Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura

Llegó en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso

caballo Clavileño viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote,

pareciéndole que, pues Malambruno se detenía en enviarle, o que él no era

el caballero para quien estaba guardada aquella aventura, o que Malambruno

no osaba venir con él a singular batalla. Pero veis aquí cuando a deshora

entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que

sobre sus hombros traían un gran caballo de madera. Pusiéronle de pies en

el suelo, y uno de los salvajes dijo:

— Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello.

— Aquí —dijo Sancho— yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.

Y el salvaje prosiguió diciendo:

— Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valeroso

Malambruno, que si no fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra

malicia, será ofendido; y no hay más que torcer esta clavija que sobre el

cuello trae puesta, que él los llevará por los aires adonde los atiende

Malambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les cause

váguidos, se han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que será

señal de haber dado fin a su viaje.

Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil continente se volvieron por

donde habían venido. La Dolorida, así como vio al caballo, casi con

lágrimas dijo a don Quijote:

— Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el

caballo está en casa, nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con

cada pelo dellas te suplicamos nos rapes y tundas, pues no está en más sino

en que subas en él con tu escudero y des felice principio a vuestro nuevo

viaje.

— Eso haré yo, señora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor

talante, sin ponerme a tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no detenerme:

tanta es la gana que tengo de veros a vos, señora, y a todas estas dueñas

rasas y mondas.

— Eso no haré yo —dijo Sancho—, ni de malo ni de buen talante, en ninguna

manera; y si es que este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las

ancas, bien puede buscar mi señor otro escudero que le acompañe, y estas

señoras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy brujo, para gustar

de andar por los aires. Y ¿qué dirán mis insulanos cuando sepan que su

gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa más: que habiendo

tres mil y tantas leguas de aquí a Candaya, si el caballo se cansa o el

gigante se enoja, tardaremos en dar la vuelta media docena de años, y ya ni

habrá ínsula ni ínsulos en el mundo que me conozan; y, pues se dice

comúnmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la

vaquilla acudas con la soguilla, perdónenme las barbas destas señoras, que

bien se está San Pedro en Roma; quiero decir que bien me estoy en esta

casa, donde tanta merced se me hace y de cuyo dueño tan gran bien espero

como es verme gobernador.

A lo que el duque dijo:

— Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva:

raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la

arrancarán ni mudarán de donde está a tres tirones; y, pues vos sabéis que

sé yo que no hay ninguno género de oficio destos de mayor cantía que no se

granjee con alguna suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el que yo

quiero llevar por este gobierno es que vais con vuestro señor don Quijote a

dar cima y cabo a esta memorable aventura; que ahora volváis sobre

Clavileño con la brevedad que su ligereza promete, ora la contraria fortuna

os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón en mesón y de venta en

venta, siempre que volviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la dejáis, y

a vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que

siempre han tenido, y mi voluntad será la mesma; y no pongáis duda en esta

verdad, señor Sancho, que sería hacer notorio agravio al deseo que de

serviros tengo.

— No más, señor —dijo Sancho—: yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a

cuestas tantas cortesías; suba mi amo, tápenme estos ojos y encomiéndenme a

Dios, y avísenme si cuando vamos por esas altanerías podré encomendarme a

Nuestro Señor o invocar los ángeles que me favorezcan.

A lo que respondió Trifaldi:

— Sancho, bien podéis encomendaros a Dios o a quien quisiéredes, que

Malambruno, aunque es encantador, es cristiano, y hace sus encantamentos

con mucha sagacidad y con mucho tiento, sin meterse con nadie.

— ¡Ea, pues —dijo Sancho—, Dios me ayude y la Santísima Trinidad de Gaeta!

— Desde la memorable aventura de los batanes —dijo don Quijote—, nunca he

visto a Sancho con tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como

otros, su pusilanimidad me hiciera algunas cosquillas en el ánimo. Pero

llegaos aquí, Sancho, que con licencia destos señores os quiero hablar

aparte dos palabras.

Y, apartando a Sancho entre unos árboles del jardín y asiéndole ambas las

manos, le dijo:

— Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dios

cuándo volveremos dél, ni la comodidad y espacio que nos darán los

negocios; así, querría que ahora te retirases en tu aposento, como que vas

a buscar alguna cosa necesaria para el camino, y, en un daca las pajas,

te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a que estás

obligado, siquiera quinientos, que dados te los tendrás, que el comenzar

las cosas es tenerlas medio acabadas.

— ¡Par Dios —dijo Sancho—, que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es

como aquello que dicen: "¡en priesa me vees y doncellez me demandas!"

¿Ahora que tengo de ir sentado en una tabla rasa, quiere vuestra merced que

me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene vuestra merced

razón. Vamos ahora a rapar estas dueñas, que a la vuelta yo le prometo a

vuestra merced, como quien soy, de darme tanta priesa a salir de mi

obligación, que vuestra merced se contente, y no le digo más.

Y don Quijote respondió:

— Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la cumplirás,

porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.

— No soy verde, sino moreno —dijo Sancho—, pero aunque fuera de mezcla,

cumpliera mi palabra.

Y con esto se volvieron a subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote:

— Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan lueñes tierras envía por

nosotros no será para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar

de engañar a quien dél se fía; y, puesto que todo sucediese al revés de lo

que imagino, la gloria de haber emprendido esta hazaña no la podrá

escurecer malicia alguna.

— Vamos, señor —dijo Sancho—, que las barbas y lágrimas destas señoras las

tengo clavadas en el corazón, y no comeré bocado que bien me sepa hasta

verlas en su primera lisura. Suba vuesa merced y tápese primero, que si yo

tengo de ir a las ancas, claro está que primero sube el de la silla.

— Así es la verdad —replicó don Quijote.

Y, sacando un pañuelo de la faldriquera, pidió a la Dolorida que le

cubriese muy bien los ojos, y, habiéndoselos cubierto, se volvió a

descubrir y dijo:

— Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de

Troya, que fue un caballo de madera que los griegos presentaron a la diosa

Palas, el cual iba preñado de caballeros armados, que después fueron la

total ruina de Troya; y así, será bien ver primero lo que Clavileño trae en

su estómago.

— No hay para qué —dijo la Dolorida—, que yo le fío y sé que Malambruno no

tiene nada de malicioso ni de traidor; vuesa merced, señor don Quijote,

suba sin pavor alguno, y a mi daño si alguno le sucediere.

Parecióle a don Quijote que cualquiera cosa que replicase acerca de su

seguridad sería poner en detrimento su valentía; y así, sin más altercar,

subió sobre Clavileño y le tentó la clavija, que fácilmente se rodeaba; y,

como no tenía estribos y le colgaban las piernas, no parecía sino figura de

tapiz flamenco pintada o tejida en algún romano triunfo. De mal talante y

poco a poco llegó a subir Sancho, y, acomodándose lo mejor que pudo en las

ancas, las halló algo duras y no nada blandas, y pidió al duque que, si

fuese posible, le acomodasen de algún cojín o de alguna almohada, aunque

fuese del estrado de su señora la duquesa, o del lecho de algún paje,

porque las ancas de aquel caballo más parecían de mármol que de leño.

A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni ningún género de adorno sufría

sobre sí Clavileño; que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas, y que

así no sentiría tanto la dureza. Hízolo así Sancho, y, diciendo ''a Dios'',

se dejó vendar los ojos, y, ya después de vendados, se volvió a descubrir,

y, mirando a todos los del jardín tiernamente y con lágrimas, dijo que le

ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemarías, porque

Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se

viesen. A lo que dijo don Quijote:

— Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura, o en el último término de

la vida, para usar de semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada y cobarde

criatura, en el mismo lugar que ocupó la linda Magalona, del cual decendió,

no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten las

historias? Y yo, que voy a tu lado, ¿no puedo ponerme al del valeroso

Pierres, que oprimió este mismo lugar que yo ahora oprimo? Cúbrete,

cúbrete, animal descorazonado, y no te salga a la boca el temor que tienes,

a lo menos en presencia mía.

— Tápenme —respondió Sancho—; y, pues no quieren que me encomiende a Dios ni

que sea encomendado, ¿qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de

diablos que den con nosotros en Peralvillo?

Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó

la clavija, y, apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las

dueñas y cuantos estaban presentes levantaron las voces, diciendo:

— ¡Dios te guíe, valeroso caballero!

— ¡Dios sea contigo, escudero intrépido!

— ¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta!

— ¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están

mirando!

— ¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! ¡Mira no cayas, que será peor

tu caída que la del atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su

padre!

Oyó Sancho las voces, y, apretándose con su amo y ciñiéndole con los

brazos, le dijo:

— Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y

no parecen sino que están aquí hablando junto a nosotros?

— No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volaterías van

fuera de los cursos ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que

quisieres. Y no me aprietes tanto, que me derribas; y en verdad que no sé

de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos los días de

mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no

nos movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la

cosa va como ha de ir y el viento llevamos en popa.

— Así es la verdad —respondió Sancho—, que por este lado me da un viento tan

recio, que parece que con mil fuelles me están soplando.

Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien

trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo,

que no le faltó requisito que la dejase de hacer perfecta.

Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:

— Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del

aire, adonde se engendra el granizo, las nieves; los truenos, los

relámpagos y los rayos se engendran en la tercera región, y si es que desta

manera vamos subiendo, presto daremos en la región del fuego, y no sé yo

cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.

En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos,

pendientes de una caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el

calor, dijo:

— Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque

una gran parte de mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por

descubrirme y ver en qué parte estamos.

— No hagas tal —respondió don Quijote—, y acuérdate del verdadero cuento del

licenciado Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire,

caballero en una caña, cerrados los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y

se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la ciudad, y vio todo el

fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta en

Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo

que cuando iba por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los

abrió, y se vio tan cerca, a su parecer, del cuerpo de la luna, que la

pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por no

desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos; que, el que

nos lleva a cargo, él dará cuenta de nosotros, y quizá vamos tomando puntas

y subiendo en alto para dejarnos caer de una sobre el reino de Candaya,

como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla, por más que se

remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del

jardín, creéme que debemos de haber hecho gran camino.

— No sé lo que es —respondió Sancho Panza—, sólo sé decir que si la señora

Magallanes o Magalona se contentó destas ancas, que no debía de ser muy

tierna de carnes.

Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los

del jardín, de que recibían estraordinario contento; y, queriendo dar

remate a la estraña y bien fabricada aventura, por la cola de Clavileño le

pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el caballo lleno de

cohetes tronadores, voló por los aires, con estraño ruido, y dio con don

Quijote y con Sancho Panza en el suelo, medio chamuscados.

En este tiempo ya se habían desparecido del jardín todo el barbado

escuadrón de las dueñas y la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron

como desmayados, tendidos por el suelo. Don Quijote y Sancho se levantaron

maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron atónitos de verse en el

mesmo jardín de donde habían partido y de ver tendido por tierra tanto

número de gente; y creció más su admiración cuando a un lado del jardín

vieron hincada una gran lanza en el suelo y pendiente della y de dos

cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el cual, con grandes

letras de oro, estaba escrito lo siguiente:

El ínclito caballero don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura

de la condesa Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña Dolorida, y

compañía, con sólo intentarla.

Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las barbas

de las dueñas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y

Antonomasia en su prístino estado. Y, cuando se cumpliere el escuderil

vápulo, la blanca paloma se verá libre de los pestíferos girifaltes que la

persiguen, y en brazos de su querido arrullador; que así está ordenado por

el sabio Merlín, protoencantador de los encantadores.

Habiendo, pues, don Quijote leído las letras del pergamino, claro entendió

que del desencanto de Dulcinea hablaban; y, dando muchas gracias al cielo

de que con tan poco peligro hubiese acabado tan gran fecho, reduciendo a su

pasada tez los rostros de las venerables dueñas, que ya no parecían, se fue

adonde el duque y la duquesa aún no habían vuelto en sí, y, trabando de la

mano al duque, le dijo:

— ¡Ea, buen señor, buen ánimo; buen ánimo, que todo es nada! La aventura es

ya acabada sin daño de barras, como lo muestra claro el escrito que en

aquel padrón está puesto.

El duque, poco a poco, y como quien de un pesado sueño recuerda, fue

volviendo en sí, y por el mismo tenor la duquesa y todos los que por el

jardín estaban caídos, con tales muestras de maravilla y espanto, que casi

se podían dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan bien

sabían fingir de burlas. Leyó el duque el cartel con los ojos medio

cerrados, y luego, con los brazos abiertos, fue a abrazar a don Quijote,

diciéndole ser el más buen caballero que en ningún siglo se hubiese visto.

Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qué rostro tenía sin las

barbas, y si era tan hermosa sin ellas como su gallarda disposición

prometía, pero dijéronle que, así como Clavileño bajó ardiendo por los

aires y dio en el suelo, todo el escuadrón de las dueñas, con la Trifaldi,

había desaparecido, y que ya iban rapadas y sin cañones. Preguntó la

duquesa a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje. A lo cual

Sancho respondió:

— Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la

región del fuego, y quise descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a

quien pedí licencia para descubrirme, no la consintió; mas yo, que tengo no

sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me estorba y impide,

bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto

cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos, y por allí miré hacia la

tierra, y parecióme que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y

los hombres que andaban sobre ella, poco mayores que avellanas; porque se

vea cuán altos debíamos de ir entonces.

A esto dijo la duquesa:

— Sancho amigo, mirad lo que decís, que, a lo que parece, vos no vistes la

tierra, sino los hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la

tierra os pareció como un grano de mostaza, y cada hombre como una

avellana, un hombre solo había de cubrir toda la tierra.

— Así es verdad —respondió Sancho—, pero, con todo eso, la descubrí por un

ladito, y la vi toda.

— Mirad, Sancho —dijo la duquesa—, que por un ladito no se vee el todo de lo

que se mira.

— Yo no sé esas miradas —replicó Sancho—: sólo sé que será bien que vuestra

señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encantamento

podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por doquiera que los

mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra merced cómo,

descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había

de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy

grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete

cabrillas; y en Dios y en mi ánima que, como yo en mi niñez fui en mi

tierra cabrerizo, que así como las vi, ¡me dio una gana de entretenerme con

ellas un rato...! Y si no le cumpliera me parece que reventara. Vengo,

pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco,

bonita y pasitamente me apeé de Clavileño, y me entretuve con las

cabrillas, que son como unos alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos

de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni pasó adelante.

— Y, en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras —preguntó el

duque—, ¿en qué se entretenía el señor don Quijote?

A lo que don Quijote respondió:

— Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural,

no es mucho que Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí

por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni la tierra, ni la mar ni las arenas.

Bien es verdad que sentí que pasaba por la región del aire, y aun que

tocaba a la del fuego; pero que pasásemos de allí no lo puedo creer, pues,

estando la región del fuego entre el cielo de la luna y la última región

del aire, no podíamos llegar al cielo donde están las siete cabrillas que

Sancho dice, sin abrasarnos; y, pues no nos asuramos, o Sancho miente o

Sancho sueña.

— Ni miento ni sueño —respondió Sancho—: si no, pregúntenme las señas de las

tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.

— Dígalas, pues, Sancho —dijo la duquesa.

— Son —respondió Sancho— las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules,

y la una de mezcla.

— Nueva manera de cabras es ésa —dijo el duque—, y por esta nuestra región

del suelo no se usan tales colores; digo, cabras de tales colores.

— Bien claro está eso —dijo Sancho—; sí, que diferencia ha de haber de las

cabras del cielo a las del suelo.

— Decidme, Sancho —preguntó el duque—: ¿vistes allá en entre esas cabras

algún cabrón?

— No, señor —respondió Sancho—, pero oí decir que ninguno pasaba de los

cuernos de la luna.

No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba

Sancho hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto allá

pasaba, sin haberse movido del jardín.

En resolución, éste fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida, que dio

que reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que

contar a Sancho siglos, si los viviera; y, llegándose don Quijote a Sancho,

al oído le dijo:

— Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo,

yo quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no

os digo más.

Capítulo XLII. De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que

fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas

Con el felice y gracioso suceso de la aventura de la Dolorida, quedaron tan

contentos los duques, que determinaron pasar con las burlas adelante,

viendo el acomodado sujeto que tenían para que se tuviesen por veras; y

así, habiendo dado la traza y órdenes que sus criados y sus vasallos habían

de guardar con Sancho en el gobierno de la ínsula prometida, otro día, que

fue el que sucedió al vuelo de Clavileño, dijo el duque a Sancho que se

adeliñase y compusiese para ir a ser gobernador, que ya sus insulanos le

estaban esperando como el agua de mayo. Sancho se le humilló y le dijo:

— Después que bajé del cielo, y después que desde su alta cumbre miré la

tierra y la vi tan pequeña, se templó en parte en mí la gana que tenía tan

grande de ser gobernador; porque, ¿qué grandeza es mandar en un grano de

mostaza, o qué dignidad o imperio el gobernar a media docena de hombres

tamaños como avellanas, que, a mi parecer, no había más en toda la tierra?

Si vuestra señoría fuese servido de darme una tantica parte del cielo,

aunque no fuese más de media legua, la tomaría de mejor gana que la mayor

ínsula del mundo.

— Mirad, amigo Sancho —respondió el duque—: yo no puedo dar parte del cielo

a nadie, aunque no sea mayor que una uña, que a solo Dios están reservadas

esas mercedes y gracias. Lo que puedo dar os doy, que es una ínsula hecha y

derecha, redonda y bien proporcionada, y sobremanera fértil y abundosa,

donde si vos os sabéis dar maña, podéis con las riquezas de la tierra

granjear las del cielo.

— Ahora bien —respondió Sancho—, venga esa ínsula, que yo pugnaré por ser

tal gobernador que, a pesar de bellacos, me vaya al cielo; y esto no es por

codicia que yo tenga de salir de mis casillas ni de levantarme a mayores,

sino por el deseo que tengo de probar a qué sabe el ser gobernador.

— Si una vez lo probáis, Sancho —dijo el duque—, comeros heis las manos tras

el gobierno, por ser dulcísima cosa el mandar y ser obedecido. A buen

seguro que cuando vuestro dueño llegue a ser emperador, que lo será sin

duda, según van encaminadas sus cosas, que no se lo arranquen comoquiera, y

que le duela y le pese en la mitad del alma del tiempo que hubiere dejado

de serlo.

— Señor —replicó Sancho—, yo imagino que es bueno mandar, aunque sea a un

hato de ganado.

— Con vos me entierren, Sancho, que sabéis de todo —respondió el duque—, y

yo espero que seréis tal gobernador como vuestro juicio promete, y quédese

esto aquí y advertid que mañana en ese mesmo día habéis de ir al gobierno

de la ínsula, y esta tarde os acomodarán del traje conveniente que habéis

de llevar y de todas las cosas necesarias a vuestra partida.

— Vístanme —dijo Sancho— como quisieren, que de cualquier manera que vaya

vestido seré Sancho Panza.

— Así es verdad —dijo el duque—, pero los trajes se han de acomodar con el

oficio o dignidad que se profesa, que no sería bien que un jurisperito se

vistiese como soldado, ni un soldado como un sacerdote. Vos, Sancho, iréis

vestido parte de letrado y parte de capitán, porque en la ínsula que os doy

tanto son menester las armas como las letras, y las letras como las armas.

— Letras —respondió Sancho—, pocas tengo, porque aún no sé el A, B, C; pero

bástame tener el Christus en la memoria para ser buen gobernador. De las

armas manejaré las que me dieren, hasta caer, y Dios delante.

— Con tan buena memoria —dijo el duque—, no podrá Sancho errar en nada.

En esto llegó don Quijote, y, sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que

Sancho se había de partir a su gobierno, con licencia del duque le tomó por

la mano y se fue con él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo se

había de haber en su oficio.

Entrados, pues, en su aposento, cerró tras sí la puerta, y hizo casi por

fuerza que Sancho se sentase junto a él, y con reposada voz le dijo:

— Infinitas gracias doy al cielo, Sancho amigo, de que, antes y primero que

yo haya encontrado con alguna buena dicha, te haya salido a ti a recebir y

a encontrar la buena ventura. Yo, que en mi buena suerte te tenía librada

la paga de tus servicios, me veo en los principios de aventajarme, y tú,

antes de tiempo, contra la ley del razonable discurso, te vees premiado de

tus deseos. Otros cohechan, importunan, solicitan, madrugan, ruegan,

porfían, y no alcanzan lo que pretenden; y llega otro, y sin saber cómo ni

cómo no, se halla con el cargo y oficio que otros muchos pretendieron; y

aquí entra y encaja bien el decir que hay buena y mala fortuna en las

pretensiones. Tú, que para mí, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar

ni trasnochar y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento que te ha

tocado de la andante caballería, sin más ni más te vees gobernador de una

ínsula, como quien no dice nada. Todo esto digo, ¡oh Sancho!, para que no

atribuyas a tus merecimientos la merced recebida, sino que des gracias al

cielo, que dispone suavemente las cosas, y después las darás a la grandeza

que en sí encierra la profesión de la caballería andante. Dispuesto, pues,

el corazón a creer lo que te he dicho, está, ¡oh hijo!, atento a este tu

Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a

seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte; que los oficios y

grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.

Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la

sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner

los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más

difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no

hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces,

vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber

guardado puercos en tu tierra.

— Así es la verdad —respondió Sancho—, pero fue cuando muchacho; pero

después, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé, que no puercos;

pero esto paréceme a mí que no hace al caso, que no todos los que gobiernan

vienen de casta de reyes.

— Así es verdad —replicó don Quijote—, por lo cual los no de principios

nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan con una blanda

suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración

maliciosa, de quien no hay estado que se escape. Haz gala, Sancho, de la

humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de

labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte;

y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Inumerables

son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad

pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos,

que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias

de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los

tienen de príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se

aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto

así, como lo es, que si acaso viniere a verte cuando estés en tu ínsula

alguno de tus parientes, no le deseches ni le afrentes; antes le has de

acoger, agasajar y regalar, que con esto satisfarás al cielo, que gusta que

nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la

naturaleza bien concertada. Si trujeres a tu mujer contigo (porque no es

bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las

propias), enséñala, doctrínala y desbástala de su natural rudeza, porque

todo lo que suele adquirir un gobernador discreto suele perder y derramar

una mujer rústica y tonta. Si acaso enviudares, cosa que puede suceder, y

con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de

anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla, porque en

verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere ha de

dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro

tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la

vida. Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida

con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti más compasión las

lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico.

Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico, como

por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere

tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente,

que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso

doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con

el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu

enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso.

No te ciegue la pasión propia en la causa ajena, que los yerros que en ella

hicieres, las más veces, serán sin remedio; y si le tuvieren, será a costa

de tu crédito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa veniere a

pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus

gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres

que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. Al que has

de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al

desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones. Al

culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable,

sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo

cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele

piadoso y clemente, porque, aunque los atributos de Dios todos son iguales,

más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la

justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos

tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad

indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus

nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos

de la vida te alcanzará el de la muerte, en vejez suave y madura, y

cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros netezuelos.

Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma;

escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo.

Don Quijote · 第 104 / 114 题