IV

En la religión.

Por más prisa que se da el pobrecito, no puede llegar hasta el día 13.

Viene jadeante, fatigado, los desnudos pies llenos de sangre por los

picotazos de las zarzas. En el camino ha estado predicando á las aves y

á los peces, y por eso no ha podido venir más pronto. Además, trae gran

pesadumbre sobre sus manos, que sustentan un libro, y sobre el libro un

divino Niño, que es el Redentor del mundo. Trae también una vara de

azucenas.

Su humilde hábito franciscano está lleno de remiendos, señal inequívoca

de pobreza. Es su semblante juvenil, pálido, ardoroso, calenturiento,

porque la devoción le inflama, y sublime, místico amor le espiritualiza.

Tiénele preocupado y melancólico el sinnúmero de matrimonios que le

piden y que no puede dar, así como el mal éxito de los que concedió

generosamente el año pasado. Prepárase á recibir cantidad mediana de

solicitudes pidiendo novios y no pocas demandas de buenas novias. ¡Ay!

él es tan bueno que está dispuesto á darlas, y las daría si las hubiera.

¡Salve, santo de la juventud, de la inocencia, de los tiernos amores,

de las esperanzas risueñas! ¡Salve, adorno preciosísimo de los ciclos

celestiales, joven sublime, gran soldado de Cristo, apóstol de la

humanidad, amor del pobre, huésped cariñoso de las moradas modestas!

¡Salve, encarnación de la fe sencilla, de las creencias puras á que

debieron paz y consuelo las edades todas! Al poner tu descalzo pie en el

rústico altar del pobre, parece que las lóbregas estancias se llenan de

celeste luz. Rosadas nubes te circundan, y de tus azucenas se desprenden

finísimos aromas que embelesan el alma, dándole á conocer el puro

ambiente que en la mansión de los justos se respira.

Recibe las piadosas ofrendas del pobre; acepta el fulgor de esas luces

de aceite, que palidecen entre los torrentes de claridad divina que

traes contigo, y presta oídos á los ruegos, á las recomendaciones y

solicitudes hechas con limpio corazón.

En algunos pueblos son tan impíos, tan ingratos los labradores (esto lo

he visto), que cuando San Antonio no accede al suministro de novios, le

vuelven de espaldas en el altar, poniéndole con la cara hacia la pared,

y sé que una doncella desesperada le metió en el pozo atándole una

cuerda al cuello; pero estas excepciones irreverentes y sacrílegas no

merman en general la devoción y popularidad del santo paduano, ideal

figura del catolicismo, y uno de los seres más perfectos y menos

imitados, mientras anduvo en carne mortal por la tierra.

Tras él viene otro no menos grande. Se ha detenido administrando el

primer Sacramento; pero ya está ahí: sólo que no gusta de entrar hasta

el día 24, y ni un solo año ha faltado á la costumbre. Recíbele, como á

San Antonio, la hueste frescachona de albahacas, unas plantas humildes,

olorosas, con olor de huerto más que de jardín, y muy frescas y

diminutas. Las hay como avellanas, en tiestecitos del tamaño de

almendras.

Acompáñanle ciertos heraldos que se llaman las rosquillas de la tía

Javiera, y á su paso, el suelo está empedrado de buñuelos. Blanquecinas

hojas del árbol del Paraíso embalsaman la atmósfera en torno suyo. Todas

las flores de la estación salen á relucir sus lindas personas en

graciosos grupos que se llaman ramos. Matas diversas adornan las casas,

y los altares parece que reverdecen y se cubren de vegetación. En las

calles, en los campos, en el cerro, en la cabaña, en el monte, no se

encuentra un medio bastante expresivo para declarar la alegría que

inunda el mundo, y en vez de poner flores, encienden hogueras. Rosas y

llamas saludan al enviado de Dios.

Inefable contento llena los pueblos; lo que no es extraño, porque todo

el mundo se llama Juan. La madrugada del 24 es la más poética de las

365 que hay en el año. No amanece, no, como en los demás días. Hay

playas donde aparecen fantásticas ciudades. El sol no se presenta sobre

el horizonte con la circunspección que parece inherente á sujeto de

tanto peso y calidad, no. Su Majestad entra bailando, haciendo graciosas

cabriolas y volteretas, cual si hubiera perdido el juicio ó empinado el

codo. En las puertas de todas las casas, pucheros, palanganas, barreños

llenos de agua reflejan las locuras del Rey de los astros, y los dibujos

que la juguetona luz hace en el líquido espejo son representaciones más

ó menos claras del destino individual.

El rocío de esta madrugada tiene una misión tan singular como

interesante: sirve para conservar la belleza, y hasta las feas se lavan

en él, seguras de hermosear durante el año. Una clara de huevo puesta en

vaso de agua la noche anterior toma las más extrañas formas, y es

jeroglífico cuyos signos hablan, cuyas figuras emblemáticas anuncian las

contingencias de la vida. Si la caprichosa albúmina fabrica un ataúd, la

muerte está cerca.

El santo ha perdido mucho tiempo la noche anterior recorriendo á la

calladita las casas para dejar juguetes en los zapatos de los chicos;

después ha puesto ramos en las ventanas de las mozas; y como éstas son

tantas y no es prudente desenojar á ninguna de ellas, el primo de Jesús

llega un poco tarde á la iglesia. Verdad es que tenemos misa mayor, la

cual no exige extraordinario madrugar. ¡Qué solemnidad, qué alegría, qué

exaltado entusiasmo respira la iglesia! El sermón versa sobre la

infancia de Jesús, asunto que no puede ser más bonito; y oyendo las

palabras del cura, parece que es el santo quien habla, porque alza el

dedo y su boca entreabierta expresa muy al vivo la emisión de la

palabra.

Como el año ha sido bueno, la procesión no deja nada que desear en punto

á brincos, cohetes, vivas, cantares, piporrazos, aleluyas, flores,

ramos, tortas, plegarias. Por la tarde, algunas cabezas dan en el suelo

ó se estrellan contra la esquina. Es el alcohol que sube al pulpito.

De noche, sobre el negro cielo, surgen las más hermosas especies de una

flora rutilante, tallos de fuego que se elevan rápidamente, y alla

arriba echan de improviso cantidad de flores, de luz, que duran un

momento y se deshojan cayendo en chispas: son los cohetes. Flores

gigantescas dan vueltas, como las imágenes luminosas del sueño

calenturiento; y torres fabricadas con arena de estrellas destácanse

imponentes, hasta que un soplo las destruye, cual si fueran ilusiones, y

todo queda más obscuro que antes. Una ráfaga luminosa flota en el negro

espacio, última chispa de la pólvora moribunda, que sonríe al espirar.

Es una cinta que pasa veloz: el gallardete de la cruz del santo. San

Juan se marcha.

Los días pasan alegremente, y el 29 aparecen dos grandes llaves; tras de

las llaves, una mano que las empuña; tras de la mano, un brazo; después

una hermosa cabeza calva, un cuerpo robusto, un hombre con humilde saya

y los pies desnudos. Es el Príncipe de los Apóstoles, el primero de

todos los santos, el Pescador, Pedro, la piedra, el cimiento, la cabeza

de la Iglesia. Mucho hay que decir de él, muchísimo; pero el mismo santo

nos lo estorba, porque frunce el ceño, adelanta un paso, empuña la

llave, da vuelta... ¡charrás! y nos cierra este capítulo.

V

En las escuelas.

Suspenso. Suspenso. Suspenso. Suspenso.

Los campos se llenan de amapolas, el aire de mariposas, de flores el

jardín y la Universidad de calabazas.

Muchos rapaces, sin embargo, se inflan al recibir la nota de

_sobresaliente_, en señal de que han salido del aula hechos unos pozos

de ciencia, y así se lo creen los papás. La estación da bachilleres en

artes con más abundancia que trigo, y es un contento ver tanto sabio

como sale á las anchas esferas del mundo. Por todas partes, matemáticos

jugando al trompo, químicos que saltan en la comba, y filósofos que

cabalgan en un palo.

Los abogadillos en ciernes inundan los pueblos, y al verles, los autos

agitan alegres sus macilentas hojas. Los mediquillos de veintiún años

salen á tomar el pulso á la vida, con gran regocijo de la muerte. ¡Oh!

mes prolífico entre todos los meses; mes de los frutos, de las flores,

de las colmenas, de los mosquitos, de los exámenes; principal delegado

del Criador, porque todo lo crías, hasta los licenciados, falanje

infinita de donde sale el bullidor enjambre de los políticos, semillero

de pretendientes, de empleados, cesantes y agitadores.

Torquemada en la hoguera · 第 62 / 64 题