D. Marcos había sido novelista. Desde que se casó con la comercianta en
paños de la calle de Postas, dejó las musas, que no le produjeron nunca
gran cosa ni le ayudaron á sacar el vientre de mal año. Continuaba, sin
embargo, con sus aficiones; y ya que no se entregara al penoso trabajo
de la creación, solía dedicarse al de la crítica, más fácil y llevadero.
Siempre en sus novelas (la más célebre se titulaba _El Candil de
Anastasio_) brillaba la realidad desnuda. De las muchas diferencias que
existían entre su musa y la de Virgilio, la principal era que la de D.
Marcos huía de las sencillas y puras escenas de la naturaleza; y así
como el pez no puede vivir fuera del agua, la musa susodicha no se
encontraba en su centro fuera de las infectas buhardillas, de los
húmedos sótanos, de todos los sitios desapacibles y repugnantes. Sus
pinturas eran descarnados cuadros, y sus tipos predilectos los más
extraños y deformes seres. Un curioso aficionado á la estadística, hizo
constar que en una de sus novelas salían veintiocho jorobados, ochenta
tuertos, sesenta mujeres _de estas que llaman del partido_, hasta dos
docenas y media de viejos verdes, y otras tantas viejas embaucadoras. Su
teatro era la alcantarilla, y un fango espeso y mal oliente cubría todos
sus personajes. Y tal era el temperamento de aquel hombre insigne, que
cuanto Dios crió lo veía feo, repugnante y asqueroso. Estos epítetos los
encajaba en cada página, ensartados como cuentas de rosario. Era prolijo
en las descripciones, deteniéndose más cuando el objeto reproducido
estaba lleno de telarañas, habitado por las chinches ó colonizado por la
ilustre familia de las ratas, y su estilo tenía un desaliño sublime,
remedio fiel del desorden de la tempestad. ¿Será preciso decir que usaba
de mano maestra los más negros colores, y que sus personajes, sin
excepción, morían ahogados en algún sumidero, asfixiados en laguna
pestilencial, ó asesinados con hacha, sierra ú otra herramienta
estrambótica? No es preciso, no, pues andan por el mundo, fatigando las
prensas, más de tres docenas de novelas suyas, que pienso son leídas en
toda la redondez del globo.
De su vida privada, se contaban mil aventuras á cual más interesantes.
Mientras fué literato, su fama era grande, su hambre mucha, su peculio
escaso, su porte de esos que llamamos de mal traer. El editor que
compraba y publicaba sus lucubraciones, no era tan resuelto en el pagar
como en el imprimir, achaque propio de quien comercia con el talento; y
D. Marcos, cuyo nombre sonaba desde las márgenes del Guadalete hasta las
del Llobregat, desfallecía cubierto de laureles, sin más oro que el de
su fantasía, ni otro caudal que el de su gloria. Pero quiso la suerte
que la persona del insigne autor no pareciese costal de paja á una viuda
que tenía comercio de lana y otros excesos en la calle de Postas; hubo
tierna correspondencia, corteses visitas, honesto trato; y al fin
uniólos Himeneo, no sin que todo aquel barrio murmurara sobre el por
qué, cómo y cuándo de la boda. Lo que las musas lloraron este enlace, no
es para contado; porque viéndose en la holgura, trocó el escritor los
poco nutritivos laureles por la prosáica hartura de su nueva vida; y
cuéntase que colgó su pluma de una espetera, como Cide Hamete, para que
de ningún ramplón novelista fuera en lo sucesivo tocada. Después de
larga luna de miel, cual nunca se ha visto en comerciantes de tela, se
afirma que no reinó siempre en el hogar la paz más octaviana. No están
conformes los biógrafos de D. Marcos en la causa de ciertas riñas, que
pusieron á la esposa en peligro de morir á manos de su esposo: unos lo
atribuyen á veleidades del escritor; otros más concienzudos, y buscando
siempre las causas recónditas de los sucesos humanos, á que el pesimismo
adquirido cultivando las letras infiltróse de tal modo en su
pensamiento, que llenó su vida de melancolía y fastidio. ¡Tal influjo
tienen las grandes ideas en las grandes almas!
A los ojos del profano vulgo, D. Marcos era siempre el mismo. Aconsejaba
á los jóvenes, procurando guiarles por el camino de la alcantarilla.
Daba su opinión siempre que se la pidieran, y no negaba elogios á los
escritores noveles, siempre que fuesen de su escuela colorista, que era
la escuela del betún.
Este es el tercer personaje de los cuatro que formaban mi auditorio, y
éste el que expuso su modo de pensar, diciendo:
«No está sino muy bien. Hay que pintar la vida tal como es: repugnante,
soez, grosera. El mundo es así: no nos toca á nosotros reformarlo,
suponiéndolo á nuestro capricho y antojo; nos cumple sólo retratar las
cosas como son, y las cosas son feas. Ese joven que usted ha pintado ahí
tiene demasiada luz, y le hace falta una buena dosis de negro. Hoy no
saben dar claro-obscuro al estilo, y desde que han dejado de escribir
ciertas personas que yo me sé, está la novela por los suelos. Si usted
quiere hacer una obra ejemplar, rodee á ese caballerito de toda clase de
lástimas y miserias; arroje usted sobre él la sombra siniestra de la
sociedad, y la tal sociedad es de lo más repugnante, asqueroso é inmundo
que yo me he echado á la cara. Y después, si le conviene ofrecer una
lección moral á sus lectores, haga que el chico se trueque de la noche á
la mañana, por la sola fuerza del hambre y del hastío, en un ser
abyecto, revelando así el fondo de inmundicia que en el corazón de todo
ser humano existe. Preséntele usted con toda la negra realidad de la
vida, braceando en este océano de cieno, sin poder flotar, y ahogándose,
ahogándose, ahogándose.... Pero, eso sí, déjele usted que se enamore con
hidrofobia de la dama de enfrente, porque en ese gran recurso dramático
ha de cimentarse todo el edificio novelesco. Si yo me encargara de
desarrollar el plan, lo haría de ingenioso modo, nunca visto ni en
novelas ni en dramas.
--¿A ver, á ver?--interrogamos todos, yo por afán de penetrar los
pensamientos literarios mi amigo; los demás por curiosidad y deseo de
ver en todo su horror la cloaca intelectual de aquel atroz ingenio.
--Yo haría lo siguiente--continuó:--le supondría muy desesperado, sin
saber qué hace para comunicarse y entablar relaciones con la dama de
enfrente. Suprimo eso del pajarito, que es insufrible. (La poetisa dejó
traslucir, con un movimiento de indignación, su ultrajado amor de
madre.) Él piensa unas veces meterse a bandido para robar a la dama;
otras se le ocurre quemar la casa para sacar a la señora en brazos.
Entre tanto se pone flaco, amarillo, cadavérico, con aspecto de loco o
de brujo: la casa se cae a pedazos, y en su miseria se ve obligado a
comer ratas. (Cantarranas cerró los ojos después de mirar al cielo con
angustia.) Un día se le pasa por las mientes un ardid ingenioso, y para
esto tengo que suponer que vive, no en la casa de enfrente, sino en la
buhardilla de la misma casa. Modificada de este modo la escena, fácil es
comprender su plan, que consiste en introducirse por el cañón de la
chimenea y colarse hasta el piso principal.
--¡Qué horror!--exclamó la poetisa tapándose la cara con las manos.--¡Se
va á tiznar! ¡Si al menos tuviera donde lavarse antes de presentarse á
ella!...
--No importa que se tizne--continuó el novelista.--Yo pintaría á la dama
muy hermosa, sí, pero con una contracción en el rostro que denotara sus
feroces instintos. Ha tenido muchos amantes; es mujer caprichosa: uno de
esos caracteres corrompidos que tanto abundan en la sociedad, marcando
los distintos grados de relajacion á que llega en cada etapa la especie
humana. Ha tenido, como decía, muchísimos querindangos, y al fin viene á
enamorarse de un negro traído de Cuba por cierto banquero, que es un
agiotista inicuo, un bandolero de frac.
Con estos antecedentes, ya puedo desarrollar la situación dramática, de
un efecto horriblemente sublime. Veamos: ella está en su cuarto,
lánguidamente sentada junto á un veladorcillo, y piensa en el Apolo de
Azabache, charolado objeto de su pasión. Hojea un álbum, y de tiempo en
tiempo su rostro se contrae con aquel siniestro mohín que la hace tan
espantablemente guapa. De repente se siente ruido en la chimenea: la
dama tiembla, mira, y ve que de ella sale saltando por encima de los
leños encendidos, un hombre tiznado: en su delirio cree que es el negro:
domínanla al mismo tiempo el estupor y la concupiscencia. La luz se
apaga. ¡Pataplum!... ¿Qué les parece á ustedes esta situación?
--Digo que es usted el mismo demonio o tiene algún mágico encantador que
lo inspire tan admirables cosas-respondí confuso ante la donosa
invención de D. Marcos, que me parecía en aquel momento superior
cuantos, entre antiguos y modernos, habían imaginado las más sutiles
trazas de novela.
La poetisa estaba un tanto cabizbaja, no se si porque le parecía mejor
lo suyo ó porque, teniendo por detestable el engendro de D. Marcos,
consideraba á qué límite de fatal extravío pueden llegar los más
esclarecidos entendimientos. No estará de más que con la mayor reserva
diga yo aquí, para ilustrar á mis lectores, que la poetisa tenía, entre
otros, un defecto que suele ser cosa corriente entre las hembras que
agarran la pluma cuando sólo para la aguja sirven, es decir, la envidia.
«Pues verán ustedes ahora--continuó D. Marcos--cómo armo yo el desenlace
de tan estupendo suceso. A la mañana siguiente hállase la dama en su
tocador, y ha gastado dos pastas de jabón en quitarse el tizne de la
cara. Su rabia es inmensa: está furiosa; ha descubierto el engaño, y en
su desesperación da unos chillidos que se oyen desde la calle. El joven,
por su parte, trata de huir, al ver el enojo de la que adora. Quiere
matar al desconocido mandinga, de quien está celosísimo; pero en lugar
de bajar la escalera, se ve obligado á subir por el mismo cañón de la
chimenea para no ser visto de cierto Conde que entra á la sazón en la
casa.
La fatalidad hace que no pueda subir por el cañón, habiendo sido tan
fácil la bajada; y mientras forcejea trabajosamente para ascender,
resbala y cae al sótano, y de allí, sin saber cómo, á un sumidero, yendo
á parar á la alcantarilla, donde se ahoga como una rata. La ronda le
encuentra al día siguiente, y le llevan, en los carros de la basura, al
cementerio. Como aquí no tenemos _Morgue_, es preciso renunciar á un
buen efecto final.»
Así habló el realista D. Marcos. Cantarranas estaba más nervioso que
nunca, y la poetisa sacó un pomito de esencias, para aplicarlo al
cartucho que tenía por nariz: este singular pomito era el _flacon_ que
había visto en todas las novelas francesas. Es la verdad que D. Marcos
le inspiraba profunda repugnancia, y por eso le llamaba ella _barril de
prosa_, sin duda por vengarse del otro, que en cierto artículo critico
la llamó una vez _espuerta de tonterías_.
Yo no sabía qué hacer en presencia de dos fallos tan autorizados y al
mismo tiempo tan contradictorios. Vacilaba entre figurar á mi héroe
dando migajas de pan al pajarito, ó metiendo la cabeza en los sumideros
del palacio de su amada. Miré al magnífico Duque, y le ví con la cabeza
gacha y colgante, como higo maduro. La poetisa se hallaba en un
paroxismo de furor secreto. ¿Cómo podía yo decidirme por una solución
contraria á las ideas de Cantarranas, cuando éste era mi Mecenas, ó,
para valerme de una de sus más queridas figuras, corpulento roble que
daba sombra á este modesto hisopo de los campos literarios? Y al mismo
tiempo, ¿cómo desairar á Don Marcos, tan experimentado en artes de
novela? ¿Cómo renunciar á su plan, que era el más nuevo, el más extraño,
el más atrevido, el más sorprendente de cuántos había concebido la
humana fantasía? En tan crítica situación me hallaba con el manuscrito
en las manos, la boca abierta, los ojos asombrados, indeciso el magín y
agitado el pecho, cuando vino á sacarme de mi estupor y á cortar el
hilo de mis dudas la voz del cuarto de los personajes que el jurado
componían. Hasta entonces había permanecido mudo, en una butaca vieja,
cuyas crines por innumerables agujeros se salían: allí estaba, con
aspecto de esfinge, acentuado por la singular expresión de su rostro
severo. Creo que ha llegado la ocasión de describir á este personaje, el
más importante sin duda de los cuatro, y voy á hacerlo.