Era mi propósito condensar en un libro los varios y diversos lances de
un día de guerra en Francia. Acontece que, al escribir de la guerra, el
narrador que antes fué testigo, da a los sucesos un enlace cronológico
puramente accidental, nacido de la humana y geométrica limitación que
nos veda ser a la vez en varias partes. Y como quiera que para recorrer
este enorme frente de batalla, que desde los montes alsacianos baja a la
costa del mar, son muchas las jornadas, el narrador ajusta la guerra y
sus accidentes a la medida de su caminar: Las batallas comienzan cuando
sus ojos llegan a mirarlas: El terrible rumor de la guerra se apaga
cuando se aleja de los parajes trágicos, y vuelve cuando se acerca a
ellos. Todos los relatos están limitados por la posición geométrica del
narrador. Pero aquel que pudiese ser a la vez en diversos lugares, como
los teósofos dicen de algunos fakires, y las gentes novelescas de
Cagliostro, que, desterrado de París, salió a la misma hora por todas
las puertas de la ciudad, de cierto tendría de la guerra una visión, una
emoción y una concepción en todo distinta de la que puede tener el
mísero testigo, sujeto a las leyes geométricas de la materia corporal y
mortal. Entre uno y otro modo habría la misma diferencia que media entre
la visión del soldado que se bate sumido en la trinchera, y la del
general que sigue los accidentes de la batalla encorvado sobre el plano.
Esta intuición taumatúrgica de los parajes y los sucesos, esta
comprensión que parece fuera del espacio y del tiempo, no es sin embargo
ajena a la literatura, y aun puede asegurarse que es la engendradora de
los viejos poemas primitivos, vasos religiosos donde dispersas voces y
dispersos relatos se han juntado, al cabo de los siglos, en un relato
máximo, cifra de todos, en una visión suprema, casi infinita, de
infinitos ojos que cierran el círculo. Cuando los soldados de Francia
vuelvan a sus pueblos, y los ciegos vayan por las veredas con sus
lazarillos, y los que no tienen piernas pidan limosna a la puerta de las
iglesias, y los mancos corran de una parte a otra con alegre oficio de
terceros; cuando en el fondo de los hogares se nombre a los muertos y se
rece por ellos, cada boca tendrá un relato distinto, y serán cientos de
miles los relatos, expresión de otras tantas visiones, que al cabo
habrán de resumirse en una visión, cifra de todas. Desaparecerá entonces
la pobre mirada del soldado, para crear la visión colectiva, la visión
de todo el pueblo que estuvo en la guerra, y vió a la vez desde todos
los parajes todos los sucesos. El círculo, al cerrarse, engendra el
centro, y de esta visión cíclica nace el poeta, que vale tanto como
decir el Adivino.
* * * * *
Yo, torpe y vano de mí, quise ser centro y tener de la guerra una visión
astral, fuera de geometría y de cronología, como si el alma,
desencarnada ya, mirase a la tierra desde su estrella. He fracasado en
el empeño, mi droga indica en esta ocasión me negó su efluvio
maravilloso. Estas páginas que ahora salen a la luz no son más que un
balbuceo del ideal soñado. Volveré a Francia y al frente de batalla para
acendrar mi emoción, y quién sabe si aun podré realizar aquel orgulloso
propósito de escribir las visiones y las emociones de UN DÍA DE GUERRA.