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Nota del Transcriptor:
Letras itálicas son denotadas con _líneas_.
Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las
minúsculas) han sido sustituidas por letras mayúsculas
de tamaño normal.
Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.
LA CAZA DE LA PERDIZ
CON ESCOPETA, AL VUELO
Y CON
PERRO DE MUESTRA
por
MANUEL SAURÍ
El que sabe cazar la perdiz al vuelo,
con perro de muestra, debe cazar bien á
todo, lo mismo ánade, codorniz ó becacina,
que conejo, liebre ó jabalí, etc., etc.
BARON DE CÓRTES, =Recuerdos de caza=.
Barcelona
Manuel Saurí, Editor
1877
Es propiedad del autor y editor.
Queda hecho el depósito en manos de los cazadores.
Barcelona.--Imprenta de la Viuda Miró y C.ª, Sobradiel, 10.--1877.
PRÓLOGO.
EL PORQUÉ DE LA OBRA.
He puesto este epígrafe al prólogo de mi _obra_, y creo no ando
acertado, pues antes debia preguntarme: ¿A qué escribir de caza despues
de publicado el libro: _Los cazadores_, parto del ingenio del fecundo
novelista Enrique Pérez Escrich, y el titulado: _Recuerdos de caza_,
escrito por el infatigable émulo de san Eustaquio, señor baron de
Córtes?
En esto está el _quid_ de mi osadía; y todo el que haya tenido la
fortuna de leer las producciones que acabo de citar, comprenderá el
móvil que me ha guiado al dar á la estampa estos apuntes, si es que se
toma el trabajo de leer mis dislates.
He dicho y adelante.
TRAJE DEL CAZADOR.
Aunque parezca secundario ocuparse del traje que debe usar el cazador,
únicamente me limitaré á encargar que éste sea sencillo y sin jactancia.
Interiormente llevará camiseta de franela, lo cual le evitará muchos
resfriados si tiene la prudencia de cambiarla al llegar de la cacería á
la casa ó parada. Esto prenda de ropa es más conveniente en verano,
aunque parezca improcedente por el excesivo calor que hace. Conviene
asimismo acostumbrarse al uso de la alpargata, llevando escarpines de
lana: el pié va resguardado y se pisa en blando; así se trepa mejor el
monte. En ciertos terrenos debe usarse el zapato claveteado, lo cual
evita resbalones; borceguíes y pantalon ancho, para que la rodilla
juegue con comodidad: el cuerpo abrigado con blusa ó chaqueta
desprovistas de aberturas, ojales y colgajos, ni tampoco conviene llevar
leontina en el reloj, pues todas estas cosas ofrecen el inconveniente de
que al hacer uso de la escopeta, se enredan con el pié de gato ó bien
con el disparador, y esto, además de interrumpir y hacer perder un
tiempo precioso para apuntar la pieza de caza, que se va sin poderla
saludar, tambien puede acarrear (punto importante que se debe evitar)
algun lance desagradable, tal como que se dispare la escopeta sin el
beneplácito del cazador. Lo cual, á más del susto que ocasiona, es
fuente de lamentables desgracias.
Las camisas se usarán anchas de cuello, sin pretensiones ni
ridiculeces, cubriéndose la cabeza con un sombrero ligero, de alas
regulares, item más, un pañuelo de seda sujeto en la sien; con lo que se
evitan los dolores reumáticos de cabeza, y es un gran preservativo
contra el frio. En época de calor debe evitarse que el sudor corra por
el rostro, cosa tan molesta.
LA ESCOPETA.
El arma es conveniente que sea de dos cañones, sistema Lafaucheux; su
peso poco más ó menos de seis libras y media á siete; inferior á este
peso tiene el inconveniente que al salir el tiro hace un pequeño
movimiento de vibracion y perjudica la seguridad del mismo, y de más
tambien fatiga demasiado al cazador, lo cual no hay que echar en saco
roto. El arma de dos cañones tiene la ventaja de poder efectuar lances
por duplicado. Muchas veces al primer tiro se yerra la pieza, y se
alcanza con el segundo; otras, despues de haber tirado arranca otra
pieza cercana y aún se mata, y además (esto es lo principal) el cazador
anda por esos mundos de Dios con más garantía contra cualquier
eventualidad: en toda querella que se suscite es más respetado.
Basta que el calibre de la escopeta coja el cartucho marca 16. Los
gallitos deben caer siempre á voluntad del cazador; así es que los
puntos han de estar si no al pelo, _entre col y col lechuga_.
Gastando 40 á 50 duros en una escopeta, se obtiene una buena arma de
caza; lo demás es cuestión de puro lujo, sin ninguna influencia en la
precision del tiro.
MUNICIONES.
La pólvora debe ser escogida, bastando con que el buen probador señale 5
grados. El cartucho se empleará de cartulina fina, para que entre y
salga sin necesidad de saca-cartuchos. Una vez haya servido, debe
tirarse, pues tiene sus inconvenientes el volver á usarlos. El plomo ó
sea los perdigones, en los meses de agosto, setiembre y octubre basta
emplearlos del número 6; en noviembre, diciembre, enero y febrero, entre
el 4 y el 5. En esta época del año la perdiz se tira á mayor distancia,
y como está en su apogeo, necesita el plomo mayor para hacerla dar la
voltereta.
PERRO PERDIGUERO.
El verdadero compañero del cazador es sin disputa el perro; por lo
tanto, debe buscarse dócil, obediente é inteligente. Sabido es que, como
aquél comparte las glorias y fatigas con tan leal _amigo_, los dos se
reparten cariñosamente el almuerzo, aunque sea á trueque de quedarse el
amo con apetito.
Las castas del perro _seter-pointers_ no han dado en nuestro país los
resultados que eran de esperar, de suerte que los cazadores hánse fijado
en los perros perdigueros, ampurdaneses, mallorquines y navarros, los
cuales han producido mejores resultados por su obediencia y por no
adelantarse tanto como los _seters_ y _pointers_. Como éstos recorren el
terreno que debe seguir el cazador, quítanle la ilusion al indicarle la
pista.
Hay perro (de castas cruzadas como el podenco-sabueso) que apenas tiene
facha de perdiguero, y sin embargo da buenos resultados, pero necesítase
mucho rigor para domarlos; una vez logrado esto, son incansables y
dóciles, y nunca se aspean.
Exigid del perro que tenga buenos vientos, firme muestra y blanda boca,
y con estas circunstancias, si el cazador sabe cazar y matar, de seguro
tendrá un excelente compañero que seguirá bien á un peon, y cobrará las
aliquebradas. En tal caso dejad para otros la casta y la hermosura, pues
esto es secundario.
Las perras son generalmente más dóciles y finas, pero tienen cierto
inconveniente que la naturaleza no ha querido evitar, por cuyo motivo
los cazadores prefieren el macho.
Es conveniente cortar el rabo al perro, pues al moverse agita las matas,
se estropea hasta el punto de ensangrentarse con los zarzales, echa á
perder las uvas y bate las mieses; si bien esta operacion de cortarles
el rabo les afea, porque no hay duda que es más bello y sublime cuando
está de muestra con la cola paralela al horizonte.
Se observará que cuando arquean el rabo los perros de raza pura, indica
liebre; un poco inclinado pero recto, conejo; con la punta al horizonte,
perdiz; recto y un poco levantado, codorniz. Al perro bien castizo le
repugna traer la becada, guiones, las pollas de agua, y sobre todo los
_sabocs_, y algunos hasta los palomos.
Hay cazador que para lograr un perro de _primo cartello_, págalo á
cualquier precio, creyendo que depende del can si mata más ó menos
perdices; y éste conoce á tal punto el cambio de dueño, que se han dado
casos de demostrar su agrado al nuevo amo abandonándole en el mismo
momento que se hace la prueba. Sobre esto pudiera llenar unas cuantas
cuartillas, mas sólo me limitaré á aconsejar que el que quiera un buen
perro _que se lo haga_.
MODO DE TIRAR A LAS PERDICES.
Esta es la parte más comprometida para dar una sucinta esplicacion del
modo cómo deben matarse al vuelo las perdices, por la sencilla razon de
que es difícil iniciar en el asunto á aquellos que no han tenido la
satisfaccion en su vida de matar media docena de perdices al vuelo.
El cazador que en sus correrías anuales puede contar con un promedio de
por cada tres tiros una perdiz, hay que proclamarle buen tirador. Aunque
en salidas determinadas cuente triunfos tales como hacer dar la
voltereta á todas las que tire, acontece asimismo (y bien á menudo) que
se dispara diez ó doce veces la escopeta y sólo se matan un par de
piezas, de manera que, por cálculo aproximado, á un buen tirador le sale
la proporcion mencionada.
Al arrancar del suelo y al echarse al vuelo la perdiz, el cazador debe
estar sereno, hacer una pequeña suspension y con ligereza echarse la
escopeta á la cara; seguir á la perdiz en su rápida carrera,
encañonarla, y cuando se interpone con el punto de la escopeta, entonces
sin calcular distancias debe efectuarse la presion del dedo sobre el
disparador; y seguro que obrando así cae la pieza.
La perdiz que marcha de frente ó sea de cola es la fácil de matar: las
que van atravesadas debe comprenderse la velocidad que llevan, para
apuntarlas á la cabeza, y haciendo un insignificante movimiento con el
brazo izquierdo (que es el timon), se las toma la delantera. Así hay
probabilidades de matarlas. Lo mismo requiere la perdiz que viene de
arriba ó sea de frente, é indispensablemente pasa por encima de la
cabeza del cazador: segun se presenta este lance, la regla mejor es
volverse rápidamente y tirar cuando haya pasado; no obrando así y
disparando cuando viene de frente, este tiro si se acierta es de
_chamba_, pues á veces se requiere tomarla un metro por delante y la
misma pieza acude á la muerte, dando un tumbo, y con la velocidad y el
choque de la caida, se abre.
La perdiz que, sorprendida entre el cazador y el perro, no le queda
fácil salida y empieza con aquel canto alarmante que aturde, llegando á
echar excrementos, y se remonta repullada, á ésta el cazador debe con
serenidad seguirla apuntando, y al hacer la suspension para extender el
vuelo en la direccion que se le antoja, entonces hay que disparar, pues
es la mejor oportunidad de matarla. El tiro es fácil.
Cuando el perro pone muestra, la satisfaccion es tan importante, que
afecta la parte física de un modo notable. El corazon late tan
agradablemente, que no se puede describir, y no recuerdo que tan
singular impresion me la haya evitado un segundo, dejando de imitar á
muchos que dan gritos al perro, y tocándole con el pié le excitan para
que rompa la muestra.
Este lance debe resolverse siempre por sí solo; y mientras se admira la
_sublimidad_ del perro, se va el cazador colocando de manera que pueda
tirar á la perdiz sin que le estorben los árboles. Ésta arranca de un
modo desesperado; el cazador, por poco que lo sea, goza y disfruta dando
_gusto al dedo_ á las mil maravillas, y debe matar la pieza. Es un caso
indispensable; el perro lo exige por la leccion que recibe, y el cazador
tiene un disgusto si la yerra: en todo el dia caza de mal humor, á no
ser que muy luego alcance victorioso desquite: de lo contrario pasa un
dia _de perros_.
Para tirar al vuelo á las perdices se necesita calma y serenidad. Los
grabados franceses nos quieren demostrar eso pintando á cazadores que
cuando les sale al vuelo una pieza, abren tranquilamente la caja del
rapé, toman un polvo, y luego apuntan y matan. Cualquier cazador
práctico comprenderá que ésta es la manera gráfica de demostrarle que no
debe precipitarse, pues la precipitacion es causa de que se vaya la
caza; sin embargo, es preciso un término medio. En nuestro país las
perdices no permiten tomar rapé, ni siquiera fumar en pipa.
Sucede al más _pintado_ que yerra la mejor pieza, y eso depende muchas
veces de estarse mirando la perdiz sin cuidar del guia de la escopeta,
que generalmente se dispara sin apuntar. Acontece lo expuesto cuando la
perdiz sale de sorpresa y se va desprevenido y absorto en _importantes_
meditaciones.
Tampoco debe olvidar el aficionado á caza que el apuntar bien depende
mucho del brazo izquierdo, el cual juega un principal papel en el _arte
de tirar con precision al vuelo_. Al colocar la escopeta á la espalda,
si bien este movimiento debe ser suave, en cambio requiérese soltura,
apoyando en seguida la cara á la culata para entreguardar bien al
encañonar la caza y seguir la rapidez y el más leve movimiento de la
pieza, haciendo importante papel el brazo izquierdo que acompaña el
encañoneo; y cuando el cazador comprende la oportunidad, entonces el
dedo cumple con su obligacion y se palpan los buenos resultados, pues
infaliblemente la pieza cae herida ó muerta. El disparador de la
escopeta debe siempre caer á voluntad del tirador; el inconveniente más
leve hace errar la caza, y no por ser un mal tirador sino por efectos
materiales del arma, que deben corregirse.
He cazado con amigos que no saben matar de otro modo que por medio del
tiro _á tenazon_, y no obstante, algunas veces me han dejado asombrado
por su destreza en despachar las piezas; pero confieso que jamás me han
satisfecho, y he tenido ocasion de manifestárselo. El aficionado
acostumbrado á esta clase de tiro, el dia que tiene la _buena_ hace
prodigios. Aún la perdiz no ha arrancado un metro del suelo, cuando ya
está tendida en él, y si la caza les sale de cerca la destrozan: como no
tienen espera, tiran aunque sea á cuatro pasos de distancia; si la pieza
recoge la _flor del tiro_, queda en disposicion de echarla al muladar.
Por lo demás, si tienen la _mala_, en una cacería de cinco ó seis dias
no matan ni una pieza, á pesar de ser los que tiran más. Atendido lo
cual aconsejo á todo cazador que se corrija de este _vicio_ y haga un
estudio para tirar despues de encañonear y seguir bien la pieza: si así
lo hace, encontrará un verdadero placer al matar en buena regla una
pieza de caza.
1.º DE AGOSTO.
Memorable fecha, y sin embargo para muchos pasa desapercibida, mientras
que los cazadores aguárdanla con tanta impaciencia, que casi raya en
locura. Se cuentan las semanas y hasta las horas que faltan para llegar
al dia ansiado, _el 1.º de agosto_, en que la ley de caza autoriza á los
españoles poder hacer uso del derecho que les ha estado vedado durante
cinco meses, prohibicion justa é indispensable para que las perdices
estén en amores y la naturaleza nos dé en cambio la fecundidad, es á
saber: que de un par de perdices salga un bando de 18 á 21.
El cazador deberia tener en su gabinete, entre los objetos de caza, un
cuadro adornado de precioso marco, destacándose en el fondo una
inscripcion en letras de oro que le recordara perennemente el dia 1.º de
agosto.
* * * * *
No cabe duda que ese dia le tienen fijo en la memoria más de cien mil
españoles, si no todos cazadores, á lo menos muchos que creen serlo, por
el mero hecho de tener escopeta, perro y licencia de caza. Por mi parte
puedo afirmar que hace veinte años que en tal fecha no he faltado al
monte: pues se experimentan muchas impresiones, queriendo uno
multiplicarse para hacer _descubrimientos_; la imaginacion acude á todas
partes; se está cazando, pongo por caso en Moncada, se ha descubierto
el terreno, y uno dice para su coleto: «mejor me habria ido á la _Torre
dels frares_, allí dejé bastantes pares; pero... ¿y si me hubiese
dirigido á _Roca de droc_?... no, el tren sale demasiado tarde, y cuando
se llega al cazadero, ya molesta mucho el rubicundo Febo; además, habrán
ido los de Molins de Rey.» Por último, reflexiona que los puntos
mencionados debe reservarlos para otro dia, y caminando con calma en
busca de agua cristalina y alguna sombra, dispónese á ir pasando el dia
para no estropearse y _hacer piés_, preparándolos para las futuras
salidas, que deben ser, seguramente, de más provecho que las primeras.
Las perdices en el mes de agosto.--La caza de la perdiz en el mes de
agosto se diferencia completamente de las demás épocas del año. La ley
deberia, con rigor, á lo menos no permitir cazar hasta el 15 de dicho
mes. Si bien es verdad que por razon del clima hay comarcas en que las
perdices son más crecidas, como por ejemplo en el litoral, en cambio en
la alta montaña van muy atrasadas, hallándose muchas cluecas empollando
aún sus huevos: de ahí resulta que algunos cazadores inexpertos, cuando
el perro les queda de muestra y al salir la perdiz, que apenas se
remonta un palmo del suelo, le encajan el tiro, y pueden irse ufanos á
su casa con el trofeo de una clueca sin plumas en la panza, é
indirectamente dejando desamparadas á veinte ó más perdices que iban á
salir del huevo, lo cual causa un perjuicio irreparable y reprensible.
Basta ya de digresion, y volvamos al modo cómo deben cazarse las
perdices en agosto.
Mucha ventaja llevará el cazador y se ahorrará no pocas subidas y
bajadas, si muy temprano, antes de la salida del sol, se coloca en un
cerro. El canto del _perdigon_ bravo anuncia á los _perdigachos_ que se
han recodado y pasado á _joc_ la noche; mueven la cabeza y guiados por
la perdiz van subiendo al cerro, haciendo _piu_, _piu_, _piu_. Cuando
aperciba el cazador ese canto, debe huir del cerro y no volver á él
hasta que pasen á lo menos quince dias, pues las perdices que mataria
apenas tendrian el tamaño de las codornices: todo cazador decente debe
ir en busca de otro lance, y sólo le es permitido hacerlas volar para
saber si el bando está completo; ensayo muy peligroso, por lo que voy á
expresar. Cuando sale el bando ¿quién se detiene? es bastante difícil, y
esto produce consecuencias fatales.--Los _padres_, permítaseme la
expresion, en defensa de sus _hijuelos_ van _peonando_ y guiando el
bando adelante por la inseguridad que tienen en el vuelo de los
_pollitos_; el _perdigon_ con un movimiento rápido divide el bando, y la
perdiz con la otra mitad aproximadamente y á retaguardia, haciendo
_chac_, _chac_, _chac_, hasta que el perro se les viene encima; entonces
vuelan, y la pobre perdiz que en defensa de sus hijos quedó á
retaguardia, paga con la vida su amor filial. Cometida tal hazaña por el
cazador, muy fácil le es acabar con el bando, pues los jóvenes con su
_piu_, _piu_, se descubren muy fácilmente y se dejan matar á mansalva, y
las pocas que quedan echan de menos á la madre, de suerte que cuando
viene la noche (estas siempre son frias) mueren por faltarles el calor
natural que les da el regazo materno.
Este es uno de los inconvenientes que tiene el cazar la perdiz en la
época citada. Discutiendo algunas veces sobre si es mejor ó no que el
bando lleve el macho, sólo me han sostenido lo contrario los aficionados
al _reclamo_, pero jamás me han dado una razon sólida, mientras les he
podido objetar el auxiliar que es del bando el _perdigon_. Éste, en la
época del celo y en la de la cria, se defiende admirablemente del
gavilan, garzas, gaig, mochuelo, y hasta de los perros, saliendo casi
siempre victorioso cuando menos de las aves citadas, y en las demás
épocas del año se deja agarrar sin oponer la menor resistencia. ¡Lo que
puede el amor paternal!
Volviendo ahora á entrar en materia diré, que para cazar en el mes de
agosto se requiere una táctica generalmente diferente de las demás
épocas del año. En primer lugar, debe madrugarse mucho, ir ligero de
ropa, llevando siempre una camisa de repuesto en el zurron. Las perdices
se hallan en los cerros á la salida del sol, pero al cuarto de hora ya
descienden á las querencias, métense en los rastrojos y comen los granos
de trigo que despues de la siega han quedado desparramados por el suelo:
si por casualidad aún están en el campo las gavillas, de seguro que las
perdices se hallan cerca. Si se notan por el camino las señales que las
aves retozando han dejado en el suelo, el cazador puede hacerse cargo
por ellas si el bando está á punto de darle una leccion: se ha de fijar
en si hay excrementos, y si son tiernos, no debe moverse de aquella
querencia, porque en el alto (segun la hora), en el centro ó bajos
estarán las perdices. El perro principia á dar señales y sale el bando,
generalmente todas á la vez: entonces el cazador debe observar, primero
si están buenas para _apeonar_, luego contarlas aproximadamente, y
además, y esto es lo más esencial, comprender á dónde se dirigen. Una
vez echado el cálculo obsérvese bien el terreno (si es desconocido) para
poderlas salir de modo que vayan allá donde las destina aproximadamente
el cazador. El vuelo que han dado, de seguro es corto, pero hay que
tener presente que el poder que les falta en las alas, en cambio
súplenlo _peonando_, dándose el caso que muchas y muchas veces se pierda
el _bando_ entero, que no se hallan en ninguna parte aún viéndolas la
parada, y se pierden miserablemente las horas más frescas de la mañana
sin dar con ellas, resultando que en algunas ocasiones de _peon_ han
vuelto poco más ó menos de allí donde habian salido la primera vez.
Generalmente eso sucede cuando uno se empeña en querer saber más que el
perro: éste, por ejemplo, coge vientos, quiere inclinarse á los bajos, y
uno le llama arriba ó vice-versa; y, cuántas y cuántas veces por no
haber querido creer al perro, se ha ido una pieza que se la habria
tirado á _tout plaisir_, y uno se queda contemplando con un palmo de
narices y diciendo para sí: «¡qué mal has hecho en no seguir la
tendencia del perro!»
Si el cazador halla el bando en esta época, debe estar convencido de que
tirará, por lo cual es preciso ir con mucha calma y sin precipitacion,
observando el más leve movimiento del perro. Cuando se dispara y cae la
pieza, estarse quieto, que se va á disparar el otro cañon, y
efectivamente así sucede: las perdices ya no se levantan todas; al
segundo vuelo obsérvese bien que si la vez primera fueron quince, ahora
sólo han salido ocho ó nueve. ¿Dónde están las otras? Cargue el cazador
y tenga paciencia, llame al perro; quieto y cartuchos otra vez, faltan
seis ó siete perdices; calma, que son de usted, señor cazador. Siga
apuntando bien que matará; ha llegado su _cuarto de hora_, y verá V.
como á veinte ó treinta metros una de otra y dos á la vez y en un
pequeño círculo, dispara algunos tiros bien provechosos.--Cuando esté
persuadido el cazador de que en dicho terreno, ya por las que ha muerto
ó bien por las que ha errado, no queda ninguna, diríjase sin pérdida de
momento hácia donde se ha ido el resto del _bando_. ¡Cómo late el
corazon en el trayecto que media del punto donde han salido las perdices
al que se las ha visto parar! Usted echa sus cálculos: «he muerto
cuatro; vamos, esta mañana llegaré á seis, porque... ahora sabiendo
dónde están bien mataré un par.» Y así entretenido el cazador, sale de
la hondonada otra _bandada_ de perdices: fijándose en ellas, como es
natural, para ver á dónde se dirigen, una vez en autos debe hacer caso
omiso de ellas é ir siempre á las mismas del primer _bando_. Nunca ha de
ilusionarse el cazador por la abundancia: éstas ya las encontrará otro
dia. Valen más las menos, que se han de dejar _pisar_ la tercera vez que
se tienen en juego. Que haya tiento y se coloquen bien los piés;
domínese bien el terreno, no precipitarse, que cuando arranque la pieza
se cansará V. de apuntar, y al disparo mídase el terreno, que aún no hay
diez metros de distancia al sitio en que cayó.
El matar perdices en esta época, sobre todo al arranque del tercer
vuelo, es más fácil que tirar á las codornices, por ser mayor la pieza y
salir generalmente de cola y con poca velocidad: siga, pues, el cazador
el terreno con cuidado, y tire á todas; pero si observa que el perro
saca un palmo la lengua afuera gracias al calor, entonces conviene tocar
retirada, buscar plácida sombra, descansar media horita, fumar un
cigarrillo de papel y volver en seguida al mismo sitio, describir un
semicírculo, cruzarlo por derecha é izquierda, y se verá como el perro
vuelve á coger vientos. Con el tiempo trascurrrido las perdices se han
llamado unas á otras con sus cantos, han salido de su escondrijo, y el
perro las señala á las mil maravillas, recreándose el cazador tirando un
par de tiros. Se mira el reloj: son, por ejemplo, las diez; el sol
achicharra, apenas se mueve una hoja, y si se está cerca de la posada ó
hacienda, lo mejor es irse á casa á descansar: el perro se rehace y al
dia siguiente el cazador se encuentra más entero y dispuesto á volver á
la lid mejor que el dia anterior. El cazar requiere calma, pero en el
mes de agosto calma y astucia, saber serpentear los terrenos, buscar los
frescales, que es donde las perdices tienen querencia. Jamás se busque á
la parte que da el sol y sí en las umbrías, y en los viñedos frondosos,
y en los torrentes.
Todo lo que no sea seguir este consejo es perder el tiempo, atropellar
el perro y fatigarse inútilmente, y lo que se ha tomado como recreo,
sirve de molestia y puede acarrear una enfermedad.
La caza de la perdiz en esta época del año diferencíase completamente de
la de los demás meses. El _bando_ de perdices está siempre á la órden de
las _viejas_, y éstas comprenden hasta dónde llega el poder de sus
_hijuelos_ para el vuelo, y pocas veces intentan cruzar el sendero y van
quedándose á la misma ladera ó mano que se ha escogido para cazar; el
vuelo es tan corto que apenas alargan á 300 metros, pero en cambio
_peonando_ al tocar el suelo cambian de direccion tan fácilmente, que al
llegar al sitio donde se han visto echar, no se halla ninguna, y de
_peon_ han pasado la sierra y de otro vuelo se han quedado en una
querencia en direccion contraria, sucediendo que uno pierde el tiempo
tan _miserablemente_ en conjeturas, que la _rabieta_ va haciendo su
efecto y el aburrimiento se apodera del cazador y hasta del perro. Esta
es la parte _infeliz_ del cazador que ha trocado el bienestar de su casa
para ir á sudar el _kilo_ sin poder disparar la escopeta, abandonando
algunas veces quehaceres de importancia; pero tal es la _ley del
cazador_, y para llegar á matar algo en buena regla se necesita:
aficion, aficion, aficion.
SETIEMBRE.
Buena fecha, pero no la mejor. Si bien entran las perdices en la edad de
la _pubertad_ y dan _más juego_, aún no están del todo emancipadas de
quien les dió el sér, aún no han pasado la muda, no obstante de ser
todas _pintadas_, conservando tan sólo dos ó tres plumas en el arranque
de las alas, plumas que en Cataluña llamamos _mussolas_.
En esa época del año la perdiz satisface más los goces del cazador y el
perro las señala mejor, tal vez porque el terreno generalmente es más
fresco, por cuyo motivo nota más los rastros, quedando muy á menudo de
muestra. Ya las perdices han abandonado aquel canto tan empalagoso
_piu_, _piu_, _piu_, y principian á _hombrear_ imitando á las viejas,
pero sin poder dar aún sus _timbres_. Su carne ya no siente á hormigas y
á langostas; al contrario, en la época del año que nos ocupa es cuando
constituyen el mejor bocado, pudiendo recomendarse á toda persona falta
de apetito.
Para cazar las perdices en setiembre, si hay viñedos en el terreno que
se escoge, búsquelas siempre el cazador en dichos sitios, pues tienen
grande aficion á la uva. Jamás dejan aquel pasto, y como el sol aún
molesta con sus rayos, sucede que se mantienen quietas en los pámpanos.
Si se encuentran por primera vez en las viñas de diez á doce del dia,
esperan mucho, pero ya salidas de allí no vuelven aquel mismo dia,
hasta que las reclaman las viejas, yéndose á otras querencias.
En esa época ya intenta la perdiz pasar al vuelo una hondonada,
quedándose á la parte opuesta del cazador, y cuando se ve que trasponen
el cerro, hay que fijarse bien en la inclinación que escogen, pues la
buena vista ahorra muchos pasos inútiles, dando el resultado de abreviar
el tiempo, que en estas circunstancias es oro. Que ande ligero el
cazador, pero sin precipitarse, pues el pulso y los latidos del corazon
jamás han de ser más fuertes de lo natural, á fin de que al llegar el
ansiado momento se aprovechen los tiros y pueda hacerse doblete y hasta
carambola. El lance de la carambola es el que halaga más al cazador, y
motivo hay para ello. Muchos confunden con la carambola el matar una
pieza con cada cañon; la carambola es lo que saben y hacen con
frecuencia algunos buenos tiradores, es decir, arrancar al vuelo dos
perdices á la vez, yendo una por ejemplo hácia la derecha y la otra
hácia la izquierda. En este caso el cazador consumado ya comprende la
velocidad y alcance de entrambas, apunta á la que le parece más cercana
y sin precipitarse dispara; se vuelve, apunta á la otra, pero listo, y
dispara haciendo dar á las dos la voltereta, ó á lo menos así lo cree.
Entonces debe dirigir el perro á la aliquebrada ó que le parece que lo
está, para que la _cobre_, y si lo acierta, seguro que se cuelga las dos
perdices al zurron. Esta _suerte_ es la que requiere más serenidad y
calma, pues algunos con el goce que produce la carambola alborotan el
perro llamándole á derecha é izquierda, en cuyo caso hay bastantes
probabilidades de perder alguna de las piezas; y aun he visto á
cazadores perder las dos por ser aliquebradas y el perro de pocos
sentidos.
La carambola que acabo de explanar es la de más mérito, y se hacen
pocas, sobre todo en diciembre y enero. En setiembre es más fácil, pues
no es tan rápido el vuelo. Efectúanse otras carambolas, si bien no de
mérito superior. Cuando el _bando_ marcha describiendo un semicírculo, y
se les disparan de cola, los dos cañones, matándose dos piezas, esto
tambien se llama carambola; el cazador queda satisfecho y basta, porque
de todos modos son episodios que complacen.
Hay que perdonarme mis contínuas digresiones, pues son hijas del
entusiasmo que en mí produce el recuerdo de lances inolvidables.
Volvamos, pues, á esas perdices que con su vuelo han traspuesto el cerro
y que el cazador hábil ha adivinado el sitio escogido para su descanso.
¿Le gustaria á V. que el puesto elegido fuese un pequeño torrente con
hermosa campiña en ambos lados y abundancia de piedras á mano? Seguro de
una contestacion afirmativa, allí coloco á mi cazador, quien antes de
llegar ya ve marcharse una perdiz. Mejor fuera que se hubiese esperado,
pero no debe hacerse caso, pues dicha perdiz iba de _peon_; hay otras.
Fíjese el cazador en la que ha tenido la poca vergüenza de marcharse sin
decir _adios_ y por lo tanto sin podérsela hacer los honores de
ordenanza. Se ve parar á alguna distancia en el mismo torrente, donde
hay un árbol como señal. Allí debe V. encaminarse, pero... el perro se
queda de muestra á la ladera de torrente; magnífico. Vuela una perdiz de
la parte opuesta; si es larga no la tire V.; observe y verá que poco más
ó menos va donde ha ido la primera, y con el ruido que mueve al marchar
salen tres ó cuatro del mismo lado donde está V.; estas son las que
olfateaba el perro. Ahora es ocasion de disparar la escopeta y de matar
ó dejar de matar; pero está V. en regla y debe seguir, pues faltan
otras. Eche V. alguna piedrecita, porque con el tiro las compañeras han
quedado aturdidas, esperando ocasion propicia para largarse; y como el
perro trabaja entusiasmado por los bajos del torrente, las perdices
salen de las matas, tan bajas que casi el perro las alcanza con el
hocico, y en ese estado arrancan con un miedo cerval. _Piñac_, _piñac_,
_piñac_, óyese momentáneamente. Estas perdices dan tiempo al cazador
para todo; para prepararse, apuntar bien y dar _gusto al dedo_. Cuando
se esté convencido de que todas han salido, hay que dirigirse sin
pérdida de momento hácia las que se han visto marchar al asomarse al
torrente, y de seguro se tirará bien á estas. Obrando así y con tino es
como se consigue buena provision de piezas. Cuando un _bando_ ha tenido
la _desgracia_ de elegir como guarida un torrente, no desperdicie la
ocasion el cazador afortunado que por allí transite, pues se divierte
envidiablemente un par de horas.
Todo cazador verdadero que se encuentra con un _bando_ de perdices y con
su buen cazar las conduzca á sitios que tienen _mataderos_, no debe
abandonarlas para ir en busca de otras, pues las que nuevamente halle le
harán luchar y perder un tiempo siempre precioso, además que no todos
los bandos obedecen al plan preconcebido por el cazador. Nunca hay que
olvidarse de las que todavía no han volado, pues siempre la _perezosa_
es el mejor tiro.
OCTUBRE Y NOVIEMBRE.
La mejor época del año para gozar cazando y matando perdices, es octubre
y noviembre. El calor ya no molesta, y el perro caza todo el dia
perfectamente. Si en ese tiempo el perro no rastrea bien y no encuentra
las aliquebradas, hay que deshacerse de él, pues es dar pan á quien no
lo merece.
En dichos meses el cazador se siente más ágil y las cuestas no son tan
_amargas_, pudiendo hacer bien ocho horas de jornada. La salida de casa
debe ser á las 8 y retirarse á las 5 de la tarde. Es muy importante
encontrar á la perdiz que ya haya comido, y esto se logra entrando de
lleno en el cazadero á las ocho de la mañana. Se caza á esa hora para
evitar las humedades que generalmente deja el rocío, y porque mientras
no estén secas las matas el perro siente muy poco.
Para cazar las perdices en esa época del año se requieren más
conocimientos, y el cazador consumado saca mucho partido de las que
encuentra, dándose juego todo el dia, pues ya las perdices que han
perdido el carácter de pollas, se fraccionan y van por su cuenta y
riesgo. De suerte que el cazador debe, despues de elegido el terreno,
formarse un plan y calcular bien las horas del dia que con su
conocimiento y destreza puede colocar las perdices en terrenos bien
escogidos de antemano para tirarles á su gusto y para que las salidas
sean mortales.
Ante todo ha de recorrer las mesetas de los cerros, buscar
minuciosamente los comederos y esquivar un poco en las laderas; lo cual
ahorra muchos pasos, bajadas y subidas, ahorro que no es de despreciar.
Supongamos que vayan saliendo perdices á medida que se ejecute ese
paseo; hay que despreciarlas y no impacientarse. Si tuviese el cazador
el mal gusto de correr tras ellas, echaria á perder la jornada. Siga,
pues, su tarea, que ya irán volando otras, como efectivamente sucede, y
una vez recorridos los cerros que el cazador se habia propuesto, siendo
poco más ó menos las diez de la mañana sin que se haya disparado un
tiro, entonces llama al perro, toma un bocadito, fuma un cigarrillo, y
mientras, se hace cargo del terreno, tranquilamente y sin olvidar el más
pequeño detalle. Luego se vuelve á emprender la marcha, desandando el
camino andado, tomando los senderos del promedio del cerro; de esta
suerte va indemnizándose el cazador del rato que ha estado sin tirar,
pues las perdices, escamadas de sus querencias, principian á resistir la
muestra del perro, saliendo una tras otra, y con tino y buena puntería,
el perro va trayendo las que se matan. A éste le da el cazador la tripa
de la perdiz, empero si caen muchas bajo el plomo de la escopeta no es
prudente regalar al perro con todas las tripas, pues les producen
indigestiones: de consiguiente se le distrae dándole un poquito de pan y
pasándole la mano cariñosamente por el lomo. El perro necesita ser bien
acariciado, porque todo lo comprende y cumple de este modo mejor, y está
á la obediencia de la más leve indicación del cazador.
Seguiremos, pues, tranquilamente el camino indicado, llamando al perro
si se adelanta: no conviene que vaya arrancando perdices si el cazador
no puede tirar. Si se conoce el terreno, casi todas han de oir silbar
los perdigones. Al encontrarse el cazador á ese punto de la cacería, no
le aconsejo el descanso, pero sí que no le abandone la calma: el
descanso no conviene, pues las perdices van saliendo de su asombro, y
algunas de peon, otras de un vuelo, huyen de la ladera en que se ha
propuesto cazarlas, perdiéndose inútilmente el tiempo empleado si se
dejan cuando están cansadas; del segundo ó tercer vuelo apenas queda
ninguna: de modo que la persecucion requiere actividad. Recórranse todas
las matas, y donde no se pueda bajar, se arroja alguna piedra. Cuando se
cree limpia materialmente la ladera, váyase en busca de las que se han
visto retroceder, con la seguridad de encontrarlas y tirar todos los
tiros á muestra del perro.
Si se observa que las perdices van de pecho á tomar los cerros, y son
por ejemplo las cuatro de la tarde, no hay que molestarse en
perseguirlas, pues poco daño se las hará. Por tanto, dejarse de nuevas
fatigas, y pausadamente abandónanse los bajos, se traspone la parte
opuesta de la senda que se ha seguido por la mañana, recogiéndose para
descansar y comer, que en ese caso bien necesitado está de reposo el
cazador.
De esta manera cazan las perdices los que se precian de cazar con arte,
esto es, tomando siempre los altos. Cuando á uno le da por ser
caprichoso y contra todas las reglas de la caza se empeña en principiar
la cacería por los bajos y hondonadas, aunque halle las perdices, éstas
se van de un vuelo á las cimas, y entonces poco daño se las hace. Sólo
se puede tomar el cazadero por la mano baja cuando sopla con fuerza el
viento, pues las perdices están á redoso; mas en este caso lo mejor es
no salir á caza, pues el perro tampoco apercibe nada y se pierde
miserablemente el tiempo.
En el mes de octubre prepara el cazador la diversion para el resto de la
temporada. En agosto descubre las crias, pero en octubre conoce ya
fijamente dónde escogen sus querencias y tambien dónde las ha de dar la
muerte. De manera que cuando hace el halagador descubrimiento de que en
tal ó cual comarca hay perdices, debe ir allí á estudiar sus vuelos, y
si los acierta, de fijo tiene asegurada una buena campaña de invierno.
DICIEMBRE Y ENERO.
Época poco agradable para dejar la cama; dias cortos, frios, lluviosos y
fuertes heladas. Apenas la perdiz nota el menor ruido, ya vuela; en
ninguna parte está bien. En este periodo del año come bellotas y las
carnes se le vuelven acorazadas. La pólvora debe ser de primera y el
perdigon granadito, número cinco. Se caza como se ha descrito
anteriormente, con la sola diferencia de que los vuelos de las perdices
son más largos y las horas de provecho de doce á dos de la tarde. Fuera
de estas apenas podrá el cazador disparar un tiro. Si ha helado y se
mantiene la escarcha, las perdices se encuentran en los raseros y
metidas en las hondonadas ó barrancos, al abrigo del cierzo. No obstante
estos inconvenientes, es la época del año en que queda más satisfecho el
cazador cuando mata una perdiz, puesto que están en toda su pujanza y
fuerza de vuelo: al momento de dar su tan acelerado brinco apenas dan
tiempo de seguirlas ni un segundo; al instante se hallan fuera del
alcance del tiro. Generalmente en estos meses la carambola está vedada
para el cazador. El que cuelga al morral media docena de perdices,
matadas en buena ley, se le puede con justicia darle el dictado de buen
cazador y tirador.
FEBRERO.
En este mes el cazador no debe desperdiciar un solo dia. ¡Cuántas
reflexiones acuden á la mente, y por cierto algunas muy tristes! Con los
años entra el cálculo; y ¿quién sabe? Aunque todavía no peinemos canas,
tal vez el año próximo habremos dejado de pertenecer al mundo de los
vivos. ¿Si será mi destino que por última vez recorra el monte en que me
encuentro? Mas, al diablo las ideas tétricas; todo en este mundo tiene
su lado malo. Ocupémonos, pues, de las agradables impresiones que se
experimentan cazando los _pares_.
La naturaleza, que anuncia la proximidad de la primavera y que en todo
es fecunda, hace que las perdices entren en amoríos y cada par se vaya
ya fijando en sitios á propósito para el logro tranquilo de su objeto.
El cazador hábil y que conoce lo que es el mundo, al internarse en un
valle observando minuciosamente el país que se propone recorrer, debe
echarse la cuenta del sitio que él escogeria si tuviese que requerir de
amores á alguna aldeanita, esto es, reservado y al abrigo de todo
airecillo, libre de visitas importunas. Aunque parezca extraño, en esos
sitios que tu imaginacion poetiza debes ir á sorprender á las enamoradas
perdices y darles cruel muerte, ó bien un susto mayúsculo. Esta es la
ley del mundo, no respetar ni aun las cosas más sagradas.
En esa época es muy fácil matar las perdices, porque resisten firmemente
la muestra del perro. La hembra vuela primero, y caso de que el cazador
la tire, no se mueva, pues aún falta el macho, el cual queda en el
terreno muy _preocupado_ buscando á su dulcinea: en este caso arranca
poco menos que de los piés; le apunta el cazador y casi casi puede decir
que el negocio es seguro. Por esta circunstancia es preciso, cuando sale
la perdiz, recorrer bien el terreno en un corto ruedo, y de fijo se mata
el macho. Si las dos salen á un tiempo, se observa que la hembra va con
la cabeza erguida y el macho la lleva baja, erizando las plumas y
dejando colgar un poco las alas. Si se fija bien el cazador, jamás se
equivocará tocante á este punto tan importante. Es preferible matar los
machos, que abundan.
¡Y cuántas veces se matan los dos! En tal caso, ¡qué alegría é impresion
más agradable! El cazador se cree un sér privilegiado; mira á derecha é
izquierda, todo ufano, pensando para sus adentros que nadie le aventaja
en eso de tirar bien. ¡Vana ilusion! lo que hace uno lo hacen cien mil,
pero no todos lo aprecian del mismo modo.
Los pares no hacen los vuelos tan largos, y fijándose bien el cazador en
la direccion que toman á poca distancia del cerro que trasponen, allí se
hallarán. En la época que nos ocupa dejan mucho rastro, así es que el
perro guia perfectamente hácia el sitio de su querencia. Algunas veces,
de mí sé decir, sobre todo, que en el último tercio del mes de febrero
he perdonado á la hembra. ¿Y por qué? se me preguntará. Porque me acude
la idea de que en el terreno en que estoy dando la última mano, tal vez
faltaria el bando en agosto, y hay sitios tan privilegiados que es muy
sensible no queden en ellos perdices.
Todo cazador debe dar por religiosamente terminada la campaña de la
temporada, el último dia de febrero. Y supuesto que hemos llegado á él
en nuestra descripcion cinegética, pasemos ahora á exponer las reglas
generales y consejos que la experiencia nos ha sugerido.
VENTAJAS Y DESVENTAJAS DE CAZAR SOLO Ó ACOMPAÑADO.
Hasta el presente el lector-cazador habrá observado (y digo
lector-cazador porque al que no sea aficionado á la caza poco le
agradezco que fije la vista en mis apuntes), que únicamente me he
ocupado del modo de cazar cuando se va solo al monte en busca de
perdices.
Cazar solo, tiene el inconveniente de que uno se vuelve _salvaje_ é
insociable, pues esto de enmudecer todo el santo dia es muy poco
halagüeño. Sin embargo, el cazador se aburre, y no más, cuando
trascurren horas enteras sin ver una pieza; si salen éstas al paso, la
cosa varía de aspecto.
Fácil es suplir la soledad llevando un criado, quien además de cargar
con el peso, prepara el _gaudeamus_: con todo, no basta semejante
compañía, ya que la conversacion jamás puede elevarse á grande altura.
El mejor modo de cazar es con un compañero simpático, no formando los
dos más que una sola voluntad; y aunque al llegar á las posadas no se
hace la misma bromita que cuando van juntos varios, en cambio, cazando
bien pueden sacarse grandes ventajas de la expedicion si son dos los
tiradores. Ya en el terreno, el uno aguarda al otro, y se tiene ocasion
de admirar y aplaudir un buen tiro; además, se puede seguir con tiento
al perro que le rastrea un peon; se consulta el órden de caza, y dos
votos condescendientes no tardan en estar conformes, cediendo un poco
cada uno en sus pretensiones. ¿Sucede lo mismo siendo cinco ó seis
cazadores en el monte, aunque sea gran maestro y conocedor del terreno
el que guie la cacería? No, pues es muy difícil la _ciega_ obediencia á
la voz del _jefe_; á lo mejor uno se queda rezagado, al otro se le ha
dejado al tiempo de pasar un arroyo, otro no quiere cambiar de lado sin
consideracion al que todo el dia le ha tocado un mal sendero. Esto y
mucho más sucede cuando se caza con varios compañeros. ¿Y los perros? He
aquí otro inconveniente. Al primer tiro, caiga ó no caiga la pieza, dan
tal embestida que baten el terreno á doscientos metros de distancia, y
los cazadores, ya sea con el silbato ó bien á grandes voces, ó
llamándolos por su nombre les reprenden; de suerte que, tan bien
preparado queda el terreno, que ya puede estarse tranquilo el cazador,
liar un cigarrillo y fumárselo, despues de lo cual puede tambien pasarse
la escopeta al hombro y seguir andando; de seguro que no tendrá que
hacer uso de ella. Más extenso seria sobre este particular, pero
suponiendo que lo que acabo de manifestar está al alcance de cualquier
cazador experimentado, mis reflexiones sólo van dirigidas á los
importunos que quieren siempre salir á cazar formando guerrillas y órden
de parada.
El señor baron de Córtes trata del mismo asunto en sus _Recuerdos de
caza_, y si yo fuese á describir los inconvenientes que ofrece el cazar
cinco ó seis á _mano gallega_, convertiríame en plagiario de dicho
señor, además de que no sabria expresarlo con tanta lucidez.
Añadiré, para concluir, que todo el que tenga un buen perro no lo lleve
á ninguna cacería en que los compañeros pasen de tres, pues de seguro
que el can adquirirá resabios difíciles de remediar.
TERRENOS Y RECUERDOS AGRADABLES.
Todos los cazadores muestran preferencia y predileccion por aquellos
cazaderos donde más _víctimas_ han hecho. La caza de la perdiz en
Cataluña, generalmente, hácese por terrenos penosos y montes bastante
elevados. En este caso se encuentran las montañas de los alrededores de
Barcelona, y como tanto se ha ido poblando y la aficion á la caza va en
aumento, sucede que á los _domingueros_ les queda muy poco recurso para
cazar, resultando que muchos regresan á su casa sin haber podido
disparar la escopeta. Esta falta de caza motiva que gran número de
aficionados se metan en el ferro-carril, largándose en busca de mejor
fortuna, y sólo se detienen, ya sea entre Martorell y Gelida, ó bien
bajan en Molins de Rey y llegan hasta Vallirana, en cuyos puntos hay
excelentes cazaderos, pero muy quebrados; y como la caza se va
extinguiendo, ya por la grande aficion que se ha despertado, ya por la
poca vigilancia en dejar cazar en tiempo de veda y con ardides, esto
hace que las cacerías den muy pobres resultados, y que el que regresa á
su casa con un par de perdices se da por muy dichoso, pues ahora en los
terrenos indicados no siempre se mata.
Otros escogen la salida por la parte de Moncada, alargándose algunos
hasta Montmeló, cazando por Sant Fost, Martoreyas y Rexachs, terrenos
malos, si bien en ellos siempre hay perdices, y en el bosque y malezas
puede tirarse á alguna becada, las cuales huyen de las _vernedas_ cuando
hay fuertes heladas. El que tiene la voluntad de cazar en los
mencionados terrenos va mojado todo el dia, pues allí la neblina es muy
pertinaz. Si afortunadamente se logra hacer bajar las perdices hácia el
Besós, á pesar de que hay mucha maleza, puede dispararse con provecho
alguna vez la escopeta á muestra de perro. Esos terrenos son muy
penosos, ya por la topografía del país, así como por las humedades, por
cuyo motivo la experiencia aconseja no ir con frecuencia á dicho sitio.
Otro cazadero hay, tal vez el más predilecto por parte de las perdices
para hacer sus crias; refiérome al monte de Moncada, en cuyo cerro
descuellan las ruinas del ex-telégrafo y cuerpo de guardias. El cazador
barcelonés que no haya cazado en ese cerro, cuente que le falta algo por
ver, pues además de la perspectiva que desde él se descubre, hay ricos
manantiales de agua, inclusa la célebre _Font del ferro_, que da frente
al Besós, y por la parte opuesta la no menos renombrada _Font de mitja
Costa_ (hoy dia bastante abandonada), en cuyo sitio los cazadores han
echado muchas _chuletadas_. Tales son las ventajas que ofrece el cazar
en ese monte, porque si la caza no va bien, en cambio se indemniza con
el almuerzo y el bello panorama que disfruta la vista, olvidándose del
cansancio que produce la llegada hasta el _telégrafo_, por cuyo punto es
indispensable tomar la mano del cazadero, y de seguro que á la mañanita
siempre se encontrarán perdices, las cuales dan juego al cazador todo el
dia: hay sorpresas buenas y por la mano baja se caza bien.
Hoy dia tales salidas figuran en la categoría de las llamadas de
recurso, ya que los ferro-carriles han acortado prodigiosamente las
distancias, de suerte que los que pueden disponer de algun tiempo lo
emplean en ir en busca de cazaderos lejanos, ya sea al confin de la
provincia ó á otra lindante con la nuestra.
En las estaciones de Calaf, San Guim, Tárrega, no pasa tren sin que
bajen de él algunos cazadores procedentes de Barcelona. Los que se apean
en Calaf se dirigen á los cazaderos distantes tres ó cuatro leguas,
dándoles tales batidas en los primeros meses, que luego quedan pocas y
_escamadas_, por cuyo motivo se caza bien en Calonje, Prats de Rey,
Coletas, Torá, Biosca, etc.