LA LÁMPARA VIGILANTE.--RESCOLDOS DE LA TRAGEDIA.--LOS DOS MÉDICOS.--NO
PUEDE SER...--EPÍLOGO Á LA HISTORIA DE LA «BELLA DURMIENTE».
CAEN los copos de nieve con misteriosa lentitud, en la fría serenidad de
la atmósfera, semejantes á lágrimas de los cielos, á vedijas de nube, á
pétalos de nardo, vistiendo la tierra de apacible resplandor. Hoces y
cuetos, pinos y rocas, ceñidos por el cándido ropaje, pierden la
aspereza y rigidez de su color y sus perfiles; sólo la mancha cruda del
mar, de un gris metálico, desgarra como una hoja de acero la blandura de
los horizontes, y finge un ceño sombrío en el manso cariz de la mañana.
Desde el fondo de su aposento Regina escruta el paisaje con obstinación
acerba, y torna á menudo los ojos al saloncito, bañado en el claror de
la nieve, mira que te mira, halla en esta luz un tinte lúgubre de
mortaja y á la vez una implacable intensidad que alumbra los más ocultos
pliegues de la conciencia.
De cuantas sutiles enfermedades adoleció Regina, ninguna fué tan
dolorosa como esta que padece al resplandor de la nevada, en la más
triste soledad: sufre mareos y náuseas, y tiene delirios como antaño;
tan pronto la persiguen aciagas visiones, como yace en sopor febril,
entelerida y absorta. Pero al través de los porfiados sueños, lo mismo
que en las crisis de agitación, arde en la penumbra de aquella cuita una
lámpara vigilante, que muestra las memorias y las sensaciones con rútila
verdad. A cada fase de la extraña dolencia, siente Regina en el fondo de
su espíritu resplandecer el invisible fulgor, y tirando del crespón
sombrío de sus dudas, confirma valerosa:
--Estos son remordimientos.
En la ondulante blancura del arrabal imagina á veces la vela enorme de
un balandro monstruo, la trágica vela que envolvió á Velasquín y le
meció en las olas hasta ahogarle. En estos minutos de obsesión, para
Regina ha naufragado toda la tierra; sólo vive del mundo una líquida
llanura sobre la cual flota aquel sudario, resto de la hecatombe... ¡Y
cómo finge el mar; qué traidor es! Se está en su sitio, mudo y
ceniciento, con traza indiferente, y bajo las espumas de sus crenchas
guarda con avaricia despojos de ilusiones, cimientos de hogares...
Pensando así, la dama prorrumpe:
--¡Como yo, igual que yo!
Hace de si misma un análisis despiadado; inocente se finge ella también;
sola y callada, oculta allí su luto... nadie dirá que empujó á su esposo
hacia el peligro, hacia la muerte... nadie supone que bajo el oro de los
bucles nievan los remordimientos en la conciencia de la viuda. Pero ella
sabe que pronunció unas imprudentes palabras contra la valentía de aquel
mozo apasionado y sincero; sabe que le estimuló á un combate inútil, á
una lid temeraria y estéril, y se siente culpable de haber arrancado, á
traición, las raíces de aquella vida lozana, de haber destruido los
cimientos del hogar. Todas las expiaciones le parecen pequeñas para tan
graves culpas: que ya la tierra no resucite dentro de su mortaja; que el
horizonte semeje, como ahora, la vela de un balandro gigantesco; que
siempre el mar escuche, turbio y silencioso, el albo secreto de la
nieve, y que la dama rubia viva infeliz años y años, mirando ese
paisaje, abriendo su conciencia á esa luz cegadora que la espanta...
--Aún es poco--murmura con ansias de padecer. Y no es que busque la
felicidad incomprensible de que le habló Carlota. Está segura de no
merecer ningún alivio, ninguna esperanza: sus pesares serán siempre
duros, helados, secos; Dios la castiga á sufrir sin llorar; á
reconocerse culpable sin emoción, con un sentimiento de justicia, recio
y firme, esclarecido por ignoto luminar, sereno y helado como el que
reverbera sobre la nieve.
Ya Regina no confunde la maldad con la virtud; ya no fomenta en sus
íntimos coloquios la duda de «dónde acaba el bien, y dónde empieza el
mal», tópico de que los «amorales» suelen servirse para disculpar sus
errores. La clarividencia de la razón empuja hacia la superficie el
fondo de bondad de aquel carácter, y Regina tiene ahora grandes
repugnancias hacia cuanto no brille limpio y virtuoso, á la vez que se
aferra con todas las energías del entendimiento á lo más sano y puro que
conoce. De tan profunda transformación dimana el menosprecio que hace de
si propia; el afán con que quiere castigarse y padecer, para contribuir
al equilibrio de la justicia. Y de la fuerza misteriosa que hay en este
humano propósito, la dama colige que sus afanes tienen arraigos de
eternidad. ¡Pero la fuente del sentimiento perdura cautiva, acaso negada
para siempre al pobre corazón, loco de sed!
En vano Regina pide lágrimas y oraciones para regar los áridos caminos
de su arrepentimiento; sufre con los ojos enjutos, con los labios
rebeldes á una deprecación que no brota de su alma. Muchas veces
recuerda la pesadilla delirante que padeció en Spa, cuando quiso
interceder por su hermano y se le negó á ello el corazón; mas, al fin,
arrodillóse la colosal cabeza de aquel sueño, y oró la niña visionaria y
dichosa. De semejante deliquio se reanimó la viajera rubia, sonriente y
despreocupada, mientras que hoy, la mujer que padece y busca, sabe que
está despierta y se reconoce acreedora al castigo de no encontrar los
dulces manantiales de la oración y el llanto.
--La que ambicionó entender alegrías y dolores, y quiso gustar la vida
sólo con la inteligencia, está bien condenada á no sentir--murmura la
señora.
Conoce que se ha fabricado el propio suplicio; ella cegó con hielo de
sofismas y argucias las fuentes redentoras de su alma; ¡por eso la luz
que se hace en su razón alumbra un páramo de nieve!
Anonadada la infeliz, se humilla á los consejos del sacerdote, del viejo
y buen amigo que no abandona á su triste feligresa. Y aquel salón
minúsculo, cerrado á la batalla de reconquista que el señorío de
Torremar intentó con pretextos de pésame, se abre á don Amador, y se
puebla de murmullos piadosos casi todas las tardes...
No necesita el sacerdote preguntar hoy cómo sigue su enferma; pulsa con
una mirada el sediento corazón que se asoma á los ojos de la joven, y se
duele:
--¡Estás lo mismo!
--Siempre estaré así...
--Siempre, no. Dios te acendra, porque te elige y te destina sus divinos
consuelos... ¿Lo dudas?--añade el apóstol, ante la incertidumbre de la
dama.
--No lo puedo creer--responde ella con desconsolada sinceridad.
--Pero, ¿quieres creerlo?
--¡Oh, sí!
--Eso basta, por ahora, hija mía, eso basta; no te desanimes. Ten fe...
siquiera en tus nobles deseos de sentir y de amar... Ten esperanza en
tus altos propósitos...
Regina baja la frente suspirando.
--Reza con humildad--continúa don Amador.
--Es que no puedo.
También el sacerdote inclina la cabeza, y tras una pausa, dice:
--Aunque sólo sea con los labios, reza, hija mía.
--¿Y será eficaz?...
--Muy eficaz, por ahora--repite el cura.
Ella quiere alentarse; alza los ojos con un giro de confianza, y toda la
crudeza del horizonte se le mete en el corazón. Viéndola tan abatida, el
párroco le ofrece:
--¿Quieres que yo te guíe?
La viuda dice al punto que sí. Y repite como un eco las jaculatorias
breves y dulces que el anciano recita con mucha suavidad, según conviene
al espíritu vibrante de la enferma. Cuando se deshace aquel grupo
conmovedor, tiene el sacerdote los ojos llenos de lágrimas, y los de
Regina quieren sonreir con gratitud.
Sin miedo al temporal, ofrece el cura volver pronto y se despide
conmovido, lleno de lástima. Detrás de los cristales la señora le ve
marchar: camina con torpeza sobre la nieve; el manteo flota mecido por
un aire de nevasca, sutil y asolador, y produce rumores sordos, como de
alas ó de velamen, hasta que ya los pasos del apóstol se extinguen con
aterciopelada blandura en el paisaje raso y tupido...
* * * * *
Llegando la noche, Regina se sintió más cansada que de costumbre;
cansada de la taciturna quietud de sus meditaciones y tristezas. Ya al
caer la tarde le acosó á la dama un desfallecimiento profundo; y las
tres mujeres que la sirven y la miman, llenas de piedad y cariño,
reconociéronse inútiles para darle ánimos.
Dolores, tan penetrada como Eugenia de aquella punzante desventura, huye
del cuarto de la señora con delicado escrúpulo de misericordia, como si
le alcanzara un asomo de culpa en aquel duelo inconsolable.
El hecho de que Pablo, con toda su intrepidez y adhesión no lograra
salvar al señorito, colocó á la pobre familia del marinero en un doble
caso de pesadumbre. Desde el juez, que oyó las declaraciones del único
tripulante del _Reina_ y hasta el hermano de la víctima y la propia
viuda, todos hallaron verosímil y sincero el relato lamentable; todos
sabían que aquel rudo y valiente mozo trajo con Velasquín, entre la
vela del yate, amortajados para siempre, su bravo orgullo de hombre de
mar y su confianza en el destino.
El desconsuelo de Pablo era conmovedor. Se arrepentía con obstinada
queja:
--¿Por qué le obedecí? ¿Por qué salimos solos, si era una
locura?--Lloraba como un niño, y por primera vez en su vida tuvo fiebre
y necesitó guardar cama. Apenas hizo entrega en el muelle de su triste
cargamento, hurtándose á los brazos de su madre y á las preguntas
tumultuosas del vecindario, corrió á buscar un rincón en la casucha de
un camarada y escondióse, hosco y rendido, luchando muchos días con la
calentura y con la pena. Cuando su robustez venció aquel violento
desequilibrio nervioso, fué imposible convencerle de que volviera á casa
de Regina.
--¿Para qué?--preguntó.--En el jardín no me necesitan ahora; en el mar
tampoco... ¡No hago falta, no hago falta!...--repetía consternado. Por
fin acudió obediente al llamamiento doloroso de la señorita. Ella quiso
verle para identificarse más con la terrible aventura, escuchándola de
su único testigo: anheló conocer todos los pormenores de la catástrofe
para reconstruir en su imaginación el cuadro siniestro y guardarle
esculpido en la conciencia, como perenne acusación contra si misma.
Al entrar Pablo en la estancia, empujado por su madre, le tendió sus dos
manos la señora; y el pobre marinero, tan tímido otras veces, halló en
su propia emoción una hermosa actitud de humildad y de elocuencia; cayó
de rodillas delante de la viuda murmurando:
--¡No le pude salvar ni á costa de mi vida! ¡Lo juro... lo
juro!...--Chispeaba el sudor de la angustia en su frente morena, y todo
el cuerpo juvenil se remecía con el ímpetu de la devota confesión.
Eugenia y Marta lloraron en silencio; y Dolores, al otro lado del
dintel, rompió en sollozos amarguísimos ante un dolor tan semejante al
que ella memoraba toda la vida. Propensa al llanto, con esa blandura
propia de las almas sensibles, no comprendía la infeliz mujer cómo
aquella otra viuda, al borde mismo de la cruel desgracia, devoraba su
quebranto con los ojos ardientes y los labios mudos, sin una lágrima ni
una queja.
Así estaba Regina. Hizo á Pablo sentarse al lado suyo, preguntándole con
prisas febriles todos los detalles del dramático suceso; y al cabo de la
triste relación, mostróse muy afable con el mozo, instándole á continuar
en la casa, tal vez con el secreto designio de que su presencia quedase
allí á manera de clavo, fija y traspasadora, en un arrepentimiento
siempre agudo. Pero el muchacho logró evadirse:
--No, no; se me hace «de mal»,--afirmó--me da en cara, señorita; más
«alante», si es caso, volveré.
Y salió pesaroso, quebrantado, como si hubiera corrido otra borrasca.
Con aquella misma expresión de cortedad evitaba Dolores, en lo posible,
encontrarse con la señora; parecíale que en los ojos, aun al través de
lágrimas, le veía ella lucir el júbilo de que Pablo viviese; y
olvidando, humilde y generosa, que también el mar la había hecho viuda,
imaginaba que el resplandor de su alegría de madre era hostil al pesar
de la joven. Así los suspiros y los rezos de la buena mujer rondaban en
torno del aposento de Regina, como un tímido homenaje de gratitud y de
fervor en tanto que Eugenia y Marta pretendían acompañarla y distraerla.
Pero hay tales inquietudes en sus esfuerzos, y se las ve tan desanimadas
y confusas, que Regina recuerda, involuntariamente, la época de su
desamparo y soledad, entre un niño moribundo y una mujer aturdida, allá
en playas remotas...
Esta misma noche, las dos enfermeras se anonadan y confunden ante el
decaimiento de la dama; van y vienen á su lado, torpes y afligidas, sin
atinar con un buen remedio.
Eugenia se enjuga los ojos por los rincones, con disimulo pueril: ¿Irá á
morirse también su Regina, lo que más ama en el mundo? La adicta
servidora ha visto doblarse á su alrededor tantas juventudes, que una
desconfianza profunda le hace temblar. A este punto, por los resquicios
de los balcones se desliza una imperiosa ráfaga de viento, y el ludir de
algunas puertas produce medrosa resonancia, como si por la casita
montés, arrebujada en la nieve, atravesare un soplo de espanto.
Hace Marta, temblorosa, la señal de la cruz, Dolores se apresura á
revisar fallebas y cerrojos; y trata de serenarse Eugenia, respondiendo
á la muda interrogación de Regina:
--Saltó el ábrego... Así desnevará primero...
Aquella noticia no le interesa mucho á la señora, que se quiere acostar,
débil y mareada. En tanto que la desnuda, al borde del tibio lecho,
preparado con solicitud, Eugenia exclama confidencialmente:
--¡Si fuera verdad lo que don Fermín supone!...
Regina se sobresalta un instante, y murmura incrédula:
--Le engañan sus deseos, como á ti.
--Pues tiene muy buen ojo y dicen que nunca se equivoca.
--No es infalible... Yo no espero nada.
--¿Por qué, criatura?... Ya ves que los síntomas...
--Pueden obedecer á otras alteraciones de salud... Acuérdate de Spa y de
Ensenada. El mismo don Fermín cuenta que es muy obscuro ese primer
período... Nada espero--repite--. Y se encoge, tiritando de frío, en el
confortable refugio de su cama de nogal, viejo mueble que fué tálamo de
varias generaciones; que sabe de lágrimas y de suspiros; de ansias
virginales y de insomnios dolientes; de vidas que surgen y de
existencias que agonizan... Hoy le toca sufrir el temblor de un cuerpo
joven y hermoso, cárcel de un alma toda luz y hielo; toda conciencia y
quebranto...
Crece la noche y desfilan una vez más por la memoria de la viuda los
acontecimientos de los treinta días horribles transcurridos desde la
tragedia: allí está palpitante, la mortal inquietud de aquellas horas,
cuando primero vió á Velasquín errar por la marina, solitario y tenaz,
como atraído por las espumas y los clamores de la marejada, y á poco le
descubrió en el _Reina_, solo con Pablo, en desatinada aventura;
después, la espera congojosa junto al balcón, atalayando el horizonte
hasta que aparece el yate á la vista, desmantelado y á remolque de un
vaporcito en demanda del puerto; casi en seguida _Timonel_, que llega
sin saber lo que dice; semblantes que gesticulan en el arrabal; Dolores
que vuelve riendo y llorando y que á las preguntas locas de Regina
responde al fin:
--El señorito Adolfo... viene herido...
Trata la esposa de correr al encuentro de aquella desgracia y la
detienen; la empujan hacia su habitación, donde no escuche las voces de
la calle: aterrada, inquiere, suplica la verdad del siniestro, y el
espanto de todas las caras le responde... De pronto entra Manuel,
blanco, transido, y en impulso fraternal y conmovedor, ofrece los brazos
á la viuda. Pero ella, con la arrogancia heroica de quien se confiesa
públicamente, grita:
--No; no me toques. Yo tuve la culpa de su muerte: le llamé cobarde y
arrostró el peligro para probar que no lo era... ¡Yo tengo la culpa!...
Todos creyeron que el dolor la extraviaba; pero Manuel la miró á los
ojos fijamente y huyó sin volver la cabeza... El fúnebre cortejo que
subía hacia el arrabal cambió entonces de rumbo y descendió al valle...
No protestó Regina de que le arrebataran los despojos de su marido,
porque se consideró indigna de hospedarlos: cerró su casa á las
importunas curiosidades de Torremar; abrió su espíritu á las voces de la
conciencia y quedó escuchando la posa de muerte que durante nueve días
rodó sobre la población en frecuentes lamentos.
Cuando llamaron á don Fermín, creyendo muy enferma á la joven, ya don
Amador ofrecía su asistencia piadosa, sin que le llamaran. Ambos fueron
recibidos en calidad de médicos, sin ilusiones pero sumisamente; y ambos
aplicaron sus medicinas con misericordia y ternura sobre el alma y el
cuerpo de la infeliz. Mientras el sacerdote procuraba reanimar aquel
espíritu helado, recetaba el doctor pócimas calmantes y repetía un
augurio muy dulce al oído de la mujer. Ya otra dos veces en aquella
última temporada y respondiendo á las consultas de Adolfo, don Fermín
calificó de síntomas de embarazo las rarezas observadas en Regina; su
propensión á dormirse; sus disparatados sueños; y aquella actitud de
sonambulismo que al esposo alarmaba tanto. Pero la dama encogía los
hombros, en la crisis profunda de su indiferencia, diciendo vagamente:
--No puede ser.
Y al sentir de nuevo el roce balsámico de aquella esperanza, consciente
ahora, segura de no merecerla, repite:
--No puede ser.
Mas don Fermín, en su reciente visita, ha insistido sobre este punto,
casi con certidumbre, anunciando gravemente:
--Volveré un día de éstos y saldremos de dudas.
Un escalofrío de sagrados temores estremece á Regina cuando recuerda que
el plazo va á cumplirse, y que su destino está pendiente de las palabras
que el médico pronuncie. Pues aunque echó la muchacha la llave á todas
sus ambiciones, como un castigo que se impuso, la profesía consoladora
filtra en aquel espíritu desierto un blando soplo de ilusión, igual que
el ábrego reinante introduce por hendeduras de las puertas sus audaces
silbidos y sus rachas impetuosas...
En el insomnio de Regina hay esta noche un tumulto de imágenes. El
cuerpo gentil que tiembla en la cama de nogal, está agitado por la fusta
de muy distintas memorias... Al romper la mañana debe celebrarse, en la
capilla de los Velascos, el casamiento de Ana María y Manuel; silencioso
y triste como el que antaño se celebró en la parroquia; también ha de
oficiar don Amador emocionado, y han de servir de padrinos una llorosa
dama y un caballero melancólico; también en la penumbra una mujer
llorará, de hinojos... Pero los desposados que se arrodillen entre doña
Mercedes y Carlitos, los novios de esta otra mañana decembrina, van á
recibir un sacramento con la frente serena y los corazones henchidos de
piedad y de amor: la sublime locura de la _Bella durmiente_, contenida
en íntimos sollozos, será ejemplo admirable de celsitud y sacrificio,
allí donde _la novia de Gabriel_ hubiera lamentado á voces su frustrada
felicidad. Y si otros pesares menos ocultos enlutan el recinto y mojan
de lágrimas las oraciones de la boda... bien sabe Regina quién los ha
provocado, y en qué pecho repercuten con gritos de expiación. El
matrimonio, en apariencia semejante al que la dama rubia conmemora en
cruel aniversario, sabe ella que es en el fondo muy distinto del suyo, y
admira con humildad sus nobles fundamentos: quiere Carlota partir con su
hijo para consagrarse á levantar el vuelo de aquel mustio corazón, en
saludable mudanza de horizontes; pero antes paga sus deudas de gratitud
á la ilustre familia de Velasco y ofrece á su hija la ventura, con
suprema generosidad, empujándola hacia el palacio del valle, donde
siembre sonrisas y consolaciones sobre la memoria de Velasquín;
consiente Manuel, devoto cumplidor de sus palabras y preclaro artífice
de bellas obras, y doña Mercedes abre sus brazos temblorosos para
abrazarse al «hada del _Robledo_» como á un providencial refugio...
Peregrinos y claros le parecen á Regina estos propósitos que apenas
trascienden, ocultos con humilde cautela, bajo la capa misteriosa del
destino. Se tiñen de rubor las mejillas de la joven al recordar que pudo
confundir lo malo con lo bueno; los intentos obscuros y egoístas, con
los altos y hermosos ideales. En las rutas determinadas y frías de
aquella alma, ya todos los rincones están llenos de luz; y hasta la
mariposa vacilante, pálida como un cirio, que alumbra el aposento de
Regina, adquiere una potencia singular á esta hora de confusiones y de
fantasmas, esclareciendo la vida entera de la dama rubia.