IV

LAS ALEGRES COMADRES DE TORREMAR.--«ESTRADUCA».--LA «NOVIA DE

GABRIEL».--IDILIO DEL BOTICARIO Y LA JAMONA.--LA NIÑA DEL

«ROBLEDO».--RÁFAGAS DE PIEDAD.

VIÓ Regina crecer la primavera sin tedio ni desilusiones. Aquel amago de

precoz hastío en que la sorprendió Carlos Ramírez no tuvo, por fortuna,

continuidad, porque todas las tardes, á la plácida hora del crepúsculo,

surgía del pueblo inmóvil un grupito endomingado y vistoso que llamaba á

las puertas de la recién venida ciudadana, y que, en el gabinete por

ella preferido, hacía historia menuda de los más íntimos secretos de la

población.

No se escapó á la de Alcántara ni una mueca, ni un retintín, ni una

frase, en aquel desfile de visitas, soldadura de relaciones y efusión de

saludos. Y entre sonrisas y reverencias hizo, con muchísimo donaire,

todos los descubrimientos que se le antojaban.

Ya está Regina al cabo de Torremar como quien dice. Contagiada por la

chismosa fiebre pueblerina, deja un punto en descanso sus propios

anhelos para divertirse con ajenas aventuras, y en solaces curiosos,

muy femeninos, va ordenando sus averiguaciones, según hemos de dar breve

noticia en el presente capítulo.

Sabe la aprendedora que son las de Estrada dos mocitas arrogantes y

jacareras, con muchas ínfulas y poco dinero, y que, por competir en lujo

y aparato con las encumbradas familias de la ciudad y los contornos,

hacen á su padre andar de cabeza, enredado en trampas, muriéndose de

fatigas y sofocones... Quiere aquí Regina hacer memoria sobre esta gente

tan sonada y visible, pero sólo recuerda que es de linaje ilustre,

nativo de Asturias; que las niñas de Estrada eran ya de pequeñas muy

ostentosas, y que vivían en una casa con balcones esquinados y

ventrudos, semi-palacio de blasón y rejas saledizas, radicante en la

Corredera. La mamá de estos dos pimpollos que tanto ruido meten en el

pueblo, fué una mujer revoltosa y linda, que se murió de susto ante la

bancarrota de su fortuna, y el esposo de la dama sensible, ha sido

siempre un cuitado, preso antes en la imperativa voluntad de su

consorte, mártir después de las trapacerías y locuras de sus retoños,

Palmira y Jacoba; por donde el bueno y triste don Victoriano Estrada

degenera en prototipo del «pobre hombre» inconsciente y lastado, ya

viejo y miserable, en el total hundimiento de su flaca personalidad. Al

través de los cristales obscuros que guarecen la cobardía de sus ojos,

don Victoriano ve á una luz de panorama lívido todas las cosas del

mundo: rostros, senderos, fiestas, jardines, astros y horizontes, cuanto

mira aquel hombre infeliz, tiene un tinte amarillo de vergüenza y

pesadumbre, un color trágico de bosque en deshoja, de cielo en

borrasca. Estraduca suelen decirle, en son de caridad ó de altivez, al

ruinoso caballero.

Y pronuncia Regina lentamente este diminutivo, con sonrisa lastimera,

cuando salta de pronto otra imagen en aquella evocación complicada y

rebuscadora: es _la novia de Gabriel;_ una mujer tristísima, siempre de

luto, que va con frecuencia al camposanto, que reza sin reposo y llora

sin consuelo; su edad es indefinible, su dolor incurable. Ya casi no se

recuerda su nombre en Torremar; la conocen por _la novia de Gabriel_;

algunos la dicen solamente _la novia_, otros _Gabriela_. Su figura

atribulada es, desde varios lustros, la nota fúnebre del mujerío

porteño; pocos torremarinos oyen su voz, nadie su risa. Se cuenta que

_la novia_ hace mal de ojo, y los pacatos ó ignorantes huyen de ella con

supersticioso disimulo. El glacial enlosado de la parroquia conoce los

perseverantes duelos de esta mujer, que debió de ser bella porque aún

tiene en los ojos, entre lágrimas y obscuridades, una ardiente lumbre de

hermosura amorosa.

Cuando Regina corrió por los campos montañeses, rapaza y traviesa, ya

_la novia de Gabriel_ se amustiaba, fatal, en los rincones del templo;

ya el perfil de la doliente, esquiciado un instante en los holgorios

festivos, producía inquietud y desazón, como los revuelos de la

_nétigua_ sobre los valles, y los giros de las gaviotas en la ribera. Ya

entonces Gabriel, un adorado novio, abonaba con su carne varonil el

pedazo de tierra bendita donde el llanto de aquella mujer había de regar

muchas primaveras de flores.

Tiene esta figura femenina un profundo atractivo para la demandante

soñadora. _Gabriela_, con su ropaje de viuda, su encanto de esfinge y

su aspecto funeral, causa á Regina asombros de misterio y de abismo.

Porque esta febril admiración la atormenta un poco, rechaza el luctuoso

recuerdo y acude á buscar otros menos inquietantes.

Aparecen al punto en su memoria las señoritas de Bernaldo. La más

pequeña de las dos hermanas, una «pequeña cincuentona» y relamida,

supone que la idolatra con propósitos matrimoniales el boticario don

Celso Ortiz, señor que entretiene sus sesenta otoños machacando en la

rebotica drogas y chismes, para ofrecer sus amasijos á los clientes, ora

en píldoras, ora en revelaciones, siempre delante de una sonrisita

dulce, que pueda quitar el amargor de sus cuentos y sus «preparados». Es

ya notorio que don Celso tiene grande predilección por los ingredientes

ácidos para componer medicinas, y por los noticiones picantes en

tragedia, que él sabe inventar ó corregir, á la par de sus específicos.

Con una carcajada tendida y alegre comenta Regina el misterioso lazo de

amor que une al boticario con la Bernalda «joven», y que tiene una

historia «química» muy interesante. Observó la dama, de nombre Filomena,

que don Celso conservaba incólume la negrura juvenil de su cabello, más

ó menos poblado; y padeciendo ella el terror á la nieve en sus rizos de

rubio origen, finos y enredadores, se llegó un día á la botica con

disculpas de comprar pastillas de goma para un pícaro constipado de su

hermana. Bien recuerda Filo que don Celso lucía, aquella tarde, rara

travesura en sus ojos gitanos; que estábase envuelto en un chal escocés,

de alegres colores, y calzaba escarpines de paño marrón. No puede la

enamorada olvidar la hora solemne, cuando ella, «como quien no quiere la

cosa», va y le dice:--Diga usted, don Celso: ¿conoce, «por casualidad»,

alguna tintura inofensiva que conserve el color de los cabellos? Es para

mi hermana, ¿sabe usted? Pero no quisiera preguntar en la droguería,

porque aquellos chicos tienen tan poco fuste, que, á lo mejor, creerán

que trata una de pintarse... ¡Figúrese usted!... Todavía no está una en

ese caso.

El farmacéutico, chispos los ojos de placer, sacó la lengua, se relamió,

y repuso, en son de gran secreto:

--Yo le mandaré á usted una cajita con una untura. Se da por la noche,

al acostarse, y se envuelve la cabeza en un paño para no manchar las

almohadas. A pocas aplicaciones de este maravilloso ungüento, invención

mía--dicho sea sin ofender á nadie,--los alados rizos de usted volverán

á su pristino color de oro.

--Sí, oro puro, eso es; digo, así era el pelo de mi hermana, porque yo,

todavía...--insiste ruborosa Filomena.

--Usted está admirable, como siempre,--adula el boticario--y muy joven;

no pasa día por usted.

Con el regocijo de poder aliñar chistes en su tertulia, á costa de la

Bernalda, don Celso mostróse decidor y pegajoso como las pastillas que

iba á comprar Filo. Y poco después salió de la farmacia la ilusa jamona,

llevando en los oídos un soniqueo de galantes chocheces, en la fantasía

la promesa de un tinte para las canas, y en el corazón las ilusiones de

una boda posible.

Aquella noche las de Bernaldo se acostaron con pañuelo á la cabeza,

untadas del betún que don Celso les envió discretamente, mientras en la

tertulia de la rebotica, unos señores ociosos reían la broma del

boticario viudo á la noble doncella Filo.

En tan leve suceso se infló pronto la suposición de unas relaciones

amorosas entre el químico taimado y la dama teñida. Ella, con sus

dengues y sonrojos, dió alientos á la fábula, y en la penumbra de la

vida social torremarina se comentó el asunto como si valiese la pena de

reirle ó de tomarle en serio, mientras los rizos de Filomena seguían

blanqueando, un poco mustios, ente el tizne y la grasa de la tintura

maravillosa...

De todo lo cual se enteró Regina con burlas y pormenores referidos en su

presencia durante el visiteo de la temporada.

Pero de cuantos lances supo la curiosa, con interés y fisga, desde su

nido averiguador, ninguno le interesa tanto como el misterio que

envuelve á sus amigos los de Ramírez. Secreto, dolor y amor; tales son

los estímulos mayores para el corazón intranquilo de la de Alcántara, y

los tres le subyugan á la par, en aquella familia breve y descollante,

donde parece refugiado el antiguo recuerdo de la «viajera rubia».

Muchas veces la dulce voz de Marta ha vuelto á anunciar en la puerta de

Regina:

--Don Carlitos Ramírez.

Pero el joven halló ocupado por otras personas el grato rincón de sus

íntimas confidencias, y siempre prolonga poco su estada allí, creyendo

notar que se interrumpen ó aplazan algunas conversaciones por causa

suya.

Receloso y susceptible, Carlos huye el peligro de que le moleste en

público la más ligera alusión ó indirecta al nombre de su madre. Y no

anda equivocado suponiendo que la triste historia de la dama es todavía

asunto que en la ciudad apasiona y ocupa á las mujeres. Por eso Regina

sabe que Carlota de Heredia se fugó enamorada... ¿De quién?... Algo

confuso queda este acertijo. La fuga realizóse en un barco que desde

Santander hizo rumbo á Francia. Como únicos pasajeros iban con la dama

un sacerdote, un anciano y un poeta...

--¿Cuál de los tres?--se preguntaba don Celso, que «como hombre de

ciencia» era algo volteriano.

Siguiendo la opinión general, Regina dice: el poeta. Esta perspicacia

adivinadora no aclara las negruras del percance. Porque ¿dónde y cuándo

conoció y quiso la fugitiva al incógnito rimador? Ella casó en los

albores de su juventud y parecía vivir muy á gusto en la solitaria

residencia de su esposo, la que no abandonaba ni para bajar al puerto.

¿De qué países fantásticos le llegó la cita amorosa y qué hechizos

fatales la indujeron á la tremenda aventura? Con las huellas de la dama

bórrase el camino de todas las suposiciones.

Afirman los curiosos que don Juan Ramírez no ha buscado á su mujer,

aunque vive en amarga desesperación, loco de pesadumbre, porque adora á

la ausente... Otros cuentan que Carlos, con sigilo y empeños, logró ya

descubrir á la fugada y procura convertirla hacia el triste hogar. Pero,

en resumen, nadie, á sabiendas, puede decir dónde está la señora de

Ramírez, por qué, ni con quién huyó. Ni aun es posible suponer la

actitud del abandonado esposo, retraído en el más absoluto aislamiento

después del drama, y desde años atrás casi en divorcio con la

población.

Una nota alegre rompe de improviso la obscura tristeza del _Robledo_.

Ana María se casa con Adolfo Velasco, _Velasquín_ como familiarmente se

le dice. Ya es casi oficial esta boda, que une á las dos familias más

pudientes y encumbradas de la ciudad. Y la noticia es causa de grandes

admiraciones en el vecindario. Sábese que la madre del novio es dama

austera de mucho recato y sólidas virtudes, y sorprende la seguridad de

que la rígida señora estimula con su patrocinio y simpatía la mutua

afición de los muchachos.--¿Cómo--dicen los chismes populares--la

displicente viuda acoge con regocijo, para nuera, á la hija de Carlota?

Mirando los sucesos al través de Torremar, también á Regina le extraña

el caso. Velasquín, mozo arrogante y distinguido, la primera figura

masculina de la juventud porteña, está emparentado con rancios linajes

españoles, y por sus méritos y posición, bien pudo él buscar novia tan

noble y adinerada como Ana María, sin que tuviese mácula en el nombre de

su madre...

Por cierto que los Velascos no han ido á visitar á la de Alcántara, y

sólo con unas tarjetas ceremoniosas hicieron los honores del regreso á

la interesante señorita. Lo está ella reflexionando con disgusto, cuando

se dibuja sobre aquel enojo el perfil encantador de Ana María. Todas las

memorias se obscurecen á la luz ideal de este semblante, lleno de

sencillez y de frescura.

No es «una belleza» la niña de Ramírez; pero tiene un conjunto armonioso

de juventud y de bondad, tan apacible y amable, que la admiran como

portento de hermosura cuantos ojos la contemplan, y los corazones se

van en pos de su gracia.

Sólo así se comprende que, teniendo la moza pocos años, rica dote y

gentil presencia, no sufra de enemigos ni de envidias en los angostos

límites de tan menuda ciudad.

Meditando la de Alcántara en estos privilegios de su amiga, murmura con

admiración un poco triste: «No sé qué hechizo es el suyo para cautivar

así.» Y la recuerda en el ademán de aquel abrazo con que anudó al cuello

de la repatriada un roto collar de infantiles memorias. Fué una de

aquellas tardes de expectación para Regina, cuando en su gabinete se

hizo más agitado y reverencioso el movimiento de saludos: llegó Carlos

Ramírez con su hermana, y ambos mostráronse tímidos un instante al

advertir la presencia de un gran cortejo. Mas de pronto, Ana María

dominó su cortedad en fuerte impulso de emoción, y abrazóse á la

compañera de su niñez, prendiéndola con un lazo de cálida ternura. ¿Qué

se dijeron las dos muchachas, juntos los labios y los corazones que

tantas veces compartieran sonrisas y latidos? Habláronse á media voz,

dulces y truncas frases de amistad y tristeza. En las palabras

vehementes de Ana María cantó el sentimiento una romanza cordial y

piadosa, mientras la rubia de los negros ojos pretende analizar sus

impresiones en aquel mismo instante, al calor de los halagos que recibe

y prodiga. De tan inusitada exploración saca la escéptica esta sola

conjetura:--La niña del _Robledo_--dícese--es hogaño mujer seductora que

hace honor á las gracias de su madre; pero nuestras caricias son

aparentes, de seguro; esta emoción que nos sacude no es más que

sorpresa, tal vez miedo... Entre dos mozas casaderas no cabe un cariño

desinteresado; no puede existir la pura amistad, ni la simpatía noble...

Estamos representando una comedia...

Y desde aquel momento la de Alcántara puso una triste suposición de

hipocresía y falsedad en su íntimo trato con la de Ramírez, y amargó las

frases y los besos de tan dulces relaciones, no mirando en Ana María á

la paciente compañera de su niñez, sino á la terrible rival de su

juventud.

Contribuyó á la malevolencia de estos juicios una casualidad muy

frecuente en semejantes asuntos; la moza recién llegada había pensado

elegir novio en el pueblo, y no supo sin sordas inquietudes que era el

novio de su amiga la flor de los galanes torremarinos.

Esta averiguación impulsaba hacia el _Robledo_, con empuje de lucha,

todos los instintos de Regina; era un excitante con que su vanidad y su

impaciencia despertaron, fuertes y belicosas, después del sueño de

aquella temporada.

Algunas sutiles inspiraciones detuvieron á la inquieta mujer antes de

lanzarse á buscar entre los de Ramírez, con arrebato ansioso, el drama

secreto de Carlota, el amor dulcísimo de Carlos, y tal vez la envidiable

felicidad de Ana María. Irresoluta un punto la de Alcántara, trató de

contener su insaciable apetito de emociones delante de aquellos dos

hermanos que desde niños la querían, y en quienes adivinaba, á despecho

de sus fatales ideas sobre la amistad, raras virtudes de adhesión. Acaso

por primera vez quiso Regina combatir el ciego ímpetu de su naturaleza

imperiosa. Y puso la atención nuevamente sobre el sencillo programa de

existencia que se trazó á sí misma en alegre amanecer de ilusiones,

cuando rememoró su vida y sus pesares al tocar tierra española, salvando

del naufragio de sus quimeras una firme esperanza de ventura. Este

sedante recuerdo amansó un poco la naciente agitación de su espíritu.

Sonrió á su ideal de vida humilde, entre la tierra y las olas, poseyendo

un jardín y un balandro; haciéndose querer de sus vecinos por la dulzura

y sencillez de costumbres; practicando habilidades caseras y devociones

religiosas, y esperando tranquilamente á la señora felicidad, que pasito

á pasito llegaría en la forma de un arrogante mozo. Las cinco hijas del

juez, portento de economía inverosímil, enseñarían á la novata á

inventar postres, bordados y vestidos; el viejo doctor, D. Fermín Pérez,

la sometería á un plan higiénico y saludable contra las aprensiones que

la mortificaban; y del bondadoso párroco don Amador Olmeda, aceptaría la

sabia dirección espiritual que con discreto interés le brindara desde su

primera visita aquel dechado de sacerdotes.

Débiles eran estos sanos propósitos. Como si su mantenedora les augurase

inutilidad y fracaso, abandonóse á ellos sin fervor y los puso en

práctica tibiamente...

Entorna Regina los ojos con resignación al murmullo de las

conversaciones, que se van haciendo pesadas para ella, en las tertulias

de su gabinete: compra libros de rezo y manto devoto; y, del bolsillo de

una falda manida, náufraga en el fondo de un baúl, extrae un rosarito,

que Eugenia abrillanta con afán, asegurándole á la señorita:

--Es el que usó tu madre para diario.

Aquel soplo efímero de piedades mueve en la casa un ligero vaivén

sentimental. Eugenia coloca sobre la cama de su niña un abandonado

lienzo donde se aparece la Virgen del Carmen con el Niño Dios en los

brazos. Marta, con disimulo y reserva, enciende á San Antonio una

mariposa en un altarcillo parroquial; y Regina manda hacer funerales por

sus difuntos, y pide con urgencia á Santander dos grandes ampliaciones

de los retratos de sus padres. Quiere colgarlas en el saloncito

dormitorio, allí donde piensa rezar y coser, glosando los amores de

Filomena y don Celso, con embustes de las de Estrada y sandeces de la

señora del alcalde, una dama que suele hablar de historia y literatura,

confundiendo á doña Juana la Loca con doña Beatriz de Galindo.

Lleva Regina sus planes discretos hasta suponer que será la tierna

confidente de Ana María, la fraternal camarada de Carlos y la devota

practicante de todas las novenas y congregaciones de Torremar.

Con esta sola hipótesis ya se juzga ella un prodigio de abnegación, una

heroína de la amistad y la misericordia.

Ya se siente crucificada en el más duro de los sacrificios; suspira con

aire pesaroso, y luego rompe á reir, pensando que todo aquello es una

broma irrealizable, una absurda ocurrencia reñida con el señorío

indominado de sus prácticas y sus gustos...

Pablo, el marino jardinero, siente la placidez de aquella bonanza

casera, y pide la nave que Regina le había ofrecido. A tiempo que el

futuro patrón y la señorita riegan las flores, á la caída de la tarde,

es cuando el mozo se atreve á recordar aquella halagadora promesa.

--Para las regatas de los Mártires--masculla enrojecido--ya puede estar

en el balandro aquí.

Oyó Pablo contar que en Inglaterra tienen los yates hechos, y que los

mandan á la medida, en cuanto se escribe.--Así lo consiguieron los

señoritos del Club, en un periquete.

Pone la dama su mano de lirio en el hombro medio desnudo del marinero, y

asegura su oferta con suavísimo agrado. El mozo se inmuta bajo la

presión sedosa de aquella manecita condescendiente, y la muchacha,

sonriendo y mirándole, le aturde hasta hacerle sudar y palidecer.

Quédase allá abajo quieto y confuso el paisaje marino. Cruzan el aire

como saetas dos golondrinas, y en un hermoso cielo de julio, muere la

luz del sol humildemente, sobre el repique grave de una campana y la

canción profunda de las olas.

V

EL ENSUEÑO DEL BALANDRO.--CORTE DE AMOR Y GALANTERÍA.--CABALLERO EN

BRIOSO ALAZÁN...

VEHEMENTE, bullidora como la espuma, como la espuma tornadiza y frágil,

pone la de Alcántara en sus proyectos el ímpetu de las cosas que no se

realizan jamás. ¡Con qué entusiasmo se entrega á los ardores de la

imaginación, sin perjuicio de abandonarse después á la indolencia y la

acritud, desmenuzando cruelmente las causas de sus recónditos

sentimientos! Todo se le vuelve tejer fantasías y destejer emociones,

como la sombra de Penélope.

Allá van ahora, con ínfulas de actividad, sus bellos planes de burguesa

urdimbre. Cosen las niñas del juez al lado de la extravagante moza,

mientras ella asegura que va á empezar un encaje «al día siguiente». Ha

decidido encargar su balandro á los _Talleres de San Martín_, en

Santander; tendrá de largo siete metros, y le costará unas doce mil

pesetas. «Mañana mismo» va á escribir pidiéndole, y dará mucha prisa

para que se le entreguen pronto.

_Timonel_, el viejo amigo de la señorita, está muy interesado en esta

compra, y tiene con la dama una conferencia sobre el negocio:

--Buen aparejo y buen personal para manejarle--recomienda prudente.

--¿Le parece bien Pablo?

El viejuco, con pertinaz guiño, como si escudriñase un horizonte

peligroso, mira hacia adelante en lenta pausa, y replica:

--Sí, Pablo me parece bastante bien.

Luego se ofrece á probar él la nave y el piloto para mayor seguridad. Le

preocupa á la muchacha el nombre que ha de ponerle; un nombre bonito y

raro... Alza los ojos como si le buscase por el techo; y á poco, las

niñas del juez, el marino, Eugenia y Marta, que están presentes,

levantan la cabeza, buscando también por allá arriba. Sólo encuentran

unas cuantas moscas que giran lentamente en un rayo de sol.

--«Eso»--alude _Timonel_, fallido--se discurre cuando el barco está

pronto. Y «hacemos» aquí el bautizo, que es cosa maja y divertida,

fiesta _solene_, con cura y todo...

--Velasquín--dice una de las aplicadas costureras--también tiene pedido

un balandro no sé adónde.

--¿Y sabéis cómo le va á llamar?--inquiere la de Alcántara.

Marta sonríe muy segura.

--Le llamará Ana María, como la novia.

Recae la atención en este noviazgo, tema favorito de _todas_ las

conversaciones en la actualidad. Y _Timonel_, luego que dedica algunos

pintorescos elogios á la gentil pareja, se despide, volteando la gorra

en sus manos endurecidas como raíces secas y ásperas. Es un viejo

sonriente y firme, que cuelga sobre el pecho, desnudo y velloso, los

nevados flecos de una barba hirsuta. Tiene cierta costumbre fina de

tratar con el señorío, y se paga mucho de su privanza con los marinos de

afición más ilustres en Torremar desde las tres generaciones últimas.

Al salir del gabinete deja _Timonel_ sobre la alfombra la huella vaga de

sus zapatos enormes, y en el aire un fuerte olor á marisco y á brea.

Quédanse las señoras conversando de Ana María y Velasquín. Las del juez

cuentan que el novio es riquísimo; que tiene automóviles, caballos,

caseríos, fincas rústicas y millones de pesetas.

--No exageréis--arguye Regina con gesto impertinente--.

Además--cuestiona--, Adolfo tiene un hermano.

--Sí, pero Manuel no se casará. Sólo piensa en los libros y en los

descubrimientos biológicos.

--Puede gastar su fortuna en bichos ó en rarezas.

--Adora á su hermano, que es el ídolo de la casa, y que disfrutará todo

el caudal, seguramente--afirma la del juez muy convencida. Las demás,

conocedoras de estos caudales y estas adoraciones, dicen que sí con

igual certidumbre. Y se dobla la frente de Regina opresa en la

meditación que surge de aquellos comentarios:--Poco--piensa--se ha

detenido Ana María en este gabinete recién abierto á la playa de nuestra

niñez. Con la disculpa de que el _Robledo_ está muy distante y de que

ella tiene graves obligaciones de ama de casa, reposa apenas en este

sofá que yo destino á íntimas confidencias... Casi nada me ha contado

de su novio, á quien ni de lejos he logrado ver. Tal incógnito y reserva

son indicios de que no hay sinceridad para mí en los halagos de esa

muchacha...

La sospechosa, súmese después en más gratas cavilaciones. ¡Carlos sí que

la quiere con fuerte cariño, seguro y grande!... Siéntese ella

acariciada por la ardiente adoración de aquel mozo sentimental y

extraño, que la envuelve en luces de sol cuando la mira y tiembla cuando

la saluda.

Una atracción secreta y curiosa impele á la de Alcántara hacia su

silencioso adorador. Lo mismo que de niña rompía los juguetes mecánicos

para ver lo que tuviesen dentro, así ahora quisiera quebrantar la

timidez de aquel corazón juvenil, para escuchar el grito ingenuo y

apremiante de un primer amor.

Alentado Carlos por las preferencias de Regina, allí donde, por verla

unos minutos, soportara la rivalidad de otros jóvenes torremarinos,

abrió su alma á las ilusiones más sonrientes, soñando una divina gloria

de venturas. Hizo versos eróticos; compuso al piano, con súbita

inspiración, sonatas delirantes y febriles; y todas las tardes rondó la

playa, subiendo y bajando, como el mar, á los pies de la casa de Regina.

Luego, al anochecer, buscaba el camino de la parroquia para ver el

perfil de la joven á la hora de la novena.

Comenzó á susurrarse en el pueblo que Carlitos Ramírez estaba locamente

enamorado de la señorita de Alcántara; ella sonrió alegre cuando la

dieron broma con él, y puso en incertidumbre á otros galanes atendiendo

á Ramírez entre todos.

Ya su dote y su belleza habían rodeado á Regina de una respetuosa corte

de amor. Fabricio Bernaldo, un hermano talludo de la amorosa Filomena,

aplacía tiernamente los ojos y las frases sobre aquel astro nuevo de la

dorada sociedad. El notario, un hombre muy triste, con cara de moro,

buena hacienda y ganancias apreciables, suspiraba también por Regina,

sin disimulo ni sosiego. Y la codiciaron con igual apetito, Felipe

Alonso, rubio y lánguido como un tenor de opereta; Paco Ordoñez, médico,

chiquitín y ocurrente, hijo único de viuda rica, y otros cuantos señores

casaderos y estimables, cuyos nombres no son de interés ni utilidad á

las páginas de esta historia verídica.

* * * * *

Cuando las dos niñas del juez, de turno aquella tarde en casa de Regina,

terminaron su labor, era la hora del rosario. Ciñéronse las muchachas,

como su huéspeda, unos velitos modestos sobre la frente, y se dirigieron

á la parroquia.

Ibase el día vencido á morir en el mar túmido y sollozante. En

lontananza serena se besaban las aguas y las nubes, ya obscuro el cielo

con el manto de sombra de la noche.

Por una leve senda que bajaba á la ciudad desde el _Robledo_, resonó el

trote firme de un caballo, y, delante de las tres niñas devotas, pasó,

jinete en brioso alazán, un mozo arrogantísimo, con la solapa florecida,

el puro en los labios, y un aire diestro y feliz, lleno de gracia.

--Es Adolfo, que viene de ver á la novia--anunciaron á Regina las del

juez, mientras que el caballero saludaba cortésmente sin hacer alto.

Quedóse la de Alcántara presa de un deslumbramiento indefinible. Aquel

rumbo, aquel porte del mozo, tan desenfadado y gentil, la recordaban los

grandes salones que con su padre había recorrido en los días felices de

triunfos y esperanzas, cuando desdeñó todas las dulces realidades del

mundo para correr detrás de los sueños y las fantasías.

Ahora se había vuelto muy práctica. Ya no se enamoraría de un bravo

explorador aventurero á quien los salvajes pudiesen hacer picadillo para

amenizar las diversiones de una selva virgen... Quería un novio seguro,

en tierra civilizada, un hombre elegante y alegre, acaudalado y noble...

como Velasquín, por ejemplo... Detrás de él marchó cautiva la atención

de la muchacha.

Lanzábase ya el caballo de Adolfo entre la melancólica polvareda de la

ciudad, bajo los árboles hojosos del camino y el fulgurante silencio de

la luna. Había pasado el jinete rápido y marcial, deslumbrador como una

estrella que brilla y huye, dejándole á Regina una ansiedad punzadora

clavada en el pensamiento.

Al salir de la novena y saludar ligeramente á los señores del pórtico,

fuese la de Alcántara hacia Carlos Ramírez con fácil familiaridad y le

contó, bajito:

--Mañana por la tarde os hago una visita. Espérame á las cuatro en la

entrada del bosque... Tienes tú razón; mi luto no reza con vosotros.

En la sorpresa de su gratitud sólo halló Carlos palabras triviales:

--¡Cuánto me alegro!... Haces bien... Ya te lo había yo dicho...

Ella, furtiva y sonriente, se puso un dedo en los labios con expresivo

ademán y echó á correr entre sus compañeras.

Cuando el muchacho subió á su casa, por aquel ondulante camino que

frecuentaba Adolfo, parecióle que nunca fuese la vereda tan suave y

halladiza. No vió como otras veces, la sombra triste de su madre en el

solariego robledal, porque prendió la luna en el bosque la caricia de su

luz y alzó la brisa tal rumor de besos, que se ahuyentaron los gimientes

fantasmas perseguidores del mozo.

Agua de Nieve (Novela) · 第 31 / 54 题