Estaba el hombre fuera de sí, delirante; y sin echar de ver que la vieja
se había largado á buen paso de la habitación, siguió hablando como si
delante la tuviera. «Espantajo, madre de las telarañas, si te cojo,
verás.... ¡Desacreditarme así!» Iba de una parte á otra en la estrecha
alcoba, y de ésta al gabinete, cual si le persiguieran sombras; daba
cabezadas contra la pared, algunas tan fuertes que resonaban en toda la
casa.
Caía la tarde, y la obscuridad reinaba ya en torno del infeliz tacaño,
cuando éste oyó claro y distinto el grito de pavo real que Valentín daba
en el paroxismo de su altísima fiebre. «¡Y decían que estaba mejor!...
Hijo de mi alma.... Nos han vendido, nos han engañado.»
Rufina entró llorando en la estancia de la fiera, y le dijo: «¡Ay, papá,
qué malito se ha puesto; pero qué malito!
--¡Ese trasto de Quevedo!--gritó Torquemada llevándose un puño á la boca
y mordiéndoselo con rabia.--Le voy á sacar las entrañas.... Él nos le ha
matado.
--Papá, por Dios, no seas así.... No te rebeles contra la voluntad de
Dios.... Si Él lo dispone....
--Yo no me rebelo, ¡puñales! yo no me rebelo. Es que no quiero, no
quiero dar á mi hijo, porque es mío, sangre de mi sangre y hueso de mis
huesos....
--Resígnate, resígnate, y tengamos conformidad--exclamó la hija, hecha
un mar de lágrimas.
--No puedo, no me da la gana de resignarme. Esto es un robo.... Envidia,
pura envidia. ¿Qué tiene que hacer Valentín en el cielo? Nada, digan lo
que dijeren; pero nada.... Dios, ¡cuánta mentira, cuánto embuste! Que si
cielo, que si infierno, que si Dios, que si diablo, que si... tres mil
rábanos. ¡Y la muerte, esa muy pindonga de la muerte, que no se acuerda
de tanto pillo, de tanto farsante, de tanto imbécil, y se le antoja mi
niño, por ser lo mejor que hay en el mundo!... Todo está mal, y el mundo
es un asco, una grandísima porquería.»
Rufina se fue y entró Bailón, trayéndose una cara muy compungida. Venía
de ver al enfermito, que estaba ya agonizando, rodeado de algunas
vecinas y amigos de la casa. Disponíase el clerizonte a confortar al
afligido padre en aquel trance doloroso, y empezó por darle un abrazo,
diciéndole con empañada voz: «Valor, amigo mío, valor. En estos casos se
conocen las almas fuertes. Acuérdese usted de aquel gran filósofo que
expiró en una cruz dejando consagrados los principios de la Humanidad.
--¡Qué principios ni qué...! ¿quiere usted marcharse de aquí, so
chinche?... Vaya que es de lo más pelmazo y cargante y apestoso que he
visto. Siempre que estoy angustiado me sale con esos retruécanos.
--Amigo mío, mucha calma. Ante los designios de la Naturaleza, de la
Humanidad, del gran Todo, ¿qué puede el hombre? ¡El hombre! esa hormiga,
menos aún, esa pulga... todavía mucho menos.
--Ese coquito... menos aún, ese... ¡puñales!--agregó Torquemada con
sarcasmo horrible, remedando la voz de la sibila y enarbolando después
el puño cerrado.--Si no se calla le rompo la cara.... Lo mismo me da á
mí el grandísimo todo que la grandísima nada y el muy piojoso que la
inventó. Déjeme, suélteme, por la condenada alma de su madre, ó....»
Entró Rufina otra vez, traída por dos amigas suyas, para apartarla del
tristísimo espectáculo de la alcoba. La pobre joven no podía sostenerse.
Cayó de rodillas exhalando gemidos, y al ver á su padre forcejeando con
Bailón, le dijo: «Papá, por Dios, no te pongas así. Resígnate... yo
estoy resignada, ¿no me ves?... El pobrecito... cuando yo entré...
tuvo un instante ¡ay! en que recobró el conocimiento. Habló con voz
clara, y dijo que veía á los ángeles que le estaban llamando.
--¡Hijo de mi alma, hijo de mi vida!--gritó Torquemada con toda la
fuerza de sus pulmones, hecho un salvaje, un demente--no vayas, no hagas
caso; que esos son unos pillos que te quieren engañar.... Quédate con
nosotros....»
Dicho esto, cayó redondo al suelo, estiró una pierna, contrajo la otra y
un brazo. Bailón, con toda su fuerza no podía sujetarle, pues
desarrollaba un vigor muscular inverosímil. Al propio tiempo soltaba de
su fruncida boca un rugido feroz y espumarajos. Las contracciones de las
extremidades y el pataleo eran en verdad horrible espectáculo: se
clavaba las uñas en el cuello hasta hacerse sangre. Así estuvo largo
rato, sujetado por Bailón y el carnicero, mientras Rufina, transida de
dolor, pero en sus cinco sentidos, era consolada y atendida por
Quevedito y el fotógrafo. Llenóse la casa de vecinos y amigos, que en
tales trances suelen acudir compadecidos y serviciales. Por fin tuvo
término el patatús de Torquemada, y caído en profundo sopor que á la
misma muerte, por lo quieto, se asemejaba, le cargaron entre cuatro y le
arrojaron en su lecho. La tía Roma, por acuerdo de Quevedito, le daba
friegas con un cepillo, rasca que te rasca, como si le estuviera sacando
lustre.
Valentín había espirado ya. Su hermana, que quieras que no, allá se
fué, le dió mil besos, y, ayudada de las amigas, se dispuso á cumplir
los últimos deberes con el pobre niño. Era valiente, mucho más valiente
que su padre, el cual cuando volvió en sí de aquel tremendo sincope, y
pudo enterarse de la completa extinción de sus esperanzas, cayó en
profundísimo abatimiento físico y moral. Lloraba en silencio, y daba
unos suspiros que se oían en toda la casa. Transcurrido un buen rato,
pidió que le llevaran café con media tostada, porque sentía debilidad
horrible. La pérdida absoluta de la esperanza le trajo la sedación
nerviosa, y la sedación, estímulos apremiantes de reparar el fatigado
organismo. Á media noche fué preciso administrarle un substancioso
potingue, que fabricaron la hermana del fotógrafo de arriba y la mujer
del carnicero de abajo, con huevos, Jerez y caldo de puchero. «No sé qué
me pasa--decía el _Peor_;--pero ello es que parece que se me quiere ir
la vida.» El suspirar hondo y el llanto comprimido le duraron hasta
cerca del día, hora en que fué atacado de un nuevo paroxismo de dolor,
diciendo que quería ver á su hijo; _resucitarle, costara lo que
costase_, é intentaba salirse del lecho, contra los combinados esfuerzos
de Bailón, del carnicero y de los demás amigos que contenerle y calmarle
querían. Por fin lograron que se estuviera quieto, resultado en que no
tuvieron poca parte las filosóficas amonestaciones del clerigucho, y
las sabias cosas que echó por aquella boca el carnicero, hombre de pocas
letras, pero muy buen cristiano. «Tienen razón--dijo D. Francisco,
agobiado y sin aliento.--¿Qué remedio queda más que conformarse?
¡Conformarse! Es un viaje para el que no se necesitan alforjas. Vean de
qué le vale á uno ser más bueno que el pan, y sacrificarse por los
desgraciados, y hacer bien á los que no nos pueden ver ni en pintura....
Total, que lo que pensaba emplear en favorecer á cuatro pillos... ¡mal
empleado dinero, que había de ir á parar á las tabernas, á los garitos y
á las casas de empeño!... digo que esos dinerales los voy á gastar en
hacerle á mi hijo del alma, á esa gloria, á ese prodigio que no parecía
de este mundo, el entierro más lucido que en Madrid se ha visto. ¡Ah,
qué hijo! ¿No es dolor que me le hayan quitado? Aquello no era hijo: era
un diosecito que engendramos á medias el Padre Eterno y yo.... ¿No creen
ustedes que debo hacerle un entierro magnífico? Ea, ya es de día. Que me
traigan muestras de carros fúnebres... y vengan papeleta negras para
convidar á todos los profesores.»
Con estos proyectos de vanidad, excitóse el hombre, y á eso de las nueve
de la mañana, levantado y vestido, daba sus disposiciones con aplomo y
serenidad. Almorzó bien, recibía cuantos amigos llegaban á verle, y á
todos les endilgaba la consabida historia: «Conformidad.... ¡Qué le hemos
de hacer!... Está visto: lo mismo da que usted se vuelva santo, que se
vuelva usted Judas, para el caso de que le escuchen y le tengan
misericordia.... ¡Ah, misericordia!... Lindo anzuelo sin cebo para que
se lo traguen los tontos.»
Y se hizo el lujoso entierro, y acudió á él mucha y lucida gente, lo que
fué para Torquemada motivo de satisfacción y orgullo, único bálsamo de
su hondísima pena. Aquella lúgubre tarde, después que se llevaron el
cadáver del admirable niño, ocurrieron en la casa escenas lastimosas.
Rufina, que iba y venía sin consuelo, vió á su padre salir del comedor
con todo el bigote blanco, y se espantó creyendo que en un instante se
había llenado de canas. Lo ocurrido fué lo siguiente: fuera de sí, y
acometido de un espasmo de tribulación, el inconsolable padre fué al
comedor y descolgó el encerado en que estaban aún escritos los problemas
matemáticos, y tomándolo por retrato, que fielmente le reproducía las
facciones del adorado hijo, estuvo larguísimo rato dando besos sobre la
fría tela negra, y estrujándose la cara contra ella, con lo que la tiza
se le pegó al bigote mojado de lágrimas, y el infeliz usurero parecía
haber envejecido súbitamente. Todos los presentes se maravillaron de
esto, y hasta se echaron á llorar. Llevóse D. Francisco á su cuarto el
encerado, y encargó á un dorador un marco de todo lujo para ponérselo, y
colgarlo en el mejor sitio de aquella estancia.
Al día siguiente, el hombre fue acometido, desde que abrió los ojos, de
la fiebre de los negocios terrenos. Como la señorita había quedado muy
quebrantada por los insomnios y el dolor, no podía atender á las cosas
de la casa: la asistenta y la incansable tía Roma la sustituyeron hasta
donde sustituirla era posible. Y he aquí que cuando la tía Roma entró á
llevarle el chocolate al gran inquisidor, ya estaba éste en planta,
sentado á la mesa de su despacho, escribiendo números con mano febril. Y
como la bruja aquélla tenía tanta confianza con el señor de la casa,
permitiéndose tratarle como á igual, se llegó á él, le puso sobre el
hombro su descarnada y fría mano, y le dijo: «Nunca aprende... Ya está
otra vez preparando los trastos de ahorcar. Mala muerte va usted á
tener, condenado de Dios, si no se enmienda.» Y Torquemada arrojó sobre
ella una mirada que resultaba enteramente amarilla, por ser en él de
este color lo que en los demás humanos ojos es blanco, y le respondió de
esta manera: «Yo hago lo que me da mi santísima gana, so mamarracho,
vieja más vieja que la Biblia. Lucido estaría si consultara con tu
necedad lo que debo hacer.» Contemplando un momento el encerado de las
matemáticas, exhaló un suspiro y prosiguió así: «Si preparo los
trastos, eso no es cuenta tuya ni de nadie, que yo me sé cuanto hay que
saber de tejas abajo y aun de tejas arriba, ¡puñales! Ya sé que me vas á
salir con el materialismo de la misericordia.... A eso te respondo que
si buenos memoriales eché, buenas y gordas calabazas me dieron. La
misericordia que yo tenga, ¡...ñales! que me la claven en la frente.»
Madrid, Febrero de 1889.