IX

EL VENTALLE DEL ÁBREGO.--LA RONDA DE LOS SUEÑOS.--UN CORAZÓN QUE

NACE.--LA SINFONÍA DE LA NIEVE.--¡AMOR!

AMANECE; desnieva; el ábrego sacude con ímpetu sus ráfagas de otoño;

baja de los montes desmelenado, furibundo, y al roce de su aliento la

costa y el valle se derriten en aguas bullidoras.

En el dormitorio de Regina, la débil mariposa, fácula de pensamientos

claros y tristes, crepita, tiembla y muere, mientras cauces y arroyos

dan curso á la corriente con sonoro cantar. Al cristalino son, ya

enervada y rendida, se adormece la dama: entran sus visiones en la

niebla del sueño, y aún las alumbra un rayo frío de razón y de luz; una

chispa de sol que da en la nieve; un eco de verdad que repercute en el

alma. Los seres familiares, mezclados en curioso rolde con otros de

fábulas y libros, huyen ante la ensoñadora, en fuga que acelera su

velocidad hasta producirle á Regina mareos horribles: al principio,

todas las imágenes descubre; pronuncia cada nombre del que pasa, y sabe

que al través de ellos sintió curiosidad, inquietudes y codicias...;

¿amores? Mueve la cabeza negando, y á este movimiento, un malestar

físico y cruel la punza en el estómago y las sienes... Tornan á girar

los semblantes de la ronda, cada vez más de prisa y más lejos;

gesticulan como si hablaran, pero ya la señora no los oye, y se tiene

que esforzar para distinguirlos: su madre, con el pálido rostro que

Regina conoce en un retrato, sonríe, sonríe... aquella expresión

resignada se borra al punto, y sólo queda un perfil triste que huye;

Jaime corre detrás altivo y hermoso, flotante la artística melena, y

recitando coplas; le siguen Daniel, llorando; Eugenia, cansadísima; y

Carlos Ramírez con dos flores mustias en el ojal: la «Bernalda joven» se

enlaza con don Celso Ortiz; y Ana María y Manuel van muy contentos junto

al comisionista de Alcoy, que lleva de la mano á la ninfa Aretusa, en

pos de lord Byron y la condesa Guiccioli... Pasan á escape Ibarrola, el

doctor Marín y Adolfo Velasco, riendo como unos locos...

Cuando el rolde quimérico da la última vuelta á los pies de la cama de

nogal, en una sombra cada vez más obscura, ya en el vertiginoso remolino

Regina sólo distingue á Daniel, que rompe la cadena danzante para llorar

á gusto: crece su llanto como una marejada, con rumores de manantial; de

pronto no es Danielín quien llora, sino doña Mercedes, con la misma voz

hialina, semejante á la de un río; y al cabo no es doña Mercedes

tampoco, sino «la novia de Gabriel», la que se lamenta, con lágrimas tan

copiosas que ya su rumor finge el torrencial estruendo de una

catarata... Al fin desaparece «la novia», pero los sones de su llanto

suben crecientes á los oídos de Regina; y ya semejan ecos del diluvio,

ya estrépitos del mar. Al formidable impulso de tantas aguas, la casita

montés se pone en movimiento, deslizándose suavemente, acaso por un río

apacible: tal vez por un lago melancólico. La dama rubia renueva sus

deliciosas navegaciones por el Rhin, por el Marañón y el Napo: un

momento, imagina tripular la piragua de Tlaloc, el dios benigno de las

cosechas y las lluvias. Pero de repente la nave toma un ímpetu loco,

salta, gira, va á hundirse en el abismo; ¡es el _Reina_ lanzado, con

todo el aparejo, entre las olas y el vendaval! La voz de Pablo, ronca y

difícil, clama:

--¡Orce, don Adolfo!...

Regina, nauseando, aterrada, tiende las manos con ademán de supremo

terror, y otras muy suaves, se las reciben, mientras una voz, limpia y

clara como el cristal de una fuente, murmura:

--¡Animos, hija mía!... Ya me ha dicho don Amador que sufres mucho y que

estás en camino de santificarte.

Levanta con fatiga sus párpados la joven: un rostro muy blanco y un velo

de luto se inclinan hacia ella.

--¿Yo--balbuce--yo santificarme?... ¡Si no tengo corazón!

--¡Si le tienes!--asegura con solemnidad la señora del velo.

--¿En dónde?

--En las entrañas. Escucha... Escucha...

--¡Ah, sí; un latido muy débil, como de un corazón chiquitín, que nace

ahora!...--pronuncia Regina, reconcentrándose y sintiendo un blando

pulso en lo más íntimo de su ser.--¿Es de verdad?--grita buscando á la

dama reveladora, que ha desaparecido.

Acude Eugenia:

--¿Qué te sucede? ¿Estás peor?

Sin contestar, pregunta:

--¿Ha venido Carlota á despedirse?

--Sí; un minuto... Dormías; te dió un beso y salió callandito... Ella y

don Carlos se irán en el tren de las once...

No quiere Eugenia comentar la boda que acaba de verificarse, ni remover

recuerdos que mortifiquen á su niña: descubre con angustia la palidez de

aquel amado rostro, y no sabe qué decir.

Ya están abiertos los postigos: un sol resplandeciente se derrama en el

aposento, arrastrándose humilde en la alfombra, escalando los muros,

juguetón, y besando los pies de la cama con muchísima finura. Ha cedido

el viento, y desnieva en un cándido susurro de aguas limpias y veloces,

como aquella que dijo en la musa de un vate castellano:

«Era pura nieve

y los soles me hicieron cristal.

Bebe, niña, bebe

la clara pureza de mi manantial.

Canté entre los pinos

al bajar desde el blanco nevero;

crucé los caminos,

dí armonía y frescura el sendero.

No temas que, aleve,

finja engaños mi voz de cristal.

Bebe, niña, bebe

la clara pureza de mi manantial.

Allá, cuando el frío,

mi blancura las cumbres entoca;

luego, en el estío,

voy cantando á morir en tu boca.

Tan sólo soy nieve,

no me enturbian ponzoña ni mal.

Bebe, niña, bebe

la clara pureza de mi manantial.»

En la voz de los cristalinos arroyos, escucha Regina invitaciones tan

delicadas como la del poeta; romances y arrullos, arpegios y estrofas

que tienen, á su parecer, el blando ritmo de un corazón inocente y

chiquitín, oculto en las entrañas de la nieve.

Y así pasa una hora; la dama está mecida por el compás dulce, por el

misterioso latido que siente palpitar en cuanto la rodea; silba un tren

en la estación del puerto, y el aviso lejano que tantas veces oye la

señora como un rumor cualquiera de la vida, la enternece y la turba, al

rodar hoy entre las pulsaciones de una fibra secreta, que ha empezado á

latir desde que la _Bella durmiente_ aparecióse junto al lecho de nogal

y dijo á la de Alcántara:

--Escucha... escucha...

Y cuando Eugenia, sorprendida de aquella inmovilidad, pregunta á la

señora:

--¿Qué haces?

Ella responde sencillamente, con maravillada expresión:

--Estoy escuchando.

Luego se ruboriza, se aturde, y declara que quiere vestirse. Pero Marta

asoma al gabinete su lindo rostro para anunciar con algún misterio:

--Aquí está el doctor.

Entra don Fermín con aire solemne, saluda y soliloquia:

--Vamos á ver... Vamos á ver...

Quédase mirando á Regina, que se ha puesto muy pálida; la pulsa, y

acariciando aquella mano temblorosa con paternal solicitud, trata de

entablar conversación para distraer á su enferma; refiere que el

temporal le ha impedido venir aquellos días; habla del reciente cambio

de temperatura, y cuenta que ha estado en la estación á despedir á

Carlota y á su hijo.

--Guapo mozo--medita--y tan adicto á su madre, que da gusto admirar cómo

la quiere. Por cierto--continúa, clavando los ojos en la joven--que

Carlota me ha preguntado por ti con grande interés en casa de doña

Mercedes... Corren por el palacio vientos favorables á tu gentil

persona; y has de saber que los han levantado la de Heredia y sus hijos;

buena gente, esa dama y esos mozos; ¡interesantes... muy

interesantes!...

Regina atiende con síntomas de emoción, tan raros en ella, que don

Fermín corta su monólogo de improviso, se levanta de la silla y repite:

--Vamos á ver... Vamos á ver...

Dirigiéndose á Eugenia, advierte:

--Separe usted los almohadones.

Saca luego del bolsillo un estetoscopio, retira alguna ropa de la cama,

y, tendida la enferma horizontalmente, la ausculta, primero, con la

mano; después, con el oído. A cada nuevo examen, asevera el médico

optimista y perspicaz:

--Muy bien... Perfectamente... Perfectamente...

Por último, fija el instrumento en un punto determinado, y dice:

--Helo aquí; el corazón de la criatura.

--¿De qué criatura?--gime la incrédula, todavía obcecada y absorta.

--¡De tu hijo, pardiez!--pronuncia don Fermín rotundamente.

--¡Bendito sea Dios!--balbuce Eugenia, con lágrimas en los ojos.

Regina ni se estremece ni habla, presa de un estupor inexplicable.

Diríase que ha reconcentrado toda su atención en un hilo que baja desde

el techo y en el cual bulle, afanosa, una araña chiquitina y rubia. De

pronto se quiebra el hilo, el insecto desaparece y don Fermín, al

retirarse un poco, permite al sol, que ha ido subiendo por la cama,

besar la frente de la madre. A ella se le mete en el pecho todo el calor

del astro, y se cubre los ojos, cobardes para resistir la refulgente

caricia. El doctor cree que llora.

--Sí, tu hijo--vuelve á decir, emocionado--. Y aquella frase va

descendiendo con el sol hasta el alma de Regina y la llena de amorosa

blandura. Se incorpora la joven sobre un brazo nervioso y moreno, abre

los ojos con intrepidez á la firmeza de la luz y averigua, con la voz

empapada de profundas inquietudes:

--¿Está usted seguro?

--Tan seguro--sonríe don Fermín--como de que naciste en mis manos.

Y haciendo algunas recomendaciones eficaces para la asistencia de la

dama, se despide muy placentero, con el orgullo de que sus palabras han

sembrado una alegría en aquella casa tan triste. Acompáñale Eugenia

hasta el portal, deteniéndole allí con minuciosas preguntas que brotan

como flores de la recién sembrada ilusión. Cuando la buena mujer sube y

entreabre la puerta del dormitorio, Regina se ha vestido sola y está de

hinojos junto al lecho, en tan reservada actitud, que Eugenia vuelve á

cerrar y con un dedo sobre los labios va á reunirse con Marta y Dolores.

Ante aquella señal de silencio, la casita montés quédase muda, envuelta

en el rumor de las aguas y en las caricias férvidas del sol, con un aire

de misterio dulce, de «escucho» peregrino. La fachada blanca y verde

nunca mostró tan vivos sus colores ni tan vigilantes los ojos de sus

puertas: un solo hueco estaba cerrado y ya se abrió al empuje de una

mano imperiosa.

* * * * *

Al salir el doctor del saloncito, el primer impulso de Regina fué

levantarse; necesitaba hallar en el movimiento una fuerza física donde

sostener su terrible emoción; el instinto de la maternidad le sacudía

bravamente las entrañas, desperezándose en ellas como un cachorro de

leona, hasta romper en un bramido bárbaro y alegre, voz del alma y de la

sangre, férvido anuncio de victoriosa encarnación: todo su ser se

desgarraba de golpe con una mezcla de angustia y deleite, de zozobra y

de júbilo; era el gran misterio de la vida, la suprema revelación de

todas las ternuras concentradas en el amor más grande de cuantos amores

humanos pueden sacudir el alma de una mujer.

Se vistió Regina maquinalmente y fué derecha á abrir el balcón, empujada

por el afán de asomarse al mar y al cielo, á todas las visiones que

pudieran ofrecerle un retrato de lo infinito.

El sol inundaba el firmamento, esclarecía los aires y descendía sobre la

tierra como las lumbres de un incendio glorioso. Deshacíase la nieve en

risas y lágrimas, cayendo por las vertientes y ramblares, por las

acequias de los huertos, reverberando con tanto brío como si los montes

fueran de plata y se fundieran todos en el crisol esplendente de la

atmósfera.

Hundió la muchacha los ojos en el paisaje, miró al cielo, á la tierra y

al mar con ansia de luz; y deslumbrada por los reflejos del sol encima

de la nieve, sintió que en su pecho se deshacía algo también. Irguió

entonces su espíritu, como un águila caudal, sobre las cumbres

congeladas, sobre las nieves muertas y derretidas, sobre los horizontes

flamígeros, al través de los espacios pulverizados de sol; recorrió de

nuevo, con la fantasía, los cuatro vientos de la rosa, los continentes y

los mares, las montañas y las riberas, los desiertos, las urbes

insignes; y por encima de las aguas, de las tierras, de los neveros,

sobre las selvas vírgenes, sobre las ciudades remotas, sobre la vida

bárbara de los yermos, de las estepas implacables, en lo más triste y

desolado del mundo, oyó el mismo grito, la misma palabra, el mismo

arrebatado sollozo: ¡Amor!

Sí; el amor era el grave secreto, el secreto á voces de la vida, el

motivo fundamental de todas las cosas, el sol que derrite todas las

nieves. ¡Con qué elocuencia se lo decían á Regina el temblor del

paisaje, el gozo de las aguas, las vibraciones de la luz; imágenes vivas

de su alma en aquel recio amanecer de todos los amores!

Volvió el rostro hacia su aposento, dió algunos pasos con sorpresa

inaudita, creyéndose otra mujer, mirando en torno suyo con asombrosa

novedad; la cara de su madre en el retrato adquirió seráfica dulzura,

mientras que en la fisonomía de Alcántara se extendía una tristeza

amorosa, algo parecido á un dulce reproche, mucho tiempo disimulado

detrás de la galante sonrisa. Abarcó la joven ambas imágenes con una

mirada nueva, teñida de ternura; pronunció interiormente en atropello y

confusión muchas frases cálidas y anhelosas; el hermoso nombre de su

madre:--¡Rosario!... ¡Rosario!...--Y luego:--¡Madre mía!--Y

después:--¡Mi poeta, mi amigo, mi padre!...--Sintió que una marea de

lágrimas subía por sus nervios, á borbotones, murmuró:--¡Adolfo!...

¡Perdón... perdón!...;--y cayendo de rodillas, quiso rezar; mas sólo

acudieron á sus labios convulsos las cándidas frases de aquella

jaculatoria infantil: _Con Dios me acuesto, con Dios me levanto..._ Y en

el hipo de las palabras tumultuosas rompió á llorar como si un bloque de

hielo se derritiera en su corazón. La nube de llanto arrastró á los

labios de Regina, en fecundo rocío, otra plegaria:--_Dios te salve,

Reina y Madre, Madre de misericordia_--y con asombro exquisito mezcló la

miel de este saludo á la confortable amargura de sus lágrimas,

repitiendo ferviente:--_Madre de Misericordia... Reina y

Madre_...--Pronunciaba cada sílaba con sublime entusiasmo, como si

descubriese las estrofas de un poema colosal.

Amaba, al fin, aquella mujer, plena y profundamente, con una maravillosa

terneza en los sentimientos y una anchura fluvial en el alma. Amaba y

creía, llorando por aquellos á quienes no supo amar bien; probando el

refinado goce de sufrir por amor y de gozar sufriendo. Y tantas divinas

novedades eran para la moza como el hallazgo de un mundo novísimo; como

la epifanía de muchos soles, juntos en una sola alborada; como un

despertar de alondras en el árbol del corazón...

Aquí está, lector, Regina de Alcántara: «la viajera rubia», de inverniza

juventud; la mujer sabidora y escéptica; _la curiosa impertinente_. Sus

yertos egoísmos, sus antojos, sus incertidumbres, naufragan en el río

tibio y oloroso del sentimiento, que ha quebrantado, al fin, los duros

témpanos de sus prisiones; aquí está en humilde postura de enamorada;

reza y llora á los pies de una imagen de la Virgen con el Niño en los

brazos, divino señuelo de redención y caridad; aquí está, escuchando

cómo late en sus entrañas un corazoncito, que ha llenado el mundo para

ella de inefables ecos.

Reminiscencias de cosas incoercibles y lejanas; atisbos de lo porvenir;

efusiones sentimentales, florecen ya con suavísima contrición en el

pecho y en los labios de Regina, ungiéndolos de lágrimas,

embalsamándolos de fe; y su voz y su lloro suenan á besos, á piedades y

á canciones, como la voz mansa y pura del agua de la nieve...

Agua de Nieve (Novela) · 第 45 / 54 题