Hay condiciones de lucha por la vida comunes a todos los hombres
que viven en sociedad; a ellas se han adaptado medios de lucha y
formas de simulación igualmente generales, comprendidas en el arsenal
de las hipocresías y mentiras corrientes en todo agregado social.
Muchas de ellas, que conocían tan bien Montaigne y La Bruyère, han
sido recientemente señaladas por Stirner, Lombroso, Tarde y otros,
estudiándolas Nordau en sus "Mentiras Convencionales"; éstas, en
muchos casos, son verdaderas simulaciones convencionales, consentidas
y toleradas por la frecuencia con que se producen. Mediante ellas
los hombres civilizados consiguen vivir bajo un disfraz permanente,
ocultando las íntimas modulaciones de su sentimiento o las originales
concepciones de su inteligencia.
El fraude tiene la sanción del uso en las costumbres sociales, y tanto
más cuanto mayor es la decadencia moral de una sociedad. La mentira,
el engaño, la hipocresía, la ficción, se han desarrollado naturalmente
por la imposibilidad de armonizar todos los intereses individuales con
el interés colectivo. El fraude es empleado para captar la simpatía
ajena o para abusar de la ajena confianza; aumentando la intensidad de
la lucha por la vida, se acrecienta entre los hombres la necesidad de
engañarse recíprocamente, en la justa medida en que cada uno advierte
su propia debilidad para desenvolverse en medio de la hostilidad
general. Cada sociedad establece una tabla convencional de valores
morales que llama "virtudes" y "vicios", sin otro objeto que fijar
límites a la lucha entre los hombres; esas tablas suelen convertirse en
verdaderas ficciones, pues casi todos los hombres tratan de violarlas,
simulando las virtudes y disimulando los vicios. El fraude llega a ser
un instrumento de provecho para cuantos lo usan, mientras la sinceridad
obra en desmedro y ruina de quienes la practican. Razones tendría
Homero para llamar al más grande y afortunado de los simuladores el
"divino" Ulises.
Conviene no confundir las creencias sociales, que pueden ser erróneas
aunque se crea en ellas de buena fe, con las mentiras convencionales,
que no son creídas sino simuladas con fines utilitarios. Tal es el caso
de los demagogos que declaman loas al pueblo soberano con el propósito
de dirigirlo, sustituyéndose de hecho a la soberanía que le mienten; a
diario lo hacen los políticos. Encuéntranse en igual caso los políticos
que no tienen creencias religiosas, pero las simulan, considerando que
ellas son necesarias para que el pueblo se conserve manso y obediente.
Y son perpetuos simuladores todos los que exageran la urbanidad y los
buenos modales hasta la tolerancia del vicio, de la indignidad, de la
tontería ajenas, poniendo cara de pascuas a todo lo que en su interior
reputan repulsivo. Los hipócritas viven simulando; no hay un solo gesto
de Tartufo que lleve impreso el sello de la verdad.
Esas formas de simulación son tan universales como la misma lucha por
la vida. Pero esta última suele tomar especiales caracteres colectivos
por la existencia de grupos que luchan contra el resto de la humanidad
en defensa de intereses que les son particulares: luchas de razas, de
naciones, de clases, de sexos, de partidos, de profesiones, etc. A cada
forma de lucha encontramos adaptadas formas especiales de simulación.
Para el sociólogo que observa la evolución de las razas a través de
los siglos, analizando la sobreposición sucesiva de civilizaciones
diferentes, estudiando las leyes del engrandecimiento y decadencia
de los pueblos,--colosal cinematógrafo en que desfilan la India y
Babilonia, Egipto y Cartago, Grecia y Roma, España y las Repúblicas
Italianas, Francia e Inglaterra, y tal vez, mañana, Estados Unidos y
el Japón, probables cunas de la grandeza futura en las civilizaciones
oriental y occidental,--para el sociólogo las luchas entre las razas
son un fenómeno que se atenúa progresivamente en las zonas templadas
del planeta. Las razas de color desaparecen; sus elementos más vitales
procuran adaptarse a la vida civilizada de las superiores, o siguen
vegetando en las zonas tropicales inaccesibles a la civilización de las
razas blancas. De estas últimas sobreviven los grupos más selectos,
entrecruzándose de manera lenta pero inevitable; no hay uno solo, entre
los pueblos civilizados, que pueda ostentar títulos de pureza étnica.
Por eso muchas cuestiones de raza, cuando no son sinceramente falsas,
son fingidas; involucran una simulación de sentimientos. El sentido
en que se puede hablar de razas, refiriéndose a naciones civilizadas,
es el sociológico, fundado en la homogeneidad de intereses y de
sentimientos que surge de la adaptación común a un medio determinado.
Podría considerarse como simulaciones--conscientes o
inconscientes--muchas propagandas que tienden a presentar como
luchas de razas entre los pueblos civilizados a ciertos conflictos
entre naciones que luchan por notorios intereses económicos. En los
últimos años se ha visto, con frecuencia, políticos que declamaron
sobre la pretendida pureza de las razas, para apuntalar tambaleantes
organismos políticos. Típico es el caso de España durante la guerra
con los Estados Unidos; los partidarios de España mentaron la
solidaridad entre los pueblos de raza latina, amenazados todos por la
preponderancia de la raza sajona, no ignorando que la pureza étnica
de los llamados pueblos latinos es una fantasía, pues en cada uno de
ellos se han operado innumerables cruzas e injertos extraños: semejante
solidaridad de raza fué una simple simulación para captar simpatías.
El antisemitismo es otro fenómeno curioso de simulación en la lucha de
razas; como el tiempo demostró, el pretendido antisemitismo francés
fué una máscara de la reacción clérico-militar, que en Francia se
disfrazaba con la indumentaria de una guerra al judaísmo para arrastrar
en ese engaño a las masas populares, explotando el sentimiento de odio
al rico. Bien se dijo, de esa simulación adaptada a la lucha de razas,
que era "el socialismo de los imbéciles".
Junto a la lucha de razas encontramos la lucha entre las naciones. Lo
mismo que en el caso anterior, puede aquí advertirse una evolución
regresiva de la lucha entre los pueblos civilizados; las ciencias,
la producción, los intercambios comerciales, la facilidad de las
comunicaciones, tienden a establecer vínculos de solidaridad entre
las diversas naciones; la utilidad recíproca tiende puentes por sobre
las fronteras; la civilización acrece las relaciones internacionales;
a expensas de los feudos se han unificado las naciones y por encima
de las naciones se unificará la humanidad. En el grado presente de
la evolución social, la lucha para constituir unidades nacionales
determina numerosas formas de simulaciones correlativas, subordinadas
al principio de la adaptación utilitaria. No hablaremos de un hecho
común en las luchas entre las naciones: su causa aparente suele
ser diversa de la causa verdadera; este fenómeno es inconsciente
y débese a que esta última queda oculta tras intrincada red de
causas secundarias, más fácilmente apreciables; las cruzadas o
el descubrimiento de América, aparentemente debidas al enfermizo
sentimiento religioso de la Edad Media y a la tenacidad exaltada de
Colón, fueron determinadas por la necesidad de grandes expansiones
económicas inherentes a la evolución de la economía feudal. En los
pueblos pobres, y por tanto, rapaces, depredadores, la necesidad de
ejercer sus rapiñas sobre los vecinos disimúlase tras un exagerado
desarrollo del sentimiento de nacionalidad; en ellos el "honor
nacional" suele ocultar simples empresas económicas, mientras que
en los pueblos agredidos es una sugestión útil para la defensa.
Otra forma de simulación, nacida del sentimiento patriótico, es la
ejercida a menudo por las clases dirigentes sobre la masa popular,
haciéndole creer que el propio país es el mejor del mundo, su historia
la más gloriosa, sus sabios los más profundos, sus poetas los más
inspirados, etc.; la sugestión entra aquí por partes iguales con la
simulación, pues acaba por enseñarse de buena fe una mentira que
tiene un simple fin utilitario. Otras veces, las naciones pretenden
simular superioridad ante los demás pueblos con que están en más
inmediata relación, proveyéndose de ejércitos y armadas muy superiores
a su potencialidad económica real y encaminándose por la vía del
militarismo hacia la bancarrota. Hay simulación en ostentar un poder
desproporcionado a la riqueza nacional, gastando lo que no se tiene
para aparentar una superioridad ficticia: porque la grandeza de un
pueblo no se mide solamente por la capacidad militar, y menos cuando
ella es desproporcionada a las otras fuerzas morales y sociales.
En la historia contemporánea es frecuente la conquista de un pueblo
débil por otro, con fines exclusivos de engrandecimiento económico;
estas conquistas, que a menudo degeneran en formas colectivas de
delincuencia brutal, suelen disimularse como empresas civilizadoras
en beneficio de las víctimas. Los latino-americanos, explotados por
España en otro tiempo, y los boers, depredados hoy de sus minas de oro
por Inglaterra, podrían decir al mundo entero que la pretendida misión
civilizadora fué una simple disimulación de la avaricia nacional. El
"nacionalismo", esa forma mórbida colectiva del patriotismo, es en
muchos casos una simulación de politiqueros hábiles y ambiciosos, que
saben encontrar los resortes de la popularidad en la excitación de
las más atrasadas pasiones de las turbas. Doctores no menos audaces
saben que, en política internacional, la astucia, una de cuyas formas
es la simulación, suele ser la clave de éxitos lisonjeros; por algo
es tan admirado Maquiavelo; Nordau, en sus "Paradojas psicológicas",
demostró que las virtudes esenciales de la diplomacia son el engaño y
la mentira, que suelen involucrar la simulación o la disimulación.
En las sociedades evolucionadas, la primitiva división del trabajo
llega a revestir tales formas y caracteres que el agregado social se
divide en clases, caracterizadas por intereses heterogéneos, cuando
no netamente antagonistas. La lucha entre las clases, que Marx y su
escuela miran como la causa íntima de las transformaciones sociales,
determina numerosos fenómenos de adaptación para la lucha, entre los
cuales es fácil encontrar diversas formas de simulación. Comenzando
por las leyes fundamentales de los Estados, la simulación aparece
dominando el vasto escenario de la lucha de clases. Constituciones,
Códigos, Ordenanzas, etc., todo el engranaje jurídico de cada país,
suele estar destinado a apuntalar y defender el privilegio de las
clases gobernantes; sin embargo, simula propender al beneficio de
todo el pueblo, cuya mayoría suele ser perjudicada por esas mismas
instituciones. Como casos especiales podrían citarse las leyes contra
los obreros que existen en muchos países, disfrazadas de leyes
bienhechoras y dictadas simulando el propósito de favorecer a las
mismas víctimas. Es también una simulación de clase todo el sistema
tributario indirecto, que hace recaer sobre las masas menesterosas el
peso de los servicios públicos aunque se simula haberlo establecido en
bien de quien sufre sus efectos.
Mil veces en la historia las clases privilegiadas han simulado
encontrarse en la pobreza para no ceder a las exigencias del pueblo
hambriento; no podrían contarse las veces que el pueblo ha saqueado
graneros disimulados por las autoridades. La institución del trabajo
a destajo, inventada por la astucia capitalista para aprovecharse de
la avaricia obrera, arruina a los obreros simulando serles ventajosa.
Esa medalla tiene, naturalmente, su reverso, pues no hemos de creer
que la simulación es un privilegio de los poderosos. El obrero que
finge trabajar apresurado, sin terminar jamás la tarea confiada a su
actividad, es un simulador vulgarísimo, parásito de todos los talleres.
Y en muchos casos, las Ligas de Resistencia que los obreros organizan
para la lucha de clases son simples simulaciones colectivas, destinadas
a atemorizar a los patrones; conocimos una que mantuvo en jaque a los
de un gremio importante, hasta descubrirse que, en realidad, sólo la
constituían dos o tres sujetos, que actuaban como si representasen un
poderoso sindicato.
La lucha entre los sexos presenta fecundísima cosecha de fenómenos
de simulación. No hablamos aquí de la tendencia general de la mujer
a la simulación, como una de tantas manifestaciones del fraude y de
la astucia; nos ocupamos de las simulaciones relacionadas con la
lucha entre los sexos. De su tendencia al fraude, sólo diremos que
estando la mujer excluida por la naturaleza del uso de algunos medios
violentos de lucha, encuéntrase obligada a perfeccionarse en los medios
fraudulentos. El hombre dispone de la fuerza; la mujer de la astucia.
No falta quien afirme que el amor femenino, en todas sus
manifestaciones, es una persistente simulación, fundándose en la
teoría de la pretendida insensibilidad amorosa de la mujer, muy
repetida, antes y después de Schopenhauer, por los galanes inexpertos;
es seguramente inaceptable, no siendo común el hecho y debiéndose
con frecuencia a ineptitud del hombre para despertar la sensibilidad
femenina. Esto no importa desconocer que la sensibilidad amorosa es, en
muchas mujeres, una condescendiente simulación. Su moralidad también
lo es, en gran parte, y tiende a hacer deseables ciertas partes del
cuerpo femenino, más directamente relacionadas con la satisfacción
amorosa; el mismo pudor--como escribimos hace varios años, criticando
un interesante libro de Viazzi,--ha sido, primitivamente, una
simulación selectiva voluntaria que mediante la herencia psicológica se
ha convertido en un reflejo instintivo. La simulación femenina aparece
convertida en un verdadero arte para luchar contra el hombre, en la
coquetería. Consiste, propiamente, en fingir todo lo que interesa o
apasiona al hombre, estimulando sus deseos. Su eficacia depende de
un uso discreto; las grandes coquetas no encienden nunca pasiones
intensas, porque su juego es demasiado visible; solamente los tontos
suelen enamorarse de ellas y lo son generalmente los maridos que al fin
conquistan.
Igualmente difundida está otra simulación. No se trata ya de actitudes,
como en el gato que se agazapa acechando la presa, sino de apariencias
exteriores, como en el verdadero mimetismo. Existen caracteres de
superioridad femenina consagrados por los cánones artísticos y que
en su conjunto constituyen la belleza; las mujeres privadas de esos
caracteres, suplen su natural inferioridad simulándolos. La estatura,
el firme busto, la cadera torneada, el frescor juvenil, la mejilla
rosada, la dentadura armoniosa, el labio vivo, la pupila brillante,
son verdaderos índices de ingenuidad femenina y de aptitud para la
maternidad. Cuando la naturaleza ha sido avara de esos atributos, o
cuando la edad empieza a borrarlos, todos ellos son simulados por las
mujeres, con el vestido, el calzado, las pelucas, los mil afeites y
composiciones que disimulan la imperfección y la vejez; en las grandes
ciudades prosperan establecimientos especiales para la simulación
de la belleza fisionómica, verdaderos purgatorios donde las mujeres
feas compran las indulgencias necesarias para ser amadas. No es menos
frecuente la simulación de los sentimientos; cientos de mujeres están
dispuestas a simular cariño intenso por cualquier desconocido que
les haga vislumbrar la esperanza de un matrimonio ventajoso. Esta
simulación, justo es decirlo, no es patrimonio exclusivo de la mujer;
se la encuentra con frecuencia en muchos hombres que, careciendo de
otras aptitudes en la lucha por la vida, explotan sus condiciones
físicas para la lucha sexual. La vida común entre cónyuges que se
engañan es una sucesión de astucias, que constituyen el estado
habitual de las relaciones domésticas; baste leer la "fisiología del
matrimonio" o "la mujer de treinta años", de Balzac. Lo mismo ocurre
en los matrimonios de conveniencia, donde los cónyuges viven simulando
sentimientos que no sienten. El hombre incurre en muchas otras
simulaciones; son innumerables y cualquiera podría encontrar más de una
en sus recuerdos. Un joven singularmente favorecido en el amor, veíase
con frecuencia obligado a simular enfermedades diversas para eludir
compromisos contraídos con sus amigas; otro solicitó con ese objeto un
certificado médico y simuló haber contraído una enfermedad vergonzosa
para privar de su amistad a una Dulcinea insaciable. En su pertinaz
obsesión de conquista, el hombre y la mujer simulan sin cesar, a todo
propósito, en todo momento. La mirada, la palabra, la voz, el gesto,
son los instrumentos sutiles del dulce engaño recíproco; nadie los
ignora y todos los creen. Es la forma de engaño a que todos recurren
y de que nadie intenta defenderse. En que la víctima sea siempre Doña
Inés debe verse un buen error para hilvanar novelas; ella es más
artista, casi siempre, que Don Juan. Los engaños de amor no son pecados.
En la lucha por la vida dentro de la sociedad tienen funciones
importantes los grupos profesionales; la solidaridad de intereses
comunes manifiéstase generalmente por el espíritu de cuerpo: una de las
formas del "espíritu gregario", señalado por Nietzsche y recientemente
criticado por Palante. Esa lucha de cada grupo profesional contra el
resto de la sociedad presenta caracteres bien definidos; los medios
fraudulentos y la simulación, tienen allí lugar de preferencia. En cada
profesión existen simulaciones específicas. Recuérdese el precioso
cuadro, trazado por Quevedo, de las cosas que debe fingir un médico
que aspire a la estimación pública y a la riqueza; y, por lógica
asociación de ideas, recordemos a tal eximio profesor de clínica médica
que terminaba sus lecciones dando consejos sobre lo que conviene
simular cuando la vida del enfermo es independiente de la intervención
del médico, debiendo la sanación esperarse de la simple _vis medicatrix
naturae_. Otra simulación, general entre los médicos delicados, nace
del espíritu de cuerpo; mil veces, ante un enfermo cuyo mal agravóse
por la impericia del médico a quien confiara su salud, simúlase estar
plenamente conformes con el tratamiento seguido, reemplazándolo,
sin embargo, por otro, elogiando al mismo tiempo ante el enfermo al
colega ignorante. En todos los oficios la lucha profesional involucra
fenómenos de simulación. Los joyeros han inventado sucesivamente el
enchapado, el dorado, y otros progresivos refinamientos de simulación,
que en el impreciso lenguaje usual son llamados imitaciones; las
esferitas de cristal simulando perlas son ya indistinguibles de la
preciosa enfermedad de la concha. El carpintero, para aumentar sus
utilidades, reviste de una tenue capa de maderas finas sus malos
muebles de tabla ordinaria. El tejedor mezcla pocas hebras de seda a
sus toscos tejidos de algodón, para simular que ellos son de la primera
substancia. El abogado simula en vastos escritos apasionarse por los
intereses de sus clientes, sea éste el ladrón o la víctima, mientras
sólo preocúpale asegurarse más lautos honorarios. El pupilo simula
estudiar sus lecciones, cuando en realidad lee libros de Boccacio o de
Brantôme, que ha disfrazado previamente con tapas de aritmética o de
geografía. Los tenores y las tiples simulan estar resfriados cuando se
les invita a cantar, para aumentar el éxito o atenuar el fracaso de
su ejecución. En cada actividad u oficio, como se ve, las condiciones
especiales de lucha por la vida han engendrado formas apropiadas de
simulación, confirmándose el paralelismo que venimos observando.
Si se encara la cuestión desde otro punto de vista, es fácil reconocer
que todos los miembros de cada profesión, y más especialmente los
funcionarios públicos que no gustan del mucho trabajar, viven en tácito
acuerdo simulando la excesiva importancia y fatiga de sus tareas;
algunos llegan, por autosugestión, a engañarse a sí mismos. A esto no
escapan algunos hombres de ciencia que miran el universo a través del
lente opaco de su especialidad; quizás sea ésta una forma de disimular
su ignorancia crasa en materias ajenas a sus respectivas cartillas. En
todas esas simulaciones debemos ver medios útiles de lucha por la vida;
simulando una gran importancia de la profesión o especialidad que se
practica, gánase en mérito individual.
Simuladores por excelencia son todos los políticos de profesión.
Es fácil verlos, en todo momento, fingiendo preocuparse del bien
de su patria y de sus conciudadanos, mientras en realidad su única
preocupación es obtener ventajas personales en la lucha por la vida.
Cualquier mandatario simula sacrificarse por su país al aceptar
el nombramiento, pero guárdase de confesar que espera sacar de su
sacrificio honra y provecho. En una escala subalterna encontramos al
falso elector, que simula ser la encarnación de un difunto o de un
ausente; al orador de club que finge entusiasmarse para adular pasiones
que no siente; al esclavo de la popularidad, forzado a seguir las
variaciones sentimentales de la multitud cuyo aplauso busca. Es en la
política, por fin, donde florece el hombre-camaleón, el arquetipo de
los simuladores, el cortesano adulador que sirve con igual celo a todos
los que pueden colmarle de favores, lacayo de todos los amos, unidad
de todas las mayorías, instrumento de todos los despotismos.
Sólo una casta disputa a los políticos el cetro de la simulación: los
sacerdotes de todos los cultos, antiguos y modernos. Es necesario
leer la "historia de los oráculos", de Fontenelle, pues nunca ha
visto la humanidad farsantes más empedernidos que los explotadores
del sentimiento religioso; no exageraba Eusebio, el biógrafo de
Constantino, diciendo que al derribar el templo de Esculapio no
había expulsado de él a un dios ni a un demonio, sino al pícaro
simulador que por tanto tiempo había vivido de la credulidad de los
ignorantes. Cuéntase que los augures no podían encontrarse sin soltar
la risa; sabemos que los obispos medioevales invocaban el nombre de
la divinidad para atesorar bienes temporales; en tiempos modernos los
inquisidores católicos quemaban herejes para heredarlos, en nombre de
Cristo; en nuestra América colonial la pretendida evangelización fué
una formidable industria cuyos beneficios el brazo espiritual disputó
a cuchillo con el brazo temporal. No diremos por esto que no hay
sacerdotes creyentes, ya que los de cada religión son educados para
creer en los dogmas que le son propios y es verosímil que se entreguen
de buena fe al servicio de su culto. Pero es indudable que muchos de
ellos, por el amor al estudio y por su amplitud de miras intelectuales,
han conseguido comprender la falacia de los dogmas inherentes a su
doctrina, viéndose obligados a luchar por la vida simulando creer lo
que ya no creen. Innumerables simulaciones de castidad, de continencia,
de frugalidad, son reglamentarias en esta profesión. Las ceremonias
de ciertos cultos, destinadas a mantener el celo de los creyentes,
consisten por lo general en simulaciones más o menos simbólicas, cuya
práctica convierte a los sacerdotes en consumados actores de pantomima.
A este propósito merece recordarse la obra de Spencer sobre las
"Instituciones Ceremoniales", donde se encuentra un cuadro interesante
del origen y evolución de las simulaciones sociales, cuya sorprendente
complejidad sugiere una idea aproximada del refinamiento a que el
hombre puede llevar sus simulaciones, en su afán de adaptarse a las
costumbres del medio en que lucha por la vida.
La necesidad de limitar este ensayo general, escrito como simple
introducción al estudio de la simulación de la locura, nos detiene
en el examen de las formas colectivas de la simulación. Pero antes
de pasar a las formas individuales, debemos advertir que podrían
analizarse cientos de formas distintas, enriqueciendo con infinitas
observaciones estas breves notas, suficientes para nuestro objeto:
establecer que a toda forma colectiva de lucha los hombres han adaptado
formas comunes de simulación.