Vamos á otra cosa: Torquemada no era de esos usureros que se pasan la
vida multiplicando caudales por el gustazo platónico de poseerlos; que
viven sórdidamente para no gastarlos, y al morirse, quisieran, ó bien
llevárselos consigo á la tierra, ó esconderlos donde alma viviente no
los pueda encontrar. No: D. Francisco habría sido así en otra época;
pero no pudo eximirse de la influencia de esta segunda mitad del siglo
XIX, que casi ha hecho una religión de las materialidades decorosas de
la existencia. Aquellos avaros de antiguo caño, que afanaban riquezas y
vivían como mendigos y se morían como perros en un camastro lleno de
pulgas y de billetes de Banco metidos entre la paja, eran los místicos ó
metafísicos de la usura; su egoísmo se sutilizaba en la idea pura del
negocio; adoraban la santísima, la inefable cantidad, sacrificando á
ella su material existencia, las necesidades del cuerpo y de la vida,
como el místico lo pospone todo á la absorbente idea de salvarse.
Viviendo el _Peor_ en una época que arranca de la desamortización,
sufrió, sin comprenderlo, la metamorfosis que ha desnaturalizado la
usura metafísica, convirtiéndola en positivista, y si bien es cierto,
como lo acredita la historia, que desde el 51 al 68, su verdadera época
de aprendizaje, andaba muy mal trajeado y con afectación de pobreza, la
cara y las manos sin lavar, rascándose á cada instante en brazos y
piernas cual si llevase miseria, el sombrero con grasa, la capa
deshilachada; si bien consta también en las crónicas de la vecindad que
en su casa se comía de vigilia casi todo el año, y que la señora salía á
sus negocios con una toquilla agujereada y unas botas viejas de su
marido, no es menos cierto que, alrededor del 70, la casa estaba ya en
otro pie; que mi Doña Silvia se ponía muy maja en ciertos días; que D.
Francisco se mudaba de camisa más de una vez por quincena; que en la
comida había menos carnero que vaca, y los domingos se añadía al cocido
un despojito de gallina; que aquello de judias á todo pasto y algunos
días pan seco y salchicha cruda, fué pasando á la historia; que el
estofado de contra apareció en determinadas fechas, por las noches, y
también pescados, sobre todo en tiempo de blandura, que iban baratos;
que se iniciaron en aquella mesa las chuletas de ternera y la cabeza de
cerdo, salada en casa por el propio Torquemada, el cual era un famoso
salador; que, en suma y para no cansar, la familia toda empezaba á
tratarse como Dios manda.
Pues en los últimos años de Doña Silvia, la transformación acentuóse
más. Por aquella época cató la familia los colchones de muelles;
Torquemada empezó á usar chistera de cincuenta reales; disfrutaba dos
capas, una muy buena, con embozos colorados; los hijos iban bien
apañaditos; Rufina tenía un lavabo de los de mírame y no me toques, con
jofaina y jarro de cristal azul, que no se usaba nunca por no
estropearlo; Doña Silvia se engalanó con un abrigo de pieles que
parecían de conejo, y dejaba bizca á toda la calle de Tudescos y
callejón del Perro cuando salía con la _visita_ guarnecida de abalorio;
en fin, que pasito á paso y á codazo limpio, se habían, ido metiendo en
la clase media, en nuestra bonachona clase media, toda necesidades y
pretensiones, y que crece tanto, tanto, ¡ay dolor! que nos estamos
quedando sin pueblo.
Pues señor, revienta Doña Silvia, y empuñadas por Rufina las riendas del
gobierno de la casa, la metamorfosis se marca mucho más. A reinados
nuevos, principios nuevos. Comparando lo pequeño con lo grande y lo
privado con lo público, diré que aquello se me parecía á la entrada de
los liberales, con su poquito de sentido revolucionario en lo que hacen
y dicen. Torquemada representaba la idea conservadora; pero transigía,
¡pues no había de transigir! doblegándose á la lógica de los tiempos.
Apechugó con la camisa limpia cada media semana; con el abandono de la
capa número dos para de día, relegándola al servicio nocturno; con el
destierro absoluto del hongo número tres, que no podía ya con más sebo;
aceptó, sin viva protesta, la renovación de manteles entre semana, el
vino á pasto, el cordero con guisantes (en su tiempo), los pescados
finos en Cuaresma y el pavo en Navidad; toleró la vajilla nueva para
ciertos días; el chaquet con trencilla, que en él era un refinamiento de
etiqueta, y no tuvo nada que decir de las modestas galas de Rufina y de
su hermanito, ni de la alfombra del gabinete, ni de otros muchos
progresos que se fueron metiendo en la casa á modo de contrabando.
Y vió muy pronto D. Francisco que aquellas novedades eran buenas y que
su hija tenía mucho talento, porque... vamos, parecía cosa del otro
jueves... echábase mi hombre á la calle y se sentía, con la buena ropa,
más persona que antes; hasta le salían mejores negocios, más amigos
útiles y explotables. Pisaba más fuerte, tosía más recio, hablaba más
alto y atrevíase á levantar el gallo en la tertulia del café, notándose
con bríos para sustentar una opinión cualquiera, cuando antes, por
efecto sin duda del mal pelaje y de su rutinaria afectación de pobreza,
siempre era de la opinión de los demás. Poco á poco llegó á advertir en
sí los alientos propios de su capacidad social y financiera; se tocaba,
y el sonido le advertía que era propietario y rentista. Pero la vanidad
no le cegó nunca. Hombre de composición homogénea, compacta y dura, no
podía incurrir en la tontería de estirar el pie más del largo de la
sábana. En su carácter había algo resistente á las mudanzas de forma
impuestas por la época; y así como no varió nunca su manera de hablar,
tampoco ciertas ideas y prácticas del oficio se modificaron. Prevaleció
el amaneramiento de decir siempre que los tiempos eran muy malos, pero
muy malos; el lamentarse de la desproporción entre sus míseras ganancias
y su mucho trabajar; subsistió aquella melosidad de dicción y aquella
costumbre de preguntar por la familia siempre que saludaba á alguien, y
el decir que no andaba bien de salud, haciendo un mohín de hastío de la
vida. Tenía ya la perilla amarillenta, el bigote más negro que blanco,
ambos adornos de la cara tan recortaditos que antes parecían pegados que
nacidos allí. Fuera de la ropa, mejorada en calidad, si no en la manera
de llevarla, era el mismo que conocimos en casa de Doña Lupe _la de los
pavos_; en su cara la propia confusión extraña de lo militar y lo
eclesiástico, el color bilioso, los ojos negros y algo soñadores, el
gesto y los modales expresando lo mismo afeminación que hipocresía, la
calva más despoblada y más limpia, y todo el craso, resbaladizo y
repulsivo, muy pronto siempre, cuando se le saluda, á dar la mano, por
cierto bastante sudada.
De la precoz inteligencia de Valentinito estaba tan orgulloso, que no
cabía en su pellejo. Á medida que el chico avanzaba en sus estudios, Don
Francisco sentía crecer el amor paterno, hasta llegar á la ciega pasión.
En honor del tacaño, debe decirse que, si se conceptuaba reproducido
físicamente en aquel pedazo de su propia naturaleza, sentía la
superioridad del hijo, y por esto se congratulaba más de haberle dado el
ser. Porque Valentinito era el prodigio de los prodigios, un jirón
excelso de la Divinidad caído en la tierra. Y Torquemada, pensando en el
porvenir, en lo que su hijo había de ser, si viviera, no se conceptuaba
digno de haberle engendrado, y sentía ante él la ingénita cortedad de lo
que es materia frente á lo que es espíritu.
En lo que digo de las inauditas dotes intelectuales de aquella criatura,
no se crea que hay la más mínima exageración. Afirmo con toda ingenuidad
que el chico era de lo más estupendo que se puede ver, y que se presentó
en el campo de la enseñanza como esos extraordinarios ingenios que nacen
de tarde en tarde destinados á abrir nuevos caminos á la humanidad. A
más de la inteligencia, que en edad temprana despuntaba en él como
aurora de un día espléndido, poseía todos los encantos de la infancia:
dulzura, gracejo y amabilidad. El chiquillo, en suma, enamoraba y no es
de extrañar que D. Francisco y su hija estuvieran loquitos con él.
Pasados los primeros años, no fué preciso castigarle nunca, ni aun
siquiera reprenderle. Aprendió á leer por arte milagroso, en pocos días,
como si lo trajera sabido ya del claustro materno. A los cinco años,
sabía muchas cosas que otros chicos aprenden dificilmente á los doce. Un
día me hablaron de él dos profesores amigos míos que tienen colegio de
primera y segunda enseñanza, lleváronme á verle, y me quedé asombrado.
Jamás vi precocidad semejante ni un apuntar de inteligencia tan
maravilloso. Porque si algunas respuestas las endilgó de taravilla,
demostrando el vigor y riqueza de su memoria, en el tono con que decía
otras se echaba de ver cómo comprendía y apreciaba el sentido.
La Gramática la sabía de carretilla; pero la Geografía la dominaba como
un hombre. Fuera del terreno escolar, pasmaba ver la seguridad de sus
respuestas y observaciones, sin asomos de arrogancia pueril. Tímido y
discreto, no parecía comprender que hubiese mérito en las habilidades
que lucía, y se asombraba de que se las ponderasen y aplaudiesen tanto.
Contáronme que en su casa daba muy poco que hacer. Estudiaba las
lecciones con tal rapidez y facilidad, que le sobraba tiempo para sus
juegos, siempre muy sosos é inocentes. No le hablaran á él de bajar á
la calle para enredar con los chiquillos de la vecindad. Sus travesuras
eran pacíficas, y consistieron, hasta los cinco años, en llenar de
monigotes y letras el papel de las habitaciones ó arrancarle algún
cacho; en echar desde el balcón á la calle una cuerda muy larga con la
tapa de una cafetera, arriándola hasta tocar el sombrero de un
transeúnte, y recogiéndola después á toda prisa. A obediente y humilde
no le ganaba ningún niño, y por tener todas las perfecciones, hasta
maltrataba la ropa lo menos que maltratarse puede.
Pero sus inauditas facultades no se habían mostrado todavía: iniciáronse
cuando estudió la Aritmética, y se revelaron más adelante en la segunda
enseñanza. Ya desde sus primeros años, al recibir las nociones
elementales de la ciencia de la cantidad, sumaba y restaba de memoria
decenas altas y aun centenas. Calculaba con tino infalible, y su padre
mismo, que era un águila para hacer, en el filo de la imaginación,
cuentas por la regla de interés, le consultaba no pocas veces. Comenzar
Valentín el estudio de las matemáticas de Instituto y revelar de golpe
toda la grandeza de su numen aritmético, fué todo uno. No aprendía las
cosas, las sabía ya, y el libro no hacía más que despertarle las ideas,
abrírselas, digámoslo así, como si fueran capullos que al calor
primaveral se despliegan en flores. Para él no había nada difícil, ni
problema que le causara miedo. Un día fué el profesor á su padre y le
dijo: «Ese niño es cosa inexplicable, Sr. Torquemada: ó tiene el diablo
en el cuerpo, ó es el pedazo de Divinidad más hermoso que ha caido en la
tierra. Dentro de poco no tendré nada que enseñarle. Es Newton
resucitado, Sr. D. Francisco; una organización excepcional para las
matemáticas, un genio que sin duda se trae fórmulas nuevas debajo del
brazo para ensanchar el campo de la ciencia. Acuérdese usted de lo que
digo: cuando este chico sea hombre, asombrará y trastornará el mundo.»
Cómo se quedó Torquemada al oir esto, se comprenderá fácilmente. Abrazó
al profesor, y la satisfacción le rebosaba por ojos y boca en forma de
lágrimas y babas. Desde aquel día, el hombre no cabía en sí: trataba á
su hijo, no ya con amor, sino con cierto respeto supersticioso. Cuidaba
de él como de un ser sobrenatural, puesto en sus manos por especial
privilegio. Vigilaba sus comidas, asustándose mucho si no mostraba
apetito; al verle estudiando, recorría las ventanas para que no entrase
aire, se enteraba de la temperatura exterior antes de dejarle salir,
para determinar si debía ponerse bufanda, ó el _carric_ gordo, ó las
botas de agua; cuando dormía, andaba de puntillas; le llevaba á paseo
los domingos, ó al teatro; y si el angelito hubiese mostrado afición á
juguetes extraños y costosos, Torquemada, vencida su sordidez, se los
hubiera comprado. Pero el fenómeno aquél no mostraba afición sino á los
libros: leía rápidamente y como por magia, enterándose de cada página en
un abrir y cerrar de ojos. Su papá le compró una obra de viajes con
mucha estampa de ciudades europeas y de comarcas salvajes. La seriedad
del chico pasmaba á todos los amigos de la casa, y no faltó quien dijera
de él que parecía un viejo. En cosas de malicia era de una pureza
excepcional: no aprendía ningún dicho ni acto feo de los que saben á su
edad los retoños desvergonzados de la presente generación. Su inocencia
y celestial donosura casi nos permitían conocer á los ángeles como si
los hubiéramos tratado, y su reflexión rayaba en lo maravilloso. Otros
niños, cuando les preguntan lo que quieren ser, responden que obispos ó
generales si despuntan por la vanidad; los que pican por la destreza
corporal, dicen que cocheros, atletas ó payasos de circo; los inclinados
á la imitación, actores, pintores... Valentinito, al oir la pregunta,
alzaba los hombros y no respondía nada. Cuando más, decía «no sé», y al
decirlo, clavaba en su interlocutor una mirada luminosa y penetrante,
vago destello del sin fin de ideas que tenía en aquel cerebrazo, y que
en su día habían de iluminar toda la tierra.
Mas el _Peor_, aun reconociendo que no había carrera á la altura de su
milagroso niño, pensaba dedicarlo á ingeniero, porque la abogacía es
cosa de charlatanes. Ingeniero; pero ¿de qué? ¿civil ó militar? Pronto
notó que á Valentín no le entusiasmaba la tropa, y que, contra la ley
general de las aficiones infantiles, veía con indiferencia los
uniformes. Pues ingeniero de caminos. Por dictamen del profesor del
colegio, fué puesto Valentín, antes de concluir los años del
bachillerato, en manos de un profesor de estudios preparatorios para
carreras especiales, el cual, luego que tanteó su colosal inteligencia,
quedóse atónito, y un día salió asustado, con las manos en la cabeza, y
corriendo en busca de otros maestros de matemáticas superiores, les
dijo: «Voy á presentarles á ustedes el monstruo de la edad presente.» Y
le presentó, y se maravillaron, pues fué el chico á la pizarra, y como
quien garabatea por enredar y gastar tiza, resolvió problemas
dificilísimos. Luego hizo de memoria diferentes cálculos y operaciones,
que aun para los más peritos no son coser y cantar. Uno de aquellos
maestrazos, queriendo apurarle, le echó el cálculo de radicales
numéricos, y como si le hubieran echado almendras. Lo mismo era para él
la raíz _enésima_ que para otros dar un par de brincos. Los tíos
aquéllos tan sabios se miraban absortos, declarando no haber visto caso
ni remotamente parecido.
Era en verdad interesante aquel cuadro, y digno de figurar en los
anales de la ciencia: cuatro varones de más de cincuenta años, calvos y
medio ciegos de tanto estudiar, maestros de maestros, congregábanse
delante de aquel mocoso que tenía que hacer sus cálculos en la parte
baja del encerado, y la admiración les tenía mudos y perplejos, pues ya
le podían echar dificultades al angelito, que se las bebía como agua.
Otro de los examinadores propuso las _homologías_ creyendo que Valentín
estaba raso de ellas; y cuando vieron que no, los tales no pudieron
contener su entusiasmo: uno le llamó el Anticristo; otro le cogió en
brazos y se lo puso á la pela, y todos se disputaban sobre quién se le
llevaría, ansiosos de completar la educación del primer matemático del
siglo. Valentín les miraba sin orgullo ni cortedad, inocente y dueño de
si, como Cristo niño entre los doctores.