XIII

Vióle Bernardina antes de que traspasara el hueco del portalón, y

salió á recibirle con demostraciones de vivo contento, mirándole

como un aparecido, como un resucitado. «Dame café—le dijo el ciego

con trémula voz.—Siento... nada más que un poquito de debilidad.»

Llevóle adentro la fiel criada, y con rara discreción se abstuvo

de decirle que la señorita Cruz había estado tres veces durante la

noche buscándole, muerta de ansiedad. Mucha prisa corría comunicar

el hallazgo á las angustiadas señoras; pero no urgía menos dar al

fugitivo el desayuno que con tanta premura pedían la palidez de su

rostro y el temblor de sus manos. Con toda la presteza del mundo

preparó Bernardina el café, y cuando el ciego ávidamente lo tomaba,

dió instrucciones á Cándido para que le retuviese allí, mientras ella

iba á dar parte á las señoras, que sin duda le creían muerto. Lo peor

del caso era que Hipólito Valiente, el héroe de África, estaba aquel

día de servicio. «Ya que no tenemos aquí al viejo, que sabe embobarle

con historias de batallas—dijo Bernardina á su marido,—entretenle

tú como puedas. Cuéntale lo que se te ocurra; inventa mentiras muy

gordas. No seas bruto... En fin, lo que importa es que no se nos

escabulla. Como quiera salir, le sujetas, aunque para ello tengas que

amarrarle por una pata.»

Rafael no mostró después del desayuno deseos de nuevas correrías.

Estaba tan decaído de espíritu y tan alelado de cerebro, que sin

esfuerzo alguno le pudo llevar Cándido al taller de polvorista donde

trabajaba. Hízole sentar en un madero, y siguió el hombre en su faena

de amasar pólvora y meterla en los cilindros de cartón que forman

el cohete. Su charla continua, á ratos chispeante y ruidosa como

las piezas de fuego que fabricaba, no sacó á Rafael de su sombría

taciturnidad. Allí se estuvo con quietud expectante de esfinge,

los codos en las rodillas, los puños convertidos en sostén de las

quijadas, que parecían adheridas á ellos por capricho de Naturaleza.

Y oyendo aquel rum rum de la palabra de Valiente, que era un elogio

tan enfático como erudito del arte pirotécnico, y sin enterarse de

nada, pues la voz del polvorista entraba en su oído pero no en su

entendimiento, se iba engolfando en meditaciones hondísimas, de las

cuales le sacó súbitamente la entrada de su hermana Cruz y de D. José

Donoso. Oyó la voz de la dama en el corralón. «¿Pero dónde está?» Y

cuando la sintió cerca, no hizo movimiento alguno para recibirla.

Cruz, cuyo superior talento se manifestaba señaladamente en las

ocasiones críticas, comprendió al punto que sería inconveniente

mostrar un rigor excesivo con el prófugo. Le abrazó y besó con

cariño, y D. José Donoso le dió palmetazos de amistad en los hombros,

diciéndole: «Bien, bien, Rafaelito. Ya decía yo que no te habías de

perder..., que ello ha sido un bromazo... Tus pobres hermanas muertas

de ansiedad... Pero yo las tranquilizaba, seguro de que parecerías.»

—¿Sabes que son tus bromas pesaditas?—dijo Cruz sentándose á su

lado.—¡Vaya que tenernos toda la noche en aquella angustia! Pero

en fin, la alegría de encontrarte compensa nuestro afán, y de todo

corazón te perdono la calaverada... Ya sé que Bernardina te ha dado

el desayuno. Pero tendrás sueño, pobrecillo. ¿Dormirías un rato en

tu camita?

—No necesito cama—declaró Rafael con sequedad.—Ya sé lo que son

lechos duros, y me acomodo perfectamente en ellos.

Habían resuelto Donoso y Cruz no contrariarle, afectando ceder á

cuanto manifestara, sin perjuicio de reducirle luego con maña.

—Bueno, bueno—manifestó Cruz;—para que veas que quiero todo lo que tú

quieras, no contradigo esas nuevas opiniones tuyas sobre la dureza de

las camas. ¿Es tu gusto? Corriente. ¿Para qué estoy yo en el mundo

más que para complacerte en todo?

—Justo—dijo D. José revistiendo su oficiosidad de formas

afectuosas.—Para eso estamos todos. Y ahora, lo primero que tenemos

que preguntar al fugitivo, es si quiere volver á casa en coche ó á

pie.

—¡Yo... á casa!—exclamó Rafael con viveza, como si oído hubiera la

proposición más absurda del mundo.

Silencio en el grupo. Donoso y Cruz se miraron, y en el mirar solo se

dijeron: «No hay que insistir. Sería peor.»

—¿Pero en dónde estarás como en tu casa, hijo mío?—dijo la hermana

mayor.—Considera que no podemos separarnos de ti, yo al menos. Si se

te antoja vagabundear por los caminos, yo también.

—Tú no... Déjame... Yo me entiendo solo.

—Nada, nada—expuso Donoso.—Si Rafael, por razones, ó caprichos, ó

genialidades que no discuto ahora, no, señor, no las discuto; si

Rafael, repito, no quiere volver á su casa, yo le ofrezco la mía.

—Gracias, muchas gracias, Sr. D. José—replicó desconcertado el

ciego.—Agradezco su hospitalidad; pero no la acepto... Huésped

molestísimo sería...

—Oh, no.

—Y créanme á mí... En ninguna parte estaré tan bien como aquí.

—¡Aquí!

Volvieron á mirarse Donoso y Cruz, y á un tiempo expresaron los ojos

de ambos la misma idea. En efecto, aquel deseo de permanecer en casa

de Bernardina era una solución que por el momento ponía fin á la

dificultad surgida; solución provisional que daba espacio y tiempo

para pensar descansadamente en la definitiva.

—¡Vaya, qué cosas tienes!—dijo Cruz disimulando su contento.—¡Pero

hijo, aquí!... En fin, para que veas cuánto te queremos, transijo. Yo

sé transigir; tú no, y á todos nos haces desgraciados.

—Transigiendo se llega á todas partes—declaró D. José, dando mucha

importancia á su sentencia.

—Bernardina tiene un cuarto que se te puede arreglar. Te traeremos

tu cama. Fidela y yo turnaremos para acompañarte... Ea, ya ves cómo

no soy terca, y me doblego, y... Conviene, en esta vida erizada de

dificultades, no encastillarnos en nuestras propias ideas, y tener

siempre en cuenta las de los demás, pues eso de creer que el mundo se

ha hecho para nosotros solos, es gran locura... Yo, ¡qué quieres!,

he comprendido que no debo contrariarte en ese anhelo tuyo de vivir

separado de nosotras... Descuida, hijo, que todo se arreglará... No

te apures. Vivirás aquí, y vivirás como un príncipe.

—No es preciso que me traigan mi cama—indicó Rafael, entrando ya

en familiar y cariñoso coloquio con su hermana mayor.—¿No tendrá

Bernardina un catre de tijera? Pues me basta.

—Quita, quita... Ahora sales con querer pintarla de ermitaño. ¿Á qué

vienen esas penitencias?

—Si nada cuesta traer la camita—apuntó don José.

—Como quieran—manifestó el ciego, que parecía dichoso.—Aquí me

pasaré los días dando vueltas por el corralón, conversando con el

gallo y las gallinas; y á ratos vendré á que Cándido me enseñe el

arte de polvorista... No vayan á creer ustedes que es cualquier cosa

ese arte. Aprenderé, y aunque no haga nada con las manos, bien

puedo sugerirle ideas mil para combinar efectos de luz, y armar los

ramilletes y los castillos y todas esas hermosas fábricas de chispas

que tanto divierten al respetable público.

—Bueno, bueno, bueno—clamaron á una Donoso y Cruz, satisfechos de

verle en tan venturosa disposición de ánimo.

Brevemente conferenciaron la dama y el fiel amigo de la casa, sin que

Rafael se enterase. Ello debió de ser algo referente á la traída de

la cama y otros objetos de uso doméstico. Despidióse Donoso abrazando

al joven ciego, y éste volvió á caer en su murria, presumiendo que su

hermana, al hallarse sola con él, le hablaría del asunto que causaba

las horribles desazones de todos.

—Vámonos á la casa—dijo Cruz, cogiendo del brazo á su hermano.—Tengo

miedo de estar aquí, señor Valiente... No es desprecio de su taller;

es... que no sé como hay quien tenga tranquilidad en medio de estas

enormes cantidades de pólvora. Supóngase usted que por artes del

enemigo cae una chispa...

—No, señorita, no es posible...

—Cállese usted. Sólo de pensarlo parece que me siento convertida en

pavesas. Vamos, vámonos de aquí. Antes, si te parece, daremos un

paseíto por el corralón. Está un día precioso. Ven, iremos por la

sombra.

Lo que el señorito del Águila recelaba era cierto. La primogénita

tenía que tratar con él algo muy importante, reciente inspiración sin

duda, y último arbitrio ideado por su grande ingenio. ¿Qué sería?

—¿Qué será?—pensó el ciego temblando, pues todo su tesón no bastaba

para hacer frente á la terrible dialéctica de su hermana. Principió

ésta por encarecer las horrendas amarguras que ella y Fidela habían

pasado en los últimos días, por causa de la oposición de su querido

hermano al proyecto de matrimonio con D. Francisco.

—Renunciad á eso—dijo prontamente Rafael,—y se acabaron las amarguras.

—Tal fué nuestra idea..., renunciar, decirle al buen D. Francisco

que se fuera con la música á otra parte y que nos dejase en paz.

Preferimos la miseria con tranquilidad á la angustiosa vida que

ha de traernos el desacuerdo con nuestro hermano querido. Yo dije

á Fidela: «Ya ves que Rafael no cede. Cedamos nosotras antes que

hacernos responsables de su desesperación. ¡Quién sabe! Cieguecito,

puede que vea más que nosotras. Su resistencia, ¿será aviso del

cielo anunciándonos que Torquemada, con _el materialismo_ (como él

dice) del buen vivir, nos va á traer una infelicidad mayor que la

presente?»

—¿Y qué dijo Fidela?

—Nada: que ella no tiene voluntad; que si yo quería romper, por ella

no quedara.

—¿Y tú qué hiciste?

—Pues nada, por el pronto. Consulté con don José. Esto fué la semana

pasada. Á ti nada te dije, porque como estás tan puntilloso, no quise

excitarte inútilmente. Parecióme mejor no hablar contigo de este

asunto hasta que no se resolviera en una ó en otra forma.

—¿Y Donoso qué opinó?

—¿Donoso...? ¡Ah...!

Torquemada en la cruz · 第 29 / 36 题