III

PARÍS.--LA MUSA DEL BOULEVARD.--DEL SENA AL TÍBER.--LAS PULSERAS DE

FUEGO.--EL CASTILLO DE ROLANDO.--LAS FRESAS DEL RHIN.

EL primer alto de los peregrinos fué París, antiguo teatro de los

triunfos y aventuras del buen Jaime de Alcántara; imán de todos los

calaveras ociosos y noveleros del mundo. Allí conocieron Regina y su aya

que el veleidoso poeta era todavía muy rico, porque Jaime acomodó á sus

hijos en elegante morada y hartóles de regalos y finezas.

Pero aquel dorado bienestar tuvo para los niños una sombra; una sombra

perfumada y tangible que respondía al nombre romántico de _Silvia_, y

que arrastraba, con mucha languidez, por las lujosas estancias, el

fru-fru de unas faldas de seda y la sonrisa inalterable de unos labios

bermejos.

Antes que la penetración poco sagaz de Eugenia hubiese definido la

categoría de aquella mujer, ya Regina la miraba con ceño adusto,

calificándola, en castizo español, con ignominiosa palabra.

Todas las lagoterías de la astuta francesa para atraerse el afecto de

la niña fueron inútiles; y cuando _Silvia_ se cansó de halagarla y á su

vez arqueó las cejas y esquivó la sonrisa, una guerra dura y enconada se

entabló francamente entre las dos.

De cuanto disponía _mademoiselle_ con dominantes atribuciones,

protestaba Regina en duros enojos y en vehementes quejas á su padre. Ni

una ni otra se entendían de palabra, pero por signos y ademanes, con

ojos airados y acentos iracundos, se maltrataban y perseguían á todas

horas, sin que Alcántara lograse que los espectáculos y curiosidades de

París, tan nuevos para la niña provinciana, diesen tregua á la ardiente

lucha.

No conforme la hija del poeta con rendir su orgullo á los pies de

aquella Musa del boulevard, armóse capitana en la doméstica

insurrección, y fueron tan hábiles sus trazas, que logró arrinconar

maltrecho á su enemigo. Atrajo á Daniel primero, y con persuasivo

discurso, halagador y mimoso, contóle que _Silvia_ era «un demonio

francés» disfrazado de señora; que sus labios tenían un carmín venenoso

para los besos, y sus caricias un hechizo fatal para los niños...

Medroso el nene huyó con espanto de _mademoiselle_; y la servidumbre

francesa de Jaime, un poco fascinada por la travesura gentil de la

mozuela, y un poco egoísta, afiliándose al partido más poderoso,

pronuncióse también á favor de la niña española, imperante en aquel

extraño hogar con toda la supremacía de un ídolo nuevo.

La apacible y diplomática Eugenia Barquín, tan enemiga de contiendas y

disgustos, inflamóse al cabo en el belicoso espíritu de su adorada niña,

y entre dientes llegó á llamar á _Silvia co-co-te_, cuando la francesa

le daba cuenta de los desmanes de Regina, con muchos _¡Hèlas!_ y muchos

_¡Mon Dieu!_, que Eugenia tomaba por agravios.

En lo más recio de aquella diminuta guerra bilingüe, la niña, agotada ya

la paciencia, se presentó á su padre con aire solemne y digna actitud de

mujer, diciendo:

--Elige ahora mismo entre _Silvia_ y yo. Si ella no sale de esta casa en

seguida, yo me vuelvo á Torremar...

Tan firme era su acento y tan segura y valiente la expresión de sus

ojos, que Jaime dispuso al punto la partida de la _Musa_...

Fué aquella la más sonada victoria con que Regina esclavizó al

caballero; desde entonces afirmó su poder con perpetuo dominio sobre el

corazón de Alcántara. No supo ella, ni le importaba gran cosa, si su

padre seguía cultivando el trato de la vencida _demoiselle_, ó de otra

tal; pero por la solicitud y fineza con que la regalaba el paternal

cariño, pudo creer, y lo creyó desde luego, que todas las _Silvias_ del

mundo se habían muerto para el poeta...

Jaime de Alcántara desconocía como sus hermanos los bohemios suelen, la

ciencia crematística. Era de esos hombres, pródigos de corazón y dinero,

que tiran el oro debajo de sus placeres y hunden las plantas en el

blando camino de su ruina, con la más admirable indiferencia; de esos

que saben llegar á la vejez pobres y estoicos, ó morir voluntariamente,

con un altivo gesto de rebeldía ante la miseria.

Oriundo de Torremar y nacido en Cuba, Jaime era rico por herencia de sus

padres. La casualidad, mejor que su cautela, habíale conservado mucha

parte del patrimonio, consistente en cafetales y vegas de tabaco, allá

en la fecunda tierra nativa; pero las rentas copiosas de aquellas

posesiones llegaban á su dueño tarde y con daño, filtrándose entre los

dedos de uno de esos administradores de Ultramar, de quienes tan malas

partidas se cuentan en Europa.

La mueca negligente con que Jaime recibía y gastaba aquellos dineros,

sin contarlos siquiera, desapareció cuando Regina, ya en su papel de

dueña del hogar, dilató la mirada interrogadora sobre los ojos de su

padre, y le llamó á capítulo con una sonrisa no exenta de severidad. Y

Alcántara, de cera entre las manos de su hija y decidido á ser la

Providencia de sus antojos, se puso entonces á escribir cartas, hacer

cuentas y dictar órdenes, ejercitando sus derechos como señor absoluto

de sus haciendas. La amenaza de un viaje á Cuba dió como por ensalmo

solución sencilla á estos asuntos enojosos. Crecieron las rentas,

mejoraron los negocios y descansó Jaime, seguro de poder con holgura

apoyar los designios de su hija.

Tal vez, un poco fatigado de andanzas y aventuras, él hubiera querido

entonces anclar en París la nave de sus cuarenta años, y allí mecerla en

el sosiego de una vida fácil, sin abuso de placeres ni agitación de

pasiones, sometido al influjo bienhechor de sus niños, que tan

dulcemente le habían echado al cuello la santa cadena de olvidados

amores y deberes. Pero Regina, la maga de los cabellos rubios y de los

ojos negros, que con sus manos casi infantiles gobernaba el hogar y

señalaba el rumbo á la existencia del padre, no pensaba lo mismo.

Un año en París le había bastado para agotar el manantial de todas

aquellas novedades. Contempló al principio con devoradora atención el

semblante alegre y magnífico de la villa enorme; visitó los insignes

monumentos, los teatros, los bazares cosmopolitas, los museos, los

palacios históricos, y cuantos lugares le inspiraban curiosidad por

haberlos ya conocido en las novelas. Vió lo que puede ver en París una

mujer aprendedora y honesta, hizo milagros de brujería sobre la movible

cara mundial de la villa luminosa, adivinando los misterios más

recónditos, y así que logró disciplinar la palabra y el oído para

comunicarse con aquel gran pueblo, como ya lo hicieron desde el primer

instante sus ojos parlanchines, suspiró hastiada, y dijo, con insinuante

ruego, firme como un mandato:

--¡Padre! ¡Vámonos de aquí!...

Con la esperanza de hallar nuevos y hermosos los caminos del mundo, al

través de los ojos de su hija, emprendió Jaime sonriente la ruta que

sobre un mapa señaló aquella linda «doctora» de diez y seis primaveras.

Componían un grupo interesante, el papá, joven y guapo, sumiso con

rendición absoluta á los deseos ardientes de la muchacha, y ella,

haciendo con mucho donaire de madrecita entre su padre y su hermano, á

quienes por igual prodigaba órdenes y caricias.

En aquella pequeña tribu, formaba la vanguardia Eugenia Barquín, sin

asombrarse de cosa alguna como buena montañesa, dócil siempre y mollar á

los caprichos de la señorita.

De este modo salieron de París como de Torremar habían salido: llevados

adelante por el mundo bajo el hechizo imperioso de una precoz curiosidad

de mujer...

Anhelosa estaba Regina de verificar en ciudades y en caminos, en selvas

y mares, las historias y las fábulas que aprendiera en su ambicioso

hartazgo de lecturas. Poblada la memoria de ideas y de imágenes en

confuso vértigo; exaltada la fantasía; lleno de fiebres el entendimiento

y el corazón, no había de quedar rincón en el planeta, según se

prometía, donde no pusiera los ojos.

Su gran deseo era conocer Italia. Aplazando con un desdén muy español,

el viaje debido á las glorias y hermosuras de su patria, tan llena de

arte y de recuerdos, quiso ir á Roma.

No la detuvieron por muchos días los monumentos de la ciudad eterna,

Meca de los artistas, ni tampoco los dulcísimos paseos por la encantada

Venecia, ensueño de románticos y propicia excursión de novios ricos. La

reina del Adriático, puesta entre el cielo y el mar con desprecio de la

tierra, tenía para Regina un semblante amigo; cruzó sin extrañeza sus

silenciosas calles de agua, como si ya muchas veces hubiera contemplado

la mansión de los Dux y el león de San Marcos, recostada en el fondo de

una góndola, igual que una antigua dogaresa.

La pequeña mano dictadora se alzó en amistoso saludo hacia el puente de

los Suspiros, y hasta le parecieron familiares á la niña las casas del

Ticiano y el Tintoretto; recordó las páginas de _El Fuego_, de Gabriel

d'Annunzio, y el ceño adusto de Ricardo Wagner llorando sus amores á

compás de la música de _Tristán é Iseo_. Todas las sombras insignes que

poblaban la vieja Señoría, inclináronse reverentes al pasar la niña

española; tanto en láminas y en letras había ella navegado entre

pórticos de mármol, y gondoleros tenores, por aquella peregrina ciudad

de amoríos y tragedias...

La _Pineta_ de Rávena, llamó luego su atención con grandes alicientes.

Le parecía á la soñadora que en el inmenso bosque ribereño del

Adriático, donde anclaron un día las guerreras naves de Roma, erraban

los suspiros del Dante, que desterrado de Florencia bebió en la

silvestre soledad inspiración para las páginas inmortales de su

_Infierno_. Buscó Regina devotamente la silenciosa orilla del Canal,

sitio predilecto del vate florentino; la célebre _Vía del poeta_, donde

cantó y amó lord Byron á la condesa Guiccioli, donde también Bocaccio y

Dryden padecieron y amaron.

Todo el bosque susurró en una lenta cabezada majestuosa, como de saludo

y asentimiento á la férvida evocación de la niña perseguidora de ecos y

de espíritus; y un aroma de poesía y de leyenda envolvió en le nemorosa

espesura á la devota visitante...

Aquella frente juvenil, abrumada por pliegues prematuros, sintióse en

Bolonia _la Docta_ oreada por un altivo soplo de sabiduría; la rubia

cabecita inquieta y febril se irguió con petulancia imperiosa entre

monumentos etruscos y palacios de la Edad Media, ladeándose con tan

ufana seguridad como las insignes torres inclinadas...

Un beso premeditado, un poco frío, incrédulo tal vez, sobre el sepulcro

de Julieta y Romeo, en Verona, y luego el camino austriaco de Splügen

para subir á los Alpes, que ya había contemplado con avaricia desde la

catedral milanesa. Cuando hubo dado fe de arrestada alpinista en el

soberbio monte Rosa, quiso bajar Regina al golfo de Spezzia en busca del

magnífico espectáculo que ofrecen desde allí los mármoles de Carrara,

lanzando sus crestas audaces al cielo intensamente azul, como bravía

cantera de estatuas y palacios vírgenes aún no labrados por la gubia y

el cincel... Deleitoso paseo por el valle del Arno, volviendo siempre la

cabeza hacia el marmóreo monte que el sol inflama con sangrientas luces;

al Sur de la dorada maravilla la solitaria torre de añeja mención en la

literatura italiana, _Pania della Croce_, la _Pietra Pane_ de Dante

Alighieri... Otra vez el recuerdo del inmortal enamorado de Beatriz...

¡El Dante! ¡Oh, muy amigo de Regina!... La cual, como también conoce á

Horacio, se detiene en Tívoli, frecuentado rincón del poeta latino, y

allí consagra la viajera, en español un poco afrancesado, el testimonio

de su fría admiración hacia las musas clásicas.

Pero estas excursiones son como visitas de cumplido, coyunturas que la

niña aprovecha para engreirse de su familiaridad con tan egregios

nombres; tácitas pruebas que á sí misma se ofrece de que todo lo sabe y

todo lo comprende. Sus pasos por aquellos lugares predestinados, semejan

reverencias gentiles, graciosas demostraciones de erudita amistad.

--¡Adiós, Dante!--murmura Regina.--¡Adiós, Horacio! Hasta otro ratito...

Me reclaman las vivas realidades; quiero calentar mis manos en la

hervorosa lava del Vesubio... Siento "la embriaguez del fuego"... Me voy

á Nápoles... ¡Adiós! ¡adiós!

Pero Regina es ya una mujer, y mujer coqueta. Se olvida del volcán

repentinamente para comprarse lindos corales en la _Torre del Greco_.

Después, ya en lo alto de la trágica montaña, entre el cielo y el

cráter, se divierte contemplando las sangrientas pulseras de cuentas

coralinas, que caen como esposas de fuego sobre sus manos... Siempre

guardará aquellas joyas como un regalo ardiente del Vesubio...

Quiere luego mirar el firmamento esplendoroso desde la torre de

Bellosguardo, allí donde el mártir Galileo leyó en los mundos siderales,

y gustar en Florencia, patria de tantos artistas próceres, un saludable

reposo bajo el pálido verdor de las encinas, viendo correr el Arno entre

laureles.

También quiere subir al Etna, que le inspira mucho respeto, ya que data

nada menos que de Píndaro el relato de sus pujanzas destructoras.

Mas llegando á Sicilia ha de buscar la playa donde se abre un túnel en

ruta desconocida. Sonríe la muchacha con desdeño, asegurando que el

misterioso túnel corre por debajo del mar hasta la Elida, hasta el sitio

donde Diana convirtió en fuente á la ruborosa Aretusa para sustraerla á

las persecuciones de Arfeo, el dios río...

--Pero fué el caso--añade Regina--que Arfeo juntó sus aguas con las de

su amada ninfa, y el doble caudal desapareció para siempre, perdiéndose

en las arenas con secreto de amor... ¡Qué preciosa leyenda!... ¡Amar

como los dioses y como las aguas, evaporarse como el rocío en el seno de

la naturaleza! ¡Convertirse en fuente y en nube, en tierra y en flor!

¡Qué maravilla!

La andariega española, que á la postre no sabe qué busca ni qué quiere,

concluye por cansarse de Italia. Ya los museos la aburren, la

contemplación de los tesoros del arte y de la historia la causan un

tedio y una fatiga que no se atreve á confesar. Atenta sólo á las

superficies doradas de las cosas, no acierta á discernirlas, amarlas ni

comprenderlas. El corazón permanece intacto y glacial bajo la calentura

constante de la imaginación y de los sentidos.

Embriagada de luz y de color, en la tierra madre de la raza latina,

busca ahora, por contraste, los cielos norteños, los países románticos

de Noruega y Alemania. Ecos de los antiguos trovadores del Rhin le dicen

leyendas de amor y de muerte, estupendos lances de pasión heroica,

memorias perdurables prendidas en dramáticos jirones en los sombríos

abetos de la Selva Negra. Ríos y afluentes que bajan tranquilos entre

praderas lozanas para dar nombre á risueños valles; torrentes espumosos

que rugen desmelenados en hondos desfiladeros y salvajes rocas, todas

las aguas de la Selva, madre del Danubio, tuvieron para Regina lenguas y

voces, antiguas imágenes y romancescas tradiciones.

Aquí estuvo el castillo que edificó Rolando para vivir en austera

soledad, frente al monasterio donde su amada, creyéndole muerto, se

encerró niña y hermosa... Allí la cima del Dragón, donde Sigfredo mató

al monstruo que robara á la hija de Auderico... Más lejos, la montaña de

la Nube, con la historia sangrienta de la esposa infiel, y entre

visiones de sílfides y gnomos, surge de las aguas la poética relación de

la doncella de Eherenthal. Regina está á punto de batir palmas como en

el teatro de Torremar, durante aquella inusitada representación de _El

oro del Rhin_.

Opera fantástica le parece también á la niña este paseo por el gran río

alemán; cantan las aguas, cantan los bosques, desfilan los valles á

manera de decoraciones peregrinas; y en la inquietud de las ondas, en

las penumbras del paisaje, flota la tradición, viven y sienten las

imágenes legendarias... ¡Rolando! ¡Qué nombre tan varonil!... Es un

caballero fuerte y hermoso que vuelve de la guerra con marciales

arreos...

--Aquí estoy, amor mío, exclama la imaginación de Regina.--No es cierto

que me haya metido monja... No creí en tu muerte nunca... ¡Llévame á tu

palacio de mármoles y bronces!

Y la mocita navegante extiende hacia la ribera sus brazos y dilata con

emoción sus ojos de sonámbula.

Es ella la novia fiel, la dulce prometida. Rolando la espera para

desposarla en su castillo mágico...

Pero la soñadora enamorada se asusta un poco de amores tan serios y

definitivos. Impresionable y golosa, quisiera un placer á flor de labio,

que no se adentrase mucho en el corazón.

Ved por cuánto el territorio de la Selva Negra está lleno de ricos y

perfumados fresales que cubren de flores y frutos las faldas de las

montañas y la ondulación de las praderas; que acosan las ciudades, los

pueblos, las cabañas; invaden los caminos, patios y jardines, y trepan

por las rocas, á lo largo de los muros, ofreciéndose entre las piedras

con prodigiosa fecundidad...

Excitados el apetito y el asombro de la supuesta novia, sus labios «de

fresa» buscan el fruto que tanto se les parece, con repentino abandono

de Rolando el guerrero.

Y todas las leyendas del Rhin se eclipsan en la sabrosa realidad de

aquella golosina predilecta...

Agua de Nieve (Novela) · 第 19 / 54 题