episodio interno más notable en la vida militar del país.
Y si aún se sostiene la fantasía selvática del Chaco, nada de extraño
sería, que poniendo en evidencia las razones de este pseudo-problema, se
encontrara en nuestro norte lejano el pretexto de una gimnasia militar
para computar servicios y ganar presillas, a título de movilizar la
institución armada de suyo burocrática en nuestro país, para
tranquilidad y grandeza de la República...
Nosotros no tenemos ni el problema del indio, ni menos “the black
problem” que es una pesadilla para los Estados Unidos.
Ningún territorio de la Unión, al incorporarse como Estado autónomo
alcanzaba a la densidad demográfica de nuestra Pampa. Ni Ohio, ni
Mississipí, ni Illinois, ni Missouri, ni Michigan, ni Florida, ni Iowa,
ni Oregón, pudieron alcanzar esta cifra elocuente de 108.000 habitantes
con que podemos presentar a la Pampa en su justo anhelo de
provincialización. Todos aquellos Estados, con extensiones territoriales
iguales o mayores que la Pampa, oscilaban parcialmente, en población de
45 a 80.000 habitantes. Solo Kansas, al operarse su transición política
de territorio a Estado, tenía una población igual que la Pampa. Y
Montana, que ocupa su sitio en el concierto federal en 1889, arroja una
población de 130.000 habitantes pero sobre un territorio tres veces
superior que la Pampa.
No puede haber parangón posible entre el caso argentino y el
norteamericano. Aquellos Estados se incorporan a la constelación por una
apremiosa necesidad política, frente al problema separatista que era
fundamental. Nuestra Pampa debe incorporarse espontáneamente por obra y
gracia de la civilización. Su sistema cultural ha sido más completo que
el de los territorios unionistas del oeste. Aquí, operada la conquista
indiana, el progreso orgánico abrió con su cultura, el ciclo franco de
la colonización, sin las escenas de aquella California desalmada de los
buscadores, ni la justicia típica del “far west” con el código de Lynch
y los desbordes de la chusma incivil.
Balanceadas en el transcurso de este libro las fuerzas vivas del
territorio, fluye de una manera evidente la necesidad de elevar la
categoría institucional de la Pampa, bajo el concepto federativo de
nuestra carta fundamental y de acuerdo con el desarrollo de sus fuerzas
productivas, su vitalidad económica y su densidad de población. Sobre la
base de la constitución, la ley territorial número 1532, en su artículo
4.º, estatuye en forma clara y terminante que “cuando la población de
una gobernación alcance a sesenta mil habitantes, constatados por el
censo general y los censos suplementarios sucesivos, tendrá derecho para
ser declarada provincia argentina". Tal es la situación de la Pampa.
Todo esfuerzo para violentar ese derecho legítimamente conquistado,
sería atentatorio para la civilización y regresivo para la ley.