En la cocina.
Como los prados están tan apetitosos para los ganados, la carne de este
mes es la mejor del año. La vaca y el carnero hacen honor á su alto
renombre.
Todavía hay fresa abundante, y las cerezas entran enredadas unas en
otras, porque no les gusta ir solas; que bien se conoce su cortedad de
genio en el vivo rubor que enciende sus mejillas. Las uvas y melones no
vienen aún; pero Toledo nos manda sabrosos albaricoques.
Los guisantes, los rabanitos y las alcachofas se presentan en la plaza
todos los días, acompañados de algún espárrago tardío, que pide mil
perdones por no haber venido antes.
Los pollos nuevos, que hasta ahora no servían más que para guisados,
entran, y con mucha urbanidad nos piden que los asemos con setas.
Galantemente recomiendan, previa presentación, á sus primos los patitos
y á sus parientes las palomas silvestres.
Un caballero, un prócer, un lord, aparece, sombrero en mano, suplicando
que lo metan de una vez en la cazuela, sin olvidarse de advertir que
aquélla ha de ser grande. Es talludo y obeso; viste impermeable blanco,
y su rosada piel indica que tenemos en casa á un caballero inglés. Es el
señor de Salmón. ¡Adelante!
Tras él aparecen, pidiendo fuego y aceite y aromáticas especias, los
primeros lenguados, y traen afectuosos recaditos de las ostras, que no
pueden venir mientras los meses carezcan de _r_; y también asoman
algunos rodaballos y menudos pajeles.
¿Quién más llega? La señora anguila, que viene en embajada de parte del
agua dulce... ¡Adelante!