Se quedó solo y en obscuridad profunda.
Quiso gritar y no tenía voz. Quiso moverse y carecía de movimiento. Era
piedra.
Lleno de congoja esperó. Vino por fin el día, y entonces Pacorrito se
vió en su antigua forma; pero todo de un color, y al parecer de una
misma materia: cara, brazos, ropa, cabello y hasta los periódicos que
en la mano tenía.
»Ya no me queda duda--exclamó llorando por dentro.--Soy mismamente como
un ladrillo.
Vió que frente á él había un gran cristal con algunas letras del revés.
A un lado multitud de figurillas y objetos de capricho le acompañaban.
«¡Estoy en el escaparate!... ¡Horror!»
Un mozo le tomó cuidadosamente en la mano, y después de limpiarle el
polvo volvió á ponerle en su sitio.
Su Alteza Serenísima vió que en el pedestal donde estaba colocado, había
una tarjeta con esta cifra: 240 _reales_.
«Dios mío, es un tesoro lo que valgo. Esto al menos le consuela á uno.»
Y la gente se detenía por la parte de afuera del cristal, para ver la
graciosa escultura de barro amarillo representando un vendedor de
periódicos y cerillas. Todos alababan la destreza del artista, todos se
reían observando la chusca fisonomía y la chavacana figura del gran
Migajas, mientras éste, en lo íntimo de su insensible barro, no cesaba
de exclamar con angustia:
«Muñeco, muñeco, por los siglos de los siglos!»
Enero de 1879.