Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y
socarrón, el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se
burlaban de Sancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto,
bronco y rollizo, y dijo a los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio,
que, como se acabó el secreto de la carta del duque, había vuelto a entrar
en la sala:
— Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de
ser, o han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los
negociantes, que a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y
despachen, atendiendo sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si el
pobre del juez no los escucha y despacha, o porque no puede o porque no es
aquél el tiempo diputado para darles audiencia, luego les maldicen y
murmuran, y les roen los huesos, y aun les deslindan los linajes.
Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures; espera sazón y
coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la del dormir,
que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza lo que
naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía, merced
al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que
muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a
él y a todos los de su ralea: digo, a la de los malos médicos, que la de
los buenos, palmas y lauros merecen.
Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan
elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y
cargos graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el
doctor Pedro Recio Agüero de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella
noche, aunque excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con esto
quedó contento el gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche
y la hora de cenar; y, aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo,
sin moverse de un lugar, todavía se llegó por él el tanto deseado, donde
le dieron de cenar un salpicón de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de
ternera algo entrada en días. Entregóse en todo con más gusto que si le
hubieran dado francolines de Milán, faisanes de Roma, ternera de Sorrento,
perdices de Morón, o gansos de Lavajos; y, entre la cena, volviéndose al
doctor, le dijo:
— Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas
regaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus
quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a
nabos y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los
recibe con melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede
hacer es traerme estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas
son, mejor huelen, y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él
quisiere, como sea de comer, que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún
día; y no se burle nadie conmigo, porque o somos o no somos: vivamos todos
y comamos en buena paz compaña, pues, cuando Dios amanece, para todos
amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar derecho ni llevar cohecho, y
todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el virote, porque les hago
saber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan ocasión, han de
ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.
— Por cierto, señor gobernador —dijo el maestresala—, que vuesa merced tiene
mucha razón en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los
insulanos desta ínsula que han de servir a vuestra merced con toda
puntualidad, amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en
estos principios vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar
cosa que en deservicio de vuesa merced redunde.
— Yo lo creo —respondió Sancho—, y serían ellos unos necios si otra cosa
hiciesen o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y
con el de mi rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más al
caso; y, en siendo hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar esta
ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal
entretenida; porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y
perezosa es en la república lo mesmo que los zánganos en las colmenas, que
se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen. Pienso favorecer a los
labradores, guardar sus preeminencias a los hidalgos, premiar los virtuosos
y, sobre todo, tener respeto a la religión y a la honra de los religiosos.
¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o quiébrome la cabeza?
— Dice tanto vuesa merced, señor gobernador —dijo el mayordomo—, que estoy
admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo
que creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias
y de avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced
esperaban los que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se veen
cosas nuevas en el mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores
se hallan burlados.
Llegó la noche, y cenó el gobernador, con licencia del señor doctor Recio.
Aderezáronse de ronda; salió con el mayordomo, secretario y maestresala, y
el coronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles
y escribanos, tantos que podían formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en
medio, con su vara, que no había más que ver, y pocas calles andadas del
lugar, sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que eran
dos solos hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia,
se estuvieron quedos; y el uno dellos dijo:
— ¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo y que se ha de sufrir que roben en poblado
en este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?
— Sosegaos, hombre de bien —dijo Sancho—, y contadme qué es la causa desta
pendencia, que yo soy el gobernador.
El otro contrario dijo:
— Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad. Vuestra merced sabrá que
este gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que está aquí
frontero más de mil reales, y sabe Dios cómo; y, hallándome yo presente,
juzgué más de una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me
dictaba la conciencia; alzóse con la ganancia, y, cuando esperaba que me
había de dar algún escudo, por lo menos, de barato, como es uso y costumbre
darle a los hombres principales como yo, que estamos asistentes para bien y
mal pasar, y para apoyar sinrazones y evitar pendencias, él embolsó su
dinero y se salió de la casa. Yo vine despechado tras él, y con buenas y
corteses palabras le he pedido que me diese siquiera ocho reales, pues sabe
que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio ni beneficio, porque mis
padres no me le enseñaron ni me le dejaron, y el socarrón, que no es más
ladrón que Caco, ni más fullero que Andradilla, no quería darme más de
cuatro reales; ¡porque vea vuestra merced, señor gobernador, qué poca
vergüenza y qué poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no
llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con
cuántas entraba la romana.
— ¿Qué decís vos a esto? —preguntó Sancho.
Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había
querido darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los
que esperan barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que
les dieren, sin ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen
de cierto que son fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para
señal que él era hombre de bien y no ladrón, como decía, ninguna había
mayor que el no haberle querido dar nada; que siempre los fulleros son
tributarios de los mirones que los conocen.
— Así es —dijo el mayordomo—. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué es
lo que se ha de hacer destos hombres.
— Lo que se ha de hacer es esto —respondió Sancho—: vos, ganancioso, bueno,
o malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y
más, habéis de desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que
no tenéis oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad luego
esos cien reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado por
diez años, so pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida,
colgándoos yo de una picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y
ninguno me replique, que le asentaré la mano.
Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se
fue a su casa, y el gobernador quedó diciendo:
— Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se me
trasluce que son muy perjudiciales.
— Ésta, a lo menos —dijo un escribano—, no la podrá vuesa merced quitar,
porque la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que él
pierde al año que lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor
cantía podrá vuestra merced mostrar su poder, que son los que más daño
hacen y más insolencias encubren; que en las casas de los caballeros
principales y de los señores no se atreven los famosos fulleros a usar de
sus tretas; y, pues el vicio del juego se ha vuelto en ejercicio común,
mejor es que se juegue en casas principales que no en la de algún oficial,
donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le desuellan vivo.
— Agora, escribano —dijo Sancho—, yo sé que hay mucho que decir en eso.
Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo:
— Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y, así como columbró
la justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal que
debe de ser algún delincuente. Yo partí tras él, y, si no fuera porque
tropezó y cayó, no le alcanzara jamás.
— ¿Por qué huías, hombre? —preguntó Sancho.
A lo que el mozo respondió:
— Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias
hacen.
— ¿Qué oficio tienes?
— Tejedor.
— ¿Y qué tejes?
— Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.
— ¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? ¡Está bien! Y ¿adónde
íbades ahora?
— Señor, a tomar el aire.
— Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?
— Adonde sopla.
— ¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto sois, mancebo; pero haced
cuenta que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la
cárcel. ¡Asilde, hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aire
esta noche!
— ¡Par Dios —dijo el mozo—, así me haga vuestra merced dormir en la cárcel
como hacerme rey!
— Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel? —respondió Sancho—. ¿No
tengo yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?
— Por más poder que vuestra merced tenga —dijo el mozo—, no será bastante
para hacerme dormir en la cárcel.
— ¿Cómo que no? —replicó Sancho—. Llevalde luego donde verá por sus ojos el
desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal
liberalidad; que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un
paso de la cárcel.
— Todo eso es cosa de risa —respondió el mozo—. El caso es que no me harán
dormir en la cárcel cuantos hoy viven.
— Dime, demonio —dijo Sancho—, ¿tienes algún ángel que te saque y que te
quite los grillos que te pienso mandar echar?
— Ahora, señor gobernador —respondió el mozo con muy buen donaire—, estemos
a razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar
a la cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un
calabozo, y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él
lo cumple como se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y
estarme despierto toda la noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced
bastante con todo su poder para hacerme dormir, si yo no quiero?
— No, por cierto —dijo el secretario—, y el hombre ha salido con su
intención.
— De modo —dijo Sancho— que no dejaréis de dormir por otra cosa que por
vuestra voluntad, y no por contravenir a la mía.
— No, señor —dijo el mozo—, ni por pienso.
— Pues andad con Dios —dijo Sancho—; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os
dé buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí
adelante no os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os
dé con la burla en los cascos.
Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco
vinieron dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:
— Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea,
que viene vestida en hábito de hombre.
Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un
rostro de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidos
los cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil
perlas. Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de
seda encarnada, con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar;
los greguescos eran verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de
lo mesmo, suelta, debajo de la cual traía un jubón de tela finísima de oro
y blanco, y los zapatos eran blancos y de hombre. No traía espada ceñida,
sino una riquísima daga, y en los dedos, muchos y muy buenos anillos.
Finalmente, la moza parecía bien a todos, y ninguno la conoció de cuantos
la vieron, y los naturales del lugar dijeron que no podían pensar quién
fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de hacer a Sancho
fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo no venía
ordenado por ellos; y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el
caso.
Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle quién era,
adónde iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito.
Ella, puestos los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:
— No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera
secreto; una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona
facinorosa, sino una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha
hecho romper el decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:
— Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos
empacho pueda decir lo que quisiere.
Mandólo así el gobernador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió
diciendo:
— «Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas
deste lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.»
— Eso no lleva camino —dijo el mayordomo—, señora, porque yo conozco muy
bien a Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y
más, que decís que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas
veces en casa de vuestro padre.
— Ya yo había dado en ello —dijo Sancho.
— Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo —respondió la
doncella—; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que
todos vuesas mercedes deben de conocer.
— Aún eso lleva camino —respondió el mayordomo—, que yo conozco a Diego de
la Llana, y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y
una hija, y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar
que pueda decir que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan
encerrada que no da lugar al sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice
que es en estremo hermosa.
— Así es la verdad —respondió la doncella—, y esa hija soy yo; si la fama
miente o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues me
habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se
llegó al oído del maestresala y le dijo muy paso:
— Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo
de importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal,
anda fuera de su casa.
— No hay dudar en eso —respondió el maestresala—; y más, que esa sospecha la
confirman sus lágrimas.
Sancho la consoló con las mejores razones que él supo, y le pidió que sin
temor alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procurarían
remediarlo con muchas veras y por todas las vías posibles.
— «Es el caso, señores —respondió ella—, que mi padre me ha tenido encerrada
diez años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa
dicen misa en un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el
sol del cielo de día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son
calles, plazas, ni templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un
hermano mío, y de Pedro Pérez el arrendador, que, por entrar de ordinario
en mi casa, se me antojó decir que era mi padre, por no declarar el mío.
Este encerramiento y este negarme el salir de casa, siquiera a la iglesia,
ha muchos días y meses que me trae muy desconsolada; quisiera yo ver el
mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací, pareciéndome que este deseo no
iba contra el buen decoro que las doncellas principales deben guardar a sí
mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y jugaban cañas, y se
representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un año menor que
yo, que me dijese qué cosas eran aquéllas y otras muchas que yo no he
visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era
encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni
tal rogara...»
Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:
— Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido,
que nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.
— Pocas me quedan por decir —respondió la doncella—, aunque muchas lágrimas
sí que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo
otros descuentos que los semejantes.
Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y
llegó otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecióle que no eran
lágrimas las que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las
subía de punto y las llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su
desgracia no fuese tanta como daban a entender los indicios de su llanto y
de sus suspiros. Desesperábase el gobernador de la tardanza que tenía la
moza en dilatar su historia, y díjole que acabase de tenerlos más
suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar del pueblo. Ella, entre
interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:
— «No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi
hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y que
me sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese;
él, importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome este
vestido y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no
tiene pelo de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche,
debe de haber una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiados
de nuestro mozo y desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y
cuando queríamos volver a casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi
hermano me dijo: ''Hermana, ésta debe de ser la ronda: aligera los pies y
pon alas en ellos, y vente tras mí corriendo, porque no nos conozcan, que
nos será mal contado''. Y, diciendo esto, volvió las espaldas y comenzó, no
digo a correr, sino a volar; yo, a menos de seis pasos, caí, con el
sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia que me trujo ante
vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo avergonzada ante
tanta gente.»
— ¿En efecto, señora —dijo Sancho—, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?
— No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver
mundo, que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.
Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los
corchetes con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó
de su hermana. No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco
azul con pasamanos de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa
adornada que con sus mesmos cabellos, que eran sortijas de oro, según eran
rubios y enrizados. Apartáronse con el gobernador, mayordomo y maestresala,
y, sin que lo oyese su hermana, le preguntaron cómo venía en aquel traje, y
él, con no menos vergüenza y empacho, contó lo mesmo que su hermana había
contado, de que recibió gran gusto el enamorado maestresala. Pero el
gobernador les dijo:
— Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar
esta necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas
lágrimas y suspiros; que con decir: ''Somos fulano y fulana, que nos
salimos a espaciar de casa de nuestros padres con esta invención, sólo por
curiosidad, sin otro designio alguno'', se acabara el cuento, y no
gemidicos, y lloramicos, y darle.
— Así es la verdad —respondió la doncella—, pero sepan vuesas mercedes que
la turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el
término que debía.
— No se ha perdido nada —respondió Sancho—. Vamos, y dejaremos a vuesas
mercedes en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y, de aquí
adelante, no se muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la
doncella honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina,
por andar se pierden aína; y la que es deseosa de ver, también tiene deseo
de ser vista. No digo más.
El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de
volverlos a su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy
lejos de allí. Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja,
al momento bajó una criada, que los estaba esperando, y les abrió la
puerta, y ellos se entraron, dejando a todos admirados, así de su gentileza
y hermosura como del deseo que tenían de ver mundo, de noche y sin salir
del lugar; pero todo lo atribuyeron a su poca edad.
Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día
pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría,
por ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos
de casar al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a
su tiempo, dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido
se le podía negar.
Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el
gobierno, con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se
verá adelante.
Capítulo L. Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que
azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso
que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza
Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera
historia, que al tiempo que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a
la estancia de don Quijote, otra dueña que con ella dormía lo sintió, y
que, como todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, se fue
tras ella, con tanto silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver; y,
así como la dueña la vio entrar en la estancia de don Quijote, porque no
faltase en ella la general costumbre que todas las dueñas tienen de ser
chismosas, al momento lo fue a poner en pico a su señora la duquesa, de
cómo doña Rodríguez quedaba en el aposento de don Quijote.
La duquesa se lo dijo al duque, y le pidió licencia para que ella y
Altisidora viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don Quijote; el
duque se la dio, y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso,
llegaron a ponerse junto a la puerta del aposento, y tan cerca, que oían
todo lo que dentro hablaban; y, cuando oyó la duquesa que Rodríguez había
echado en la calle el Aranjuez de sus fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos
Altisidora; y así, llenas de cólera y deseosas de venganza, entraron de
golpe en el aposento, y acrebillaron a don Quijote y vapularon a la dueña
del modo que queda contado; porque las afrentas que van derechas contra la
hermosura y presunción de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la
ira y enciende el deseo de vengarse.
Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho,
y la duquesa, prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir
pasatiempo con don Quijote, despachó al paje que había hecho la figura de
Dulcinea en el concierto de su desencanto —que tenía bien olvidado Sancho
Panza con la ocupación de su gobierno— a Teresa Panza, su mujer, con la
carta de su marido, y con otra suya, y con una gran sarta de corales ricos
presentados.
Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo
de servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho; y,
antes de entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres,
a quien preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer
llamada Teresa Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un
caballero llamado don Quijote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en
pie una mozuela que estaba lavando, y dijo:
— Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi señor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.
— Pues venid, doncella —dijo el paje—, y mostradme a vuestra madre, porque
le traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.
— Eso haré yo de muy buena gana, señor mío —respondió la moza, que mostraba
ser de edad de catorce años, poco más a menos.
Y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse,
que estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del
paje, y dijo:
— Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi
madre en ella, con harta pena por no haber sabido muchos días ha de mi
señor padre.
— Pues yo se las llevo tan buenas —dijo el paje— que tiene que dar bien
gracias a Dios por ellas.
Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha,
y, antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:
— Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aquí un señor que trae cartas
y otras cosas de mi buen padre.
A cuyas voces salió Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con
una saya parda. Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por
vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos.
No era muy vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte,
tiesa, nervuda y avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a
caballo, le dijo:
— ¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es éste?
— Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza —respondió el paje.
Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a
poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:
— Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer
legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la
ínsula Barataria.
— ¡Ay, señor mío, quítese de ahí; no haga eso —respondió Teresa—, que yo no
soy nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y
mujer de un escudero andante, y no de gobernador alguno!
— Vuesa merced —respondió el paje— es mujer dignísima de un gobernador
archidignísimo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta
y este presente.
Y sacó al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de
oro, y se la echó al cuello y dijo:
— Esta carta es del señor gobernador, y otra que traigo y estos corales son
de mi señora la duquesa, que a vuestra merced me envía.
Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo:
— Que me maten si no anda por aquí nuestro señor amo don Quijote, que debe
de haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le había
prometido.
— Así es la verdad —respondió el paje—: que, por respeto del señor don
Quijote, es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como
se verá por esta carta.
— Léamela vuesa merced, señor gentilhombre —dijo Teresa—, porque, aunque yo
sé hilar, no sé leer migaja.
— Ni yo tampoco —añadió Sanchica—; pero espérenme aquí, que yo iré a llamar
quien la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sansón Carrasco, que
vendrán de muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.
— No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer, y la
leeré.
Y así, se la leyó toda, que, por quedar ya referida, no se pone aquí; y
luego sacó otra de la duquesa, que decía desta manera:
Amiga Teresa:
Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me
movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de
una ínsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un
girifalte, de lo que yo estoy muy contenta, y el duque mi señor, por el
consiguiente; por lo que doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado
en haberle escogido para el tal gobierno; porque quiero que sepa la señora
Teresa que con dificultad se halla un buen gobernador en el mundo, y tal me
haga a mí Dios como Sancho gobierna.
Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con estremos de oro; yo me
holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te
querría ver muerta: tiempo vendrá en que nos conozcamos y nos comuniquemos,
y Dios sabe lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija, y dígale de mi
parte que se apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo
piense.
Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas,
que las estimaré en mucho, por ser de su mano, y escríbame largo,
avisándome de su salud y de su bienestar; y si hubiere menester alguna
cosa, no tiene que hacer más que boquear: que su boca será medida, y Dios
me la guarde. Deste lugar.
Su amiga, que bien la quiere,
La Duquesa.
— ¡Ay —dijo Teresa en oyendo la carta—, y qué buena y qué llana y qué
humilde señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las
hidalgas que en este pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no
las ha de tocar el viento, y van a la iglesia con tanta fantasía como si
fuesen las mesmas reinas, que no parece sino que tienen a deshonra el mirar
a una labradora; y veis aquí donde esta buena señora, con ser duquesa, me
llama amiga, y me trata como si fuera su igual, que igual la vea yo con el
más alto campanario que hay en la Mancha. Y, en lo que toca a las bellotas,
señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín, que por gordas las pueden
venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora, Sanchica, atiende a
que se regale este señor: pon en orden este caballo, y saca de la
caballeriza güevos, y corta tocino adunia, y démosle de comer como a un
príncipe, que las buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara que él
tiene lo merece todo; y, en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las nuevas
de nuestro contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que tan
amigos son y han sido de tu padre.
— Sí haré, madre —respondió Sanchica—; pero mire que me ha de dar la mitad
desa sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la
había de enviar a ella toda.
— Todo es para ti, hija —respondió Teresa—, pero déjamela traer algunos
días al cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazón.
— También se alegrarán —dijo el paje— cuando vean el lío que viene en este
portamanteo, que es un vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un
día llevó a caza, el cual todo le envía para la señora Sanchica.
— Que me viva él mil años —respondió Sanchica—, y el que lo trae, ni más ni
menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.
Salióse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al
cuello, y iba tañendo en las cartas como si fuera en un pandero; y,
encontrándose acaso con el cura y Sansón Carrasco, comenzó a bailar y a
decir:
— ¡A fee que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino
tómese conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!
— ¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son
ésos?
— No es otra la locura sino que éstas son cartas de duquesas y de
gobernadores, y estos que traigo al cuello son corales finos; las avemarías
y los padres nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.
— De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os decís.
— Ahí lo podrán ver ellos —respondió Teresa.
Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y
Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habían
leído; y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas.
Respondió Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían el mensajero,
que era un mancebo como un pino de oro, y que le traía otro presente que
valía más de tanto. Quitóle el cura los corales del cuello, y mirólos y
remirólos, y, certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo, y
dijo:
— Por el hábito que tengo, que no sé qué me diga ni qué me piense de estas
cartas y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos
corales, y por otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de
bellotas.
— ¡Aderézame esas medidas! —dijo entonces Carrasco—. Agora bien, vamos a ver
al portador deste pliego, que dél nos informaremos de las dificultades que
se nos ofrecen.
Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un
poco de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para
empedrarle con güevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno
contentó mucho a los dos; y, después de haberle saludado cortésmente, y él
a ellos, le preguntó Sansón les dijese nuevas así de don Quijote como de
Sancho Panza; que, puesto que habían leído las cartas de Sancho y de la
señora duquesa, todavía estaban confusos y no acababan de atinar qué sería
aquello del gobierno de Sancho, y más de una ínsula, siendo todas o las más
que hay en el mar Mediterráneo de Su Majestad. A lo que el paje respondió:
— De que el señor Sancho Panza sea gobernador, no hay que dudar en ello; de
que sea ínsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que
sea un lugar de más de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo
que mi señora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no —decía él—
enviar a pedir bellotas a una labradora, pero que le acontecía enviar a
pedir un peine prestado a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras
mercedes que las señoras de Aragón, aunque son tan principales, no son tan
puntuosas y levantadas como las señoras castellanas; con más llaneza tratan
con las gentes.
Estando en la mitad destas pláticas, saltó Sanchica con un halda de güevos,
y preguntó al paje:
— Dígame, señor: ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después
que es gobernador?
— No he mirado en ello —respondió el paje—, pero sí debe de traer.
— ¡Ay Dios mío —replicó Sanchica—, y que será de ver a mi padre con
pedorreras! ¿No es bueno sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi
padre con calzas atacadas?
— Como con esas cosas le verá vuestra merced si vive —respondió el paje—.
Par Dios, términos lleva de caminar con papahígo, con solos dos meses que
le dure el gobierno.
Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba
socarronamente, pero la fineza de los corales y el vestido de caza que
Sancho enviaba lo deshacía todo; que ya Teresa les había mostrado el
vestido. Y no dejaron de reírse del deseo de Sanchica, y más cuando Teresa
dijo:
— Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien que vaya a Madrid, o a
Toledo, para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al
uso y de los mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de
honrar el gobierno de mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me
enojo, me tengo de ir a esa corte, y echar un coche, como todas; que la que
tiene marido gobernador muy bien le puede traer y sustentar.
— Y ¡cómo, madre! —dijo Sanchica—. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que
mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en
aquel coche: ''¡Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va
sentada y tendida en el coche, como si fuera una papesa!'' Pero pisen ellos
los lodos, y ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal
año y mal mes para cuantos murmuradores hay en el mundo, y ándeme yo
caliente, y ríase la gente! ¿Digo bien, madre mía?
— Y ¡cómo que dices bien, hija! —respondió Teresa—. Y todas estas venturas,
y aun mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y verás tú, hija,
cómo no para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas;
y, como yo he oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es
tuyo lo es de los refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con
soguilla: cuando te dieren un gobierno, cógele; cuando te dieren un
condado, agárrale, y cuando te hicieren tus, tus, con alguna buena dádiva,
envásala. ¡No, sino dormíos, y no respondáis a las venturas y buenas dichas
que están llamando a la puerta de vuestra casa!
— Y ¿qué se me da a mí —añadió Sanchica— que diga el que quisiere cuando me
vea entonada y fantasiosa: "Viose el perro en bragas de cerro...", y lo
demás?
Oyendo lo cual el cura, dijo:
— Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron
cada uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto
que no los derrame a todas horas y en todas las pláticas que tienen.
— Así es la verdad —dijo el paje—, que el señor gobernador Sancho a cada
paso los dice, y, aunque muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y
mi señora la duquesa y el duque los celebran mucho.
— ¿Que todavía se afirma vuestra merced, señor mío —dijo el bachiller—, ser
verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le
envíe presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes
y hemos leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las
cosas de don Quijote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas
por encantamento; y así, estoy por decir que quiero tocar y palpar a
vuestra merced, por ver si es embajador fantástico o hombre de carne y
hueso.
— Señores, yo no sé más de mí —respondió el paje— sino que soy embajador
verdadero, y que el señor Sancho Panza es gobernador efectivo, y que mis
señores duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he
oído decir que en él se porta valentísimamente el tal Sancho Panza; si en
esto hay encantamento o no, vuestras mercedes lo disputen allá entre ellos,
que yo no sé otra cosa, para el juramento que hago, que es por vida de mis
padres, que los tengo vivos y los amo y los quiero mucho.
— Bien podrá ello ser así —replicó el bachiller—, pero dubitat Augustinus.
— Dude quien dudare —respondió el paje—, la verdad es la que he dicho, y
esta que ha de andar siempre sobre la mentira,como el aceite sobre el agua;
y si no, operibus credite, et non verbis: véngase alguno de vuesas mercedes
conmigo, y verán con los ojos lo que no creen por los oídos.
— Esa ida a mí toca —dijo Sanchica—: lléveme vuestra merced, señor, a las
ancas de su rocín, que yo iré de muy buena gana a ver a mi señor padre.
— Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino
acompañadas de carrozas y literas y de gran número de sirvientes.
— Par Dios —respondió Sancha—, tan bién me vaya yo sobre una pollina como
sobre un coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!
— Calla, mochacha —dijo Teresa—, que no sabes lo que te dices, y este señor
está en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Sancho, Sancha,
y cuando gobernador, señora, y no sé si diga algo.
— Más dice la señora Teresa de lo que piensa —dijo el paje—; y denme de
comer y despáchenme luego, porque pienso volverme esta tarde.
A lo que dijo el cura:
— Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia conmigo, que la señora Teresa
más tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen huésped.
Rehusólo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el
cura le llevó consigo de buena gana, por tener lugar de preguntarle de
espacio por don Quijote y sus hazañas.
El bachiller se ofreció de escribir las cartas a Teresa de la respuesta,
pero ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le tenía
por algo burlón; y así, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sabía
escribir, el cual le escribió dos cartas, una para su marido y otra para la
duquesa, notadas de su mismo caletre, que no son las peores que en esta
grande historia se ponen, como se verá adelante.
Capítulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos
tales como buenos
Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la
cual el maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro,
brío y belleza de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que della
faltaba en escribir a sus señores lo que Sancho Panza hacía y decía, tan
admirado de sus hechos como de sus dichos: porque andaban mezcladas sus
palabras y sus acciones, con asomos discretos y tontos.
Levantóse, en fin, el señor gobernador, y, por orden del doctor Pedro
Recio, le hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de
agua fría, cosa que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de
uvas; pero, viendo que aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello,
con harto dolor de su alma y fatiga de su estómago, haciéndole creer Pedro
Recio que los manjares pocos y delicados avivaban el ingenio, que era lo
que más convenía a las personas constituidas en mandos y en oficios graves,
donde se han de aprovechar no tanto de las fuerzas corporales como de las
del entendimiento.
Con esta sofistería padecía hambre Sancho, y tal, que en su secreto
maldecía el gobierno y aun a quien se le había dado; pero, con su hambre y
con su conserva, se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció
fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el
mayordomo y los demás acólitos, que fue:
— Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté
vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo
dificultoso). Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo
della, una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario
había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la
puente y del señorío, que era en esta forma: "Si alguno pasare por esta
puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si
jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado
en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna". Sabida esta ley y la
rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se
echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban pasar
libremente. Sucedió, pues, que, tomando juramento a un hombre, juró y dijo
que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí
estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron:
''Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y,
conforme a la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir
en aquella horca, y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser
libre''. Pídese a vuesa merced, señor gobernador, qué harán los jueces del
tal hombre; que aun hasta agora están dudosos y suspensos. Y, habiendo
tenido noticia del agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me
enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer
en tan intricado y dudoso caso.
A lo que respondió Sancho:
— Por cierto que esos señores jueces que a mí os envían lo pudieran haber
escusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo;
pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le
entienda: quizá podría ser que diese en el hito.
Volvió otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho,
y Sancho dijo:
— A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: el
tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró
verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no
le ahorcan, juró mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.
— Así es como el señor gobernador dice —dijo el mensajero—; y cuanto a la
entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.
— Digo yo, pues, agora —replicó Sancho— que deste hombre aquella parte que
juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta
manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.
— Pues, señor gobernador —replicó el preguntador—, será necesario que el tal
hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por
fuerza ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide,
y es de necesidad espresa que se cumpla con ella.
— Venid acá, señor buen hombre —respondió Sancho—; este pasajero que decís,
o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y
pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena
igualmente; y, siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a
esos señores que a mí os enviaron que, pues están en un fil las razones de
condenarle o asolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es
alabado más el hacer bien que mal, y esto lo diera firmado de mi nombre, si
supiera firmar; y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino
a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote
la noche antes que viniese a ser gobernador desta ínsula: que fue que,
cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la
misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este
caso como de molde.
Así es —respondió el mayordomo—, y tengo para mí que el mismo Licurgo, que
dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el
gran Panza ha dado. Y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré
orden como el señor gobernador coma muy a su gusto.
— Eso pido, y barras derechas —dijo Sancho—: denme de comer, y lluevan casos
y dudas sobre mí, que yo las despabilaré en el aire.
Cumplió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar
de hambre a tan discreto gobernador; y más, que pensaba concluir con él
aquella misma noche haciéndole la burla última que traía en comisión de
hacerle.
Sucedió, pues, que, habiendo comido aquel día contra las reglas y aforismos
del doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entró un correo con
una carta de don Quijote para el gobernador. Mandó Sancho al secretario que
la leyese para sí, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de
secreto, la leyese en voz alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola
primero, dijo:
— Bien se puede leer en voz alta, que lo que el señor don Quijote escribe a
vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice
así:
Carta de don Quijote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la ínsula
Barataria
Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo,
las oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al
cielo, el cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos
hacer discretos. Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres
hombre como si fueses bestia, según es la humildad con que te tratas; y
quiero que adviertas, Sancho, que muchas veces conviene y es necesario, por
la autoridad del oficio, ir contra la humildad del corazón; porque el buen
adorno de la persona que está puesta en graves cargos ha de ser conforme a
lo que ellos piden, y no a la medida de lo que su humilde condición le
inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no parece palo. No digo que
traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas como soldado, sino que
te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal que sea limpio y
bien compuesto.
Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer
dos cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo
he dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no
hay cosa que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la
carestía.
No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y,
sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se
guardan, lo mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el
príncipe que tuvo discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para
hacer que se guardasen; y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen
a ser como la viga, rey de las ranas: que al principio las espantó, y con
el tiempo la menospreciaron y se subieron sobre ella.
Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre
riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos,
que en esto está el punto de la discreción. Visita las cárceles, las
carnicerías y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales
es de mucha importancia: consuela a los presos, que esperan la brevedad de
su despacho; es coco a los carniceros, que por entonces igualan los pesos,
y es espantajo a las placeras, por la misma razón. No te muestres, aunque
por ventura lo seas —lo cual yo no creo—, codicioso, mujeriego ni glotón;
porque, en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación
determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte en el profundo de
la perdición.
Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por
escrito antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en
ellos, si los guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y
dificultades que a cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a
tus señores y muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la
soberbia, y uno de los mayores pecados que se sabe, y la persona que es
agradecida a los que bien le han hecho, da indicio que también lo será a
Dios, que tantos bienes le hizo y de contino le hace.
La señora duquesa despachó un propio con tu vestido y otro presente a tu
mujer Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.
Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedió
no muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores
que me maltraten, también los hay que me defiendan.
Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo que ver en las acciones de la
Trifaldi, como tú sospechaste, y de todo lo que te sucediere me irás dando
aviso, pues es tan corto el camino; cuanto más, que yo pienso dejar presto
esta vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella.
Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia
destos señores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin
en fin, tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme
a lo que suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. Dígote este
latín porque me doy a entender que, después que eres gobernador, lo habrás
aprendido. Y a Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima.
Tu amigo,
Don Quijote de la Mancha.
Oyó Sancho la carta con mucha atención, y fue celebrada y tenida por
discreta de los que la oyeron; y luego Sancho se levantó de la mesa, y,
llamando al secretario, se encerró con él en su estancia, y, sin dilatarlo
más, quiso responder luego a su señor don Quijote, y dijo al secretario
que, sin añadir ni quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que él le
dijese, y así lo hizo; y la carta de la respuesta fue del tenor siguiente: