Capítulo XXXVII. Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida

En estremo se holgaron el duque y la duquesa de ver cuán bien iba

respondiendo a su intención don Quijote, y a esta sazón dijo Sancho:

— No querría yo que esta señora dueña pusiese algún tropiezo a la promesa de

mi gobierno, porque yo he oído decir a un boticario toledano que hablaba

como un silguero que donde interviniesen dueñas no podía suceder cosa

buena. ¡Válame Dios, y qué mal estaba con ellas el tal boticario! De lo que

yo saco que, pues todas las dueñas son enfadosas e impertinentes, de

cualquiera calidad y condición que sean, ¿qué serán las que son doloridas,

como han dicho que es esta condesa Tres Faldas, o Tres Colas?; que en mi

tierra faldas y colas, colas y faldas, todo es uno.

— Calla, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que, pues esta señora dueña de tan

lueñes tierras viene a buscarme, no debe ser de aquellas que el boticario

tenía en su número, cuanto más que ésta es condesa, y cuando las condesas

sirven de dueñas, será sirviendo a reinas y a emperatrices, que en sus

casas son señorísimas que se sirven de otras dueñas.

A esto respondió doña Rodríguez, que se halló presente:

— Dueñas tiene mi señora la duquesa en su servicio, que pudieran ser

condesas si la fortuna quisiera, pero allá van leyes do quieren reyes; y

nadie diga mal de las dueñas, y más de las antiguas y doncellas; que,

aunque yo no lo soy, bien se me alcanza y se me trasluce la ventaja que

hace una dueña doncella a una dueña viuda; y quien a nosotras trasquiló,

las tijeras le quedaron en la mano.

— Con todo eso —replicó Sancho—, hay tanto que trasquilar en las dueñas,

según mi barbero, cuanto será mejor no menear el arroz, aunque se pegue.

— Siempre los escuderos —respondió doña Rodríguez— son enemigos nuestros;

que, como son duendes de las antesalas y nos veen a cada paso, los ratos

que no rezan, que son muchos, los gastan en murmurar de nosotras,

desenterrándonos los huesos y enterrándonos la fama. Pues mándoles yo a los

leños movibles, que, mal que les pese, hemos de vivir en el mundo, y en las

casas principales, aunque muramos de hambre y cubramos con un negro monjil

nuestras delicadas o no delicadas carnes, como quien cubre o tapa un

muladar con un tapiz en día de procesión. A fe que si me fuera dado, y el

tiempo lo pidiera, que yo diera a entender, no sólo a los presentes, sino a

todo el mundo, cómo no hay virtud que no se encierre en una dueña.

— Yo creo —dijo la duquesa— que mi buena doña Rodríguez tiene razón, y muy

grande; pero conviene que aguarde tiempo para volver por sí y por las demás

dueñas, para confundir la mala opinión de aquel mal boticario, y

desarraigar la que tiene en su pecho el gran Sancho Panza.

A lo que Sancho respondió:

— Después que tengo humos de gobernador se me han quitado los váguidos de

escudero, y no se me da por cuantas dueñas hay un cabrahígo.

Adelante pasaran con el coloquio dueñesco, si no oyeran que el pífaro y los

tambores volvían a sonar, por donde entendieron que la dueña Dolorida

entraba. Preguntó la duquesa al duque si sería bien ir a recebirla, pues

era condesa y persona principal.

— Por lo que tiene de condesa —respondió Sancho, antes que el duque

respondiese—, bien estoy en que vuestras grandezas salgan a recebirla; pero

por lo de dueña, soy de parecer que no se muevan un paso.

— ¿Quién te mete a ti en esto, Sancho? —dijo don Quijote.

— ¿Quién, señor? —respondió Sancho—. Yo me meto, que puedo meterme, como

escudero que ha aprendido los términos de la cortesía en la escuela de

vuesa merced, que es el más cortés y bien criado caballero que hay en toda

la cortesanía; y en estas cosas, según he oído decir a vuesa merced, tanto

se pierde por carta de más como por carta de menos; y al buen entendedor,

pocas palabras.

— Así es, como Sancho dice —dijo el duque—: veremos el talle de la condesa,

y por él tantearemos la cortesía que se le debe.

En esto, entraron los tambores y el pífaro, como la vez primera.

Y aquí, con este breve capítulo, dio fin el autor, y comenzó el otro,

siguiendo la mesma aventura, que es una de las más notables de la historia.

Capítulo XXXVIII. Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña

Dolorida

Detrás de los tristes músicos comenzaron a entrar por el jardín adelante

hasta cantidad de doce dueñas, repartidas en dos hileras, todas vestidas de

unos monjiles anchos, al parecer, de anascote batanado, con unas tocas

blancas de delgado canequí, tan luengas que sólo el ribete del monjil

descubrían. Tras ellas venía la condesa Trifaldi, a quien traía de la mano

el escudero Trifaldín de la Blanca Barba, vestida de finísima y negra

bayeta por frisar, que, a venir frisada, descubriera cada grano del grandor

de un garbanzo de los buenos de Martos. La cola, o falda, o como llamarla

quisieren, era de tres puntas, las cuales se sustentaban en las manos de

tres pajes, asimesmo vestidos de luto, haciendo una vistosa y matemática

figura con aquellos tres ángulos acutos que las tres puntas formaban, por

lo cual cayeron todos los que la falda puntiaguda miraron que por ella se

debía llamar la condesa Trifaldi, como si dijésemos la condesa de las Tres

Faldas; y así dice Benengeli que fue verdad, y que de su propio apellido se

llama la condesa Lobuna, a causa que se criaban en su condado muchos lobos,

y que si como eran lobos fueran zorras, la llamaran la condesa Zorruna, por

ser costumbre en aquellas partes tomar los señores la denominación de sus

nombres de la cosa o cosas en que más sus estados abundan; empero esta

condesa, por favorecer la novedad de su falda, dejó el Lobuna y tomó el

Trifaldi.

Venían las doce dueñas y la señora a paso de procesión, cubiertos los

rostros con unos velos negros y no trasparentes como el de Trifaldín, sino

tan apretados que ninguna cosa se traslucían.

Así como acabó de parecer el dueñesco escuadrón, el duque, la duquesa y don

Quijote se pusieron en pie, y todos aquellos que la espaciosa procesión

miraban. Pararon las doce dueñas y hicieron calle, por medio de la cual la

Dolorida se adelantó, sin dejarla de la mano Trifaldín, viendo lo cual el

duque, la duquesa y don Quijote, se adelantaron obra de doce pasos a

recebirla. Ella, puesta las rodillas en el suelo, con voz antes basta y

ronca que sutil y dilicada, dijo:

— Vuestras grandezas sean servidas de no hacer tanta cortesía a este su

criado; digo, a esta su criada, porque, según soy de dolorida, no acertaré

a responder a lo que debo, a causa que mi estraña y jamás vista desdicha me

ha llevado el entendimiento no sé adónde, y debe de ser muy lejos, pues

cuanto más le busco menos le hallo.

— Sin él estaría —respondió el duque—, señora condesa, el que no descubriese

por vuestra persona vuestro valor, el cual, sin más ver, es merecedor de

toda la nata de la cortesía y de toda la flor de las bien criadas

ceremonias.

Y, levantándola de la mano, la llevó a asentar en una silla junto a la

duquesa, la cual la recibió asimismo con mucho comedimiento.

Don Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por ver el rostro de la

Trifaldi y de alguna de sus muchas dueñas, pero no fue posible hasta que

ellas de su grado y voluntad se descubrieron.

Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quién le había de

romper, y fue la dueña Dolorida con estas palabras:

— Confiada estoy, señor poderosísimo, hermosísima señora y discretísimos

circunstantes, que ha de hallar mi cuitísima en vuestros valerosísimos

pechos acogimiento no menos plácido que generoso y doloroso, porque ella es

tal, que es bastante a enternecer los mármoles, y a ablandar los diamantes,

y a molificar los aceros de los más endurecidos corazones del mundo; pero,

antes que salga a la plaza de vuestros oídos, por no decir orejas, quisiera

que me hicieran sabidora si está en este gremio, corro y compañía el

acendradísimo caballero don Quijote de la Manchísima y su escuderísimo

Panza.

— El Panza —antes que otro respondiese, dijo Sancho— aquí esta, y el don

Quijotísimo asimismo; y así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que

quisieridísimis, que todos estamos prontos y aparejadísimos a ser vuestros

servidorísimos.

En esto se levantó don Quijote, y, encaminando sus razones a la Dolorida

dueña, dijo:

— Si vuestras cuitas, angustiada señora, se pueden prometer alguna esperanza

de remedio por algún valor o fuerzas de algún andante caballero, aquí están

las mías, que, aunque flacas y breves, todas se emplearán en vuestro

servicio. Yo soy don Quijote de la Mancha, cuyo asumpto es acudir a toda

suerte de menesterosos, y, siendo esto así, como lo es, no habéis menester,

señora, captar benevolencias ni buscar preámbulos, sino, a la llana y sin

rodeos, decir vuestros males, que oídos os escuchan que sabrán, si no

remediarlos, dolerse dellos.

Oyendo lo cual, la Dolorida dueña hizo señal de querer arrojarse a los pies

de don Quijote, y aun se arrojó, y, pugnando por abrazárselos, decía:

— Ante estos pies y piernas me arrojo, ¡oh caballero invicto!, por ser los

que son basas y colunas de la andante caballería; estos pies quiero besar,

de cuyos pasos pende y cuelga todo el remedio de mi desgracia, ¡oh valeroso

andante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y escurecen las fabulosas de

los Amadises, Esplandianes y Belianises!

Y, dejando a don Quijote, se volvió a Sancho Panza, y, asiéndole de las

manos, le dijo:

— ¡Oh tú, el más leal escudero que jamás sirvió a caballero andante en los

presentes ni en los pasados siglos, más luengo en bondad que la barba de

Trifaldín, mi acompañador, que está presente!, bien puedes preciarte que en

servir al gran don Quijote sirves en cifra a toda la caterva de caballeros

que han tratado las armas en el mundo. Conjúrote, por lo que debes a tu

bondad fidelísima, me seas buen intercesor con tu dueño, para que luego

favorezca a esta humilísima y desdichadísima condesa.

A lo que respondió Sancho:

— De que sea mi bondad, señoría mía, tan larga y grande como la barba de

vuestro escudero, a mí me hace muy poco al caso; barbada y con bigotes

tenga yo mi alma cuando desta vida vaya, que es lo que importa, que de las

barbas de acá poco o nada me curo; pero, sin esas socaliñas ni plegarias,

yo rogaré a mi amo, que sé que me quiere bien, y más agora que me ha

menester para cierto negocio, que favorezca y ayude a vuesa merced en todo

lo que pudiere. Vuesa merced desembaúle su cuita y cuéntenosla, y deje

hacer, que todos nos entenderemos.

Reventaban de risa con estas cosas los duques, como aquellos que habían

tomado el pulso a la tal aventura, y alababan entre sí la agudeza y

disimulación de la Trifaldi, la cual, volviéndose a sentar, dijo:

— «Del famoso reino de Candaya, que cae entre la gran Trapobana y el mar del

Sur, dos leguas más allá del cabo Comorín, fue señora la reina doña

Maguncia, viuda del rey Archipiela, su señor y marido, de cuyo matrimonio

tuvieron y procrearon a la infanta Antonomasia, heredera del reino, la cual

dicha infanta Antonomasia se crió y creció debajo de mi tutela y doctrina,

por ser yo la más antigua y la más principal dueña de su madre. Sucedió,

pues, que, yendo días y viniendo días, la niña Antonomasia llegó a edad de

catorce años, con tan gran perfeción de hermosura, que no la pudo subir más

de punto la naturaleza. ¡Pues digamos agora que la discreción era mocosa!

Así era discreta como bella, y era la más bella del mundo, y lo es, si ya

los hados invidiosos y las parcas endurecidas no la han cortado la estambre

de la vida. Pero no habrán, que no han de permitir los cielos que se haga

tanto mal a la tierra como sería llevarse en agraz el racimo del más

hermoso veduño del suelo. De esta hermosura, y no como se debe encarecida

de mi torpe lengua, se enamoró un número infinito de príncipes, así

naturales como estranjeros, entre los cuales osó levantar los pensamientos

al cielo de tanta belleza un caballero particular que en la corte estaba,

confiado en su mocedad y en su bizarría, y en sus muchas habilidades y

gracias, y facilidad y felicidad de ingenio; porque hago saber a vuestras

grandezas, si no lo tienen por enojo, que tocaba una guitarra que la hacía

hablar, y más que era poeta y gran bailarín, y sabía hacer una jaula de

pájaros, que solamente a hacerlas pudiera ganar la vida cuando se viera en

estrema necesidad, que todas estas partes y gracias son bastantes a

derribar una montaña, no que una delicada doncella. Pero toda su gentileza

y buen donaire y todas sus gracias y habilidades fueran poca o ninguna

parte para rendir la fortaleza de mi niña, si el ladrón desuellacaras no

usara del remedio de rendirme a mí primero. Primero quiso el malandrín y

desalmado vagamundo granjearme la voluntad y cohecharme el gusto, para que

yo, mal alcaide, le entregase las llaves de la fortaleza que guardaba. En

resolución: él me aduló el entendimiento y me rindió la voluntad con no sé

qué dijes y brincos que me dio, pero lo que más me hizo postrar y dar

conmigo por el suelo fueron unas coplas que le oí cantar una noche desde

una reja que caía a una callejuela donde él estaba, que, si mal no me

acuerdo, decían:

De la dulce mi enemiga

nace un mal que al alma hiere,

y, por más tormento, quiere

que se sienta y no se diga.

Parecióme la trova de perlas, y su voz de almíbar, y después acá, digo,

desde entonces, viendo el mal en que caí por estos y otros semejantes

versos, he considerado que de las buenas y concertadas repúblicas se habían

de desterrar los poetas, como aconsejaba Platón, a lo menos, los lascivos,

porque escriben unas coplas, no como las del marqués de Mantua, que

entretienen y hacen llorar los niños y a las mujeres, sino unas agudezas

que, a modo de blandas espinas, os atraviesan el alma, y como rayos os

hieren en ella, dejando sano el vestido. Y otra vez cantó:

Ven, muerte, tan escondida

que no te sienta venir,

porque el placer del morir

no me torne a dar la vida.

Y deste jaez otras coplitas y estrambotes, que cantados encantan y escritos

suspenden. Pues, ¿qué cuando se humillan a componer un género de verso que

en Candaya se usaba entonces, a quien ellos llamaban seguidillas? Allí era

el brincar de las almas, el retozar de la risa, el desasosiego de los

cuerpos y, finalmente, el azogue de todos los sentidos. Y así, digo,

señores míos, que los tales trovadores con justo título los debían

desterrar a las islas de los Lagartos. Pero no tienen ellos la culpa, sino

los simples que los alaban y las bobas que los creen; y si yo fuera la

buena dueña que debía, no me habían de mover sus trasnochados conceptos, ni

había de creer ser verdad aquel decir: "Vivo muriendo, ardo en el yelo,

tiemblo en el fuego, espero sin esperanza, pártome y quédome", con otros

imposibles desta ralea, de que están sus escritos llenos. Pues, ¿qué cuando

prometen el fénix de Arabia, la corona de Aridiana, los caballos del Sol,

del Sur las perlas, de Tíbar el oro y de Pancaya el bálsamo? Aquí es donde

ellos alargan más la pluma, como les cuesta poco prometer lo que jamás

piensan ni pueden cumplir. Pero, ¿dónde me divierto? ¡Ay de mí, desdichada!

¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo

tanto que decir de las mías? ¡Ay de mí, otra vez, sin ventura!, que no me

rindieron los versos, sino mi simplicidad; no me ablandaron las músicas,

sino mi liviandad: mi mucha ignorancia y mi poco advertimiento abrieron el

camino y desembarazaron la senda a los pasos de don Clavijo, que éste es el

nombre del referido caballero; y así, siendo yo la medianera, él se halló

una y muy muchas veces en la estancia de la por mí, y no por él, engañada

Antonomasia, debajo del título de verdadero esposo; que, aunque pecadora,

no consintiera que sin ser su marido la llegara a la vira de la suela de

sus zapatillas. ¡No, no, eso no: el matrimonio ha de ir adelante en

cualquier negocio destos que por mí se tratare! Solamente hubo un daño en

este negocio, que fue el de la desigualdad, por ser don Clavijo un

caballero particular, y la infanta Antonomasia heredera, como ya he dicho,

del reino. Algunos días estuvo encubierta y solapada en la sagacidad de mi

recato esta maraña, hasta que me pareció que la iba descubriendo a más

andar no sé qué hinchazón del vientre de Antonomasia, cuyo temor nos hizo

entrar en bureo a los tres, y salió dél que, antes que se saliese a luz el

mal recado, don Clavijo pidiese ante el vicario por su mujer a Antonomasia,

en fe de una cédula que de ser su esposa la infanta le había hecho, notada

por mi ingenio, con tanta fuerza, que las de Sansón no pudieran romperla.

Hiciéronse las diligencias, vio el vicario la cédula, tomó el tal vicario

la confesión a la señora, confesó de plano, mandóla depositar en casa de un

alguacil de corte muy honrado...»

A esta sazón, dijo Sancho:

— También en Candaya hay alguaciles de corte, poetas y seguidillas, por lo

que puedo jurar que imagino que todo el mundo es uno. Pero dése vuesa

merced priesa, señora Trifaldi, que es tarde y ya me muero por saber el fin

desta tan larga historia.

— Sí haré —respondió la condesa.

Capítulo XXXIX. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable

historia

De cualquiera palabra que Sancho decía, la duquesa gustaba tanto como se

desesperaba don Quijote; y, mandándole que callase, la Dolorida prosiguió

diciendo:

— «En fin, al cabo de muchas demandas y respuestas, como la infanta se

estaba siempre en sus trece, sin salir ni variar de la primera declaración,

el vicario sentenció en favor de don Clavijo, y se la entregó por su

legítima esposa, de lo que recibió tanto enojo la reina doña Maguncia,

madre de la infanta Antonomasia, que dentro de tres días la enterramos.»

— Debió de morir, sin duda —dijo Sancho.

— ¡Claro está! —respondió Trifaldín—, que en Candaya no se entierran las

personas vivas, sino las muertas.

— Ya se ha visto, señor escudero —replicó Sancho—, enterrar un desmayado

creyendo ser muerto, y parecíame a mí que estaba la reina Maguncia obligada

a desmayarse antes que a morirse; que con la vida muchas cosas se remedian,

y no fue tan grande el disparate de la infanta que obligase a sentirle

tanto. Cuando se hubiera casado esa señora con algún paje suyo, o con otro

criado de su casa, como han hecho otras muchas, según he oído decir, fuera

el daño sin remedio; pero el haberse casado con un caballero tan

gentilhombre y tan entendido como aquí nos le han pintado, en verdad en

verdad que, aunque fue necedad, no fue tan grande como se piensa; porque,

según las reglas de mi señor, que está presente y no me dejará mentir, así

como se hacen de los hombres letrados los obispos, se pueden hacer de los

caballeros, y más si son andantes, los reyes y los emperadores.

— Razón tienes, Sancho —dijo don Quijote—, porque un caballero andante, como

tenga dos dedos de ventura, está en potencia propincua de ser el mayor

señor del mundo. Pero, pase adelante la señora Dolorida, que a mí se me

trasluce que le falta por contar lo amargo desta hasta aquí dulce historia.

— Y ¡cómo si queda lo amargo! —respondió la condesa—, y tan amargo que en su

comparación son dulces las tueras y sabrosas las adelfas. «Muerta, pues, la

reina, y no desmayada, la enterramos; y, apenas la cubrimos con la tierra

y apenas le dimos el último vale, cuando,

quis talia fando temperet a lachrymis?,

puesto sobre un caballo de madera, pareció encima de la sepultura de la

reina el gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que junto con ser

cruel era encantador, el cual con sus artes, en venganza de la muerte de su

cormana, y por castigo del atrevimiento de don Clavijo, y por despecho de

la demasía de Antonomasia, los dejó encantados sobre la mesma sepultura: a

ella, convertida en una jimia de bronce, y a él, en un espantoso cocodrilo

de un metal no conocido, y entre los dos está un padrón, asimismo de metal,

y en él escritas en lengua siríaca unas letras que, habiéndose declarado en

la candayesca, y ahora en la castellana, encierran esta sentencia: "No

cobrarán su primera forma estos dos atrevidos amantes hasta que el valeroso

manchego venga conmigo a las manos en singular batalla, que para solo su

gran valor guardan los hados esta nunca vista aventura". Hecho esto, sacó

de la vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asiéndome a mí por los

cabellos, hizo finta de querer segarme la gola y cortarme cercen la cabeza.

Turbéme, pegóseme la voz a la garganta, quedé mohína en todo estremo, pero,

con todo, me esforcé lo más que pude, y, con voz tembladora y doliente, le

dije tantas y tales cosas, que le hicieron suspender la ejecución de tan

riguroso castigo. Finalmente, hizo traer ante sí todas las dueñas de

palacio, que fueron estas que están presentes, y, después de haber

exagerado nuestra culpa y vituperado las condiciones de las dueñas, sus

malas mañas y peores trazas, y cargando a todas la culpa que yo sola tenía,

dijo que no quería con pena capital castigarnos, sino con otras penas

dilatadas, que nos diesen una muerte civil y continua; y, en aquel mismo

momento y punto que acabó de decir esto, sentimos todas que se nos abrían

los poros de la cara, y que por toda ella nos punzaban como con puntas de

agujas. Acudimos luego con las manos a los rostros, y hallámonos de la

manera que ahora veréis.»

Y luego la Dolorida y las demás dueñas alzaron los antifaces con que

cubiertas venían, y descubrieron los rostros, todos poblados de barbas,

cuáles rubias, cuáles negras, cuáles blancas y cuáles albarrazadas, de cuya

vista mostraron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados don

Quijote y Sancho, y atónitos todos los presentes.

Y la Trifaldi prosiguió:

— «Desta manera nos castigó aquel follón y malintencionado de Malambruno,

cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con la aspereza destas

cerdas, que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado alfanje nos

hubiera derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de nuestras

caras con esta borra que nos cubre; porque si entramos en cuenta, señores

míos (y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos

fuentes, pero la consideración de nuestra desgracia, y los mares que hasta

aquí han llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y así, lo diré

sin lágrimas), digo, pues, que ¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué

padre o qué madre se dolerá della? ¿Quién la dará ayuda? Pues, aun cuando

tiene la tez lisa y el rostro martirizado con mil suertes de menjurjes y

mudas, apenas halla quien bien la quiera, ¿qué hará cuando descubra hecho

un bosque su rostro? ¡Oh dueñas y compañeras mías, en desdichado punto

nacimos, en hora menguada nuestros padres nos engendraron!»

Y, diciendo esto, dio muestras de desmayarse.

Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta

memorable historia

Real y verdaderamente, todos los que gustan de semejantes historias como

ésta deben de mostrarse agradecidos a Cide Hamete, su autor primero, por la

curiosidad que tuvo en contarnos las semínimas della, sin dejar cosa, por

menuda que fuese, que no la sacase a luz distintamente: pinta los

pensamientos, descubre las imaginaciones, responde a las tácitas, aclara

las dudas, resuelve los argumentos; finalmente, los átomos del más curioso

deseo manifiesta. ¡Oh autor celebérrimo! ¡Oh don Quijote dichoso! ¡Oh

Dulcinea famosa! ¡Oh Sancho Panza gracioso! Todos juntos y cada uno de por

sí viváis siglos infinitos, para gusto y general pasatiempo de los

vivientes.

Dice, pues, la historia que, así como Sancho vio desmayada a la Dolorida,

dijo:

— Por la fe de hombre de bien, juro, y por el siglo de todos mis pasados los

Panzas, que jamás he oído ni visto, ni mi amo me ha contado, ni en su

pensamiento ha cabido, semejante aventura como ésta. Válgate mil satanases,

por no maldecirte por encantador y gigante, Malambruno; y ¿no hallaste otro

género de castigo que dar a estas pecadoras sino el de barbarlas? ¿Cómo y

no fuera mejor, y a ellas les estuviera más a cuento, quitarles la mitad de

las narices de medio arriba, aunque hablaran gangoso, que no ponerles

barbas? Apostaré yo que no tienen hacienda para pagar a quien las rape.

— Así es la verdad, señor —respondió una de las doce—, que no tenemos

hacienda para mondarnos; y así, hemos tomado algunas de nosotras por

remedio ahorrativo de usar de unos pegotes o parches pegajosos, y

aplicándolos a los rostros, y tirando de golpe, quedamos rasas y lisas como

fondo de mortero de piedra; que, puesto que hay en Candaya mujeres que

andan de casa en casa a quitar el vello y a pulir las cejas y hacer otros

menjurjes tocantes a mujeres, nosotras las dueñas de mi señora por jamás

quisimos admitirlas, porque las más oliscan a terceras, habiendo dejado de

ser primas; y si por el señor don Quijote no somos remediadas, con barbas

nos llevarán a la sepultura.

— Yo me pelaría las mías —dijo don Quijote— en tierra de moros, si no

remediase las vuestras.

A este punto, volvió de su desmayo la Trifaldi y dijo:

— El retintín desa promesa, valeroso caballero, en medio de mi desmayo llegó

a mis oídos, y ha sido parte para que yo dél vuelva y cobre todos mis

sentidos; y así, de nuevo os suplico, andante ínclito y señor indomable,

vuestra graciosa promesa se convierta en obra.

— Por mí no quedará —respondió don Quijote—: ved, señora, qué es lo que

tengo de hacer, que el ánimo está muy pronto para serviros.

— Es el caso —respondió la Dolorida —que desde aquí al reino de Candaya, si

se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va por

el aire y por la línea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Es

también de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al

caballero nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura harto

mejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de ser

aquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robada

a la linda Magalona, el cual caballo se rige por una clavija que tiene en

la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza

que parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, según es

tradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín; prestósele a

Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y robó, como se

ha dicho, a la linda Magalona, llevándola a las ancas por el aire, dejando

embobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino a

quien él quería, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hasta

ahora no sabemos que haya subido alguno en él. De allí le ha sacado

Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus

viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy

está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que el

tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante por

los aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza

llena de agua en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano y

reposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballera

en él.

A esto dijo Sancho:

— Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires;

pero por la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes hay en el mundo.

Riéronse todos, y la Dolorida prosiguió:

— Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra

desgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estará en nuestra

presencia, porque él me significó que la señal que me daría por donde yo

entendiese que había hallado el caballero que buscaba, sería enviarme el

caballo, donde fuese con comodidad y presteza.

— Y ¿cuántos caben en ese caballo? —preguntó Sancho.

La Dolorida respondió:

— Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayor

parte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta

alguna robada doncella.

— Querría yo saber, señora Dolorida —dijo Sancho—, qué nombre tiene ese

caballo.

— El nombre —respondió la Dolorida— no es como el caballo de Belorofonte,

que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni

como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte,

que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, ni

Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se

llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey de

los godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.

— Yo apostaré —dijo Sancho— que, pues no le han dado ninguno desos famosos

nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo,

Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.

— Así es —respondió la barbada condesa—, pero todavía le cuadra mucho,

porque se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de

leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que

camina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso

Rocinante.

— No me descontenta el nombre —replicó Sancho—, pero ¿con qué freno o con

qué jáquima se gobierna?

— Ya he dicho —respondió la Trifaldi— que con la clavija, que, volviéndola a

una parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere,

o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el

medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien

ordenadas.

— Ya lo querría ver —respondió Sancho—, pero pensar que tengo de subir en

él, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es que

apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que la

mesma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin

cojín ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las

barbas a nadie: cada cual se rape como más le viniere a cuento, que yo no

pienso acompañar a mi señor en tan largo viaje. Cuanto más, que yo no debo

de hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para el

desencanto de mi señora Dulcinea.

— Sí sois, amigo —respondió la Trifaldi—, y tanto, que, sin vuestra

presencia, entiendo que no haremos nada.

— ¡Aquí del rey! —dijo Sancho—: ¿qué tienen que ver los escuderos con las

aventuras de sus señores? ¿Hanse de llevar ellos la fama de las que acaban,

y hemos de llevar nosotros el trabajo? ¡Cuerpo de mí! Aun si dijesen los

historiadores: "El tal caballero acabó la tal y tal aventura, pero con

ayuda de fulano, su escudero, sin el cual fuera imposible el acabarla".

Pero, ¡que escriban a secas: "Don Paralipomenón de las Tres Estrellas acabó

la aventura de los seis vestiglos", sin nombrar la persona de su

escudero, que se halló presente a todo, como si no fuera en el mundo!

Ahora, señores, vuelvo a decir que mi señor se puede ir solo, y buen

provecho le haga, que yo me quedaré aquí, en compañía de la duquesa mi

señora, y podría ser que cuando volviese hallase mejorada la causa de la

señora Dulcinea en tercio y quinto; porque pienso, en los ratos ociosos y

desocupados, darme una tanda de azotes que no me la cubra pelo.

— Con todo eso, le habéis de acompañar si fuere necesario, buen Sancho,

porque os lo rogarán buenos; que no han de quedar por vuestro inútil temor

tan poblados los rostros destas señoras; que, cierto, sería mal caso.

— ¡Aquí del rey otra vez! —replicó Sancho—. Cuando esta caridad se hiciera

por algunas doncellas recogidas, o por algunas niñas de la doctrina,

pudiera el hombre aventurarse a cualquier trabajo, pero que lo sufra por

quitar las barbas a dueñas, ¡mal año! Mas que las viese yo a todas con

barbas, desde la mayor hasta la menor, y de la más melindrosa hasta la más

repulgada.

— Mal estáis con las dueñas, Sancho amigo —dijo la duquesa—: mucho os vais

tras la opinión del boticario toledano. Pues a fe que no tenéis razón; que

dueñas hay en mi casa que pueden ser ejemplo de dueñas, que aquí está mi

doña Rodríguez, que no me dejará decir otra cosa.

— Mas que la diga vuestra excelencia —dijo Rodríguez—, que Dios sabe la

verdad de todo, y buenas o malas, barbadas o lampiñas que seamos las

dueñas, también nos parió nuestra madre como a las otras mujeres; y, pues

Dios nos echó en el mundo, Él sabe para qué, y a su misericordia me atengo,

y no a las barbas de nadie.

— Ahora bien, señora Rodríguez —dijo don Quijote—, y señora Trifaldi y

compañía, yo espero en el cielo que mirará con buenos ojos vuestras cuitas,

que Sancho hará lo que yo le mandare, ya viniese Clavileño y ya me viese

con Malambruno; que yo sé que no habría navaja que con más facilidad rapase

a vuestras mercedes como mi espada raparía de los hombros la cabeza de

Malambruno; que Dios sufre a los malos, pero no para siempre.

— ¡Ay! —dijo a esta sazón la Dolorida—, con benignos ojos miren a vuestra

grandeza, valeroso caballero, todas las estrellas de las regiones celestes,

e infundan en vuestro ánimo toda prosperidad y valentía para ser escudo y

amparo del vituperoso y abatido género dueñesco, abominado de boticarios,

murmurado de escuderos y socaliñado de pajes; que mal haya la bellaca que

en la flor de su edad no se metió primero a ser monja que a dueña.

¡Desdichadas de nosotras las dueñas, que, aunque vengamos por línea recta,

de varón en varón, del mismo Héctor el troyano, no dejaran de echaros un

vos nuestras señoras, si pensasen por ello ser reinas! ¡Oh gigante

Malambruno, que, aunque eres encantador, eres certísimo en tus promesas!,

envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe, que

si entra el calor y estas nuestras barbas duran, ¡guay de nuestra ventura!

Dijo esto con tanto sentimiento la Trifaldi, que sacó las lágrimas de los

ojos de todos los circunstantes, y aun arrasó los de Sancho, y propuso en

su corazón de acompañar a su señor hasta las últimas partes del mundo, si

es que en ello consistiese quitar la lana de aquellos venerables rostros.

Don Quijote · 第 103 / 114 题