I
En el jardín.
Mayo se enojará, lo sé; pero rindiendo culto á la verdad, es preciso
decírselo en sus barbas. Sí: el imperio de las flores en nuestro clima,
no le corresponde.
¡Tunante! ¿Qué dirán de él en la otra vida las almas de aquellas
pobrecitas á quienes dejó morir de frío después de abrasarlas con
importunos calores? En cambio, Junio, si alguna vez las calienta con
demasiado celo (porque es algo brusco, llanote y toma muy á pecho sus
obligaciones), también las orea delicadamente con abanico, no con el
atronador fuelle de los vientos septentrionales; se desvive por tenerlas
en templada atmósfera, las abriga y las refresca, todo con esmerado
pulso y medida; dales savia fecunda, primorosa luz, sustento benéfico,
frescas y transparentes aguas. Hay que ver cómo derrocha este
capitalista sus tesoros, calor, luz, frescura y aire, humedad y lumbre.
Se parecería á muchos ricos de la tierra si no empleara toda su fortuna
en hacer bien.
Aquí están sus obras.
Ved los pensamientos, con sus caritas amarillas y sus caperuzas de
terciopelo. Miran á un lado y á otro, mecidos por el delicioso aliento
de la mañana, y tiemblan de gozo contemplándose tan guapos, tan
saludables, tan vividores. Los ojuelos negros de estos enanos, que, á
semejanza de los ángeles menores, no tienen sino cabeza y alas, nos
miran con picaresca malicia, y hasta parece que se ríen, los muy pillos,
cuando el viento les hace dar cabezadas unos contra otros, agitándolos
en toda la extensión de su inmensa falanje. Los hay pálidos y
linfáticos; los hay sanguíneos y mofletudos; unos se calan el gorrito
hasta las cejas; otros lo echan hacia atrás; éstos parecen calvos; de
aquéllos se diría que gastan barbas, y todos están más alegres que unas
pascuas, y en su charlar ignoto exclaman sin duda: «Compañeros, á vivir
se ha dicho. ¡Buena panzada de aire, de luz y de agua nos estamos
dando!»
Más juiciosas son esas chiquillas que llaman minutisas, pues si las han
puesto en compañía de tales granujas, saben ellas formar grupos
encantadores, ramilletes que parecen corrillos, y jugando á la rueda sin
admitir á ningún intruso, se entienden solas. Estas lindas estrellas de
la tierra, que esmaltan los jardines con su púrpura risueña, son
parientas lejanas del orgulloso clavel. ¡Nadie lo diría, porque son tan
modestas...!
Allí está. ¡Qué noblemente pliega el aromático turbante blanco y rojo de
mil rizos! Salud al califa espléndido, magnífico, soberano. La
embriagadora poesía que de él brota incita al sibaritismo, á las
ardientes pasiones. ¡Ah calaverón!... Este vicioso es tan popular, que
hasta los pobres más pobres lo crían, aunque sea en una olla rota.
Parece que hace soñar, como el opio, felicidades imposibles. Su fuerte
aroma sensual es como una visión.
No son así las rosas, que aparecen en este mes en primoroso estado de
madurez. Las de Mayo eran niñas, éstas son damas, y en sus abiertas
hojas ahuecadas, blandas, puras, tenues, hay no sé qué magistral arte
del mundo. Si Dios les concediera un soplo más de vida, uno no más,
hablarían seguramente; pero más vale que estén mudas. Una gracia
infinita, una delicadeza incomparable, una hermosura ideal, hacen de
esta flor la sonrisa de la Naturaleza. Cuando las rosas mueren, el
mundo se pone serio.
Allá lejos, encaramado sobre la tapia ó al arrimo de la antigua pared,
buscando la soledad, buscando la altura, esperando con ansia la sosegada
noche, está el galán, el poeta sentimental, el romántico jazmín, en una
palabra. Pálido y pequeño, toda su vida es alma. Le tocan, y cae del
tallo. Vive del sentimiento, ama la noche, y si los aromas fueran
música, el jazmín seria el ruiseñor.
Fijemos la vista en las gallardas peonías. No se necesitan ciertamente
anteojos para verlas, según son de abultadas y presumidas. No merecen
mis simpatías estas enfáticas señoras que todo lo gastan en trapos; y si
está fuera de duda que son bellas, ello es que antes admiran que
enamoran, y su hermosura más tiene de aparente que de real. Nada, nada;
aquí hay algo postizo: estas señoras se pintan.
Grande y vistosa es también aquélla. Saludemos á la magnolia, princesa
india que ha venido de viaje y se ha quedado en nuestro clima. No está
bien de salud la señora; pero ¡qué aristocrática, qué regia es esta
amazona! No se contenta con ser fragante y deliciosa flor, sino que
quiere ser árbol, es decir, hombre. Ved cómo cabalga en la alta rama, y
atrevida mira cara á cara al olmo corpulento, al castaño de mil flores y
al quijotesco eucaliptus.
Por el suelo rastrea muchedumbre de pajes y espoliques, alelíes,
espuelas de caballero, gentezuela menuda que vive de la adulación, á la
sombra de los grandes señores, y el bíblico lirio, vestido siempre de
Nazareno. La madreselva, arisca y melancólica por la nostalgia que la
perturba, busca el campo de donde contra su voluntad la han traído; mira
ansiosa á todos lados para orientarse; se va arrastrando por los
troncos, por las barandillas, por las escalinatas, hasta que logra tocar
con su crispada mano la cerca; sube; va trepando, trepando, y se asoma
para ver horizontes y el libre espacio y hacerse la ilusión de que es
libre. Esta flor, como muchas personas, no tiene más que manos, y son
blancas, finas, aromáticas; pero aunque contrae sus finos dedos, cual si
fuera á coger alguna cosa, jamás coge nada.
¡Paso al pueblo! La inmensa república de geranios todo lo llena. Parece
que no hay tierra bastante para estos gorros colorados que se reproducen
con facilidad maravillosa, y crecen como la plebe, duran como la
ignorancia, y resisten fríos y soles como la pobreza. Para que nada
falte, hasta los cactus, caterva de repugnantes bufones, se engalanan
con gorritos de vistosas plumas; otros se ponen gregüescos amarillos, y
algunos se encargan vestidos completos de Mefistófeles, como estudiantes
en Carnaval, y tienen el descaro de vestir con ellos sus ventrudos
cuerpos. Otros, flacos y verrugosos, siguen con las manos en los
bolsillos, riéndose de todo y agitando el bastón con borlas de
escarlata. Pero á nadie hacen gracia estas caricaturas vegetales, flores
que parecen lagartos, sapos que parecen plantas, y viven aislados, sin
sociedad, visitados tan sólo de las abejas, que á menudo vienen á
decirles un secreto al oído.
Si las violetas no hubiesen exhalado su último aroma en Mayo; si los
jacintos no estuvieran ya en el limbo de sus jóvenes cebolletas; si las
dalias, por el contrario, no durmiesen aún en el vientre de sus batatas;
si las petunias no se hallaran en estado de lactancia, y las campanillas
dando los primeros pasos; si las francesillas no hubiesen bajado también
al frío sepulcro de sus arañuelas, y las extrañas no estuvieran aún
cortando sus múltiples gasas de bailarina para presentarse en el Otoño,
el panorama floreal de Junio sería completo.