En la religión.
Por más prisa que se da el pobrecito, no puede llegar hasta el día 13.
Viene jadeante, fatigado, los desnudos pies llenos de sangre por los
picotazos de las zarzas. En el camino ha estado predicando á las aves y
á los peces, y por eso no ha podido venir más pronto. Además, trae gran
pesadumbre sobre sus manos, que sustentan un libro, y sobre el libro un
divino Niño, que es el Redentor del mundo. Trae también una vara de
azucenas.
Su humilde hábito franciscano está lleno de remiendos, señal inequívoca
de pobreza. Es su semblante juvenil, pálido, ardoroso, calenturiento,
porque la devoción le inflama, y sublime, místico amor le espiritualiza.
Tiénele preocupado y melancólico el sinnúmero de matrimonios que le
piden y que no puede dar, así como el mal éxito de los que concedió
generosamente el año pasado. Prepárase á recibir cantidad mediana de
solicitudes pidiendo novios y no pocas demandas de buenas novias. ¡Ay!
él es tan bueno que está dispuesto á darlas, y las daría si las hubiera.
¡Salve, santo de la juventud, de la inocencia, de los tiernos amores,
de las esperanzas risueñas! ¡Salve, adorno preciosísimo de los ciclos
celestiales, joven sublime, gran soldado de Cristo, apóstol de la
humanidad, amor del pobre, huésped cariñoso de las moradas modestas!
¡Salve, encarnación de la fe sencilla, de las creencias puras á que
debieron paz y consuelo las edades todas! Al poner tu descalzo pie en el
rústico altar del pobre, parece que las lóbregas estancias se llenan de
celeste luz. Rosadas nubes te circundan, y de tus azucenas se desprenden
finísimos aromas que embelesan el alma, dándole á conocer el puro
ambiente que en la mansión de los justos se respira.
Recibe las piadosas ofrendas del pobre; acepta el fulgor de esas luces
de aceite, que palidecen entre los torrentes de claridad divina que
traes contigo, y presta oídos á los ruegos, á las recomendaciones y
solicitudes hechas con limpio corazón.
En algunos pueblos son tan impíos, tan ingratos los labradores (esto lo
he visto), que cuando San Antonio no accede al suministro de novios, le
vuelven de espaldas en el altar, poniéndole con la cara hacia la pared,
y sé que una doncella desesperada le metió en el pozo atándole una
cuerda al cuello; pero estas excepciones irreverentes y sacrílegas no
merman en general la devoción y popularidad del santo paduano, ideal
figura del catolicismo, y uno de los seres más perfectos y menos
imitados, mientras anduvo en carne mortal por la tierra.
Tras él viene otro no menos grande. Se ha detenido administrando el
primer Sacramento; pero ya está ahí: sólo que no gusta de entrar hasta
el día 24, y ni un solo año ha faltado á la costumbre. Recíbele, como á
San Antonio, la hueste frescachona de albahacas, unas plantas humildes,
olorosas, con olor de huerto más que de jardín, y muy frescas y
diminutas. Las hay como avellanas, en tiestecitos del tamaño de
almendras.
Acompáñanle ciertos heraldos que se llaman las rosquillas de la tía
Javiera, y á su paso, el suelo está empedrado de buñuelos. Blanquecinas
hojas del árbol del Paraíso embalsaman la atmósfera en torno suyo. Todas
las flores de la estación salen á relucir sus lindas personas en
graciosos grupos que se llaman ramos. Matas diversas adornan las casas,
y los altares parece que reverdecen y se cubren de vegetación. En las
calles, en los campos, en el cerro, en la cabaña, en el monte, no se
encuentra un medio bastante expresivo para declarar la alegría que
inunda el mundo, y en vez de poner flores, encienden hogueras. Rosas y
llamas saludan al enviado de Dios.
Inefable contento llena los pueblos; lo que no es extraño, porque todo
el mundo se llama Juan. La madrugada del 24 es la más poética de las
365 que hay en el año. No amanece, no, como en los demás días. Hay
playas donde aparecen fantásticas ciudades. El sol no se presenta sobre
el horizonte con la circunspección que parece inherente á sujeto de
tanto peso y calidad, no. Su Majestad entra bailando, haciendo graciosas
cabriolas y volteretas, cual si hubiera perdido el juicio ó empinado el
codo. En las puertas de todas las casas, pucheros, palanganas, barreños
llenos de agua reflejan las locuras del Rey de los astros, y los dibujos
que la juguetona luz hace en el líquido espejo son representaciones más
ó menos claras del destino individual.
El rocío de esta madrugada tiene una misión tan singular como
interesante: sirve para conservar la belleza, y hasta las feas se lavan
en él, seguras de hermosear durante el año. Una clara de huevo puesta en
vaso de agua la noche anterior toma las más extrañas formas, y es
jeroglífico cuyos signos hablan, cuyas figuras emblemáticas anuncian las
contingencias de la vida. Si la caprichosa albúmina fabrica un ataúd, la
muerte está cerca.
El santo ha perdido mucho tiempo la noche anterior recorriendo á la
calladita las casas para dejar juguetes en los zapatos de los chicos;
después ha puesto ramos en las ventanas de las mozas; y como éstas son
tantas y no es prudente desenojar á ninguna de ellas, el primo de Jesús
llega un poco tarde á la iglesia. Verdad es que tenemos misa mayor, la
cual no exige extraordinario madrugar. ¡Qué solemnidad, qué alegría, qué
exaltado entusiasmo respira la iglesia! El sermón versa sobre la
infancia de Jesús, asunto que no puede ser más bonito; y oyendo las
palabras del cura, parece que es el santo quien habla, porque alza el
dedo y su boca entreabierta expresa muy al vivo la emisión de la
palabra.
Como el año ha sido bueno, la procesión no deja nada que desear en punto
á brincos, cohetes, vivas, cantares, piporrazos, aleluyas, flores,
ramos, tortas, plegarias. Por la tarde, algunas cabezas dan en el suelo
ó se estrellan contra la esquina. Es el alcohol que sube al pulpito.
De noche, sobre el negro cielo, surgen las más hermosas especies de una
flora rutilante, tallos de fuego que se elevan rápidamente, y alla
arriba echan de improviso cantidad de flores, de luz, que duran un
momento y se deshojan cayendo en chispas: son los cohetes. Flores
gigantescas dan vueltas, como las imágenes luminosas del sueño
calenturiento; y torres fabricadas con arena de estrellas destácanse
imponentes, hasta que un soplo las destruye, cual si fueran ilusiones, y
todo queda más obscuro que antes. Una ráfaga luminosa flota en el negro
espacio, última chispa de la pólvora moribunda, que sonríe al espirar.
Es una cinta que pasa veloz: el gallardete de la cruz del santo. San
Juan se marcha.
Los días pasan alegremente, y el 29 aparecen dos grandes llaves; tras de
las llaves, una mano que las empuña; tras de la mano, un brazo; después
una hermosa cabeza calva, un cuerpo robusto, un hombre con humilde saya
y los pies desnudos. Es el Príncipe de los Apóstoles, el primero de
todos los santos, el Pescador, Pedro, la piedra, el cimiento, la cabeza
de la Iglesia. Mucho hay que decir de él, muchísimo; pero el mismo santo
nos lo estorba, porque frunce el ceño, adelanta un paso, empuña la
llave, da vuelta... ¡charrás! y nos cierra este capítulo.
V
En las escuelas.
Suspenso. Suspenso. Suspenso. Suspenso.
Los campos se llenan de amapolas, el aire de mariposas, de flores el
jardín y la Universidad de calabazas.
Muchos rapaces, sin embargo, se inflan al recibir la nota de
_sobresaliente_, en señal de que han salido del aula hechos unos pozos
de ciencia, y así se lo creen los papás. La estación da bachilleres en
artes con más abundancia que trigo, y es un contento ver tanto sabio
como sale á las anchas esferas del mundo. Por todas partes, matemáticos
jugando al trompo, químicos que saltan en la comba, y filósofos que
cabalgan en un palo.
Los abogadillos en ciernes inundan los pueblos, y al verles, los autos
agitan alegres sus macilentas hojas. Los mediquillos de veintiún años
salen á tomar el pulso á la vida, con gran regocijo de la muerte. ¡Oh!
mes prolífico entre todos los meses; mes de los frutos, de las flores,
de las colmenas, de los mosquitos, de los exámenes; principal delegado
del Criador, porque todo lo crías, hasta los licenciados, falanje
infinita de donde sale el bullidor enjambre de los políticos, semillero
de pretendientes, de empleados, cesantes y agitadores.