XII

Pausa. «¡Qué hermoso era el jardín de mi casa!..., y lo será todavía,

aunque oí que le han quitado una tercera parte para construir casas

de vecindad. ¡Qué hermoso era el jardín, y qué horas tan gratas

he pasado en él!... Paréceme que entro en el hotel y subo por la

escalera de mármol. Allí las soberbias armaduras que poseía mi padre,

adquiridas de la casa de San Quintín, parientes de los Torre-Auñón.

En el despacho de mi padre están Donoso, D. Manuel Pez, el general

Carrasco, que delira por los negocios, y envainando para siempre su

espada se dedica á hilvanar ferrocarriles; el exministro García de

Paredes; Torres, el agente de Bolsa, y otros puntos... Allí no se

habla más que de combinaciones financieras que no entiendo... Me

aburro, se ríen de mí; me llaman _don Galaor_... Insultan en mí á

la diplomacia, que el general llama, remedando á Bismarck, _vida de

trufas y condecoraciones_... Me largo de allí. Paréceme que veo el

despacho con su chimenea monumental, y en ella un bronce magnífico,

reproducción del Colleone de Venecia. En los _stores_, bordados

los escudos de Torre-Auñón y del Águila. La alfombra, de lo más

rico de Santa Bárbara, es profanada por los salivazos del agente de

Bolsa, que al entrar y al salir parece que se trae y se lleva en la

cartera toda la riqueza fiduciaria del mundo... Y todo eso es ahora

polvo, miseria; y los gusanos le ajustan á mi padre la cuenta de sus

negocios... Torres el agente se pegó un tiro en Monte Carlo tres años

después, y el general anda por ahí miserable, paseando su hemiplejia

del brazo de un criado. Sólo viven él y Donoso, petrificado en su

suficiencia administrativa, que á mí me carga tanto, aunque me guardo

muy bien de decírselo á mis hermanas, porque me comerían vivo.»

Pausa... «¡Oh, qué linda era Cruz, qué elegante y qué orgullosa, con

legítimo y bien medido orgullo! La llamábamos _Croissette_, por la

estúpida costumbre de decirlo todo en francés. Fidela, al venir de

Francia, nos encantaba con su volubilidad. ¡Qué ser tan delicado, y

qué temperamento tan vaporoso! Diríase que no estaba hecha de nuestra

carne miserable, sino de substancias sutiles, como los ángeles, que

nunca han puesto los pies en el suelo. Ella los ponía por gracia

especial de Dios, y podía creerse que al tocarla se nos desbarataba

entre las manos, trocándose en vapor impalpable. Y ahora... ¡Santo

Dios!, ahora..., allá la miro metida en fango hasta el cuello. He

querido sacarla... No se deja. Le gusta la materia. Buen provecho

le haga... Cuando yo me fuí á la Embajada de Alemania, que entonces

era todavía Legación, salí de casa con el presentimiento de que no

había de volver á ver á mi madre. Ésta se empeñó en que no me llevara

á _Toby_, el perro danés que me regaló el primo Trastamara. ¡Pobre

animal! Nunca me olvidaré de la cara que puso al verme partir. Murió

de enfermedad desconocida, dos días antes que mi madre... Y ahora

que me acuerdo: ¿adónde habrá ido á parar el bueno de Ramón, aquel

criado fiel que tan bien entendía mis gustos y caprichos? Cruz me

dijo que puso un comercio de vinos en su pueblo, y que fabricando

Valdepeñas ha hecho un capital... Él tenía sus ahorros. Era hombre

muy económico, aunque no sisaba como aquel bribón de Lucas, el mozo

de comedor, que hoy tiene un restaurant de ferrocarril. Con los

cigarros que le robaba á mi padre compró una casa en Valladolid, y

con lo que sisaba en el _Champagne_ sacó para establecer una fábrica

de cerveza.»

Pausa. «¿Qué hora será?... ¿Pero qué me importa á mí la hora si soy

libre, y el tiempo no tiene para mí ningún valor? Mi hotel no duerme

aún. Siento rumores en la portería. Los criados arman tertulia con

el portero, esperando la vuelta de la señora... Ya, ya me parece que

siento el coche. Es la hora de salir del Real, la una menos cuarto,

si no ha sido ópera larga. Wagner y su escuela no nos sueltan hasta

la una y tres cuartos... Ya está ahí..., abren la verja..., entra el

coche. ¡Si me parece que estoy en mis tiempos de señorito! El mismo

coche, los mismos caballos, la noche igual, con las mismas estrellas

en el cielo... para quien pueda verlas... Ya cierran. El hotel se

entrega al sueño como sus habitantes... Yo también principio á

sentir...»

Más que sueño, lo que empezaba á sentir era hambre, y echando mano al

zoquete de pan que llevaba en el bolsillo, dió principio á su frugal

cena, que le supo más rica que cuantos manjares delicados solía

llevarle Cruz de casa de Lhardy.

«¡Qué apuradas andarán mis hermanas buscándome!—dijo comiendo

despacito.—Fastidiarse. Os habíais acostumbrado á que yo fuese un

cero, siempre un cero. Convenido: soy cero, pero os dejo solas

para que valgáis menos. Y yo me encastillo en mi dignidad de cero

ofendido, y sin valer nada, absolutamente nada para los demás, me

declaro libre y quiero buscar mi valor en mí mismo. Sí, señoras del

Águila y de la Torre-Auñón: arreglad ahora vuestro bodorrio como

gustéis, sin cuidaros del pobre ciego... ¡Ah, vosotras tenéis vista;

yo no! Mi desdicha se compensa con la inmensa ventaja de no poder ver

á la bestia. Vosotras la veis, la tenéis siempre delante, y no podéis

libraros de su grotesca facha, que viene á ser vuestro castigo...

¡Qué rico está este pan!... ¡Gracias á Dios que he perdido al comer

aquella sensación mortificante del olor de cebolla!»

Sintió sueño, y se estiraba en el banco buscando la postura menos

incómoda, haciendo almohada del brazo derecho, cuando se le acercó

un pobre, que arrastraba un pie como si fuera bota á medio poner, y

alargaba, en vez de mano para pedir limosna, un muñón desnudo y rojo.

La voz bronca del mendigo hizo estremecer á Rafael, que se incorporó

diciéndole:

—Perdone, hermano. Yo soy pobre también, y si no he pedido todavía es

por la falta de costumbre. Pero mañana, mañana pediré.

—¿Es usted por casualidad ciego?—dijo el otro, desesperanzado de

obtener limosna.

—Para servir á usted.

—Estimando.

—Si hubiera venido usted un poquito antes, habríale dado parte del

pan que acabo de comerme. Pero lo que es dinero no puedo darle. No

llevo sobre mí moneda alguna, ni perro grande ni chico... Soy más

pobre que nadie. He venido, ¡ay!, muy á menos. Y usted, ¿qué es?

—¿Cómo que qué soy?

—Quiero decir si es usted también ciego.

—No, gracias á Dios. No soy más que cojo; pero de los dos cabos, y

manco de la derecha... La perdí dando un barreno.

—Por la voz me parece que es usted viejo.

—Y usted muy parlanchín. ¡Porras!, como todos los ciegos, que echan

el alma y los hígados por la pastelera lengua.

—Dispense usted que no le conteste en ese lenguaje ordinario. Soy

persona decente.

—Sí, ya se ve... ¡Persona decente! Yo también lo fuí. Mi padre tenía

catorce pares.

—¿De qué?

—De mulas.

—¡Ah!..., creí que de bemoles... ¿Conque mulas? Pues eso no es nada

en comparación de lo que tuvo el mío. Ese palacio que está frente á

nosotros, si hablara, no me dejaría mentir.

—¡Porras maúras! ¿Á que va á decir que es suyo el palacio?

—Digo que lo fué; la verdad...

—Mecachis, y que se lo limpiaron los usureros. Como á mí, como á mi

padre, que era mayorazgo, y por tomar dinero á rédito para meterse en

negocios, nos dejó más pobres que las ratas.

—¡Los malditos negocios, el compra y vende!... Y henos aquí á los

hijos pagando las culpas de la ambición de los padres. Ahora pedimos

limosna, y de seguro los que nos empobrecieron pasan á nuestro

lado sin darnos una triste limosna. Pero Dios no nos desampara,

¿verdad? Donde menos se piensa salta una persona caritativa. Hay

almas caritativas. Dígame usted que las hay, pues yo, la verdad, no

quisiera morirme de hambre por esas calles.

—¿No tiene familia?

—Mis hermanas, hombre de Dios. Pero no quiero nada con ellas.

—Ya, ¡contra!, le han desamparado, ¡porras verdes! Como á mí, lo

mismo que á mí.

—¿Sus hermanas?

—No...; ¡pior, pior!—dijo el otro con una voz bronca y arrastrada que

parecía extraer con gran trabajo de lo más hondo de su cuerpo.—¡Son

mis hijas las que me pusieron en la calle!

—¡Ja, ja, ja! ¡Sus hijas!—exclamó Rafael, acometido de violentísimas

ganas de reir.—Y dígame, ¿son señoras?

—¿Señoras?—dijo el otro con todo el sarcasmo que cabe en la voz

humana.—Señoras del pingajo y damas del tutilimundi. Son...

—¿Qué?

—Púas coronadas... Agur.

Y se fué arrastrando la pata, echando demonios por su boca entre

gruñidos bestiales, babeándose como un perro con moquillo.

—Pobre señor...—murmuró Rafael, volviendo á tomar la postura de

catre.—Sus hijas, por lo que dijo, son... ¡Qué abismos nos revela

el fondo de la miseria cuando bajamos á él! Si yo me durmiera,

ahogaría en mi cerebro ideas que me mortifican. Probaremos. Más duro

es esto que mi cama; pero no me importa. Conviene acostumbrarse al

sufrimiento... ¡Y vaya usted á saber ahora con qué me desayunaré

mañana! Lo que Dios me tenga reservado, café ó chocolate ó mendrugo

de pan, él lo sabe, en alguna parte estará... ¿No se desayunan los

pájaros? Pues algo ha de haber también para mí...

Quedóse aletargado, y tuvo un sueño breve con imágenes intensísimas.

En corto tiempo soñó que se hallaba en el vestíbulo del hotel

cercano, tendido en un banco de madera. Vió entrar á su padre con

gabán de pieles, accidente de invierno que no le chocaba á pesar

de hallarse en pleno verano. Su padre se maravilló de verle en tal

sitio, y le dijo que saliese á comprar diez céntimos de avellanas.

¡Cuánto disparate! Aun soñando, discurría que todo aquello no tenía

sentido. Después salió el perro danés aullando, con una pata rota y

el hocico lleno de sangre. En el momento de abalanzarse en socorro

del pobre animal, despertó. En un tris estuvo que se cayera del banco

de piedra.

Le dolían los huesos; el frío empezaba á molestarle, y su estómago

no parecía conforme con pasar toda la noche al raso sin más sustento

que un pedazo de pan. Para sobreponerse al clamor de la naturaleza

desfallecida, salió de estampía por el paseo adelante, tropezando con

los árboles y besando el santo suelo en dos ó tres tumbos que dió al

perder el equilibrio. Pero supo sacar fuerzas de flaqueza, y sostener

el cuerpo con los bríos del ánimo. «Vamos, Rafael, no seas niño; á la

primera contrariedad ya estás aturdido y sin saber qué camino tomar.

Pronto ha de amanecer, y ó mucho me engaño, ó Dios, que vela por mí,

ha de depararme un alma caritativa. No siento pasos... Debe de ser

la madrugada. ¡Qué soledad! ¿Cómo podría enterarme de que ha salido

el sol, ó de que va á salir? ¡Ah!, siento cantar un gallo anunciando

el día. Será ilusión tal vez, pero me parece que es el gallo de

Bernardina el que canta. Y otra vez, y otra... No, son muchos gallos,

todos los gallos de estos contornos, que dicen á su manera: “Basta

ya de noche...” Lo que no siento aún es el gracioso piar de los

pajarillos. No, no amanece todavía. Más adelante, en otro banco,

podré dormir otro poquito, y cuando los pájaros me avisen dejaré las

ociosas plumas, digo, la ociosa berroqueña... Adelante y valor. De

seguro que ninguna de estas avecillas que ahora duermen inocentes en

el ramaje que se extiende sobre mi cabeza, se preocupa ni poco ni

mucho de lo que ha de comer cuando despierte. El desayuno, en alguna

parte está. Las almas caritativas duermen también ahora, y dormirán

la mañanita; pero de fijo no faltará alguna que madrugue.»

Hacia el fin de la Castellana volvió á darse su ración de banco; mas

no pudo pegar los ojos, ni siquiera sosegar sus cansados huesos. Dos

perros vagabundos se llegaron á él, y le olieron y le hociquearon.

Quiso Rafael retenerles con voz cariñosa; pero los dos animales, que

debían de estar dotados de gran penetración y agudeza, entendieron

que de allí muy poco ó nada sacarían. Después de infringir ambos

sosegadamente en el banco del ciego las ordenanzas de la policía

urbana, se fueron en busca de aventura más provechosa.

Levantóse Rafael al rayar la aurora, cuya claridad saludaron las

avecillas, y restregándose las manos para proveerse de un poco de

calor que supliera bien que mal la falta de alimento, echó á andar

y desentumeció sus piernas. El valor no le abandonaba; pero iba

comprendiendo que la iniciación en el oficio de mendigo tiene sus

contras, y que el aprendizaje había de ser para él durísimo. ¡Qué

bien le habría venido en aquella hora un poco de café! Pero las almas

caritativas no parecieron con la provisión del precioso líquido.

Pasos de hombres y brutos oyó en dirección al centro de Madrid: eran

trajinantes, mercaderes de hortalizas y huevos, que llevaban frutas

á la plaza. Sintió el ruido de cántaros de leche que chocan con el

movimiento de la caballería que los conduce. ¡De buena gana se habría

él tomado un vasito de leche! ¿Pero á quién, ¡Santo Dios!, se lo

había de pedir? Gentes de pueblo pasaron al lado suyo sin hacerle

caso. De fijo que si él se lanzara á pordiosero, alguien le daría.

«Pero el mérito grande de las almas caritativas—pensó—será que me

socorran sin que yo pase por la vergüenza de pedirlo.» Por desgracia

suya, en aquel tímido ensayo de mendicidad, las almas compasivas se

abstenían de socorrer á un necesitado que no empezaba por marear al

transeunte con enfadosos reclamos de limosna. Largo trecho anduvo

desorientado sin saber adonde iba, y al fin el cansancio y el

hambre determinaron en su espíritu el propósito de pedir albergue á

Bernardina; pero al hacer esta concesión á la dura necesidad, quería

engañarse y dar satisfacciones á su entereza, diciéndose: «No, si no

haré más que tomar un bocadillo y seguir luego. Á la calle otra vez,

al camino.»

No le fué tan fácil encontrar el rumbo. Pero si sentía cortedad para

implorar limosna, no la sentía para pedir informes topográficos.

«¿Voy bien por aquí á Cuatro Caminos?» Esta pregunta, sin número de

veces repetida y contestada, fué la brújula que le señaló la derrota

por campos, carreteras y solares baldíos, hasta que dió con sus

cansados huesos en el corralón de los Valientes.

Torquemada en la cruz · 第 28 / 36 题