La ocupación de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme
la cabeza, ni aun para cortarme las uñas; y así, las traigo tan crecidas
cual Dios lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced
no se espante si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en
este gobierno, en el cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por
las selvas y por los despoblados.
Escribióme el duque, mi señor, el otro día, dándome aviso que habían
entrado en esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta agora yo no he
descubierto otra que un cierto doctor que está en este lugar asalariado
para matar a cuantos gobernadores aquí vinieren: llámase el doctor Pedro
Recio, y es natural de Tirteafuera: ¡porque vea vuesa merced qué nombre
para no temer que he de morir a sus manos! Este tal doctor dice él mismo de
sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay, sino que las
previene, para que no vengan; y las medecinas que usa son dieta y más
dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuese mayor
mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, él me va matando de hambre, y
yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé venir a este gobierno a
comer caliente y a beber frío, y a recrear el cuerpo entre sábanas de
holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer penitencia, como si
fuera ermitaño; y, como no la hago de mi voluntad, pienso que, al cabo al
cabo, me ha de llevar el diablo.
Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en
qué va esto; porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta
ínsula suelen venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han
prestado los del pueblo muchos dineros, y que ésta es ordinaria usanza en
los demás que van a gobiernos, no solamente en éste.
Anoche, andando de ronda, topé una muy hermosa doncella en traje de varón y
un hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se enamoró mi maestresala, y
la escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho, y yo escogí
al mozo para mi yerno; hoy los dos pondremos en plática nuestros
pensamientos con el padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana,
hidalgo y cristiano viejo cuanto se quiere.
Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hallé una
tendera que vendía avellanas nuevas, y averigüéle que había mezclado con
una hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas
todas para los niños de la doctrina, que las sabrían bien distinguir, y
sentenciéla que por quince días no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo
hice valerosamente; lo que sé decir a vuestra merced es que es fama en este
pueblo que no hay gente más mala que las placeras, porque todas son
desvergonzadas, desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo, por las que he
visto en otros pueblos.
De que mi señora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y
enviádole el presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y
procuraré de mostrarme agradecido a su tiempo: bésele vuestra merced las
manos de mi parte, diciendo que digo yo que no lo ha echado en saco roto,
como lo verá por la obra.
No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis
señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de
redundar en mi daño, y no será bien que, pues se me da a mí por consejo que
sea agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le
tiene hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.
Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las
malas fechorías que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores;
yo lo sabré cuando nos veamos.
Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no
es algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta
ínsula muy curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué enviar de
haldas o de mangas.
Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y
envíeme la carta,que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa,
de mi mujer y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal
intencionados encantadores, y a mí me saque con bien y en paz deste
gobierno, que lo dudo, porque le pienso dejar con la vida, según me trata
el doctor Pedro Recio.
Criado de vuestra merced,
Sancho Panza, el Gobernador.
Cerró la carta el secretario y despachó luego al correo; y, juntándose los
burladores de Sancho, dieron orden entre sí cómo despacharle del gobierno;
y aquella tarde la pasó Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que él imaginaba ser ínsula, y ordenó que no hubiese
regatones de los bastimentos en la república, y que pudiesen meter en ella
vino de las partes que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de
donde era, para ponerle el precio según su estimación, bondad y fama, y el
que lo aguase o le mudase el nombre, perdiese la vida por ello.
Moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por
parecerle que corría con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los
criados, que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso
gravísimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni
de noche ni de día. Ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas si no
trujese testimonio auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más
que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos.
Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para
que los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y
de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En
resolución: él ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel
lugar, y se nombran Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.
Capítulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o
Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez
Cuenta Cide Hamete que estando ya don Quijote sano de sus aruños, le
pareció que la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de
caballería que profesaba, y así, determinó de pedir licencia a los duques
para partirse a Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba
ganar el arnés que en las tales fiestas se conquista.
Y, estando un día a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su
intención y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta de
la gran sala dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de los
pies a la cabeza, y la una dellas, llegándose a don Quijote, se le echó a
los pies tendida de largo a largo, la boca cosida con los pies de don
Quijote, y daba unos gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos,
que puso en confusión a todos los que la oían y miraban; y, aunque los
duques pensaron que sería alguna burla que sus criados querían hacer a don
Quijote, todavía, viendo con el ahínco que la mujer suspiraba, gemía y
lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que don Quijote, compasivo, la
levantó del suelo y hizo que se descubriese y quitase el manto de sobre la
faz llorosa.
Ella lo hizo así, y mostró ser lo que jamás se pudiera pensar, porque
descubrió el rostro de doña Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutada
era su hija, la burlada del hijo del labrador rico. Admiráronse todos
aquellos que la conocían, y más los duques que ninguno; que, puesto que la
tenían por boba y de buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras.
Finalmente, doña Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo:
— Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco
con este caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio en
que me ha puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.
El duque dijo que él se la daba, y que departiese con el señor don Quijote
cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don
Quijote, dijo:
— Días ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazón y
alevosía que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que
es esta desdichada que aquí está presente, y vos me habedes prometido de
volver por ella, enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha
llegado a mi noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las
buenas venturas que Dios os depare; y así, querría que, antes que os
escurriésedes por esos caminos, desafiásedes a este rústico indómito, y le
hiciésedes que se casase con mi hija, en cumplimiento de la palabra que le
dio de ser su esposo, antes y primero que yogase con ella; porque pensar
que el duque mi señor me ha de hacer justicia es pedir peras al olmo, por
la ocasión que ya a vuesa merced en puridad tengo declarada. Y con esto,
Nuestro Señor dé a vuesa merced mucha salud, y a nosotras no nos desampare.
A cuyas razones respondió don Quijote, con mucha gravedad y prosopopeya:
— Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o, por mejor decir, enjugadlas y
ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra
hija, a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creer
promesas de enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de
prometer y muy pesadas de cumplir; y así, con licencia del duque mi señor,
yo me partiré luego en busca dese desalmado mancebo, y le hallaré, y le
desafiaré, y le mataré cada y cuando que se escusare de cumplir la
prometida palabra; que el principal asumpto de mi profesión es perdonar a
los humildes y castigar a los soberbios; quiero decir: acorrer a los
miserables y destruir a los rigurosos.
— No es menester —respondió el duque— que vuesa merced se ponga en trabajo
de buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menester
tampoco que vuesa merced me pida a mí licencia para desafiarle; que yo le
doy por desafiado, y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y que
le acete, y venga a responder por sí a este mi castillo, donde a entrambos
daré campo seguro, guardando todas las condiciones que en tales actos
suelen y deben guardarse, guardando igualmente su justicia a cada uno, como
están obligados a guardarla todos aquellos príncipes que dan campo franco a
los que se combaten en los términos de sus señoríos.
— Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza —replicó don
Quijote—, desde aquí digo que por esta vez renuncio a mi hidalguía, y me
allano y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con él,
habilitándole para poder combatir conmigo; y así, aunque ausente, le
desafío y repto, en razón de que hizo mal en defraudar a esta pobre, que
fue doncella y ya por su culpa no lo es, y que le ha de cumplir la palabra
que le dio de ser su legítimo esposo, o morir en la demanda.
Y luego, descalzándose un guante, le arrojó en mitad de la sala, y el duque
le alzó, diciendo que, como ya había dicho, él acetaba el tal desafío en
nombre de su vasallo, y señalaba el plazo de allí a seis días; y el campo,
en la plaza de aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los
caballeros: lanza y escudo, y arnés tranzado, con todas las demás piezas,
sin engaño, superchería o superstición alguna, examinadas y vistas por los
jueces del campo.
— Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena dueña y esta mala
doncella pongan el derecho de su justicia en manos del señor don Quijote;
que de otra manera no se hará nada, ni llegará a debida ejecución el tal
desafío.
— Yo sí pongo —respondió la dueña.
— Y yo también —añadió la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal
talante.
Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que había
de hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la duquesa que de
allí adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señoras
aventureras que venían a pedir justicia a su casa; y así, les dieron cuarto
aparte y las sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demás
criadas, que no sabían en qué había de parar la sandez y desenvoltura de
doña Rodríguez y de su malandante hija.
Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la
comida, veis aquí donde entró por la sala el paje que llevó las cartas y
presentes a Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuya
llegada recibieron gran contento los duques, deseosos de saber lo que le
había sucedido en su viaje; y, preguntándoselo, respondió el paje que no lo
podía decir tan en público ni con breves palabras: que sus excelencias
fuesen servidos de dejarlo para a solas, y que entretanto se entretuviesen
con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las puso en manos de la
duquesa. La una decía en el sobreescrito: Carta para mi señora la duquesa
tal, de no sé dónde, y la otra: A mi marido Sancho Panza, gobernador de la
ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí. No se le cocía el
pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abriéndola y
leído para sí, y viendo que la podía leer en voz alta para que el duque y
los circunstantes la oyesen, leyó desta manera: