VIII

Al ver el dinero, Isidora casi lloraba de gusto, y el enfermo se animó

tanto que parecía haber recobrado la salud. ¡Pobrecillos, estaban tan

mal, habían pasado tan horribles escaseces y miserias! Dos años antes se

conocieron en casa de un prestamista que á entrambos les desollaba

vivos. Se confiaron su situación respectiva, se compadecieron y se

amaron: aquella misma noche durmió Isidora en el estudio. El desgraciado

artista y la mujer perdida hicieron el pacto de fundir sus miserias en

una sola, y de ahogar sus penas en el dulce licor de una confianza

enteramente conyugal. El amor les hizo llevadera la desgracia. Se

casaron en el ara del amancebamiento, y á los dos dias de unión se

querían de veras y hallábanse dispuestos á morirse juntos y á partir lo

poco bueno y lo mucho malo que la vida pudiera traerles. Lucharon contra

la pobreza, contra la usura, y sucumbieron sin dejar de quererse: él

siempre amante, solícita y cariñosa ella; ejemplo ambos de abnegación,

de esas altas virtudes que se esconden avergonzadas para que no las vean

la ley y la religión, como el noble haraposo se esconde de sus iguales

bien vestidos.

Volvió á abrazarles Torquemada, diciéndoles con melosa voz: «Hijos míos,

sed buenos y que os aproveche el ejemplo que os doy. Favoreced al pobre,

amad al prójimo, y así como yo os he compadecido, compadecedme á mí,

porque soy muy desgraciado.

--Ya sé--dijo Isidora, desprendiéndose de los brazos del avaro,--que

tiene usted al niño malo. ¡Pobrecito! Verá usted cómo se le pone bueno

ahora....

--¡Ahora! ¿Por qué ahora?--preguntó Torquemada con ansiedad muy viva.

--Pues... qué sé yo.... Me parece que Dios le ha de favorecer, le ha de

premiar sus buenas obras....

--¡Oh! si mi hijo se muere--afirmó D. Francisco con desesperación,--no

sé qué va á ser de mí.

--No hay que hablar de morirse--gritó el enfermo, á quien la posesión de

los santos cuartos había despabilado y excitado cual si fuera una toma

del estimulante más enérgico.--¿Qué es eso de morirse? Aquí no se muere

nadie. D. Francisco, el niño no se muere. Pues no faltaba mas. ¿Qué

tiene? ¿Meningitis? Yo tuve una muy fuerte á los diez años; y ya me

daban por muerto, cuando entré en reacción, y viví y aquí me tiene usted

dispuesto á llegar á viejo, y llegaré, porque lo que es el catarro,

ahora lo largo. Vivirá el niño, D. Francisco, no tenga duda; vivirá.

--Vivirá--repitió Isidora:--yo se lo voy á pedir á la Virgencita del

Carmen.

--Sí, hija, á la Virgen del Carmen--dijo Torquemada llevándose el

pañuelo á los ojos.--Me parece muy bien. Cada uno empuje por su lado, á

ver si entre todos...»

El artista, loco de contento, quería comunicárselo al atribulado padre,

y medio se echó de la cama para decirle: «D. Francisco, no llore, que el

chico vive.... Me lo dice el corazón, me lo dice una voz secreta....

Viviremos todos y seremos felices.

--¡Ay, hijo de mi alma!--exclamó el _Peor_; y abrazándole otra

vez:--Dios le oiga á usted. ¡Qué consuelo tan grande me da!

--También usted nos ha consolado á nosotros. Dios se lo tiene que

premiar. Viviremos, sí, sí. Mire, mire: el día en que yo pueda salir,

nos vamos todos al campo, el niño también, de merienda. Isidora nos hará

la comida, y pasaremos un día muy agrabable, celebrando nuestro

restablecimiento.

--Iremos, iremos--dijo el tacaño con efusión, olvidándose de lo que

antes había pensado respecto al _campo_ á que iría Martín muy

pronto.--Sí, y nos divertiremos mucho, y daremos limosnas á todos los

pobres que nos salgan.... ¡Qué alivio siento en mi interior desde que

he hecho ese beneficio!... No, no me lo alaben.... Pues verán: se me

ocurre que aún les puedo hacer otro mucho mayor.

¿Cuál?... A ver, D. Francisquito.

--Pues se me ha ocurrido... no es idea de ahora, que la tengo hace

tiempo.... Se me ha ocurrido que si la Isidora conserva los papales de

su herencia y sucesión de la casa de Aransis, hemos de intentar sacar

eso....»

Isidora le miró entre aturdida y asombrada «¿Otra vez eso?» fué lo único

que dijo.

«Sí, sí, tiene razón D. Francisco--afirmó el pobre tisico, que estaba de

buenas, entregándose con embriaguez á un loco optimismo.--Se

intentará.... Eso no puede quedar asi.

--Tengo el recelo--añadió Torquemada,--de que los que intervinieron en

la acción la otra vez no anduvieron muy listos, ó se vendieron a la

Marquesa vieja.... Lo hemos de ver, lo hemos de ver.

--En cuantito que yo suelte el catarro. Isidora; mi ropa; ve al momento

á traer mi ropa, que me quiero levantar.... ¡Qué bien me siento ahora!

Me dan ganas de ponerme á pintar, D. Francisco. En cuanto el niño se

levante de la cama quiero hacerle el retrato.

--Gracias, gracia... sois muy buenos... los tres somos muy buenos,

¿verdad? Venga un abrazo, y pedid a Dios por mí. Tengo que irme, porque

estoy con una zozobra que no puedo vivir.

--Nada, nada, que el niño está mejor, que se salva--repitió el artista

cada vez más exaltado.--Si le estoy viendo, si no me puedo equivocar.»

Isidora se dispuso á salir, con parte del dinero, camino de la casa de

préstamos; pero al pobre artista le acometió la tos y disnea con mayor

fuerza y tuvo que quedarse. D. Francisco se despidió con las expresiones

más cariñosas que sabía y cogiendo los cuadritos salió con ellos debajo

de la capa. Por la escalera iba diciendo: «¡Vaya, que es bueno ser

bueno!... ¡Siento en mi interior una cosa, un consuelo...! ¡Si tendrá

razón Martín! ¡Si se me pondrá bueno aquel pedazo de mi vida!... Vamos

corriendo allá. No me fío, no me fío. Este botarate tiene las ilusiones

de los tísicos en último grado. Pero ¡quién sabe! se engaña de seguro

respecto á sí mismo, y acierta en lo demás. A donde él va pronto es al

nicho.... Pero los moribundos suelen tener doble vista, y puede que haya

_visto_ la mejoría de Valentín... voy corriendo, corriendo. ¡Cuánto me

estorban estos malditos cuadros! ¡No dirán ahora que soy tirano y judío,

pues rasgos de estos entran pocos en libra!... No me dirán que me cobro

en pinturas, pues por estos apuntes, en venta, no me darían ni la mitad

de lo que yo dí. Verdad que si se muere valdrán más, porque aquí,

cuando un artista está vivo, nadie le hace maldito caso, y en cuanto se

muere de miseria ó de cansancio, le ponen en las nubes, le llaman genio

y qué sé yo qué... Me parece que no llego nunca á mi casa. ¡Qué lejos

está, estando tan cerca!»

Subió de tres en tres peldaños la escalera de su casa, y le abrió la

puerta la tía Roma, disparándole á boca de jarro estas palabras: «Señor,

el niño parece que está un poquito más tranquilo.» Oirlo D. Francisco y

soltar los cuadros y abrazar á la vieja, fué todo uno. La trapera

lloraba, y el _Peor_ le dió tres besos en la frente. Después fué

derechito á la alcoba del enfermo y miró desde la puerta. Rufina se

abalanzó hacia él para decirle: «Está desde mediodía más sosegado...

¿Ves? Parece que duerme el pobre ángel. Quién sabe. Puede que se salve.

Pero no me atrevo á tener esperanzas, no sea que las perdamos esta

tarde.

Torquemada no cabía en sí de sobresalto y ansiedad. Estaba el hombre con

los nervios tirantes, sin poder permanecer quieto ni un momento, tan

pronto con ganas de echarse á llorar como de soltar la risa. Iba y venía

del comedor á la puerta de la alcoba, de ésta á su despacho, y del

despacho al gabinete. En una de estas volteretas, llamó á la tía Roma, y

metiéndose con ella en la alcoba la hizo sentar, y le dijo:

--Tía Roma, ¿crees tú que se salva el niño?

--Señor, será lo que Dios quiera, y nada más. Yo se lo he pedido anoche

y esta mañana á la Virgen del Carmen, con tanta devoción que más no

puede ser, llorando á moco y baba. ¿No me ve cómo tengo los ojos?

--¿Y crees tú...?

--Yo tengo esperanza, señor. Mientras no sea cadáver, esperanzas ha de

haber, aunque digan los médicos lo que dijeren. Si la Virgen lo manda,

los médicos se van á hacer puñales.... Otra: anoche me quedé dormida

rezando, y me pareció que la Virgen bajaba hasta delantito de mí, y que

me decía que sí con la cabeza... Otra: ¿no ha rezado usted?

--Sí, mujer; ¡qué preguntas haces! Voy á decirte una cosa importante.

Verás.»

Abrió un vargueño, en cuyos cajoncillos guardaba papeles y alhajas de

gran valor que habían ido á sus manos en garantía de préstamos

usurarios: algunas no eran todavía suyas; otras, sí. Un rato estuvo

abriendo estuches, y á la tía Roma, que jamás había visto cosa

semejante, se le encandilaban los ojos de pez con los resplandores que

de las cajas salían. Eran, según ella, esmeraldas como nueces, diamantes

que arrojaban pálidos rayos, rubíes como pepitas de granada, y oro

finísimo, oro de la mejor ley, que valía cientos de miles....

Torquemada, después de abrir y cerrar estuches, encontró lo que

buscaba: una perla enorme, del tamaño de una avellana, de hermosísimo

oriente; y cogiéndola entre los dedos, la mostró á la vieja.

«¿Qué te parece esta perla, tía Roma?»

--Bonita de veras. Yo no lo entiendo. Valdrá miles de millones. ¿Verdá

usté?

--Pues esta perla--dijo Torquemada en tono triunfal,--es para la señora

Virgen del Carmen. Para ella es, si pone bueno á mi hijo. Te la enseño,

y pongo en tu conocimiento la intención, para que se lo digas. Si se lo

digo yo, de seguro no me lo cree.

--D. Francisco (mirándole con profunda lástima), usted está malo de la

jícara. Dígame, por su vida, ¿para qué quiere ese requilorio la Virgen

del Carmen?

--Toma, para que se lo pongan el día de su santo, el 16 de Julio. ¡Pues

no estará poco maja con esto! Fué regalo de boda de la excelentísima

señora Marquesa de Tellería. Créelo, como ésta hay pocas.

--Pero, D. Francisco, ¡usted piensa que la Virgen le va á conceder...!

paice bobo... ¡por ese piazo de cualquier cosa!

--Mira qué oriente. Se puede hacer un alfiler y ponérselo a ella en el

pecho, o al Niño.

--¡Un rayo! ¡Valiente caso hace la Virgen de perlas y pindonguerías!...

Créame á mí: véndala y dele á los pobres el dinero.

Mira tú, no es mala idea--dijo el tacaño guardando la joya.--Tú sabes

mucho. Seguiré tu consejo, aunque, si he de serte franco, eso de dar á

los pobres viene á ser una tontería, porque cuanto les das se lo gastan

en aguardiente. Pero ya lo arreglaremos de modo que el dinero de la

perla no vaya á parar á las tabernas... Y ahora quiero hablarte de otra

cosa. Pon muchísima atención: ¿te acuerdas de cuando mi hija, paseando

una tarde por las afueras con Quevedo y las de Morejón, fué á dar allá,

por donde tú vives, hacia los Tejares del Aragonés, y entró en tu choza

y vino contándome, horrorizada, la pobreza y escasez que allí vió? ¿Te

acuerdas de eso? Contóme Rufina que tu vivienda es un cubil, una

inmundicia hecha con adobes, tablas viejas y planchas de hierro, el

techo de paja y tierra; me dijo que ni tú ni tus nietos tenéis cama, y

dormís sobre un montón de trapos; que los cerdos y las gallinas que

criáis con la basura son allí las personas; y vosotros los animales. Sí:

Rufina me contó esto, y yo debí tenerte lástima y no te la tuve. Debí

regalarte una cama, pues nos has servido bien, querías mucho á mi mujer,

quieres á mis hijos, y en tantos años que entras aquí jamás nos has

robado ni el valor de un triste clavo. Pues bien: si entonces no se me

pasó por la cabeza socorrerte, ahora sí.»

Diciendo esto, se aproximó al lecho y dió en él un fuerte palmetazo con

ambas manos, como el que se suele dar para sacudir los colchones al

hacer las camas.

«Tía Roma, ven acá, toca aquí. Mira qué blandura. ¿Ves este colchón de

lana encima de un colchón de muelles? Pues es para tí, para ti, para que

descanses tus huesos duros y te espatarres á tus anchas.»

Esperaba el tacaño una explosión de gratitud por dádiva tan espléndida,

y ya le parecía estar oyendo las bendiciones de la tía Roma, cuando ésta

salió por un registro muy diferente. Su cara telarañosa se dilató, y de

aquellas úlceras con vista que se abrían en el lugar de los ojos, salió

un resplandor de azoramiento y susto, mientras volvía la espalda al

lecho, dirigiéndose hacia la puerta.

«Quite, quite allá--dijo:--vaya con lo que se le ocurre... ¡Darme á mí

los colchones, que ni tan siquiera caben por la puerta de mi casa!... Y

aunque cupieran... ¡rayo! A cuenta que he vivido tantismos años

durmiendo en duro como una reina, y en estas blanduras no pegaría los

ojos. Dios me libre de tenderme ahí. ¿Sabe lo que le digo? Que quiero

morirme en paz. Cuando venga la de la cara fea me encontrará sin una

mota, pero con la conciencia como los chorros de la plata. No, no quiero

los colchones, que dentro de ellos está su idea... porque aquí duerme

usted, y por la noche, cuando se pone á cavilar, las ideas se meten por

la tela adentro y por los muelles, y ahí estarán como las chinches

cuando no hay limpieza. ¡Rayo con el hombre, y la que me quería

encajar!...

Accionaba la viejecilla de una manera gráfica, expresando tan bien, con

el mover de las manos y de los flexibles dedos, cómo la cama del tacaño

se contaminaba de sus ruines pensamientos, que Torquemada la oía con

verdadero furor, asombrado de tanta ingratitud; pero ella, firme y

arisca, continuó despreciando el regalo: «Pos vaya un premio gordo que

me caía, Santo Dios... ¡Pa que yo durmiera en eso! Ni que estuviera

boba, D. Francisco. ¡Pa que á media noche me salga toda la gusanera de

las ideas de usted, y se me meta por los oídos y por los ojos,

volviéndome loca y dándome una mala muerte...! Porque, bien lo sé yo...

á mí no me la da usted.... ahí dentro, ahí dentro, están todos sus

pecados, la guerra que le hace al pobre, su tacañería, los réditos que

mama, y todos los números que le andan por la sesera para ajuntar

dinero.... Si yo me durmiera ahí, á la hora de la muerte me saldrían por

un lado y por otro unos sapos con la boca muy grande, unos culebrones

asquerosos que se me enroscarían en el cuerpo, unos diablos muy feos con

bigotazos y con orejas de murciélago, y me cogerían entre todos para

llevarme á rastras á los infiernos. Váyase al rayo, y guárdese sus

colchones, que yo tengo un camastro hecho de sacos de trapo, con una

manta por encima, que es la gloria divina.... Ya lo quisiera usted....

Aquéllo sí que es rico para dormir á pierna suelta....

--Pues dámelo, dámelo, tía Roma--dijo el avaro con aflicción.--Si mi

hijo se salva, me comprometo á dormir en él lo que me queda de vida, y á

no comer más que las bazofias que tú comes.

--A buenas horas y con sol. Usted quiere ahora poner un puño en el

cielo. ¡Ay, señor, á cada paje su ropaje! A usted le sienta eso como á

la burra las arracadas. Y todo ello es porque está afligido; pero si se

pone bueno el niño, volverá usted á ser más malo que Holofernes. Mire

que ya va para viejo; mire que el mejor día se pone delante la de la

cara pelada, y a ésta sí que no le da usted el timo.

--¿Pero de dónde sacas tú, estampa de la sura--replicó Torquemada con

ira, agarrándola por el pescuezo y sacudiéndola,--de dónde sacás tú que

yo soy malo, ni lo he sido nunca?

--Déjeme, suélteme, no me menée, que no soy ninguna pandereta. Mire que

soy más vieja que Jerusalén y he visto mucho mundo y le conozco a usted

desde que se quiso casar con la Silvia. Y bien le aconsejé á ella que

no se casara... y le anuncié las hambres que había de pasar. Ahora que

está rico no se acuerda de cuando empezaba á ganarlo. Yo sí me acuerdo,

y me paice que fué ayer cuando le contaba los garbanzos á la cuitada de

Silvia y todo lo tenía usted bajo llave, y la pobre estaba descomida,

trashijada y ladrando de hambre. Como que si no es por mí, que le traía

algún huevo de ocultis, se hubiera muerto cien veces. ¿Se acuerda de

cuando se levantaba usted á media noche para registrar la cocina á ver

si descubría algo de condumio, que la Silvia hubiera escondido para

comérselo sola? ¿Se acuerda de cuando encontró un pedazo de jamón en

dulce y un medio pastel que me dieron á mí en cas de la Marquesa, y que

yo le traje á la Silvia para que se lo zampara ella sola, sin darle á

usted ni tanto así? ¿Recuerda que al otro día estaba usted hecho un

león, y que cuando entré me tiró al suelo y me estuvo pateando? Y yo no

me enfadé, y volví, y todos los días le traía algo á la Silvia. Como

usted era el que iba á la compra, no le podíamos sisar, y la infeliz no

tenía una triste chambra que ponerse. Era una mártira, D. Francisco, una

mártira; ¡y usted guardando el dinero y dándolo á peseta por duro al

mes! Y mientre tanto, no comían más que mojama cruda con pan seco y

ensalada. Gracias que yo partía con ustedes lo que me daban en las casas

ricas, y una noche, ¿se acuerda? traje un hueso de jabalí que lo estuvo

usted echando en el puchero seis días seguidos, hasta que se quedó mas

seco que su alma puñalera. Yo no tenía obligación de traer nada: lo

hacía por la Silvia, á quien cogí en brazos cuando nació de señá

Rufinica, la del callejón del Perro. Y lo que á usted le ponía furioso

era que yo le guardase las cosas á ella y no se las diera á usted, ¡un

rayo! Como si tuviera yo obligación de llenarle á usted el buche, perro,

más que perro.... Y dígame ahora, ¿me ha dado alguna vez el valor de un

real? Ella sí me daba lo que podía, á la chita callando; pero usted, el

muy capigorrón, ¿qué me ha dado? Clavos torcidos, y las barreduras de la

casa. ¡Véngase ahora con jipíos y farsa!... Valiente caso le van á

hacer.

--Mira, vieja de todos los demonios--le dijo Torquemada furioso,--por

respeto á tu edad no te reviento de una patada. Eres una embustera, una

diabla, con todo el cuerpo lleno de mentiras y enredos. Ahora te da por

desacreditarme después de haber estado más de veinte años comiendo mi

pan. ¡Pero si te conozco, zurrón de veneno; si eso que has dicho nadie

te lo va a creer: ni arriba ni abajo! El demonio está contigo, y maldita

tú eres entre todas las brujas y esperpentos que hay en el cielo...

digo, en el infierno.»

Torquemada en la hoguera · 第 14 / 64 题