JUNIO[2]

I

En el jardín.

Mayo se enojará, lo sé; pero rindiendo culto á la verdad, es preciso

decírselo en sus barbas. Sí: el imperio de las flores en nuestro clima,

no le corresponde.

¡Tunante! ¿Qué dirán de él en la otra vida las almas de aquellas

pobrecitas á quienes dejó morir de frío después de abrasarlas con

importunos calores? En cambio, Junio, si alguna vez las calienta con

demasiado celo (porque es algo brusco, llanote y toma muy á pecho sus

obligaciones), también las orea delicadamente con abanico, no con el

atronador fuelle de los vientos septentrionales; se desvive por tenerlas

en templada atmósfera, las abriga y las refresca, todo con esmerado

pulso y medida; dales savia fecunda, primorosa luz, sustento benéfico,

frescas y transparentes aguas. Hay que ver cómo derrocha este

capitalista sus tesoros, calor, luz, frescura y aire, humedad y lumbre.

Se parecería á muchos ricos de la tierra si no empleara toda su fortuna

en hacer bien.

Aquí están sus obras.

Ved los pensamientos, con sus caritas amarillas y sus caperuzas de

terciopelo. Miran á un lado y á otro, mecidos por el delicioso aliento

de la mañana, y tiemblan de gozo contemplándose tan guapos, tan

saludables, tan vividores. Los ojuelos negros de estos enanos, que, á

semejanza de los ángeles menores, no tienen sino cabeza y alas, nos

miran con picaresca malicia, y hasta parece que se ríen, los muy pillos,

cuando el viento les hace dar cabezadas unos contra otros, agitándolos

en toda la extensión de su inmensa falanje. Los hay pálidos y

linfáticos; los hay sanguíneos y mofletudos; unos se calan el gorrito

hasta las cejas; otros lo echan hacia atrás; éstos parecen calvos; de

aquéllos se diría que gastan barbas, y todos están más alegres que unas

pascuas, y en su charlar ignoto exclaman sin duda: «Compañeros, á vivir

se ha dicho. ¡Buena panzada de aire, de luz y de agua nos estamos

dando!»

Más juiciosas son esas chiquillas que llaman minutisas, pues si las han

puesto en compañía de tales granujas, saben ellas formar grupos

encantadores, ramilletes que parecen corrillos, y jugando á la rueda sin

admitir á ningún intruso, se entienden solas. Estas lindas estrellas de

la tierra, que esmaltan los jardines con su púrpura risueña, son

parientas lejanas del orgulloso clavel. ¡Nadie lo diría, porque son tan

modestas...!

Allí está. ¡Qué noblemente pliega el aromático turbante blanco y rojo de

mil rizos! Salud al califa espléndido, magnífico, soberano. La

embriagadora poesía que de él brota incita al sibaritismo, á las

ardientes pasiones. ¡Ah calaverón!... Este vicioso es tan popular, que

hasta los pobres más pobres lo crían, aunque sea en una olla rota.

Parece que hace soñar, como el opio, felicidades imposibles. Su fuerte

aroma sensual es como una visión.

No son así las rosas, que aparecen en este mes en primoroso estado de

madurez. Las de Mayo eran niñas, éstas son damas, y en sus abiertas

hojas ahuecadas, blandas, puras, tenues, hay no sé qué magistral arte

del mundo. Si Dios les concediera un soplo más de vida, uno no más,

hablarían seguramente; pero más vale que estén mudas. Una gracia

infinita, una delicadeza incomparable, una hermosura ideal, hacen de

esta flor la sonrisa de la Naturaleza. Cuando las rosas mueren, el

mundo se pone serio.

Allá lejos, encaramado sobre la tapia ó al arrimo de la antigua pared,

buscando la soledad, buscando la altura, esperando con ansia la sosegada

noche, está el galán, el poeta sentimental, el romántico jazmín, en una

palabra. Pálido y pequeño, toda su vida es alma. Le tocan, y cae del

tallo. Vive del sentimiento, ama la noche, y si los aromas fueran

música, el jazmín seria el ruiseñor.

Fijemos la vista en las gallardas peonías. No se necesitan ciertamente

anteojos para verlas, según son de abultadas y presumidas. No merecen

mis simpatías estas enfáticas señoras que todo lo gastan en trapos; y si

está fuera de duda que son bellas, ello es que antes admiran que

enamoran, y su hermosura más tiene de aparente que de real. Nada, nada;

aquí hay algo postizo: estas señoras se pintan.

Grande y vistosa es también aquélla. Saludemos á la magnolia, princesa

india que ha venido de viaje y se ha quedado en nuestro clima. No está

bien de salud la señora; pero ¡qué aristocrática, qué regia es esta

amazona! No se contenta con ser fragante y deliciosa flor, sino que

quiere ser árbol, es decir, hombre. Ved cómo cabalga en la alta rama, y

atrevida mira cara á cara al olmo corpulento, al castaño de mil flores y

al quijotesco eucaliptus.

Por el suelo rastrea muchedumbre de pajes y espoliques, alelíes,

espuelas de caballero, gentezuela menuda que vive de la adulación, á la

sombra de los grandes señores, y el bíblico lirio, vestido siempre de

Nazareno. La madreselva, arisca y melancólica por la nostalgia que la

perturba, busca el campo de donde contra su voluntad la han traído; mira

ansiosa á todos lados para orientarse; se va arrastrando por los

troncos, por las barandillas, por las escalinatas, hasta que logra tocar

con su crispada mano la cerca; sube; va trepando, trepando, y se asoma

para ver horizontes y el libre espacio y hacerse la ilusión de que es

libre. Esta flor, como muchas personas, no tiene más que manos, y son

blancas, finas, aromáticas; pero aunque contrae sus finos dedos, cual si

fuera á coger alguna cosa, jamás coge nada.

¡Paso al pueblo! La inmensa república de geranios todo lo llena. Parece

que no hay tierra bastante para estos gorros colorados que se reproducen

con facilidad maravillosa, y crecen como la plebe, duran como la

ignorancia, y resisten fríos y soles como la pobreza. Para que nada

falte, hasta los cactus, caterva de repugnantes bufones, se engalanan

con gorritos de vistosas plumas; otros se ponen gregüescos amarillos, y

algunos se encargan vestidos completos de Mefistófeles, como estudiantes

en Carnaval, y tienen el descaro de vestir con ellos sus ventrudos

cuerpos. Otros, flacos y verrugosos, siguen con las manos en los

bolsillos, riéndose de todo y agitando el bastón con borlas de

escarlata. Pero á nadie hacen gracia estas caricaturas vegetales, flores

que parecen lagartos, sapos que parecen plantas, y viven aislados, sin

sociedad, visitados tan sólo de las abejas, que á menudo vienen á

decirles un secreto al oído.

Si las violetas no hubiesen exhalado su último aroma en Mayo; si los

jacintos no estuvieran ya en el limbo de sus jóvenes cebolletas; si las

dalias, por el contrario, no durmiesen aún en el vientre de sus batatas;

si las petunias no se hallaran en estado de lactancia, y las campanillas

dando los primeros pasos; si las francesillas no hubiesen bajado también

al frío sepulcro de sus arañuelas, y las extrañas no estuvieran aún

cortando sus múltiples gasas de bailarina para presentarse en el Otoño,

el panorama floreal de Junio sería completo.

Torquemada en la hoguera · 第 58 / 64 题