Vióle Bernardina antes de que traspasara el hueco del portalón, y
salió á recibirle con demostraciones de vivo contento, mirándole
como un aparecido, como un resucitado. «Dame café—le dijo el ciego
con trémula voz.—Siento... nada más que un poquito de debilidad.»
Llevóle adentro la fiel criada, y con rara discreción se abstuvo
de decirle que la señorita Cruz había estado tres veces durante la
noche buscándole, muerta de ansiedad. Mucha prisa corría comunicar
el hallazgo á las angustiadas señoras; pero no urgía menos dar al
fugitivo el desayuno que con tanta premura pedían la palidez de su
rostro y el temblor de sus manos. Con toda la presteza del mundo
preparó Bernardina el café, y cuando el ciego ávidamente lo tomaba,
dió instrucciones á Cándido para que le retuviese allí, mientras ella
iba á dar parte á las señoras, que sin duda le creían muerto. Lo peor
del caso era que Hipólito Valiente, el héroe de África, estaba aquel
día de servicio. «Ya que no tenemos aquí al viejo, que sabe embobarle
con historias de batallas—dijo Bernardina á su marido,—entretenle
tú como puedas. Cuéntale lo que se te ocurra; inventa mentiras muy
gordas. No seas bruto... En fin, lo que importa es que no se nos
escabulla. Como quiera salir, le sujetas, aunque para ello tengas que
amarrarle por una pata.»
Rafael no mostró después del desayuno deseos de nuevas correrías.
Estaba tan decaído de espíritu y tan alelado de cerebro, que sin
esfuerzo alguno le pudo llevar Cándido al taller de polvorista donde
trabajaba. Hízole sentar en un madero, y siguió el hombre en su faena
de amasar pólvora y meterla en los cilindros de cartón que forman
el cohete. Su charla continua, á ratos chispeante y ruidosa como
las piezas de fuego que fabricaba, no sacó á Rafael de su sombría
taciturnidad. Allí se estuvo con quietud expectante de esfinge,
los codos en las rodillas, los puños convertidos en sostén de las
quijadas, que parecían adheridas á ellos por capricho de Naturaleza.
Y oyendo aquel rum rum de la palabra de Valiente, que era un elogio
tan enfático como erudito del arte pirotécnico, y sin enterarse de
nada, pues la voz del polvorista entraba en su oído pero no en su
entendimiento, se iba engolfando en meditaciones hondísimas, de las
cuales le sacó súbitamente la entrada de su hermana Cruz y de D. José
Donoso. Oyó la voz de la dama en el corralón. «¿Pero dónde está?» Y
cuando la sintió cerca, no hizo movimiento alguno para recibirla.
Cruz, cuyo superior talento se manifestaba señaladamente en las
ocasiones críticas, comprendió al punto que sería inconveniente
mostrar un rigor excesivo con el prófugo. Le abrazó y besó con
cariño, y D. José Donoso le dió palmetazos de amistad en los hombros,
diciéndole: «Bien, bien, Rafaelito. Ya decía yo que no te habías de
perder..., que ello ha sido un bromazo... Tus pobres hermanas muertas
de ansiedad... Pero yo las tranquilizaba, seguro de que parecerías.»
—¿Sabes que son tus bromas pesaditas?—dijo Cruz sentándose á su
lado.—¡Vaya que tenernos toda la noche en aquella angustia! Pero
en fin, la alegría de encontrarte compensa nuestro afán, y de todo
corazón te perdono la calaverada... Ya sé que Bernardina te ha dado
el desayuno. Pero tendrás sueño, pobrecillo. ¿Dormirías un rato en
tu camita?
—No necesito cama—declaró Rafael con sequedad.—Ya sé lo que son
lechos duros, y me acomodo perfectamente en ellos.
Habían resuelto Donoso y Cruz no contrariarle, afectando ceder á
cuanto manifestara, sin perjuicio de reducirle luego con maña.
—Bueno, bueno—manifestó Cruz;—para que veas que quiero todo lo que tú
quieras, no contradigo esas nuevas opiniones tuyas sobre la dureza de
las camas. ¿Es tu gusto? Corriente. ¿Para qué estoy yo en el mundo
más que para complacerte en todo?
—Justo—dijo D. José revistiendo su oficiosidad de formas
afectuosas.—Para eso estamos todos. Y ahora, lo primero que tenemos
que preguntar al fugitivo, es si quiere volver á casa en coche ó á
pie.
—¡Yo... á casa!—exclamó Rafael con viveza, como si oído hubiera la
proposición más absurda del mundo.
Silencio en el grupo. Donoso y Cruz se miraron, y en el mirar solo se
dijeron: «No hay que insistir. Sería peor.»
—¿Pero en dónde estarás como en tu casa, hijo mío?—dijo la hermana
mayor.—Considera que no podemos separarnos de ti, yo al menos. Si se
te antoja vagabundear por los caminos, yo también.
—Tú no... Déjame... Yo me entiendo solo.
—Nada, nada—expuso Donoso.—Si Rafael, por razones, ó caprichos, ó
genialidades que no discuto ahora, no, señor, no las discuto; si
Rafael, repito, no quiere volver á su casa, yo le ofrezco la mía.
—Gracias, muchas gracias, Sr. D. José—replicó desconcertado el
ciego.—Agradezco su hospitalidad; pero no la acepto... Huésped
molestísimo sería...
—Oh, no.
—Y créanme á mí... En ninguna parte estaré tan bien como aquí.
—¡Aquí!
Volvieron á mirarse Donoso y Cruz, y á un tiempo expresaron los ojos
de ambos la misma idea. En efecto, aquel deseo de permanecer en casa
de Bernardina era una solución que por el momento ponía fin á la
dificultad surgida; solución provisional que daba espacio y tiempo
para pensar descansadamente en la definitiva.
—¡Vaya, qué cosas tienes!—dijo Cruz disimulando su contento.—¡Pero
hijo, aquí!... En fin, para que veas cuánto te queremos, transijo. Yo
sé transigir; tú no, y á todos nos haces desgraciados.
—Transigiendo se llega á todas partes—declaró D. José, dando mucha
importancia á su sentencia.
—Bernardina tiene un cuarto que se te puede arreglar. Te traeremos
tu cama. Fidela y yo turnaremos para acompañarte... Ea, ya ves cómo
no soy terca, y me doblego, y... Conviene, en esta vida erizada de
dificultades, no encastillarnos en nuestras propias ideas, y tener
siempre en cuenta las de los demás, pues eso de creer que el mundo se
ha hecho para nosotros solos, es gran locura... Yo, ¡qué quieres!,
he comprendido que no debo contrariarte en ese anhelo tuyo de vivir
separado de nosotras... Descuida, hijo, que todo se arreglará... No
te apures. Vivirás aquí, y vivirás como un príncipe.
—No es preciso que me traigan mi cama—indicó Rafael, entrando ya
en familiar y cariñoso coloquio con su hermana mayor.—¿No tendrá
Bernardina un catre de tijera? Pues me basta.
—Quita, quita... Ahora sales con querer pintarla de ermitaño. ¿Á qué
vienen esas penitencias?
—Si nada cuesta traer la camita—apuntó don José.
—Como quieran—manifestó el ciego, que parecía dichoso.—Aquí me
pasaré los días dando vueltas por el corralón, conversando con el
gallo y las gallinas; y á ratos vendré á que Cándido me enseñe el
arte de polvorista... No vayan á creer ustedes que es cualquier cosa
ese arte. Aprenderé, y aunque no haga nada con las manos, bien
puedo sugerirle ideas mil para combinar efectos de luz, y armar los
ramilletes y los castillos y todas esas hermosas fábricas de chispas
que tanto divierten al respetable público.
—Bueno, bueno, bueno—clamaron á una Donoso y Cruz, satisfechos de
verle en tan venturosa disposición de ánimo.
Brevemente conferenciaron la dama y el fiel amigo de la casa, sin que
Rafael se enterase. Ello debió de ser algo referente á la traída de
la cama y otros objetos de uso doméstico. Despidióse Donoso abrazando
al joven ciego, y éste volvió á caer en su murria, presumiendo que su
hermana, al hallarse sola con él, le hablaría del asunto que causaba
las horribles desazones de todos.
—Vámonos á la casa—dijo Cruz, cogiendo del brazo á su hermano.—Tengo
miedo de estar aquí, señor Valiente... No es desprecio de su taller;
es... que no sé como hay quien tenga tranquilidad en medio de estas
enormes cantidades de pólvora. Supóngase usted que por artes del
enemigo cae una chispa...
—No, señorita, no es posible...
—Cállese usted. Sólo de pensarlo parece que me siento convertida en
pavesas. Vamos, vámonos de aquí. Antes, si te parece, daremos un
paseíto por el corralón. Está un día precioso. Ven, iremos por la
sombra.
Lo que el señorito del Águila recelaba era cierto. La primogénita
tenía que tratar con él algo muy importante, reciente inspiración sin
duda, y último arbitrio ideado por su grande ingenio. ¿Qué sería?
—¿Qué será?—pensó el ciego temblando, pues todo su tesón no bastaba
para hacer frente á la terrible dialéctica de su hermana. Principió
ésta por encarecer las horrendas amarguras que ella y Fidela habían
pasado en los últimos días, por causa de la oposición de su querido
hermano al proyecto de matrimonio con D. Francisco.
—Renunciad á eso—dijo prontamente Rafael,—y se acabaron las amarguras.
—Tal fué nuestra idea..., renunciar, decirle al buen D. Francisco
que se fuera con la música á otra parte y que nos dejase en paz.
Preferimos la miseria con tranquilidad á la angustiosa vida que
ha de traernos el desacuerdo con nuestro hermano querido. Yo dije
á Fidela: «Ya ves que Rafael no cede. Cedamos nosotras antes que
hacernos responsables de su desesperación. ¡Quién sabe! Cieguecito,
puede que vea más que nosotras. Su resistencia, ¿será aviso del
cielo anunciándonos que Torquemada, con _el materialismo_ (como él
dice) del buen vivir, nos va á traer una infelicidad mayor que la
presente?»
—¿Y qué dijo Fidela?
—Nada: que ella no tiene voluntad; que si yo quería romper, por ella
no quedara.
—¿Y tú qué hiciste?
—Pues nada, por el pronto. Consulté con don José. Esto fué la semana
pasada. Á ti nada te dije, porque como estás tan puntilloso, no quise
excitarte inútilmente. Parecióme mejor no hablar contigo de este
asunto hasta que no se resolviera en una ó en otra forma.
—¿Y Donoso qué opinó?
—¿Donoso...? ¡Ah...!