En el progresivo desarrollo del pensamiento humano pocas nociones han
sido tan fecundas para el conocimiento del hombre y de la sociedad como
las derivadas de las ciencias naturales. De crasos errores primitivos,
fundados sobre una observación superficial o una escasa experiencia, se
ha marchado, gradualmente, a través de errores cada vez más cercanos
de la verdad, hacia una comprensión, lenta pero inevitable, de la
realidad que impresiona nuestros sentidos. Así lo observamos en todas
las ciencias.
Ocurre eso mismo en biología. Cuando Linneo osa afirmar: _Nulla species
novae, species tot sunt diversae quot diversas formas ab initio creavit
infinitum ens_, encuentra favorable acogida entre los naturalistas,
surgiendo en apoyo de su doctrina los trabajos respetables de Cuvier y
de Agassiz. No se podría, ante la doctrina linneana, negar o desconocer
que ella señaló una etapa de aproximación a la verdad; baste pensar
en las absurdas divagaciones de los antiguos naturalistas, cuya
concepción del origen de los seres orgánicos reducíase a la _generatio
ex-putredini_, y cuyas nociones sobre la diversidad de las formas se
exteriorizaban en la suposición de incongruentes _metamorfosis_.
Mas las ciencias naturales, después de la teoría linneana, tenían
un largo sendero que recorrer, antes que el conocimiento del mundo
biológico alcanzase la comprensión exacta de la evolución de las
formas vivas. Lamarck formuló, por vez primera, la doctrina de la
variabilidad de las especies, mostrando la influencia del medio sobre
la variación de las formas. Medio siglo más tarde, Darwin cimentó la
teoría, incorporándole el fundamental concepto de la lucha por la vida
y la consiguiente selección natural. Las obras del segundo, por ser
más documentadas, lograron despertar ardientes discusiones entre los
estudiosos, y el resultado final fué, en breve transcurso de años, la
aceptación del núcleo fundamental de la teoría. De entonces acá, la
doctrina de la variabilidad de las especies, o transformismo, ha sido
confirmada por todas las ciencias biológicas, sin que la afecten en lo
fundamental todas las disputas que le han promovido sus adversarios
sobre cuestiones de detalle.
Limitándonos a consignar los hechos e ideas que reputamos base
indispensable para nuestra _teoría de la simulación, considerada como
medio fraudulento de lucha por la vida_, diremos, brevemente, las
líneas generales de la doctrina darwiniana en lo que a esta última se
refiere. Siendo ella la premisa que sustenta todo el desenvolvimiento
de este ensayo, no será superfluo sintetizarla con claridad, definiendo
de manera precisa el punto de partida de nuestras aplicaciones
ulteriores.
Los naturalistas admiten, concordemente, que las causas principales de
la evolución son tres: la variación, la selección y la herencia. La
variación es un resultado de la adaptación al medio, que varía a su
vez más o menos lentamente; la selección natural es un resultado de la
lucha por la vida y determina la supervivencia de los mejor adaptados;
la herencia transmite los caracteres adquiridos y sin ella es
inconcebible la evolución de las especies. Aunque sería fácil repetir,
de segunda mano, los fundamentos de la teoría de Darwin sobre la lucha
por la vida y la selección natural, conviene, para mayor fidelidad,
remontar a la fuente de origen, resumiendo en un párrafo las propias
expresiones del gran naturalista.
La lucha por la existencia resulta inevitablemente de la rapidez con
que todos los seres vivos tienden a multiplicarse. Nace un número de
individuos mayor del que puede vivir, y de ello proviene, en cada
caso, la lucha por la existencia, ya sea con los individuos de la
misma especie, ya con los de especies diferentes, y sometida, en ambos
casos, a las condiciones físicas del medio ambiente en que ellos
viven. Es la doctrina de Malthus aplicada, en toda su intensidad, a
los seres de los reinos animal y vegetal, por no existir entre ellos
la aptitud de producir a voluntad los medios de subsistencia, ni otros
factores éticos que pueden atenuarla entre los hombres. Obsérvese que
la frase "lucha por la existencia" está empleada en sentido general
y metafórico, involucrando las relaciones de recíproca dependencia
entre los seres organizados, y dos hechos, aun más importantes: la
supervivencia de los individuos mejor adaptados y su capacidad para
dejar descendientes. Puede afirmarse con seguridad que los animales
carnívoros, en tiempo de escasez, luchan entre sí, disputándose los
alimentos necesarios para su existencia; también podrá decirse que
una planta, en el borde del desierto, lucha por la existencia contra
la sequedad, aun cuando fuera más exacto decir que su existencia
depende de la humedad; con mayor exactitud diríamos que una planta,
al producir anualmente un millón de semillas, de las cuales solamente
una consigue desarrollarse y madurar a su vez, lucha con las plantas
de la misma especie, o de otras, que ya cubren el suelo. El musgo
depende del manzano y de algunos otros árboles; solamente de una
manera figurada podrá decirse en este caso que el manzano lucha
contra los otros árboles, por hospedar al musgo, pues si un gran
número de parásitos se radican sobre un mismo árbol, éste languidece
y acaba por morir; pero de muchos musgos que crecen juntos sobre
una misma rama y producen semillas, puede decirse que luchan el uno
contra el otro. Siendo los pájaros los diseminadores de las semillas
de un árbol dado, la existencia de esta especie depende de ellos,
y, figuradamente, puede decirse que ese árbol lucha con los demás
frutales, pues interesa a cada uno de ellos atraer los pájaros para
que coman sus frutos y diseminen de esa manera sus semillas. Empléase,
pues, para mayor comodidad, el término "lucha por la existencia" en los
diferentes sentidos apuntados, confundiéndose los unos con los otros.
("El Origen de las Especies", cap. III). En esa lucha por la vida, en
que se multiplican y se destruyen las más diversas manifestaciones de
la existencia orgánica, desde el bacterio y la amiba hasta la encina
y el hombre, sucumbe la inmensa mayoría de los gérmenes capaces de
generar nuevos individuos. A pocos reserva la Naturaleza el derecho de
alcanzar la plenitud del desenvolvimiento biológico y de transmitir sus
caracteres a sus descendientes.
Para completar el concepto expuesto por Darwin, acudamos a Wallace, que
es fuente autorizada, para comprender de qué manera las diferencias
individuales determinan la selección de la especie y la supervivencia
de los más aptos, o mejor adaptados. Si todos los individuos de cada
especie--dice--fueran completamente semejantes entre sí, podríamos
afirmar que la supervivencia sería una cuestión de azar; pero esos
individuos no son semejantes. Los vemos diferenciarse, distinguirse de
muchas maneras. Algunos son más fuertes, otros más rápidos, otros más
astutos, otros de constitución más robusta. Un color obscuro permite
a algunos ocultarse fácilmente; una vista penetrante permite a otros
descubrir su presa a mayor distancia, o escapar de sus enemigos con
más facilidad que sus compañeros. Entre las plantas, las más pequeñas
diferencias pueden ser útiles o perjudiciales. No podemos dudar de que,
tomando en cuenta lo apuntado, cualquiera variación bienhechora dará a
quienes la poseen mayor probabilidad de sobrevivir a la terrible prueba
por que deben pasar; alguna parte puede quedar en manos del azar, pero
al fin y al cabo, _el más apto sobrevivirá_. ("El Darwinismo", cap. I.)
La selección natural se continúa en la especie por la conservación y
la transmisión de los caracteres útiles a cada individuo, según las
condiciones del medio que actúa sobre él en los varios períodos de la
vida. Todo ser--y éste es el sentido natural de lo que podemos llamar
progreso biológico--tiende a perfeccionarse en su adaptación al medio;
este perfeccionamiento conduce de una manera natural al progreso de
la organización del mayor número de los seres vivientes en el mundo
entero. (Darwin, ob. cit., cap. IV).
El origen de las variaciones individuales que permiten la mejor
adaptación ha sido objeto de explicaciones diversas, así como el
mecanismo de su transmisión hereditaria. La reseña crítica de las
doctrinas respectivas sería, por cierto, interesante; mas no son estas
páginas la oportunidad para hacerla, no siendo ello indispensable para
el objeto especial de nuestra investigación. Baste mencionar, entre
otras hipótesis dignas de consideración, las formuladas por los propios
Lamarck y Darwin, por Kolliker, Wagner, Naegeli, Weissmann, Mantegazza,
y por otros defensores de las modernas escuelas neolamarckiana y
neodarwiniana.
En la naturaleza, la variabilidad individual, la herencia de las
variaciones mejor adaptadas y la selección en la lucha por la vida, se
combinan para determinar la evolución de las especies vivas, según la
mayor o menor adaptación de sus caracteres al medio en que viven.
La _variación_ fué certeramente definida como el elemento "activo" de
la evolución, en cualquier época de la vida actúe, embrión o ser vivo,
y de cualquier causa dependa, cósmica o fisiológica. La _herencia_,
en cambio, es el elemento "conservador", que permite la acumulación
de las variaciones útiles, transmitiendo los caracteres ya probados
en la lucha por la vida de individuos que decaen a otros individuos
nuevos. La vida de una especie podría compararse a la de un individuo
perpetuamente joven, como si el desgaste orgánico por la incesante
actividad de la vida se compensara por un proceso de renovación total,
que le mantuviese capaz de sostener nuevas luchas y de adquirir
nuevas variaciones útiles. La _selección_, elemento "perfeccionador",
es un principio de primordial importancia por su universalidad;
actúa, de manera constante, para la conservación de las formas y
funciones útiles, sean cuales fueren las causas a que se atribuyan las
variaciones. Se ha insistido, justamente, en que es erróneo considerar
a la selección como causa determinante de la variación; ella sería "el
timón de la evolución, mas no su fuerza propulsora".
De lo expuesto recogemos un concepto fundamental: todos los seres
vivos luchan por la vida. El hombre, lo mismo que las otras especies,
está sometido a ella; las sociedades humanas, lo mismo que las otras
sociedades animales. Individuos y naciones, partidos y razas, sectas
y escuelas, luchan por la vida entre sí, para conservarse y crecer,
para amenguarse y morir. La lucha por la existencia en las sociedades
humanas es un hecho innegado, manifestándose con caracteres semejantes
a los que reviste en el mundo biológico; tal verdad es igualmente
admisible por los creyentes de la doctrina biosociológica de Spencer,
para quienes las sociedades humanas son simples superorganismos, como
por los que aceptan la primacía de los fenómenos económicos en la
constitución social, con o sin la teoría de la lucha de clases, que es
uno de los fundamentos del mal llamado "materialismo histórico". En
verdad--y oportunamente volveremos sobre ello--la lucha por la vida
en la especie humana se modifica, porque ella tiene la posibilidad de
producir sus propios medios de subsistencia, subordinando la lucha
al incremento de su capacidad productiva; aptitud que, en última
instancia, determinará la transformación o atenuación de ciertas formas
de lucha por la vida en el porvenir.
No comentaremos, por ahora, la extensión que ha dado De Lanessan
al concepto darwiniano de la lucha por la existencia; en el mundo
inorgánico, entre los minerales, encuentra que esa lucha existe,
entendida, naturalmente, en el _sentido figurado_, atribuídole por el
mismo Darwin. Bástenos señalar la evidencia del hecho en el mundo
orgánico, en los reinos vegetal y animal.
Sintetizados así, rápidamente, los principios del evolucionismo
biológico, dejamos planteado el que nos servirá como punto de partida
para el desarrollo de nuestras observaciones: _La lucha por la vida es
un fenómeno general en todos los seres vivos_.