VI

¡ADIÓS, LUTO!--«PETIT TRIANON».--PROSIGUE LA HISTORIA DE LA «BELLA

DURMIENTE».--LA MORAL DE REGINA.--TRAGEDIAS Y TERNURAS.--LAS FLORES QUE

NO SIRVEN PARA NADA.

A grandes pasos, como si todo el camino fuera suyo, cruzaba Regina el

arrabal, buscando la altura del _Robledo_. Se había ceñido un traje de

tul, calado en las mangas y el escote, impropio de su luto reciente; y

aun alegró la sombra de la tela con unas rosas blancas, prendidas en la

cintura. Salió anhelante, atropellada de vehemencias y de impresiones,

sin saber á punto fijo qué cosa fuese á buscar sendero arriba; pero

segura de que buscaba algo urgente y apetecible para su inquietud. Dejó

á Eugenia en el zaguán haciéndose cruces:--¿Adónde iba la niña con el

luto en alivio, sola y apresurada, ardiendo así la tarde?

--A divertirme. A salir de esta clausura donde ya me ahogo: ¿tiene algo

de particular?

Y sin esperar respuesta, viendo que acudían también Marta y Dolores, y

que Pablo se iniciaba sorprendido en el fondo del jardín, emprendió la

marcha con mucha resolución.

Ya en el sendero que conduce al robledal, se detiene y mira á todos

lados, con incierta sonrisa. Por allí subió muchas veces, rapaza

errante, libre como los pájaros, á encontrar á los amigos, á quienes

fascinaba y divertía con sus cuentos maravillosos. Siente la nostalgia

de aquellas horas, cuando en la ruda independencia de su niñez le era

tan fácil escalar un atajo y seducir unos corazones... Cautiva del mundo

y de sus convencionalismos, atormentada por la educación, acaso es un

delito repetir semejantes aventuras...

Así piensa Regina con despecho, posando sus ardientes ojos en la ciudad

menuda, que en la modorra de la tarde estival parece dormir, pobre y

cansada.

De pronto, en un límite confuso de la carretera, surge un tren

pequeñísimo y veloz, que se agranda y silba, que se retuerce en la

serpeadora línea blanca, y cruza la población y sube al arrabal. Es el

automóvil de los Velascos, el único del pueblo. Regina no distingue

quiénes van en él. Le ve ganar el soto sobre el cual se apoya la

flamante casa de tan ilustre familia montañesa. Las torres del

espléndido edificio asoman por detrás de la brava altura donde la casita

de Alcántara se yergue.

Muchas tardes Regina, desde su mirador que da al jardín, á espaldas de

la mar, contempla absorta aquella residencia de príncipes, palacio

moderno en el cual supone encerradas todas las exquisiteces del lujo y

el _confort_. ¡Ella tendría que gastar su fortuna sólo en la verja de

una finca semejante! Tienen razón las niñas del juez: ¡deben de ser muy

ricos los Velascos!...

La admirada mansión es de una arquitectura libre y voluptuosa, que,

indisciplinada contra las reglas, sabe introducir las comodidades y la

novedad, recordando las elegancias de Watteau, los refinamientos

versallescos, los extravíos finos y raros del siglo XVIII.

Sorprende á Regina que haya sido la acogedora de tales sutilezas una

dama devota y madura, consagrada al culto de los santos y de las flores.

Y se confunde con este asombro el recuerdo de Ana María, aceptada con

placer para nuera, por la viuda floricultora.--Tal vez--se dice--la

madre de Velasquín, á pesar de sus afanes piadosos y sus prácticas

severas, resulte, por dentro, una dama al estilo del pequeño Trianón...

Avanza Regina en su camino y en sus reflexiones, mirando siempre las

cúpulas de los Velascos y la parte alta del edificio que la observadora

descubre á medida que asciende; aquellos impacientes perfiles, aquellas

líneas ondulantes, toda la linda traza y el conjunto inusitado de la

construcción, ¡qué bien dicen las inquietudes y los refinamientos de la

vida moderna! Allí las horas correrán muelles y solazadas sin la

monotonía enervadora del vivir campesino... Regia instalación estival,

con un yate liviano, cómodos carruajes, rápidos automóviles, y un bello

amor, exótico y fuerte... En el invierno, Madrid, con su vida cortesana

y opulenta; triunfos de salón, regocijos de hogar... ¡Qué dichosa iba á

ser Ana María!...

Ya está la moza en la linde del bosque donde Carlos aguarda.

Manso el ramaje susurra débilmente, y por los desgarrones de la fronda

afila el sol las saetas de su luz hasta la hermosura brava de la selva

como un enamorado que con ojos atrevidos rasgase la pudorosa túnica de

codiciada mujer.

Sintiendo está Regina toda la belleza del agreste paisaje, cuando llueve

en la gasa de su ropa un puñado de flores. Sonríe la muchacha: registra

en torno con sus lentes y descubre á Carlos tendido en el suelo, en

actitud de lanzar otro puño de borrajas y margaritas. Cuando caen

aquellos olorosos proyectiles sobre la elegante blusa, sutil como la

niebla, Regina se detiene renovando con rara claridad la remota

impresión de un sueño que tuvo no sabe cuándo, en horas de fiebre: Era

en una espesura salvaje, huyendo, no se acuerda de quién; las flores le

sonrojaban el cuerpo desnudo cayendo en lluvia suave, como de caricias ó

de miradas... Vagamente murmura:

--¡Jacinto Ibarrola!... Fué un delirio, una ilusión...

Carlos ya está de pie, gozoso, esperanzado; y ella le saluda con la

memoria ausente y la sonrisa lejana.

A la apremiante solicitud del joven trata Regina de sacudir aquella

insólita enervación de su voluntad, y déjase caer en el mantillo de la

selva, bromeando y sonriendo. Quiere desechar á todo trance las memorias

tristes, porque sabe que le entorpecen su paso decidido y que turban su

corazón. Y arriesga la mirada en la penumbra del bosque, con la cobarde

ansiedad de esconder sus pensamientos á la sombra durmiente de los

árboles... Fué de veras que los escondió, porque del toldo umbrío,

rasgando los cendales de enredaderas y de helechos, vió Regina surgir la

imagen dulce de Carlota. Al punto, olvidada de todo lo que no fuese la

tragedia profunda del _Robledo_, volvióse hacia Carlos la muchacha, con

la curiosidad encendida en los ojos, y rogó, insinuante, hasta que el

joven, sentado á los pies de ella, ató el hilo de aquel drama sin

final.

--Después que me lo cuentes--dice conqueridora la de Alcántara,

buscaremos á Ana María.

Pero el mozo, que un minuto antes, ardiendo en ilusiones, estaba muy

lejos de aquella realidad, patulla torpe en su relato.

Ayudándole Regina, inquiere:

--¿Qué sucedió cuando tú marchaste á Madrid y tu hermana al colegio de

Zallas?

«--No partimos ninguno de los dos--dice Carlos, ya dentro de su

pena.--Fuimos retrasando nuestra salida, porque mi madre, entonces,

mostró un aspecto de cansancio y hastío que nos preocupaba mucho. Ella

intervenía en todos los pormenores del laboratorio con trabajo

incesante. No sólo estaba á las órdenes del «dictador» en los materiales

trajines, sino que, además, copiaba escritos, leía en voz alta y hacía

dibujos... Después, velaba á la cabecera del sabio, que se dijo «enfermo

de fatiga»... Horas sin fin vagaba mi padre por la casa, mirándose la

lengua en todos los espejos, tomándose el pulso en todos los rincones,

maldiciente y desesperado, negro el humor, como un abismo. Seguíale su

mujer igual que una sombra esclava, sirviéndole á cada ralo manjares

preparados por ella, y que mi padre apuraba, protestando ruidosamente de

su calidad y condimento. A menudo, mezclándose á las voces de furor,

oíanse chasquidos de cacharros, y mi madre se adelantaba presurosa á

nuestras preguntas, diciéndonos que había dejado caer por torpeza el

servicio de la comida...

Una noche me pareció escuchar gritos lastimeros, sollozos y ayes. No

era la voz irascente, terror de nuestra casa, la que así me despertó á

deshora. Era un velado acento de mujer, una voz blanda como la de mi

madre. Me levanté de un salto á medio vestir, salí al corredor y todo

estaba obscuro y silencioso.--Habré soñado--me dije. Y atento á la paz

negra que me envolvía, aún escuché un suspiro, dudando si era caricia

del jardín ó desahogo de un pecho. Después llegó á mis oídos un susurro

como de brisa ó de oración, y en la ceñuda sombra vi encenderse una raya

de luz señalando el dormitorio de mi hermana. Fuime descalzo y cauteloso

hacia el hilo brillante y abrí la puerta. Ana María, sentada en su lecho

en actitud de quebranto y de insomnio, ahogó un grito de alarma.»

--¿Era ella la que te despertó gimiendo?--preguntó Regina.

--«No, al escuchar, como yo, la doliente quejumbre, se había desvelado

en ansiedad miedosa. Pero ante las sospechas de mis preguntas mostróse

calmada y rogó que me acostase sin hacer ruido, porque, seguramente,

éramos unos locos que soñábamos con llantos mientras todos dormían en el

_Robledo_. A medio convencer la obedecí, y aunque velé toda la noche,

con el amargor de tristes dudas, ningún alarmante suceso me volvió á

inquietar. Mas un ansia frenética de ver á mi madre me poseyó al

siguiente día. Con la aurora ya estaba yo vestido, paseando por mi

habitación en espera impaciente de que la casa se animase con los

acostumbrados rumores. Sentí que se abría la puerta del gabinete de

mamá. Salí corriendo y la puerta se cerró. Pero incapaz de contener mis

prisas y mis inquietudes, entré resueltamente en el aposento contiguo

al dormitorio matrimonial. Mi madre se estaba peinando, con el

larguísimo cabello flotante hasta las rodillas. Al verme en la luna de

su tocador, tornó hacia mí la cara llena de asombro y preguntóme

ansiosa:

--¿Estás malo?... ¿A qué vienes y por qué madrugas así?

Yo también la miraba con ansiedad creciente. Observé su enfermiza

palidez de encarcelada, y en los ojos agrandados por el sufrimiento, una

luz sombría que me causó espanto. El livor profundo de las ojeras y el

grave pliegue de la boca, daban á su rostro, siempre tan dulce, una

extraña expresión de locura.

--Tú sí que estás enferma--pronuncié sin saber qué decir, asustado por

la profundidad del dolor que su semblante traslucía.

Levantó ella los brazos maquinalmente, enlazándose el pelo de cualquier

traza, tal vez para ocultar sus ojos turbados por los míos. Entonces,

las mangas anchas y ligeras del peinador se le deslizaron hasta los

hombros, y en los brazos, de sedosa y peregrina blancura, le vi de

pronto, con terror indecible, varias señales negras y crueles,

extendidas como sacrílega profanación en la hermosa carne sagrada para

mí... Toda la tragedia bárbara de aquella vida se me reveló en tan

espantoso minuto. Pero aun quise dudar, ciego por el terror de creer. Y

tocando las mazadas huellas del suplicio, grité alocado:

--¿Qué es esto, dime; qué es esto?

Retiróse dolorida, se apartó los tenebrosos cabellos en ademán brusco, y

con una resolución desesperada señaló hacia el dormitorio y me dijo

únicamente:

--Ese hombre.

--¡Miserable!... ¡Miserable!--rugí. Toda mi ternura se deshacía en

sollozos y en maldiciones, cuando se presentó mi padre con estrépito,

medio desnudo, trágico y amenazador.

--Si no calláis os mato--regañó con fiereza.

--Acaba de una vez--respondió serena su víctima, con altivo desprecio.

Lanzóse furioso hacia la cama, buscó entre las ropas, y le vimos empuñar

un revólver:

--¡Os mato!--repetía.

Dos acentos agudos apagaron su voz:

--¡Mi madre!

--¡Mi hijo!

Y á un tiempo nos arrojamos á la defensa mutua contra el cañón negro del

arma. Yo la arrebaté de las manos cobardes que tantas veces con ella

apuntaron al pecho de una mujer. Pero aquellos feroces puños se

crispaban aún sobre la dolorosa que á mi lado sufría, y un torrente de

injurias brutales abrumó á la infeliz. Cegado por la indignación, blandí

el arma sin saber lo que hice, y amenacé:

--Disparo, si la tocas.

Al rozar los pálidos dedos de mi madre que desviaban el revólver, apreté

convulso el gatillo, y silbó una bala que se clavó en el techo...»

--¿Qué más?... ¿Qué más?--pide Regina, acuciosa y febril.

Carlos parece que está fuera del mundo, en nublada existencia de

visiones y pesadilla. Oye que le dicen otra vez: ¿qué más?, y murmura

estremecido:

«--¡Ah! sí, pues nada; una cosa ridícula. Mi padre dió muchas voces

pidiendo socorro; temblaba, quería huir. Tropezando en los muebles, á

tumbos, llegó hasta el lecho: le miró, nos miró, y zambullóse en él con

heroico arranque, en la actitud tremenda de quien se tira al mar. Se

subió el embozo hasta cubrirse la cara, y quedó mudo, inmóvil.

--Está loco--dije á mamá. Acerba, segura, replicó:

--Es un infame.

Y giramos hacia la puerta al escuchar el roce de un vestido. Ana María,

demudada, temblorosa, estaba allí.

Fué urgente que la prestásemos apoyo, porque la vimos desfallecer. Nos

miraba interrogante, trémula, y aunque la queríamos tranquilizar, rompió

en llanto, doliéndose:

--¡Qué vida nos espera ahora!

Pero yo no estaba para lamentaciones inútiles. Una actividad punzante me

consumía. Anduve á pasos inquietos el saloncito de costura donde nos

habíamos refugiado. Las dos mujeres, abrazadas en el sofá, tejían

lástimas y consuelos como si estuvieran duchas en tan amargos lances de

vergüenza y dolor.

Por fortuna, la servidumbre, escasa aquel día, trajinaba en el corral, y

nadie oyó el disparo, que apagó su estallido en la profundidad de las

habitaciones.

Pasamos la mañana en aflictiva sombra de pensamientos. Eran los míos tan

atropellados y confusos, que en un instante caía desde la más terrible

resolución á la impotencia más abrumadora. En un giro loco de tales

ideas, pregunté á mi madre airadamente:

--¿Por qué te casaste con _él_?

Dejó temblar su voz llena de lágrimas, y con infinita ternura repuso:

--Porque debíais nacer vosotros...

Estrechóse mi hermana contra ella, balbuciendo no sé qué frases y

caricias.

Yo, transido de gratitud y de emoción, me arrodillé á besar las manos de

la mártir. Y entonces suplicó, enérgica y dulce.

--Júrame que _le_ respetarás.

--No; le aborrezco--dije.

--Debes perdonarle. Es preciso que le perdones, como Ana María.

--¿Eres capaz de eso?--pregunté indignado á mi hermana.

--Hago lo que mamá quiere--confesó.--Me lo pide ella... Por servirla

llegaré á las cosas más difíciles del mundo.

Había tal esfuerzo en sus palabras, que enmudecí, juzgando mucho más

noble su obediencia que mi rebelión.

Mi madre insistía:

--Jura, Carlos...

Pero alcé los ojos á mirarla con tal angustia, vió en mi semblante el

tormento de tantas inquietudes sordas y crueles, que poniendo las manos

en mis hombros, me dijo, grave y digna:

--Jamás he merecido que _él_ me trate así. ¿Oyes, hijo mío? ¡Nunca!...

Por vuestro amor llevé la cruz de este suplicio en secreto espantoso...

Ana María conoció antes que tú la intensidad de mi desventura...

--Es un crimen--le interrumpí horrorizado--que sigas viviendo con ese

hombre.

--Ya no hay para qué--dijo--si tú sabes que no debo vivir con él; que

no puedo. ¡No, ya no puedo más!--sollozó desolada...»

Se contrae la voz del mozo en repentino quebranto. Regina, más atenta á

la curiosidad que á la compasión, apremia impaciente:

--¿Qué hicisteis, di?...

Ambos amigos están viviendo la fatal historia. El siente y sufre. Ella,

imaginando, saborea el estimulante amargor del drama y le apura con

trágica sed en los labios del joven, por lo mismo que él sazona con sus

lágrimas la relación...

Esplende la tarde, rútila y bella. Bajo el toldo quieto del robledal

gorjean y reclaman los pajarines, y en un ribazo florecido balitan unas

ovejas, enamoradas ó errantes.

Carlos Ramírez, borracho con el ácido licor de sus recuerdos, nada

escucha ni admira; arranca flores de la alfombra de césped donde se

recuesta, y sigue diciendo con traspasada lentitud:

«--Nada hicimos entonces. Formamos un haz de almas en tortura, hasta que

mi madre, de pronto, rompió el hechizo de nuestra pena con su palabra

persuasiva y valiente. Nos prometió redimirse de su esclavitud sin

retroceder ante ningún obstáculo. Iría en consulta á la capital aquella

misma tarde, para entablar la demanda de divorcio lo antes posible.

--Tendré que separarme de vosotros provisionalmente--dijo. Y ante

nuestra alarma dolorosa, añadió:

--Después que mi libertad se legalice, vendréis á mi lado sin abandonar

por completo á vuestro padre. Es preciso--insistía--que le compadezcáis

mucho, que le cuidéis. El os quiere y será bueno para vosotros.

Mi hermana se atrevió á decirle que ante la amenaza del escándalo y la

separación, tal vez el culpable prometería una absoluta enmienda, un

arrepentimiento lleno de compensaciones y humildades. Pero mamá dijo al

punto, con viva repugnancia:

--No, no. Es imposible. ¡Nunca, nunca!

Vimos en su rostro la firmeza de una inquebrantable resolución. Su

hermosura cobró un aspecto de altivez y poderío que jamás tuvo. Y hasta

en el dolor y el embeleso con que nos acariciaba creíamos sentir un aura

saludable y nueva, una fuerte expresión de dignidad y valentía. Me

pareció mi madre otra mujer. Su nimbo de dolorosa tomaba realces

gloriosos, resplandores de triunfo. Y, sin embargo, ¡cuánta amargura en

su acento, y en su sonrisa cuánta tristeza!

Casi todo el día estuvimos los tres juntos, en una intimidad tan

acordada y profunda, como no la disfrutamos hasta entonces.

El criado recibió con visible sorpresa la orden de servir á mi padre la

comida en la cama. Poco más tarde, suponiendo que nos interesaba mucho

la noticia, fué á decirnos «que el señor había comido muy bien, sin

rechazar ningún plato». Y como mi madre no manifestara interés por el

suceso, entre la breve servidumbre se inició un murmullo de asombro, al

ver á la señora libre de sus hábitos de esclava, á salvo de apuros y de

gritos.

Un silencio de tumba reinaba en las habitaciones conyugales, donde el

drama absurdo y brutal se deslizó en la sombra tantos años.

Ya vencido el día, acompañé á mi madre á la iglesia. Quiso hablar con

don Amador, y la dejé en el confesonario, mientras pedí un coche que

nos esperase en la carretera del _Robledo_. Mamá deseaba no hacer uso

del ferrocarril, temiendo que en la estación de Torremar la molestasen

con preguntas ó acompañamientos importunos.

--Iré desde casa en un coche--dijo--y aun me queda tiempo para ver hoy

al abogado. Mañana haré las diligencias más urgentes, y volveré á la

tarde.

Preguntábale yo, si no temía la actitud violenta que _él_ tomase por tan

decisivas resoluciones.

--Bajábamos por ese mismo sendero--señaló Carlos á Regina--; estaba así

la tarde, como ahora, tan espléndida y dulce. Mi madre respondió:

--No temo nada. Sólo es capaz de crueldades lentas, de infamias

silenciosas... "Ese hombre" es un caso estúpido de ferocidad sorda y

ruin, sin precedentes en cuanto yo sabía de crímenes humanos... Valido

de mi flaqueza y mi terror, me hubiera matado lentamente, gozándose en

atormentar mi alma y mi cuerpo en una bárbara cobardía de muchas horas.

Roto el secreto de sus perversidades, amparada yo de la ley, pedirá

perdón y llorará como un nene que delinque sin malicia ni consciencia,

maltratando su juguete favorito...

--¡Pobre Carlota!--lamentó Regina.--_Bella durmiente del bosque_,

encantada por el Ogro!...

Carlos vuelve un instante á la realidad, y contempla á la muchacha en

muda adoración.

Pero ella está tranquila, pendiente de la historia, deseando á la vez

que dure mucho y que se acabe pronto.

Y sin reparar en las emociones de su amigo, le apresura y le emplaza:

--Cuéntamelo despacio, y acaba en seguida.

--No acabaré nunca--se duele el mozo.--Y relata obediente:

«Después de la brevísima conferencia de mi madre con su confesor,

volvimos á la finca, dejando el coche allá abajo, en un cruce del

sendero y el camino real. En breve, mamá estuvo preparada. Entró en el

laboratorio, no sé si á despedirse de Manuel Velasco, ó á buscar alguna

cosa. Fué cuestión de un instante...»

--¿Manuel iba todos los días á vuestra casa?--pregunta Regina con vivo

sacudimiento de interés.

--Iba á estudiar con mi padre, y muchas veces trabajó solo horas

enteras, cuando el maestro, adolecido ó malhumorado en demasía, se

encerraba en sus habitaciones.

--Ese Velasco es un excéntrico, ¿no?

--¿Manuel?... Un hombre encantador para mi gusto: serio, paciente, de

carácter dulcísimo y simpático...

--Incasable, dicen.

--¿Por qué no tiene novia?

--Todos sus amores cuentan que los ha puesto en la biología.

Olvida Carlos su mirada entre los árboles, con evocadora expresión, y

responde:

--No lo creo... Manuel--continúa ferviente--es mi mejor amigo.

--¿Más que Adolfo, tu futuro cuñado?

--Mucho más que Adolfo.

--¿Y era también--inquiere la curiosa--un buen amigo de tu madre?

Enrojece Carlos. Sus doradas pupilas se hunden en el bosque, como en

persecución de algún secreto.

--Sí, porque había sorprendido toda la tragedia de nuestra casa. Durante

muchos años Manuel casi vivía con nosotros. Su admiración á la ciencia

de mi padre, sus aficiones al estudio y al trabajo, han sido poderosas

para retener esa juventud varonil dentro de las terribles salas donde se

han fraguado muchas tempestades de nuestro hogar... Manuel Velasco y mi

madre simpatizaban mucho.

--¿Y dices que se despidió de él?

--Lo supongo. Tengo tan presentes todos los pormenores de aquel día, que

nada olvido en esta crónica triste de mi corazón...

«Mamá salió del laboratorio más blanca que la nieve; en el dintel,

Velasco parecía un espectro; tan pálido y fúnebre le vi. Ocultándonos de

mi hermana marchamos en busca del coche y acompañé á mi madre hasta la

salida de Torremar. Cuando ella mandó detener el carruaje para que yo

bajara, sentí de pronto el miedo agudo de la irreparable separación. Y

aunque ambos dijimos «hasta luego», quedéme temblando como una hoja en

mitad del camino.

Allí, en el borde de la carretera, frente al mar, busqué el apoyo de un

arbusto. Me pesaban en los párpados los últimos besos de mi madre, con

dulzura nueva y solemne. La viajera, alejándose, alzaba su pañuelo entre

las cortinas del coche para decirme:--Adiós... Adiós... Pero sentí un

cansancio horrible, como si hubiera recorrido medio mundo; y en aquella

postración profunda no pude contestar... La noche ensombrecía ya la

costa, y los encendidos ojos del carruaje me miraban, me miraban de

lejos con tal fijeza y dolor, que tuve impulsos de correr para

apagarlos, para preguntarles por qué me perseguían con lívidos

resplandores de fatalidad, en una noche tan hermosa, á orilla del mar

azul... El traje claro de mi madre blanqueaba fugitivo, cada vez más

distante, y aún me pareció distinguir las oscilaciones de una mano que

decía siempre:--¡Adiós!...»

De nuevo Carlos Ramírez detiene su relato en un nudo de palabras

deshechas. Y también Regina, implacable, perentoria, repite:

--¿Y después? Anda, hombre, ya falta poco.

--Falta mucho... ¡Mi madre no volvió!...

--¡Ah!--se le ocurre á la niña por todo consuelo. Y al cabo de una

meditación audaz y silenciosa, pregunta:

--¿No sabrá de ella Manuel Velasco?

--Manuel sabe--dice el mozo con altivez--que mi madre es buena. Y

dolido, pávido, interroga:

--¿Lo dudas tú?... ¿Admites las calumnias que de ella se dicen en

Torremar?

Hay una inflexión ingenua y dulce en la voz que tranquiliza:

--¿Dudar yo de la virtud de tu madre? No, Carlos no... Escucha. Voy á

ser muy franca contigo, únicamente contigo, muchacho; ideas de este

calibre no las debe decir una moza casadera.

Y muy celosa, recatándose hasta de los robles y de los helechos, de los

pájaros y de los grillos, secretea la de Alcántara:

--Yo juzgo que siempre, en todos los casos de la vida, es lícito y...

«bueno» huir de un hombre odioso para querer á un hombre amable.

--¿Qué sospechas?

--¡Nada! Aseguro que Carlota, hoy ausente y libre es á mis ojos tan

interesante y digna como lo fué esclava en el _Robledo_.

--Gracias, gracias--murmura Carlos devoto,--tú haces por ella más que

Manuel y su madre, más que don Amador... La crees en pecado y la

perdonas.

--Si es que no califico de pecado... «eso» que tú supones...

Posa el mozo todo el sol de sus pupilas en los ojos negros de la mujer,

y turbándose profundamente, oye la consulta:

--Apela á tu propio corazón; dime la verdad: ¿la crees tú mala aunque la

juzgues culpable del delito de amar?

Obstinado, confuso, él repite:

--Mi madre es buena.

--Puede ser un ángel y estar enamorada.

--¿De quién?... Se marchó sola. Cansada de sufrir, no tuvo valor para

aguardar meses y meses, tal vez años, una sentencia oficial que rompiera

su cautiverio. Los trámites judiciales le causaron repugnancia y

bochorno. Así nos lo dijo en una triste carta de despedida... Sabe que

para ir en su busca abandonaríamos á nuestro padre, y ella lo quiere

evitar con el secreto de su retiro. Se alejó pobremente, con sus

pequeños ahorros y sus joyas... ¡Oh, madre mía!... ¡Es buena, es buena!

Los que la conocen bien, están seguros de ello.

--¿Lo has preguntado tú?

--Nunca. Es la primera vez que remuevo con la palabra estos pesares

míos; pero sé que la infeliz ausente tiene en Torremar tres defensores:

Manuel, su madre y don Amador.

--Tiene cuatro.

--¡Regina!

--Y yo, la más entusiasta, según tú dices.

--¡Vas tan lejos en tu bondad!

--En mi libertinaje.

--¡Por Dios!...

--Sí, Carlos. A la libertad del corazón y de los afectos, le llama

libertinaje medio mundo.

--¿Aunque sólo el espíritu se liberte?--averigua el joven con zozobra.

--¡Aun así!--quéjase la voz musical, con acento de rebeldía.

--Leyes serán del mundo, no del cielo... Mi madre, hermosa y pura,

muchos años martirizada, ¿no puede sacudir sus cadenas y disponer, á lo

menos, de su corazón?... Si eso fuese un delito, yo la absuelvo y la

perdono.

--Y en un caso de libertad... «absoluta», ¿te mostrarías inflexible con

esa mujer, sólo porque es tu madre?

Certera, desconcertadora, la interrogación da en medio de las

inquietudes de Carlos, que se defiende dudoso, tímido:

--Siento necesidad de creer en su virtud; su vida de sacrificios y

abnegaciones no me deja derecho á dudas... ¡Ha sufrido tanto!... ¡Fué

tan ruinmente atormentada!...

Como fruto de lentas consultas á la conciencia y al sentimiento, repite

el mozo unas palabras muy dulces, que de fijo Regina las conoce:

«--No se debe golpear á una mujer, ni siquiera con una flor...»

--Aunque la mujer sea mala; pero si es buena, si vale tanto como la

madre tuya... ¡Carlos, duendecillo de mis sueños de niña, no seas

cobarde en tus perdones!...

Roto un troquel de timideces y de nieblas al conjuro de la voz

tentadora, Carlos Ramírez se alza anhelante, hermoso en su ingenua

solemnidad:

--Sí, sí. «En todos los casos», yo perdono á mi madre, y creo que merece

ser libre y ser dichosa.

Con brusco transporte, ardiente en sus ojos una lumbre de afanes

juveniles, el muchacho exclama:

--Escucha, _Reina_... Tú eres la mujer de mi vida... ¡Te quiero, te

quiero!...

Y ella, en repentino abandono de la sensible narración, sonríe con los

labios abiertos al placer, ufanándose en la golosina de una lisonja

nueva. ¡Un niño gentil, que le dice amores entre lágrimas, con la voz

caliente de ternura!... La sombra de los ojos á la moza se le inflama de

luz.

--Carlitos, mi caballero--gorjea en triunfo,--me da mucha risa que me

quieras tanto.

--No te burles; este es un amor de verdad; amor de hombre. Y ya nunca,

¿sabes?, nunca podré amar á otra mujer.

--Así dicen, y hasta creen, todos los pretendientes enamorados.

--Yo no soy «como todos». Yo te quiero desde que supe de ti. Cuando tú

subías con Daniel á contarnos cuentos en la casuca, ya te quise. Después

he soñado mucho con tu belleza, con tu donaire, con el misterio de tus

ojos, con el encanto de tu palabra, con los dolores de tu corazón...

Desde que volviste te elegí por confidente única de mis penas. Adiviné

que me ibas á consolar, que _la_ ibas á defender... Y ahora, ¡siento por

ti una devoción, una gratitud!... ¡Quiéreme un poco, _Reina_, por

caridad!

Trocó Regina en lástima su regocijo ante el discurso ferviente, preñado

de anhelos y tristezas. Algo profundo y grande se estremeció en el pecho

de la veleidosa, creyendo que el nombre de Daniel había temblado como

una lágrima en el semblante deprecativo de aquella pasión tan dulce y

tan humilde. Pero lucha contra la flaqueza del enternecimiento; quiere

reir; hace una breve mueca de fastidio, y quédase absorta, con los ojos

húmedos y la risa en quebranto.

Una voz perlada y juvenil punza el silencio, desde el fondo del bosque,

y aparece donosa una dama, bajo el ramaje inmóvil.--¿Dónde

estáis?--viene preguntando.

Regina, como en la insensatez de un delirio, murmura:

--¡Carlota!

Y el mozo vuelve la cara con estupor, á punto de gritar:--¡Madre!

Pero es Ana María la que llega, la que averigua con celo y cariño:

--¿Qué os sucede?

--Nada...

--Nada...

--Parecéis disgustados.

Niegan ellos: el calor y el palique les detuvo allí, gustosos de la

frescura de los árboles, entretenidos en las memorias de la infancia.

La niña del _Robledo_ interrumpe aquellas explicaciones con dulce

enojo. Teda la tarde les aguardó impaciente, y hace más de una hora que

les busca en el jardín y en la arboleda...

Está allí Velasco, que quiere saludar á Regina.

--¿Dónde?--interroga la de Alcántara, poniéndose de pie con visible

azoramiento. Sacude su vestido y alisa sobre la frente la sérica mata

rubia.

Aquella ráfaga de inquietud invade á la novia, que manifiesta un leve

susto cuando dice:

--Venía detrás de mí.

Crujen las ramas menudas al firme paso del doncel, y se le recibe con

rara expectación, como si fuese extraño que llegara una persona á quien

se espera. Él avanza sonriente, despreocupado y festivo; pero ante la

actitud cortada de los otros, siéntese algo confuso y saluda á Regina

con etiqueta más cortés que afectuosa.

Resbalan desde un tallo hasta el suelo dos flores pálidas que Adolfo y

Carlos quieren levantar. La dama rubia pone sobre ellas su bota

elegante:

--No sirven para nada...--prorrumpe.

Los cuatro mozos, presa de inexplicable desazón, pasean lentamente,

hablan y sonríen con esfuerzo. Regina dice que es la hora de volverse á

su casa, y niégase á seguir hasta la de sus amigos, pretextando que aún

está lejos y se hará de noche antes que ella baje á Torremar.

--Te acompañaré--asegura Carlos.

Y Adolfo, muy galante, advierte:

--Yo también bajo ahora y estoy á sus órdenes. La llevaré hasta su casa

con mucho gusto.

En rápido asentimiento acoge Regina esta última oferta.

--Sí, es verdad--dice--; de ese modo no dejaremos sola á Ana María.

Hay una breve lucha de cumplidos porque Carlos insiste en bajar después

que acompañe á su hermana hasta el límite del bosque; y ella pretende ir

sola, asegurando que tiene muchas amistades con la paz de la selva y

ningún temor á sus caminos silenciosos.

Ante un reparo leve de Regina, cuenta Velasquín que muchas noches

retorna á pie á su casa, para hacer ejercicio, y sube luego un sirviente

por su caballo.---Hoy--sonríe galán--daré mi paseo con doble placer.

Óyese un repique de novena.

La de Alcántara se apresura á decir:

--Es tarde, es tarde.

Y ofrece que volverá al siguiente día, como aplazando las frases de

cordialidad, las efusiones que faltan en su vuelta al _Robledo_ después

de muchos años de ausencia.

Está parado el grupo en la cumbre del bosque, en dominio del hondo valle

donde la finca de los Velascos se extiende sin fin. Corre la pared en

línea atormentada, bajando, subiendo, codiciosa de campiñas y mieses, y,

señor de sus límites enormes, el palacio flamante se ufana de la tierra

con desdenes del mar, que ulula lejos, al otro lado de la colina.

La sombra del crepúsculo envuelve en fantásticos matices aquel vasto

panorama que la posesión señorea. Y de pronto, contemplativa y absorta

la dama rubia, siente un vértigo de codicias y admiraciones ante el

poder que atribuye al dueño de riquezas tales.

Tórnase hacia él, pálida y valiente, para ordenarle en son de reto:

--Vámonos.

La sigue el mozo sometido, casi sin volver la cara para decir adiós.

Y en la complicidad del paraje y de la noche, aquella extraña partida

toma el aspecto de un rapto ó de una fuga...

* * * * *

Se encienden las estrellas, altas y palpitantes, en un cielo de raso

azul. Carlos y Ana María, tristes y mudos, afrontan el camino penumbroso

del robledal. Distraídamente el muchacho recoge en la hierba una cosa

blanca y mustia; y al punto la niña extiende su mano hacia aquel objeto,

y balbuce:

--Son aquellas dos flores... «que no sirven para nada».

Ha sonado su voz profunda y tremorosa, delatando la valentía de una pena

que no quiere llorar. Un acento parecido, más sonoro, más grave,

compadece:

--¡Ah, sí! ¡Pobrecillas!...

Y las flores tornan al prado, colocadas con dulzura, como si pudieran

lastimarse y sufrir.

Con menos compasión de dos corazones amigos deja Regina de Alcántara las

cumbres del _Robledo_, llevándose en las redes de sus curiosidades y

ambiciones el drama de Carlota, el amor de Carlos y tal vez la felicidad

de Ana María.

Agua de Nieve (Novela) · 第 32 / 54 题