TORQUEMADA EN LA HOGUERA

I

Voy á contar cómo fue al quemadero el inhumano que tantas vidas

infelices consumió en llamas; que á unos les traspasó los hígados con un

hierro candente; á otros les puso en cazuela bien mechados, y á los

demás les achicharró por partes; á fuego lento, con rebuscada y metódica

saña. Voy á contar como vino el fiero sayón á ser víctima; cómo los

odios que provocó se le volvieron lástima, y las nubes de maldiciones

arrojaron sobre él lluvia de piedad; caso patético, caso muy ejemplar,

señores, digno de contarse para enseñanza de todos, aviso de condenados

y escarmiento de inquisidores.

Mis amigos conocen ya, por lo que de él se me antojó referirles, á D.

Francisco Torquemada, á quien algunos historiadores inéditos de estos

tiempos llaman _Torquemada el Peor_. ¡Ay de mis buenos lectores si

conocen al implacable fogonero de vidas y haciendas por tratos de otra

clase, no tan sin malicia, no tan desinteresados como estas inocentes

relaciones entre narrador y lector! Porque si han tenido algo que ver

con él en cosa de más cuenta; si le han ido á pedir socorro en las

pataletas de la agonía pecuniaria, más les valiera encomendarse á Dios y

dejarse morir. Es Torquemada el habilitado de aquel infierno en que

fenecen desnudos y fritos los deudores; hombres de más necesidades que

posibles; empleados con más hijos que sueldo; otros ávidos de la nómina

tras larga cesantía; militares trasladados de residencia, con familión y

suegra de añadidura; personajes de flaco espíritu, poseedores de un buen

destino, pero, con la carcoma de una mujercita que da tés y empeña el

verbo para comprar las pastas; viudas lloronas que cobran del Montepío

civil ó militar y se ven en mil apuros; sujetos diversos que no aciertan

á resolver el problema aritmético en que se funda la existencia social,

y otros muy perdidos, muy faltones, muy destornillados de cabeza ó rasos

de moral, tramposos y embusteros.

Pues todos éstos, el bueno y el malo, el desgraciado y el pillo, cada

uno por su arte propio, pero siempre con su sangre y sus huesos, le

amasa ron al sucio de Torquemada una fortunita que ya la quisieran

muchos que se dan lustre en Madrid, muy estirados de guantes,

estrenando ropa en todas las estaciones, y preguntando, como quien no

pregunta nada: «Diga usted, ¿á cómo han quedado hoy los fondos?»

El año de la Revolución, compró Torquemada una casa de corredor en la

calle de San Blas, con vuelta á la de la Leche; finca muy aprovechada,

con veinticuatro habitacioncitas, que daban, descontando insolvencias

inevitables, reparaciones, contribución, etc., una renta de 1.300 reales

al mes, equivalente á un siete ó siete y medio por ciento del capital.

Todos los domingos se personaba en ella mi D. Francisco para hacer la

cobranza, los recibos en una mano, en otra el bastón con puño de asta de

ciervo; y los pobres inquilinos que tenían la desgracia de no poder ser

puntuales, andaban desde el sábado por la tarde con él estómago

descompuesto, porque la adusta cara, el carácter férreo del propietario,

no concordaban con la idea que tenemos del día de fiesta, del día del

Señor, todo descanso y alegría. El año de la Restauración, ya había

duplicado Torquemada la pella con que 13 cogió la _gloriosa_, y el

radical cambio político proporcionóle bonitos préstamos y anticipos.

Situación nueva, nóminas frescas, pagas saneadas, negocio limpio. Los

gobernadores flamantes que tenían que hacerse ropa, los funcionarios

diversos que salían de la obscuridad, famélicos, le hicieron un buen

Agosto. Toda la época de los conservadores fué regularcita; como que

estos le daban juego con las esplendideces propias de la dominación, y

los liberales también con sus ansias y necesidades no satisfechas. Al

entrar en el gobierno, en 1881, los que tanto tiempo estuvieron sin

catarlo, otra vez Torquemada en alza: préstamos de lo fino, adelantos de

lo gordo, y vamos viviendo. Total, que ya le estaba echando el ojo á

otra casa, no de corredor, sino de buena vecindad, casi nueva, bien

acondicionada para inquilinos modestos, y que si no rentaba más que un

tres y medio á todo tirar en cambio su administración y cobranza no

darían las jaquecas de la cansada finca dominguera.

Todo iba como una seda para aquella feroz hormiga, cuando de súbito le

afligió el cielo con tremenda desgracia: se murió su mujer. Perdónenme

mis lectores si les doy la noticia sin la preparación conveniente, pues

sé que apreciaban á Doña Silvia, como la apreciábamos todos los que

tuvimos el honor de tratarla, y conocíamos sus excelentes prendas y

circunstancias. Falleció de cólico miserere, y he de decir, en aplauso

de Torquemada, que no se omitió gasto de médico y botica para salvarle

la vida á la pobre señora. Esta pérdida fue un golpe cruel para Don

Francisco, pues habiendo vivido el matrímonio en santa y laboriosa paz

durante más de cuatro lustros, los caracteres de ambos cónyuges se

habían compenetrado de un modo perfecto, llegando á ser ella otro él, y

él como cifra y refundición de ambos. Doña Silvia no sólo gobernaba la

casa con magistral economía, sino que asesoraba á su pariente en los

negocios difíciles, auxiliándole con sus luces y su experiencia para el

préstamo. Ella defendiendo el céntimo en casa para que no se fuera á la

calle, y él barriendo para adentro á fin de traer todo lo que pasara,

formaron un matrimonio sin desperdicio, pareja que podría servir de

modelo á cuantas hormigas hay debajo de la tierra y encima de ella.

Estuvo Torquemada el _Peor_, los primeros días de su viudez, sin saber

lo que le pasaba, dudando que pudiera sobrevivir á su cara mitad. Púsose

más amarillo de lo que comunmente estaba, y le salieron algunas canas en

el pelo y en la perilla. Pero el tiempo cumplió como suele cumplir

siempre, endulzando lo amargo, limando con insensible diente las

asperezas de la vida, y aunque el recuerdo de su esposa no se extinguió

en el alma del usurero, el dolor hubo de calmarse; los días fueron

perdiendo lentamente su fúnebre tristeza; despejóse el sol del alma,

iluminando de nuevo las variadas combinaciones numéricas que en ella

había; los negocios distrajeron al aburrido negociante, y á los dos años

Torquemada parecía consolado; pero, entiéndase bien y repítase en honor

suyo, sin malditas ganas de volver á casarse.

Dos hijos le quedaron: Rufinita, cuyo nombre no es nuevo para mis

amigos; y Valentinito, que ahora sale por primera vez. Entre la edad de

uno y otro hallamos diez años de diferencia, pues á mi Doña Silvia se le

malograron más ó menos prematuramente todas las crías intermedias,

quedándole sólo la primera y la última. En la época en que cae lo que

voy á referir, Rufinita había cumplido los veintidós, y Valentín andaba

al ras de los doce. Y para que se vea la buena estrella de aquel animal

de D. Francisco, sus dos hijos eran, cada cual por su estilo, verdaderas

joyas, ó como bendiciones de Dios que llovían sobre él para consolarle

en su soledad. Rufina había sacado todas las capacidades domésticas de

su madre, y gobernaba el hogar casi tan bien como ella. Claro que no

tenía el alto tino de los negocios, ni la consumada trastienda, ni el

golpe de vista, ni otras aptitudes entre morales y olfativas de aquella

insigne matrona; pero en formalidad, en honesta compostura y buen

parecer, ninguna chica de su edad le echaba el pie adelante. No era

presumida, ni tampoco descuidada en su persona; no se la podía tachar de

desenvuelta, ni tampoco de huraña. Coqueterías, jamás en ella se

conocieron. Un solo novio tuvo desde la edad en que apunta el querer

hasta los días en que la presento; el cual, después de mucho rondar y

suspiretear, mostrando por mil medios la rectitud de sus fines, fué

admitido en la casa en los últimos tiempos de Doña Silvia, y siguió

después, con asentimiento del papá, en la misma honrada y amorosa

costumbre. Era un _chico de Medicina_, chico en toda la extensión de la

palabra, pues levantaba del suelo lo menos que puede levantar un hombre;

estudiosillo, inocente, bonísimo y manchego por más señas. Desde el

cuarto año empezaron aquellas castas relaciones; y en los días de este

relato, concluída ya la carrera y lanzado Quevedito (que así se llamaba)

á la práctica de la facultad, tocaban ya á casarse. Satisfecho el _Peor_

de la elección de la niña, alababa su discreción, su desprecio de las

vanas apariencias, para atender sólo á lo sólido y práctico.

Pues digo, si de Rufina volvemos los ojos al tierno vastago de

Torquemada, encontraremos mejor explicación de la vanidad que le

infundía su prole, porque (lo digo sinceramente) no he conocido criatura

más mona que aquel Valentín, ni precocidad tan extraordinaria como la

suya. ¡Cosa más rara! No obstante el parecido con su antipático papá,

era el chiquillo guapísimo, con tal expresión de inteligencia en aquella

cara, que se quedaba uno embobado mirándole; con tales encantos en su

persona y carácter, y rasgos de conducta tan superiores á su edad, que

verle, hablarle y quererle vivamente, era todo uno. ¡Y qué hechicera

gravedad la suya, no incompatible con la inquietud propia de la

infancia! ¡Que gracia mezclada de no sé qué aplomo inexplicable á sus

años! ¡Qué rayo divino en sus ojos algunas veces, y otras qué misteriosa

y dulce tristeza! Espigadillo de cuerpo, tenía las piernas delgadas,

pero de buena forma; la cabeza más grande de lo regular, con alguna

deformidad en el cráneo. En cuanto á su aptitud para el estudio,

llamémosla verdadero prodigio, asombro de la escuela, y orgullo y gala

de los maestros. De esto hablaré más adelante. Sólo he de afirmar ahora

que el _Peor_ no merecía tal joya, ¡que había de merecerla! y que si

fuese hombre capaz de alabar á Dios por los bienes con que le agraciaba,

motivos tenía el muy tuno para estarse, como Moisés, tantísimas horas

con los brazos levantados al cielo. No los levantaba, porque sabía que

del cielo no había de caerle ninguna breva de las que á él le gustaban.

Torquemada en la hoguera · 第 7 / 64 题