NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se
han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las
variantes a la grafía más frecuente.
* Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan y se
ha completado el emparejamiento de los signos de interrogación y
exclamación.
* Las notas han sido renumeradas y ubicadas al final del párrafo que
contiene la llamada.
* Se ha ampliado el Índice para que mencione los Actos o Partes de
cada drama.
* Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no
interrumpir un párrafo.
* Las páginas en blanco han sido eliminadas.
DRAMAS DE VÍCTOR HUGO
ES PROPIEDAD
DRAMAS
DE
VÍCTOR HUGO
HERNANI--EL REY SE DIVIERTE--LOS BURGRAVES
VERSIÓN CASTELLANA POR
CECILIO NAVARRO
ILUSTRACIÓN DE
M. O. Delgado y F. Gómez Soler
Grabados de GÓMEZ POLO
BARCELONA
BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»
DANIEL CORTEZO Y C.ª--_Ausias-March, 95_
1884
[Ilustración]
Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª
[Ilustración: Víctor Hugo]
HERNANI
Drama en 5 actos, con un prólogo de su autor
[Ilustración]
PRÓLOGO
El autor de este drama escribía, hace algunas semanas, á propósito de
la prematura muerte de un poeta:
«En estos momentos de lucha y tormenta literaria ¿á quién hemos de
compadecer, á los que mueren ó á los que combaten? Triste es sin duda
ver á un poeta de veinte años que se va, una lira que se rompe, un
porvenir que se desvanece; pero ¿no es algo también el reposo? Á los
hombres sobre cuya cabeza se acumulan sin cesar calumnias, injurias,
odios, celos, malos manejos, sordas intrigas, bajas traiciones; hombres
leales á los que se hace una guerra desleal; hombres de abnegación
que sólo querrían dotar al país de una libertad más, la libertad del
arte, la libertad de la inteligencia; hombres laboriosos que persiguen
pacíficamente su obra de conciencia, víctimas, por una parte, de viles
maquinaciones de censura y policía, y por otra, de la ingratitud hasta
de los mismos para quienes trabajan, ¿no les es permitido volver á
veces la cabeza con envidia hacia los que han caído detrás de ellos
y duermen en el sepulcro? _Invideo_, decía Lutero en el cementerio de
Worms, _invideo quia quiescunt_.
»Sin embargo ¿qué importa? ¡Jóvenes, valor! Por rudo que se nos quiera
hacer el presente, el porvenir será bello. El romanticismo tantas veces
mal definido, no es en suma, y esta es su definición real, mirándolo
sólo por su aspecto militante, sino la libertad en literatura. La
mayoría de los hombres pensadores empieza á comprenderlo así, y muy en
breve, porque la obra está ya muy adelantada, muy en breve la libertad
literaria será tan popular como la libertad política. La libertad en
el arte, la libertad en la sociedad, he aquí el doble objeto á que
deben aspirar igualmente los espíritus consecuentes y lógicos; he aquí
la doble bandera que reune, á excepción de muy pocos ingenios (que se
iluminarán también) toda la juventud tan fuerte y paciente hoy; después
con la juventud, y á su frente, lo más selecto de la generación que
nos ha precedido, todos esos sabios ancianos, que después del primer
momento de desconfianza y de examen, han reconocido que lo que hacen
sus hijos es consecuencia de lo que ellos mismos hicieron, y que la
libertad literaria es hija de la libertad política. Este principio
es el del siglo y prevalecerá á buen seguro. Los _ultras_ de todo
género, clásicos ó monárquicos, se prestarán en vano mutuo auxilio
para reconstruir con todas sus piezas el antiguo régimen, sociedad
y literatura: cada progreso del país, cada desenvolvimiento de las
inteligencias, cada paso de la libertad dará en tierra con su obra.
Y, en definitiva, sus esfuerzos de reacción habrán sido útiles. En
revolución todo movimiento hace adelantar. La verdad y la libertad
tienen la excelencia de que todo lo que se hace por ellas y todo lo
que contra ellas se hace les sirve igualmente. Ahora bien, después
de tantas y tan grandes cosas como hicieron nuestros padres y
nosotros hemos visto, hemos salido de la antigua forma social. ¿Cómo
no saldríamos de la antigua forma poética? Á pueblo nuevo arte nuevo.
Admirando y todo la literatura de Luís XIV, tan bien adaptada á su
monarquía, sabrá tener su literatura propia y personal y nacional, esta
Francia de hoy, esta Francia del siglo XIX, á quien Mirabeau forjó su
libertad y Napoleón su poder[1].»
[1] _Carta á los editores de las Poesías de M. Dovalle._
Perdónese al autor de este drama citarse á sí mismo aquí: sus palabras
tienen tan escasamente el dón de grabarse en los espíritus que muy
á menudo tendrá necesidad de repetirlas. Por lo demás, no está hoy
fuera de propósito exponer de nuevo á la vista de los lectores las
dos páginas que acaban de transcribirse. No es decir que este drama
pueda en manera alguna merecer el bello nombre de arte nuevo, de nueva
poesía; lejos de eso; consigno tan sólo que el principio de la libertad
en literatura acaba de dar un paso y de realizar un progreso, no en el
arte, pues este drama vale poco, sino en el público; en este concepto
á lo menos, una parte de los pronósticos hechos más arriba acaban de
cumplirse.
Había peligro, efectivamente, en cambiar así de repente el público, en
arriesgar en el teatro tentativas confiadas hasta ahora sólo al papel
_que lo sufre todo_; el público de los libros es muy diferente del
público de los espectáculos y se podía temer que el segundo rechazara
lo que el primero había aceptado. No ha sido así. El principio de la
libertad literaria, ya comprendido por la gente que lee y medita, no
ha sido menos completamente adoptado por la inmensa multitud ávida de
las puras emociones del arte, que inunda todas las noches los teatros
de París. Esa alta y poderosa voz del pueblo, que semeja la de Dios,
quiere que de hoy más la poesía tenga la misma divisa que la política:
_tolerancia y libertad_.
Ahora venga el poeta: ya hay público.
Y el público quiere esta libertad, tal como debe ser, conciliándose con
el orden en el Estado, con el arte en la literatura. La libertad tiene
una prudencia que le es propia y sin la cual no es completa. Bueno es
que las antiguas reglas de Aubignac mueran con las antiguas costumbres
de Cujas, y todavía mejor que á una literatura cortesana suceda una
literatura popular, pero sobre todo que se encuentre una razón interior
en el fondo de todas estas novedades. Que el principio de la libertad
haga su negocio pero que lo haga bien. En literatura como en sociedad,
nada de etiqueta, nada de anarquía: leyes. Ni talones rojos, ni gorros
rojos.
Eso es lo que quiere el público y quiere bien. En cuanto á nosotros,
por deferencia á ese público, que con tanta indulgencia ha recibido
un ensayo tan poco meritorio, le damos este drama hoy tal como se ha
representado. Acaso llegue el día de publicarlo tal como lo concibió el
autor, indicando y discutiendo las modificaciones que la escena le ha
hecho sufrir. Estos pormenores de crítica quizá no carezcan de interés
ni de enseñanza, pero hoy parecerían minuciosos. La libertad en el arte
está admitida; la cuestión principal está resuelta. ¿Á qué detenerse
en cuestiones secundarias? Algún día volveremos al asunto y hablaremos
también muy detalladamente combatiendo con la fuerza del raciocinio
y de los hechos, la censura dramática que es el único obstáculo
á la libertad del teatro ahora que no lo hay ya en el público.
Procuraremos, á nuestro cargo y riesgo, y por devoción á las cosas del
arte, caracterizar los mil abusos de esa especie de inquisición del
espíritu, que tiene como el otro Santo Oficio, sus jueces secretos,
sus enmascarados verdugos, sus torturas, sus mutilaciones y su pena de
muerte. Y, á ser posible, desgarraremos los tenebrosos velos de esa
policía que con vergüenza nuestra amordaza al teatro en el siglo XIX.
Hoy no debe haber lugar sino para el reconocimiento y la gratitud, y
al público se dirige el autor de este drama dándole las gracias desde
lo hondo de su corazón. Esta obra, no de talento, sino de conciencia
y libertad, ha sido generosamente protegida por el público contra
muchas enemistades, porque el público es también concienzudo y libre.
Gracias, pues, le sean dadas, é igualmente á esa potente juventud que
ha prestado ayuda y favor á la obra de un joven sincero é independiente
como ella. Para ella principalmente trabaja, porque sería altísima
gloria merecer los aplausos de esa escogida reunión de jóvenes,
entendidos, consecuentes, lógicos, verdaderamente liberales, así en
literatura como en política, noble generación que no rehusa abrir ambos
ojos á la verdad y recibir la luz por los dos lados.
De su obra en sí misma, no hablará: acepta las críticas que de ella se
han hecho, así las más severas, como las más benévolas, porque de todas
se puede sacar provecho. No se atreve á creer que todo el mundo haya
comprendido de pronto ese drama cuya verdadera clave es el _Romancero
General_, y rogaría de buen grado á las personas á quienes haya podido
chocar la obra que vuelvan á leer el _Cid_, _Don Sancho_, _Nicomedes_,
ó más bien todo Corneille y todo Molière, grandes y admirables poetas.
Esta lectura los hará menos severos al juzgar ciertas cosas que hayan
podido extrañar en el fondo ó en la forma de _Hernani_. En fin, acaso
no ha llegado el momento de juzgarlo. _Hernani_ no es hasta aquí más
que la primera piedra de un edificio que existe del todo construído
en la mente de su autor, y cuyo conjunto puede sólo dar valor á este
drama. Tal vez no parezca mal un día la idea que le ha pasado por la
cabeza de poner, como el arquitecto de Bourges, una puerta morisca á su
catedral gótica.
Entre tanto, lo que ha hecho es bien poco, harto lo sabe. ¡Pluguiera á
Dios que no le faltaran las fuerzas para rematar su obra, que no valdrá
hasta que esté concluída! No pertenece el autor al número de aquellos
privilegiados poetas que pueden morir ó interrumpir la suya antes de
haber acabado, sin peligro para su memoria; no es de los que permanecen
grandes, aun sin haberla completado, hombres dichosos de quienes puede
decirse lo que de Cartago bosquejada decía Virgilio:
_Pendent opera, interrupta, minæque_
_Murorum ingentes!_
9 Marzo 1830.
HERNANI
PERSONAJES
HERNANI.
DON CARLOS.
DON RUY GÓMEZ DE SILVA.
DOÑA SOL DE SILVA.
EL REY DE BOHEMIA.
EL DUQUE DE BAVIERA.
EL DUQUE DE GOTHA.
EL BARÓN DE HOHEMBURGO.
EL DUQUE DE LUTZELBURGO.
YÁGUEZ.
DON SANCHO.
DON MATÍAS.
DON RICARDO.
DON GARCI SUÁREZ.
DON FRANCISCO.
DON JUAN DE HARO.
DON PEDRO GUZMÁN DE LARA.
DON GIL TÉLLEZ GIRÓN.
DOÑA JOSEFA DUARTE.
UN MONTAÑÉS.
UNA DAMA.
PRIMER CONJURADO.
SEGUNDO CONJURADO.
TERCER CONJURADO.
Conjurados de la Liga Sacrosanta, alemanes y españoles, montañeses,
señores, soldados, pajes, pueblo, etc.
España, 1519
[Ilustración]
ACTO PRIMERO
EL REY
ZARAGOZA
Cuarto dormitorio.--Es de noche.--Una lámpara sobre una mesa
PERSONAJES
HERNANI.
DON CARLOS.
DON RUY GÓMEZ DE SILVA.
DOÑA SOL DE SILVA.
DOÑA JOSEFA DUARTE.
ESCENA I
DOÑA JOSEFA DUARTE, vieja, vestida de negro con adornos de azabache á
lo Isabel la Católica; DON CARLOS
(_Llaman dando un golpe á una puertecita secreta á la derecha. La
dueña, que está corriendo una cortina carmín, escucha. Dan un segundo
golpe._)
D.ª JOSEFA.--Será él ya. (_Otro golpe._) Es sin duda en la escalera
secreta. (_Otro golpe._) Abramos sin más demora. (_Abre y entra
don Carlos arrebujado hasta los ojos y con el sombrero calado._)
Buenas noches, caballero. (_Se desemboza y deja ver un rico traje de
terciopelo á la moda castellana de 1519. Retrocede con espanto._) ¡Ah!
¿No sois el señor Hernani? ¡Dios mío! ¡Socorro!
D. CARLOS (_Asiéndola del brazo._)--Dos palabras más y sois muerta,
dueña. (_La mira fijamente y calla espantada la vieja._) ¿Estoy en el
aposento de doña Sol, prometida al viejo duque de Pastrana, su tío,
señor tan venerable como celoso? Decid. La hermosa ama á un caballero
imberbe aún y recibe todas las noches al caballero imberbe y al viejo
de luengas barbas. ¿No es eso? (_La dueña calla y él la sacude del
brazo._) ¿Contestaréis?
D.ª JOSEFA.--Me habéis prohibido bajo pena de la vida decir dos
palabras, señor.
D. CARLOS.--Por eso no quiero más que una: sí ó no. ¿Es tu señora doña
Sol de Silva?
D.ª JOSEFA.--Sí.
D. CARLOS.--El duque, su futuro, ¿está ahora fuera de casa?
D.ª JOSEFA.--Sí.
D. CARLOS.--¿Espera ella al galán?
D.ª JOSEFA.--Sí.
D. CARLOS.--¡Muerto me caiga!
D.ª JOSEFA.--Sí.
D. CARLOS.--¿Se ven aquí mismo?
D.ª JOSEFA.--Sí.
D. CARLOS.--Escóndeme.
D.ª JOSEFA.--¿Á vos?
D. CARLOS.--Á mí.
D.ª JOSEFA.--¿Para qué?
D. CARLOS.--Para... estar escondido.
D.ª JOSEFA.--¡Pero esconderos yo!
D. CARLOS.--Aquí mismo.
D.ª JOSEFA.--Jamás.
D. CARLOS (_Sacando un bolsillo y un puñal._)--Escoged.
D.ª JOSEFA.--Sois el mismo diablo. (_Escogiendo el bolsillo._)
D. CARLOS.--Ya lo veis.
D.ª JOSEFA (_Abriendo un estrecho armario, disimulado en la
pared._)--Entrad aquí.
D. CARLOS (_Examinándolo._)--¿En esta caja?
D.ª JOSEFA.--Idos, si no queréis.
D. CARLOS.--Sí quiero. (_Examinándolo más._) ¿Será acaso la covacha
de la escoba en cuyo mango cabalga esta bruja? (_Se introduce
difícilmente._) ¡Uf!
D.ª JOSEFA (_Juntando las manos con escándalo._)--¡Un hombre aquí!
D. CARLOS.--¿Es por ventura mujer el galán que espera tu ama?
D.ª JOSEFA.--¡Oh Dios! Oigo sus pasos. Señor, cerrad pronto la puerta.
(_La empuja y queda cerrada._)
D. CARLOS.--Si decís una palabra, sois muerta.
D.ª JOSEFA.--¿Quién es este hombre? ¡Jesús, Dios mío! Voy á llamar...
¿Y á quién, si todos duermen en la casa, excepto las dos? En fin, esto
le atañe á ella y á él que tiene buena espada; á mí... guárdeme Dios
de todo mal. (_Pesando el bolsillo._) Al cabo no es ningún ladrón.
(_Oculta el bolsillo al entrar doña Sol._)
ESCENA II
DOÑA JOSEFA, DON CARLOS, oculto, DOÑA SOL, luégo HERNANI
D.ª SOL.--¿Josefa?
D.ª JOSEFA.--Señora mía.
D.ª SOL.--¡Ah! Temo una desgracia.
D.ª JOSEFA.--¿Y por qué?
D.ª SOL.--Hernani debería estar ya aquí.
(_Óyense pasos hacia la puerta secreta._)
D.ª JOSEFA.--Aquí está ya.
D.ª SOL.--Abre antes que llame.
(_La dueña abre la puerta y entra Hernani con capa y sombrero. Debajo
de la capa, un traje de montañés de Aragón, pardo, con coraza de
cuero. Al cinto un puñal, una espada y un cuerno de caza._)
D.ª SOL (_Corriendo á él._)--¡Hernani!
HERNANI.--¡Sol de mi vida! ¡Ah! por fin te veo y la voz que me habla
es tu voz. ¿Por qué me tiene la suerte tan alejado de ti? ¡Tengo tanta
necesidad de verte para olvidar á los demás!...
D.ª SOL (_Tocando su capa._)--¡Jesús! ¡Qué mojado! ¿Llueve mucho?
HERNANI.--No lo sé.
D.ª SOL.--Tendrás frío.
HERNANI.--No.
D.ª SOL.--Quítate la capa.
HERNANI.--Sol de mi vida, dime, cuando inocente y pura reposas por la
noche, y plácido y tranquilo entorna tus ojos el sueño entreabriendo la
rosa de tus labios, ¿no te dice un ángel, alma mía, cuán dulce es tu
amor para el infeliz á quien todos abandonan y rechazan?
D.ª SOL.--¡Ah!... ¡Cuánto has tardado! Dime ¿tienes frío?
HERNANI.--¿Á tu lado? ¡Ah! Cuando el amor celoso hierve en nuestras
cabezas, cuando hierven en el corazón mil tempestades, ¿qué importa lo
que una nube del aire puede arrojar á nuestro paso?
D.ª SOL.--Dame, dame la capa y la espada.
HERNANI (_Llevando la mano al pomo._)--No; es la otra amiga mía,
inocente y fiel también. Sol de mis ojos, ¿está ausente tu tío, y
futuro esposo?
D.ª SOL.--Sí, esta hora nos pertenece.
HERNANI.--¡Esta hora nada más! Para nosotros sólo una hora. ¿Qué
importa? Fuerza es olvidar ó morir. ¡Una hora contigo! ¡Una hora para
quien querría toda la vida y después la eternidad!
D.ª SOL.--Hernani...
HERNANI (_Con despecho._)--¡Cuán feliz soy cuando el duque sale! Como
un ladrón que tiembla forzando una puerta, así entro yo á verte y
robo al anciano una hora de dicha. ¡Oh! ¡Soy muy dichoso! ¡Y sin duda
llevaría á mal que le robe yo una hora, cuando me roba él á mí la vida!
D.ª SOL.--Cálmate. (_Entregando la capa á la dueña._) Josefa, ponla á
secar. (_Haciendo á Hernani una seña mientras la dueña se va._) Ven á
mi lado.
HERNANI (_Sin oirla._)--¿El duque está ausente?
D.ª SOL.--Bien mío, no pienses más en él.
HERNANI.--¡Ah! No; fuerza es recordarle. El anciano te ama... es tu
futuro esposo. ¡Cómo! ¡Te dió el otro día un beso y no pensaré en él!
D.ª SOL (_Riendo._)--¿Y eso te desespera? Un beso de tío, casi de padre.
HERNANI.--No, un beso de amante, de futuro esposo. ¡Ah! ¡Viejo
insensato que, teniendo necesidad de una mujer para acabar de morirse,
va como fiero y frío espectro á tomar una joven! ¡Insensato viejo!
Mientras con una mano se agarra á la tuya, ¿no ve á la muerte que le
agarra la otra? Ha venido á interponerse temerariamente entre nosotros.
¡Pobre hombre! Más le valiera haber muerto de una vez. ¿Quién diablos
pensó en semejante matrimonio?
D.ª SOL.--Dicen que el rey lo quiere.
HERNANI.--¡El rey! Mi padre murió en el cadalso, condenado por el
suyo, y aunque haya envejecido después de aquella inmolación, para la
sombra del difunto rey, para su hijo vivo, para su viuda, para todos
los suyos, mi odio es siempre nuevo. Muy niño aún hice el juramento
de vengar en el hijo la muerte de mi padre. Por todas partes, rey de
las Castillas, por todas partes te busco, porque el odio es eterno
entre ambas familias. Nuestros padres lucharon sin tregua ni piedad
por espacio de treinta años. Y es en vano que los padres hayan muerto:
su odio vive. Para ellos no ha venido la paz, porque los hijos viven
y continúa el duelo á muerte. ¡Y es él quien quiere ese execrable
himeneo! ¡Mejor que mejor! Yo le buscaba y viene él á ponerse en mi
camino.
D.ª SOL.--Hernani, me espantas.
HERNANI.--Cargado con el peso de un anatema, preciso es que llegue
hasta á espantarme á mí mismo. Escucha: el hombre á que tan joven te
han destinado, Ruy de Silva, tu tío, es duque de Pastrana, rico hombre
de Aragón, conde y grande de España. Á falta de juventud, puede traerte
tanto oro y joyas que reluzca tu frente entre las frentes reales, y
por la gloria, la opulencia y el orgullo, más de una reina envidiará á
su duquesa. Yo, por mí, soy pobre, y no tuve en mi niñez más que los
bosques, á donde huía descalzo. Acaso tengo algún rico blasón que una
mancha de sangre ahora deslustra; acaso tengo derechos, sepultados
en las sombras, que un negro paño de patíbulo oculta aún entre sus
pliegues, y que si mi esperanza no se engaña, podrán brillar un día
con mi espada, pero hasta ahora no he recibido del avaro cielo más que
el aire, la luz y el agua, que es el dón común á todos. Permite que te
libre del duque ó de mí; has de elegir entre los dos: ó ser su esposa ó
seguirme.
D.ª SOL.--¡Seguirte!
HERNANI.--Entre nuestros rudos compañeros, como yo proscritos, cuyos
nombres conoce ya el verdugo, hombres de corazón y de hierro que nunca
se enmohecen, teniendo todos ellos agravios de sangre que vengar,
vendrás tú á ser la reina de mi banda, porque has de saber que yo
no soy más que un bandolero. Cuando todos me perseguían en ambas
Castillas, solo, en sus bosques y montañas, tuve que buscar seguro
asilo y Cataluña me acogió como una madre. Allí entre sus montañeses,
pobres, pero altivos y libres, fuí creciendo, y mañana, si mi aliento
hace resonar esta bocina, acudirán en són de guerra tres mil de sus
valientes. ¡Te estremeces! Aún puedes reflexionarlo bien. Seguirme
por bosques y montes y arenales, entre hombres parecidos á los
demonios de tus pavorosos sueños; sospechar de todo, de las miradas,
de las palabras, de los pasos, del ruido; oir silbar las balas de los
mosquetes persiguiendo vidas, anunciando muertes; estar proscrita como
yo y conmigo andar errante, y si es preciso, seguirme adonde seguiré yo
á mi padre, al patíbulo... esta será tu suerte.
D.ª SOL.--Te seguiré.
HERNANI.--El duque es rico, grande, honrado, sin sombra ninguna en el
escudo de su casa; el duque lo puede todo y te ofrece, con su mano,
tesoros, títulos, esplendor, dicha...
D.ª SOL.--Partiremos mañana. ¡Oh mi Hernani! no me vituperes por mi
extraña audacia. ¿Eres mi demonio ó mi ángel? No lo sé; pero soy tu
esclava. Vé adonde quieras: contigo iré; que partas ó te quedes, tuya,
tuya soy. Y ¿por qué así? Lo ignoro; pero tengo necesidad de verte,
y de verte más y de verte siempre. Cuando se pierde el ruido de tus
pasos, creo que no late ya mi corazón; me faltas tú y me siento ausente
de mí misma; pero cuando esos pasos vuelven de nuevo á sonar en mis
oídos ansiosos, entonces recuerdo que existo y siento volver á mí el
alma fugitiva.
HERNANI (_Estrechándola en sus brazos._)--¡Ángel mío!
D.ª SOL.--Mañana á media noche ¿eh? Trae tu gente debajo de mi ventana.
Darás tres golpes y... descuida, seré osada y fuerte.
HERNANI.--Ya sabes quien soy.
D.ª SOL.--¿Qué importa? Te seguiré.
HERNANI.--No: ya que quieres seguirme, débil mujer, bueno es que sepas
qué nombre, qué título, qué alma, qué destino hay oculto en el pastor
Hernani...
D. CARLOS (_Abriendo con estrépito la puerta del armario._)--¿Cuándo
vais á acabar de referir vuestra historia? ¿Creéis que está uno
cómodamente en este armario?
(_Retrocede sorprendido Hernani, á la vez que Sol da un grito y se
refugia en sus brazos mirando con espanto á don Carlos._)
HERNANI (_Echando mano á su espada._)--¿Qué hombre es ese?
D.ª SOL.--¡Cielos! ¡Socorro!
HERNANI.--Callad, doña Sol. Cuando estoy yo á vuestro lado, suceda lo
que quiera, no tenéis que reclamar más defensa que la mía. (_Á don
Carlos._) ¿Qué hacíais ahí?
D. CARLOS.--¿Yo? Pues á lo que parece no cabalgaba por el bosque.
HERNANI.--Quien se chancea, después de la afrenta, se expone á dar qué
reir también á su heredero.
D. CARLOS.--Á cada cual le llega su vez. Señor mío, hablemos en plata.
Vos amáis á doña Sol y venís todas las noches á miraros en el espejo de
sus ojos: está muy bien. Pero yo amo también á la dama y quiero conocer
á quién he visto entrar tantas veces por la ventana, mientras yo estaba
á la puerta.
HERNANI.--Pues, por mi honor, os he de hacer salir por donde yo entro.
D. CARLOS.--Lo veremos. Yo ofrezco mi amor á la dama: compartamos. He
visto en su bella alma tal y tanta ternura que á buen seguro tiene
harto para los dos. Esta noche quise acabar mi empeño, y sorprendido
por vos, á lo que pude entender, me escondo aquí y escucho, para no
ocultaros nada; pero oía muy mal y me ahogaba muy bien. Fuera de que
estaba echando á perder mi traje á la francesa; conque... he salido.
HERNANI.--Mi daga tampoco está á su gusto y rabia por salir también.
D. CARLOS (_Saludando._)--Como queráis, caballero.
HERNANI (_Sacando su espada._)--¡En guardia!
D. CARLOS (_Desnudando también la suya._)--En guardia, pues.
D.ª SOL (_Interponiéndose._)--¡Dios mío! ¡Hernani!
D. CARLOS.--Tranquilizaos, señora.
HERNANI (_Á don Carlos._)--¿Vuestro nombre?
D. CARLOS.--¡Bah! Dadme el vuestro.
HERNANI.--¡Secreto fatal! Lo guardo para otro, que ha de sentir un día
á mis plantas vencedoras mi nombre en su oído y mi daga en su corazón.
D. CARLOS.--¿Y cuál es el nombre de ese otro?
HERNANI.--¿Qué os importa? Defendeos.
(_Cruzan las espadas. Doña Sol cae desfallecida. Al mismo tiempo
llaman á la puerta._)
D.ª SOL (_Levantándose con espanto._)--¡Dios mío! ¡Llaman á la puerta!
(_Detiénense los combatientes. Entra Josefa por la puerta secreta._)
HERNANI (_Á Josefa._)--¿Quién llama así?
D.ª JOSEFA.--¡Virgen de las Angustias! ¡Qué conflicto! ¡El duque que
regresa!
D.ª SOL.--¡Cielos! ¡Estoy perdida! ¡Infeliz de mí!
D.ª JOSEFA (_Reconociendo el campo._)--¡Jesús! ¡El desconocido! ¡Las
espadas desnudas! ¡Se estaban batiendo! ¡Qué apuros!
(_Los dos adversarios envainan sus aceros. Don Carlos se cala el
sombrero y se emboza hasta los ojos. Siguen llamando._)
HERNANI.--¿Qué hacemos?
UNA VOZ (_Por fuera._)--¡Sol, abre esta puerta!
(_La dueña da un paso hacia la puerta y Hernani la detiene._)
HERNANI.--No abráis.
D.ª JOSEFA (_Sacando su rosario._)--¡Santiago apóstol! ¡Sacadnos en
bien de este mal paso! (_Siguen llamando._)
HERNANI (_Indicando el armario á don Carlos._)--Ocultémonos ahí.
D. CARLOS.--¿En el armario?
HERNANI.--Entrad, yo me encargo de que los dos quepamos.
D. CARLOS.--¡Pardiez! Es demasiado ancho.
HERNANI.--Huyamos por allí. (_Por la puerta secreta._)
D. CARLOS.--Huid vos; yo me quedo aquí.
HERNANI.--¡Ah! Me pagaréis esta jugada.
D. CARLOS (_Á Josefa._)--Abrid la puerta.
HERNANI.--¿Qué dice?
D. CARLOS (_Á la dueña indecisa._)--Que abráis, os mando.
(_Siguen llamando. La dueña va á abrir temblando._)
D.ª SOL.--¡Estoy muerta!
ESCENA III
Los mismos, DON RUY GÓMEZ DE SILVA (barba y cabellos blancos, traje
negro).--Criados con antorchas.
D. RUY.--¡Hombres á estas horas en el cuarto de mi sobrina! Venid
todos, que es cosa de ver. ¡Por San Juan de Ávila! Doña Sol ¿qué
es esto? ¿Qué hacen aquí estos caballeros? En tiempos del Cid y de
Bernardo, aquellos gigantes de España y del mundo, iban ellos por ambas
Castillas honrando á los ancianos y protegiendo á las doncellas. Eran
hombres fuertes que tenían por menos pesado el hierro de sus armas que
vosotros el terciopelo de vuestros vestidos.
[Ilustración]
Aquellos hombres tenían en respeto las canas, santificaban su amor en
las iglesias, no hacían traición á nadie y sabían muy bien guardar el
honor de sus casas. Si querían mujer, tomábanla á la clara luz del
día, delante de todo el mundo, con la espada, el hacha ó la lanza en
la mano. Y en cuanto á estos traidores que, fiando sólo á la noche sus
infames fechorías, á espaldas de los esposos roban el honor de las
mujeres, yo afirmo que el Cid los hubiera tenido por viles y degradando
su usurpada nobleza, hubiera abofeteado sus blasones con la vaina de
su espada. He aquí lo que harían los hombres de otro tiempo con los
hombres de hoy... ¿Qué habéis venido á hacer aquí? ¿Acaso á decir que
soy un viejo de que los jóvenes se ríen? ¿Se van á reir de mí, antiguo
soldado de Zamora? Y cuando pase con mis honradas canas, ¿se reirán
también de mí? ¡Ira de Dios! Pues á lo menos vosotros no habéis de ser
quienes se rían.
HERNANI.--Señor duque...
D. RUY.--¡Silencio! ¡Cómo se entiende! Disponéis de la espada y la
daga y la lanza, la caza, los festines, las jaurías, los halcones, los
cantares de amor, las plumas en el fieltro, las danzas, las corridas y
cañas, la juventud, la alegría; y á toda costa queréis tener un juguete
y tomáis á un anciano. ¡Ah! romped, romped el juguete; pero ¡plegue á
Dios que os salte en astillas al rostro! Seguidme.
HERNANI.--Señor duque...
D. RUY.--¡Seguidme! ¡Cómo! Hay en mi casa un tesoro, que es el honor de
una doncella, el honor de toda una familia. Esta doncella, á quien amo,
es de mi sangre, sobrina mía, que en breve ha de ser mi esposa. Yo la
creo casta y pura y sagrada para todos los hombres; y si yo, don Ruy
Gómez de Silva, tengo que salir una hora, no puedo hacerlo sin peligro
de que un ladrón de honras se deslice en mi hogar. ¡Atrás, hombres
desalmados! lavaos las manos... que mancháis á nuestras mujeres sólo
con tocarlas. Está bien. Continuad... ¿Tengo algo más? (_Se arranca
el collar._) Tomad, pisotead mi Toisón de oro. (_Tira su sombrero._)
Deshonrad mis canas...
D.ª SOL.--¡Ah! señor...
D. RUY (_Á sus criados._)--¡Venid en mi ayuda! ¡Mi hacha, mi puñal, mi
daga de Toledo! (_Á los intrusos._) Seguidme los dos.
D. CARLOS (_Dando un paso._)--Duque, no se trata precisamente de eso
ahora; trátase, ante todo, de la muerte de Maximiliano, emperador de
Alemania.
(_Descubriéndose._)
D. RUY.--¡Aún os burláis!... ¡Ah! ¡Santo Dios! ¡El Rey!
D.ª SOL.--¡El Rey!
HERNANI.--¡El Rey de España!
(_Clavándole los ojos vengativo._)
D. CARLOS (_Con gravedad._)--Sí, Carlos primero. Mi augusto abuelo, el
emperador, ha muerto, según he sabido esta misma noche, y he venido en
persona y sin demora á darte la noticia, á ti, mi leal súbdito, y á
pedirte consejo, de noche y de incógnito. Ya ves si el negocio era para
tanto ruido.
(_Ruy Gómez despide á sus criados con una seña y se acerca al Rey, á
quien Sol examina con sorpresa y temor, mientras Hernani permanece
aislado mirándole también con ojos fulgurantes._)
D. RUY.--Pero ¿cómo tardar tanto en abrirme la puerta?
D. CARLOS.--Venías tan acompañado... Cuando un secreto de Estado me
trae á tu palacio, no era cosa de ir á decirlo á todos tus sirvientes.
D. RUY.--Perdonad, señor. Las apariencias...
D. CARLOS.--Bien, duque, te hice gobernador del castillo de Figueras;
pero ¿á quién debo hacer ahora tu gobernador?
D. RUY.--Señor, perdonad.
D. CARLOS.--Basta: no hablemos más de esto. Pues, como decía, el
emperador ha muerto.
D. RUY.--¡Ha muerto vuestro augusto abuelo!
D. CARLOS.--Ya me ves, duque, poseído de tristeza.
D. RUY.--¿Y quién ha de sucederle?
D. CARLOS.--Un duque de Sajonia está en la lista, y Francisco primero
de Francia es otro de los pretendientes.
D. RUY.--¿Dónde van á reunirse los electores del imperio?
D. CARLOS.--Han elegido, según creo, Aquisgrán... ó Spira... ó
Francfort.
D. RUY.--Y nuestro Rey y señor, que Dios guarde, ¿no ha pensado nunca
en el imperio?
D. CARLOS.--Siempre.
D. RUY.--Á nadie sino á vos pertenece.
D. CARLOS.--Bien lo sé.
D. RUY.--Vuestro augusto padre, señor, fué archiduque de Austria, y
creo que el imperio tendrá presente que era abuelo vuestro quien acaba
de morir.
D. CARLOS.--Además soy ciudadano de Gante.
D. RUY.--En mis primeros años tuve el honor de ver á vuestro ilustre
abuelo. ¡Ah! ¡Cuán viejo soy! ¡todo ha muerto ya! Era un emperador
poderoso y magnánimo.
D. CARLOS.--Roma también está por mí.
D. RUY.--Valiente, enérgico, pero nada despótico... ¡Oh! aquella corona
sentaba muy bien al viejo cuerpo germánico. (_Se inclina y besa la real
mano._) ¡Cuánto os compadezco señor! ¡Tan mozo y hundido ya en tanto
duelo!
D. CARLOS.--El papa desea recobrar la Sicilia, que un emperador no
puede poseer. Me apoya para que como hijo agradecido y sumiso, le
entregue luégo su presa. Tengamos el águila y después... veremos si he
de darle á roer los alones.
D. RUY.--¡Con qué gusto vería aquel veterano del trono ciñendo su
corona á su ilustre nieto! ¡Ah! ¡Con vos hemos de llorar todos á aquel
pío y máximo emperador!
D. CARLOS.--El Padre Santo es hábil. ¿Qué es la Sicilia? Una isla que
pende de mi reino, una pieza, un girón, que apenas conviene á España y
á su lado se arrastra. «¿Qué harías, hijo mío, de esa isla, atada al
cabo de un hilo? Tu imperio está mal hecho. Pronto, venid aquí. Unas
tijeras y cortemos.» Gracias, Santísimo Padre, porque de esos girones,
como tenga yo fortuna, he de coser más de uno al sacro imperio, y si
otros me arrancaran, remendaría mis estados con islas y ducados.
D. RUY.--Consolaos: hay otro reino de justicia, donde parecen los
muertos más santos y augustos.
D. CARLOS.--El rey Francisco I es un ambicioso. Muerto el viejo
emperador, al punto ha puesto los ojos en el imperio. ¿No tiene á la
Francia Cristianísima? ¡Ah! la herencia es pingüe y bien merece que le
tenga apego. Decía al rey Luís el emperador mi abuelo: «Si yo fuera
Dios Padre y tuviera dos hijos, haría Dios al primogénito y al segundo,
rey de Francia.» ¿Crees que Francisco pueda tener algunas esperanzas?
D. RUY.--Es un rey victorioso.
D. CARLOS.--Sería preciso cambiarlo todo. La bula de oro prohibe elegir
á un extranjero.
D. RUY.--Según eso, señor, sois rey de España.
D. CARLOS.--Soy ciudadano de Gante.
D. RUY.--La última campaña ha ensalzado mucho al rey Francisco.
D. CARLOS.--El águila que va á nacer en mi cimera puede también
desplegar sus alas.
D. RUY.--¿Entendéis el latín?
D. CARLOS.--Mal.
D. RUY.--Es lástima. La nobleza alemana gusta mucho de que le hablen en
latín.
D. CARLOS.--Ya se contentará con castellano altivo, pues, creedme á
fe de Carlos, cuando la voz habla alto, poco importa la lengua que se
habla. Ahora voy á Flandes, y es menester, mi querido Silva, que vuelva
emperador. El rey de Francia va á removerlo todo; quiero anticiparme á
él y partiré dentro de poco.
D. RUY.--¿Nos dejáis, señor, sin purgar antes á Aragón de esos nuevos
bandidos que al abrigo de sus montañas levantan sus audaces frentes?
D. CARLOS.--Ya he dispuesto que el duque de Arcos acabe con ellos.
D. RUY.--¿Dais también orden al capitán de la gavilla para que se deje
exterminar?
D. CARLOS.--¿Quién es ese bandolero? ¿Su nombre?
D. RUY.--Lo ignoro; pero dicen que es audaz.
D. CARLOS.--Yo sólo sé que por ahora está en Galicia y ya enviaré
alguna fuerza para que dé cuenta de él.
D. RUY.--Entonces son falsas las noticias que por aquí lo suponen.
D. CARLOS.--Falsas serán... esta noche me hospedo en tu casa.
D. RUY.--¡Ah! ¡Señor! ¡tanta honra!... (_Inclinándose profundamente._)
¡Hola! (_Acuden los criados._) Honrad todos al Rey mi huésped.
(_El duque forma en dos filas á los criados con antorchas hasta la
puerta del fondo. Mientras, se acerca Sol á Hernani. El rey los
cela._)
D.ª SOL (_Á Hernani._)--Mañana á media noche, bajo mi ventana, sin
falta. Darás tres palmadas.
HERNANI.--Mañana.
D. CARLOS (_Aparte._)--¡Mañana! (_Á Sol con galantería._) Permitidme
que para salir os ofrezca la mano. (_La conduce hasta la puerta._)
HERNANI (_Con la mano en el pecho._)--¡Ay, puñal mío! ¿cuándo saltarás?
D. CARLOS (_Volviendo. Aparte._)--¡Qué cara pone! (_Á Hernani._) Os
concedí el honor de chocar vuestra espada con la mía, caballero.
Por cien razones me sois sospechoso; pero el rey don Carlos odia la
traición. Idos, pues. Todavía me digno proteger vuestra fuga.
D. RUY (_Volviendo._)--¿Quién es este caballero? (_Indicando á
Hernani._)
[Ilustración: D. CARLOS.--_...Permitidme que para salir os ofrezca la
mano._]
D. CARLOS.--Es de mi séquito y parte.
(_Salen con los criados, precediendo al rey el duque con una antorcha
en la mano._)
ESCENA IV
HERNANI
Sí, de tu séquito ¡oh rey! de tu séquito soy. De noche y de día, en
efecto, y paso á paso te sigo, con el puñal en la mano y los ojos
fijos en tu huella. En mí persigue en ti mi raza á tu raza. Y como
si no fuera bastante, has venido también á ser mi rival. Hubo un
momento en que me quedé indeciso entre amar y aborrecer. Mi corazón
no era bastante ancho para ella y para ti, y amándola olvidé el odio
que te tengo; pero una vez que tú lo quieres, una vez que vienes tú
á recordármelo, en buen hora, lo recuerdo. Mi amor hace inclinar la
incierta balanza y cae del lado de mi odio. Sí, soy de tu séquito; tú
lo has dicho. ¡Oh! ningún cortesano de tu maldita elevación, ningún
señor de los que lamen tus manos y besan tus piés, ningún perro de
palacio adiestrado en seguir á un rey seguirán jamás tus huellas más
tenaces y asiduos que yo. Lo que quieren de ti todos esos cortesanos es
algún título ó juguete de relumbrón; para querer tan poco, no querría
yo nada; lo que yo quiero de ti no es un vano favor, es el alma de
tu cuerpo, la sangre de tus venas, lo que un puñal ansioso hurgando
largo tiempo puede arrebatar á un corazón. Vé delante; yo te seguiré.
Mi vigilante venganza me acompaña siempre y me habla al oído. Vé,
aquí estoy yo; yo espío y escucho, y sin ruido mi paso busca el tuyo
y lo sigue y persigue. De día ¡oh rey! no podrás volver la cabeza sin
verme inmóvil y sombrío en tus solemnidades; ni de noche podrás tampoco
volverla sin encontrar mis ojos fulgurantes detrás de ti.
(_Vase._)
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO II
EL BANDIDO
ZARAGOZA
Un patio del palacio de Silva.--Á la izquierda los grandes
muros del palacio con una ventana con balcón. Por debajo de la
ventana una puerta pequeña. Á la derecha y en el fondo casas y
calles.--Noche.--En las fachadas de los edificios algunas ventanas
iluminadas.
PERSONAJES
DON CARLOS.
HERNANI.
DOÑA SOL.
DON SANCHO.
DON MATÍAS.
DON RICARDO.
UN MONTAÑÉS.
ESCENA I
DON CARLOS, DON SANCHO SÁNCHEZ DE ZÚÑIGA, conde de Monterey, DON MATÍAS
CENTURIÓN, marqués de Almunan, DON RICARDO DE ROJAS, señor de Casapalma
(_Llegan los cuatro siguiendo á don Carlos, con los sombreros gachos
y embozados en sendas capas que dejan ver por debajo las puntas de
las espadas._)
D. CARLOS (_Examinando el balcón._)--He aquí el balcón, la puerta... Me
hierve la sangre. (_Mirando la ventana._) Todavía no hay luz. Y la hay
en todas partes donde no me conviene, menos en esta ventana, donde me
convendría.
D. SANCHO.--Señor, y volviendo á ese traidor, ¿le dejasteis partir?
D. CARLOS.--Así es la verdad.
D. SANCHO.--Y acaso fuera el jefe de la banda.
D. CARLOS.--Jefe ó capitán, yo no he visto jamás testa coronada con más
altivez.
D. SANCHO.--¿Y se llama?...
D. CARLOS.--Muñoz... Fernan... No, un nombre que acaba en i.
D. SANCHO.--¿Hernani tal vez?
D. CARLOS.--Eso, Hernani.
D. SANCHO.--Es él.
D. MATÍAS.--Hernani es.
D. SANCHO.--¿Y no recordáis su conversación?
D. CARLOS (_Sin dejar de mirar á la ventana._)--¡Pardiez! No oía nada
en aquel maldito armario.
D. SANCHO.--Pero, señor, ¿cómo lo soltasteis, teniéndolo ya en vuestras
manos?
D. CARLOS (_Mirándolo fijamente._)--Conde de Monterey, ¿me interrogáis?
(_Los dos señores retroceden y callan._) Y por otra parte, no es eso
lo que más me interesa. Yo voy tras de su amada, no tras él. Estoy
verdaderamente enamorado. ¡Qué ojos negros tan hermosos, amigos míos!
¡dos espejos! ¡dos antorchas! De todo el coloquio no oí más que estas
palabras: Hasta mañana á la noche. Pero es lo esencial. Ahora mientras
ese bandido con cara de galán se entretiene en alguna fechoría, me
anticipo yo y le robo la paloma.
D. RICARDO.--Hubiera sido un golpe completo matar á la vez el buitre.
D. CARLOS.--¡Buen consejo! Tenéis la mano muy ligera, conde.
D. RICARDO.--Señor ¿con qué título os place que sea conde?
D. SANCHO.--Ha sido una equivocación.
D. RICARDO.--El Rey me ha nombrado conde.
D. CARLOS.--Basta. He dejado caer ese título; recogedlo y en paz.
D. RICARDO (_Inclinándose._)--Gracias, señor.
D. SANCHO.--¡Gran título! Conde por equivocación.
(_El Rey se pasea por el fondo mirando con impaciencia hacia las
ventanas iluminadas. Los otros hablan entre sí en el proscenio._)
D. MATÍAS (_á D. Sancho_).--Pero ¿qué hará el rey, una vez sorprendida
la dama?
D. SANCHO.--La hará condesa, después dama de honor, y cuando tenga un
hijo de ella, lo hará rey.
D. MATÍAS.--¡Pardiez! ¡Á un bastardo! Conde, enhorabuena; pero no así
como quiera se puede sacar un rey de una condesa.
D. SANCHO.--Entonces la hará marquesa, mi querido marqués.
D. MATÍAS.--Los bastardos se guardan para los países conquistados, y se
les hace virreyes, única cosa para que sirven.
D. CARLOS (_Mirando con cólera las ventanas iluminadas._)--¡Pardiez!
Diríase que son ojos celosos que nos espían. Ahora se oscurecen dos.
¡Sea enhorabuena! ¡Qué largos son los momentos de espera! ¿Quién hará
adelantar la hora?
D. SANCHO.--Eso es lo que decimos muchas veces en palacio.
D. CARLOS.--Mientras en los vuestros mi pueblo lo repite. La última
ventana se oscurece. (_Mirando á la de Sol._) ¡Maldita vidriera!
¿Cuándo te iluminarás tú? ¡Oh doña Sol! Ven pronto á brillar como un
astro en las sombras de esta noche. (_Á don Ricardo._) ¿Es ya media
noche?
D. RICARDO.--Muy pronto será.
D. CARLOS.--Es preciso acabar cuanto antes. Á cada momento puede llegar
el otro. (_Se ilumina la ventana de Sol._) ¡Por fin, amigos míos, sale
el sol! Ved la sombra de la dama á través de los cristales. No perdamos
tiempo y hagamos la señal que espera. Hay que dar tres palmadas. Pero
acaso se alarme viendo aquí tanta gente. Retiraos allá á la sombra á
guardarme las espaldas. Compartamos estos amoríos: la dama para mí;
para vosotros el bandido.
D. RICARDO.--Muchas gracias, señor.
D. CARLOS.--Si viene á estorbarme, dadle bonitamente una estocada, y
mientras se recobra, me llevaré yo la dama. Pero ¡cuenta con matarlo!
Al cabo es un valiente, y la muerte de un hombre, cosa grave.
(_Los tres caballeros se inclinan y salen. Don Carlos hace luégo la
señal dando las tres palmadas, y á la última se asoma Sol al balcón,
vestida de blanco._)
ESCENA II
DON CARLOS, DOÑA SOL
D.ª SOL.--¡Eres tú, Hernani!
D. CARLOS (_Aparte._)--¡Pardiez! No hablemos.
(_Vuelve á hacer la señal._)
[Ilustración]
D.ª SOL.--Bajo al momento.
(_Cierra la ventana y muy luégo se abre la puerta pequeña apareciendo
Sol con una lamparilla en la mano y un manto al hombro._)
D.ª SOL.--¿Hernani?
(_Don Carlos se cala el sombrero y se le acerca precipitadamente._)
D.ª SOL (_Dejando caer la lámpara._)--¡Dios mío! ¡No es su paso!
(_Quiere retroceder, pero el rey la detiene por el brazo._)
D. CARLOS.--¡Doña Sol!
D.ª SOL.--¡Cielos! ¡No es su voz! ¡Desdichada de mí!
D. CARLOS.--¿Qué voz quieres más amorosa? Siempre es la voz de un
amante y de un amante real.
D.ª SOL.--¡El Rey!
D. CARLOS.--Pide, manda... un reino te ofrezco; porque éste, cuyo amor
desdeñas, es el rey, tu señor; es Carlos, tu esclavo.
D.ª SOL (_Pugnando por desasirse._)--¡Socorro! ¡Hernani!
D. CARLOS.--No te espantes: es el rey quien te tiene, no el bandido.
D.ª SOL.--No, el bandido sois vos. ¿No os da vergüenza? ¿Son estas las
hazañas que han de daros fama? ¡Venir de noche y por fuerza á robar
una doncella! ¡Ah, mi bandido vale cien veces más que vos! Oíd, rey
de Castilla. Si el hombre naciera donde lo eleva su alma, si Dios
concediera la jerarquía á la altura del corazón, el rey sería él, y el
bandido vos.
D. CARLOS.--Señora...
D.ª SOL.--¿Olvidáis que mi padre era conde?
D. CARLOS.--Yo os haré duquesa.
D.ª SOL.--Basta. ¡Qué vergüenza! (_Retrocediendo algunos pasos._) Nada,
nada puede haber entre nosotros, don Carlos. Mi padre derramó por
vos su sangre y yo soy doncella noble, y celosa de mi sangre y de mi
honor;... soy mucho para manceba y muy poco para esposa.
D. CARLOS.--¿Princesa?
D.ª SOL.--Rey don Carlos, id con vuestros amoríos á mujerzuelas dignas
de ellos, pues si os atrevéis á tratarme á mí con tal infamia, podré
muy bien demostraros que soy dama y que soy mujer.
D. CARLOS.--Pues bien, venid á compartir mi trono: seréis reina,
emperatriz...
D.ª SOL.--Comprendo la añagaza. Concluyamos: prefiero con mi Hernani
vivir errante fuera del mundo y de la ley, con hambre y sed,
compartiendo su destino, abandono, guerra, destierro, persecución,
miseria, á ser emperatriz con un emperador.
D. CARLOS.--¡Cuán dichoso es ese hombre!
D.ª SOL.--Es pobre y hasta proscrito.
D. CARLOS.--Hace bien en ser pobre y hasta proscrito, puesto que es tan
amado. Yo estoy solo y un ángel le acompaña á él. En fin, ¿me odiáis?
D.ª SOL.--No os amo.
D. CARLOS (_Asiéndola con violencia._)--Pues bien, me améis ó no,
vendréis conmigo; mi mano es más fuerte que la vuestra. Vendréis. Yo lo
quiero así. ¡Pardiez! Vamos á ver si soy rey de España y de las Indias
para nada.
D.ª SOL (_Forcejeando._)--¡Ah! ¡Señor, por piedad! Pues sois el rey,
duquesa, marquesa ó condesa, no tenéis más que escoger: las damas de
la corte tienen siempre amor para vuestro amor. Pero mi proscrito ¿qué
ha recibido del avaro cielo? Vos tenéis á Castilla, Aragón, Navarra,
Murcia, León y diez reinos más, y Flandes y las Indias con sus minas
de oro; tenéis un imperio en que nunca se pone el sol; y con todo esto
¿habréis de quitarle á él lo único que tiene... yo?
(_Se hinca de rodillas á los piés del rey._)
D. CARLOS.--Ven, no escucho nada. Ven; si correspondes á mi amor te doy
á elegir entre mis Españas.
D.ª SOL.--No quiero más de vos que este puñal. (_Se lo arranca del
cinto y el rey la suelta y retrocede._) Atreveos ahora. Dad un paso no
más.
D. CARLOS.--¡Qué hermosa está! No extraño ya que ame á un rebelde.
(_Va á dar un paso y Sol alza el puñal._)
D.ª SOL.--Un paso hacia mí y os mato y me mato. (_El rey retrocede más.
Sol se desvía y grita._) ¡Hernani! ¡Hernani!
D. CARLOS.--¡Callad!
D.ª SOL.--Un paso y todo acaba.
D. CARLOS.--Señora, ya que á tal extremo reducís mi bondad, sabed que
para obligaros tengo ahí tres hombres de mi séquito.
HERNANI (_Surgiendo á su espalda._)--Habéis olvidado uno.
(_Vuélvese el rey y ve á Hernani con los brazos cruzados bajo su
larga capa y con el ala del sombrero levantada. Sol da un grito y
corre á abrazarle._)
ESCENA III
DON CARLOS, DOÑA SOL, HERNANI
HERNANI.--¡Oh! El cielo me es testigo que hubiera ido de buen grado á
buscarlo más lejos.
D.ª SOL.--Hernani, sálvame.
HERNANI.--Cálmate, vida mía.
D. CARLOS.--¿Qué diablos hacen mis amigos por allá? ¡Haber dejado pasar
á este capitán de bandoleros! (_Llamando._) ¡Monterey!
HERNANI.--Vuestros amigos están en poder de los míos. No reclaméis la
ayuda de sus espadas impotentes: para tres que vinieran á ayudaros,
vendrían á ayudarme á mí sesenta, y vale cualquiera de ellos por
vosotros cuatro. Así, arreglemos los dos solos nuestras cuentas.
¡Conque pusisteis la mano en esta doncella! Ha sido una imprudencia,
señor rey de Castilla, y una cobardía.
D. CARLOS (_Con desdén._)--Señor bandido, de vos á mí no hay reproche.
HERNANI.--¡Se chancea! ¡Oh! Yo no soy rey; pero cuando un rey me
agravia y se chancea además, se me sube á mí la cólera á la altura de
su orgullo. Y cuenta que en afrentándome se teme más al rubor de mi
frente que á la púrpura de un rey. Sois un insensato, si abrigáis la
más mínima esperanza. (_Agarrándolo del brazo._) ¿Conocéis bien la mano
que os aprieta? Escuchad. Vuestro padre hizo morir al mío, y os odio.
Me habéis quitado mis bienes y mis títulos, y os odio. Amáis á la mujer
que yo amo, y os odio, os odio, os odio con toda mi alma.
D. CARLOS.--Bien está.
HERNANI.--Esta noche, sin embargo, ni me acordaba de vos: sólo sentía
un anhelo, un ardor, una necesidad: doña Sol. Y anheloso y ardiente
de amor vengo y... ¡por vida mía! os encuentro en vías de robármela.
¡Cuando ya os había olvidado, os interponéis vos mismo en mi camino!
Señor rey de Castilla, os repito que sois un insensato. Caísteis en
vuestras propias redes: ni fuga, ni socorro. ¡Oh te tengo asediado!
Solo, rodeado por todas partes de encarnizados enemigos ¿qué has de
hacer?
D. CARLOS (_Con altivez._)--¿También me interrogáis?
HERNANI.--¡Bah! ¡bah! No quiero que un brazo oscuro te hiera. Ni quiero
que se me escape mi venganza. Nadie te tocará, sino yo. Defiéndete.
(_Saca su espada._)
D. CARLOS.--Yo soy vuestro rey y señor. Matadme, sea; pero sin duelo.
HERNANI.--Pronto has olvidado que anoche tu espada se cruzó con la mía.
D. CARLOS.--Anoche ignoraba yo vuestro nombre, y vos ignorabais también
mi jerarquía. Hoy vos sabéis quién soy yo, y yo quién sois vos.
HERNANI.--Enhorabuena. Defiéndete.
D. CARLOS.--No acepto el duelo. Asesinadme.
HERNANI.--Pero ¿crees tú que los reyes son para mí sagrados? ¡Á ver si
te defiendes!
D. CARLOS.--Asesinadme: no me defiendo. ¡Ah! ¿Creéis, bandidos, que
vuestras viles gavillas pueden extenderse impunemente por las ciudades?
(_Hernani retrocede. Don Carlos le mira con ojos de águila._) ¿Creéis
que manchados de sangre y cargados de crímenes, podréis, después de
todo, pasar por generosos? ¿Creéis que nosotros, víctimas de vuestras
violencias, hemos de ennoblecer vuestros puñales con el choque de
nuestras espadas? No; el crimen os posee y por donde quiera lo
arrastráis. ¡Duelos con vosotros! No, no: asesinad.
(_Hernani, sombrío y pensativo, vacila un momento en herir. De
repente quiebra la espada contra el suelo y se vuelve hacia el rey._)
HERNANI.--Vete. Mejores encuentros tendremos. Vete, pues.
D. CARLOS.--Está bien. Dentro de algunas horas, yo vuestro rey, volveré
al palacio ducal y mi primer cuidado será llamar al juez. ¿Han puesto á
precio vuestra cabeza?
HERNANI.--Sí.
D. CARLOS.--Bien. Desde hoy os tengo por rebelde y traidor. Por todas
partes he de perseguiros. Estáis avisado. Voy á decretar vuestra
proscripción del reino.
HERNANI.--Ya está decretada.
D. CARLOS.--Otra vez más.
HERNANI.--Por fortuna, Francia está cerca y me servirá de asilo.
D. CARLOS.--Voy á ser emperador de Alemania y quedaréis proscrito del
imperio.
HERNANI.--Me queda el resto del mundo, para seguir odiándote.
D. CARLOS.--¿Y si fuera mío el mundo?
HERNANI.--Entonces... entonces me quedaría la tumba.
D. CARLOS.--Bien, yo sabré desbaratar tus maquinaciones insolentes y
rebeldes.
HERNANI.--La venganza es coja y llega á paso lento; pero llega.
D. CARLOS (_Con desdén._)--¡Tocar á la dama que adora á un bandido!
HERNANI.--Recuerda que aún estás en mi poder, y piensa, futuro César,
piensa que si apretara esta mano harto generosa, aplastaría en el huevo
tu águila imperial.
D. CARLOS.--¡Á ver si os atrevéis!
HERNANI.--¡Vete! ¡vete!... Huye de aquí; pero toma antes mi capa. (_Se
quita la capa y la echa á los hombros del rey._) Sin ella, te caería
encima algún puñal. (_Envuélvese el rey en la capa del bandido._) Ahora
parte sin temor. Mi sedienta venganza hace sagrada tu cabeza para otro
que yo.
D. CARLOS.--Ya que me habláis así, no me pidáis nunca gracia ni perdón.
(_Vase._)