En cuanto Miquis le vió, túvole en su interior por hombre acabado. Un
día, hora más, hora menos, le separaba de la insondable eternidad. Y
como le ordenase paliativos, sin más objeto que hacer menos dolorosos
sus últimos instantes, díjole Torquemada con aspereza:
—¿Pero en qué piensa usted, señor doctor, que no me quita esta birria
de enfermedad? Veo que ó no saben ustedes una patata, ó que no quieren
curar de veras más que á los pobres de los hospitales, que maldita la
falta que hacen á la humanidad. ¿Les cae un rico por delante? Pues
á partirlo por el eje... Eso, eso; á dividir la riqueza, para que
las naciones se debiliten, y no haya jamás un presupuesto verdad. Yo
digo: «vivamos para nivelar», y ustedes, los de la Facultad, dicen:
«nivelemos matando». Ya se lo dirán á ustedes de misas... Y otra
cosa: si alguien quisiera salvarme de veras, procedería á ponerme
reparos en la boca del estómago. Porque, lo que yo digo, ¿no hay más
modo de alimentarse que comiendo? _En mi sentir_, bien se puede vivir
sin comer. Y voy más allá: ¿_á qué obedece_ el comer? Á fomentar un
vicio, la gula. Aplíquenme los reparos, y verán cómo me alimento por
el _rezumo_ de los líquidos, _vulgo_ absorción. Nada se les ocurre:
yo tengo que pensarlo todo, y si no fuera por mi talento natural, era
hombre perdido, y al menor descuidillo ya tenía usted á la loquinaria
del alma echándose á volar, y dejándome aquí con dos palmos de narices.
Pusiéronle los reparos, aunque sólo eran remedio sugestivo, y el hombre
se calmó un poco, sin parar por eso en su desatinada palabrería.
—Óigame usted, padre—dijo á Gamborena cogiéndole una mano,—aquí no
hay más persona decente que mi hijo, el pobre Valentín, que por lo
mismo que no discurre, es incapaz de hacerme daño, ni de desear mi
fallecimiento. Para él ha de ser todo, el día en que el Señor se
sirva disponer que yo suba al Cielo, día que está lejos aún digan
lo que quieran. Se hará la liquidación de gananciales, para que esa
sanguijuela de Rufina no se chupe lo que no le pertenece; y en cuanto
á la capa, ó sea el _tercio libre_, le digo á usted que vuelve á mi
poder, sin que esto quiera decir que no dé algo, una cosa prudencial,
verbigracia, un chaleco en buen uso.
Y á Donoso, que también acudió á su llamamiento, le dijo:
—No hay nada de lo tratado, y tiempo de sobra tenemos para revocarlo.
Todo lo que la ley permita, y algo más que yo agencie con mis
combinaciones, para Valentín, ese pedazo de ángel bárbaro y en estado
de salvajismo bruto, pero sin malicia. ¡Y que no quiere poco á su padre
el borriquito de Dios! Ayer me decía: _pa pa ca ja ta la pa_, que
quiere decir: «verás qué bien te lo guardo todo». Claro, con un buen
consejo de familia, que cuide de alimentar al niño y tenerlo aseado, se
pueden ir acumulando los intereses, y aumentar el capital. Y luego, en
la mayor edad, el hombrecito mío ha de ser todo lo que se quiera, menos
pródigo, pues de eso sí que no tiene trazas. Será cazador, y no comerá
más que legumbres. Ni tendrá afición al teatro, ni á la poesía, que es
por donde se pierden los hombres, y esconderá el dinero en una olla
para que no lo vea ni Dios... ¡Oh, qué hijo tengo, y qué gusto trabajar
todavía unos cuantos años, muchos años, para llenarle bien su hucha!
Ya de día se contuvo el desorden cerebral; pero los fenómenos gástricos
y nerviosos tomaron ya un carácter de franca insurrección, que
anunciaba el término de la vida. Pronunciada por el médico la fatal
sentencia, la Facultad se declaraba vencida. Sólo Dios podía salvarle,
si tal era su santa voluntad; mas para ello tenía que hacer un milagro,
en opinión de Miquis. Milagro ó favor, la testaruda Cruz no desesperaba
de obtenerlo, y allí fué el discurrir y poner en práctica cuantos
medios inspiraba la fe para impetrar de la Misericordia Divina la salud
del excelentísimo señor Marqués viudo de San Eloy, y demás hierbas. Se
repartieron limosnas en cantidad considerable, misas sin número fueron
dichas en diferentes iglesias y oratorios, pidióse por telégrafo á
Roma la bendición Papal, y en fin, como suprema efusión de la piedad,
se determinó, previa licencia del señor Obispo, poner de Manifiesto el
Santísimo en la capilla del palacio. Dicha la misa por Gamborena, quedó
después expuesta Su Divina Majestad en magnífica custodia con viril de
oro guarnecido de piedras preciosas que, con otras alhajas del culto,
procedían, como el palacio, de la liquidación y saldo de Gravelinas.
Sacerdotes y hermanitas en regular número, velaban el Santísimo,
turnando de dos en dos en la guardia. Adornóse la capilla con las
mejores preseas, y fueron encendidas multitud de luces. Todo era
recogimiento y devoción en la suntuosa morada: las visitas entraban en
ella como en la iglesia, pues desde que ponían el pie en el vestíbulo,
notaban todos algo de patético y solemne, y les daba en la nariz el
ambiente de catedral. Ocurría lo que se cuenta, en la primera quincena
de Mayo, próxima ya la festividad de San Isidro, día grande de Madrid.
Gamborena, instalado provisionalmente en la casa, pasaba en la alcoba
del paciente todo el tiempo que el servicio de la capilla le permitía.
Sentado junto á la cama, leía en su breviario, sin desatender al
enfermo; y si este rezongaba ó pedía de beber, dejaba el libro encima
de la colcha para responderle ó servirle. Por la mañana, el abatimiento
y taciturnidad de D. Francisco eran tan grandes como su excitación
en la noche precedente. Sólo contestaba con monosílabos que más bien
parecían gruñidos, y cerraba los párpados, como vencido de un sopor
ó cansancio invencibles. Era el agotamiento de la energía muscular y
nerviosa, el desgaste total de la máquina, cuyas piezas no engranaban
ya, y apenas se movían. En cambio, las facultades mentales aparecían
más despejadas, cuando por breve instante el sueño les permitía
manifestarse.
—Amigo del alma, hermano mío—díjole Gamborena, acariciando sus
manos,—¿se siente usted mejor? ¿Tiene conciencia de sí?
Con la cabeza contestó Torquemada afirmativamente.
—¿Se ratifica en lo que me declaró ayer, se somete á la voluntad de
Dios, y cree en Él y en su divina misericordia?
Nueva contestación afirmativa con el mismo lenguaje mímico.
—¿Renuncia á todas las vanidades, se despoja de su egoísmo como de una
vestidura pestilente, y humilde, pobre, desnudo, pide el perdón de sus
culpas, y anhela ser admitido en la morada celestial?
No habiendo obtenido respuesta, repitió el misionero la pregunta,
agregando conceptos muy del caso. De improviso abrió el infeliz
Torquemada los ojos, y como si nada hubiera oído de lo que su confesor
le decía, salió por otro registro, con voz cavernosa, tomando aliento
cada cuatro palabras.
—Estoy muy débil... pero con los reparos saldré adelante, y no me
muero, no me muero. Ya tengo bien calculadas las combinaciones de la
conversión...
—¡Por Dios, déjese de eso!... Piense en Jesús y en su Santísima Madre.
—Jesús y su Santísima Madre... ¡Qué buenos son y con qué gusto les rezo
yo para que me concedan la vida!
—Pídales que le concedan la inmortal, la verdadera salud, que jamás se
pierde.
—Ya lo he pedido... y mis oraciones y las de usted, padrito, y las de
Cruz... y las de todos han llegado al cielo..., donde se tiene muy en
cuenta lo que piden las personas formales... Yo rezo, pero me distraigo
alguna vez... porque me vienen al pensamiento cosas de mi juventud, que
ya tenía olvidadas... ¡Esto sí que es raro! Ahora me acordaba de un
sucedido... allá... cuando yo era muchacho... y lo veía tan claro como
si me encontrase en aquel _momento histórico_.
Animándose poco á poco, prosiguió así:
—Ocurrió esto el día que llegué á Madrid. Tenía yo dieciséis años.
Vinimos juntos yo y otro chico, que... le llamaban Perico Moratilla,
y después fué militar y murió en la guerra de África... ¡Guapo chico!
Pues como le digo, llegamos á la Cava Baja con lo puesto, y sin una
mota. ¿Qué comeríamos? ¿Dónde pasaríamos la noche? Allá conseguimos
de una vieja pollera, viuda de un maragato, unos mendrugos de pan...
Moratilla tenía en su morral un pedazo grande de jabón, que le dieron
más acá de Galapagar. Quisimos venderlo; no pudimos. Llegó la noche,
y _velay_ que hicimos nuestra alcoba arrimados á los cajones de la
Plazuela de San Miguel... Dormimos como unos canónigos hasta la
madrugada, y al despertar, á entrambos se nos antojó tomar venganza de
la puerquísima humanidad que en aquel desamparo nos tenía. Antes de
que Dios amaneciera, nos fuímos á la escalerilla de la Plaza Mayor, y
untamos de jabón todos los escalones de la mitad para arriba... Luego
nos pusimos abajo, á ver caer la gente. Tempranito empezaron á pasar
hombres y mujeres, y á resbalar, ¡zás! Era una diversión. Bajaban como
balas, y algunos iban disparados hasta la calle de Cuchilleros... Este
se rompía una pierna, aquél se descalabraba, y mujer hubo que rodó con
las enaguas envueltas en la cabeza. En mi vida me he reído más. Ya que
no comíamos, nos alimentábamos con la alegría. ¡Cosas de muchachos...!
Fué una maldad. Pues tome nota, y ahí tiene un pecado que no le dije
porque de él no me acordaba.