Al ver el dinero, Isidora casi lloraba de gusto, y el enfermo se animó
tanto que parecía haber recobrado la salud. ¡Pobrecillos, estaban tan
mal, habían pasado tan horribles escaseces y miserias! Dos años antes se
conocieron en casa de un prestamista que á entrambos les desollaba
vivos. Se confiaron su situación respectiva, se compadecieron y se
amaron: aquella misma noche durmió Isidora en el estudio. El desgraciado
artista y la mujer perdida hicieron el pacto de fundir sus miserias en
una sola, y de ahogar sus penas en el dulce licor de una confianza
enteramente conyugal. El amor les hizo llevadera la desgracia. Se
casaron en el ara del amancebamiento, y á los dos dias de unión se
querían de veras y hallábanse dispuestos á morirse juntos y á partir lo
poco bueno y lo mucho malo que la vida pudiera traerles. Lucharon contra
la pobreza, contra la usura, y sucumbieron sin dejar de quererse: él
siempre amante, solícita y cariñosa ella; ejemplo ambos de abnegación,
de esas altas virtudes que se esconden avergonzadas para que no las vean
la ley y la religión, como el noble haraposo se esconde de sus iguales
bien vestidos.
Volvió á abrazarles Torquemada, diciéndoles con melosa voz: «Hijos míos,
sed buenos y que os aproveche el ejemplo que os doy. Favoreced al pobre,
amad al prójimo, y así como yo os he compadecido, compadecedme á mí,
porque soy muy desgraciado.
--Ya sé--dijo Isidora, desprendiéndose de los brazos del avaro,--que
tiene usted al niño malo. ¡Pobrecito! Verá usted cómo se le pone bueno
ahora....
--¡Ahora! ¿Por qué ahora?--preguntó Torquemada con ansiedad muy viva.
--Pues... qué sé yo.... Me parece que Dios le ha de favorecer, le ha de
premiar sus buenas obras....
--¡Oh! si mi hijo se muere--afirmó D. Francisco con desesperación,--no
sé qué va á ser de mí.
--No hay que hablar de morirse--gritó el enfermo, á quien la posesión de
los santos cuartos había despabilado y excitado cual si fuera una toma
del estimulante más enérgico.--¿Qué es eso de morirse? Aquí no se muere
nadie. D. Francisco, el niño no se muere. Pues no faltaba mas. ¿Qué
tiene? ¿Meningitis? Yo tuve una muy fuerte á los diez años; y ya me
daban por muerto, cuando entré en reacción, y viví y aquí me tiene usted
dispuesto á llegar á viejo, y llegaré, porque lo que es el catarro,
ahora lo largo. Vivirá el niño, D. Francisco, no tenga duda; vivirá.
--Vivirá--repitió Isidora:--yo se lo voy á pedir á la Virgencita del
Carmen.
--Sí, hija, á la Virgen del Carmen--dijo Torquemada llevándose el
pañuelo á los ojos.--Me parece muy bien. Cada uno empuje por su lado, á
ver si entre todos...»
El artista, loco de contento, quería comunicárselo al atribulado padre,
y medio se echó de la cama para decirle: «D. Francisco, no llore, que el
chico vive.... Me lo dice el corazón, me lo dice una voz secreta....
Viviremos todos y seremos felices.
--¡Ay, hijo de mi alma!--exclamó el _Peor_; y abrazándole otra
vez:--Dios le oiga á usted. ¡Qué consuelo tan grande me da!
--También usted nos ha consolado á nosotros. Dios se lo tiene que
premiar. Viviremos, sí, sí. Mire, mire: el día en que yo pueda salir,
nos vamos todos al campo, el niño también, de merienda. Isidora nos hará
la comida, y pasaremos un día muy agrabable, celebrando nuestro
restablecimiento.
--Iremos, iremos--dijo el tacaño con efusión, olvidándose de lo que
antes había pensado respecto al _campo_ á que iría Martín muy
pronto.--Sí, y nos divertiremos mucho, y daremos limosnas á todos los
pobres que nos salgan.... ¡Qué alivio siento en mi interior desde que
he hecho ese beneficio!... No, no me lo alaben.... Pues verán: se me
ocurre que aún les puedo hacer otro mucho mayor.
¿Cuál?... A ver, D. Francisquito.
--Pues se me ha ocurrido... no es idea de ahora, que la tengo hace
tiempo.... Se me ha ocurrido que si la Isidora conserva los papales de
su herencia y sucesión de la casa de Aransis, hemos de intentar sacar
eso....»
Isidora le miró entre aturdida y asombrada «¿Otra vez eso?» fué lo único
que dijo.
«Sí, sí, tiene razón D. Francisco--afirmó el pobre tisico, que estaba de
buenas, entregándose con embriaguez á un loco optimismo.--Se
intentará.... Eso no puede quedar asi.
--Tengo el recelo--añadió Torquemada,--de que los que intervinieron en
la acción la otra vez no anduvieron muy listos, ó se vendieron a la
Marquesa vieja.... Lo hemos de ver, lo hemos de ver.
--En cuantito que yo suelte el catarro. Isidora; mi ropa; ve al momento
á traer mi ropa, que me quiero levantar.... ¡Qué bien me siento ahora!
Me dan ganas de ponerme á pintar, D. Francisco. En cuanto el niño se
levante de la cama quiero hacerle el retrato.
--Gracias, gracia... sois muy buenos... los tres somos muy buenos,
¿verdad? Venga un abrazo, y pedid a Dios por mí. Tengo que irme, porque
estoy con una zozobra que no puedo vivir.
--Nada, nada, que el niño está mejor, que se salva--repitió el artista
cada vez más exaltado.--Si le estoy viendo, si no me puedo equivocar.»
Isidora se dispuso á salir, con parte del dinero, camino de la casa de
préstamos; pero al pobre artista le acometió la tos y disnea con mayor
fuerza y tuvo que quedarse. D. Francisco se despidió con las expresiones
más cariñosas que sabía y cogiendo los cuadritos salió con ellos debajo
de la capa. Por la escalera iba diciendo: «¡Vaya, que es bueno ser
bueno!... ¡Siento en mi interior una cosa, un consuelo...! ¡Si tendrá
razón Martín! ¡Si se me pondrá bueno aquel pedazo de mi vida!... Vamos
corriendo allá. No me fío, no me fío. Este botarate tiene las ilusiones
de los tísicos en último grado. Pero ¡quién sabe! se engaña de seguro
respecto á sí mismo, y acierta en lo demás. A donde él va pronto es al
nicho.... Pero los moribundos suelen tener doble vista, y puede que haya
_visto_ la mejoría de Valentín... voy corriendo, corriendo. ¡Cuánto me
estorban estos malditos cuadros! ¡No dirán ahora que soy tirano y judío,
pues rasgos de estos entran pocos en libra!... No me dirán que me cobro
en pinturas, pues por estos apuntes, en venta, no me darían ni la mitad
de lo que yo dí. Verdad que si se muere valdrán más, porque aquí,
cuando un artista está vivo, nadie le hace maldito caso, y en cuanto se
muere de miseria ó de cansancio, le ponen en las nubes, le llaman genio
y qué sé yo qué... Me parece que no llego nunca á mi casa. ¡Qué lejos
está, estando tan cerca!»
Subió de tres en tres peldaños la escalera de su casa, y le abrió la
puerta la tía Roma, disparándole á boca de jarro estas palabras: «Señor,
el niño parece que está un poquito más tranquilo.» Oirlo D. Francisco y
soltar los cuadros y abrazar á la vieja, fué todo uno. La trapera
lloraba, y el _Peor_ le dió tres besos en la frente. Después fué
derechito á la alcoba del enfermo y miró desde la puerta. Rufina se
abalanzó hacia él para decirle: «Está desde mediodía más sosegado...
¿Ves? Parece que duerme el pobre ángel. Quién sabe. Puede que se salve.
Pero no me atrevo á tener esperanzas, no sea que las perdamos esta
tarde.
Torquemada no cabía en sí de sobresalto y ansiedad. Estaba el hombre con
los nervios tirantes, sin poder permanecer quieto ni un momento, tan
pronto con ganas de echarse á llorar como de soltar la risa. Iba y venía
del comedor á la puerta de la alcoba, de ésta á su despacho, y del
despacho al gabinete. En una de estas volteretas, llamó á la tía Roma, y
metiéndose con ella en la alcoba la hizo sentar, y le dijo:
--Tía Roma, ¿crees tú que se salva el niño?
--Señor, será lo que Dios quiera, y nada más. Yo se lo he pedido anoche
y esta mañana á la Virgen del Carmen, con tanta devoción que más no
puede ser, llorando á moco y baba. ¿No me ve cómo tengo los ojos?
--¿Y crees tú...?
--Yo tengo esperanza, señor. Mientras no sea cadáver, esperanzas ha de
haber, aunque digan los médicos lo que dijeren. Si la Virgen lo manda,
los médicos se van á hacer puñales.... Otra: anoche me quedé dormida
rezando, y me pareció que la Virgen bajaba hasta delantito de mí, y que
me decía que sí con la cabeza... Otra: ¿no ha rezado usted?
--Sí, mujer; ¡qué preguntas haces! Voy á decirte una cosa importante.
Verás.»
Abrió un vargueño, en cuyos cajoncillos guardaba papeles y alhajas de
gran valor que habían ido á sus manos en garantía de préstamos
usurarios: algunas no eran todavía suyas; otras, sí. Un rato estuvo
abriendo estuches, y á la tía Roma, que jamás había visto cosa
semejante, se le encandilaban los ojos de pez con los resplandores que
de las cajas salían. Eran, según ella, esmeraldas como nueces, diamantes
que arrojaban pálidos rayos, rubíes como pepitas de granada, y oro
finísimo, oro de la mejor ley, que valía cientos de miles....
Torquemada, después de abrir y cerrar estuches, encontró lo que
buscaba: una perla enorme, del tamaño de una avellana, de hermosísimo
oriente; y cogiéndola entre los dedos, la mostró á la vieja.
«¿Qué te parece esta perla, tía Roma?»
--Bonita de veras. Yo no lo entiendo. Valdrá miles de millones. ¿Verdá
usté?
--Pues esta perla--dijo Torquemada en tono triunfal,--es para la señora
Virgen del Carmen. Para ella es, si pone bueno á mi hijo. Te la enseño,
y pongo en tu conocimiento la intención, para que se lo digas. Si se lo
digo yo, de seguro no me lo cree.
--D. Francisco (mirándole con profunda lástima), usted está malo de la
jícara. Dígame, por su vida, ¿para qué quiere ese requilorio la Virgen
del Carmen?
--Toma, para que se lo pongan el día de su santo, el 16 de Julio. ¡Pues
no estará poco maja con esto! Fué regalo de boda de la excelentísima
señora Marquesa de Tellería. Créelo, como ésta hay pocas.
--Pero, D. Francisco, ¡usted piensa que la Virgen le va á conceder...!
paice bobo... ¡por ese piazo de cualquier cosa!
--Mira qué oriente. Se puede hacer un alfiler y ponérselo a ella en el
pecho, o al Niño.
--¡Un rayo! ¡Valiente caso hace la Virgen de perlas y pindonguerías!...
Créame á mí: véndala y dele á los pobres el dinero.
Mira tú, no es mala idea--dijo el tacaño guardando la joya.--Tú sabes
mucho. Seguiré tu consejo, aunque, si he de serte franco, eso de dar á
los pobres viene á ser una tontería, porque cuanto les das se lo gastan
en aguardiente. Pero ya lo arreglaremos de modo que el dinero de la
perla no vaya á parar á las tabernas... Y ahora quiero hablarte de otra
cosa. Pon muchísima atención: ¿te acuerdas de cuando mi hija, paseando
una tarde por las afueras con Quevedo y las de Morejón, fué á dar allá,
por donde tú vives, hacia los Tejares del Aragonés, y entró en tu choza
y vino contándome, horrorizada, la pobreza y escasez que allí vió? ¿Te
acuerdas de eso? Contóme Rufina que tu vivienda es un cubil, una
inmundicia hecha con adobes, tablas viejas y planchas de hierro, el
techo de paja y tierra; me dijo que ni tú ni tus nietos tenéis cama, y
dormís sobre un montón de trapos; que los cerdos y las gallinas que
criáis con la basura son allí las personas; y vosotros los animales. Sí:
Rufina me contó esto, y yo debí tenerte lástima y no te la tuve. Debí
regalarte una cama, pues nos has servido bien, querías mucho á mi mujer,
quieres á mis hijos, y en tantos años que entras aquí jamás nos has
robado ni el valor de un triste clavo. Pues bien: si entonces no se me
pasó por la cabeza socorrerte, ahora sí.»
Diciendo esto, se aproximó al lecho y dió en él un fuerte palmetazo con
ambas manos, como el que se suele dar para sacudir los colchones al
hacer las camas.
«Tía Roma, ven acá, toca aquí. Mira qué blandura. ¿Ves este colchón de
lana encima de un colchón de muelles? Pues es para tí, para ti, para que
descanses tus huesos duros y te espatarres á tus anchas.»
Esperaba el tacaño una explosión de gratitud por dádiva tan espléndida,
y ya le parecía estar oyendo las bendiciones de la tía Roma, cuando ésta
salió por un registro muy diferente. Su cara telarañosa se dilató, y de
aquellas úlceras con vista que se abrían en el lugar de los ojos, salió
un resplandor de azoramiento y susto, mientras volvía la espalda al
lecho, dirigiéndose hacia la puerta.
«Quite, quite allá--dijo:--vaya con lo que se le ocurre... ¡Darme á mí
los colchones, que ni tan siquiera caben por la puerta de mi casa!... Y
aunque cupieran... ¡rayo! A cuenta que he vivido tantismos años
durmiendo en duro como una reina, y en estas blanduras no pegaría los
ojos. Dios me libre de tenderme ahí. ¿Sabe lo que le digo? Que quiero
morirme en paz. Cuando venga la de la cara fea me encontrará sin una
mota, pero con la conciencia como los chorros de la plata. No, no quiero
los colchones, que dentro de ellos está su idea... porque aquí duerme
usted, y por la noche, cuando se pone á cavilar, las ideas se meten por
la tela adentro y por los muelles, y ahí estarán como las chinches
cuando no hay limpieza. ¡Rayo con el hombre, y la que me quería
encajar!...
Accionaba la viejecilla de una manera gráfica, expresando tan bien, con
el mover de las manos y de los flexibles dedos, cómo la cama del tacaño
se contaminaba de sus ruines pensamientos, que Torquemada la oía con
verdadero furor, asombrado de tanta ingratitud; pero ella, firme y
arisca, continuó despreciando el regalo: «Pos vaya un premio gordo que
me caía, Santo Dios... ¡Pa que yo durmiera en eso! Ni que estuviera
boba, D. Francisco. ¡Pa que á media noche me salga toda la gusanera de
las ideas de usted, y se me meta por los oídos y por los ojos,
volviéndome loca y dándome una mala muerte...! Porque, bien lo sé yo...
á mí no me la da usted.... ahí dentro, ahí dentro, están todos sus
pecados, la guerra que le hace al pobre, su tacañería, los réditos que
mama, y todos los números que le andan por la sesera para ajuntar
dinero.... Si yo me durmiera ahí, á la hora de la muerte me saldrían por
un lado y por otro unos sapos con la boca muy grande, unos culebrones
asquerosos que se me enroscarían en el cuerpo, unos diablos muy feos con
bigotazos y con orejas de murciélago, y me cogerían entre todos para
llevarme á rastras á los infiernos. Váyase al rayo, y guárdese sus
colchones, que yo tengo un camastro hecho de sacos de trapo, con una
manta por encima, que es la gloria divina.... Ya lo quisiera usted....
Aquéllo sí que es rico para dormir á pierna suelta....
--Pues dámelo, dámelo, tía Roma--dijo el avaro con aflicción.--Si mi
hijo se salva, me comprometo á dormir en él lo que me queda de vida, y á
no comer más que las bazofias que tú comes.
--A buenas horas y con sol. Usted quiere ahora poner un puño en el
cielo. ¡Ay, señor, á cada paje su ropaje! A usted le sienta eso como á
la burra las arracadas. Y todo ello es porque está afligido; pero si se
pone bueno el niño, volverá usted á ser más malo que Holofernes. Mire
que ya va para viejo; mire que el mejor día se pone delante la de la
cara pelada, y a ésta sí que no le da usted el timo.
--¿Pero de dónde sacas tú, estampa de la sura--replicó Torquemada con
ira, agarrándola por el pescuezo y sacudiéndola,--de dónde sacás tú que
yo soy malo, ni lo he sido nunca?
--Déjeme, suélteme, no me menée, que no soy ninguna pandereta. Mire que
soy más vieja que Jerusalén y he visto mucho mundo y le conozco a usted
desde que se quiso casar con la Silvia. Y bien le aconsejé á ella que
no se casara... y le anuncié las hambres que había de pasar. Ahora que
está rico no se acuerda de cuando empezaba á ganarlo. Yo sí me acuerdo,
y me paice que fué ayer cuando le contaba los garbanzos á la cuitada de
Silvia y todo lo tenía usted bajo llave, y la pobre estaba descomida,
trashijada y ladrando de hambre. Como que si no es por mí, que le traía
algún huevo de ocultis, se hubiera muerto cien veces. ¿Se acuerda de
cuando se levantaba usted á media noche para registrar la cocina á ver
si descubría algo de condumio, que la Silvia hubiera escondido para
comérselo sola? ¿Se acuerda de cuando encontró un pedazo de jamón en
dulce y un medio pastel que me dieron á mí en cas de la Marquesa, y que
yo le traje á la Silvia para que se lo zampara ella sola, sin darle á
usted ni tanto así? ¿Recuerda que al otro día estaba usted hecho un
león, y que cuando entré me tiró al suelo y me estuvo pateando? Y yo no
me enfadé, y volví, y todos los días le traía algo á la Silvia. Como
usted era el que iba á la compra, no le podíamos sisar, y la infeliz no
tenía una triste chambra que ponerse. Era una mártira, D. Francisco, una
mártira; ¡y usted guardando el dinero y dándolo á peseta por duro al
mes! Y mientre tanto, no comían más que mojama cruda con pan seco y
ensalada. Gracias que yo partía con ustedes lo que me daban en las casas
ricas, y una noche, ¿se acuerda? traje un hueso de jabalí que lo estuvo
usted echando en el puchero seis días seguidos, hasta que se quedó mas
seco que su alma puñalera. Yo no tenía obligación de traer nada: lo
hacía por la Silvia, á quien cogí en brazos cuando nació de señá
Rufinica, la del callejón del Perro. Y lo que á usted le ponía furioso
era que yo le guardase las cosas á ella y no se las diera á usted, ¡un
rayo! Como si tuviera yo obligación de llenarle á usted el buche, perro,
más que perro.... Y dígame ahora, ¿me ha dado alguna vez el valor de un
real? Ella sí me daba lo que podía, á la chita callando; pero usted, el
muy capigorrón, ¿qué me ha dado? Clavos torcidos, y las barreduras de la
casa. ¡Véngase ahora con jipíos y farsa!... Valiente caso le van á
hacer.
--Mira, vieja de todos los demonios--le dijo Torquemada furioso,--por
respeto á tu edad no te reviento de una patada. Eres una embustera, una
diabla, con todo el cuerpo lleno de mentiras y enredos. Ahora te da por
desacreditarme después de haber estado más de veinte años comiendo mi
pan. ¡Pero si te conozco, zurrón de veneno; si eso que has dicho nadie
te lo va a creer: ni arriba ni abajo! El demonio está contigo, y maldita
tú eres entre todas las brujas y esperpentos que hay en el cielo...
digo, en el infierno.»