por do más pecado había;
y, según esto, mucha razón tiene este señor en decir que quiere más ser más
labrador que rey, si le han de comer sabandijas.
No pudo la duquesa tener la risa, oyendo la simplicidad de su dueña, ni
dejó de admirarse en oír las razones y refranes de Sancho, a quien dijo:
— Ya sabe el buen Sancho que lo que una vez promete un caballero procura
cumplirlo, aunque le cueste la vida. El duque, mi señor y marido, aunque no
es de los andantes, no por eso deja de ser caballero, y así, cumplirá la
palabra de la prometida ínsula, a pesar de la invidia y de la malicia del
mundo. Esté Sancho de buen ánimo, que cuando menos lo piense se verá
sentado en la silla de su ínsula y en la de su estado, y empuñará su
gobierno, que con otro de brocado de tres altos lo deseche. Lo que yo le
encargo es que mire cómo gobierna sus vasallos, advirtiendo que todos son
leales y bien nacidos.
— Eso de gobernarlos bien —respondió Sancho— no hay para qué encargármelo,
porque yo soy caritativo de mío y tengo compasión de los pobres; y a quien
cuece y amasa, no le hurtes hogaza; y para mi santiguada que no me han de
echar dado falso; soy perro viejo, y entiendo todo tus, tus, y sé
despabilarme a sus tiempos, y no consiento que me anden musarañas ante los
ojos, porque sé dónde me aprieta el zapato: dígolo porque los buenos
tendrán conmigo mano y concavidad, y los malos, ni pie ni entrada. Y
paréceme a mí que en esto de los gobiernos todo es comenzar, y podría ser
que a quince días de gobernador me comiese las manos tras el oficio y
supiese más dél que de la labor del campo, en que me he criado.
— Vos tenéis razón razón, Sancho —dijo la duquesa—, que nadie nace enseñado,
y de los hombres se hacen los obispos, que no de las piedras. Pero,
volviendo a la plática que poco ha tratábamos del encanto de la señora
Dulcinea, tengo por cosa cierta y más que averiguada que aquella
imaginación que Sancho tuvo de burlar a su señor y darle a entender que la
labradora era Dulcinea, y que si su señor no la conocía debía de ser por
estar encantada, toda fue invención de alguno de los encantadores que al
señor don Quijote persiguen; porque real y verdaderamente yo sé de buena
parte que la villana que dio el brinco sobre la pollina era y es Dulcinea
del Toboso, y que el buen Sancho, pensando ser el engañador, es el
engañado; y no hay poner más duda en esta verdad que en las cosas que nunca
vimos; y sepa el señor Sancho Panza que también tenemos acá encantadores
que nos quieren bien, y nos dicen lo que pasa por el mundo, pura y
sencillamente, sin enredos ni máquinas; y créame Sancho que la villana
brincadora era y es Dulcinea del Toboso, que está encantada como la madre
que la parió; y cuando menos nos pensemos, la habemos de ver en su propia
figura, y entonces saldrá Sancho del engaño en que vive.
— Bien puede ser todo eso —dijo Sancho Panza—; y agora quiero creer lo que
mi amo cuenta de lo que vio en la cueva de Montesinos, donde dice que vio a
la señora Dulcinea del Toboso en el mesmo traje y hábito que yo dije que la
había visto cuando la encanté por solo mi gusto; y todo debió de ser al
revés, como vuesa merced, señora mía, dice, porque de mi ruin ingenio no se
puede ni debe presumir que fabricase en un instante tan agudo embuste, ni
creo yo que mi amo es tan loco que con tan flaca y magra persuasión como la
mía creyese una cosa tan fuera de todo término. Pero, señora, no por esto
será bien que vuestra bondad me tenga por malévolo, pues no está obligado
un porro como yo a taladrar los pensamientos y malicias de los pésimos
encantadores: yo fingí aquello por escaparme de las riñas de mi señor don
Quijote, y no con intención de ofenderle; y si ha salido al revés, Dios
está en el cielo, que juzga los corazones.
— Así es la verdad —dijo la duquesa—; pero dígame agora, Sancho, qué es esto
que dice de la cueva de Montesinos, que gustaría saberlo.
Entonces Sancho Panza le contó punto por punto lo que queda dicho acerca de
la tal aventura. Oyendo lo cual la duquesa, dijo:
— Deste suceso se puede inferir que, pues el gran don Quijote dice que vio
allí a la mesma labradora que Sancho vio a la salida del Toboso, sin duda
es Dulcinea, y que andan por aquí los encantadores muy listos y
demasiadamente curiosos.
— Eso digo yo —dijo Sancho Panza—, que si mi señora Dulcinea del Toboso está
encantada, su daño; que yo no me tengo de tomar, yo, con los enemigos de mi
amo, que deben de ser muchos y malos. Verdad sea que la que yo vi fue una
labradora, y por labradora la tuve, y por tal labradora la juzgué; y si
aquélla era Dulcinea, no ha de estar a mi cuenta, ni ha de correr por mí, o
sobre ello, morena. No, sino ándense a cada triquete conmigo a dime y
direte, "Sancho lo dijo, Sancho lo hizo, Sancho tornó y Sancho volvió",
como si Sancho fuese algún quienquiera, y no fuese el mismo Sancho Panza,
el que anda ya en libros por ese mundo adelante, según me dijo Sansón
Carrasco, que, por lo menos, es persona bachillerada por Salamanca, y los
tales no pueden mentir si no es cuando se les antoja o les viene muy a
cuento; así que, no hay para qué nadie se tome conmigo, y pues que tengo
buena fama, y, según oí decir a mi señor, que más vale el buen nombre que
las muchas riquezas, encájenme ese gobierno y verán maravillas; que quien
ha sido buen escudero será buen gobernador.
— Todo cuanto aquí ha dicho el buen Sancho —dijo la duquesa— son sentencias
catonianas, o, por lo menos, sacadas de las mesmas entrañas del mismo
Micael Verino, florentibus occidit annis. En fin, en fin, hablando a su
modo, debajo de mala capa suele haber buen bebedor.
— En verdad, señora —respondió Sancho—, que en mi vida he bebido de malicia;
con sed bien podría ser, porque no tengo nada de hipócrita: bebo cuando
tengo gana, y cuando no la tengo y cuando me lo dan, por no parecer o
melindroso o malcriado; que a un brindis de un amigo, ¿qué corazón ha de
haber tan de mármol que no haga la razón? Pero, aunque las calzo, no las
ensucio; cuanto más, que los escuderos de los caballeros andantes, casi de
ordinario beben agua, porque siempre andan por florestas, selvas y prados,
montañas y riscos, sin hallar una misericordia de vino, si dan por ella un
ojo.
— Yo lo creo así —respondió la duquesa—. Y por ahora, váyase Sancho a
reposar, que después hablaremos más largo y daremos orden como vaya presto
a encajarse, como él dice, aquel gobierno.
De nuevo le besó las manos Sancho a la duquesa, y le suplicó le hiciese
merced de que se tuviese buena cuenta con su rucio, porque era la lumbre de
sus ojos.
— ¿Qué rucio es éste? —preguntó la duquesa.
— Mi asno —respondió Sancho—, que por no nombrarle con este nombre, le suelo
llamar el rucio; y a esta señora dueña le rogué, cuando entré en este
castillo, tuviese cuenta con él, y azoróse de manera como si la hubiera
dicho que era fea o vieja, debiendo ser más propio y natural de las dueñas
pensar jumentos que autorizar las salas. ¡Oh, válame Dios, y cuán mal
estaba con estas señoras un hidalgo de mi lugar!
— Sería algún villano —dijo doña Rodríguez, la dueña—, que si él fuera
hidalgo y bien nacido, él las pusiera sobre el cuerno de la luna.
— Agora bien —dijo la duquesa—, no haya más: calle doña Rodríguez y
sosiéguese el señor Panza, y quédese a mi cargo el regalo del rucio; que,
por ser alhaja de Sancho, le pondré yo sobre las niñas de mis ojos.
— En la caballeriza basta que esté —respondió Sancho—, que sobre las niñas
de los ojos de vuestra grandeza ni él ni yo somos dignos de estar sólo un
momento, y así lo consintiría yo como darme de puñaladas; que, aunque dice
mi señor que en las cortesías antes se ha de perder por carta de más que de
menos, en las jumentiles y así niñas se ha de ir con el compás en la mano y
con medido término.
— Llévele —dijo la duquesa— Sancho al gobierno, y allá le podrá regalar como
quisiere, y aun jubilarle del trabajo.
— No piense vuesa merced, señora duquesa, que ha dicho mucho —dijo Sancho—;
que yo he visto ir más de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo el
mío no sería cosa nueva.
Las razones de Sancho renovaron en la duquesa la risa y el contento; y,
enviándole a reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo que con él había
pasado, y entre los dos dieron traza y orden de hacer una burla a don
Quijote que fuese famosa y viniese bien con el estilo caballeresco, en el
cual le hicieron muchas, tan propias y discretas, que son las mejores
aventuras que en esta grande historia se contienen.
Capítulo XXXIV. Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de
desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más
famosas deste libro
Grande era el gusto que recebían el duque y la duquesa de la conversación
de don Quijote y de la de Sancho Panza; y, confirmándose en la intención
que tenían de hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias
de aventuras, tomaron motivo de la que don Quijote ya les había contado de
la cueva de Montesinos, para hacerle una que fuese famosa (pero de lo que
más la duquesa se admiraba era que la simplicidad de Sancho fuese tanta que
hubiese venido a creer ser verdad infalible que Dulcinea del Toboso
estuviese encantada, habiendo sido él mesmo el encantador y el embustero de
aquel negocio); y así, habiendo dado orden a sus criados de todo lo que
habían de hacer, de allí a seis días le llevaron a caza de montería, con
tanto aparato de monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado.
Diéronle a don Quijote un vestido de monte y a Sancho otro verde, de
finísimo paño; pero don Quijote no se le quiso poner, diciendo que otro día
había de volver al duro ejercicio de las armas y que no podía llevar
consigo guardarropas ni reposterías. Sancho sí tomó el que le dieron, con
intención de venderle en la primera ocasión que pudiese.
Llegado, pues, el esperado día, armóse don Quijote, vistióse Sancho, y,
encima de su rucio, que no le quiso dejar aunque le daban un caballo, se
metió entre la tropa de los monteros. La duquesa salió bizarramente
aderezada, y don Quijote, de puro cortés y comedido, tomó la rienda de su
palafrén, aunque el duque no quería consentirlo, y, finalmente, llegaron a
un bosque que entre dos altísimas montañas estaba, donde, tomados los
puestos, paranzas y veredas, y repartida la gente por diferentes puestos,
se comenzó la caza con grande estruendo, grita y vocería, de manera que
unos a otros no podían oírse, así por el ladrido de los perros como por el
son de las bocinas.
Apeóse la duquesa, y, con un agudo venablo en las manos, se puso en un
puesto por donde ella sabía que solían venir algunos jabalíes. Apeóse
asimismo el duque y don Quijote, y pusiéronse a sus lados; Sancho se puso
detrás de todos, sin apearse del rucio, a quien no osara desamparar, porque
no le sucediese algún desmán. Y, apenas habían sentado el pie y puesto en
ala con otros muchos criados suyos, cuando, acosado de los perros y seguido
de los cazadores, vieron que hacia ellos venía un desmesurado jabalí,
crujiendo dientes y colmillos y arrojando espuma por la boca; y en
viéndole, embrazando su escudo y puesta mano a su espada, se adelantó a
recebirle don Quijote. Lo mesmo hizo el duque con su venablo; pero a todos
se adelantara la duquesa, si el duque no se lo estorbara. Sólo Sancho, en
viendo al valiente animal, desamparó al rucio y dio a correr cuanto pudo,
y, procurando subirse sobre una alta encina, no fue posible; antes, estando
ya a la mitad dél, asido de una rama, pugnando subir a la cima, fue tan
corto de ventura y tan desgraciado, que se desgajó la rama, y, al venir al
suelo, se quedó en el aire, asido de un gancho de la encina, sin poder
llegar al suelo. Y, viéndose así, y que el sayo verde se le rasgaba, y
pareciéndole que si aquel fiero animal allí allegaba le podía alcanzar,
comenzó a dar tantos gritos y a pedir socorro con tanto ahínco, que todos
los que le oían y no le veían creyeron que estaba entre los dientes de
alguna fiera.
Finalmente, el colmilludo jabalí quedó atravesado de las cuchillas de
muchos venablos que se le pusieron delante; y, volviendo la cabeza don
Quijote a los gritos de Sancho, que ya por ellos le había conocido, viole
pendiente de la encina y la cabeza abajo, y al rucio junto a él, que no le
desamparó en su calamidad; y dice Cide Hamete que pocas veces vio a Sancho
Panza sin ver al rucio, ni al rucio sin ver a Sancho: tal era la amistad y
buena fe que entre los dos se guardaban.
Llegó don Quijote y descolgó a Sancho; el cual, viéndose libre y en el
suelo, miró lo desgarrado del sayo de monte, y pesóle en el alma; que pensó
que tenía en el vestido un mayorazgo. En esto, atravesaron al jabalí
poderoso sobre una acémila, y, cubriéndole con matas de romero y con ramas
de mirto, le llevaron, como en señal de vitoriosos despojos, a unas grandes
tiendas de campaña que en la mitad del bosque estaban puestas, donde
hallaron las mesas en orden y la comida aderezada, tan sumptuosa y grande,
que se echaba bien de ver en ella la grandeza y magnificencia de quien la
daba. Sancho, mostrando las llagas a la duquesa de su roto vestido, dijo:
— Si esta caza fuera de liebres o de pajarillos, seguro estuviera mi sayo de
verse en este estremo. Yo no sé qué gusto se recibe de esperar a un animal
que, si os alcanza con un colmillo, os puede quitar la vida; yo me acuerdo
haber oído cantar un romance antiguo que dice:
De los osos seas comido,
como Favila el nombrado.
— Ése fue un rey godo —dijo don Quijote—, que, yendo a caza de montería, le
comió un oso.
— Eso es lo que yo digo —respondió Sancho—: que no querría yo que los
príncipes y los reyes se pusiesen en semejantes peligros, a trueco de un
gusto que parece que no le había de ser, pues consiste en matar a un animal
que no ha cometido delito alguno.
— Antes os engañáis, Sancho —respondió el duque—, porque el ejercicio de la
caza de monte es el más conveniente y necesario para los reyes y príncipes
que otro alguno. La caza es una imagen de la guerra: hay en ella
estratagemas, astucias, insidias para vencer a su salvo al enemigo;
padécense en ella fríos grandísimos y calores intolerables; menoscábase el
ocio y el sueño, corrobóranse las fuerzas, agilítanse los miembros del que
la usa, y, en resolución, es ejercicio que se puede hacer sin perjuicio de
nadie y con gusto de muchos; y lo mejor que él tiene es que no es para
todos, como lo es el de los otros géneros de caza, excepto el de la
volatería, que también es sólo para reyes y grandes señores. Así que, ¡oh
Sancho!, mudad de opinión, y, cuando seáis gobernador, ocupaos en la caza y
veréis como os vale un pan por ciento.
— Eso no —respondió Sancho—: el buen gobernador, la pierna quebrada y en
casa. ¡Bueno sería que viniesen los negociantes a buscarle fatigados y él
estuviese en el monte holgándose! ¡Así enhoramala andaría el gobierno! Mía
fe, señor, la caza y los pasatiempos más han de ser para los holgazanes que
para los gobernadores. En lo que yo pienso entretenerme es en jugar al
triunfo envidado las pascuas, y a los bolos los domingos y fiestas; que
esas cazas ni cazos no dicen con mi condición ni hacen con mi conciencia.
— Plega a Dios, Sancho, que así sea, porque del dicho al hecho hay gran
trecho.
— Haya lo que hubiere —replicó Sancho—, que al buen pagador no le duelen
prendas, y más vale al que Dios ayuda que al que mucho madruga, y tripas
llevan pies, que no pies a tripas; quiero decir que si Dios me ayuda, y yo
hago lo que debo con buena intención, sin duda que gobernaré mejor que un
gerifalte. ¡No, sino pónganme el dedo en la boca y verán si aprieto o no!
— ¡Maldito seas de Dios y de todos sus santos, Sancho maldito —dijo don
Quijote—, y cuándo será el día, como otras muchas veces he dicho, donde yo
te vea hablar sin refranes una razón corriente y concertada! Vuestras
grandezas dejen a este tonto, señores míos, que les molerá las almas, no
sólo puestas entre dos, sino entre dos mil refranes, traídos tan a sazón y
tan a tiempo cuanto le dé Dios a él la salud, o a mí si los querría
escuchar.
— Los refranes de Sancho Panza —dijo la duquesa—, puesto que son más que los
del Comendador Griego, no por eso son en menos de estimar, por la brevedad
de las sentencias. De mí sé decir que me dan más gusto que otros, aunque
sean mejor traídos y con más sazón acomodados.
Con estos y otros entretenidos razonamientos, salieron de la tienda al
bosque, y en requerir algunas paranzas, y presto, se les pasó el día y se
les vino la noche, y no tan clara ni tan sesga como la sazón del tiempo
pedía, que era en la mitad del verano; pero un cierto claroescuro que trujo
consigo ayudó mucho a la intención de los duques; y, así como comenzó a
anochecer, un poco más adelante del crepúsculo, a deshora pareció que todo
el bosque por todas cuatro partes se ardía, y luego se oyeron por aquí y
por allí, y por acá y por acullá, infinitas cornetas y otros instrumentos
de guerra, como de muchas tropas de caballería que por el bosque pasaba. La
luz del fuego, el son de los bélicos instrumentos, casi cegaron y atronaron
los ojos y los oídos de los circunstantes, y aun de todos los que en el
bosque estaban. Luego se oyeron infinitos lelilíes, al uso de moros cuando
entran en las batallas, sonaron trompetas y clarines, retumbaron tambores,
resonaron pífaros, casi todos a un tiempo, tan contino y tan apriesa, que
no tuviera sentido el que no quedara sin él al son confuso de tantos
intrumentos. Pasmóse el duque, suspendióse la duquesa, admiróse don
Quijote, tembló Sancho Panza, y, finalmente, aun hasta los mesmos sabidores
de la causa se espantaron. Con el temor les cogió el silencio, y un
postillón que en traje de demonio les pasó por delante, tocando en voz de
corneta un hueco y desmesurado cuerno, que un ronco y espantoso son
despedía.
— ¡Hola, hermano correo! —dijo el duque—, ¿quién sois, adónde vais, y qué
gente de guerra es la que por este bosque parece que atraviesa?
A lo que respondió el correo con voz horrísona y desenfadada:
— Yo soy el Diablo; voy a buscar a don Quijote de la Mancha; la gente que
por aquí viene son seis tropas de encantadores, que sobre un carro
triunfante traen a la sin par Dulcinea del Toboso. Encantada viene con el
gallardo francés Montesinos, a dar orden a don Quijote de cómo ha de ser
desencantada la tal señora.
— Si vos fuérades diablo, como decís y como vuestra figura muestra, ya
hubiérades conocido al tal caballero don Quijote de la Mancha, pues le
tenéis delante.
— En Dios y en mi conciencia —respondió el Diablo— que no miraba en ello,
porque traigo en tantas cosas divertidos los pensamientos, que de la
principal a que venía se me olvidaba.
— Sin duda —dijo Sancho— que este demonio debe de ser hombre de bien y buen
cristiano, porque, a no serlo, no jurara en Dios y en mi conciencia. Ahora
yo tengo para mí que aun en el mesmo infierno debe de haber buena gente.
Luego el Demonio, sin apearse, encaminando la vista a don Quijote, dijo:
— A ti, el Caballero de los Leones (que entre las garras dellos te vea yo),
me envía el desgraciado pero valiente caballero Montesinos, mandándome que
de su parte te diga que le esperes en el mismo lugar que te topare, a causa
que trae consigo a la que llaman Dulcinea del Toboso, con orden de darte la
que es menester para desencantarla. Y, por no ser para más mi venida, no ha
de ser más mi estada: los demonios como yo queden contigo, y los ángeles
buenos con estos señores.
Y, en diciendo esto, tocó el desaforado cuerno, y volvió las espaldas y
fuese, sin esperar respuesta de ninguno.
Renovóse la admiración en todos, especialmente en Sancho y don Quijote: en
Sancho, en ver que, a despecho de la verdad, querían que estuviese
encantada Dulcinea; en don Quijote, por no poder asegurarse si era verdad o
no lo que le había pasado en la cueva de Montesinos. Y, estando elevado en
estos pensamientos, el duque le dijo:
— ¿Piensa vuestra merced esperar, señor don Quijote?
— Pues ¿no? —respondió él—. Aquí esperaré intrépido y fuerte, si me viniese
a embestir todo el infierno.
— Pues si yo veo otro diablo y oigo otro cuerno como el pasado, así esperaré
yo aquí como en Flandes —dijo Sancho.
En esto, se cerró más la noche, y comenzaron a discurrir muchas luces por
el bosque, bien así como discurren por el cielo las exhalaciones secas de
la tierra, que parecen a nuestra vista estrellas que corren. Oyóse asimismo
un espantoso ruido, al modo de aquel que se causa de las ruedas macizas que
suelen traer los carros de bueyes, de cuyo chirrío áspero y continuado se
dice que huyen los lobos y los osos, si los hay por donde pasan. Añadióse a
toda esta tempestad otra que las aumentó todas, que fue que parecía
verdaderamente que a las cuatro partes del bosque se estaban dando a un
mismo tiempo cuatro rencuentros o batallas, porque allí sonaba el duro
estruendo de espantosa artillería, acullá se disparaban infinitas
escopetas, cerca casi sonaban las voces de los combatientes, lejos se
reiteraban los lililíes agarenos.
Finalmente, las cornetas, los cuernos, las bocinas, los clarines, las
trompetas, los tambores, la artillería, los arcabuces, y, sobre todo, el
temeroso ruido de los carros, formaban todos juntos un son tan confuso y
tan horrendo, que fue menester que don Quijote se valiese de todo su
corazón para sufrirle; pero el de Sancho vino a tierra, y dio con él
desmayado en las faldas de la duquesa, la cual le recibió en ellas, y a
gran priesa mandó que le echasen agua en el rostro. Hízose así, y él volvió
en su acuerdo, a tiempo que ya un carro de las rechinantes ruedas llegaba a
aquel puesto.
Tirábanle cuatro perezosos bueyes, todos cubiertos de paramentos negros; en
cada cuerno traían atada y encendida una grande hacha de cera, y encima del
carro venía hecho un asiento alto, sobre el cual venía sentado un venerable
viejo, con una barba más blanca que la mesma nieve, y tan luenga que le
pasaba de la cintura; su vestidura era una ropa larga de negro bocací, que,
por venir el carro lleno de infinitas luces, se podía bien divisar y
discernir todo lo que en él venía. Guiábanle dos feos demonios vestidos del
mesmo bocací, con tan feos rostros, que Sancho, habiéndolos visto una vez,
cerró los ojos por no verlos otra. Llegando, pues, el carro a igualar al
puesto, se levantó de su alto asiento el viejo venerable, y, puesto en pie,
dando una gran voz, dijo:
— Yo soy el sabio Lirgandeo.
Y pasó el carro adelante, sin hablar más palabra. Tras éste pasó otro carro
de la misma manera, con otro viejo entronizado; el cual, haciendo que el
carro se detuviese, con voz no menos grave que el otro, dijo:
— Yo soy el sabio Alquife, el grande amigo de Urganda la Desconocida.
Y pasó adelante.
Luego, por el mismo continente, llegó otro carro; pero el que venía sentado
en el trono no era viejo como los demás, sino hombrón robusto y de mala
catadura, el cual, al llegar, levantándose en pie, como los otros, dijo con
voz más ronca y más endiablada:
— Yo soy Arcaláus el encantador, enemigo mortal de Amadís de Gaula y de toda
su parentela.
Y pasó adelante. Poco desviados de allí hicieron alto estos tres carros, y
cesó el enfadoso ruido de sus ruedas, y luego se oyó otro, no ruido, sino
un son de una suave y concertada música formado, con que Sancho se alegró,
y lo tuvo a buena señal; y así, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un
paso se apartaba:
— Señora, donde hay música no puede haber cosa mala.
— Tampoco donde hay luces y claridad —respondió la duquesa.
A lo que replicó Sancho:
— Luz da el fuego y claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos
cercan, y bien podría ser que nos abrasasen, pero la música siempre es
indicio de regocijos y de fiestas.
— Ello dirá —dijo don Quijote, que todo lo escuchaba.
Y dijo bien, como se muestra en el capítulo siguiente.
Capítulo XXXV. Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del
desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos
Al compás de la agradable música vieron que hacia ellos venía un carro de
los que llaman triunfales tirado de seis mulas pardas, encubertadas,
empero, de lienzo blanco, y sobre cada una venía un diciplinante de luz,
asimesmo vestido de blanco, con una hacha de cera grande encendida en la
mano. Era el carro dos veces, y aun tres, mayor que los pasados, y los
lados, y encima dél, ocupaban doce otros diciplinantes albos como la nieve,
todos con sus hachas encendidas, vista que admiraba y espantaba juntamente;
y en un levantado trono venía sentada una ninfa, vestida de mil velos de
tela de plata, brillando por todos ellos infinitas hojas de argentería de
oro, que la hacían, si no rica, a lo menos vistosamente vestida. Traía el
rostro cubierto con un transparente y delicado cendal, de modo que, sin
impedirlo sus lizos, por entre ellos se descubría un hermosísimo rostro de
doncella, y las muchas luces daban lugar para distinguir la belleza y los
años, que, al parecer, no llegaban a veinte ni bajaban de diez y siete.
Junto a ella venía una figura vestida de una ropa de las que llaman
rozagantes, hasta los pies, cubierta la cabeza con un velo negro; pero, al
punto que llegó el carro a estar frente a frente de los duques y de don
Quijote, cesó la música de las chirimías, y luego la de las arpas y laúdes
que en el carro sonaban; y, levantándose en pie la figura de la ropa, la
apartó a entrambos lados, y, quitándose el velo del rostro, descubrió
patentemente ser la mesma figura de la muerte, descarnada y fea, de que don
Quijote recibió pesadumbre y Sancho miedo, y los duques hicieron algún
sentimiento temeroso. Alzada y puesta en pie esta muerte viva, con voz algo
dormida y con lengua no muy despierta, comenzó a decir desta manera:
-Yo soy Merlín, aquel que las historias
dicen que tuve por mi padre al diablo
(mentira autorizada de los tiempos),
príncipe de la Mágica y monarca
y archivo de la ciencia zoroástrica,
émulo a las edades y a los siglos
que solapar pretenden las hazañas
de los andantes bravos caballeros
a quien yo tuve y tengo gran cariño.
Y, puesto que es de los encantadores,
de los magos o mágicos contino
dura la condición, áspera y fuerte,
la mía es tierna, blanda y amorosa,
y amiga de hacer bien a todas gentes.
En las cavernas lóbregas de Dite,
donde estaba mi alma entretenida
en formar ciertos rombos y caráteres,
llegó la voz doliente de la bella
y sin par Dulcinea del Toboso.
Supe su encantamento y su desgracia,
y su trasformación de gentil dama
en rústica aldeana; condolíme,
y, encerrando mi espíritu en el hueco
desta espantosa y fiera notomía,
después de haber revuelto cien mil libros
desta mi ciencia endemoniada y torpe,
vengo a dar el remedio que conviene
a tamaño dolor, a mal tamaño.
¡Oh tú, gloria y honor de cuantos visten
las túnicas de acero y de diamante,
luz y farol, sendero, norte y guía
de aquellos que, dejando el torpe sueño
y las ociosas plumas, se acomodan
a usar el ejercicio intolerable
de las sangrientas y pesadas armas!
A ti digo ¡oh varón, como se debe
por jamás alabado!, a ti, valiente
juntamente y discreto don Quijote,
de la Mancha esplendor, de España estrella,
que para recobrar su estado primo
la sin par Dulcinea del Toboso,
es menester que Sancho, tu escudero,
se dé tres mil azotes y trecientos
en ambas sus valientes posaderas,
al aire descubiertas, y de modo
que le escuezan, le amarguen y le enfaden.
Y en esto se resuelven todos cuantos
de su desgracia han sido los autores,
y a esto es mi venida, mis señores.
— ¡Voto a tal! —dijo a esta sazón Sancho—. No digo yo tres mil azotes, pero
así me daré yo tres como tres puñaladas. ¡Válate el diablo por modo de
desencantar! ¡Yo no sé qué tienen que ver mis posas con los encantos! ¡Par
Dios que si el señor Merlín no ha hallado otra manera como desencantar a la
señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá ir a la sepultura!
— Tomaros he yo —dijo don Quijote—, don villano, harto de ajos, y amarraros
he a un árbol, desnudo como vuestra madre os parió; y no digo yo tres mil y
trecientos, sino seis mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados
que no se os caigan a tres mil y trecientos tirones. Y no me repliquéis
palabra, que os arrancaré el alma.
Oyendo lo cual Merlín, dijo:
— No ha de ser así, porque los azotes que ha de recebir el buen Sancho han
de ser por su voluntad, y no por fuerza, y en el tiempo que él quisiere;
que no se le pone término señalado; pero permítesele que si él quisiere
redemir su vejación por la mitad de este vapulamiento, puede dejar que se
los dé ajena mano, aunque sea algo pesada.
— Ni ajena, ni propia, ni pesada, ni por pesar —replicó Sancho—: a mí no me
ha de tocar alguna mano. ¿Parí yo, por ventura, a la señora Dulcinea del
Toboso, para que paguen mis posas lo que pecaron sus ojos? El señor mi amo
sí, que es parte suya, pues la llama a cada paso mi vida, mi alma, sustento
y arrimo suyo, se puede y debe azotar por ella y hacer todas las
diligencias necesarias para su desencanto; pero, ¿azotarme yo...?
¡Abernuncio!
Apenas acabó de decir esto Sancho, cuando, levantándose en pie la argentada
ninfa que junto al espíritu de Merlín venía, quitándose el sutil velo del
rostro, le descubrió tal, que a todos pareció mas que demasiadamente
hermoso, y, con un desenfado varonil y con una voz no muy adamada, hablando
derechamente con Sancho Panza, dijo:
— ¡Oh malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de
entrañas guijeñas y apedernaladas! Si te mandaran, ladrón desuellacaras,
que te arrojaras de una alta torre al suelo; si te pidieran, enemigo del
género humano, que te comieras una docena de sapos, dos de lagartos y tres
de culebras; si te persuadieran a que mataras a tu mujer y a tus hijos con
algún truculento y agudo alfanje, no fuera maravilla que te mostraras
melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres mil y trecientos azotes, que
no hay niño de la doctrina, por ruin que sea, que no se los lleve cada mes,
admira, adarva, espanta a todas las entrañas piadosas de los que lo
escuchan, y aun las de todos aquellos que lo vinieren a saber con el
discurso del tiempo. Pon, ¡oh miserable y endurecido animal!, pon, digo,
esos tus ojos de machuelo espantadizo en las niñas destos míos, comparados
a rutilantes estrellas, y veráslos llorar hilo a hilo y madeja a madeja,
haciendo surcos, carreras y sendas por los hermosos campos de mis mejillas.
Muévate, socarrón y malintencionado monstro, que la edad tan florida mía,
que aún se está todavía en el diez y... de los años, pues tengo diez y
nueve y no llego a veinte, se consume y marchita debajo de la corteza de
una rústica labradora; y si ahora no lo parezco, es merced particular que
me ha hecho el señor Merlín, que está presente, sólo porque te enternezca
mi belleza; que las lágrimas de una afligida hermosura vuelven en algodón
los riscos, y los tigres en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestión
indómito, y saca de harón ese brío, que a sólo comer y más comer te
inclina, y pon en libertad la lisura de mis carnes, la mansedumbre de mi
condición y la belleza de mi faz; y si por mí no quieres ablandarte ni
reducirte a algún razonable término, hazlo por ese pobre caballero que a tu
lado tienes; por tu amo, digo, de quien estoy viendo el alma, que la tiene
atravesada en la garganta, no diez dedos de los labios, que no espera sino
tu rígida o blanda repuesta, o para salirse por la boca, o para volverse al
estómago.
Tentóse, oyendo esto, la garganta don Quijote y dijo, volviéndose al duque:
— Por Dios, señor, que Dulcinea ha dicho la verdad, que aquí tengo el alma
atravesada en la garganta, como una nuez de ballesta.
— ¿Qué decís vos a esto, Sancho? —preguntó la duquesa.
— Digo, señora —respondió Sancho—, lo que tengo dicho: que de los azotes,
abernuncio.
— Abrenuncio habéis de decir, Sancho, y no como decís —dijo el duque.
— Déjeme vuestra grandeza —respondió Sancho—, que no estoy agora para mirar
en sotilezas ni en letras más a menos; porque me tienen tan turbado estos
azotes que me han de dar, o me tengo de dar, que no sé lo que me digo, ni
lo que me hago. Pero querría yo saber de la señora mi señora doña Dulcina
del Toboso adónde aprendió el modo de rogar que tiene: viene a pedirme que
me abra las carnes a azotes, y llámame alma de cántaro y bestión indómito,
con una tiramira de malos nombres, que el diablo los sufra. ¿Por ventura
son mis carnes de bronce, o vame a mí algo en que se desencante o no? ¿Qué
canasta de ropa blanca, de camisas, de tocadores y de escarpines, anque
no los gasto, trae delante de sí para ablandarme, sino un vituperio y otro,
sabiendo aquel refrán que dicen por ahí, que un asno cargado de oro sube
ligero por una montaña, y que dádivas quebrantan peñas, y a Dios rogando y
con el mazo dando, y que más vale un "toma" que dos "te daré"? Pues el
señor mi amo, que había de traerme la mano por el cerro y halagarme para
que yo me hiciese de lana y de algodón cardado, dice que si me coge me
amarrará desnudo a un árbol y me doblará la parada de los azotes; y habían
de considerar estos lastimados señores que no solamente piden que se azote
un escudero, sino un gobernador; como quien dice: "bebe con guindas".
Aprendan, aprendan mucho de enhoramala a saber rogar, y a saber pedir, y a
tener crianza, que no son todos los tiempos unos, ni están los hombres
siempre de un buen humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi sayo
verde roto, y vienen a pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella
tan ajena dello como de volverme cacique.
— Pues en verdad, amigo Sancho —dijo el duque—, que si no os ablandáis más
que una breva madura, que no habéis de empuñar el gobierno. ¡Bueno sería
que yo enviase a mis insulanos un gobernador cruel, de entrañas
pedernalinas, que no se doblega a las lágrimas de las afligidas doncellas,
ni a los ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios!
En resolución, Sancho, o vos habéis de ser azotado, o os han de azotar, o
no habéis de ser gobernador.
— Señor —respondió Sancho—, ¿no se me darían dos días de término para pensar
lo que me está mejor?
— No, en ninguna manera —dijo Merlín—; aquí, en este instante y en este
lugar, ha de quedar asentado lo que ha de ser deste negocio, o Dulcinea
volverá a la cueva de Montesinos y a su prístino estado de labradora, o ya,
en el ser que está, será llevada a los Elíseos Campos, donde estará
esperando se cumpla el número del vápulo.
— Ea, buen Sancho —dijo la duquesa—, buen ánimo y buena correspondencia al
pan que habéis comido del señor don Quijote, a quien todos debemos servir y
agradar, por su buena condición y por sus altas caballerías. Dad el sí,
hijo, desta azotaina, y váyase el diablo para diablo y el temor para
mezquino; que un buen corazón quebranta mala ventura, como vos bien sabéis.
A estas razones respondió con éstas disparatadas Sancho, que, hablando con
Merlín, le preguntó:
— Dígame vuesa merced, señor Merlín: cuando llegó aquí el diablo correo y
dio a mi amo un recado del señor Montesinos, mandándole de su parte que le
esperase aquí, porque venía a dar orden de que la señora doña Dulcinea del
Toboso se desencantase, y hasta agora no hemos visto a Montesinos, ni a sus
semejas.
A lo cual respondió Merlín:
— El Diablo, amigo Sancho, es un ignorante y un grandísimo bellaco: yo le
envié en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos, sino mío,
porque Montesinos se está en su cueva entendiendo, o, por mejor decir,
esperando su desencanto, que aún le falta la cola por desollar. Si os debe
algo, o tenéis alguna cosa que negociar con él, yo os lo traeré y pondré
donde vos más quisiéredes. Y, por agora, acabad de dar el sí desta
diciplina, y creedme que os será de mucho provecho, así para el alma como
para el cuerpo: para el alma, por la caridad con que la haréis; para el
cuerpo, porque yo sé que sois de complexión sanguínea, y no os podrá hacer
daño sacaros un poco de sangre.
— Muchos médicos hay en el mundo: hasta los encantadores son médicos
— replicó Sancho—; pero, pues todos me lo dicen, aunque yo no me lo veo,
digo que soy contento de darme los tres mil y trecientos azotes, con
condición que me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se
me ponga tasa en los días ni en el tiempo; y yo procuraré salir de la deuda
lo más presto que sea posible, porque goce el mundo de la hermosura de la
señora doña Dulcinea del Toboso, pues, según parece, al revés de lo que yo
pensaba, en efecto es hermosa. Ha de ser también condición que no he de
estar obligado a sacarme sangre con la diciplina, y que si algunos azotes
fueren de mosqueo, se me han de tomar en cuenta. Iten, que si me errare en
el número, el señor Merlín, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de
contarlos y de avisarme los que me faltan o los que me sobran.
— De las sobras no habrá que avisar —respondió Merlín—, porque, llegando al
cabal número, luego quedará de improviso desencantada la señora Dulcinea, y
vendrá a buscar, como agradecida, al buen Sancho, y a darle gracias, y aun
premios, por la buena obra. Así que no hay de qué tener escrúpulo de las
sobras ni de las faltas, ni el cielo permita que yo engañe a nadie, aunque
sea en un pelo de la cabeza.
— ¡Ea, pues, a la mano de Dios! —dijo Sancho—. Yo consiento en mi mala
ventura; digo que yo acepto la penitencia con las condiciones apuntadas.
Apenas dijo estas últimas palabras Sancho, cuando volvió a sonar la música
de las chirimías y se volvieron a disparar infinitos arcabuces, y don
Quijote se colgó del cuello de Sancho, dándole mil besos en la frente y en
las mejillas. La duquesa y el duque y todos los circunstantes dieron
muestras de haber recebido grandísimo contento, y el carro comenzó a
caminar; y, al pasar, la hermosa Dulcinea inclinó la cabeza a los duques y
hizo una gran reverencia a Sancho.
Y ya, en esto, se venía a más andar el alba, alegre y risueña: las
florecillas de los campos se descollaban y erguían, y los líquidos
cristales de los arroyuelos, murmurando por entre blancas y pardas guijas,
iban a dar tributo a los ríos que los esperaban. La tierra alegre, el cielo
claro, el aire limpio, la luz serena, cada uno por sí y todos juntos, daban
manifiestas señales que el día, que al aurora venía pisando las faldas,
había de ser sereno y claro. Y, satisfechos los duques de la caza y de
haber conseguido su intención tan discreta y felicemente, se volvieron a su
castillo, con prosupuesto de segundar en sus burlas, que para ellos no
había veras que más gusto les diesen.
Capítulo XXXVI. Donde se cuenta la estraña y jamás imaginada aventura de la
dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho
Panza escribió a su mujer Teresa Panza
Tenía un mayordomo el duque de muy burlesco y desenfadado ingenio, el cual
hizo la figura de Merlín y acomodó todo el aparato de la aventura pasada,
compuso los versos y hizo que un paje hiciese a Dulcinea. Finalmente, con
intervención de sus señores, ordenó otra del más gracioso y estraño
artificio que puede imaginarse.
Preguntó la duquesa a Sancho otro día si había comenzado la tarea de la
penitencia que había de hacer por el desencanto de Dulcinea. Dijo que sí,
y que aquella noche se había dado cinco azotes. Preguntóle la duquesa que
con qué se los había dado. Respondió que con la mano.
— Eso —replicó la duquesa— más es darse de palmadas que de azotes. Yo tengo
para mí que el sabio Merlín no estará contento con tanta blandura; menester
será que el buen Sancho haga alguna diciplina de abrojos, o de las de
canelones, que se dejen sentir; porque la letra con sangre entra, y no se
ha de dar tan barata la libertad de una tan gran señora como lo es Dulcinea
por tan poco precio; y advierta Sancho que las obras de caridad que se
hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada.
A lo que respondió Sancho:
— Déme vuestra señoría alguna diciplina o ramal conveniente, que yo me daré
con él como no me duela demasiado, porque hago saber a vuesa merced que,
aunque soy rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto, y no
será bien que yo me descríe por el provecho ajeno.
— Sea en buena hora —respondió la duquesa—: yo os daré mañana una diciplina
que os venga muy al justo y se acomode con la ternura de vuestras carnes,
como si fueran sus hermanas propias.
A lo que dijo Sancho:
— Sepa vuestra alteza, señora mía de mi ánima, que yo tengo escrita una
carta a mi mujer Teresa Panza, dándole cuenta de todo lo que me ha sucedido
después que me aparté della; aquí la tengo en el seno, que no le falta más
de ponerle el sobreescrito; querría que vuestra discreción la leyese,
porque me parece que va conforme a lo de gobernador, digo, al modo que
deben de escribir los gobernadores.
— ¿Y quién la notó? —preguntó la duquesa.
— ¿Quién la había de notar sino yo, pecador de mí? —respondió Sancho.
— ¿Y escribístesla vos? —dijo la duquesa.
— Ni por pienso —respondió Sancho—, porque yo no sé leer ni escribir, puesto
que sé firmar.
— Veámosla —dijo la duquesa—, que a buen seguro que vos mostréis en ella la
calidad y suficiencia de vuestro ingenio.
Sacó Sancho una carta abierta del seno, y, tomándola la duquesa, vio que
decía desta manera: