Gamborena no le contestó. Le afligía la falta de unción religiosa que
el enfermo mostraba, y la rebeldía de su espíritu ante el inevitable
tránsito. Ó no creía en él, ó creyéndolo, se rebelaba contra la
divina sentencia poseído de furor diabólico. Testarudo era el
misionero, y no se dejaría quitar tan fácilmente la presa. Observóle
el rostro, queriendo penetrar con sagaz mirada en su pensamiento, y
ver qué ideas bullían bajo el amarillo cráneo, qué imágenes bajo los
párpados abatidos. Hombre de mucha práctica en aquellos negocios, y
expertísimo en catequizar sanos y moribundos, recelaba que el espíritu
maligno, burlando las precauciones tomadas contra él, hubiese ganado
solapadamente la voluntad del desdichado Marqués de San Eloy, y le
tuviese ya cogido para llevársele. El buen sacerdote se preparó á
luchar como un león; examinado el terreno y elegidas las armas, se
trazó un plan, cuya estructura lógica se comprenderá por el siguiente
razonamiento:
«Este desdichado es todo egoísmo, con su poco de orgullo, y desmedido
amor á las riquezas. En el egoísmo, enorme peso, monstruoso bulto,
hace presa el maldito Satán; la codicia le infunde su ardiente anhelo
de vivir. Adora su yo, su personalidad viva, y mientras tenga esperanza
de conservarse en sí, como es, no se conformará con la muerte, no dará
entrada en su alma á la compunción ni á la gracia divina. Que pierda
la esperanza, y el egoísmo se debilitará. Duro es, y á veces inhumano,
quitar á los moribundos la última esperanza, cortar la hebra tenue con
que el instinto se agarra á las materialidades de este mundo. Pero hay
casos en que conviene cortarla, y yo la corto, sí, porque en ello veo,
en conciencia, el único medio de arrancar al demonio maldito lo que no
debe ser suyo, no y no mil veces... no lo será.»
Pensando esto, se dispuso á obrar con presteza.
—Sr. D. Francisco—le dijo, sacudiéndole por un brazo.
No respondió hasta la tercera vez.
—Sr. D. Francisco, óigame un instante.
—Déjeme ahora... Estaba pensando... Vamos, que me veía en aquellas
fechas..., cuando entré en el Real Cuerpo de Alabarderos, y me puse por
primera vez el uniforme.
—¿Por ventura, no tenemos ahora cosa de más provecho en qué pensar?
—Sí..., me siento bien, y pienso en mis cosas.
—¿Y no teme que pronto puede sentirse mal?
—Usted me ha dicho que me restableceré.
—Eso se dice siempre para consolar á los pobres enfermos. Pero á un
hombre de carácter entero y de inteligencia superior, no se le debe
ocultar la verdad.
—¿No me salvaré?—preguntó de súbito don Francisco, abriendo mucho los
ojos.
—¿Qué entiende usted por salvarse?
—Vivir.
—No estamos de acuerdo: salvarse no es eso.
—¿Quiere usted decir que _debo_ morirme?
—Yo no digo que usted _debe_ morirse, sino que el término de la vida ha
llegado, y que es urgente prepararse.
La estupefacción paralizó la lengua de Torquemada, que por un mediano
rato tuvo clavados sus ojos en el rostro del confesor.
—¿De modo que... no hay remedio?
—No.
Pronunció este _no_ el sacerdote con la calculada energía que el caso,
á su parecer, demandaba, creyendo cumplir con un deber de conciencia,
dentro de las atribuciones de su alto ministerio. Fué como un hachazo.
Creyó que debía darlo, y lo dió sin consideración alguna. Para
Torquemada fué como si una mano de formidable fuerza le apretara el
cuello. Puso los ojos en blanco, soltó de su boca un sordo mugido, y
cuerpo y cabeza se hundieron más en las blanduras del lecho, ó al menos
pareció que se hundían.
—Hermano mío—le dijo Gamborena,—más propia de un buen cristiano es en
estos instantes la alegría que la aflicción. Considere que abandona
las miserias de este mundo execrable, y entra á gozar de la presencia
de Dios y de la bienaventuranza, premio glorioso de los que mueren en
el aborrecimiento del pecado y en el amor de la virtud. Basta con que
dirija todos sus pensamientos, todas sus facultades á Jesús divino, y
le ofrezca su alma. Ánimo, hijo mío, ánimo para renunciar á los bienes
caducos y á toda esta putrefacción terrenal; y fervor, amor, fuego
del alma para remontarse al seno de Nuestro Padre, que amoroso ha de
recibirle en sus brazos.
Nada dijo D. Francisco, y el confesor temió que hubiera perdido el
conocimiento. Abatidos los párpados, fruncido el entrecejo, la boca
fuertemente cerrada, chafando un labio contra otro, el enfermo se
desfiguró visiblemente en breve tiempo. Su piel era como papel de
estraza, y despedía un olor ratonil, síntoma comúnmente observado en
la muerte por hambre. ¿Dormía ó había caído en un colapso profundo,
precursor del sueño eterno? Fuera lo que fuese, ello es que al meterse
en sí como caracol asustado que se esconde dentro de su cáscara,
percibió vagas imágenes, y sintió emociones que conturbaron su alma
casi desligada ya de la materia. Creyóse andando por un camino, al
término del cual había una puerta no muy grande. Más bien era pequeña;
pero ¡qué bonita!... el marco de plata, y la hoja (porque no tenía
más que una hoja) de oro con clavos de diamantes; diamantes también
en las bisagras, en el llamador, y en el escudillo de la cerradura.
Y los constructores de la tal puerta habíanla hecho con monedas, no
fundidas, sino claveteadas unas sobre otras, ó pegadas no se sabía
cómo. Vió claramente el cuño de Carlos III en las pálidas peluconas,
duros americanos y españoles, y entre ellos preciosas moneditas de las
de _veintiuno y cuartillo_. Miraba el tacaño la puerta sin atreverse á
poner su trémula mano en el aldabón, cuando oyó rechinar la cerradura.
La puerta se abría desde dentro por la mano del beatísimo Gamborena;
pero no se abría lo suficiente para que pudiera entrar una persona,
aunque sí lo bastante para ver que el buen misionero vestía como el
San Pedro de la cofradía de prestamistas en la cual él (D. Francisco)
había sido mayordomo. La calva reluciente, los ojuelos dulces no se le
despintaron desde fuera. Observó que estaba descalzo, y que llevaba
sobre los hombros una capa con embozos colorados, bastante vieja.
Miróle el portero sonriendo, y él se sonrió también, movido de temor y
esperanza, diciendo:
—¿Puedo entrar, Maestro?
X
Tantas veces le llamó Gamborena, hablándole con la boca casi pegada á
la oreja, que al fin respondió, como despertando.
—Sí, Maestro, sí me he quedado con las ganas de saber...
—¿Qué?
—Si me dejaba entrar ó no. Á ver... ¿tiene ahí las llaves?
—No piense en las llaves, y dígame con brevedad si son sinceros sus
deseos de entrar, si ama á Jesucristo y anhela ser con Él, si reconoce
sus pecados, el vicio infame de la avaricia, la crueldad con los
inferiores, la falta absoluta de piedad para con el prójimo, la tibieza
de sus creencias.
—Reconozco—dijo Torquemada con sorda voz, que apenas se
oía.—Reconozco..., y confieso.
—Y ahora, todos sus pensamientos son para Jesús, y si alguna idea ó
algún afán de los que le extraviaron en vida viene á turbar esa paz,
esa resignación dulce con que aguarda su fin, usted lo rechazará, usted
rechazará ese sentimiento, esa idea...
—La rechazo... sí... Jesús...—murmuró el enfermo.—¿Pero usted abre?...
dígame si abre. Porque si no..., aquí me quedo, y... Á bien que no es
floja empresa..., convertir el Exterior y las Cubas en Interior...
—Hijo mío, desprecie toda esa inmundicia.
—¡Inmundicia!, ¿lo llama inmundicia?...
Siguió rezongando muy por lo bajo. No se le entendía. Su habla era como
el gorgoteo profundo de un manantial en el fondo de una caverna.
Desconsolado y lleno de inquietud, Gamborena tuvo por cierto que la
lucha seguía empeñada entre él y Satanás, disputándose la posesión de
un alma próxima á lanzarse á lo infinito. ¿Quién vencería? Dotado de
facultades poéticas, la mente del clérigo vió representada en imágenes
la formidable batalla. Del otro lado del lecho, por la parte de la
pared, estaba el Demonio, tanto más traidor cuanto más invisible. El
sacerdote cristiano sugería por la izquierda; el enemigo de todo bien
por la derecha. Gamborena tenía por su lado el corazón. Puso sobre él
la mano, y apenas le sentía latir. Probó llamar al entendimiento, con
esperanza de que aún respondiera, pero el entendimiento no quiso darse
por entendido, ó ya no ejercía autoridad sobre la palabra. Los gemidos
inarticulados, las rudas expresiones irónicas que moduló el frío labio
del moribundo, sonaron en el oído del sacerdote como inspiradas por el
enemigo que de la otra parte luchaba encarnizadamente.
Anochecía, y el misionero hubo de abandonar por un rato su puesto de
combate, para acudir á la capilla á Reservar el Santísimo. En esta
imponente ceremonia, á la que asistieron la familia, la servidumbre,
y muchos amigos de la casa, elevó el buen padrito su espíritu con
ardiente fervor á la Majestad Omnipotente, implorando sostén y auxilio
para salir victorioso en la tremenda lucha. Encomendó con plegaria
dolorida el alma del triste pecador, y pidió para él la gracia por
los maravillosos medios que sólo Dios sabe y emplea, supliendo la
ineficacia de los medios humanos. La emoción del buen sacerdote se
traslucía en su semblante grave y en la dulzura de sus ojos. Cuando
terminó el acto, pudo observar que muchos de los presentes tenían el
rostro encendido de llorar.
Y otra vez allá, al campo de batalla. En el breve tiempo que duró
la Reserva, habíase desfigurado tanto el rostro del pobre enfermo,
que Gamborena le hubiera desconocido, si no estuviese acostumbrado á
tales mudanzas del humano semblante en trances como aquél. Si cada
transformación de las facciones pudiera expresarse por espacios de
tiempo, y la descomposición fisionómica se representara por edades, don
Francisco Torquemada tenía ya novecientos años, como Matusalén.
Por acuerdo entre la familia y el doctor, se suprimió la medicación
de última hora, que no sirve más que para disputar algunos instantes
á la muerte, atormentando inútilmente al enfermo. La ciencia nada
tenía que hacer allí: bien lo demostró la salida de Miquis y su paso
por la gran galería hacia fuera, paso en el cual pudiera verse cierta
tristeza, pero también resolución, como de un hombre que siente no
haber triunfado allí, y que se dirige á otra parte donde triunfar
espera. Despedida la Ciencia, á la Religión correspondía lo restante,
que era mucho, á juicio de todos. Gamborena y una hermana de la Caridad
ocuparon los dos costados del lecho que pronto sería mortuorio. La
familia se retiró al próximo gabinete.
Don Francisco abría con ansia su boca, en demanda de agua, que le daba
la monjita. Angustiosa era su respiración, con un pausado ritmo que
desesperaba. Llegó un momento en que la suspensión casi instantánea
del estertor, les hizo creer que había muerto, y ya se disponían á la
prueba del espejillo, cuando Torquemada respiró de nuevo con relativa
fuerza, y dijo algunas palabras.
—Exterior y Cubas... mi alma... la puerta.
Les miró. Pero sin duda no les conocía. Volviéndose hacia la monja, le
dijo: ¿Abre usted, ó no abre? Quiero entrar...
Gamborena suspiraba. Su intranquilidad subió de punto, observando
en la mirada del moribundo la expresión irónica que en él era común
cuando hablaba de cosas de ultratumba. Díjole el misionero palabras muy
sentidas; pero él no pareció comprenderlas. Sus ojos, que allá en lo
profundo de las cuencas amoratadas apenas brillaban ya, no se fijaban
en objeto alguno, y se movían inciertos, buscando... Dios sabe qué.
Gamborena vió en ellos la desconfianza, que casi era la base de aquella
personalidad próxima á extinguirse.
Por el otro lado, la monjita le decía con ferviente anhelo que invocase
á Jesús, y mostrándole un crucifijo de bronce, lo aplicó á sus labios
para que lo besara. No se pudo asegurar que lo hiciera, porque el
movimiento de los labios fué imperceptible. Cuando le administraron la
Extremaunción, no se dió cuenta de ello el enfermo. Poco después tuvo
otro momento de relativa lucidez, y á las exhortaciones de la monjita,
respondió, quizás de un modo inconsciente:
—Jesús, Jesús, y yo... buenos amigos... Quiero salvarme.
Cobró esperanzas Gamborena, y lo que lograr no podía dirigiéndose á un
alma casi desligada ya del cuerpo, intentábalo invocando fervorosamente
al Divino Juez que pronto había de juzgarla. Estrechó la mano del
moribundo; creyó sentir ligera presión de los dedos glaciales. Á lo
que el misionero le decía aproximando mucho su rostro, respondía
Torquemada con estremecimientos de la mano, que bien podían ser un
lenguaje. Algunas expresiones, mugidos, ó simples fenómenos acústicos
del aliento resbalando entre los labios, ó del aire en la laringe, los
tradujo Gamborena con vario criterio. Unas veces confiado y optimista,
traducía: «Jesús..., salvación... perdón...» Otras, pesimista y
desesperanzado, tradujo: «La llave... venga la llave... Exterior... mi
capa... tres por ciento.»
Dos horas, ó poco más, se prolongó esta situación tristísima. Á la
madrugada, seguros ya los dos religiosos de que se acercaba el fin,
redoblaron su celo de agonizantes, y cuando la monjita le exhortaba con
gran vehemencia á repetir los nombres de Jesús y María, y á besar el
santo crucifijo, el pobre tacaño se despidió de este mundo, diciendo
con voz muy perceptible:
—Conversión.
Algunos minutos después de decirlo, volvió aquella alma su rostro hacia
la eternidad.
—¡Ha dicho _conversión_!—observó la monjita con alegría, cruzando las
manos.—Ha querido decir que se convierte, que...
Palpando la frente del muerto, Gamborena daba friamente esta respuesta:
—¡Conversión! ¿Es la de su alma, ó la de la Deuda?
La monjita no comprendió bien el concepto, y ambos de rodillas se
pusieron á rezar. Lo que pensaba el bravo misionero de Indias, al
propio tiempo que elevaba sus oraciones al Cielo, él no había de
decirlo nunca, ni el profano puede penetrarlo.
Ante el arcano que cubre, como nube sombría, las fronteras entre lo
finito y lo infinito, conténtese el profano con decir que, en el
momento aquel solemnísimo, el alma del señor Marqués de San Eloy se
aproximó á la puerta, cuyas llaves tiene... quien las tiene. Nada se
veía; oyóse, sí, rechinar de metales en la cerradura. Después el golpe
seco, el formidable portazo que hace estremecer los orbes. Pero aquí
entra la inmensa duda. ¿Cerraron después que pasara el alma, ó cerraron
dejándola fuera?
De esta duda, ni el mismo Gamborena, _San Pedro_ de acá con saber
tanto, nos puede sacar. El profano, deteniéndose medroso ante el velo
impenetrable que oculta el más temido y al propio tiempo el más hermoso
misterio de la existencia humana, se abstiene de expresar un fallo que
sería irrespetuoso, y se limita á decir:
—Bien pudo Torquemada salvarse.
—Bien pudo condenarse.
Pero no afirma ni una cosa ni otra... ¡cuidado!
Madrid.—Enero-Febrero de 1895.