LA PRIMAVERA

Nada hay en el hombre tan grato a Dios como el arrepentimiento; pero en

ciertas cosas, tal vez en las más, nada hay tampoco humana y

terrenamente tan inútil. Lo que al hombre le importa es no hacer nada de

que después haya de arrepentirse. Y yo, lo confieso, hice algo en este

género al prometer que escribiría un artículo sobre la Primavera.

Y no porque yo me crea incapaz de percibir, sentir y estimar en todos

sus quilates el valor y la belleza de la estación florida. Nada menos

que eso. Yo presumo de muy sensible a los encantos naturales. Me apuesto

con el más pintado a sentir honda y poéticamente la gala de las fértiles

praderas, la lozanía de los verjeles, el apartamiento silencioso de los

sotos umbríos, el aire embalsamado por el aroma de las violetas, la

sierra pedregosa cubierta de tomillo y romero, el blando murmullo de los

arroyos, los amorosos gorjeos del ruiseñor, el lánguido arrullo de la

tórtola y los trinos alegres con que las aves saludan a la blanca aurora

cuando abre con dedos de rosa las puertas del Oriente.

Por desgracia, una cosa es sentir y otra expresar bien lo sentido. De

este segundo don es del que carezco.

El asunto es de sobrado empeño para mí. ¿He de salir del paso repitiendo

en mala prosa lo que ya dijeron en todas las lenguas vivas y muertas,

con número y melodía, los poetas buenos y medianos, desde Hesiodo hasta

Gracian y desde Virgilio a D. Gregorio de Salas? Yo no quiero hacer un

centón tan deplorable. Yo quiero coger vivas las aves, las flores,

cuanto tiene ser en la estación vernal, y trasladarlo a este papel, y de

este papel a la imprenta: operación más difícil de lo que se imagina.

La Primavera es como fiesta espléndida que dan los espíritus

elementales, como sagrada orgía, en que el aire, la tierra, la luz, el

agua y cuantas inteligencias o misteriosos genios en el seno de los

elementos viven ocultos, lucen su hermosura, se revisten de sus más

ricos adornos, y se enamoran, y se acarician, y cantan y bailan. ¡Vaya

usted a describir esto sin conocer los nombres de dichos genios,

ignorando sus lances de amor y fortuna, y no acertando a distinguirlos

bien unos de otros!

Lo que más se parece a la primavera, en mezquino y pobre trasunto, por

artificio humano realizado, es un bonito baile. Pues declaro que yo no

sé describirle. Los nombres de las señoras más lindas y elegantes se me

borran de la memoria no bien tomo la pluma, y sólo sé decir que me

gustan, lo cual es muy _sujetivo_, sin atinar a describir los trajes que

llevan, los diamantes que fulguran en sus cabezas airosas, las perlas

que ciñen lascivas sus desnudas gargantas, y todo aquello, en suma, que

las determina y diferencia. Así es que, no pudiendo yo empezar por este

analítico y circunstanciado estudio, no llego jamás a la síntesis, esto

es, a dar una idea cabal, exacta y adecuada del baile.

Si esto me sucede con un espectáculo que no dura más de algunas horas y

que se limita al breve recinto de uno o dos salones, ¿qué se puede

esperar de mí como describidor del baile divino, al aire libre, que dura

meses, que se extiende por todo un hemisferio del mundo, y donde cantan

y bailan los inmortales al son de la concertada armonía de las esferas?

Está visto, yo tengo que hacerlo muy mal.

Hasta el mismo entusiasmo, hasta el mismo semi-religioso fervor con que

miro el asunto, es en mi daño y me le hace más difícil. Si yo le mirase

con frialdad, ya me las compondría, tomando de aquí y de allí, no del

natural, sino de libros, que me servirían de guía y modelo; ya lo

compaginaría y arreglaría todo lo menos mal posible. Por desgracia mi

entusiasmo es grande y no me deja acudir con serenidad a mi escasísima

ciencia.

Lo primero que no sé es qué plan seguir; dentro de qué términos

encerrarme. Porque a la verdad, si el más rastrero de los seres humanos

da suelta a su imaginación y la echa a volar por esos campos verdes y

por ese cielo sereno, durante los meses de Abril y Mayo, sólo Dios sabe

dónde su imaginación irá a parar, y qué rico botín traerá cuando vuelva

a casa, si vuelve y no se queda embobada, de estrellas y flores, de

mariposas y calandrias, de perfumes y armonías, de luz y sombras, de

amores y de cánticos, todo tan en desorden y tan enmarañado, que no

habrá manera de cifrarlo en un libro en folio y mucho menos en 20 o 30

cuartillas.

Al considerar esto me entra temblor como de calentura, y pido al numen

método y plan para mi obrilla; pero al numen le incomoda el método, y lo

que es yo por mí no le trazo sino muy vulgar, sin atinar a aventurarme

por nuevos caminos, y sin resignarme a seguir los muy trillados y

seguidos por todos.

Para saber el día en que empieza y el día en que acaba la Primavera

remito al lector al almanaque. Para saber la causa inmediata y natural

de su vuelta periódica, le remito a cualquier compendio de Astronomía.

¿Qué me queda, pues, que decir acerca de la Primavera?

¿Sacaré a relucir las manoseadas y trivialísimas moralidades de que

dicha estación responde a la juventud en nuestra vida, y de que conviene

no gastar las flores a fin de que haya luego sazonados frutos en el

otoño? ¿O daré lección de política o de filosofía de la historia, con

ocasión de la Primavera, afirmando que las naciones tienen también la

suya, o sea su juventud, durante la cual aman y cantan y dan flores;

pero que, no bien llegan a su otoño, o dígase a su edad madura, deben

dejarse de tales devaneos y trabajar mucho, que esto es dar el fruto que

importa, a fin de pagar las deudas y proporcionarse las comodidades y

el bienestar que el invierno y la vejez reclaman?

Imposible. Esto sería lo peor que se me pudiera ocurrir. Esto sería un

sermón inaguantable. Hablemos, pues, de la Primavera, aunque sea sin

orden. ¡Ojalá tuviese yo a mano al Pegaso o al Hipogrifo, para imitar a

Perseo o a Astolfo, montar en él, y correr a rienda suelta a donde y por

donde el monstruo quisiera llevarme!

En otras tierras más al norte que la nuestra, la Primavera, fuerza es

confesarlo, si no es, parece más hermosa: el cambio de escena tiene

mayor rapidez y doble hechizo; la mudanza hiere más la fantasía; se nos

presenta como súbita y milagrosa resurrección de los seres. A orillas

del Rhin o del Elba, la Primavera nos da concepto superior de la

potencia creadora, de lo que debió de ser el nacer, el aparecer de la

vida sobre nuestro globo. En nuestros climas más cálidos apenas hay

mutación, o es tan lenta que no se percibe. En las huertas de Murcia y

Valencia, en la hoya de Málaga, en las márgenes del Guadalquivir y hasta

en la misma vega de Granada, la Primavera se deslía, se esfuma con el

invierno: es una Primavera difusa o harto desvanecida.

Donde viene de repente, donde la rigidez del invierno la hace más

deseable, es donde se muestra con más pompa y estruendo, donde da más

alta razón de sí, donde resplandece más benigna en el trono de su

gloria, donde más se la admira y donde merece ser más admirada. El hielo

que cubre los ríos se quebranta, se rompe, y baja en gruesos témpanos

hacia la mar con descompuesta furia. Casas, palacios, chozas, árboles y

cielo, vuelven a mirarse con ansia y con amor en el líquido espejo de

las aguas, velado antes y empañado por el frío. La cándida diadema que

ciñe las cimas de los montes se derrite, aumentando las corrientes

cristalinas. Los árboles, desnudos del verde follaje, brotan de

improviso frescos pimpollos y renuevos lozanos, vistiéndose de tiernas y

relucientes hojas. Los pájaros acuden a bandadas, guiados por infalible

instinto. Turban las grullas el silencio de la noche con sus agudos

gritos, cuando vienen avanzando en falange simétrica y bien ordenada.

Las golondrinas y mil aves cantoras, al volver de su larga emigración,

saludan con blando pío, o con chirrido alegre, o con trinos variados,

sus antiguas conocidas viviendas. La cigüeña zancuda inmigra de Oriente

o de Africa, y busca el nido en el viejo torreón o en el alto mirador

de la alquería. Tal vez allí la rubia y joven campesina alemana le puso

al cuello, antes de que se fuese, una cinta con algún romántico letrero.

Cuando vuelve, se pasma la muchacha de ver que le contesta algún muftí

del Cairo o algún santón de la Meca con otro letrero escrito en arábigo.

Entre tanto, se ha liquidado la escarcha apretada que cubría los prados,

y la hierba y las flores, como si hubiesen estado oprimidas bajo aquel

peso, surgen por ensalmo. La anémona nemorosa es una de las más

tempranas que abren por allí su cáliz para anunciar la Primavera. Pero

otras mil flores, más olorosas y no menos bellas, aparecen después,

llamando y excitando al céfiro a que respire los aromas que exhalan.

El céfiro viene, semejante al atrevido príncipe del cuento de hadas, y

atraviesa por la esquiva floresta, y penetra en el silencioso palacio, y

llega hasta el lecho de la encantada y dormida princesa, y le da un beso

de amor. Entonces se desbarata el maléfico hechizo, el silencio y el

reposo de muerte se truecan de súbito en movimiento, música, agitación y

vida. Como si fuesen a celebrarse divinas bodas, todo se entapiza y

hermosea. Se abren los tesoros, se despliegan las galas, se ponen las

mesas y aparadores del regio banquete, y luce sobre el ancho tálamo la

cubierta de púrpura, esmeralda y oro. Los convidados peregrinos ya hemos

dicho que acuden de lejos cruzando los aires. Otros, que no peregrinan,

despiertan de prolongado sueño, se revisten de sus vestimentas más

ricas, y acuden también. Todos, como buenos vasallos, procuran imitar a

los príncipes. Y como los príncipes están enamorados y van a casarse,

todos se enamoran y se casan. Se diría que apenas hay ser vivo que no se

embriague con el zumo de mágicas hierbas o con el perfume de extrañas

flores, las cuales mueven al amor, al deleite y al regocijo, induciendo

a la vida para que se acreciente y se difunda y abra nuevos caminos de

ser. Ciertas ficciones poéticas parece que tienen entonces realidad, y

se cree en el _dudain_, que buscaba Raquel harta de ser estéril; en el

loto, que hacía olvidarse de todo a los compañeros de Ulises; y en el

_nepentes_, que alegraba el alma, y que dio a Telémaco Elena.

Claro está que al decir yo todo esto de los climas del Norte no niego

igual o mayor belleza a la primavera del Sur: lo que insinúo es que

quizás la rapidez del cambio hace que por allá se sienta mejor.

Pero aquí se renueva también la vida, y llega la estación de los amores,

y los gérmenes dormidos se agitan, y nacen las larvas, y, después de sus

completas metamorfosis, les brotan alas de gasa de colores diversos, y

elictras metálicas y resonantes, y trompas ligeras con que recogen la

miel de las flores. Aquí también las plantas desnudas, los álamos, los

chopos, las acacias y otros mil árboles de sombra vuelven a vestirse de

hojas verdes, y florecen el almendro y la higuera y los demás frutales,

y nos dan el fruto con la poesía de la esperanza.

Todo esto es cierto; pero lo es también que los hombres del Norte

sienten ahora con más profundidad, describen y retratan mejor la

primavera que los del Mediodía.

¿Será, como hemos dicho, porque la primavera viene por allí con más

ímpetu, o porque los hombres están por allí más cerca de la naturaleza y

más en comunión con ella; porque llevan menos siglos de civilización;

porque están menos gastados; porque no es entre ellos tan marcado el

divorcio y tan crudo el antagonismo entre el mundo de los espíritus y el

mundo de los cuerpos?

Profunda cuestión es ésta. Yo no quisiera entrar en ella, pero se me

pone por delante a pesar mío.

Yo veo desde luego que en las antiguas edades sentían los hombres del

Mediodía y celebraban, por lo menos con igual entusiasmo que hoy los del

Norte, la vuelta de la primavera. Atis resucitado, Osiris resucitado y

Adonis resucitado lo atestiguan. Los misterios de Samotracia y de

Eléusis eran en el fondo inspirados por la primavera. Cuando renacía la

vegetación, cuando brotaban las hierbas y las flores, cuando las selvas

se cubrían de pompa y de verdura, cuando subía la savia por los troncos,

era cuando la madre desconsolada enjugaba sus lágrimas y desechaba el

traje de luto, porque la hija, hundida en las entrañas lóbregas de la

tierra, surgía fecunda, hermosa y resplandeciente de inmortales

fulgores; porque Cora, fugitiva del tenebroso amante que la había tenido

aprisionada en sus brazos, aparecía de nuevo a bañarse en las ondas de

luz del sol enamorado, quien, por contemplarla y besarla, se detenía más

tiempo sobre nuestro horizonte, e iba difundiendo por más horas y con

mayor tino y eficacia, en este hemisferio boreal, la lluvia dorada de

sus rayos ardientes.

Si esto se sentía con tal profundidad, y ya no es sin duda porque nos

hemos hecho muy espirituales. Desdeñamos la naturaleza por amor del

espíritu. ¿Qué vale la selva florida, qué vale el árbol más lozano y

eminente, al lado del árbol místico, de quien dice el himno sagrado:

_Crux fidelis, inter omnes_

_Arbor una nobilis:_

_Silva talem nulla profert_

_Fronde, flore, germine?_

No es en el florecimiento de la primavera, no es en el árbol más

fecundo, no es en el huerto más feraz donde recordamos el perdido

Paraíso, donde más nos maravillamos, bendiciéndolas, de la potencia del

Altísimo y de su bondad infinita, es en aquel árbol que sirve como de

solio al mismo Dios:

_Arbor decora et fulgida,_

_Ornata, Regis purpura,_

_Electa digno stipite_

_Tam sacra membra tangere._

Pero yo no me inclino a creer que sea el misticismo o el espiritualismo

cristiano quien nos haga tan poco sensibles a la naturaleza y nos lleve

tanto en pos del espíritu.

El amor de Cristo lo comprende todo, sin excluir la naturaleza material.

Con él y por él subió al cielo la carne purificada y gloriosa. Él miró

con afecto a todas las criaturas. Él no desdeñó los ramos floridos de

oliva y las gallardas y vencedoras palmas con que le recibieron el día

de su triunfo. Sus fieles, mas sencillos y candorosos, aman los objetos

materiales por amor suyo, y rodean de rosas y de hierbas de olor, en los

días primeros de Mayo, ese árbol sagrado, que fue su patíbulo; y cuando,

ya más adelantada la primavera, en el momento más rico del

desenvolvimiento vernal, celebra su Iglesia el sacrosanto misterio en

cuya virtud quiso Él comunicarse a nosotros, infundiéndose en el licor

que alegra los corazones y en el pan que nos alimenta, el pueblo

cristiano alfombra con gayomba olorosa y verde y fresca juncia la vía

por donde pasa, y las mujeres vierten una lluvia de flores sobre el

artístico y áureo templete, arca de la nueva alianza, donde va Él en

custodia.

Menester es confesarlo: es infundada, es injusta la acusación de los

impíos. No vino la doctrina de Cristo a condenar o a endiablar la

naturaleza. Los tres enemigos capitales de esa doctrina no tienen menor

influjo, jurisdicción y mando en el reino del espíritu que en el de la

materia. También siguiéndolos pueden las gentes ser espirituales. No hay

sólo concupiscencia en la carne: la hay en el espíritu. Y si hay

espiritualismo divino, no deja de haberle diabólico, y más común y

frecuente por desgracia.

Ahora bien: yo entiendo que este espiritualismo diabólico, y no el

divino, es el que nos aparta de la naturaleza y de su amor inocente.

Aunque se me acuse de pánfilo, de sobrado benigno, de querer disculparlo

todo, voy a declarar aquí una cosa en confianza.

A mi ver, hasta el propio diablo no nos seduce y extravía así de repente

y sin más ni más. Se guardaría muy bien de hacerlo: no le traería cuenta

ninguna. El diablo se funda al principio en algo razonable; nos lleva

por buenos términos y caminos, hasta que llegamos a cierto punto, donde

ya, con mucha suavidad, empieza aquel maldito de Dios a engolosinarnos

llevándonos por los atajos, y así nos extravía y nos pierde.

En el caso del espiritualismo, a que nos referimos, es evidente que no

son malos los principios y fundamentos. La naturaleza hizo mucho por el

hombre; pero el espíritu ha venido a completar la obra natural,

tornándola más propia, más bella, más útil y más ajustada a nuestras

necesidades y aspiraciones. Al hombre, más débil y más inerme que el

cordero, el espíritu, convertido en herrero y en pirotécnico, le ha dado

armas y fuerzas mil veces mayores que las del león; al hombre, más

desnudo que el perro chino, el espíritu, convertido en tejedor, en

sastre, en zapatero y en sombrerero, le ha vestido más primorosos trajes

que al pavón, al colibrí y al papagayo; al hombre, poco más listo que el

topo o el mochuelo en punto a ver, el espíritu, convertido en fabricante

de catalejos, le ha dotado de vista más penetrante que la del águila; al

hombre, que jamás hubiera hecho natural e instintivamente algo que

valiese media colmena, el espíritu, convertido en arquitecto, le ha

enseñado a construir alcázares soberbios, torres esbeltas, pirámides

ingentes, columnas airosas, cómodas viviendas, catedrales, teatros, y en

suma, ciudades maravillosas; al hombre, que en el estado de naturaleza

selvática es propenso a comerse a sus semejantes, y que se regalaba, y

aun suele regalarse en algunas regiones, con ásperas bellotas, con

cigarrones machacados o con pescado crudo y putrefacto, el espíritu,

convertido en cocinero, le prepara artísticamente manjares agradables,

hasta a la vista, y hace que uno de los actos que más le recuerdan lo

que tiene de común con el animal sea un acto solemne, de corbata blanca

y condecoraciones, donde tal vez se celebran los triunfos más

trascendentales de la religión, de la ciencia, de la filosofía y de la

política; al hombre, en fin, que después del pecado, se entiende, y en

el estado de naturaleza y ya sin gracia, debió de ser casi tan feo como

el mono, y más sucio que el cerdo, y más pestífero que el zorrillo, el

espíritu, convertido en ortopédico, en pescador de esponjas, en

fabricante de baños, en civilización para decirlo en una palabra, le ha

hecho limpio, oloroso, aseado y bastante bonito para servir de modelo a

la Minerva y al Júpiter de Fidias, al Apolo del Vaticano y a las Venus

de Milo y de Médicis.

Sería cuento de nunca acabar el ir refiriendo aquí cuanto ha hecho el

espíritu para completar, hermosear y ensalzar la obra de la naturaleza.

Así es que, a ojo de buen cubero, bien se puede asegurar, sin recelo de

ser exagerado, que hasta en las cosas que más naturales parecen, la

naturaleza, si bien se examina, ha hecho de seis partes una, y el

espíritu del hombre ha hecho las otras cinco. ¿Podría, por ejemplo,

alimentar nuestro globo, en estado de mera naturaleza, doscientos

millones de hombres? Yo me temo que no. Es así que hay, a lo que dicen,

pues yo no los he contado, 1.200 millones: luego mil millones son hijos

del arte, pura creación del espíritu, producto de nuestro fecundo

ingenio.

Pongamos, pues, que una sexta parte de cuanto hay, y quizás sea mucho

poner, lo ha dado, lo ha regalado la naturaleza. Las otras cinco sextas

partes han costado mucho trabajo al espíritu. Y este trabajo del

espíritu, este complemento a la naturaleza, es lo que tiene valor y

precio, y se mide y se representa y se mueve bajo la figura redonda de

la moneda metálica, o bien toma la traza de unos papeluchos mugrientos

que se llaman billetes; los cuales, así como los discos o tejuelos de

metal, vienen a ser encarnación del espíritu, lo más sutil y animado y

circulante de su valor, la esencia imperecedera de su trabajo secular

acumulado.

Hasta aquí las cosas van bien; pero ya aquí el diablo, como vulgarmente

se dice, empieza a meter la pata. El espiritualismo nos induce y excita

a querer, a adorar casi esta encarnación, o mejor expresado, esta

empapelación y metalización del espíritu. Por este espiritualismo, y no

por el cristianismo, desdeñamos lo natural: no sentimos toda la

hermosura de la primavera. Si no tienes, ni en tu arca, ni en tu

bolsillo, algunos de esos tejoletes o algunos de esos papeluchos

espirituales, todas las flores te parecerán abrojos, y la primavera,

invierno; los claveles te apestarán como la flor de la sardina; el

almoraduj, el serpol, el toronjil y la albahaca, te inficionarán como la

ruda; las hojas aterciopeladas de la begonia te punzarán las manos como

si fuesen cardos borriqueros; al tocar la mimosa púdica creerás tocar

aliagas y ortigas; serán para ti como tártago la hierbabuena y la

manzanilla; la caña dulce te amargará el paladar como retama; a la roja

flor del granado preferirás el jaramago amarillo; confundirás el canto

del ruiseñor con el de la rana; se te antojarán cuervos las tórtolas y

búhos las palomas; y las pintadas y aéreas mariposas, y los esbeltos

caballitos del diablo, y los fulgentes cocuyos y luciérnagas y la

aromática mosca macuba te causarán más asco que los gorgojos, cucarachas

y escarabajos peloteros.

Una vez dominado el hombre por el susodicho espiritualismo, aborrece le

vida rústica y el idilio y la égloga. Aminta y Silvia, Dafnis y Cloe, y

Baucis y Filemon le parecen entes insufribles.

Lo que se opone, pues, a lo natural es lo artificial. Lo que tira a

destruir el encanto poético del mundo es el espíritu de la industria, no

el de la ciencia, ni el de la religión, ni el de la filosofía.

Mil veces lo tengo dicho y nunca dejo de pensarlo: los más ladinos y

sutiles sabios experimentales no descubrirán jamás el secreto de la

vida; siempre escapará a sus análisis químicos la fuerza misteriosa que

une, traba y combina los átomos y crea los individuos; el amor, la

conciencia, el pensamiento, la causa de moverse, de crecer

orgánicamente, de sentir y de representarse en uno a los demás seres, no

quedará jamás en el fondo de las retortas ni saldrá por la piquera de

los alambiques. ¿Qué red delicadísima inventará el sabio para pescar

ondinas, cazar silfos o sacar a los infatigables gnomos de las entrañas

de la tierra? La única razón que tendrá para negar su existencia será

que no logra cogerlos: que se sustraen a la inspección de sus groseros

sentidos. Por lo demás, las ninfas, las diosas, todos los seres

sobrenaturales, que poblaron el aire, la tierra y el agua en las

primeras edades del mundo, pueden vivir y es probable que vivan ahora

como entonces.

La ciencia no despuebla la naturaleza, ni penetra en sus más íntimos

arcanos. El misterio sigue y seguirá siempre. Isis no levantará jamás el

velo que la cubre.

El misticismo, que busca por camino más breve, a su Dios, en el abismo

de nuestra propia alma, no aspirará a tenerle allí incomunicado. Su Dios

estará en el abismo del alma, y en aquel centro se unirá el místico con

Dios por estrechísimo lazo; pero Dios estará también por todo el

universo, y todo Él estará en cada cosa y todas las cosas estarán en Él.

El misticismo psicológico no excluirá, sino implicará la teosofía

naturalista.

El axioma capital de esta ciencia sublime será que la inteligencia

infinita no es el término último, sino el principio de las cosas, sin

dejar por eso de ser su fin y el centro hacia donde gravitan, y el punto

en donde sus discordias hallan paz, y su agitación reposo, y solución

sus contradicciones, y unidad perfecta sus calidades y condiciones

diferentes.

En este alto sentido, toda ascensión de las cosas hacia mayor bien y más

perfecta vida toda evolución progresiva de cierto linaje de seres,

dentro de un espacio marcado y de un período de tiempo mayor o menor, es

una primavera. Las cosas, miradas en su totalidad, se mueven, sin duda,

en círculo y vuelven al punto de donde partieron. En el todo no cabe

progreso. Con él, si fuese total, podríamos suponer algo añadido a la

gloria de Dios. Aunque allá en lo profundo de su ser, esté y viva la

idea con todos sus futuros desarrollos y perfecciones, mientras ésta

vaya de lo menos a lo más con proceso sin término, parecerá como que

crece la gloria divina, como que Dios es más creador ahora que antes,

como que sus obras van dando cada vez más claro y cumplido testimonio de

su saber y de su omnipotencia.

Es, por consiguiente, innegable que no hay progreso total. La

inmutabilidad de la perfección infinita de Dios implica la inmutabilidad

total de la perfección del universo, que es obra suya. Cabe, sin

embargo, mudanza en los pormenores, y de ahí el progreso parcial o

temporal de esto o de aquello.

Ya que me he engolfado en meditación metafísica, añadiré, con el debido

respeto (no a Dios, para quien sería absurdo y ridículo salir con esta

salvedad, sino al parecer de otros meditadores), que la riqueza divina

no crece ni mengua; no es cantidad: es lo infinito. Dios está siempre

creando, y siempre lo tiene todo creado. Si crease un átomo más, sería

más creador; si le aniquilase, sería menos; si mejorase en algo toda la

obra, se corregiría, en cierto modo, a sí mismo.

Así, pues, vuelvo a sostener que el progreso de nuestro planeta es

parcial y transitorio, está compensado por la decadencia o fin de otros

mundos, y está limitado en el tiempo, aunque se dilate centenares de

miles de años, y en el espacio, aunque abarque todo el sistema solar a

que pertenecemos, y hasta un grupo completo de soles, de que nuestro sol

sea mínima parte.

Considerando ahora esta evolución de la vida, dentro de tan ancho

espacio, bien podemos declararla año máximo, del cual vivimos, por

dicha, en la Primavera.

La primavera de este año máximo empezó, según sabios muy acreditados,

hace veinte millones de años menores y usuales. Entonces apareció el

primer ser organizado. Desde entonces trazan los sabios con la mayor

escrupulosidad nuestro árbol genealógico. Empieza el árbol en un ser que

llaman _monera_, término medio entre lo inorgánico y lo orgánico;

germen, embrión, elemento primordial de la vida; dotado de una fuerza,

de un prurito, de una propensión indistinta a ser vegetal o a ser

animal. Va extendiéndose luego el árbol, y van las formas

desenvolviéndose y diferenciándose, hasta que, al fin de la edad

_paleolítica_, ya nuestros antepasados han conseguido elevarse a la

categoría de lagartos o medios peces. Durante la edad _mesolítica_ o

secundaria, progresamos más. Al ir a llegar a su término, en el período

_cretáceo_, somos _marsupiales_, esto es, tenemos, como los canguros y

los jerbos, una bolsa, donde nuestros hijitos se esconden. En el período

_eoceno_ de la edad terciaria, logramos obtener la dignidad de monos;

somos _catarrinios_, o dígase monos con las ventanillas de las narices

hacia abajo y con cola. En el período _mioceno_, ya la cola se nos cae,

y nos asemejamos al gorrilla, al orangután y al chimpancé. En el período

_plioceno_ somos casi hombres, aunque _pitecoides_ y _alalos_, o sea sin

palabra y sin entendimiento, como cualquiera mico. Por último, en la

edad cuaternaria, en el período llamado diluviano, se nos desata la

lengua, empezamos a charlar y somos verdaderos hombres. Desde este

momento, los sabios menos exagerados y más tímidos y económicos en sus

cronologías, ponen hasta el día de hoy unos 25.000 años. La raza

_alala_, los _antropiscos_, los casi hombres, como si dijéramos,

salieron del centro de Africa o de un continente austral llamado

Lemuria, que ya se hundió en el mar como la Atlántida, y que estaba

entre el Africa y el Asia. Estos _antropiscos_ eran negros como la

tizne, y vivían en manadas o rebaños para defenderse de las fieras. Así

fueron extendiéndose por el mundo. Durante la dispersión y emigración,

inventaron los idiomas, y de aquí que no puedan reducirse todos a un

tipo primitivo. A la raza morena, que viene después, y a la que

pertenecen los egipcios, se le da una antigüedad de 15.000 años,

naciendo por mejora de la raza negra. Sale luego a relucir la raza

amarilla, cuyos representantes más ilustres son los chinos y japoneses.

Su origen se pone 10.000 años hace. Y se muestra, al cabo, la raza

blanca, arios, semitas, caucasianos, etc., a la cual se concede una

antigüedad de 8.000 años lo menos. A esta raza tenemos la honra de

pertenecer, pero nadie nos asegura que no aparezca aún otra superior que

nos deje postergados y tamañitos, lo cual será muy desagradable. Sea

como sea, a pesar de los veinte millones de años que hace que apareció

la _monera_, no se ha de negar que estamos aún en el período primaveral

de este año máximo de que hemos hablado. ¿Qué progresos, qué maravillas,

qué nuevas creaciones no deben esperarse aún? Apenas si la humanidad ha

nacido. Yo he leído en un libro muy docto esta sentencia, que no

olvidaré nunca. «La humanidad, en su vida colectiva, no ha nacido aún.»

Todo este largo pasado que llevamos ya, el vivir en la primavera del año

máximo y el columbrar un extenso porvenir, esplendoroso y fecundo, no

debe, sin embargo, alegrarnos en demasía, ni menos ensoberbecernos.

Comparados nuestros veinte millones de años ya cumplidos, más otros

veinte millones que por lo menos durará aún la primavera de este

planeta, con otras primaveras y años máximos de otros planetas y de

otros más grandes sistemas solares, tal vez parezca más breve dicha

primavera que la ordinaria y menuda del año vulgar, que sólo dura tres

meses.

Cavilando yo días pasados sobre este asunto, y hallándome en el campo,

en soledad amena, en hondo valle circundado de rocas escarpadas, donde

había silencio, frescura y mil plantas, hierbas y flores, tuve despierto

un sueño, que parecía visión espiritual o intuición pura de algo real,

aunque para mí materialmente imperceptible.

Dentro de la superficie de un kilómetro cuadrado entendí que había

ciertas emanaciones sutiles de cierto fluido mil veces más tenue que el

aire; fluido que penetraba el aire todo, infundiéndose en los vacíos e

intersticios que dejan sus moléculas. Este fluido, que el hombre no

verá, ni pesará, ni sentirá jamás con sus sentidos, no se eleva más allá

de un kilómetro. Tenemos, pues, un kilómetro cúbico lleno de este fluido

tenue, desleído en el aire como perfumes o efluvios. Figureme, pues, mi

kilómetro cúbico como un mundo aparte, y vi que estaba poblado de un

linaje de silfos tan diminutos, que, si por descuido se tragase

cualquiera de ellos la más ruin molécula de aire, dicha molécula se le

atragantaría y quizás le ahogaría como a cualquiera de nosotros un hueso

de melocotón. Mi linaje de silfos respira, pues, el fluido tenue de que

he hablado. Con las moléculas del aire hacen los silfos mil primores, y

hasta juegan cuando son muchachos, disparándolas por medio de enormes

cerbatanas.

Fuera del kilómetro cúbico está para mis silfos lo infinito, desconocido

e insondable. Viven en una hora; pero su inteligencia es tan rápida y

tan sutil, que en esta hora tienen tiempo de sobra para instruirse,

enamorarse, propagarse, seguir una carrera, elevarse a las más altas

posiciones, legar un nombre ilustre a su legítima prole, y hasta

cansarse de la vida y apelar al suicidio. Un minuto para cualquiera de

ellos es mucho más que un año para cualquiera de nosotros. Sus poetas

componen versos desesperados y desengañados a los quince minutos de

nacer, y sus sabios inventan los más profundos y alambicados sistemas de

filosofía a los treinta minutos.

La voz de mis silfos es tan delgada, que sólo el fluido susodicho puede

trasmitirla en ondas sonoras. Sus palabras van tan prontas, que en un

segundo refiere un silfo una historia que el más conciso de nosotros

tardaría tres o cuatro horas en contar. Todo lo que entre nosotros es

extenso, es intenso entre los silfos. En las veinticuatro horas de

cualquier día se extiende la historia de los silfos, y es tan fecunda en

revoluciones, cambios, guerras y progresos, como la nuestra en los mil

ochocientos setenta y pico de años que median desde la Era cristiana

hasta el momento en que escribo.

Mis silfos tienen figura humana. Yo entiendo que toda alma, todo

pensamiento que informa un cuerpo, grande o chico, le da esta figura,

por ser la más hermosa.

La hermosura de mis silfos es tal, que si lográsemos fabricar un

microscopio bastante poderoso para llegar a verlos, envidiaríamos a los

varones y nos enamoraríamos desesperadamente de las hembras.

Están muy adelantados en civilización. Han tenido muchos profetas y

fundadores de religiones; pero ya va pasando entre ellos la edad de la

fe, y rayando la aurora de la edad de la razón.

Sus conocimientos históricos, sin mezcla de fábula, aquello que la

crítica más severa da por cierto, no pasa de noventa días, lo cual,

equivale a más de tres mil sucesivas generaciones. Y como un minuto para

ellos viene a equivaler a un año para nosotros, puede afirmarse que

ellos hacen subir la antigüedad de su civilización a más de 129.600

años. Más allá, yendo contra la corriente de los tiempos, los silfos no

ven claro; pero, si entre ellos hay un Darwin o un Haeckel, sin duda

colocará la aparición de la primera _monera_ del mundo silfídico a una

distancia proporcionalmente mucho mayor.

El concepto que forman del Universo es muy distinto del que formamos

nosotros. Y no porque su razón no concuerde con la nuestra, sino porque

son otros los datos de sus sentidos. No llegan con la vista al sol, ni a

la luna, ni a las estrellas, por donde los torrentes de luz ardorosa que

lanza sobre ellos el primero, y la luz tibia y plateada en que los baña

la luna, proceden para ellos de un manantial oculto. Así es que forman

mil hipótesis para explicarlo. Claro está que hay largos períodos

históricos de una luz, y largos períodos históricos de otra.

En su mundo hay seres animados, de proporciones tan gigantescas, que

nosotros ni siquiera las concebimos. Una avispa para ellos es más que lo

que sería para nosotros el Nevado de Sorata, si arrancándose él mismo de

cuajo, animándose y echando alas, se pusiese a volar y se nos mostrase

por el aire. Por fortuna, la excesiva pequeñez de los silfos y su

agilidad portentosa los salvan de tales monstruos.

Claro está que lo infinito es siempre lo infinito, así en la mente de un

silfo como en la mente de un hombre. En este punto, si nos contraemos a

la especulación racional, nuestros conceptos son iguales; pero en

contar, en extenderse a mayor número, en notar mayor cantidad, los

silfos nos ganan; penetran con sus sentidos, y ven y perciben abismos de

extensión, de tiempo, de volumen y de duraciones en lo infinitamente

pequeño, por donde lo mediano, lo mezquino para nosotros, su universo de

un kilómetro cúbico, es más ingente para ellos que toda la inmensidad de

los cielos para nosotros. Y no dejan por eso de poner más allá de su

universo lo infinito inexplorado.

Andan todos ellos muy soberbios con su cultura y con sus progresos, que

juzgan sin límites. Así como cuentan ya un pasado larguísimo, esperan un

porvenir más largo aún. Y es lo cierto que no se equivocan. Ellos

nacieron con esta última primavera y acabarán al fin del próximo otoño.

Ahora, que es verano, están en todo el auge de su grandeza. Lo mismo nos

sucede a nosotros.

¿Quién sabe si habrá seres, en comparación de los cuales seamos nosotros

lo que para nosotros son mis silfos? Y si alguno de estos seres llega a

averiguar que existimos, como yo he llegado a averiguar que existen

silfos tales, ¿no se reirá, o nos compadecerá, al ver que esperamos aún

tan largo porvenir? Los millones de años que llevamos de vida y los que

esperamos vivir aún, serán para él una primavera. Acaso, cuando vuelva

él de veranear o de bañarse en algunos baños de su mundo, encuentre ya

el nuestro desolado y hecho ruinas, y extinguida, nuestra efímera raza.

Pero no tendrá razón. Lo importante es la inteligencia, la cual no se

mide por varas, ni por kilómetros, ni por diámetros terrestres. Su

actividad, cuando es fecunda, puede condensar en un minuto más hechos,

más ideas, más creaciones, más gloria y más infierno, que otra

inteligencia reacia, perezosa y torpe, durante siglos de siglos.

Última moralidad. Todo es relativo, como decía D. Hermógenes. No hay

menos ni más. En el tiempo que he tardado yo en escribir este artículo

para cumplir mi imprudente promesa, un hombre de ingenio fecundo hubiera

sido capaz de escribir la historia de toda la raza humana; y, en menos

tiempo, mis silfos son capaces de realizar lo más importante de su

propia historia. No lo daré por muy seguro, porque no he llegado a

enterarme bien y no gusto de fantasear, pero es posible que mientras yo

he estado afanadísimo componiendo todas estas candideces e inocentadas,

a fin de salir del paso, mis silfos hayan fundado nuevos imperios,

creado constituciones, inventado filosofías y máquinas, y erigido

monumentos, en su sentir, imperecederos.

Tal consideración me avergüenza y humilla, en vez de llenarme de

vanidad; y, aunque no sea de silfos, sino de hombres como yo, el público

que ha de leerme, todavía le presento con grandísima desconfianza este

escrito, que no he tenido reposo, ni humor, ni tiempo para hacer más

breve.

Algo de todo · 第 6 / 15 题