II.--FORMAS COLECTIVAS DE LUCHA Y DE SIMULACIÓN

Hay condiciones de lucha por la vida comunes a todos los hombres

que viven en sociedad; a ellas se han adaptado medios de lucha y

formas de simulación igualmente generales, comprendidas en el arsenal

de las hipocresías y mentiras corrientes en todo agregado social.

Muchas de ellas, que conocían tan bien Montaigne y La Bruyère, han

sido recientemente señaladas por Stirner, Lombroso, Tarde y otros,

estudiándolas Nordau en sus "Mentiras Convencionales"; éstas, en

muchos casos, son verdaderas simulaciones convencionales, consentidas

y toleradas por la frecuencia con que se producen. Mediante ellas

los hombres civilizados consiguen vivir bajo un disfraz permanente,

ocultando las íntimas modulaciones de su sentimiento o las originales

concepciones de su inteligencia.

El fraude tiene la sanción del uso en las costumbres sociales, y tanto

más cuanto mayor es la decadencia moral de una sociedad. La mentira,

el engaño, la hipocresía, la ficción, se han desarrollado naturalmente

por la imposibilidad de armonizar todos los intereses individuales con

el interés colectivo. El fraude es empleado para captar la simpatía

ajena o para abusar de la ajena confianza; aumentando la intensidad de

la lucha por la vida, se acrecienta entre los hombres la necesidad de

engañarse recíprocamente, en la justa medida en que cada uno advierte

su propia debilidad para desenvolverse en medio de la hostilidad

general. Cada sociedad establece una tabla convencional de valores

morales que llama "virtudes" y "vicios", sin otro objeto que fijar

límites a la lucha entre los hombres; esas tablas suelen convertirse en

verdaderas ficciones, pues casi todos los hombres tratan de violarlas,

simulando las virtudes y disimulando los vicios. El fraude llega a ser

un instrumento de provecho para cuantos lo usan, mientras la sinceridad

obra en desmedro y ruina de quienes la practican. Razones tendría

Homero para llamar al más grande y afortunado de los simuladores el

"divino" Ulises.

Conviene no confundir las creencias sociales, que pueden ser erróneas

aunque se crea en ellas de buena fe, con las mentiras convencionales,

que no son creídas sino simuladas con fines utilitarios. Tal es el caso

de los demagogos que declaman loas al pueblo soberano con el propósito

de dirigirlo, sustituyéndose de hecho a la soberanía que le mienten; a

diario lo hacen los políticos. Encuéntranse en igual caso los políticos

que no tienen creencias religiosas, pero las simulan, considerando que

ellas son necesarias para que el pueblo se conserve manso y obediente.

Y son perpetuos simuladores todos los que exageran la urbanidad y los

buenos modales hasta la tolerancia del vicio, de la indignidad, de la

tontería ajenas, poniendo cara de pascuas a todo lo que en su interior

reputan repulsivo. Los hipócritas viven simulando; no hay un solo gesto

de Tartufo que lleve impreso el sello de la verdad.

Esas formas de simulación son tan universales como la misma lucha por

la vida. Pero esta última suele tomar especiales caracteres colectivos

por la existencia de grupos que luchan contra el resto de la humanidad

en defensa de intereses que les son particulares: luchas de razas, de

naciones, de clases, de sexos, de partidos, de profesiones, etc. A cada

forma de lucha encontramos adaptadas formas especiales de simulación.

Para el sociólogo que observa la evolución de las razas a través de

los siglos, analizando la sobreposición sucesiva de civilizaciones

diferentes, estudiando las leyes del engrandecimiento y decadencia

de los pueblos,--colosal cinematógrafo en que desfilan la India y

Babilonia, Egipto y Cartago, Grecia y Roma, España y las Repúblicas

Italianas, Francia e Inglaterra, y tal vez, mañana, Estados Unidos y

el Japón, probables cunas de la grandeza futura en las civilizaciones

oriental y occidental,--para el sociólogo las luchas entre las razas

son un fenómeno que se atenúa progresivamente en las zonas templadas

del planeta. Las razas de color desaparecen; sus elementos más vitales

procuran adaptarse a la vida civilizada de las superiores, o siguen

vegetando en las zonas tropicales inaccesibles a la civilización de las

razas blancas. De estas últimas sobreviven los grupos más selectos,

entrecruzándose de manera lenta pero inevitable; no hay uno solo, entre

los pueblos civilizados, que pueda ostentar títulos de pureza étnica.

Por eso muchas cuestiones de raza, cuando no son sinceramente falsas,

son fingidas; involucran una simulación de sentimientos. El sentido

en que se puede hablar de razas, refiriéndose a naciones civilizadas,

es el sociológico, fundado en la homogeneidad de intereses y de

sentimientos que surge de la adaptación común a un medio determinado.

Podría considerarse como simulaciones--conscientes o

inconscientes--muchas propagandas que tienden a presentar como

luchas de razas entre los pueblos civilizados a ciertos conflictos

entre naciones que luchan por notorios intereses económicos. En los

últimos años se ha visto, con frecuencia, políticos que declamaron

sobre la pretendida pureza de las razas, para apuntalar tambaleantes

organismos políticos. Típico es el caso de España durante la guerra

con los Estados Unidos; los partidarios de España mentaron la

solidaridad entre los pueblos de raza latina, amenazados todos por la

preponderancia de la raza sajona, no ignorando que la pureza étnica

de los llamados pueblos latinos es una fantasía, pues en cada uno de

ellos se han operado innumerables cruzas e injertos extraños: semejante

solidaridad de raza fué una simple simulación para captar simpatías.

El antisemitismo es otro fenómeno curioso de simulación en la lucha de

razas; como el tiempo demostró, el pretendido antisemitismo francés

fué una máscara de la reacción clérico-militar, que en Francia se

disfrazaba con la indumentaria de una guerra al judaísmo para arrastrar

en ese engaño a las masas populares, explotando el sentimiento de odio

al rico. Bien se dijo, de esa simulación adaptada a la lucha de razas,

que era "el socialismo de los imbéciles".

Junto a la lucha de razas encontramos la lucha entre las naciones. Lo

mismo que en el caso anterior, puede aquí advertirse una evolución

regresiva de la lucha entre los pueblos civilizados; las ciencias,

la producción, los intercambios comerciales, la facilidad de las

comunicaciones, tienden a establecer vínculos de solidaridad entre

las diversas naciones; la utilidad recíproca tiende puentes por sobre

las fronteras; la civilización acrece las relaciones internacionales;

a expensas de los feudos se han unificado las naciones y por encima

de las naciones se unificará la humanidad. En el grado presente de

la evolución social, la lucha para constituir unidades nacionales

determina numerosas formas de simulaciones correlativas, subordinadas

al principio de la adaptación utilitaria. No hablaremos de un hecho

común en las luchas entre las naciones: su causa aparente suele

ser diversa de la causa verdadera; este fenómeno es inconsciente

y débese a que esta última queda oculta tras intrincada red de

causas secundarias, más fácilmente apreciables; las cruzadas o

el descubrimiento de América, aparentemente debidas al enfermizo

sentimiento religioso de la Edad Media y a la tenacidad exaltada de

Colón, fueron determinadas por la necesidad de grandes expansiones

económicas inherentes a la evolución de la economía feudal. En los

pueblos pobres, y por tanto, rapaces, depredadores, la necesidad de

ejercer sus rapiñas sobre los vecinos disimúlase tras un exagerado

desarrollo del sentimiento de nacionalidad; en ellos el "honor

nacional" suele ocultar simples empresas económicas, mientras que

en los pueblos agredidos es una sugestión útil para la defensa.

Otra forma de simulación, nacida del sentimiento patriótico, es la

ejercida a menudo por las clases dirigentes sobre la masa popular,

haciéndole creer que el propio país es el mejor del mundo, su historia

la más gloriosa, sus sabios los más profundos, sus poetas los más

inspirados, etc.; la sugestión entra aquí por partes iguales con la

simulación, pues acaba por enseñarse de buena fe una mentira que

tiene un simple fin utilitario. Otras veces, las naciones pretenden

simular superioridad ante los demás pueblos con que están en más

inmediata relación, proveyéndose de ejércitos y armadas muy superiores

a su potencialidad económica real y encaminándose por la vía del

militarismo hacia la bancarrota. Hay simulación en ostentar un poder

desproporcionado a la riqueza nacional, gastando lo que no se tiene

para aparentar una superioridad ficticia: porque la grandeza de un

pueblo no se mide solamente por la capacidad militar, y menos cuando

ella es desproporcionada a las otras fuerzas morales y sociales.

En la historia contemporánea es frecuente la conquista de un pueblo

débil por otro, con fines exclusivos de engrandecimiento económico;

estas conquistas, que a menudo degeneran en formas colectivas de

delincuencia brutal, suelen disimularse como empresas civilizadoras

en beneficio de las víctimas. Los latino-americanos, explotados por

España en otro tiempo, y los boers, depredados hoy de sus minas de oro

por Inglaterra, podrían decir al mundo entero que la pretendida misión

civilizadora fué una simple disimulación de la avaricia nacional. El

"nacionalismo", esa forma mórbida colectiva del patriotismo, es en

muchos casos una simulación de politiqueros hábiles y ambiciosos, que

saben encontrar los resortes de la popularidad en la excitación de

las más atrasadas pasiones de las turbas. Doctores no menos audaces

saben que, en política internacional, la astucia, una de cuyas formas

es la simulación, suele ser la clave de éxitos lisonjeros; por algo

es tan admirado Maquiavelo; Nordau, en sus "Paradojas psicológicas",

demostró que las virtudes esenciales de la diplomacia son el engaño y

la mentira, que suelen involucrar la simulación o la disimulación.

En las sociedades evolucionadas, la primitiva división del trabajo

llega a revestir tales formas y caracteres que el agregado social se

divide en clases, caracterizadas por intereses heterogéneos, cuando

no netamente antagonistas. La lucha entre las clases, que Marx y su

escuela miran como la causa íntima de las transformaciones sociales,

determina numerosos fenómenos de adaptación para la lucha, entre los

cuales es fácil encontrar diversas formas de simulación. Comenzando

por las leyes fundamentales de los Estados, la simulación aparece

dominando el vasto escenario de la lucha de clases. Constituciones,

Códigos, Ordenanzas, etc., todo el engranaje jurídico de cada país,

suele estar destinado a apuntalar y defender el privilegio de las

clases gobernantes; sin embargo, simula propender al beneficio de

todo el pueblo, cuya mayoría suele ser perjudicada por esas mismas

instituciones. Como casos especiales podrían citarse las leyes contra

los obreros que existen en muchos países, disfrazadas de leyes

bienhechoras y dictadas simulando el propósito de favorecer a las

mismas víctimas. Es también una simulación de clase todo el sistema

tributario indirecto, que hace recaer sobre las masas menesterosas el

peso de los servicios públicos aunque se simula haberlo establecido en

bien de quien sufre sus efectos.

Mil veces en la historia las clases privilegiadas han simulado

encontrarse en la pobreza para no ceder a las exigencias del pueblo

hambriento; no podrían contarse las veces que el pueblo ha saqueado

graneros disimulados por las autoridades. La institución del trabajo

a destajo, inventada por la astucia capitalista para aprovecharse de

la avaricia obrera, arruina a los obreros simulando serles ventajosa.

Esa medalla tiene, naturalmente, su reverso, pues no hemos de creer

que la simulación es un privilegio de los poderosos. El obrero que

finge trabajar apresurado, sin terminar jamás la tarea confiada a su

actividad, es un simulador vulgarísimo, parásito de todos los talleres.

Y en muchos casos, las Ligas de Resistencia que los obreros organizan

para la lucha de clases son simples simulaciones colectivas, destinadas

a atemorizar a los patrones; conocimos una que mantuvo en jaque a los

de un gremio importante, hasta descubrirse que, en realidad, sólo la

constituían dos o tres sujetos, que actuaban como si representasen un

poderoso sindicato.

La lucha entre los sexos presenta fecundísima cosecha de fenómenos

de simulación. No hablamos aquí de la tendencia general de la mujer

a la simulación, como una de tantas manifestaciones del fraude y de

la astucia; nos ocupamos de las simulaciones relacionadas con la

lucha entre los sexos. De su tendencia al fraude, sólo diremos que

estando la mujer excluida por la naturaleza del uso de algunos medios

violentos de lucha, encuéntrase obligada a perfeccionarse en los medios

fraudulentos. El hombre dispone de la fuerza; la mujer de la astucia.

No falta quien afirme que el amor femenino, en todas sus

manifestaciones, es una persistente simulación, fundándose en la

teoría de la pretendida insensibilidad amorosa de la mujer, muy

repetida, antes y después de Schopenhauer, por los galanes inexpertos;

es seguramente inaceptable, no siendo común el hecho y debiéndose

con frecuencia a ineptitud del hombre para despertar la sensibilidad

femenina. Esto no importa desconocer que la sensibilidad amorosa es, en

muchas mujeres, una condescendiente simulación. Su moralidad también

lo es, en gran parte, y tiende a hacer deseables ciertas partes del

cuerpo femenino, más directamente relacionadas con la satisfacción

amorosa; el mismo pudor--como escribimos hace varios años, criticando

un interesante libro de Viazzi,--ha sido, primitivamente, una

simulación selectiva voluntaria que mediante la herencia psicológica se

ha convertido en un reflejo instintivo. La simulación femenina aparece

convertida en un verdadero arte para luchar contra el hombre, en la

coquetería. Consiste, propiamente, en fingir todo lo que interesa o

apasiona al hombre, estimulando sus deseos. Su eficacia depende de

un uso discreto; las grandes coquetas no encienden nunca pasiones

intensas, porque su juego es demasiado visible; solamente los tontos

suelen enamorarse de ellas y lo son generalmente los maridos que al fin

conquistan.

Igualmente difundida está otra simulación. No se trata ya de actitudes,

como en el gato que se agazapa acechando la presa, sino de apariencias

exteriores, como en el verdadero mimetismo. Existen caracteres de

superioridad femenina consagrados por los cánones artísticos y que

en su conjunto constituyen la belleza; las mujeres privadas de esos

caracteres, suplen su natural inferioridad simulándolos. La estatura,

el firme busto, la cadera torneada, el frescor juvenil, la mejilla

rosada, la dentadura armoniosa, el labio vivo, la pupila brillante,

son verdaderos índices de ingenuidad femenina y de aptitud para la

maternidad. Cuando la naturaleza ha sido avara de esos atributos, o

cuando la edad empieza a borrarlos, todos ellos son simulados por las

mujeres, con el vestido, el calzado, las pelucas, los mil afeites y

composiciones que disimulan la imperfección y la vejez; en las grandes

ciudades prosperan establecimientos especiales para la simulación

de la belleza fisionómica, verdaderos purgatorios donde las mujeres

feas compran las indulgencias necesarias para ser amadas. No es menos

frecuente la simulación de los sentimientos; cientos de mujeres están

dispuestas a simular cariño intenso por cualquier desconocido que

les haga vislumbrar la esperanza de un matrimonio ventajoso. Esta

simulación, justo es decirlo, no es patrimonio exclusivo de la mujer;

se la encuentra con frecuencia en muchos hombres que, careciendo de

otras aptitudes en la lucha por la vida, explotan sus condiciones

físicas para la lucha sexual. La vida común entre cónyuges que se

engañan es una sucesión de astucias, que constituyen el estado

habitual de las relaciones domésticas; baste leer la "fisiología del

matrimonio" o "la mujer de treinta años", de Balzac. Lo mismo ocurre

en los matrimonios de conveniencia, donde los cónyuges viven simulando

sentimientos que no sienten. El hombre incurre en muchas otras

simulaciones; son innumerables y cualquiera podría encontrar más de una

en sus recuerdos. Un joven singularmente favorecido en el amor, veíase

con frecuencia obligado a simular enfermedades diversas para eludir

compromisos contraídos con sus amigas; otro solicitó con ese objeto un

certificado médico y simuló haber contraído una enfermedad vergonzosa

para privar de su amistad a una Dulcinea insaciable. En su pertinaz

obsesión de conquista, el hombre y la mujer simulan sin cesar, a todo

propósito, en todo momento. La mirada, la palabra, la voz, el gesto,

son los instrumentos sutiles del dulce engaño recíproco; nadie los

ignora y todos los creen. Es la forma de engaño a que todos recurren

y de que nadie intenta defenderse. En que la víctima sea siempre Doña

Inés debe verse un buen error para hilvanar novelas; ella es más

artista, casi siempre, que Don Juan. Los engaños de amor no son pecados.

En la lucha por la vida dentro de la sociedad tienen funciones

importantes los grupos profesionales; la solidaridad de intereses

comunes manifiéstase generalmente por el espíritu de cuerpo: una de las

formas del "espíritu gregario", señalado por Nietzsche y recientemente

criticado por Palante. Esa lucha de cada grupo profesional contra el

resto de la sociedad presenta caracteres bien definidos; los medios

fraudulentos y la simulación, tienen allí lugar de preferencia. En cada

profesión existen simulaciones específicas. Recuérdese el precioso

cuadro, trazado por Quevedo, de las cosas que debe fingir un médico

que aspire a la estimación pública y a la riqueza; y, por lógica

asociación de ideas, recordemos a tal eximio profesor de clínica médica

que terminaba sus lecciones dando consejos sobre lo que conviene

simular cuando la vida del enfermo es independiente de la intervención

del médico, debiendo la sanación esperarse de la simple _vis medicatrix

naturae_. Otra simulación, general entre los médicos delicados, nace

del espíritu de cuerpo; mil veces, ante un enfermo cuyo mal agravóse

por la impericia del médico a quien confiara su salud, simúlase estar

plenamente conformes con el tratamiento seguido, reemplazándolo,

sin embargo, por otro, elogiando al mismo tiempo ante el enfermo al

colega ignorante. En todos los oficios la lucha profesional involucra

fenómenos de simulación. Los joyeros han inventado sucesivamente el

enchapado, el dorado, y otros progresivos refinamientos de simulación,

que en el impreciso lenguaje usual son llamados imitaciones; las

esferitas de cristal simulando perlas son ya indistinguibles de la

preciosa enfermedad de la concha. El carpintero, para aumentar sus

utilidades, reviste de una tenue capa de maderas finas sus malos

muebles de tabla ordinaria. El tejedor mezcla pocas hebras de seda a

sus toscos tejidos de algodón, para simular que ellos son de la primera

substancia. El abogado simula en vastos escritos apasionarse por los

intereses de sus clientes, sea éste el ladrón o la víctima, mientras

sólo preocúpale asegurarse más lautos honorarios. El pupilo simula

estudiar sus lecciones, cuando en realidad lee libros de Boccacio o de

Brantôme, que ha disfrazado previamente con tapas de aritmética o de

geografía. Los tenores y las tiples simulan estar resfriados cuando se

les invita a cantar, para aumentar el éxito o atenuar el fracaso de

su ejecución. En cada actividad u oficio, como se ve, las condiciones

especiales de lucha por la vida han engendrado formas apropiadas de

simulación, confirmándose el paralelismo que venimos observando.

Si se encara la cuestión desde otro punto de vista, es fácil reconocer

que todos los miembros de cada profesión, y más especialmente los

funcionarios públicos que no gustan del mucho trabajar, viven en tácito

acuerdo simulando la excesiva importancia y fatiga de sus tareas;

algunos llegan, por autosugestión, a engañarse a sí mismos. A esto no

escapan algunos hombres de ciencia que miran el universo a través del

lente opaco de su especialidad; quizás sea ésta una forma de disimular

su ignorancia crasa en materias ajenas a sus respectivas cartillas. En

todas esas simulaciones debemos ver medios útiles de lucha por la vida;

simulando una gran importancia de la profesión o especialidad que se

practica, gánase en mérito individual.

Simuladores por excelencia son todos los políticos de profesión.

Es fácil verlos, en todo momento, fingiendo preocuparse del bien

de su patria y de sus conciudadanos, mientras en realidad su única

preocupación es obtener ventajas personales en la lucha por la vida.

Cualquier mandatario simula sacrificarse por su país al aceptar

el nombramiento, pero guárdase de confesar que espera sacar de su

sacrificio honra y provecho. En una escala subalterna encontramos al

falso elector, que simula ser la encarnación de un difunto o de un

ausente; al orador de club que finge entusiasmarse para adular pasiones

que no siente; al esclavo de la popularidad, forzado a seguir las

variaciones sentimentales de la multitud cuyo aplauso busca. Es en la

política, por fin, donde florece el hombre-camaleón, el arquetipo de

los simuladores, el cortesano adulador que sirve con igual celo a todos

los que pueden colmarle de favores, lacayo de todos los amos, unidad

de todas las mayorías, instrumento de todos los despotismos.

Sólo una casta disputa a los políticos el cetro de la simulación: los

sacerdotes de todos los cultos, antiguos y modernos. Es necesario

leer la "historia de los oráculos", de Fontenelle, pues nunca ha

visto la humanidad farsantes más empedernidos que los explotadores

del sentimiento religioso; no exageraba Eusebio, el biógrafo de

Constantino, diciendo que al derribar el templo de Esculapio no

había expulsado de él a un dios ni a un demonio, sino al pícaro

simulador que por tanto tiempo había vivido de la credulidad de los

ignorantes. Cuéntase que los augures no podían encontrarse sin soltar

la risa; sabemos que los obispos medioevales invocaban el nombre de

la divinidad para atesorar bienes temporales; en tiempos modernos los

inquisidores católicos quemaban herejes para heredarlos, en nombre de

Cristo; en nuestra América colonial la pretendida evangelización fué

una formidable industria cuyos beneficios el brazo espiritual disputó

a cuchillo con el brazo temporal. No diremos por esto que no hay

sacerdotes creyentes, ya que los de cada religión son educados para

creer en los dogmas que le son propios y es verosímil que se entreguen

de buena fe al servicio de su culto. Pero es indudable que muchos de

ellos, por el amor al estudio y por su amplitud de miras intelectuales,

han conseguido comprender la falacia de los dogmas inherentes a su

doctrina, viéndose obligados a luchar por la vida simulando creer lo

que ya no creen. Innumerables simulaciones de castidad, de continencia,

de frugalidad, son reglamentarias en esta profesión. Las ceremonias

de ciertos cultos, destinadas a mantener el celo de los creyentes,

consisten por lo general en simulaciones más o menos simbólicas, cuya

práctica convierte a los sacerdotes en consumados actores de pantomima.

A este propósito merece recordarse la obra de Spencer sobre las

"Instituciones Ceremoniales", donde se encuentra un cuadro interesante

del origen y evolución de las simulaciones sociales, cuya sorprendente

complejidad sugiere una idea aproximada del refinamiento a que el

hombre puede llevar sus simulaciones, en su afán de adaptarse a las

costumbres del medio en que lucha por la vida.

La necesidad de limitar este ensayo general, escrito como simple

introducción al estudio de la simulación de la locura, nos detiene

en el examen de las formas colectivas de la simulación. Pero antes

de pasar a las formas individuales, debemos advertir que podrían

analizarse cientos de formas distintas, enriqueciendo con infinitas

observaciones estas breves notas, suficientes para nuestro objeto:

establecer que a toda forma colectiva de lucha los hombres han adaptado

formas comunes de simulación.

La simulación en la lucha por la vida · 第 30 / 56 题