La cual pasaba por literata muy docta y de mucha fama en todo el mundo,
por haber escrito varios tomos de poesía, y borronado madrigales en
todos los álbumes de la humanidad. Cumpliendo cierta misteriosa ley
fisionómica, era rubia como todas las poetisas, y obedeciendo a la misma
fatalidad, alta y huesuda. La adornaba una muy picuda y afilada nariz, y
una boca hecha de encargo para respirar por ella, pues no eran sus
órganos respiratorios los más fáciles y expeditos. No sé qué tenían sus
obras, que llevaban siempre el sello de su nariz, visión que me
persiguió en sueños varias noches; y el mismo efecto de pesadilla me
causaban dos rizos tan largos como poco frondosos, que de una y otra
sien le colgaban. Por lo que el traje, dejaba traslucir, era fácil
suponer su cuerpo como de lo más flaco, amojamado y pobrecillo que en
Safos se acostumbra.
Era viuda, casada y soltera. Expliquémonos. Siempre se la oyó decir que
era viuda; todos la tenían por casada, y era en realidad soltera. En una
ocasión vivió en cierto lugar con un periodista provinciano, y allí
pasaban por esposos. El infeliz consorte fué un mártir. Llamaba ella á
las piernas _columnas del orden social_, lo cual no era sino gallarda
figura retórica, que cubría su mortal aversión á coser pantalones. Ella
no cogia los puntos á los calcetines, porque, poco fuerte en toda clase
de ortografías, siempre tenía en boca aquella sabia máxima: _no se vive
sólo de pan_, apotegma con que quería disimular su absoluta ignorancia
en materia de guisados. La novela era su pasión: en el folletín del
periódico de su marido, publicó una que éste, aunque enemigo de prodigar
elogios, calificaba de piramidal. Yo leí tres hojas, y confieso que no
me pareció muy católica. También escribió otra que ella llamaba
_eminentemente moral_. No quise moralizarme leyéndola, y regalé el
ejemplar á mi criado, el cual lo traspasó á no sé quién.
Excuso reiterar la veneración que me infundía la tal señora por su
competencia en el arte de novelar. Me había dicho repetidas veces que
quería inculcarme alguno de sus elevados principios, y con este fin
asistía como inexorable juez á la lectura.
La buena de la poetisa se escandalizó viendo el giro que yo daba á la
acción. Rabiosamente idealista, como pretendían demostrar sus rizos y su
nariz, no podía tolerar que en una ficción novelesca entrasen damas que
no fueran la misma hermosura, galanes que no fueran la caballerosidad en
persona. Por eso, saliendo á defender los fueros del idealismo, tomó la
palabra, y con áspera y chillona voz, me dijo:
«¿Pero está usted loco? ¿Qué arte, qué ideal, qué estilo es ése? Usted
escribirá sin duda para gente soez y sin delicadeza, no para espíritus
distinguidos. Yo creí que se me había llamado para oír cosas más cultas,
más elegantes. ¡Oh! No comprendo yo así la novela. Ya veo el sesgo que
va usted a dar a eso: terminará con burlas indignas, como ha empezado.
¡Ay! ¡Encanallar una cosa que empezaba tan bien! Ahí está el germen de
una alta obra moralizadora. ¡Qué lastima! Esa bohardilla, ese joven
pobre que vive en ella, melancólicamente entretenido en contemplar a la
dama del mirador... y pasan días, y la mira... y pasan noches, y la
mira... ¡Que me maten si con eso no era yo capaz de hacer dos tomos! Y
esa dama misteriosa... yo no diría quién era hasta el trigésimo
capítulo. Tenía usted admirablemente preparado el terreno para componer
una obra de largo aliento. ¡Qué lastima!
Al oir esto, no sé qué pasó por mí. Puesto que debo hacer confesión
franca de mis impresiones, aunque me sean desfavorables, me veo
precisado a decir que el dictamen de persona tan perita me desconcertó,
de modo que en mucho tiempo no acerté á decir palabra. Sirva el rubor
con que lo confieso de expiación á mi singular audacia y á la petulante
idea de convocar tan esclarecido jurado, para dar á conocer uno de los
más ridículos abortos que de mente humana han podido salir. Al fin me
serené, gracias á algunas frases bondadosas del siempre magnífico Duque,
y haciendo un esfuerzo, respondí á la poetisa:
«Y dado el principio de la novela; dados los dos personajes, la
buhardilla, el cierro y lo demás, ¿qué discurría usted? ¿Cómo
desarrollaría la acción? (Inútil es decir que al hacer estas preguntas
sólo me guiaba el deseo de aprender, apoderándome de las recetas que
para componer sus artificios literarios usaba aquella incomparable
sibila.)
--¡Oh! ¿Qué haría yo, dice usted?--repuso acercándose á mí con tal
violencia, que pensé que me iba á saltar los ojos con su nariz,--qué
haría yo? Seguramente había de _tirar_ mucho partido de esos elementos.
Supongamos que soy la autora: ese joven pobre es muy hermoso, es moreno
é interesante, un tipo meridional, tórrido, un hijo del desierto. Desde
su ventana mira constantemente á la joven, y pasa la noche oyendo el
triste mayar de los tigres (así llamaremos por ahora á los gatos, hasta
encontrar otro animal más poético), y desde allí se aniquila en el loco
amor que le inspira aquella dama misteriosa, misteriooooosa... ¿Qué
haré? ¡Dios mío! Primero describiría á la dama muy poética...
ticamente, muy lánguida, con cabellos rubios, muy rubios y flotantes, y
una cintura así.... (Al decir esto, hizo un ademán usual, determinando
con los dedos pulgar é índice de ambas manos un circulo no más grande
que la periferia de una cebolla.) La pintaría muy triste, vestida
siempre de blanco, apoyada día y noche en el barandal, la mano en la
mejilla, y contemplando la enredadera que, trepando como vegetal
lagartija por los balcones, hasta sus mismos hombros llegaba.
--Le advierto á usted--dije con timidez--que yo no he puesto jardín,
sino calle.
--No importa--respondió;--yo quito la calle y pongo pensiles. Continúo:
la supondría siempre muy triste, y de vez en cuando una lágrima
_asomaba_ á sus ojos azules, semejando errante gota de rocío que se
detiene á descansar en el cáliz de un jacinto. El joven mira á la dama;
la dama no mira al joven. ¿Quién es aquella dama? ¿Es una esposa
víctima, una hija mártir, una doncella pura, lanzada al torbellino de la
sociedad por la furia de las pasiones? ¿Ama ó aborrece? ¿Espera ó teme?
¡Ah! Esto es lo que yo me guardaría muy bien de decir hasta el capítulo
trigésimo, donde pondría el gran _golge teatral_ de la obra. Veamos cómo
desarrollaría la acción para lograr que se vieran y se conocieran los
dos personajes. Un día la dama llora más que nunca, y mira más fijamente
al jardín; su vestido es más blanco que nunca, y más rubios que nunca
sus cabellos. Un pajarito que juguetea entre las matas viene á apoyarse
en la enredadera, junto á la mano de la dama, y como al ver la yema del
dedo gordo crea que es una cereza, la pica. La joven da un grito, y en
el mismo momento el pajarillo _se salva_ asustado, remonta el vuelo, y
va á posarse en la buhardilla de enfrente. La dama alza la vista
siguiendo al diminuto volátil, y ve... ¿á quién creeréis que ve? Al
joven que ha estado doce capítulos comiéndosela con los ojos sin que
ésta se dignara mirarle. Desde entonces, una corriente eléctrica se
establece entre los dos amantes. ¡Se habían contemplado! ¡Ay!»
Al llegar aquí, volvíme casualmente hacia el Duque de Cantarranas:
estaba pálido de emoción, una _lágrima se asomaba_ á sus ojos verdes,
semejando viajera gota de rocío que se detiene á reposar en el cáliz de
una lechuga. Sentíame yo confundido, anonadado ante la pasmosa
inventiva, la originalidad, el ingenio de aquella mujer, junto á quien
las Safos y Staëlas eran literatas de tres al cuarto. De los demás
personajes de mi auditorio, nada diré todavía.
«¡Bravo, soberbio!--exclamó Cantarranas aplaudiendo con fuerza y
entusiasmándose, de tal modo, que se le saltó el mal pegado botón de la
camisa, y las puntas del cuello postizo quedaron en el aire.»
--¿Le gusta á usted mi pensamiento?--preguntó la poetisa. Esto es el
_canevas_ tan sólo; después viene el estilo y....
--Me entusiasma la idea--repliqué, apuntando con lápiz lo que ella con
el mágico pincel de su fantasía dibujara.
--Ese es el camino que usted debe seguir añadió, dando á Cantarranas un
alfiler para que afirmase el cuello.
--¡Oh! el recurso del pajarillo es encantador.
--El pajarillo--dijo Cantarranas--debe ser el intermediario entre la
dama blanca y el joven meridional.
--Pues yo continuaría desarrollando la acción del modo
siguiente--prosiguió ella.--Veamos: el joven tomó el pajarillo con sus
delicados dedos y dándole algunas miguitas de pan, le alimentó varios
días, consiguiendo domesticarle á fuerza de paciencia. Verá usted qué
raro: le tenía suelto en el cuarto sin que intentara evadirse. Un día le
ató un hilito en la pata y le echó á volar; el pájaro fué á posarse al
balcón en donde estaba la dama, que le acarició mucho y le obsequió con
migajitas de bizcocho mojadas en leche. Volvió después á la buhardilla;
el joven le puso un billete atado al cuello, y el ave se lo llevó á la
dama. Así se estableció una rápida, apasionada y volátil
correspondencia, que duró tres meses. Aquí copiaría yo la
correspondencia, que ocuparía medio libro, de lo más delicado y
elegante. Él empezaba diciendo: «Ignorada señora: Los alados caracteres
que le envío á usted, le dirán, etc...» Y ella contestaría:
«Desconocido caballero: Con rubor y sobresalto he leído su epístola y
mentiría si no le asegurara que desde luego he creído encontrar un leal
amigo, un amigo nada más...» Por esto de los amigos nada más se
empieza. Así se prepara al lector á los grandes aspavientos amorosos que
han de venir después.
--¡Qué ternura, qué suavidad, qué delicadeza!--dijo el Duque en el colmo
de la admiración!
--Acepto el pensamiento--manifesté, anotando todo aquel discreto
artificio para encajarlo después en mi obra como mejor me conviniese.
Después que la poetisa hubo mostrado en todo su esplendor, adornándole
con las galanuras del estilo, su incomparable ingenio; después que me
dejó corrido y vergonzoso por la diferencia que resultaba entre su
inventiva maravillosa y el seco, estéril y encanijado parto de mi
caletre, ¿cómo había de atreverme á continuar leyendo? Ni á dos tirones
me harían despegar los labios; y allí mismo hubiera roto el manuscrito,
si el Duque, que era la misma benevolencia, no me obligase á proseguir,
con ruegos y cortesanías, que vencieron mi modestia y trocaron en valor
mis fundados temores. Busqué, pues, en mi manuscrito el punto donde
había quedado, y leí lo siguiente:
«El joven Alejo era pobre, muy pobre. (Bien--dijo la poetisa.) Sus
padres habían muerto hacía algunos años, y sólo con lo que le pasaba una
tía suya, residente en Alicante, vivía, si vivir era aquello. La mala
sopa y el peor cocido con que Doña Antonia de Trastamara y Peransúrez le
alimentaba eran tales, que no bastarían para mantener en pie á un
cartujo. Y aún así, Doña Antonia de Trastamara y Peransúrez, tan noble
de apellido como fea de catadura, solía quejarse de que el huésped no
pagaba; horrible acusación que hiela la sangre en las venas, pero que es
cierta. (La poetisa articuló una censura que me resonó en el corazón
como un eco siniestro.) Así es que con los doscientos reales que de
Alicante venían, el pobre no tenía más que para palillos que era, en
verdad, la cosa que menos necesitara. Luego las deudas se lo comían, y
no podía echarse á la calle sin ver salir de cada adoquín un acreedor.
Como era miope, las monedas falsas parece que le buscaban. ¡Singular
atracción del bolsillo raras veces ocupado! En cuanto á distracciones,
no tenía, aparte la dama citada, sino las murgas que en bandadas venían
todas las noches, por entretener á la gente colgada de los balcones.
--¡Ay! ¡ay!--observó la poetisa;--eso de las murgas es deplorable. Ya ha
vuelto usted á caer en la sentina.»
Al oir esto, otro de los personajes que me escuchaban rompió por primera
vez su silencio, y con atronadora voz, dando en la mesa un puñetazo que
nos asustó á todos, dijo:
«No está sino muy bien, magnífico, sorprendente. Pues qué, ¿todo ha de
ser lloriqueos, blanduras, dengues, melosidades y tonterías? ¿Se escribe
para doncellas de labor y viejas verdes, ó para hombres formales y
gentes de sentido común?»
Quien así hablaba era la tercera eminencia que componía el jurado, y me
parece llegada la ocasión de describirlo.