El editor de esta obra tuvo la bondad de encomendarme, un siglo ha, uno
de sus artículos; y yo, como es natural, elegí la cordobesa, por ser la
provincia de Córdoba donde he nacido y me he criado.
Mi extremada desidia me ha impedido hasta ahora cumplir mi palabra de
escribirle. Tal vez para cohonestar esta falta me presentaba yo un
sinnúmero de dificultades y objeciones, por cuyo medio trataba de
condenar el pensamiento del editor, a fin de justificar mi tardanza en
contribuir a su realización con mi trabajo.
¿Qué diferencia esencial, ni siquiera qué diferencia accidental notable,
puede haber o hay pongo por caso, entre la cordobesa, la jaenense o la
sevillana? Allá en lo antiguo quizás la hubiese, porque no eran tan
fáciles las comunicaciones, y era más fácil el vivir aislado y
sedentario; pero en el día, en que, no ya los hombres y mujeres de
contiguas provincias, sino los de remotas naciones, longincuos países y
apartadísimos reinos, se ven y visitan con frecuencia, ¿cómo ha de
persistir esa variedad y distinción de tipos, dando ocasión a que se
describan mujeres que por sus costumbres, creencias, modos de sentir y
de pensar, fisonomía, continente y traje, se diferencien hasta el punto
de que las pinturas o descripciones que de ellas se hagan, varíen por el
asunto, y no sólo por el estilo del que pinta o describe? Además, me
decía yo, aunque el sello de casta y el de nacionalidad sean indelebles,
sin que acierte a borrarlos o a confundirlos la continua convivencia y
el íntimo comercio espiritual, en esta época en que tanto se escribe, se
lee y se viaja, en este siglo del vapor y la electricidad, del
ferro-carril y del telégrafo, todavía no logro persuadirme de que haya
también un sello de _provincialidad_, como hay sello de nación, de tribu
o de casta. Lo peculiar y lo castizo, en lo que tienen de exclusivas
estas calidades, provienen de divisiones que hizo la naturaleza misma, y
no de las divisiones administrativas o políticas, esto es, artificiales,
como son las divisiones por provincias. Malagueñas o sevillanas habrá,
sin duda, de casta y suelo más homogéneos con los de ciertas cordobesas,
que los de muchas cordobesas entre sí. Una mujer de Cuevas de San
Marcos, por ejemplo, debe parecerse más a otra de Rute, que una de Rute
a otra de Belalcázar, y más se parecerá la de Casariche a la de
Benamejí, que la de Benamejí a la de Almodóvar.
Harto se me alcanzaba que entre la gallega y la mujer de Cataluña, y
entre la manchega y la vizcaína habían de mediar radicales diferencias;
pero esto de que cada provincia, fuese la que fuese, había de tener un
tipo especial, se me hacía difícil de creer. Sólo salvaba yo la
monotonía de este libro y cifraba su variedad en el ingenio diverso de
cada escritor, en el sesgo que atinase a dar al asunto, y en lo singular
de su estilo, pensamientos y sentimientos.
Nunca pensé que el editor desease que escribiésemos una reseña erudita,
una serie de vidas de todas las mujeres célebres de cada provincia. Esto
sería quizás, no sólo ameno, sino ejemplar y didáctico; pero no se
trataba de esto, ni yo me hubiese comprometido a escribir mi artículo,
si de esto se tratase. No era obra histórica, ni biográfica, la que se
trazaba y proyectaba, sino cuadro de costumbres y pintura al vivo o
retrato fiel de lo que hoy se nota en cada provincia en los usos,
cultura, ideas, y demás prendas, condiciones y actos de las mujeres. Y
siendo la cosa así, repito que no me percataba yo de nada o de casi nada
que impidiese la monotonía de la obra por el objeto, aunque por el
sujeto, o mejor diré por los sujetos, viniese a ser un jardín de flores,
como la capa del estudiante, merced a la diversidad de estilos y a la
idiosincracia de cada escritor que en ella pusiese mano.
Así, sobre poco más o menos, andaba yo cavilando, cuando deberes de
familia me llevaron al riñón de la provincia de Córdoba; a una dichosa
comarca donde el color local provincial está difundido a manos llenas
por la Naturaleza pródiga e inexhausta en sus varias creaciones. Y
estando este color, este sello, este tipo en todo, ¿cómo, me dije yo, no
ha de estarlo en la mujer, la cual es blanda cera para recibir
impresiones, y duro bronce para conservarlas sin que se desvanezcan?
Más de cinco meses pasé en mi lugar, y en este tiempo mudé por completo
de parecer, respecto al libro del Sr. Guijarro. No me quedaba excusa
para no escribir el artículo. Estaba persuadido de que si la cordobesa
que yo pintase no era un tipo _sui generis_, era porque yo no sabía
pintar lo que estaba viendo de un modo claro. Me decidí, pues, desde
entonces a hacer esta pintura, confesando con ingenuidad que, si no sale
original y nueva, la culpa será mía y no del modelo.
Una cosa me turba aún y dificulta mi propósito. Al ver y tratar a la
cordobesa del día, acuden a mi imaginación las ya casi borradas especies
que desde mi niñez y primera juventud, harto lejanas por desgracia,
dormían o estaban sepultadas en mi mente, de la cordobesa del primer
tercio de este siglo. La disparidad entre el recuerdo y la impresión
presente me confunden un poco. El tipo cordobés femenino no ha
desaparecido, pero ha habido cambio, si bien el cambio no ha sido de lo
castizo a lo exótico. El cambio ha sido por interior desenvolvimiento de
la propia esencia de la mujer cordobesa, la cual, como todas las
esencias inmortales, permanece en su fundamento sustancial, si bien
adquiere nuevas formas y nuevos accidentes. La cordobesa de este momento
histórico no es la cordobesa del momento histórico anterior; pero es
siempre la cordobesa, y siempre sigue realizando su esencia, como cada
hija de vecina, _exteriorizando_ la idea típica suya propia, y
presentando diverso aspecto, en cada una de las diversas evoluciones con
que la _exterioriza_.
Veo que me encumbro demasiado, y voy a descender y a hablar con más
llaneza, dejando los raptos filosóficos para mejor ocasión.
Hoy se me presenta la cordobesa a la vista tal como es, mientras que la
memoria me la retrae tal como era treinta o cuarenta años ha. De aquí se
origina cierta confusión, algo como una antinomía; pero, si bien se
estudia la antinomía, se resolverá con poco trabajo en una síntesis
suprema. Esta síntesis, si acertase yo a crearla, sería un artículo
primoroso. Es más: sin esta síntesis no es posible el artículo, porque
yo no voy a pintar a la cordobesa muerta, parada, estacionaria, inerte,
fósil, sino a la cordobesa viva, en movimiento, en desarrollo, en
progreso; desenvolviéndose, no con prestado impulso, sino según las
leyes propias de su gran ser y de su rico y generoso organismo.
Para adquirir el concepto total de la cordobesa es menester estudiarla
en sus diferentes clases y estados: desde la gran señora hasta la mujer
del rudo ganapán, desde la niña hasta la anciana, desde la hija de
familia hasta la madre o la abuela; y verla y visitarla, ya en la
antigua y espléndida capital del Califato; ya en la Sierra, al Norte del
Guadalquivir, abundante en minas y en dehesas selváticas y esquivas; ya
en la campiña ubérrima, donde hay lugares populosos y hasta lindas
ciudades, y donde la riqueza, el bienestar y la cultura son mayores.
Pero si fuésemos analizando y examinando por separado todas estas cosas,
no tendría fin ni término nuestro artículo; y así conviene tocar sólo
puntos capitales, y resumir y cifrar en dos o tres tipos todo lo que hay
en la cordobesa de más característico y propio.
Claro está que en la provincia de Córdoba hay damas ricas, que han
estado o están en Madrid, que tal vez han ido a Baden o a Biarritz algún
verano; que hablan francés, que han paseado en el bosque de Boulogne,
que conocen acaso varias cortes extranjeras, que leen las novelas de
Jorge Sand y los versos de Lamartine en la misma lengua en que se
escribieron, y que se visten con Worth, con Laferrière, con la Honorina
o con la Isolina. En todas estas damas subsiste aún la esencia de la
mujer cordobesa; pero sería menester ahondar y penetrar demasiado para
descubrir esa esencia al través de tantos aditamentos extraños y de
tantas exterioridades postizas. Busquemos, pues, a la genuina cordobesa
donde no tengamos necesidad de profundizar o de eliminar para hallarla:
busquémosla en la lugareña, ya sea rica, ya pobre; ya señora, ya criada.
La lugareña es en extremo hacendosa. Por pobre que sea, tiene la casa
saltando de limpia. Los suelos, de losa de mármol, de ladrillo o de yeso
cuajado, parecen bruñidos a fuerza de aljofifa. Si el ama de la casa
goza de algún bienestar, resplandecen en dos o tres chineros el cristal
y la vajilla; y en hileras simétricas adornan las paredes de la cocina
peroles, cacerolas y otros trastos de azófar o de cobre, donde puede uno
verse la cara como en un espejo.
La cordobesa es todo vigilancia, aseo, cuidado y esmerada economía.
Nunca abandona las llaves de la despensa, de las alacenas, arcas y
armarios. En la anaquelería o vasares de la despensa suele conservar,
con próvida y rica profusión, un tesoro de comestibles, los cuales dan
testimonio, ya de la prosperidad de la casa; ya de lo fértil de las
fincas del dueño, si son productos indígenas y, como suele decirse, de
la propia crianza y labranza; ya de la habilidad y primor de la señora,
cuyo trabajo ha aumentado el valor de la primera materia con alguna
preparación o condimento. Allí tiene nueces, castañas, almendras,
batatas, cirolitas imperiales envueltas en papel para que se pasen,
guindas en aguardiente, orejones y otras mil chucherías. Los pimientos
picantes, las guindillas y cornetas y los ajos, cuelgan en ristras al
lado del bacalao, en la parte menos pulcra. En la parte más pulcra suele
haber azúcar, café, salvia, tila, manzanilla, y hasta té a veces, que
antes sólo en la botica se hallaba. Del techo cuelgan egregios y
gigantescos jamones; y, alternando con esta _bucólica_ manifestación del
reino animal, dulces andregüelas invernizas, uvas, granadas y otras
frutas. En hondas orzas vidriadas conserva la señora lomo de cerdo en
adobo, cubierto de manteca; pajarillas, esto es, asaduras, riñones y
bazo del mismo cuadrúpedo; y hasta morrillas, alcauciles, setas y
espárragos trigueros y amargueros; todo ello tan bien dispuesto, que
basta calentarlo en un santiamén para dar una opípara comida a cualquier
huésped que llegue de improviso.
La matanza se hace una vez al año en cada casa medianamente acomodada; y
en aquella faena suele lucir la señora su actividad y tino. Se levanta
antes que raye la aurora, y rodeada de sus siervas dirige, cuando no
hace ella misma, la serie de importantes operaciones. Ya sazona la masa
de las morcillas, echando en ella, con rociadas magistrales y en la
conveniente proporción, sal, orégano, comino, pimiento y otras especias;
ya fabrica los chorizos, longanizas, salchichas y demás embuchados.
La mayor parte de esto se suspende del humero en cañas o barras largas
de hierro, lo cual presta a la cocina un delicioso carácter de suculenta
abundancia. Casi siempre se reciben en invierno las visitas en torno del
hogar, donde arde un monte de encina o de olivo y pasta de orujo, bajo
la amplia campana de la chimenea. Entonces, si el que llega mojado de la
lluvia o transido de frío, ya de la calle, ya del campo, alza los ojos
al cielo para darle gracias por hallarse tan bien, se halla mucho mejor
y tiene que reiterar las gracias, al descubrir aquella densa
constelación de chorizos y de morcillas, cuyo aroma trasciende y
desciende a las narices, penetra en el estómago y despierta o resucita
el apetito. ¡Cuántas veces le he saciado yo, estando de tertulia, por la
noche, en torno de uno de estos hogares hospitalarios! Tal vez la misma
señora, tal vez alguna criada gallarda y ágil, descolgaba con regia
generosidad una o dos morcillas, y las asaba en parrillas sobre el
rescoldo. Comidas luego con blanco pan, con un traguito de vino de la
tierra, que es el vino mejor del mundo, y en sabrosa y festiva
conversación, sabían estas morcillas a gloria.
Es injusta la fama cuando asegura que se come mal por allí. En mi
provincia hay un sibaritismo rústico que encanta. Bien sabe mi paisana
estimar, buscar y servir en su mesa las mejores frutas, empezando por la
que se cría en su heredad, mil veces más grata al paladar y más
lisonjera para el amor propio que la tan celebrada del cercado ajeno. Ni
carece tampoco, en la estación oportuna, de cerezas garrafales de
Carcabuey, de peras de Priego, de melones de Montalvan, de melocotones
de Alcaudete, de higos de Montilla, de naranjas de Palma del Río, y aun
de aquellas únicas ciruelas, que se dan sólo en las laderas del castillo
de Cabra; ciruelas, dulces como la miel, que huelen mejor que las rosas.
En cuanto a las uvas, no hay que decir que son mejores ni peores en
ninguna parte, porque son excelentes en todas: y las hay lairenes,
pedrojiménez, negras, albillas, dombuenas de corazón de cabrito,
moscateles, baladíes, y de otros mil linajes o vidueños.
Las aceitunas no ofrecen menor variedad: manzanillas, picudas, reinas,
gordales, y qué sé yo cuántas otras. La mujer cordobesa se vale para
prepararlas de mil ingeniosos métodos y de mil aliños sabrosos; pero, ya
estén las aceitunas partidas o enteras, rellenas u orejonadas, siempre
interviene en ellas el laurel, premio de los poetas.
Pues ¿qué alabanza, qué encarecimiento bastará a celebrar a mi paisana,
cuando despunta por lo habilidosa? ¡Qué guisos hace o dirige, qué
conservas, qué frutas de sartén, y qué rara copia de tortas, pasteles,
cuajados y hojaldres! Ya con todo género de especierías, con nueces,
almendras y ajonjolí, condimenta el morisco alfajor, picante y
aromático; ya la hojuela frágil, liviana y aérea; ya el esponjado
piñonate, y ya los pestiños con generoso vino amasados: sobre todo lo
cual derrama la que tanto abunda en aquellas comarcas, silvestre y
cándida miel, ora perfumada de tomillo y romero en la heroica y alpestre
Fuente Ovejuna, que en lo antiguo se llamaba la Gran Melaria; ora
extraída, merced a las venturosas abejas, del azahar casi perenne, que
se confunde con el fruto maduro por todos los verdes naranjales, en las
fecundas riberas del Genil y del Bétis.
Sería cuento de nunca acabar si yo refiriese aquí circunstanciadamente
cuanto sabe hacer y hace la cordobesa en lo que atañe a pastelería y
repostería. No puedo, con todo, resistir a la tentación de dar una
somera noticia de lo más interesante. Hace la cordobesa gajorros,
cilindros huecos, formados por una cinta de masa que se enrosca en
espiral, para los cuales, a fin de que crujan entre los dientes y se
deshagan luego con suavidad en la boca, es indispensable una maestría
soberana, así en el amasijo como en la fritura. La batata en polvo y las
carnes de manzana, membrillo y gamboa, que toda cordobesa prepara,
debieran ser conocidas y estimadas en las mesas de los príncipes y
magnates. Con el mosto hace la cordobesa gachas, pan y arropes
infinitos, ya de calabaza, ya de cabellos de ángel, y ya de uvas, aunque
entonces toma el nombre de uvate y deja el de arrope.
Quiero pasar en silencio, por no molestar al lector y porque no me tilde
de prolijo y tal vez de goloso, los hojaldres hechos de flor de harina y
manteca de cerdo en pella; los multiformes bizcochos, entre los cuales
sobresale la torta o bollo maimón; los nuégados, los polvorones, las
sopaipas, los almíbares y las perrunas, exquisitas, a pesar de lo poco
simpático del nombre que llevan. Pero ¿cómo no detenerse en el debido
encomio de ciertas empanadas, en mi sentir deliciosas, y tan propias y
privativas de por allá, que la mujer que no haya nacido cordobesa no
poseerá jamás el _quid divinum_ que para amasarlas se requiere, ni
acertará a darles el debido punto de cochura? Estas empanadas son, en
dicho sentido, incomunicables. Aunque en mayor escala, acontece con
ellas lo que con el turrón de Jijona, que al instante se conoce la
falsificación. Bien puede tener la mas docta cocinera la receta
auténtica, exacta, minuciosa, de estas empanadas; apuesto a que no las
hace, si no es de mi provincia. A quien no ha comido de tales empanadas
le parecerá abominable que, constando el relleno de boquerones o
sardinas con un picadillo de tomates y cebollas, se tomen las empanadas
con chocolate; pero así es la verdad, y están buenas, aunque parezca
inverosímil.
No es nuevo este arte de repostería y pastelería, ni su florecimiento
entre las cordobesas. Según un escrito fehaciente, reimpreso y divulgado
poco ha (la verdadera historia de la _Lozana Andaluza_), dicho arte
florecía ya a principios del siglo XVI. Aquella insigne mujer, que era
cordobesa, hacía con admirable perfección casi todo cuanto aquí hemos
mentado, si bien el autor lo refiere de corrida, sin detenerse tanto
como nosotros en el asunto. Probado deja, sin embargo, que ya entonces
era parte este gay saber en la educación de mis paisanas, y que de
madres a hijas ha venido trasmitiéndose hasta ahora por medio de la
tradición. Así es que cualquiera cordobesa, si no es manca y tiene
mediano caletre, podrá jactarse en el día, como ha más de tres siglos se
jactaba la Lozana, si es que la modestia lo permite, de que sobrepuja a
Platina _De voluptatibus_ y a Apicio Romano _De re coquinaria_.
Con todo, acerca de lo último (en lo tocante a cocina propiamente
dicha), no hay, hablando con franqueza, tanto de que jactarse como en la
parte de repostería. Este arte, incluyendo en él, aunque parezca
disparatado, todo lo relativo a la matanza, es, en la provincia de
Córdoba, un arte más liberal, menos entregado a manos mercenarias.
Apenas si hay hidalga, por encopetada y perezosa que sea, que, según ya
hemos dicho, no trabaje en estos negocios _col seno e colla mano_. Ya
sazona el adobo; ya hecha con su blanca diestra el aliño a las
longanizas; ya rellena tal cual chorizo con un embudito de lata; ya
pincha las morcillas para que se les salga el aire, valiéndose de una
aguja de hacer calceta o de una horquilla que desprende de sus hermosos
cabellos.
Suele, en verdad, venir a las casas, en los días de matanza, o en los
que preceden a la Noche-buena, cuando se hacen mil golosinas, o durante
la vendimia, para hacer el arrope y las gachas de mosto, o poco antes de
Semana Santa, para solemnizarla con hojuelas, pestiños, gajorros y
piñonate, alguna mujer perita, de tres o cuatro que hay siempre en cada
lugar, la cual se pone al frente de todo; pero rarísima vez la señora
abdica en esta mujer por completo y se sustrae a toda responsabilidad.
Esta mujer no pasa de ser una ayudanta, una _altera ego_. Quien en
realidad dirige es el ama. Y sólo cede el ama la dirección, o, para
hablar con rigorosa exactitud, no la cede ni dimite, sino que comparte
la responsabilidad y divide el imperio, cuando se da la feliz
circunstancia de que haya alguna mujer que sea un genio inspirado, con
misión y vocación singular para tales asuntos. Así sucedía en mi lugar
con una mujer que llamaban Juana la Larga, la cual murió ya; y es muy
cierto que ha dejado una hija heredera de sus procedimientos arcanos:
pero el genio no se hereda, y la hija de Juana la Larga no llega, ni con
mucho, adonde llegaba su madre: es mucho menos larga en todo, como lo
reconocen y declaran cuantas personas competentes han conocido a la una
y a la otra.
Con la cocina, con el guiso diario, hay muy distinto proceder. Una
señora cuidadosa y casera tendrá cuenta con lo que se guisa, irá a la
despensa, dará órdenes: pero el verdadero guisar queda enteramente al
cuidado de la cocinera. De aquí lo decaído del arte. La cocina cordobesa
fue, sin duda, original y grande. Hoy es una ruina, como los palacios de
Medina-Azahara y los encantadores jardines de la Almunia. Sólo quedan
algunos restos, que dan señales, que son como reliquias de la grandeza
pasada; restos que un hábil cocinero arqueólogo pudiera restaurar, como
ha restaurado Canina los antiguos monumentos de Roma.
Sería menester una pericia técnica, de que carezco, para caracterizar
aquí la cocina cordobesa, excelente aunque arruinada, y para definirla y
distinguirla entre las demás cocinas de los diversos pueblos, lenguas y
tribus del globo.
El lector me perdonará que hable casi como profano en esta materia
trascendente.
Yo creo que, sin desestimar la cocina francesa, que hoy priva y
prevalece en el mundo, hay restos y como raíces en la de Córdoba, que no
deben menospreciarse. ¿Quién sabe si darán aún opimos frutos sin
desnaturalizarse con ingertos, sino conservando el ser castizo que
tienen?
Las habas, a pesar del anatema de Pitágoras, que tal vez las condenó
como afrodisíacas, son el principal alimento de los campesinos de mi
tierra. El guiso en que las preparan, llamado por excelencia _cocina_,
es riquísimo. Dudo yo que el más científico cocinero francés, sin más
que habas, aceite turbio, vinagre archi-turbio, pimientos, sal y agua,
pueda sacar cosa tan rica como dicha cocina de habas preparada por
cualquiera mujer cordobesa. Del salmorejo, del ajo-blanco y del
gazpacho, afirmo lo propio, Será malo; harán mil muecas y melindres las
damas de Madrid si le comen; pero tomen los ingredientes, combínenlos, y
ya veremos si producen algo mejor.
Por lo demás, el salmorejo, dentro de la rustiqueza del pan prieto,
Y los rojos pimientos y ajos duros,
de que principalmente consta, debe pasar por creación refinada en las
artes del deleite, sobre todo si se ha batido bien y largo tiempo por
fuertes puños y en un ancho dornajo. En cuanto al gazpacho, es saludable
en tiempo de calor y después de las faenas de la siega, y tiene algo de
clásico y de poético. No era más que gazpacho lo que, según Virgilio, en
la segunda Égloga, preparaba Testilis para agasajo y refrigerio de los
fatigados segadores:
_Allia, serpyllumque, herbas contundit olentes._
Dejo de hablar de la olla, caldereta, cochifrito, ajo de pollo y otros
guisados, por no tener diverso carácter en Córdoba que en las restantes
provincias andaluzas. Sólo diré algo en defensa de la alboronía, por
haberse burlado de ella un agudo escritor, amigo mío, y por habernos
suministrado la ciencia moderna un medio de justificarla, y aun de
probar, o rastrear al menos, que la antigua cocina cordobesa fue una
cocina aristocrática o casi regia, que ha venido degenerando. El sabio
orientalista Dozy demuestra que la inventora de la alboronía, o quien le
dio su nombre, fue nada menos que la Sultana Boran, hermosa, distinguida
y _comm'il faut_ entre todas las Princesas del Oriente. Tal vez el
creador de la alboronía dedicó su invención a esta Sultana, como hacen
hoy los más famosos cocineros, dedicando sus guisos y señalándolos con
el nombre de algún ilustre personaje. Así hay solomillo a la
Chateaubriand, salmón a la Chambord, y otros condimentos a la Soubisse,
a la Bismarck, a la Thiers, a la Emperatriz, a la Reina y a la Pío IX.
Para mayor concisión se suprime el nombre de lo guisado y queda sólo el
del personaje glorioso; por donde cualquiera se come un Pío IX o un
Chateaubriand, sin incurrir en antropofagia.
Sin duda, así como, en vista del aserto irrefragable de Dozy, la
alboronía viene de la Sultana Boran, la torta maimón y los maimones, que
son unas a modo de sopas, deben provenir del Califa, marido de la
susodicha Boran, el cual se llamaba Maimón, ya que no provengan del gran
filósofo judío Maimónides, que era cordobés, y compatriota, por lo
tanto, de los maimones, sopa, torta y bollo.
Fuerza es confesar, a pesar de lo expuesto, que estas cosas se han
maleado. Son como los refranes, que fueron sentencias de los antiguos
sabios y han venido a avillanarse; o como ciertas familias de clara
estirpe, que han caído en baja y oscura pobreza. Lástima es, por cierto,
que así pase; pues los primeros elementos son exquisitos para la cocina
en toda la provincia de Córdoba.
Entre las jaras, tarajes, lentiscos y durillos, en la espesura de la
fragosa sierra, a la sombra de los altos pinos y copudos alcornoques,
discurren valerosos jabalíes y ligeros corzos y venados: por toda la
feraz campiña abundan la liebre, el conejo, la perdiz y hasta el sison
corpulento, y toda clase de palomas, desde la torcaz hasta la zurita. No
bien empieza a negrear y a madurar la aceituna, acuden de Africa los
zorzales, cuajando el aire con animadas nubes. El jilguero, la
oropéndola, la vejeta y el verdearon alegran la primavera con sus trinos
amorosos. El gran Guadalquivir da mantecosos sábalos y sollos enormes; y
dan ancas de ranas y anguilas suaves todos los arroyos y riachuelos.
Sería proceder en infinito si yo contase aquí los productos del reino
vegetal, la Flora de aquella tierra predilecta del cielo, sobre la cual,
según popular convencimiento y arraigada creencia, está verticalmente
colocado, en el cenit, el trono de la Santísima Trinidad. Baste saber
que las mil y tantas huertas de Cabra son un Paraíso. Allí, si aun
estuviese de moda la mitología, pudiéramos decir que puso su trono
Pomona; y extendiéndonos en esto, y sin la menor hipérbole, bien
añadiríamos que Pales tiene su trono en las ermitas, Ceres en los campos
que se dilatan entre Baena y Valenzuela, y Baco el suyo en los Moriles,
cuyo vino supera en todo al de Jerez.
La cordobesa mira con desdén todo esto, o bien porque le es habitual y
no le da precio, o bien por su espiritualismo delicado. Sin embargo,
algunas señoras ricas se esmeran en cuidar frutas y en aclimatar otras
poco comunes hasta ahora en aquellas regiones, como la fresa y la
frambuesa. Asimismo suele tener la cordobesa un corral bien poblado de
gallinas, patos y pavos, que ella misma alimenta y ceba; y ya logra
verse, aunque rara vez, la desentonada y atigrada gallina de Guinea. El
faisán sigue siendo para mis paisanas un animal tan fabuloso como el
fénix, el grifo o el águila bicípite.
Donde verdadera y principalmente se luce la cordobesa es en el manejo
interior de la casa. Los versos en que Schiller encomia a sus paisanas,
pudieran con más razón aplicarse a las mías. No es la alemana la que
describe el gran poeta: es la madre de familia de mi provincia o de mi
lugar:
Ella en el reino aquél prudente manda;
Reprime al hijo y a la niña instruye,
Nunca para su mano laboriosa,
Cuyo ordenado tino
En rico aumento del caudal refluye.
¡Cómo se afana! ¡Cómo desde el amanecer va del granero a la bodega, y de
la bodega a la despensa! ¡Cómo atisba la menor telaraña y hace al punto
que la deshollinen, cuando no la deshollina ella misma! ¡Cómo limpia el
polvo de todos los muebles! ¡Con qué esmero alza en el armario o guarda
en el arca o en la cómoda la limpia ropa de mesa y cama, sahumada con
alhucema! Ella borda con primor, y no olvida jamás los mil pespuntes,
calados, dobladillos y vainicas que en la _miga_ le enseñaban, y que
hizo y reunió en un rico dechado, que conserva como grato recuerdo. No
queda camisa de hilo o de algodón que no marque, ni calceta cuyos puntos
no encubra y junte, ni desgarrón que no zurza, ni rotura que no
remiende. Si es rica, ella y su marido y su prole están siempre aseados
y bien vestidos. Si es pobre, el domingo y los días de grandes fiestas
salen del fondo del arca las bien conservadas galas: mantón o pañolón de
Manila, rica saya y mantilla para ella; y para el marido una camisa
bordada con pájaros y flores, blanca como la nieve, un chaleco de
terciopelo, una faja de seda encarnada o amarilla, un marsellé
remendado, unos zahones con botoncillos de plata dobles y de muletilla,
y unos botines prolijamente bordados de seda en el bien curtido becerro.
Sobre todo esto, para ir a misa o a cualquier otra ceremonia o visita de
cumplido, se pone mi paisano la capa. Sería una falta de decoro, casi un
desacato, presentarse sin ella aunque señale el termómetro treinta
grados de calor. En efecto, la capa, como toda vestidura talar y
rozagante, presta a la persona cierta amplitud, entono y prosopopeya. No
es esto decir que en mi tierra no se abuse de la capa. Me acuerdo de un
médico que nos visitaba en el lugar, siendo yo niño, el cual no la
abandonaba jamás; iba embozado en ella y no se desembozaba ni aun para
tomar el pulso, tomándole por cima del embozo. Claro está que quien no
se quita jamás la capa, menos se quita el sombrero, sino en muy solemnes
ocasiones. Hombre hay que ni para dormir se le quita, trayéndole hacia
la cara para defenderla del sol o de la luz, si duerme la siesta al aire
libre; así como se le lleva hacia el morrillo o cogote, sosteniéndole
con la mano, para saludar a las personas que más respeto y acatamiento
le merecen. Pero volvamos a nuestra cordobesa.
Pobre o rica se esmera, como he dicho, en la casa. En algunas hay ya
habitaciones empapeladas, pero lo común es el enjalbiego, lo cual será
grosero y rústico si se quiere, mas alegra con la blancura y da a todo
un aspecto de limpieza. La misma ama, si es pobre, y si no la criada,
enjalbiega a menudo toda la casa, incluso la fachada. Esta manía de
enjalbegar llegó a tal extremo, que una señora de mi lugar, algunos años
ha, enjalbegaba su piano; el primero que apareció por allí. Ahora hay ya
muchos y buenos, hasta de palo santo, y se cuentan por docenas las
señoras y señoritas que tocan y cantan.
Los patios, en Córdoba y en otras ciudades de la provincia, son como los
de Sevilla, cercados de columnas de mármol, enlosados y con fuentes y
flores. En los lugares más pequeños no suelen ser tan ricos ni tan
regulares y arquitectónicos; pero las flores y las plantas están
cuidadas con más amor, con verdadero mimo. La señora, en la primavera y
en las tardes y noches de verano, suele estar cosiendo o de tertulia en
el patio, cuyos muros se ven cubiertos de un tapiz de verdura. La
hiedra, la pasionaría, el jazmín, el limonero, la madreselva, la rosa
enredadera y otras plantas trepadoras, tejen ese tapiz con sus hojas
entrelazadas y le bordan con sus flores y frutos. Tal vez está cubierta
de un frondoso emparrado una buena parte del patio: y en su centro, de
suerte que se vea bien por la cancela, si por dicha la hay, se levanta
un macizo de flores, formado por muchas macetas, colocadas en gradas o
escaloncillos de madera. Allí claveles, rosas, miramelindos, marimoñas,
albahaca, boj, evónimo, brusco, laureola y mucho dompedro fragante. Ni
faltan arriates todo alrededor, en que las flores también abundan; y
para más primor y amparo de las flores, hay encañados vistosos, donde
forman las cañas mil dibujos y laberintos, rematando en triángulos y en
otras figuras matemáticas. Las puntas superiores de las cañas, con que
se entretejen aquellas rejas o verjas, suelen tener por adorno sendos
cascarones de huevo o lindos y esmaltados calabacines. Las abejas y las
avispas zumban y animan el patio durante el día. El ruiseñor le da
música por la noche.
En el invierno, la cordobesa tiene buen cuidado de que plantas de hoja
perenne hermoseen su habitación. Canarios o jilgueros recuerdan la
primavera con sus trinos; y si el amo de casa es cazador, no faltan
perdices y codornices cantoras en sus jaulas, y las escopetas y trofeos
de caza adornan las paredes. En torno del hogar, casi en tertulia con
los amos, vienen a colocarse los galgos y los podencos.
Todavía en las casas aristocráticas de los lugares suele haber uno como
bufón o gracioso, que recuerda, si bien por lo rústico, al lacayo de
nuestras antiguas comedias. Este gracioso posee mil habilidades; caza
zorzales con silbato y percha, y jilgueros con liga o red, y pesca
anguilas metiéndose en los charcos y arroyos, y cogiéndolas con la mano.
Alguno de estos suele tener su poco de poeta; da los días a la señora en
décimas, y compone coplas en su elogio, y sátiras contra los rivales o
contrarios de sus amos. Acompaña también y entretiene a los niños, y
sabe una multitud de cuentos, que relata con animación y mucha mímica.
La criada de lugar no deja de saber también muchos cuentos, y los cuenta
con gracia. Los sabe de asombros, de encantos y de amores; y todos éstos
son serios. Para lo cómico y jocoso atesora una infinidad de
chascarrillos picantes.
Siendo yo pequeñuelo, no me hartaba nunca de oír cuentos que me contaban
las criadas de casa. El más bonito, el que más me deleitaba era el de
doña Guiomar, cuyo argumento, en lo esencial, es el mismo del drama
indio de Kalidasa, titulado _Sacuntala_. Los árabes, sin duda, trajeron
este cuento y otros mil, en la Edad Media, desde el remoto Oriente.
La criada que descuella por lo lista, amena y entretenida, se capta la
voluntad y se convierte siempre en la acompañanta o favorita del ama, o
de la niña o señorita soltera. Viene a semejarse a la confidenta de las
tragedias clásicas, y aun puede hacer el papel de Enone. De todos modos
va con su ama a visitas, a misa y a paseo, le lleva y le trae recados, y
procura tenerla al corriente de cuanto pasa en el lugar.
A esto de saber vidas ajenas y de murmurar, menester es confesarlo, hay
una deplorable afición en las hidalgas y ricas labradoras de por allí.
Por lo demás, si hay algo de cierto en el mordaz proverbio que dice: _Al
andaluz hacedle la cruz, y al cordobés de manos y pies_, bien puede
afirmarse que no reza con las mujeres; antes son víctimas las pobrecitas
de lo levantiscos, alborotados y amigos de correrla que son generalmente
los maridos. Ya dice uno que va al campo a ver las viñas o los olivares
y a inspeccionar la poda, la cava u otra labor cualquiera; ya supone
otro que va a cazar _sub Jove frígido, tenerae conjugis immemor_; ya
éste tiene que ir a negocios a la cabeza de partido, o a Córdoba, o a
Madrid por motivos políticos; ya alega aquél que debe ir a Jerez a
llevar muestras de vino, o a alguna feria, a ver si vende o compra
ganado: en suma, jamás carece ninguno de pretexto para estar ausente de
su casa la mitad del año. Si el marido es mozo y alegre, suele pasar
meses enteros lejos del techo conyugal. La tierna esposa, entre tanto,
queda en la soledad y en el abandono, y si a menudo se ve asediada por
los pretendientes, imita a Penélope y aun se le adelanta, pues al cabo
su marido, ni fue a pasar trabajos y a aventurar la vida en la guerra de
Troya, ni de fijo, salvo raras y laudables excepciones, se muestra más
fosco y zahareño que Ulises con las Circes y Calipsos que en mesones,
hosterías, fondas y otras partes se le aparecen.
Muy de maravillar y muy digna de alabanza es esta fidelidad resignada de
la cordobesa. No negaré, con todo, que a veces agota la cordobesa la
resignación y rompe el freno de la paciencia. Entonces estallan los
celos como una tempestad. Me acuerdo de cierta parienta mía que supo que
su marido tenía con todo sigilo a una muchacha en su casa de campo,
adonde iba todas las tardes y aun se quedaba algunas noches, con
pretexto de las labores. Apenas lo supo, mandó que pusiesen las jamugas
a la burra, se hizo acompañar en otra burra por su confidenta, y sin que
su marido lo notase, se fue por aquellos vericuetos hasta llegar a la
casería. Terrible fue la entrevista con la pecadora, a quien echó de
allí a pescozones.
Debo advertir que en este y otros casos se avivan los celos con
poderosas razones económicas. Tal linaje de mancebas suele ser muy
costoso, y remata en la perdición de pingües y desahogados caudales. No
se origina el gasto, ni nace de las galas y dijes, coches y primores que
hay que comprar a la muchacha, ni del boato y pompa con que es menester
sostenerla; aunque todo es relativo y proporcional, y en algo de esto se
gasta también. La _hetera_ de lugar es menos exigente, pedigüeña y
antojadiza que las Coras, las Baruccis, las Paivas y otras famosas
_heteras_ parisinas: pero aquéllas son solas, se diría que nacieron como
los hongos, y la lugareña tiene un diluvio de parientes, que se lanza y
abate sobre la casa y la hacienda del mantenedor enamorado, como bandada
de langostas hambrientas y voraces. Los primos, los sobrinos, los
cuñados, la madre, las tías, todos, en suma, se creen con derecho a
cuanto hay: con derecho al trabajo; y por consiguiente, con derecho a la
asistencia y a la holganza. El aceite sale de tu bodega, no por
panillas, sino por arrobas; las lonjas de tocino vuelan de la despensa;
las morcillas transponen; la manteca se evapora; los jamones se disipan.
La parentela entera se alumbra, se calienta, come, bebe y hasta mora a
costa tuya. Si tienes casas, las habitará alguien de la parentela y no
te las pagará; si eres cosechero de vino o aguardiente, menudearán las
botas, botijas y botijuelas, y entrarán vacías y saldrán rebosando.
No se crea, no obstante, que, siendo tan lucrativo este oficio, se
dedican muchas mujeres a él y abaratan el mercado con la competencia. En
todo el territorio de Córdoba ha vivido siempre gente muy hidalga y
harto difícil en puntos de honra. Colonia en lo antiguo de verdaderos
ciudadanos romanos, y no de libertos, como otras, mereció y obtuvo el
título de _patricia_; cuando la invasión mahometana, no vinieron a
poblarla rudos y plebeyos berberiscos, sino claros varones de pura
sangre arábiga; los linajes más ilustres de Medina y de la Meca; los
descendientes de los _ansáres_, _tabies_ y _muhadjires_. Y por último,
habiendo sido mi provincia, durante dos siglos, fronteriza con el reino
de Granada, ha debido tener y ha tenido para custodia y defensa de sus
lugares fuertes, y para tomar el desquite de cualquier ataque, entrando
en algarada por los dominios del alarbe, talando sus mieses y haciendo
otras mil insolencias y diabluras, una población de hombres recios y
valerosos,
Todos hidalgos de honra
Y enamorados de veras,
como canta el viejo romance. Desde entonces no ha deslucido Córdoba su
bien cimentada reputación: y no por vana jactancia, sino con sobra de
motivo, lleva por mote, en torno de los rampantes leones de su limpio
escudo: «_Corduba, militiae domus, inclyta fonsque sophiae._» Lucano,
Séneca, Averroes, Ambrosio de Morales, Góngora y mil otros dan
testimonio de lo segundo. Acreditan lo primero, en multitud innumerable,
los acérrimos y audaces guerreros que por todos estilos ha criado
Córdoba; ya para pasmo y terror de los enemigos de España, como el Gran
Capitán; ya para perpetua desazón y sobresalto constante de los
españoles mansos, como el Tempranillo, el Guapo Francisco Esteban, el
Chato de Benamejí, el Cojo de Encinas-Reales, Navarro el de Lucena, y
Caparrota el de Doña-Mencía.
No es, pues, llano el que haya por allí mucho marido sufrido, mucho
padre complaciente, y mucha interesada y fácil mujer. La que lo es se lo
hace pagar caro, no tanto por la rareza, sino por lo que pierde. Sólo a
fuerza de regalos y de espléndida generosidad, y deslumbrando con su
lujo, se hace perdonar en ocasiones sus malos pasos. Aun así, es mirada
con desprecio, y no suelen llamarla con su nombre de pila, sino con un
apodo irónico, como, por ejemplo, la Galga, la Joya, la Guitarrita. Tal
vez la designan con el nombre genérico del país de que es natural, como
para designar su origen forastero; y de éstas he conocido yo a la
Murciana, a la Manchega y a la Tarifeña.
Si alguna mocita soltera o alguna casada joven siente veleidades de
dejarse seducir y sonsacar, hay con frecuencia un padre o un marido que
la sana y endereza con una buena vara de mimbre. Ni debe estar muy
seguro y descuidado el seductor, por mucho respeto que inspire. No basta
a veces la inocencia, si es que infunde recelos algún galán. Cierto
compañero mío de colegio, en el Sacro Monte, fue, años ha, a curar las
almas en un lugar de mi provincia. Era gran teólogo, recto y virtuoso;
pero bien hablado, elegantísimo, peripuesto y agradable; era hombre que
en el siglo XVIII hubiera figurado, en una corte, como el más delicioso
abate. Pues bien, en el pueblo la tomaron con él, y, como vulgarmente se
dice, le _abroncaron_. El _brónquis_ que le dieron llegó hasta tirarle
algunos tiros, pero con pólvora sólo, para asustarle. Él calculó que de
la pólvora, si no surtía efecto, se podría con facilidad pasar a los
perdigones, y se largó con la música y la teología a otra parte menos
difícil.
Semejantes extremos son raros, por fortuna. La cordobesa no es coqueta,
sino muy prudente y sigilosa, y a nadie compromete. Aunque sea de la más
humilde condición, acostumbra a desahuciar al paciente enamorado,
hablando de su honor, como las damas calderonianas. Cuando esto no
basta, ni chilla, ni alborota, ni escandaliza; pero se defiende cual una
Pentesilea; lucha, como el ángel luchó con Jacob, en las tinieblas de la
noche; y robusta, aunque angélica, suele echarle la zancadilla,
derribarle, y hasta darle una soba, todo con muda elocuencia y en
silencio maravilloso. Y no se extrañe esto, porque en la clase de
muchachas pobres, y aun en algunas acaudaladas labradoras, es notable la
robustez. Son más duras que el mármol, no sólo de corazón, no sólo en el
centro, sino por toda la perifería. Cierto día hicimos una gira de campo
con las más garridas y principales mozas del lugar. Una de ellas,
creyendo el asiento más alto, se sentó de golpe sobre un montón de
tejas. Eran de las macizas y mejores de Lucena. Tres vimos rotas. Ella
nos dijo con encantadora modestia que ya, antes de la caída, lo estaban.
No se entienda, por lo dicho, nada que amengüe o desfigure en lo más
mínimo la esbeltez y gentileza de mis paisanas. Una cosa es la densidad
y la firmeza, y otra el desaforado volumen. La moza que desde niña
trabaja, anda mucho y va a la fuente que está en el ejido, volviendo de
allí con el cántaro lleno, apoyado en la cadera, o con la ropa lavada
por ella en el arroyo, es fuerte, pero no gorda. La fuente o el pilar
era el término de mi paseo cotidiano, y allí me sentaba yo en un poyo,
bajo un eminente y frondoso álamo negro. Al ver lavar a las chicas, o
llenar los cántaros y subir con ellos tan gallardas, airosas y ligeras,
por aquella cuesta arriba, me trasladaba yo en espíritu a los tiempos
patriarcales; y ya me creía testigo de alguna escena bíblica como la de
Rebeca y Eliacer; ya, comparándome con el prudente Rey de Ítaca, me
juzgaba en presencia de la princesa Nausicáa y de sus amables
compañeras. Nada de miriñaques ni ahuecadores en aquellas muchachas. El
pobre vestido corto, sobre todo en verano, se ciñe al cuerpo y se pliega
graciosamente, velando y revelando las formas juveniles, como en la
estatua de Diana cazadora.
Por desgracia, las damas del lugar han adoptado, en cuanto cabe, casi
todas las modas francesas, y van perdiendo el estilo propio de vestirse
y peinarse. Todas usaron ingentes miriñaques totales, y ahora usan el
miriñaque parcial y _pseudo-calípigo_ que priva. El día menos pensado
abandonarán la mantilla y se pondrán el sombrerito. Todas se peinan,
tomando por modelo el figurín, y suelen llamar a este peinado de
_cucuné_ o de _remangué_, a fin de darle, hasta en el nombre, cierto
carácter extranjero. Las faldas, en vez de llevarlas cortas, las llevan
largas, y van barriendo con la cola el polvo de los caminos. En
resolución, es una pena este abandono del traje propio y adecuado.
A pesar de tales disfraces, la belleza, o al menos la gracia, el garbo y
el salero, son prendas comunes en mis paisanas. Tienen en el andar mucho
primor, y más aún si bailan. Los rigodones y el vals y la polca se van
aclimatando; pero el fandango no se desterró todavía. Hasta las
señoritas salen a hacer una mudanza, si las sacan y obligan en
cualquiera fiesta campestre, y se mueven y brincan con gallardía y
desenfado, y repiquetean con brío las castañuelas. Mujeres hay del
pueblo que, en esto de bailar y tocar las castañuelas, vencen a la
Teletusa, celebrada por Marcial, en aquel epigrama que principia:
_Edere lascivos ad Bætica crusmata gestus._
Si la mujer casada, como ya queda expuesto, es un modelo de paciencia
conyugal, la soltera es casi siempre un modelo de novias. Puntualmente
baja a la reja todas las noches a hablar con el enamorado, a lo que se
llama _pelar la pava_. En cada calle de cualquier lugar de Andalucía se
ven, de diez a una de la noche, sendos embozados, como cosidos a casi
todas las rejas. Tal vez suspira él y exclama:
--¡Qué mala es usted!
Y ella responde:
--¡Pues no, que usted!...
Y exhala otro suspiro.
Así se pasan horas y horas.
Tiene tal encanto este ejercicio, para el hombre sobre todo, que no
pocos noviazgos se prolongan más que el de Jacob y Raquel, que duró
catorce años, sólo por no perder el encanto de pelar la pava. Las pobres
muchachas lo sufren con paciencia, pero languidecen y se ponen ojerosas.
Verdad es que luego, cuando se casan, no sucede, como en otras partes,
que la mujer sigue sirviendo, trabajando y afanando. Aunque sea el novio
un miserable jornalero, procura que su novia, no bien llega a ser su
mujer, salga de todo trabajo, no vuelva a escardar ni a coger aceituna,
y sea en su casa como reina y señora. Si está sirviendo, se despide y
deja de servir; y ya no cose, ni lava, ni plancha, ni friega, ni guisa,
sino para su marido y para sus hijos. El hombre, salvo en raras
ocasiones, es quien trabaja, busca y granjea o garbea lo necesario para
el sostén de toda la familia.
La cordobesa, sea de la clase que sea, es todo corazón y ternura: pero
sin el sentimentalismo falso y de alquimia que ha venido de extranjis.
Nadie (vergüenza es confesarlo) ha pintado a la cordobesa del pueblo,
verdaderamente enamorada y apasionada, como el novelista Mérimée. Su
Carmen es el tipo ideal de la humilde y baja de condición, aunque
sublime por el alma. Como reza el dístico del poeta griego, que sirve de
epígrafe a la novela, Carmen sabe morir y amar; es admirable cuando se
entrega por amor y cuando por amor muere; tiene dos horas divinas: una
en la muerte; otra en el tálamo.
_De atrás le viene al garbanzo el pico_, según el decir vulgar. Desde
muy antiguo es la cordobesa espejo, luz y norte de enamoradas. Sus ojos,
como los de Laura, inspiran platónicos y casi místicos afectos, y hacen
que un moro, como Ibn Zeidun, escriba canciones más finas que las del
Petrarca, merced a la princesa Walada, que era asimismo poetisa.
Los amores de dos mujeres cordobesas han tenido un inmenso influjo
bienhechor en el mundo: han contribuido, casi han sido causa de las más
preciadas glorias para España, y de acontecimientos tan providenciales,
que sin ellos la actual civilización europea no se explicaría. Sin
Zahira, enamorada de Gústios, no hubiera nacido Mudarra, los siete
infantes de Lara no hubieran tenido vengador; la flor de la caballería
castellana hubiera perecido antes de abrir el cáliz; acaso no hubiéramos
poseído al Cid, pues a no inspirarse en la espada de Mudarra y cobrar
aliento con ella, no hubiera muerto al Conde Lozano ni dado principio a
tanta hazaña imperecedera. Si doña Beatriz Enriquez no se enamorara en
Córdoba de Colon, consolándole y alentándole, Colon se hubiera ido de
España; hubiera muerto en un hospital de locos; no hubiera descubierto
los nuevos orbes, cuya existencia había columbrado y vaticinado más de
mil y cuatrocientos años antes un inspirado cordobés, y para cuyo
descubrimiento le dio ánimo y bríos aquella apasionada e inmortal
cordobesa.
Véase, pues, de cuánto son y han sido capaces mis paisanas. Dios las
bendiga a todas.
Imposible parece que, siendo tan buenas, las descuiden y abandonen los
pícaros hombres. Además de las peregrinaciones de que ya hemos hablado,
las dejan para irse al casino, donde se pasan las horas muertas. Razón
le sobraba al gran Donoso al tronar tanto contra el casino, en su
elocuente libro _sobre el Catolicismo_. Es verdad que siempre ha habido
casino, sólo que antes, para los ricos, se llamaba la casilla, y estaba
en la botica, y para los pobres, el casino estaba en la taberna. Pero,
en el día, ni las boticas ni las tabernas han acabado, y todo lugar, por
pequeño que sea, pulula, hierve en casinos. Cada bandería, cada matiz
político tiene el suyo. Hay casino conservador, casino radical, casino
carlista, casino socialista y casino republicano. Las infelices mujeres
se quedan solas. ¡No sé cómo hay mujer que sea liberal! Todas debieran
ser absolutistas, y muchas lo son en el fondo.
La única compensación que trae a la mujer el liberalismo novísimo es que
debilita bastante la autoridad conyugal y paternal, que antes era
terrible y hasta tiránica. A la vara se le llamaba el gobierno de una
casa; pero a la mujer briosa, como lo es la cordobesa, más le duele
cuando la desdeñan que cuando le pegan: más la quebranta un desaire que
una paliza.
De todos modos, la mujer cordobesa, como las demás españolas, conserva
siempre un manantial purísimo de consuelo para sus sinsabores y
disgustos: este manantial es la religión cristiana. No hay cordobesa que
no sea profundamente religiosa.
Entre los hombres ha cundido la impiedad. El soldado licenciado, de
retorno a su casa, ha solido traer algún ejemplar del _Citador_; los
periódicos se leen, y no todos son piadosos; y por último, no falta
estudiante que vuelve de la universidad inficionado de Krause y hasta de
Hegel, y que echa discursos a los rústicos, a ver si los hace panteistas
y egoteistas.
La mujer no entiende, ni quiere entender, tan enrevesados tiquismíquis,
y sigue apegada a sus antiguas creencias. Ellas son el bálsamo para
todas las heridas de su corazón: ellas le llenan de esperanzas
inmarcesibles; ellas abren en su ardiente imaginación horizontes
infinitos, dorados por la luz divina de un sol de amor y de gloria.
Hasta para menos elevadas exigencias y para más vulgares satisfacciones
es la religión un venero inagotable. Casi todo honesto mujeril
pasatiempo se funda en la religión. Si no fuese por ella, ¿habría
romerías tan alegres como la de la Virgen de Araceli y la de la Virgen
de la Sierra de Cabra? ¿Habría Niño Jesús que vestir? ¿Habría procesión
que ver? ¿Habría paso de Abraham, Descendimiento, judíos y romanos,
apóstoles y profetas, _encolchados_, _ensabanados_ y _jumeones_,
hermanos de cruz, y demás figuras que salen por las calles, en la Semana
Santa? Nada de esto habría. No tendría la mujer jubileos ni novenas, ni
oiría sermones, ni adornaría con flores ningún altar, ni engalanaría
ninguna cruz de Mayo, ni se complacería tanto en el mes de María. Las
golondrinas, que ahora son respetadas porque le arrancaron a Cristo con
el pico las espinas de la corona, serían perseguidas y muertas, y no
acudirían todos los años a hacer el nido en el alero del tejado o dentro
de la misma casa, ni saludarían al dueño con sus alegres píos y
chirridos. Todo para la mujer estaría muerto y sin significado, faltando
la religión. La pasionaría perdería su valor simbólico; y hasta el amor
al novio o al marido o al amante, que ella combina siempre con el
presentimiento de deleites inmortales, y que idealiza, hermosea y
ensalza con mil vagos arreboles de misticismo, se convertiría en
cualquiera cosa, bastante menos poética.
Tal es, en general, la mujer de la provincia de Córdoba. Si entrásemos
en pormenores, sería este escrito interminable. En aquella provincia,
como en todas, hay mil grados de cultura y de riqueza, que hacen variar
los tipos. Hay además las diferencias individuales de caracteres y de
prendas del entendimiento.
He omitido un punto muy grave. Voy a tocarle, aunque sea de ligero,
antes de terminar el artículo. Este punto es el filológico: el lenguaje
y el estilo de la cordobesa.
La cordobesa, por lo común (y entiéndase que hablo de la jornalera o de
la criada, y no de la dama elegante e instruida), aspira la _hache_.
Tiene además notable propensión a corroborar las palabras con sílabas
fuertes antepuestas. Cuando no se satisface con llamar tunante a
cualquiera, le llama _retunante_; y no bastándole con Dios, exclama:
_¡Redios!_ En varios pueblos de mi provincia, así como en muchos de los
pueblos de la de Jaén, es frecuentísima cierta interjección inarticulada
que se confunde con un ronquido. La cordobesa, por último, adorna su
discurso con mil figuras e imágenes, le salpimenta de donaires y
chistes, y le anima con el gesto y el manoteo.
El adverbio _a manta_ se emplea a cada instante para ponderar o
encarecer la abundancia de algo. Las voces _mantés_, _manteson_,
_mantesada_ y _mantesonada_, _mantesería_ y _mantesonería_, salpican o
llenan tanto todo coloquio como en Málaga la de _charran_ y sus
derivados. Más singular es aún el uso del gerundio en diminutivo, para
expresar que se hace algo con suavidad y blandura. Así, pues, se dice:
«Don Fulano se está _muriendito_. La niña está _deseandito_ casarse, o
_rabiandito_ por novio.»
En la pronunciación dejan un poco que desear las cordobesas. La _zeda_ y
la _ese_ se confunden y unimisman en sus bocas, así como la _ele_, la
_ere_ y la _pe_. ¿Quién sabe si sería alguna maestra de _miga_ cordobesa
la que dijo a sus discípulas: «Niñas, _sordado_ se escribe con _ele_ y
_precerto_ con _pe_»? Pero si en la pronunciación hay esta anarquía, en
la sintaxis y en la parte léxica, así las cordobesas como los
cordobeses, son abundantes y elegantísimos en ocasiones, y siempre
castizos, fáciles y graciosos. No poca gente de Castilla pudiera ir por
allá a aprender a hablar castellano, ya que no a pronunciarle.
Sin adulación servil aseguro que la cordobesa es, por lo común,
discreta, chistosa y aguda. Su despejo natural suple en ella muy a
menudo la falta de estudios y conocimientos. Sus pláticas son
divertidísimas. Es naturalmente facunda y espontánea en lo que dice y
piensa. Amiga de reír y burlar, embroma a los hombres y les suelta mil
pullas afiladas y punzantes, pero jamás se encarniza.
¿Qué otra cosa he de añadir? Una cordobesa es avara y otra pródiga, pero
todas son generosas y caritativas. Cordobesa hay que lee todavía libros
antiguos, devotos los más, que pertenecieron a su bisabuela, y que están
como vinculados en la casa; v. gr.: _La Perfecta Casada_, del maestro
Leon; _El menosprecio de la corte y alabanza de la aldea_, y el _Monte
Calvario_, de fray Antonio de Guevara, y hasta las _Obras completas_
(cerca de veinte volúmenes en fólio) del venerable Palafox. No lo digo
fantaseando: he conocido lugareña cordobesa que tenía y leía estos y
otros libros por el estilo. Otras leen novelas modernas de las peores.
Otras no leen nada.
Mujeres hay que han estado en Sevilla o en Madrid, que han ido a Málaga
y han visto la mar; y mujeres hay que jamás salieron de su pequeña
villa, y se forman de Madrid idea tan confusa como las que yo me formo
de las ciudades que puede haber en otro planeta. Casi ninguna está
descontenta de su suerte. La buena pasta es muy común. El orgullo,
además, las excita a menospreciar lo que no está a su alcance; y el amor
de la patria, encerrado dentro de los estrechos límites del pueblo en
que nacieron y se criaron, se hace más intenso, enérgico y vidrioso, y
las mueve a amar con delirio aquel pueblo y aquella sociedad,
prefiriéndolos a todo, y a revolverse casi con furor contra cualquiera
que los censura.
Si hubiera yo de seguir contando y pintando circunstanciadamente las
cosas, escribiría un tomo de quinientas o seiscientas páginas. Demos,
pues, punto aquí: y, gracias a que este artículo no peque por largo, y a
que tenga el lector la suficiente indulgencia, vagar y calma, para
leerle todo sin enojo, fatiga ni bostezo.