Capítulo XXXI. Que trata de muchas y grandes cosas

Suma era la alegría que llevaba consigo Sancho, viéndose, a su parecer, en

privanza con la duquesa, porque se le figuraba que había de hallar en su

castillo lo que en la casa de don Diego y en la de Basilio, siempre

aficionado a la buena vida; y así, tomaba la ocasión por la melena en esto

del regalarse cada y cuando que se le ofrecía.

Cuenta, pues, la historia, que antes que a la casa de placer o castillo

llegasen, se adelantó el duque y dio orden a todos sus criados del modo que

habían de tratar a don Quijote; el cual, como llegó con la duquesa a las

puertas del castillo, al instante salieron dél dos lacayos o palafreneros,

vestidos hasta en pies de unas ropas que llaman de levantar, de finísimo

raso carmesí, y, cogiendo a don Quijote en brazos, sin ser oído ni visto,

le dijeron:

— Vaya la vuestra grandeza a apear a mi señora la duquesa.

Don Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos entre los dos sobre el

caso; pero, en efecto, venció la porfía de la duquesa, y no quiso decender

o bajar del palafrén sino en los brazos del duque, diciendo que no se

hallaba digna de dar a tan gran caballero tan inútil carga. En fin, salió

el duque a apearla; y al entrar en un gran patio, llegaron dos hermosas

doncellas y echaron sobre los hombros a don Quijote un gran manto de

finísima escarlata, y en un instante se coronaron todos los corredores del

patio de criados y criadas de aquellos señores, diciendo a grandes voces:

— ¡Bien sea venido la flor y la nata de los caballeros andantes!

Y todos, o los más, derramaban pomos de aguas olorosas sobre don Quijote y

sobre los duques, de todo lo cual se admiraba don Quijote; y aquél fue el

primer día que de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante

verdadero, y no fantástico, viéndose tratar del mesmo modo que él había

leído se trataban los tales caballeros en los pasados siglos.

Sancho, desamparando al rucio, se cosió con la duquesa y se entró en el

castillo; y, remordiéndole la conciencia de que dejaba al jumento solo, se

llegó a una reverenda dueña, que con otras a recebir a la duquesa había

salido, y con voz baja le dijo:

— Señora González, o como es su gracia de vuesa merced...

— Doña Rodríguez de Grijalba me llamo —respondió la dueña—. ¿Qué es lo que

mandáis, hermano?

A lo que respondió Sancho:

— Querría que vuesa merced me la hiciese de salir a la puerta del castillo,

donde hallará un asno rucio mío; vuesa merced sea servida de mandarle

poner, o ponerle, en la caballeriza, porque el pobrecito es un poco

medroso, y no se hallará a estar solo en ninguna de las maneras.

— Si tan discreto es el amo como el mozo —respondió la dueña—, ¡medradas

estamos! Andad, hermano, mucho de enhoramala para vos y para quien acá os

trujo, y tened cuenta con vuestro jumento, que las dueñas desta casa no

estamos acostumbradas a semejantes haciendas.

— Pues en verdad —respondió Sancho— que he oído yo decir a mi señor, que es

zahorí de las historias, contando aquella de Lanzarote,

cuando de Bretaña vino,

que damas curaban dél,

y dueñas del su rocino;

y que en el particular de mi asno, que no le trocara yo con el rocín del

señor Lanzarote.

— Hermano, si sois juglar —replicó la dueña—, guardad vuestras gracias para

donde lo parezcan y se os paguen, que de mi no podréis llevar sino una

higa.

— ¡Aun bien —respondió Sancho— que será bien madura, pues no perderá vuesa

merced la quínola de sus años por punto menos!

— Hijo de puta —dijo la dueña, toda ya encendida en cólera—, si soy vieja o

no, a Dios daré la cuenta, que no a vos, bellaco, harto de ajos.

Y esto dijo en voz tan alta, que lo oyó la duquesa; y, volviendo y viendo a

la dueña tan alborotada y tan encarnizados los ojos, le preguntó con quién

las había.

— Aquí las he —respondió la dueña— con este buen hombre, que me ha pedido

encarecidamente que vaya a poner en la caballeriza a un asno suyo que está

a la puerta del castillo, trayéndome por ejemplo que así lo hicieron no sé

dónde, que unas damas curaron a un tal Lanzarote, y unas dueñas a su

rocino, y, sobre todo, por buen término me ha llamado vieja.

— Eso tuviera yo por afrenta —respondió la duquesa—, más que cuantas

pudieran decirme.

Y, hablando con Sancho, le dijo:

— Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy moza, y que aquellas

tocas más las trae por autoridad y por la usanza que por los años.

— Malos sean los que me quedan por vivir —respondió Sancho—, si lo dije por

tanto; sólo lo dije porque es tan grande el cariño que tengo a mi jumento,

que me pareció que no podía encomendarle a persona más caritativa que a la

señora doña Rodríguez.

Don Quijote, que todo lo oía, le dijo:

— ¿Pláticas son éstas, Sancho, para este lugar?

— Señor —respondió Sancho—, cada uno ha de hablar de su menester dondequiera

que estuviere; aquí se me acordó del rucio, y aquí hablé dél; y si en la

caballeriza se me acordara, allí hablara.

A lo que dijo el duque:

— Sancho está muy en lo cierto, y no hay que culparle en nada; al rucio se

le dará recado a pedir de boca, y descuide Sancho, que se le tratará como a

su mesma persona.

Con estos razonamientos, gustosos a todos sino a don Quijote, llegaron a lo

alto y entraron a don Quijote en una sala adornada de telas riquísimas de

oro y de brocado; seis doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas

industriadas y advertidas del duque y de la duquesa de lo que habían de

hacer, y de cómo habían de tratar a don Quijote, para que imaginase y viese

que le trataban como caballero andante. Quedó don Quijote, después de

desarmado, en sus estrechos greguescos y en su jubón de camuza, seco, alto,

tendido, con las quijadas, que por de dentro se besaba la una con la otra;

figura que, a no tener cuenta las doncellas que le servían con disimular la

risa —que fue una de las precisas órdenes que sus señores les habían dado—,

reventaran riendo.

Pidiéronle que se dejase desnudar para una camisa, pero nunca lo consintió,

diciendo que la honestidad parecía tan bien en los caballeros andantes como

la valentía. Con todo, dijo que diesen la camisa a Sancho, y, encerrándose

con él en una cuadra donde estaba un rico lecho, se desnudó y vistió la

camisa; y, viéndose solo con Sancho, le dijo:

— Dime, truhán moderno y majadero antiguo: ¿parécete bien deshonrar y

afrentar a una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquélla?

¿Tiempos eran aquéllos para acordarte del rucio, o señores son éstos para

dejar mal pasar a las bestias, tratando tan elegantemente a sus dueños? Por

quien Dios es, Sancho, que te reportes, y que no descubras la hilaza de

manera que caigan en la cuenta de que eres de villana y grosera tela

tejido. Mira, pecador de ti, que en tanto más es tenido el señor cuanto

tiene más honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas

mayores que llevan los príncipes a los demás hombres es que se sirven de

criados tan buenos como ellos. ¿No adviertes, angustiado de ti, y

malaventurado de mí, que si veen que tú eres un grosero villano, o un

mentecato gracioso, pensarán que yo soy algún echacuervos, o algún

caballero de mohatra? No, no, Sancho amigo, huye, huye destos

inconvinientes, que quien tropieza en hablador y en gracioso, al primer

puntapié cae y da en truhán desgraciado. Enfrena la lengua, considera y

rumia las palabras antes que te salgan de la boca, y advierte que hemos

llegado a parte donde, con el favor de Dios y valor de mi brazo, hemos de

salir mejorados en tercio y quinto en fama y en hacienda.

Sancho le prometió con muchas veras de coserse la boca, o morderse la

lengua, antes de hablar palabra que no fuese muy a propósito y bien

considerada, como él se lo mandaba, y que descuidase acerca de lo tal, que

nunca por él se descubriría quién ellos eran.

Vistióse don Quijote, púsose su tahalí con su espada, echóse el mantón de

escarlata a cuestas, púsose una montera de raso verde que las doncellas le

dieron, y con este adorno salió a la gran sala, adonde halló a las

doncellas puestas en ala, tantas a una parte como a otra, y todas con

aderezo de darle aguamanos, la cual le dieron con muchas reverencias y

ceremonias.

Luego llegaron doce pajes con el maestresala, para llevarle a comer, que ya

los señores le aguardaban. Cogiéronle en medio, y, lleno de pompa y

majestad, le llevaron a otra sala, donde estaba puesta una rica mesa con

solos cuatro servicios. La duquesa y el duque salieron a la puerta de la

sala a recebirle, y con ellos un grave eclesiástico, destos que gobiernan

las casas de los príncipes; destos que, como no nacen príncipes, no

aciertan a enseñar cómo lo han de ser los que lo son; destos que quieren

que la grandeza de los grandes se mida con la estrecheza de sus ánimos;

destos que, queriendo mostrar a los que ellos gobiernan a ser limitados,

les hacen ser miserables; destos tales, digo que debía de ser el grave

religioso que con los duques salió a recebir a don Quijote. Hiciéronse mil

corteses comedimientos, y, finalmente, cogiendo a don Quijote en medio, se

fueron a sentar a la mesa.

Convidó el duque a don Quijote con la cabecera de la mesa, y aunque él lo

rehusó, las importunaciones del duque fueron tantas que la hubo de tomar.

El eclesiástico se sentó frontero, y el duque y la duquesa a los dos lados.

A todo estaba presente Sancho, embobado y atónito de ver la honra que a su

señor aquellos príncipes le hacían; y, viendo las muchas ceremonias y

ruegos que pasaron entre el duque y don Quijote para hacerle sentar a la

cabecera de la mesa, dijo:

— Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuento que pasó en mi

pueblo acerca desto de los asientos.

Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando don Quijote tembló, creyendo sin duda

alguna que había de decir alguna necedad. Miróle Sancho y entendióle, y

dijo:

— No tema vuesa merced, señor mío, que yo me desmande, ni que diga cosa que

no venga muy a pelo, que no se me han olvidado los consejos que poco ha

vuesa merced me dio sobre el hablar mucho o poco, o bien o mal.

— Yo no me acuerdo de nada, Sancho —respondió don Quijote—; di lo que

quisieres, como lo digas presto.

— Pues lo que quiero decir —dijo Sancho— es tan verdad, que mi señor don

Quijote, que está presente, no me dejará mentir.

— Por mí —replicó don Quijote—, miente tú, Sancho, cuanto quisieres, que yo

no te iré a la mano, pero mira lo que vas a decir.

— Tan mirado y remirado lo tengo, que a buen salvo está el que repica, como

se verá por la obra.

— Bien será —dijo don Quijote— que vuestras grandezas manden echar de aquí a

este tonto, que dirá mil patochadas.

— Por vida del duque —dijo la duquesa—, que no se ha de apartar de mí Sancho

un punto: quiérole yo mucho, porque sé que es muy discreto.

— Discretos días —dijo Sancho— viva vuestra santidad por el buen crédito que

de mí tiene, aunque en mí no lo haya. Y el cuento que quiero decir es éste:

«Convidó un hidalgo de mi pueblo, muy rico y principal, porque venía de los

Álamos de Medina del Campo, que casó con doña Mencía de Quiñones, que fue

hija de don Alonso de Marañón, caballero del hábito de Santiago, que se

ahogó en la Herradura, por quien hubo aquella pendencia años ha en nuestro

lugar, que, a lo que entiendo, mi señor don Quijote se halló en ella, de

donde salió herido Tomasillo el Travieso, el hijo de Balbastro el

herrero...» ¿No es verdad todo esto, señor nuestro amo? Dígalo, por su

vida, porque estos señores no me tengan por algún hablador mentiroso.

— Hasta ahora —dijo el eclesiástico—, más os tengo por hablador que por

mentiroso, pero de aquí adelante no sé por lo que os tendré.

— Tú das tantos testigos, Sancho, y tantas señas, que no puedo dejar de

decir que debes de decir verdad. Pasa adelante y acorta el cuento, porque

llevas camino de no acabar en dos días.

— No ha de acortar tal —dijo la duquesa—, por hacerme a mí placer; antes, le

ha de contar de la manera que le sabe, aunque no le acabe en seis días; que

si tantos fuesen, serían para mí los mejores que hubiese llevado en mi

vida.

— «Digo, pues, señores míos —prosiguió Sancho—, que este tal hidalgo, que yo

conozco como a mis manos, porque no hay de mi casa a la suya un tiro de

ballesta, convidó un labrador pobre, pero honrado.»

— Adelante, hermano —dijo a esta sazón el religioso—, que camino lleváis de

no parar con vuestro cuento hasta el otro mundo.

— A menos de la mitad pararé, si Dios fuere servido —respondió Sancho—. «Y

así, digo que, llegando el tal labrador a casa del dicho hidalgo

convidador, que buen poso haya su ánima, que ya es muerto, y por más señas

dicen que hizo una muerte de un ángel, que yo no me hallé presente, que

había ido por aquel tiempo a segar a Tembleque...»

— Por vida vuestra, hijo, que volváis presto de Tembleque, y que, sin

enterrar al hidalgo, si no queréis hacer más exequias, acabéis vuestro

cuento.

— «Es, pues, el caso —replicó Sancho— que, estando los dos para asentarse a

la mesa, que parece que ahora los veo más que nunca...»

Gran gusto recebían los duques del disgusto que mostraba tomar el buen

religioso de la dilación y pausas con que Sancho contaba su cuento, y don

Quijote se estaba consumiendo en cólera y en rabia.

— «Digo, así —dijo Sancho—, que, estando, como he dicho, los dos para

sentarse a la mesa, el labrador porfiaba con el hidalgo que tomase la

cabecera de la mesa, y el hidalgo porfiaba también que el labrador la

tomase, porque en su casa se había de hacer lo que él mandase; pero el

labrador, que presumía de cortés y bien criado, jamás quiso, hasta que el

hidalgo, mohíno, poniéndole ambas manos sobre los hombros, le hizo sentar

por fuerza, diciéndole: ''Sentaos, majagranzas, que adondequiera que yo me

siente será vuestra cabecera''.» Y éste es el cuento, y en verdad que creo

que no ha sido aquí traído fuera de propósito.

Púsose don Quijote de mil colores, que sobre lo moreno le jaspeaban y se le

parecían; los señores disimularon la risa, porque don Quijote no acabase de

correrse, habiendo entendido la malicia de Sancho; y, por mudar de plática

y hacer que Sancho no prosiguiese con otros disparates, preguntó la duquesa

a don Quijote que qué nuevas tenía de la señora Dulcinea, y que si le había

enviado aquellos días algunos presentes de gigantes o malandrines, pues no

podía dejar de haber vencido muchos. A lo que don Quijote respondió:

— Señora mía, mis desgracias, aunque tuvieron principio, nunca tendrán fin.

Gigantes he vencido, y follones y malandrines le he enviado, pero ¿adónde

la habían de hallar, si está encantada y vuelta en la más fea labradora que

imaginar se puede?

— No sé —dijo Sancho Panza—, a mí me parece la más hermosa criatura del

mundo; a lo menos, en la ligereza y en el brincar bien sé yo que no dará

ella la ventaja a un volteador; a buena fe, señora duquesa, así salta desde

el suelo sobre una borrica como si fuera un gato.

— ¿Habéisla visto vos encantada, Sancho? —preguntó el duque.

— Y ¡cómo si la he visto! —respondió Sancho—. Pues, ¿quién diablos sino yo

fue el primero que cayó en el achaque del encantorio? ¡Tan encantada está

como mi padre!

El eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayó

en la cuenta de que aquél debía de ser don Quijote de la Mancha, cuya

historia leía el duque de ordinario, y él se lo había reprehendido muchas

veces, diciéndole que era disparate leer tales disparates; y, enterándose

ser verdad lo que sospechaba, con mucha cólera, hablando con el duque, le

dijo:

— Vuestra Excelencia, señor mío, tiene que dar cuenta a Nuestro Señor de lo

que hace este buen hombre. Este don Quijote, o don Tonto, o como se llama,

imagino yo que no debe de ser tan mentecato como Vuestra Excelencia quiere

que sea, dándole ocasiones a la mano para que lleve adelante sus sandeces y

vaciedades.

Y, volviendo la plática a don Quijote, le dijo:

— Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el celebro que sois

caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad en

hora buena, y en tal se os diga: volveos a vuestra casa, y criad vuestros

hijos, si los tenéis, y curad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando

por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no

conocen. ¿En dónde, nora tal, habéis vos hallado que hubo ni hay ahora

caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en la

Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de las simplicidades

que de vos se cuentan?

Atento estuvo don Quijote a las razones de aquel venerable varón, y, viendo

que ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con semblante airado y

alborotado rostro, se puso en pie y dijo...

Pero esta respuesta capítulo por sí merece.

Capítulo XXXII. De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con

otros graves y graciosos sucesos

Levantado, pues, en pie don Quijote, temblando de los pies a la cabeza como

azogado, con presurosa y turbada lengua, dijo:

— El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo y el respeto que

siempre tuve y tengo al estado que vuesa merced profesa tienen y atan las

manos de mi justo enojo; y, así por lo que he dicho como por saber que

saben todos que las armas de los togados son las mesmas que las de la

mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuesa

merced, de quien se debía esperar antes buenos consejos que infames

vituperios. Las reprehensiones santas y bien intencionadas otras

circunstancias requieren y otros puntos piden: a lo menos, el haberme

reprehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la

buena reprehensión, pues las primeras mejor asientan sobre la blandura que

sobre la aspereza, y no es bien que, sin tener conocimiento del pecado que

se reprehende, llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto. Si no,

dígame vuesa merced: ¿por cuál de las mentecaterías que en mí ha visto me

condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a tener cuenta en el

gobierno della y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los

tengo? ¿No hay más sino a troche moche entrarse por las casas ajenas a

gobernar sus dueños, y, habiéndose criado algunos en la estrecheza de algún

pupilaje, sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o

treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la caballería y

a juzgar de los caballeros andantes? ¿Por ventura es asumpto vano o es

tiempo mal gastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los

regalos dél, sino las asperezas por donde los buenos suben al asiento de la

inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los

generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta inreparable; pero

de que me tengan por sandio los estudiantes, que nunca entraron ni pisaron

las sendas de la caballería, no se me da un ardite: caballero soy y

caballero he de morir si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo de

la ambición soberbia; otros, por el de la adulación servil y baja; otros,

por el de la hipocresía engañosa, y algunos, por el de la verdadera

religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la

caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la

honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado

insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, no

más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean; y, siéndolo,

no soy de los enamorados viciosos, sino de los platónicos continentes. Mis

intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a

todos y mal a ninguno; si el que esto entiende, si el que esto obra, si el

que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, duque

y duquesa excelentes.

— ¡Bien, por Dios! —dijo Sancho—. No diga más vuestra merced, señor y amo

mío, en su abono, porque no hay más que decir, ni más que pensar, ni más

que perseverar en el mundo. Y más, que, negando este señor, como ha negado,

que no ha habido en el mundo, ni los hay, caballeros andantes, ¿qué mucho

que no sepa ninguna de las cosas que ha dicho?

— ¿Por ventura —dijo el eclesiástico— sois vos, hermano, aquel Sancho Panza

que dicen, a quien vuestro amo tiene prometida una ínsula?

— Sí soy —respondió Sancho—; y soy quien la merece tan bien como otro

cualquiera; soy quien "júntate a los buenos y serás uno dellos", y soy yo

de aquellos "no con quien naces, sino con quien paces", y de los "quien a

buen árbol se arrima, buena sombra le cobija". Yo me he arrimado a buen

señor, y ha muchos meses que ando en su compañía, y he de ser otro como él,

Dios queriendo; y viva él y viva yo: que ni a él le faltarán imperios que

mandar ni a mí ínsulas que gobernar.

— No, por cierto, Sancho amigo —dijo a esta sazón el duque—, que yo, en

nombre del señor don Quijote, os mando el gobierno de una que tengo de

nones, de no pequeña calidad.

— Híncate de rodillas, Sancho —dijo don Quijote—, y besa los pies a Su

Excelencia por la merced que te ha hecho.

Hízolo así Sancho; lo cual visto por el eclesiástico, se levantó de la

mesa, mohíno además, diciendo:

— Por el hábito que tengo, que estoy por decir que es tan sandio Vuestra

Excelencia como estos pecadores. ¡Mirad si no han de ser ellos locos, pues

los cuerdos canonizan sus locuras! Quédese Vuestra Excelencia con ellos;

que, en tanto que estuvieren en casa, me estaré yo en la mía, y me escusaré

de reprehender lo que no puedo remediar.

Y, sin decir más ni comer más, se fue, sin que fuesen parte a detenerle los

ruegos de los duques; aunque el duque no le dijo mucho, impedido de la risa

que su impertinente cólera le había causado. Acabó de reír y dijo a don

Quijote:

— Vuesa merced, señor Caballero de los Leones, ha respondido por sí tan

altamente que no le queda cosa por satisfacer deste que, aunque parece

agravio, no lo es en ninguna manera; porque, así como no agravian las

mujeres, no agravian los eclesiásticos, como vuesa merced mejor sabe.

— Así es —respondió don Quijote—, y la causa es que el que no puede ser

agraviado no puede agraviar a nadie. Las mujeres, los niños y los

eclesiásticos, como no pueden defenderse, aunque sean ofendidos, no pueden

ser afrentados; porque entre el agravio y la afrenta hay esta diferencia,

como mejor Vuestra Excelencia sabe: la afrenta viene de parte de quien la

puede hacer, y la hace y la sustenta; el agravio puede venir de cualquier

parte, sin que afrente. Sea ejemplo: está uno en la calle descuidado,

llegan diez con mano armada, y, dándole de palos, pone mano a la espada y

hace su deber, pero la muchedumbre de los contrarios se le opone, y no le

deja salir con su intención, que es de vengarse; este tal queda agraviado,

pero no afrentado. Y lo mesmo confirmará otro ejemplo: está uno vuelto de

espaldas, llega otro y dale de palos, y en dándoselos huye y no espera, y

el otro le sigue y no alcanza; este que recibió los palos, recibió agravio,

mas no afrenta, porque la afrenta ha de ser sustentada. Si el que le dio

los palos, aunque se los dio a hurtacordel, pusiera mano a su espada y se

estuviera quedo, haciendo rostro a su enemigo, quedara el apaleado

agraviado y afrentado juntamente: agraviado, porque le dieron a traición;

afrentado, porque el que le dio sustentó lo que había hecho, sin volver las

espaldas y a pie quedo. Y así, según las leyes del maldito duelo, yo puedo

estar agraviado, mas no afrentado; porque los niños no sienten, ni las

mujeres, ni pueden huir, ni tienen para qué esperar, y lo mesmo los

constituidos en la sacra religión, porque estos tres géneros de gente

carecen de armas ofensivas y defensivas; y así, aunque naturalmente estén

obligados a defenderse, no lo están para ofender a nadie. Y, aunque poco ha

dije que yo podía estar agraviado, agora digo que no, en ninguna manera,

porque quien no puede recebir afrenta, menos la puede dar; por las cuales

razones yo no debo sentir, ni siento, las que aquel buen hombre me ha

dicho; sólo quisiera que esperara algún poco, para darle a entender en el

error en que está en pensar y decir que no ha habido, ni los hay,

caballeros andantes en el mundo; que si lo tal oyera Amadís, o uno de los

infinitos de su linaje, yo sé que no le fuera bien a su merced.

— Eso juro yo bien —dijo Sancho—: cuchillada le hubieran dado que le

abrieran de arriba abajo como una granada, o como a un melón muy maduro.

¡Bonitos eran ellos para sufrir semejantes cosquillas! Para mi santiguada,

que tengo por cierto que si Reinaldos de Montalbán hubiera oído estas

razones al hombrecito, tapaboca le hubiera dado que no hablara más en tres

años. ¡No, sino tomárase con ellos y viera cómo escapaba de sus manos!

Perecía de risa la duquesa en oyendo hablar a Sancho, y en su opinión le

tenía por más gracioso y por más loco que a su amo; y muchos hubo en aquel

tiempo que fueron deste mismo parecer. Finalmente, don Quijote se sosegó, y

la comida se acabó, y, en levantando los manteles, llegaron cuatro

doncellas, la una con una fuente de plata, y la otra con un aguamanil,

asimismo de plata, y la otra con dos blanquísimas y riquísimas toallas al

hombro, y la cuarta descubiertos los brazos hasta la mitad, y en sus

blancas manos —que sin duda eran blancas— una redonda pella de jabón

napolitano. Llegó la de la fuente, y con gentil donaire y desenvoltura

encajó la fuente debajo de la barba de don Quijote; el cual, sin hablar

palabra, admirado de semejante ceremonia, creyendo que debía ser usanza de

aquella tierra en lugar de las manos lavar las barbas, y así tendió la suya

todo cuanto pudo, y al mismo punto comenzó a llover el aguamanil, y la

doncella del jabón le manoseó las barbas con mucha priesa, levantando copos

de nieve, que no eran menos blancas las jabonaduras, no sólo por las

barbas, mas por todo el rostro y por los ojos del obediente caballero,

tanto, que se los hicieron cerrar por fuerza.

El duque y la duquesa, que de nada desto eran sabidores, estaban esperando

en qué había de parar tan extraordinario lavatorio. La doncella barbera,

cuando le tuvo con un palmo de jabonadura, fingió que se le había acabado

el agua, y mandó a la del aguamanil fuese por ella, que el señor don

Quijote esperaría. Hízolo así, y quedó don Quijote con la más estraña

figura y más para hacer reír que se pudiera imaginar.

Mirábanle todos los que presentes estaban, que eran muchos, y como le veían

con media vara de cuello, más que medianamente moreno, los ojos cerrados y

las barbas llenas de jabón, fue gran maravilla y mucha discreción poder

disimular la risa; las doncellas de la burla tenían los ojos bajos, sin

osar mirar a sus señores; a ellos les retozaba la cólera y la risa en el

cuerpo, y no sabían a qué acudir: o a castigar el atrevimiento de las

muchachas, o darles premio por el gusto que recibían de ver a don Quijote

de aquella suerte.

Finalmente, la doncella del aguamanil vino, y acabaron de lavar a don

Quijote, y luego la que traía las toallas le limpió y le enjugó muy

reposadamente; y, haciéndole todas cuatro a la par una grande y profunda

inclinación y reverencia, se querían ir; pero el duque, porque don Quijote

no cayese en la burla, llamó a la doncella de la fuente, diciéndole:

— Venid y lavadme a mí, y mirad que no se os acabe el agua.

La muchacha, aguda y diligente, llegó y puso la fuente al duque como a don

Quijote, y, dándose prisa, le lavaron y jabonaron muy bien, y, dejándole

enjuto y limpio, haciendo reverencias se fueron. Después se supo que había

jurado el duque que si a él no le lavaran como a don Quijote, había de

castigar su desenvoltura, lo cual habían enmendado discretamente con

haberle a él jabonado.

Estaba atento Sancho a las ceremonias de aquel lavatorio, y dijo entre sí:

— ¡Válame Dios! ¿Si será también usanza en esta tierra lavar las barbas a

los escuderos como a los caballeros? Porque, en Dios y en mi ánima que lo

he bien menester, y aun que si me las rapasen a navaja, lo tendría a más

beneficio.

— ¿Qué decís entre vos, Sancho? —preguntó la duquesa.

— Digo, señora —respondió él—, que en las cortes de los otros príncipes

siempre he oído decir que en levantando los manteles dan agua a las manos,

pero no lejía a las barbas; y que por eso es bueno vivir mucho, por ver

mucho; aunque también dicen que el que larga vida vive mucho mal ha de

pasar, puesto que pasar por un lavatorio de éstos antes es gusto que

trabajo.

— No tengáis pena, amigo Sancho —dijo la duquesa—, que yo haré que mis

doncellas os laven, y aun os metan en colada, si fuere menester.

— Con las barbas me contento —respondió Sancho—, por ahora a lo menos, que

andando el tiempo, Dios dijo lo que será.

— Mirad, maestresala —dijo la duquesa—, lo que el buen Sancho pide, y

cumplidle su voluntad al pie de la letra.

El maestresala respondió que en todo sería servido el señor Sancho, y con

esto se fue a comer, y llevó consigo a Sancho, quedándose a la mesa los

duques y don Quijote, hablando en muchas y diversas cosas; pero todas

tocantes al ejercicio de las armas y de la andante caballería.

La duquesa rogó a don Quijote que le delinease y describiese, pues parecía

tener felice memoria, la hermosura y facciones de la señora Dulcinea del

Toboso; que, según lo que la fama pregonaba de su belleza, tenía por

entendido que debía de ser la más bella criatura del orbe, y aun de toda la

Mancha. Sospiró don Quijote, oyendo lo que la duquesa le mandaba, y dijo:

— Si yo pudiera sacar mi corazón y ponerle ante los ojos de vuestra

grandeza, aquí, sobre esta mesa y en un plato, quitara el trabajo a mi

lengua de decir lo que apenas se puede pensar, porque Vuestra Excelencia la

viera en él toda retratada; pero, ¿para qué es ponerme yo ahora a delinear

y describir punto por punto y parte por parte la hermosura de la sin par

Dulcinea, siendo carga digna de otros hombros que de los míos, empresa en

quien se debían ocupar los pinceles de Parrasio, de Timantes y de Apeles, y

los buriles de Lisipo, para pintarla y grabarla en tablas, en mármoles y en

bronces, y la retórica ciceroniana y demostina para alabarla?

— ¿Qué quiere decir demostina, señor don Quijote —preguntó la duquesa—, que

es vocablo que no le he oído en todos los días de mi vida?

— Retórica demostina —respondió don Quijote— es lo mismo que decir retórica

de Demóstenes, como ciceroniana, de Cicerón, que fueron los dos mayores

retóricos del mundo.

— Así es —dijo el duque—, y habéis andado deslumbrada en la tal pregunta.

Pero, con todo eso, nos daría gran gusto el señor don Quijote si nos la

pintase; que a buen seguro que, aunque sea en rasguño y bosquejo, que ella

salga tal, que la tengan invidia las más hermosas.

— Sí hiciera, por cierto —respondió don Quijote—, si no me la hubiera

borrado de la idea la desgracia que poco ha que le sucedió, que es tal, que

más estoy para llorarla que para describirla; porque habrán de saber

vuestras grandezas que, yendo los días pasados a besarle las manos, y a

recebir su bendición, beneplácito y licencia para esta tercera salida,

hallé otra de la que buscaba: halléla encantada y convertida de princesa en

labradora, de hermosa en fea, de ángel en diablo, de olorosa en pestífera,

de bien hablada en rústica, de reposada en brincadora, de luz en tinieblas,

y, finalmente, de Dulcinea del Toboso en una villana de Sayago.

— ¡Válame Dios! —dando una gran voz, dijo a este instante el duque—. ¿Quién

ha sido el que tanto mal ha hecho al mundo? ¿Quién ha quitado dél la

belleza que le alegraba, el donaire que le entretenía y la honestidad que

le acreditaba?

— ¿Quién? —respondió don Quijote—. ¿Quién puede ser sino algún maligno

encantador de los muchos invidiosos que me persiguen? Esta raza maldita,

nacida en el mundo para escurecer y aniquilar las hazañas de los buenos, y

para dar luz y levantar los fechos de los malos. Perseguido me han

encantadores, encantadores me persiguen y encantadores me persiguirán hasta

dar conmigo y con mis altas caballerías en el profundo abismo del olvido; y

en aquella parte me dañan y hieren donde veen que más lo siento, porque

quitarle a un caballero andante su dama es quitarle los ojos con que mira,

y el sol con que se alumbra, y el sustento con que se mantiene. Otras

muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo a decir: que el caballero

andante sin dama es como el árbol sin hojas, el edificio sin cimiento y la

sombra sin cuerpo de quien se cause.

— No hay más que decir —dijo la duquesa—; pero si, con todo eso, hemos de

dar crédito a la historia que del señor don Quijote de pocos días a esta

parte ha salido a la luz del mundo, con general aplauso de las gentes,

della se colige, si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto a la

señora Dulcinea, y que esta tal señora no es en el mundo, sino que es dama

fantástica, que vuesa merced la engendró y parió en su entendimiento, y la

pintó con todas aquellas gracias y perfeciones que quiso.

— En eso hay mucho que decir —respondió don Quijote—. Dios sabe si hay

Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas

no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo. Ni yo

engendré ni parí a mi señora, puesto que la contemplo como conviene que sea

una dama que contenga en sí las partes que puedan hacerla famosa en todas

las del mundo, como son: hermosa, sin tacha, grave sin soberbia, amorosa

con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y,

finalmente, alta por linaje, a causa que sobre la buena sangre resplandece

y campea la hermosura con más grados de perfeción que en las hermosas

humildemente nacidas.

— Así es —dijo el duque—; pero hame de dar licencia el señor don Quijote

para que diga lo que me fuerza a decir la historia que de sus hazañas he

leído, de donde se infiere que, puesto que se conceda que hay Dulcinea, en

el Toboso o fuera dél, y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa merced

nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre parejas con las

Orianas, con las Alastrajareas, con las Madásimas, ni con otras deste jaez,

de quien están llenas las historias que vuesa merced bien sabe.

— A eso puedo decir —respondió don Quijote— que Dulcinea es hija de sus

obras, y que las virtudes adoban la sangre, y que en más se ha de estimar y

tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado; cuanto más, que

Dulcinea tiene un jirón que la puede llevar a ser reina de corona y ceptro;

que el merecimiento de una mujer hermosa y virtuosa a hacer mayores

milagros se estiende, y, aunque no formalmente, virtualmente tiene en sí

encerradas mayores venturas.

— Digo, señor don Quijote —dijo la duquesa—, que en todo cuanto vuestra

merced dice va con pie de plomo, y, como suele decirse, con la sonda en la

mano; y que yo desde aquí adelante creeré y haré creer a todos los de mi

casa, y aun al duque mi señor, si fuere menester, que hay Dulcinea en el

Toboso, y que vive hoy día, y es hermosa, y principalmente nacida y

merecedora que un tal caballero como es el señor don Quijote la sirva; que

es lo más que puedo ni sé encarecer. Pero no puedo dejar de formar un

escrúpulo, y tener algún no sé qué de ojeriza contra Sancho Panza: el

escrúpulo es que dice la historia referida que el tal Sancho Panza halló a

la tal señora Dulcinea, cuando de parte de vuestra merced le llevó una

epístola, ahechando un costal de trigo, y, por más señas, dice que era

rubión: cosa que me hace dudar en la alteza de su linaje.

A lo que respondió don Quijote:

— Señora mía, sabrá la vuestra grandeza que todas o las más cosas que a mí

me suceden van fuera de los términos ordinarios de las que a los otros

caballeros andantes acontecen, o ya sean encaminadas por el querer

inescrutable de los hados, o ya vengan encaminadas por la malicia de algún

encantador invidioso; y, como es cosa ya averiguada que todos o los más

caballeros andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado,

otro de ser de tan impenetrables carnes que no pueda ser herido, como lo

fue el famoso Roldán, uno de los doce Pares de Francia, de quien se cuenta

que no podía ser ferido sino por la planta del pie izquierdo, y que esto

había de ser con la punta de un alfiler gordo, y no con otra suerte de arma

alguna; y así, cuando Bernardo del Carpio le mató en Roncesvalles, viendo

que no le podía llagar con fierro, le levantó del suelo entre los brazos y

le ahogó, acordándose entonces de la muerte que dio Hércules a Anteón,

aquel feroz gigante que decían ser hijo de la Tierra. Quiero inferir de lo

dicho, que podría ser que yo tuviese alguna gracia déstas, no del no

poder ser ferido, porque muchas veces la experiencia me ha mostrado que soy

de carnes blandas y no nada impenetrables, ni la de no poder ser encantado,

que ya me he visto metido en una jaula, donde todo el mundo no fuera

poderoso a encerrarme, si no fuera a fuerzas de encantamentos; pero, pues

de aquél me libré, quiero creer que no ha de haber otro alguno que me

empezca; y así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar

de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren

quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y así, creo

que, cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana

y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo

yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas

orientales; y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes

cómo, viniendo poco ha por el Toboso, jamás pude hallar los palacios de

Dulcinea; y que otro día, habiéndola visto Sancho, mi escudero, en su mesma

figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y

fea, y no nada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y, pues yo no

estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la

encantada, la ofendida y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han

vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas,

hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare

en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea; que, pues a mí

me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es

principal y bien nacida, y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso,

que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca

parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en

los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la

Cava, aunque con mejor título y fama. Por otra parte, quiero que entiendan

vuestras señorías que Sancho Panza es uno de los más graciosos escuderos

que jamás sirvió a caballero andante; tiene a veces unas simplicidades tan

agudas, que el pensar si es simple o agudo causa no pequeño contento; tiene

malicias que le condenan por bellaco, y descuidos que le confirman por

bobo; duda de todo y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de

tonto, sale con unas discreciones, que le levantan al cielo. Finalmente, yo

no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad;

y así, estoy en duda si será bien enviarle al gobierno de quien vuestra

grandeza le ha hecho merced; aunque veo en él una cierta aptitud para esto

de gobernar, que atusándole tantico el entendimiento, se saldría con

cualquiera gobierno, como el rey con sus alcabalas; y más, que ya por

muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas

letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saber

leer, y gobiernan como unos girifaltes; el toque está en que tengan buena

intención y deseen acertar en todo; que nunca les faltará quien les

aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores

caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que

ni tome cohecho, ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el

estómago, que saldrán a su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la

ínsula que gobernare.

A este punto llegaban de su coloquio el duque, la duquesa y don Quijote,

cuando oyeron muchas voces y gran rumor de gente en el palacio; y a deshora

entró Sancho en la sala, todo asustado, con un cernadero por babador, y

tras él muchos mozos, o, por mejor decir, pícaros de cocina y otra gente

menuda, y uno venía con un artesoncillo de agua, que en la color y poca

limpieza mostraba ser de fregar; seguíale y perseguíale el de la artesa, y

procuraba con toda solicitud ponérsela y encajársela debajo de las barbas,

y otro pícaro mostraba querérselas lavar.

— ¿Qué es esto, hermanos? —preguntó la duquesa—. ¿Qué es esto? ¿Qué queréis

a ese buen hombre? ¿Cómo y no consideráis que está electo gobernador?

A lo que respondió el pícaro barbero:

— No quiere este señor dejarse lavar, como es usanza, y como se la lavó el

duque mi señor y el señor su amo.

— Sí quiero —respondió Sancho con mucha cólera—, pero querría que fuese con

toallas más limpias, con lejía mas clara y con manos no tan sucias; que no

hay tanta diferencia de mí a mi amo, que a él le laven con agua de ángeles

y a mí con lejía de diablos. Las usanzas de las tierras y de los palacios

de los príncipes tanto son buenas cuanto no dan pesadumbre, pero la

costumbre del lavatorio que aquí se usa peor es que de diciplinantes. Yo

estoy limpio de barbas y no tengo necesidad de semejantes refrigerios; y el

que se llegare a lavarme ni a tocarme a un pelo de la cabeza, digo, de mi

barba, hablando con el debido acatamiento, le daré tal puñada que le deje

el puño engastado en los cascos; que estas tales ceremonias y jabonaduras

más parecen burlas que gasajos de huéspedes.

Perecida de risa estaba la duquesa, viendo la cólera y oyendo las razones

de Sancho, pero no dio mucho gusto a don Quijote verle tan mal adeliñado

con la jaspeada toalla, y tan rodeado de tantos entretenidos de cocina; y

así, haciendo una profunda reverencia a los duques, como que les pedía

licencia para hablar, con voz reposada dijo a la canalla:

— ¡Hola, señores caballeros! Vuesas mercedes dejen al mancebo, y vuélvanse

por donde vinieron, o por otra parte si se les antojare, que mi escudero es

limpio tanto como otro, y esas artesillas son para él estrechas y penantes

búcaros. Tomen mi consejo y déjenle, porque ni él ni yo sabemos de achaque

de burlas.

Cogióle la razón de la boca Sancho, y prosiguió diciendo:

— ¡No, sino lléguense a hacer burla del mostrenco, que así lo sufriré como

ahora es de noche! Traigan aquí un peine, o lo que quisieren, y almohácenme

estas barbas, y si sacaren dellas cosa que ofenda a la limpieza, que me

trasquilen a cruces.

A esta sazón, sin dejar la risa, dijo la duquesa:

— Sancho Panza tiene razón en todo cuanto ha dicho, y la tendrá en todo

cuanto dijere: él es limpio, y, como él dice, no tiene necesidad de

lavarse; y si nuestra usanza no le contenta, su alma en su palma, cuanto

más, que vosotros, ministros de la limpieza, habéis andado demasiadamente

de remisos y descuidados, y no sé si diga atrevidos, a traer a tal

personaje y a tales barbas, en lugar de fuentes y aguamaniles de oro puro y

de alemanas toallas, artesillas y dornajos de palo y rodillas de

aparadores. Pero, en fin, sois malos y mal nacidos, y no podéis dejar, como

malandrines que sois, de mostrar la ojeriza que tenéis con los escuderos de

los andantes caballeros.

Creyeron los apicarados ministros, y aun el maestresala, que venía con

ellos, que la duquesa hablaba de veras; y así, quitaron el cernadero del

pecho de Sancho, y todos confusos y casi corridos se fueron y le dejaron;

el cual, viéndose fuera de aquel, a su parecer, sumo peligro, se fue a

hincar de rodillas ante la duquesa y dijo:

— De grandes señoras, grandes mercedes se esperan; esta que la vuestra

merced hoy me ha fecho no puede pagarse con menos, si no es con desear

verme armado caballero andante, para ocuparme todos los días de mi vida en

servir a tan alta señora. Labrador soy, Sancho Panza me llamo, casado soy,

hijos tengo y de escudero sirvo: si con alguna destas cosas puedo servir a

vuestra grandeza, menos tardaré yo en obedecer que vuestra señoría en

mandar.

— Bien parece, Sancho —respondió la duquesa—, que habéis aprendido a ser

cortés en la escuela de la misma cortesía; bien parece, quiero decir, que

os habéis criado a los pechos del señor don Quijote, que debe de ser la

nata de los comedimientos y la flor de las ceremonias, o cirimonias, como

vos decís. Bien haya tal señor y tal criado: el uno, por norte de la

andante caballería; y el otro, por estrella de la escuderil fidelidad.

Levantaos, Sancho amigo, que yo satisfaré vuestras cortesías con hacer que

el duque mi señor, lo más presto que pudiere, os cumpla la merced prometida

del gobierno.

Con esto cesó la plática, y don Quijote se fue a reposar la siesta, y la

duquesa pidió a Sancho que, si no tenía mucha gana de dormir, viniese a

pasar la tarde con ella y con sus doncellas en una muy fresca sala. Sancho

respondió que, aunque era verdad que tenía por costumbre dormir cuatro o

cinco horas las siestas del verano, que, por servir a su bondad, él

procuraría con todas sus fuerzas no dormir aquel día ninguna, y vendría

obediente a su mandado, y fuese. El duque dio nuevas órdenes como se

tratase a don Quijote como a caballero andante, sin salir un punto del

estilo como cuentan que se trataban los antiguos caballeros.

Capítulo XXXIII. De la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas

pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note

Cuenta, pues, la historia, que Sancho no durmió aquella siesta, sino que,

por cumplir su palabra, vino en comiendo a ver a la duquesa; la cual, con

el gusto que tenía de oírle, le hizo sentar junto a sí en una silla baja,

aunque Sancho, de puro bien criado, no quería sentarse; pero la duquesa le

dijo que se sentase como gobernador y hablase como escudero, puesto que por

entrambas cosas merecía el mismo escaño del Cid Ruy Díaz Campeador.

Encogió Sancho los hombros, obedeció y sentóse, y todas las doncellas y

dueñas de la duquesa la rodearon, atentas, con grandísimo silencio, a

escuchar lo que diría; pero la duquesa fue la que habló primero, diciendo:

— Ahora que estamos solos, y que aquí no nos oye nadie, querría yo que el

señor gobernador me asolviese ciertas dudas que tengo, nacidas de la

historia que del gran don Quijote anda ya impresa; una de las cuales dudas

es que, pues el buen Sancho nunca vio a Dulcinea, digo, a la señora

Dulcinea del Toboso, ni le llevó la carta del señor don Quijote, porque se

quedó en el libro de memoria en Sierra Morena, cómo se atrevió a fingir la

respuesta, y aquello de que la halló ahechando trigo, siendo todo burla y

mentira, y tan en daño de la buena opinión de la sin par Dulcinea, y todas

que no vienen bien con la calidad y fidelidad de los buenos escuderos.

A estas razones, sin responder con alguna, se levantó Sancho de la silla,

y, con pasos quedos, el cuerpo agobiado y el dedo puesto sobre los labios,

anduvo por toda la sala levantando los doseles; y luego, esto hecho, se

volvió a sentar y dijo:

— Ahora, señora mía, que he visto que no nos escucha nadie de solapa, fuera

de los circunstantes, sin temor ni sobresalto responderé a lo que se me ha

preguntado, y a todo aquello que se me preguntare; y lo primero que digo es

que yo tengo a mi señor don Quijote por loco rematado, puesto que algunas

veces dice cosas que, a mi parecer, y aun de todos aquellos que le

escuchan, son tan discretas y por tan buen carril encaminadas, que el mesmo

Satanás no las podría decir mejores; pero, con todo esto, verdaderamente y

sin escrúpulo, a mí se me ha asentado que es un mentecato. Pues, como yo

tengo esto en el magín, me atrevo a hacerle creer lo que no lleva pies ni

cabeza, como fue aquello de la respuesta de la carta, y lo de habrá seis o

ocho días, que aún no está en historia; conviene a saber: lo del encanto de

mi señora doña Dulcinea, que le he dado a entender que está encantada, no

siendo más verdad que por los cerros de Úbeda.

Rogóle la duquesa que le contase aquel encantamento o burla, y Sancho se lo

contó todo del mesmo modo que había pasado, de que no poco gusto recibieron

los oyentes; y, prosiguiendo en su plática, dijo la duquesa:

— De lo que el buen Sancho me ha contado me anda brincando un escrúpulo en

el alma y un cierto susurro llega a mis oídos, que me dice: ''Pues don

Quijote de la Mancha es loco, menguado y mentecato, y Sancho Panza su

escudero lo conoce, y, con todo eso, le sirve y le sigue y va atenido a las

vanas promesas suyas, sin duda alguna debe de ser él más loco y tonto que

su amo; y, siendo esto así, como lo es, mal contado te será, señora

duquesa, si al tal Sancho Panza le das ínsula que gobierne, porque el que

no sabe gobernarse a sí, ¿cómo sabrá gobernar a otros?''

— Par Dios, señora —dijo Sancho—, que ese escrúpulo viene con parto derecho;

pero dígale vuesa merced que hable claro, o como quisiere, que yo conozco

que dice verdad: que si yo fuera discreto, días ha que había de haber

dejado a mi amo. Pero ésta fue mi suerte, y ésta mi malandanza; no puedo

más, seguirle tengo: somos de un mismo lugar, he comido su pan, quiérole

bien, es agradecido, diome sus pollinos, y, sobre todo, yo soy fiel; y así,

es imposible que nos pueda apartar otro suceso que el de la pala y azadón.

Y si vuestra altanería no quisiere que se me dé el prometido gobierno, de

menos me hizo Dios, y podría ser que el no dármele redundase en pro de mi

conciencia; que, maguera tonto, se me entiende aquel refrán de ''por su mal

le nacieron alas a la hormiga''; y aun podría ser que se fuese más aína

Sancho escudero al cielo, que no Sancho gobernador. Tan buen pan hacen aquí

como en Francia; y de noche todos los gatos son pardos, y asaz de

desdichada es la persona que a las dos de la tarde no se ha desayunado; y

no hay estómago que sea un palmo mayor que otro, el cual se puede llenar,

como suele decirse, de paja y de heno; y las avecitas del campo tienen a

Dios por su proveedor y despensero; y más calientan cuatro varas de paño de

Cuenca que otras cuatro de límiste de Segovia; y al dejar este mundo y

meternos la tierra adentro, por tan estrecha senda va el príncipe como el

jornalero, y no ocupa más pies de tierra el cuerpo del Papa que el del

sacristán, aunque sea más alto el uno que el otro; que al entrar en el hoyo

todos nos ajustamos y encogemos, o nos hacen ajustar y encoger, mal que nos

pese y a buenas noches. Y torno a decir que si vuestra señoría no me

quisiere dar la ínsula por tonto, yo sabré no dárseme nada por discreto; y

yo he oído decir que detrás de la cruz está el diablo, y que no es oro todo

lo que reluce, y que de entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al

labrador Wamba para ser rey de España, y de entre los brocados, pasatiempos

y riquezas sacaron a Rodrigo para ser comido de culebras, si es que las

trovas de los romances antiguos no mienten.

— Y ¡cómo que no mienten! —dijo a esta sazón doña Rodríguez la dueña, que

era una de las escuchantes—: que un romance hay que dice que metieron al

rey Rodrigo, vivo vivo, en una tumba llena de sapos, culebras y lagartos, y

que de allí a dos días dijo el rey desde dentro de la tumba, con voz

doliente y baja:

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