PARÍS.--LA MUSA DEL BOULEVARD.--DEL SENA AL TÍBER.--LAS PULSERAS DE
FUEGO.--EL CASTILLO DE ROLANDO.--LAS FRESAS DEL RHIN.
EL primer alto de los peregrinos fué París, antiguo teatro de los
triunfos y aventuras del buen Jaime de Alcántara; imán de todos los
calaveras ociosos y noveleros del mundo. Allí conocieron Regina y su aya
que el veleidoso poeta era todavía muy rico, porque Jaime acomodó á sus
hijos en elegante morada y hartóles de regalos y finezas.
Pero aquel dorado bienestar tuvo para los niños una sombra; una sombra
perfumada y tangible que respondía al nombre romántico de _Silvia_, y
que arrastraba, con mucha languidez, por las lujosas estancias, el
fru-fru de unas faldas de seda y la sonrisa inalterable de unos labios
bermejos.
Antes que la penetración poco sagaz de Eugenia hubiese definido la
categoría de aquella mujer, ya Regina la miraba con ceño adusto,
calificándola, en castizo español, con ignominiosa palabra.
Todas las lagoterías de la astuta francesa para atraerse el afecto de
la niña fueron inútiles; y cuando _Silvia_ se cansó de halagarla y á su
vez arqueó las cejas y esquivó la sonrisa, una guerra dura y enconada se
entabló francamente entre las dos.
De cuanto disponía _mademoiselle_ con dominantes atribuciones,
protestaba Regina en duros enojos y en vehementes quejas á su padre. Ni
una ni otra se entendían de palabra, pero por signos y ademanes, con
ojos airados y acentos iracundos, se maltrataban y perseguían á todas
horas, sin que Alcántara lograse que los espectáculos y curiosidades de
París, tan nuevos para la niña provinciana, diesen tregua á la ardiente
lucha.
No conforme la hija del poeta con rendir su orgullo á los pies de
aquella Musa del boulevard, armóse capitana en la doméstica
insurrección, y fueron tan hábiles sus trazas, que logró arrinconar
maltrecho á su enemigo. Atrajo á Daniel primero, y con persuasivo
discurso, halagador y mimoso, contóle que _Silvia_ era «un demonio
francés» disfrazado de señora; que sus labios tenían un carmín venenoso
para los besos, y sus caricias un hechizo fatal para los niños...
Medroso el nene huyó con espanto de _mademoiselle_; y la servidumbre
francesa de Jaime, un poco fascinada por la travesura gentil de la
mozuela, y un poco egoísta, afiliándose al partido más poderoso,
pronuncióse también á favor de la niña española, imperante en aquel
extraño hogar con toda la supremacía de un ídolo nuevo.
La apacible y diplomática Eugenia Barquín, tan enemiga de contiendas y
disgustos, inflamóse al cabo en el belicoso espíritu de su adorada niña,
y entre dientes llegó á llamar á _Silvia co-co-te_, cuando la francesa
le daba cuenta de los desmanes de Regina, con muchos _¡Hèlas!_ y muchos
_¡Mon Dieu!_, que Eugenia tomaba por agravios.
En lo más recio de aquella diminuta guerra bilingüe, la niña, agotada ya
la paciencia, se presentó á su padre con aire solemne y digna actitud de
mujer, diciendo:
--Elige ahora mismo entre _Silvia_ y yo. Si ella no sale de esta casa en
seguida, yo me vuelvo á Torremar...
Tan firme era su acento y tan segura y valiente la expresión de sus
ojos, que Jaime dispuso al punto la partida de la _Musa_...
Fué aquella la más sonada victoria con que Regina esclavizó al
caballero; desde entonces afirmó su poder con perpetuo dominio sobre el
corazón de Alcántara. No supo ella, ni le importaba gran cosa, si su
padre seguía cultivando el trato de la vencida _demoiselle_, ó de otra
tal; pero por la solicitud y fineza con que la regalaba el paternal
cariño, pudo creer, y lo creyó desde luego, que todas las _Silvias_ del
mundo se habían muerto para el poeta...
Jaime de Alcántara desconocía como sus hermanos los bohemios suelen, la
ciencia crematística. Era de esos hombres, pródigos de corazón y dinero,
que tiran el oro debajo de sus placeres y hunden las plantas en el
blando camino de su ruina, con la más admirable indiferencia; de esos
que saben llegar á la vejez pobres y estoicos, ó morir voluntariamente,
con un altivo gesto de rebeldía ante la miseria.
Oriundo de Torremar y nacido en Cuba, Jaime era rico por herencia de sus
padres. La casualidad, mejor que su cautela, habíale conservado mucha
parte del patrimonio, consistente en cafetales y vegas de tabaco, allá
en la fecunda tierra nativa; pero las rentas copiosas de aquellas
posesiones llegaban á su dueño tarde y con daño, filtrándose entre los
dedos de uno de esos administradores de Ultramar, de quienes tan malas
partidas se cuentan en Europa.
La mueca negligente con que Jaime recibía y gastaba aquellos dineros,
sin contarlos siquiera, desapareció cuando Regina, ya en su papel de
dueña del hogar, dilató la mirada interrogadora sobre los ojos de su
padre, y le llamó á capítulo con una sonrisa no exenta de severidad. Y
Alcántara, de cera entre las manos de su hija y decidido á ser la
Providencia de sus antojos, se puso entonces á escribir cartas, hacer
cuentas y dictar órdenes, ejercitando sus derechos como señor absoluto
de sus haciendas. La amenaza de un viaje á Cuba dió como por ensalmo
solución sencilla á estos asuntos enojosos. Crecieron las rentas,
mejoraron los negocios y descansó Jaime, seguro de poder con holgura
apoyar los designios de su hija.
Tal vez, un poco fatigado de andanzas y aventuras, él hubiera querido
entonces anclar en París la nave de sus cuarenta años, y allí mecerla en
el sosiego de una vida fácil, sin abuso de placeres ni agitación de
pasiones, sometido al influjo bienhechor de sus niños, que tan
dulcemente le habían echado al cuello la santa cadena de olvidados
amores y deberes. Pero Regina, la maga de los cabellos rubios y de los
ojos negros, que con sus manos casi infantiles gobernaba el hogar y
señalaba el rumbo á la existencia del padre, no pensaba lo mismo.
Un año en París le había bastado para agotar el manantial de todas
aquellas novedades. Contempló al principio con devoradora atención el
semblante alegre y magnífico de la villa enorme; visitó los insignes
monumentos, los teatros, los bazares cosmopolitas, los museos, los
palacios históricos, y cuantos lugares le inspiraban curiosidad por
haberlos ya conocido en las novelas. Vió lo que puede ver en París una
mujer aprendedora y honesta, hizo milagros de brujería sobre la movible
cara mundial de la villa luminosa, adivinando los misterios más
recónditos, y así que logró disciplinar la palabra y el oído para
comunicarse con aquel gran pueblo, como ya lo hicieron desde el primer
instante sus ojos parlanchines, suspiró hastiada, y dijo, con insinuante
ruego, firme como un mandato:
--¡Padre! ¡Vámonos de aquí!...
Con la esperanza de hallar nuevos y hermosos los caminos del mundo, al
través de los ojos de su hija, emprendió Jaime sonriente la ruta que
sobre un mapa señaló aquella linda «doctora» de diez y seis primaveras.
Componían un grupo interesante, el papá, joven y guapo, sumiso con
rendición absoluta á los deseos ardientes de la muchacha, y ella,
haciendo con mucho donaire de madrecita entre su padre y su hermano, á
quienes por igual prodigaba órdenes y caricias.
En aquella pequeña tribu, formaba la vanguardia Eugenia Barquín, sin
asombrarse de cosa alguna como buena montañesa, dócil siempre y mollar á
los caprichos de la señorita.
De este modo salieron de París como de Torremar habían salido: llevados
adelante por el mundo bajo el hechizo imperioso de una precoz curiosidad
de mujer...
Anhelosa estaba Regina de verificar en ciudades y en caminos, en selvas
y mares, las historias y las fábulas que aprendiera en su ambicioso
hartazgo de lecturas. Poblada la memoria de ideas y de imágenes en
confuso vértigo; exaltada la fantasía; lleno de fiebres el entendimiento
y el corazón, no había de quedar rincón en el planeta, según se
prometía, donde no pusiera los ojos.
Su gran deseo era conocer Italia. Aplazando con un desdén muy español,
el viaje debido á las glorias y hermosuras de su patria, tan llena de
arte y de recuerdos, quiso ir á Roma.
No la detuvieron por muchos días los monumentos de la ciudad eterna,
Meca de los artistas, ni tampoco los dulcísimos paseos por la encantada
Venecia, ensueño de románticos y propicia excursión de novios ricos. La
reina del Adriático, puesta entre el cielo y el mar con desprecio de la
tierra, tenía para Regina un semblante amigo; cruzó sin extrañeza sus
silenciosas calles de agua, como si ya muchas veces hubiera contemplado
la mansión de los Dux y el león de San Marcos, recostada en el fondo de
una góndola, igual que una antigua dogaresa.
La pequeña mano dictadora se alzó en amistoso saludo hacia el puente de
los Suspiros, y hasta le parecieron familiares á la niña las casas del
Ticiano y el Tintoretto; recordó las páginas de _El Fuego_, de Gabriel
d'Annunzio, y el ceño adusto de Ricardo Wagner llorando sus amores á
compás de la música de _Tristán é Iseo_. Todas las sombras insignes que
poblaban la vieja Señoría, inclináronse reverentes al pasar la niña
española; tanto en láminas y en letras había ella navegado entre
pórticos de mármol, y gondoleros tenores, por aquella peregrina ciudad
de amoríos y tragedias...
La _Pineta_ de Rávena, llamó luego su atención con grandes alicientes.
Le parecía á la soñadora que en el inmenso bosque ribereño del
Adriático, donde anclaron un día las guerreras naves de Roma, erraban
los suspiros del Dante, que desterrado de Florencia bebió en la
silvestre soledad inspiración para las páginas inmortales de su
_Infierno_. Buscó Regina devotamente la silenciosa orilla del Canal,
sitio predilecto del vate florentino; la célebre _Vía del poeta_, donde
cantó y amó lord Byron á la condesa Guiccioli, donde también Bocaccio y
Dryden padecieron y amaron.
Todo el bosque susurró en una lenta cabezada majestuosa, como de saludo
y asentimiento á la férvida evocación de la niña perseguidora de ecos y
de espíritus; y un aroma de poesía y de leyenda envolvió en le nemorosa
espesura á la devota visitante...
Aquella frente juvenil, abrumada por pliegues prematuros, sintióse en
Bolonia _la Docta_ oreada por un altivo soplo de sabiduría; la rubia
cabecita inquieta y febril se irguió con petulancia imperiosa entre
monumentos etruscos y palacios de la Edad Media, ladeándose con tan
ufana seguridad como las insignes torres inclinadas...
Un beso premeditado, un poco frío, incrédulo tal vez, sobre el sepulcro
de Julieta y Romeo, en Verona, y luego el camino austriaco de Splügen
para subir á los Alpes, que ya había contemplado con avaricia desde la
catedral milanesa. Cuando hubo dado fe de arrestada alpinista en el
soberbio monte Rosa, quiso bajar Regina al golfo de Spezzia en busca del
magnífico espectáculo que ofrecen desde allí los mármoles de Carrara,
lanzando sus crestas audaces al cielo intensamente azul, como bravía
cantera de estatuas y palacios vírgenes aún no labrados por la gubia y
el cincel... Deleitoso paseo por el valle del Arno, volviendo siempre la
cabeza hacia el marmóreo monte que el sol inflama con sangrientas luces;
al Sur de la dorada maravilla la solitaria torre de añeja mención en la
literatura italiana, _Pania della Croce_, la _Pietra Pane_ de Dante
Alighieri... Otra vez el recuerdo del inmortal enamorado de Beatriz...
¡El Dante! ¡Oh, muy amigo de Regina!... La cual, como también conoce á
Horacio, se detiene en Tívoli, frecuentado rincón del poeta latino, y
allí consagra la viajera, en español un poco afrancesado, el testimonio
de su fría admiración hacia las musas clásicas.
Pero estas excursiones son como visitas de cumplido, coyunturas que la
niña aprovecha para engreirse de su familiaridad con tan egregios
nombres; tácitas pruebas que á sí misma se ofrece de que todo lo sabe y
todo lo comprende. Sus pasos por aquellos lugares predestinados, semejan
reverencias gentiles, graciosas demostraciones de erudita amistad.
--¡Adiós, Dante!--murmura Regina.--¡Adiós, Horacio! Hasta otro ratito...
Me reclaman las vivas realidades; quiero calentar mis manos en la
hervorosa lava del Vesubio... Siento "la embriaguez del fuego"... Me voy
á Nápoles... ¡Adiós! ¡adiós!
Pero Regina es ya una mujer, y mujer coqueta. Se olvida del volcán
repentinamente para comprarse lindos corales en la _Torre del Greco_.
Después, ya en lo alto de la trágica montaña, entre el cielo y el
cráter, se divierte contemplando las sangrientas pulseras de cuentas
coralinas, que caen como esposas de fuego sobre sus manos... Siempre
guardará aquellas joyas como un regalo ardiente del Vesubio...
Quiere luego mirar el firmamento esplendoroso desde la torre de
Bellosguardo, allí donde el mártir Galileo leyó en los mundos siderales,
y gustar en Florencia, patria de tantos artistas próceres, un saludable
reposo bajo el pálido verdor de las encinas, viendo correr el Arno entre
laureles.
También quiere subir al Etna, que le inspira mucho respeto, ya que data
nada menos que de Píndaro el relato de sus pujanzas destructoras.
Mas llegando á Sicilia ha de buscar la playa donde se abre un túnel en
ruta desconocida. Sonríe la muchacha con desdeño, asegurando que el
misterioso túnel corre por debajo del mar hasta la Elida, hasta el sitio
donde Diana convirtió en fuente á la ruborosa Aretusa para sustraerla á
las persecuciones de Arfeo, el dios río...
--Pero fué el caso--añade Regina--que Arfeo juntó sus aguas con las de
su amada ninfa, y el doble caudal desapareció para siempre, perdiéndose
en las arenas con secreto de amor... ¡Qué preciosa leyenda!... ¡Amar
como los dioses y como las aguas, evaporarse como el rocío en el seno de
la naturaleza! ¡Convertirse en fuente y en nube, en tierra y en flor!
¡Qué maravilla!
La andariega española, que á la postre no sabe qué busca ni qué quiere,
concluye por cansarse de Italia. Ya los museos la aburren, la
contemplación de los tesoros del arte y de la historia la causan un
tedio y una fatiga que no se atreve á confesar. Atenta sólo á las
superficies doradas de las cosas, no acierta á discernirlas, amarlas ni
comprenderlas. El corazón permanece intacto y glacial bajo la calentura
constante de la imaginación y de los sentidos.
Embriagada de luz y de color, en la tierra madre de la raza latina,
busca ahora, por contraste, los cielos norteños, los países románticos
de Noruega y Alemania. Ecos de los antiguos trovadores del Rhin le dicen
leyendas de amor y de muerte, estupendos lances de pasión heroica,
memorias perdurables prendidas en dramáticos jirones en los sombríos
abetos de la Selva Negra. Ríos y afluentes que bajan tranquilos entre
praderas lozanas para dar nombre á risueños valles; torrentes espumosos
que rugen desmelenados en hondos desfiladeros y salvajes rocas, todas
las aguas de la Selva, madre del Danubio, tuvieron para Regina lenguas y
voces, antiguas imágenes y romancescas tradiciones.
Aquí estuvo el castillo que edificó Rolando para vivir en austera
soledad, frente al monasterio donde su amada, creyéndole muerto, se
encerró niña y hermosa... Allí la cima del Dragón, donde Sigfredo mató
al monstruo que robara á la hija de Auderico... Más lejos, la montaña de
la Nube, con la historia sangrienta de la esposa infiel, y entre
visiones de sílfides y gnomos, surge de las aguas la poética relación de
la doncella de Eherenthal. Regina está á punto de batir palmas como en
el teatro de Torremar, durante aquella inusitada representación de _El
oro del Rhin_.
Opera fantástica le parece también á la niña este paseo por el gran río
alemán; cantan las aguas, cantan los bosques, desfilan los valles á
manera de decoraciones peregrinas; y en la inquietud de las ondas, en
las penumbras del paisaje, flota la tradición, viven y sienten las
imágenes legendarias... ¡Rolando! ¡Qué nombre tan varonil!... Es un
caballero fuerte y hermoso que vuelve de la guerra con marciales
arreos...
--Aquí estoy, amor mío, exclama la imaginación de Regina.--No es cierto
que me haya metido monja... No creí en tu muerte nunca... ¡Llévame á tu
palacio de mármoles y bronces!
Y la mocita navegante extiende hacia la ribera sus brazos y dilata con
emoción sus ojos de sonámbula.
Es ella la novia fiel, la dulce prometida. Rolando la espera para
desposarla en su castillo mágico...
Pero la soñadora enamorada se asusta un poco de amores tan serios y
definitivos. Impresionable y golosa, quisiera un placer á flor de labio,
que no se adentrase mucho en el corazón.
Ved por cuánto el territorio de la Selva Negra está lleno de ricos y
perfumados fresales que cubren de flores y frutos las faldas de las
montañas y la ondulación de las praderas; que acosan las ciudades, los
pueblos, las cabañas; invaden los caminos, patios y jardines, y trepan
por las rocas, á lo largo de los muros, ofreciéndose entre las piedras
con prodigiosa fecundidad...
Excitados el apetito y el asombro de la supuesta novia, sus labios «de
fresa» buscan el fruto que tanto se les parece, con repentino abandono
de Rolando el guerrero.
Y todas las leyendas del Rhin se eclipsan en la sabrosa realidad de
aquella golosina predilecta...