II

LA INFANCIA DE REGINA.--EL ÁRBOL DEL BIEN Y DEL MAL--EUGENIA

BARQUÍN.--LA VUELTA DEL PADRE PRÓDIGO--VIVA LA BOHEMIA.

CONTABA ocho años Regina cuando murió su madre. El cariño de aquella

dulce dama, enfermiza y risueña, de semblante infantil, quedó pronto

confuso en el voluble corazón de la niña y llegó á ser, más tarde, para

la ardiente púber, como una vaga sombra flotando en los recuerdos de los

días de infancia y primavera.

La ausencia prematura de los desvelos maternales, emancipó á Regina de

toda tutela familiar. Educóse en bravía independencia, bajo la guarda

liberal y tolerante de Eugenia Barquín, doncella de confianza de la

difunta señora. Mostraba la niña entonces un desenfado y una agudeza

impropios de su edad: antojadiza y vehemente, con bríos y audacias

varoniles, dióse á vivir sin ley ni freno, por campos y playas,

criándose á su sabor en el regazo amigo de la madre naturaleza. Merced á

este régimen de libertad é indisciplina, se acentuaron los rasgos de

aquel carácter indómito, adquiriendo á la par la altiva huérfana un

desarrollo físico admirable. Intrusa en el mar, con riesgo muchas veces

de su vida; exploradora temeraria de las sierras y de los bosques;

enamorada fuertemente de la emoción y del peligro; llena de precoces

curiosidades, Regina supo de la montaña y de la costa, de los peces y de

los nidos, de misterios y sorpresas, de juegos y burlas, tanto como el

chicuelo más pícaro de la marina.

Medró en tales holgorios la salud de su cuerpo cenceño y grácil--rubia

espiga en flor--y llególe con los primeros barruntos de lozana pubertad

un ansia nueva, una codicia de conocer y penetrar los secretos de las

cosas. Acontecíale á ratos quedarse como suspensa y triste, contemplando

el mar y el cielo y la profunda soledad de las campiñas, escuchando en

el silencio de los crepúsculos la sorda respiración de las aguas, las

pulsaciones inefables del corazón de la naturaleza. Toda el alma se le

henchía de voraces preguntas, de confusos deseos, de misteriosas

revelaciones, y aquella muchacha tan robusta y alegre, que apenas sabía

de lágrimas ni de penas, lloró muchas noches sin saber por qué...

Bajo la dura epidermis de su infancia libre y torcaz, sin consejos ni

ternuras, empezó á latir blandamente, como un río de savia, el hondo

sentimiento femenino, la voz íntima y dulce del sexo, á punto ya de

florecer. Apartóse Regina por instinto de sus joviales camaradas,

cultivó con más delicadeza los cuidados y placeres del hogar; sintióse

mujer al cabo, y fué adquiriendo poco á poco un aire saladísimo de

gravedad señoril.

Pero la vida sedentaria y monótona, entre un aya ignorante y un niño

melancólico, lejos de satisfacer las ansias nuevas de Regina, las empujó

por ásperas rutas de silencio y de tristeza. Juntamente con la fuerza

juvenil se le habían desarrollado las fuerzas todas del espíritu: el

agudo entendimiento, la fértil imaginación, la mal educada voluntad, el

deseo imperioso de vivir y de saber. Encendiósele en el alma una sed

abrasadora de emociones y novedades, una curiosidad violenta de cuanto

veía y adivinaba en torno suyo, en la tierra y en el cielo. Mas recluída

en un rincón provinciano, y un poco refractaria, por su genio

desapacible, al trato de las gentes, cayó en una especie de melancolía,

con trazas de incurable dolencia moral.

Abandonada á su albedrío, en esta profunda crisis de su ardiente

naturaleza, dióse á la lectura sin freno, devorando cuantos volúmenes

había en la olvidada biblioteca familiar. Las trece primaveras de

Regina, inclinadas precozmente en voraces indagaciones, sobre todos los

misterios de lo humano y lo divino, asaltaron como ladrones rapazuelos

las viejas ramas del árbol de la ciencia. Gustaron primero los sabrosos

frutos de la poesía, lindos como racimos de cerezas; luego las novelas

de amor, agridulces como los nísperos; más tarde, las narraciones de

viajes y de historia, las tragedias reales ó imaginadas, de recio sabor

y humano perfume, como los membrillos maduros, y aun llegaron á clavar

el diente en la áspera poma de la discorde filosofía.

Dueña la curiosa de aquellos tesoros ignorados y abierto el apetito por

tan raros estimulantes, no hubo libro, ni siquiera de medicina, donde

ella no clavase los ojos y el pensamiento; repasó estampas, índices,

diccionarios y pergaminos; hurgó, avara, en viejos códices y en

bibliotecas novísimas, royendo como un ratoncillo goloso, cuanto ofrecía

pasto accesible á su creciente curiosidad. Pasó «las noches en claro y

los días en turbio», desflorando las ideas sin discernirlas ni

asimilarlas, creándose un mundo peregrino de falsas imágenes y confusas

memorias, hasta sepultar poco á poco su fresca juventud bajo la balumba

del papel impreso.

Como el _Príncipe azul_, del gran Benavente, _que todo lo aprendió en

los libros_, en libros quiso aprender Regina el arte de vivir, y

buscando, á tientas, luces para las más obscuras razones, abrió los

empolvados volúmenes de su padre, andariego poeta á quien el hogar sólo

recibía en fugaces horas de fatiga ó de antojo. En dos años de

frenéticas lecturas agitó aquella niña su entendimiento y su corazón,

sin otro fruto que una tristeza estéril. Los libros destilaban

melancolía. ¿Es la vida, acaso, tal como la describen los poetas y

filósofos?... Entonces no merece la pena de ser «vivida»; la única

solución es morir... Presa de una calentura romántica, leía con avidez

los sarcasmos crueles de escépticos y pesimistas, embriagándose con el

néctar de fuego de Niezstche, con la cerveza negra de Schopenhauer y el

licor untuoso de Renan.

--Es «el mal del siglo» lo que yo padezco--pensaba Regina entre afligida

y gozosa, ante la idea de sufrir una enfermedad sutil y aristocrática.

Pero en medio de sus hondas melancolías, mezcla de tristeza, de

pedantería y de orgullo, juzgábase como un ente superior y miraba á sus

convecinos con aire de vanidad satisfecha, como si dijese:

--Para mí no hay secretos... Lo sé todo...

Espíritu liviano y enfermiza voluntad, el padre de Regina se había

sometido siempre á la cobarde esclavitud de sus pasiones. Confundiendo

el amor con el capricho y la costumbre con el deber, se dejó llevar de

la vida por los más fáciles senderos, medio loco, medio niño,

inconsciente y errático, con una leve sospecha de sus errores y un gran

fondo de bondad en el corazón. Tal vez la esposa que le destinaron no le

convenía. Era una mujercita infantil, débil de cuerpo, inocente y

cariñosa, que todo se lo toleró á su marido con la sonrisa en los

labios, como si con sus tolerancias solicitase el perdón de alguna culpa

grave. Torpemente le buscaron á Jaime de Alcántara esta novia enamorada

y sumisa que debía refrenar los hábitos del bohemio, guardarle en el

silencioso rincón de Torremar y convertirle en sensato padre de

familia... El aceptó con júbilo aquella alianza, porque le divertía su

inesperado papel de fundador de hogar con tan dulce muñeca. Y ella,

sonriendo, sonriendo, le aburrió y le dejó partir.

Ave de alas inquietas, Jaime cuelga su nido donde el azar se lo depara,

y cuando un ligero escozor de la conciencia le lleva hacia su esposa,

aquella eterna sonrisa humilde le hastía y le entristece. Sus hijos le

desconocen y le huyen; son criaturas ariscas que parecen haber dejado en

los labios maternales toda la dulzura de la infancia; la casa es con

exceso modesta; Torremar un pueblo chismoso y agresivo, donde oye Jaime

reticencias sobre su conducta, consejos que le enojan y profecías que

le estremecen. Entonces, desamorado y generoso, abre su bolsillo á la

mujer que nada pide, que parece que nada necesita, y huye de nuevo hacia

el placer errante...

Jaime sufre un amago de confusión al quedarse viudo. ¿Qué hará de

aquellos niños rústicos que apenas han querido darle un beso? Dos años

tenía Daniel, desazonado fruto concebido por una madre ya consunta,

cuando Alcántara llegó á Torremar apercibido del grave estado de su

mujer. Y como si esperase para ofrecerle su postrera sonrisa, al llegar

el poeta murió la esposa.

Las ocho agrestes primaveras de Regina, nada íntimo y amoroso dijeron al

padre; el adusto recelo con que ella le miraba le intimidó, como si en

el semblante enérgico y esquivo de la niña viese una acusación severa.

El nene, asustadizo y llorón, huía llamando á mamá por los rincones, y á

las voces lamentables de la criatura, la imagen de la muerta se

deslizaba por los aposentos delante del viudo, con un remedo de sonrisa

en el rostro lívido, como Jaime la viera por última vez...

En la hostilidad de aquel ambiente, volvióse el poeta hacia Eugenia

Barquín, buscando su auxilio inapreciable. La honrada montañesa había

heredado la servidumbre en la familia hidalga y pobre de la difunta

señora, y Jaime la había conocido siempre en aquella casa cumpliendo con

abnegación fidelísima los más señalados servicios. Moza y agraciada, con

gracia austera de solterona, Eugenia había desdeñado muy escogidas

proposiciones de matrimonio; miraba á los hombres con una indiferente

frialdad de mujer casta, que ninguna tentadora conveniencia lograra

vencer. Su vida tenia algo de máquina fuerte y diestra, cuyo poderoso

motor fuese la lealtad. Era esta doncella hija de una falta, que

perdonaron los suegros de Jaime. Tan buenos fueron aquellos señores que

consolaron, compasivos, á una pobre mujer engañada en la propia casa de

ellos y apadrinaron á la criatura nacida al abrigo de tan noble

misericordia. Desde que tuvo uso de razón se consideró Eugenia como «una

cosa» de la legítima propiedad de sus padrinos. La gratitud y la

devoción hacia aquella familia que la acogiera, deshonrada antes de

nacer, arraigaron en su alma saludable, tan profundamente, que en ella

no quedó lugar para otras afecciones, y acaso, también el ejemplo de su

madre burlada, patente á sus ojos como ultraje vivo, la obligase á una

rencorosa actitud contra los requerimientos del amor...

Una temprana siega de vidas dejó á Eugenia sola en el mundo con la hija

única de sus padrinos, recién casada á la sazón. Amaba la moza

entrañablemente á la endeble señorita, y sirviéndola con solicitud algo

protectora, vino á ser la segunda madre de Regina y de Daniel. La dama

doliente le contagió á la robusta doncella su blanda sonrisa y su

apacible condición, por suerte de Jaime, que halló en aquella mujer

paciente y desinteresada una activa y amorosa guardiana de sus hijos, á

falta de más inteligente y más enérgica educadora.

Nunca olvidó el poeta aquel coloquio tímido, impaciente, que entabló con

Eugenia Barquín para feliz, solución de su problema frente á los niños.

Como si esperara tales proposiciones, Eugenia iba diciendo á todo que

sí, con el alma y con los labios.--Cuidaría á los nenes igual que si

fueran sus hijos; viviría para ellos; el señorito se podía marchar

descuidado... Dinero... el que bien le pareciera; poco, muy

poco...--Regina entró de rondón á este punto y el misterio obscuro de

sus ojos se clavó en el padre como un puñal.

Jamás, como aquella vez, tuvo la partida de Alcántara toda la apariencia

de una fuga. Salió de Torremar por la noche, esperando que sus hijos

durmieran para besarlos ligeramente, con ruborosa caricia, temiendo

hallar de nuevo en los ojos profundos de la nena aquel acerado fulgor

que se le clavaba en la conciencia como un reproche ó como una acusanza.

Sentíase culpable y avergonzado, y se prometía volver pronto, en íntima

disculpa de su mal proceder.

Pero luego se acallaron sus débiles escrúpulos con el ruido ensordecedor

de las grandes capitales. Las noticias de los niños eran buenas,

descontando los frecuentes achaquillos que padecía Daniel; y, durante

seis años, dos recuerdos contrarios y punzantes le alejaron de Torremar.

Era el uno la heredada sonrisa de Eugenia, diciéndole con apresuramiento

humilde:--Sí... sí... vaya usted descuidado; váyase cuando quiera;

estése tranquilo...--Era otro el lancinante resplandor de unos ojos

sombríos, que le miraban, le miraban, hasta el fondo del corazón.

Ya entonces de lejos, con sugestión indefinible, la proceridad inculta

de la nena dominaba al hombre artista y mundano.

Un día, de pronto, sin atreverse á meditarlo mucho, por miedo á vacilar,

fué Jaime á ver á sus hijos. Aquella buena corazonada tuvo un éxito

feliz, que decidió la suerte de la pequeña familia.

La sorpresa de Alcántara en esta visita fué una deliciosa impresión de

novedad y orgullo; el primer sacudimiento fuerte y noble de su alma. Los

grandes ojos fulgurantes de su hija se le abrieron con una clara luz de

alegría prometedora, y roto el secreto infantil de aquella mirada, la

esfinge habló. Sus primeras palabras fueron de revelación y de asombro

para el padre:

--Ya he leído tus versos--dijo, mirándole devotamente;--eres un poeta.

Estaba fundido el hielo. Regina ya no observaba á Jaime, investigadora y

sombría, dudando qué clase de papá fuese aquel viajero, siempre en

ausencia, siempre en fuga. Su corazoncito de catorce años se le había

subido á la boca, para murmurar, en son de paces:--¡Eres un poeta!--Y

los labios fervorosos de la chiquilla consagraron aquella alabanza con

un beso de perdón y de olvido en los labios del bohemio...

Contemplábala Jaime embelesado. No parecía la misma: andaba con suma

elegancia, erguía el talle con un señorío, hablaba con tal aplomo y

gravedad, con tan escogido y docto lenguaje, que el frívolo Alcántara,

poco ducho en achaques de erudición, tratóla en amistoso compañerismo,

lleno de sumisas admiraciones, sintiéndose feliz bajo la influencia de

aquel naciente dominio intelectual.

Aun el desenfado rústico y plebeyo de que en ocasiones hacía alarde

Regina, era un encanto en su refinada naturaleza, pródiga en novedades y

audacias. Todo en esta criatura tenía un carácter singular y extraño:

su hermosura y su ingenio peregrinos; la mezcla de melancolía y de

orgullo de su mirada; el contraste de viveza y languidez entre sus

dichos y sus maneras; el conjunto armonioso de la figura, delicada y y

fuerte, risueña y altiva, dulce y varonil al propio tiempo. Hasta el

desequilibrio de la imaginación en perpetuo sobresalto, constreñida bajo

el peso de torpe ciencia hurtada á los libros; la excitación constante

de la sensibilidad; el brío precoz del temperamento, ponían un hechizo

misterioso en su gentil cabeza y una sombra de tortura en la luz

vigilante de sus ojos.

Las gracias de la niña sabihonda y refilotera, se le metieron al padre

en el corazón. No comprendía el donoso vagabundo los peligros y

tristezas que amenazaban á la joven, educada por sí misma en lecturas

caprichosas, sin regla y sin oriente. Dióse á quererla con orgullo de

artista, fomentando antojos y vanidades.

Danielito quedó en segundo término; asido siempre á las faldas de

Eugenia, tímido y quejumbroso, no seducía como su hermana. Pero cuando

ella sentaba al nene en las rodillas del papá y alzaba el pequeñuelo sus

atristados ojos, cobardes para vivir, sentíase Jaime poseído de

vehementísimas ternuras. Con la voz empañada por la emoción y el

arrepentimiento, afirmábase en el propósito de nunca abandonar á

aquellos niños con quienes tenia tan grave deuda de amor.

Toda la bondad nativa de Jaime de Alcántara se removió inquieta y

desbordante, calentando su corazón, llevado siempre como una pluma por

los vientos de las pasiones. Quería, al fin, á todo trance, pagar á sus

hijos las caricias y los desvelos que en el olvido les negó; quería

resarcirles del pasado abandono, dándoles ahora á manos llenas alegrías

y regalos.

Regina aprovechaba tan buenas disposiciones para satisfacer sus más

extravagantes caprichos, imponiendo con altivez majestuosa los dictados

contradictorios de su voluntad. A fuerza de oir «que tenía mucho

talento» concluyó por desdeñar á todo el mundo y contemplarse á si misma

con egolátrica devoción. Era en el fondo piadosa y dulce; pero el

sentimiento, como una fuente prisionera en el duro cristal de la nieve,

corría perezoso bajo la costra pegadiza de ideas falsas y abigarrados

sueños con que llenó su cabecita rubia. A la par escéptica y ansiosa,

mezclaba las burlas y las lágrimas con mucha facilidad; pasaba de la

tristeza al júbilo en un instante, de la acritud á la ternura; tenía

arrebatos vehementes de curiosidad y extrañas crisis de desaliento y

melancolía. Pensaba con gozoso candor que todo ello eran estigmas y

señales de «un exceso de inteligencia».

--¡Si yo fuese artista!--dijo un día para sus adentros. Y se propuso

escribir un libro, una obra genial que produjera asombro y maravilla.

Largo tiempo estuvo con la pluma en la mano sobre las satinadas

cuartillas, mientras acariciaba, en traza de meditación, los pelitos

rubios de las sienes.

Pero incapaz de reducir á la disciplina la muchedumbre infantil de sus

pensamientos, acabó por diseñar en las páginas unos muñequines de cabeza

muy gorda y ojillos espantados, caricatura de sus ideas precoces. ¡Oh;

el arte exige paciencia y esfuerzo doloroso; aprendizaje largo y

difícil! ¡Jamás podría la soñadora someterse á tan duro ensayo! Escribir

libros y tañer el piano y el violín; manejar los pinceles; hacer

maravillas con mármoles y bronces, son cosas bellas y admirables, que

despiertan asombro, curiosidad y devoción, pero no se logran sin trabajo

y sin pena...

Regina, luego de llorar sobre las cuartillas de nieve, concluyó riendo

como una loca al ver los fantoches que había dibujado.

--¿No es más cómodo y fácil--dijo al fin--gozar del trabajo ajeno y

echar á volar la fantasía sobre todas las cosas del mundo?...

Dispuesto Jaime de Alcántara á cumplir sus propósitos paternales,

preguntó á Regina qué clase de vida nueva quería emprender.

--¿Qué es lo que tú prefieres?--la dijo, como esos magos de los cuentos

de color de rosa, que interrogan á las princesas sobre sus antojos, con

una varita de virtudes en la mano.

La muchacha tenía prevenida la respuesta. Ya muchas veces se la había

dado, en sueños, al hada visitadora de las juveniles fantasías.

--Quiero viajar--exclamó--. Este pueblo me aburre... Quiero ver cosas

nuevas, atravesar tierras y mares, recorrer el mundo...

Había una infinita impaciencia en estas palabras, un desmán de

curiosidades y deseos contenidos, el ímpetu brioso de una juventud

enérgica y temeraria una ardiente sed de comprobar en el libro grande y

abierto de la vida, cuanto la muchacha leyera en los otros libros,

desatentada y febril.

--¡Viva la bohemia!--pronunció de repente, con un grito que hizo huir á

los pájaros del huerto.

Jaime, halagado en sus gustos nómadas, estrechó en sus brazos á la

niña, repitiendo alegre como un colegial en vacaciones, los versos de un

poeta francés, amigo suyo en París:

_Mon enfant, ma soeur,

songe á la douceur

d'aller la--bas vivre ensemble!

Aimer á loisir,

aimer et mourir

au pays qui te resemble!_

* * * * * * * *

_Vois sur ces canaux

dormir ces vaisseaux

dont l'humear est vagabonde;

c'est pour assouvir

ton moindre desir

qu'ils viennet du bout du monde..._

Sin otras meditaciones y obtenido fácilmente el consentimiento de

Eugenia Barquín, se puso en pie aquella singular caravana. Fuéronse con

grande sorpresa de los vecinos de Torremar, sin previo itinerario, como

artistas bohemios, por la vida adelante.

Quedó cerrada la vieja casita solariega, donde aún moraba la sombra

triste de la mujer de Jaime; quedó el hogar abandonado, la huerta en

barbecho, y abierta la solana, en muda hospitalidad, á las nidadas

estivales de las golondrinas...

Agua de Nieve (Novela) · 第 18 / 54 题