Capítulo XIV. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque

Entre muchas razones que pasaron don Quijote y el Caballero de la Selva,

dice la historia que el del Bosque dijo a don Quijote:

— Finalmente, señor caballero, quiero que sepáis que mi destino, o, por

mejor decir, mi elección, me trujo a enamorar de la sin par Casildea de

Vandalia. Llámola sin par porque no le tiene, así en la grandeza del cuerpo

como en el estremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues,

que voy contando, pagó mis buenos pensamientos y comedidos deseos con

hacerme ocupar, como su madrina a Hércules, en muchos y diversos peligros,

prometiéndome al fin de cada uno que en el fin del otro llegaría el de mi

esperanza; pero así se han ido eslabonando mis trabajos, que no tienen

cuento, ni yo sé cuál ha de ser el último que dé principio al cumplimiento

de mis buenos deseos. Una vez me mandó que fuese a desafiar a aquella

famosa giganta de Sevilla llamada la Giralda, que es tan valiente y fuerte

como hecha de bronce, y, sin mudarse de un lugar, es la más movible y

voltaria mujer del mundo. Llegué, vila, y vencíla, y hícela estar queda y a

raya, porque en más de una semana no soplaron sino vientos nortes. Vez

también hubo que me mandó fuese a tomar en peso las antiguas piedras de los

valientes Toros de Guisando, empresa más para encomendarse a ganapanes que

a caballeros. Otra vez me mandó que me precipitase y sumiese en la sima de

Cabra, peligro inaudito y temeroso, y que le trujese particular relación de

lo que en aquella escura profundidad se encierra. Detuve el movimiento a la

Giralda, pesé los Toros de Guisando, despeñéme en la sima y saqué a luz lo

escondido de su abismo, y mis esperanzas, muertas que muertas, y sus

mandamientos y desdenes, vivos que vivos. En resolución, últimamente me ha

mandado que discurra por todas las provincias de España y haga confesar a

todos los andantes caballeros que por ellas vagaren que ella sola es la más

aventajada en hermosura de cuantas hoy viven, y que yo soy el más valiente

y el más bien enamorado caballero del orbe; en cuya demanda he andado ya la

mayor parte de España, y en ella he vencido muchos caballeros que se han

atrevido a contradecirme. Pero de lo que yo más me precio y ufano es de

haber vencido, en singular batalla, a aquel tan famoso caballero don

Quijote de la Mancha, y héchole confesar que es más hermosa mi Casildea que

su Dulcinea; y en solo este vencimiento hago cuenta que he vencido todos

los caballeros del mundo, porque el tal don Quijote que digo los ha vencido

a todos; y, habiéndole yo vencido a él, su gloria, su fama y su honra se ha

transferido y pasado a mi persona;

y tanto el vencedor es más honrado,

cuanto más el vencido es reputado;

así que, ya corren por mi cuenta y son mías las inumerables hazañas del ya

referido don Quijote.

Admirado quedó don Quijote de oír al Caballero del Bosque, y estuvo mil

veces por decirle que mentía, y ya tuvo el mentís en el pico de la lengua;

pero reportóse lo mejor que pudo, por hacerle confesar por su propia boca

su mentira; y así, sosegadamente le dijo:

— De que vuesa merced, señor caballero, haya vencido a los más caballeros

andantes de España, y aun de todo el mundo, no digo nada; pero de que haya

vencido a don Quijote de la Mancha, póngolo en duda. Podría ser que fuese

otro que le pareciese, aunque hay pocos que le parezcan.

— ¿Cómo no? —replicó el del Bosque—. Por el cielo que nos cubre, que peleé

con don Quijote, y le vencí y rendí; y es un hombre alto de cuerpo, seco de

rostro, estirado y avellanado de miembros, entrecano, la nariz aguileña y

algo corva, de bigotes grandes, negros y caídos. Campea debajo del nombre

del Caballero de la Triste Figura, y trae por escudero a un labrador

llamado Sancho Panza; oprime el lomo y rige el freno de un famoso caballo

llamado Rocinante, y, finalmente, tiene por señora de su voluntad a una tal

Dulcinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo; como la mía, que,

por llamarse Casilda y ser de la Andalucía, yo la llamo Casildea de

Vandalia. Si todas estas señas no bastan para acreditar mi verdad, aquí

está mi espada, que la hará dar crédito a la mesma incredulidad.

— Sosegaos, señor caballero —dijo don Quijote—, y escuchad lo que decir os

quiero. Habéis de saber que ese don Quijote que decís es el mayor amigo que

en este mundo tengo, y tanto, que podré decir que le tengo en lugar de mi

misma persona, y que por las señas que dél me habéis dado, tan puntuales y

ciertas, no puedo pensar sino que sea el mismo que habéis vencido. Por otra

parte, veo con los ojos y toco con las manos no ser posible ser el mesmo,

si ya no fuese que como él tiene muchos enemigos encantadores,

especialmente uno que de ordinario le persigue, no haya alguno dellos

tomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la fama que sus

altas caballerías le tienen granjeada y adquirida por todo lo descubierto

de la tierra. Y, para confirmación desto, quiero también que sepáis que los

tales encantadores sus contrarios no ha más de dos días que transformaron

la figura y persona de la hermosa Dulcinea del Toboso en una aldeana soez y

baja, y desta manera habrán transformado a don Quijote; y si todo esto no

basta para enteraros en esta verdad que digo, aquí está el mesmo don

Quijote, que la sustentará con sus armas a pie, o a caballo, o de

cualquiera suerte que os agradare.

Y, diciendo esto, se levantó en pie y se empuñó en la espada, esperando qué

resolución tomaría el Caballero del Bosque; el cual, con voz asimismo

sosegada, respondió y dijo:

— Al buen pagador no le duelen prendas: el que una vez, señor don Quijote,

pudo venceros transformado, bien podrá tener esperanza de rendiros en

vuestro propio ser. Mas, porque no es bien que los caballeros hagan sus

fechos de armas ascuras, como los salteadores y rufianes, esperemos el día,

para que el sol vea nuestras obras. Y ha de ser condición de nuestra

batalla que el vencido ha de quedar a la voluntad del vencedor, para que

haga dél todo lo que quisiere, con tal que sea decente a caballero lo que

se le ordenare.

— Soy más que contento desa condición y convenencia —respondió don Quijote.

Y, en diciendo esto, se fueron donde estaban sus escuderos, y los hallaron

roncando y en la misma forma que estaban cuando les salteó el sueño.

Despertáronlos y mandáronles que tuviesen a punto los caballos, porque, en

saliendo el sol, habían de hacer los dos una sangrienta, singular y

desigual batalla; a cuyas nuevas quedó Sancho atónito y pasmado, temeroso

de la salud de su amo, por las valentías que había oído decir del suyo al

escudero del Bosque; pero, sin hablar palabra, se fueron los dos escuderos

a buscar su ganado, que ya todos tres caballos y el rucio se habían olido,

y estaban todos juntos.

En el camino dijo el del Bosque a Sancho:

— Ha de saber, hermano, que tienen por costumbre los peleantes de la

Andalucía, cuando son padrinos de alguna pendencia, no estarse ociosos mano

sobre mano en tanto que sus ahijados riñen. Dígolo porque esté advertido

que mientras nuestros dueños riñeren, nosotros también hemos de pelear y

hacernos astillas.

— Esa costumbre, señor escudero —respondió Sancho—, allá puede correr y

pasar con los rufianes y peleantes que dice, pero con los escuderos de los

caballeros andantes, ni por pienso. A lo menos, yo no he oído decir a mi

amo semejante costumbre, y sabe de memoria todas las ordenanzas de la

andante caballería. Cuanto más, que yo quiero que sea verdad y ordenanza

expresa el pelear los escuderos en tanto que sus señores pelean; pero yo no

quiero cumplirla, sino pagar la pena que estuviere puesta a los tales

pacíficos escuderos, que yo aseguro que no pase de dos libras de cera, y

más quiero pagar las tales libras, que sé que me costarán menos que las

hilas que podré gastar en curarme la cabeza, que ya me la cuento por

partida y dividida en dos partes. Hay más: que me imposibilita el reñir el

no tener espada, pues en mi vida me la puse.

— Para eso sé yo un buen remedio —dijo el del Bosque—: yo traigo aquí dos

talegas de lienzo, de un mesmo tamaño: tomaréis vos la una, y yo la otra, y

riñiremos a talegazos, con armas iguales.

— Desa manera, sea en buena hora —respondió Sancho—, porque antes servirá la

tal pelea de despolvorearnos que de herirnos.

— No ha de ser así —replicó el otro—, porque se han de echar dentro de las

talegas, porque no se las lleve el aire, media docena de guijarros lindos y

pelados, que pesen tanto los unos como los otros, y desta manera nos

podremos atalegar sin hacernos mal ni daño.

— ¡Mirad, cuerpo de mi padre —respondió Sancho—, qué martas cebollinas, o

qué copos de algodón cardado pone en las talegas, para no quedar molidos

los cascos y hechos alheña los huesos! Pero, aunque se llenaran de capullos

de seda, sepa, señor mío, que no he de pelear: peleen nuestros amos, y allá

se lo hayan, y bebamos y vivamos nosotros, que el tiempo tiene cuidado de

quitarnos las vidas, sin que andemos buscando apetites para que se acaben

antes de llegar su sazón y término y que se cayan de maduras.

— Con todo —replicó el del Bosque—, hemos de pelear siquiera media hora.

— Eso no —respondió Sancho—: no seré yo tan descortés ni tan desagradecido,

que con quien he comido y he bebido trabe cuestión alguna, por mínima que

sea; cuanto más que, estando sin cólera y sin enojo, ¿quién diablos se ha

de amañar a reñir a secas?

— Para eso —dijo el del Bosque— yo daré un suficiente remedio: y es que,

antes que comencemos la pelea, yo me llegaré bonitamente a vuestra merced

y le daré tres o cuatro bofetadas, que dé con él a mis pies, con las cuales

le haré despertar la cólera, aunque esté con más sueño que un lirón.

— Contra ese corte sé yo otro —respondió Sancho—, que no le va en zaga:

cogeré yo un garrote, y, antes que vuestra merced llegue a despertarme la

cólera, haré yo dormir a garrotazos de tal suerte la suya, que no despierte

si no fuere en el otro mundo, en el cual se sabe que no soy yo hombre que

me dejo manosear el rostro de nadie; y cada uno mire por el virote, aunque

lo más acertado sería dejar dormir su cólera a cada uno, que no sabe nadie

el alma de nadie, y tal suele venir por lana que vuelve tresquilado; y Dios

bendijo la paz y maldijo las riñas, porque si un gato acosado, encerrado y

apretado se vuelve en león, yo, que soy hombre, Dios sabe en lo que podré

volverme; y así, desde ahora intimo a vuestra merced, señor escudero, que

corra por su cuenta todo el mal y daño que de nuestra pendencia resultare.

— Está bien —replicó el del Bosque—. Amanecerá Dios y medraremos.

En esto, ya comenzaban a gorjear en los árboles mil suertes de pintados

pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos parecía que daban la

norabuena y saludaban a la fresca aurora, que ya por las puertas y balcones

del oriente iba descubriendo la hermosura de su rostro, sacudiendo de sus

cabellos un número infinito de líquidas perlas, en cuyo suave licor

bañándose las yerbas, parecía asimesmo que ellas brotaban y llovían

blanco y menudo aljófar; los sauces destilaban maná sabroso, reíanse las

fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas y enriquecíanse los

prados con su venida. Mas, apenas dio lugar la claridad del día para ver y

diferenciar las cosas, cuando la primera que se ofreció a los ojos de

Sancho Panza fue la nariz del escudero del Bosque, que era tan grande que

casi le hacía sombra a todo el cuerpo. Cuéntase, en efecto, que era de

demasiada grandeza, corva en la mitad y toda llena de verrugas, de color

amoratado, como de berenjena; bajábale dos dedos más abajo de la boca; cuya

grandeza, color, verrugas y encorvamiento así le afeaban el rostro, que, en

viéndole Sancho, comenzó a herir de pie y de mano, como niño con alferecía,

y propuso en su corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes que

despertar la cólera para reñir con aquel vestiglo.

Don Quijote miró a su contendor, y hallóle ya puesta y calada la celada, de

modo que no le pudo ver el rostro, pero notó que era hombre membrudo, y no

muy alto de cuerpo. Sobre las armas traía una sobrevista o casaca de una

tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas

de resplandecientes espejos, que le hacían en grandísima manera galán y

vistoso; volábanle sobre la celada grande cantidad de plumas verdes,

amarillas y blancas; la lanza, que tenía arrimada a un árbol, era

grandísima y gruesa, y de un hierro acerado de más de un palmo.

Todo lo miró y todo lo notó don Quijote, y juzgó de lo visto y mirado que

el ya dicho caballero debía de ser de grandes fuerzas; pero no por eso

temió, como Sancho Panza; antes, con gentil denuedo, dijo al Caballero de

los Espejos:

— Si la mucha gana de pelear, señor caballero, no os gasta la cortesía, por

ella os pido que alcéis la visera un poco, porque yo vea si la gallardía de

vuestro rostro responde a la de vuestra disposición.

— O vencido o vencedor que salgáis desta empresa, señor caballero —respondió

el de los Espejos—, os quedará tiempo y espacio demasiado para verme; y si

ahora no satisfago a vuestro deseo, es por parecerme que hago notable

agravio a la hermosa Casildea de Vandalia en dilatar el tiempo que tardare

en alzarme la visera, sin haceros confesar lo que ya sabéis que pretendo.

— Pues, en tanto que subimos a caballo —dijo don Quijote—, bien podéis

decirme si soy yo aquel don Quijote que dijistes haber vencido.

— A eso vos respondemos —dijo el de los Espejos— que parecéis, como se

parece un huevo a otro, al mismo caballero que yo vencí; pero, según vos

decís que le persiguen encantadores, no osaré afirmar si sois el contenido

o no.

— Eso me basta a mí —respondió don Quijote— para que crea vuestro engaño;

empero, para sacaros dél de todo punto, vengan nuestros caballos; que, en

menos tiempo que el que tardárades en alzaros la visera, si Dios, si mi

señora y mi brazo me valen, veré yo vuestro rostro, y vos veréis que no soy

yo el vencido don Quijote que pensáis.

Con esto, acortando razones, subieron a caballo, y don Quijote volvió las

riendas a Rocinante para tomar lo que convenía del campo, para volver a

encontrar a su contrario, y lo mesmo hizo el de los Espejos. Pero, no se

había apartado don Quijote veinte pasos, cuando se oyó llamar del de los

Espejos, y, partiendo los dos el camino, el de los Espejos le dijo:

— Advertid, señor caballero, que la condición de nuestra batalla es que el

vencido, como otra vez he dicho, ha de quedar a discreción del vencedor.

— Ya la sé —respondió don Quijote—; con tal que lo que se le impusiere y

mandare al vencido han de ser cosas que no salgan de los límites de la

caballería.

— Así se entiende —respondió el de los Espejos.

Ofreciéronsele en esto a la vista de don Quijote las estrañas narices del

escudero, y no se admiró menos de verlas que Sancho; tanto, que le juzgó

por algún monstro, o por hombre nuevo y de aquellos que no se usan en el

mundo. Sancho, que vio partir a su amo para tomar carrera, no quiso quedar

solo con el narigudo, temiendo que con solo un pasagonzalo con aquellas

narices en las suyas sería acabada la pendencia suya, quedando del golpe, o

del miedo, tendido en el suelo, y fuese tras su amo, asido a una acción de

Rocinante; y, cuando le pareció que ya era tiempo que volviese, le dijo:

— Suplico a vuesa merced, señor mío, que antes que vuelva a encontrarse me

ayude a subir sobre aquel alcornoque, de donde podré ver más a mi sabor,

mejor que desde el suelo, el gallardo encuentro que vuesa merced ha de

hacer con este caballero.

— Antes creo, Sancho —dijo don Quijote—, que te quieres encaramar y subir en

andamio por ver sin peligro los toros.

— La verdad que diga —respondió Sancho—, las desaforadas narices de aquel

escudero me tienen atónito y lleno de espanto, y no me atrevo a estar junto

a él.

— Ellas son tales —dijo don Quijote—, que, a no ser yo quien soy, también me

asombraran; y así, ven: ayudarte he a subir donde dices.

En lo que se detuvo don Quijote en que Sancho subiese en el alcornoque,

tomó el de los Espejos del campo lo que le pareció necesario; y, creyendo

que lo mismo habría hecho don Quijote, sin esperar son de trompeta ni otra

señal que los avisase, volvió las riendas a su caballo —que no era más

ligero ni de mejor parecer que Rocinante—, y, a todo su correr, que era un

mediano trote, iba a encontrar a su enemigo; pero, viéndole ocupado en la

subida de Sancho, detuvo las riendas y paróse en la mitad de la carrera, de

lo que el caballo quedó agradecidísimo, a causa que ya no podía moverse.

Don Quijote, que le pareció que ya su enemigo venía volando, arrimó

reciamente las espuelas a las trasijadas ijadas de Rocinante, y le hizo

aguijar de manera, que cuenta la historia que esta sola vez se conoció

haber corrido algo, porque todas las demás siempre fueron trotes

declarados; y con esta no vista furia llegó donde el de los Espejos estaba

hincando a su caballo las espuelas hasta los botones, sin que le pudiese

mover un solo dedo del lugar donde había hecho estanco de su carrera.

En esta buena sazón y coyuntura halló don Quijote a su contrario embarazado

con su caballo y ocupado con su lanza, que nunca, o no acertó, o no tuvo

lugar de ponerla en ristre. Don Quijote, que no miraba en estos

inconvenientes, a salvamano y sin peligro alguno, encontró al de los

Espejos con tanta fuerza, que mal de su grado le hizo venir al suelo por

las ancas del caballo, dando tal caída, que, sin mover pie ni mano, dio

señales de que estaba muerto.

Apenas le vio caído Sancho, cuando se deslizó del alcornoque y a toda

priesa vino donde su señor estaba, el cual, apeándose de Rocinante, fue

sobre el de los Espejos, y, quitándole las lazadas del yelmo para ver si

era muerto y para que le diese el aire si acaso estaba vivo; y vio...

¿Quién podrá decir lo que vio, sin causar admiración, maravilla y espanto a

los que lo oyeren? Vio, dice la historia, el rostro mesmo, la misma figura,

el mesmo aspecto, la misma fisonomía, la mesma efigie, la pespetiva mesma

del bachiller Sansón Carrasco; y, así como la vio, en altas voces dijo:

— ¡Acude, Sancho, y mira lo que has de ver y no lo has creer! ¡Aguija, hijo,

y advierte lo que puede la magia, lo que pueden los hechiceros y los

encantadores!

Llegó Sancho, y, como vio el rostro del bachiller Carrasco, comenzó a

hacerse mil cruces y a santiguarse otras tantas. En todo esto, no daba

muestras de estar vivo el derribado caballero, y Sancho dijo a don Quijote:

— Soy de parecer, señor mío, que, por sí o por no, vuesa merced hinque y

meta la espada por la boca a este que parece el bachiller Sansón Carrasco;

quizá matará en él a alguno de sus enemigos los encantadores.

— No dices mal —dijo don Quijote—, porque de los enemigos, los menos.

Y, sacando la espada para poner en efecto el aviso y consejo de Sancho,

llegó el escudero del de los Espejos, ya sin las narices que tan feo le

habían hecho, y a grandes voces dijo:

— Mire vuesa merced lo que hace, señor don Quijote, que ese que tiene a los

pies es el bachiller Sansón Carrasco, su amigo, y yo soy su escudero.

Y, viéndole Sancho sin aquella fealdad primera, le dijo:

— ¿Y las narices?

A lo que él respondió:

— Aquí las tengo, en la faldriquera.

Y, echando mano a la derecha, sacó unas narices de pasta y barniz, de

máscara, de la manifatura que quedan delineadas. Y, mirándole más y más

Sancho, con voz admirativa y grande, dijo:

— ¡Santa María, y valme! ¿Éste no es Tomé Cecial, mi vecino y mi compadre?

— Y ¡cómo si lo soy! —respondió el ya desnarigado escudero—: Tomé Cecial

soy, compadre y amigo Sancho Panza, y luego os diré los arcaduces, embustes

y enredos por donde soy aquí venido; y en tanto, pedid y suplicad al señor

vuestro amo que no toque, maltrate, hiera ni mate al caballero de los

Espejos, que a sus pies tiene, porque sin duda alguna es el atrevido y mal

aconsejado del bachiller Sansón Carrasco, nuestro compatrioto.

En esto, volvió en sí el de los Espejos, lo cual visto por don Quijote, le

puso la punta desnuda de su espada encima del rostro, y le dijo:

— Muerto sois, caballero, si no confesáis que la sin par Dulcinea del Toboso

se aventaja en belleza a vuestra Casildea de Vandalia; y demás de esto

habéis de prometer, si de esta contienda y caída quedárades con vida, de ir

a la ciudad del Toboso y presentaros en su presencia de mi parte, para que

haga de vos lo que más en voluntad le viniere; y si os dejare en la

vuestra, asimismo habéis de volver a buscarme, que el rastro de mis hazañas

os servirá de guía que os traiga donde yo estuviere, y a decirme lo que con

ella hubiéredes pasado; condiciones que, conforme a las que pusimos antes

de nuestra batalla, no salen de los términos de la andante caballería.

— Confieso —dijo el caído caballero— que vale más el zapato descosido y

sucio de la señora Dulcinea del Toboso que las barbas mal peinadas, aunque

limpias, de Casildea, y prometo de ir y volver de su presencia a la

vuestra, y daros entera y particular cuenta de lo que me pedís.

— También habéis de confesar y creer —añadió don Quijote— que aquel

caballero que vencistes no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sino

otro que se le parecía, como yo confieso y creo que vos, aunque parecéis el

bachiller Sansón Carrasco, no lo sois, sino otro que le parece, y que en su

figura aquí me le han puesto mis enemigos, para que detenga y temple el

ímpetu de mi cólera, y para que use blandamente de la gloria del

vencimiento.

— Todo lo confieso, juzgo y siento como vos lo creéis, juzgáis y sentís

— respondió el derrengado caballero—. Dejadme levantar, os ruego, si es que

lo permite el golpe de mi caída, que asaz maltrecho me tiene.

Ayudóle a levantar don Quijote y Tomé Cecial, su escudero, del cual no

apartaba los ojos Sancho, preguntándole cosas cuyas respuestas le daban

manifiestas señales de que verdaderamente era el Tomé Cecial que decía; mas

la aprehensión que en Sancho había hecho lo que su amo dijo, de que los

encantadores habían mudado la figura del Caballero de los Espejos en la del

bachiller Carrasco, no le dejaba dar crédito a la verdad que con los ojos

estaba mirando. Finalmente, se quedaron con este engaño amo y mozo, y el de

los Espejos y su escudero, mohínos y malandantes, se apartaron de don

Quijote y Sancho, con intención de buscar algún lugar donde bizmarle y

entablarle las costillas. Don Quijote y Sancho volvieron a proseguir su

camino de Zaragoza, donde los deja la historia, por dar cuenta de quién era

el Caballero de los Espejos y su narigante escudero.

Capítulo XV. Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los

Espejos y su escudero

En estremo contento, ufano y vanaglorioso iba don Quijote por haber

alcanzado vitoria de tan valiente caballero como él se imaginaba que era el

de los Espejos, de cuya caballeresca palabra esperaba saber si el

encantamento de su señora pasaba adelante, pues era forzoso que el tal

vencido caballero volviese, so pena de no serlo, a darle razón de lo que

con ella le hubiese sucedido. Pero uno pensaba don Quijote y otro el de los

Espejos, puesto que por entonces no era otro su pensamiento sino buscar

donde bizmarse, como se ha dicho.

Dice, pues, la historia que cuando el bachiller Sansón Carrasco aconsejó a

don Quijote que volviese a proseguir sus dejadas caballerías, fue por haber

entrado primero en bureo con el cura y el barbero sobre qué medio se podría

tomar para reducir a don Quijote a que se estuviese en su casa quieto y

sosegado, sin que le alborotasen sus mal buscadas aventuras; de cuyo

consejo salió, por voto común de todos y parecer particular de Carrasco,

que dejasen salir a don Quijote, pues el detenerle parecía imposible, y que

Sansón le saliese al camino como caballero andante, y trabase batalla con

él, pues no faltaría sobre qué, y le venciese, teniéndolo por cosa fácil, y

que fuese pacto y concierto que el vencido quedase a merced del vencedor; y

así vencido don Quijote, le había de mandar el bachiller caballero se

volviese a su pueblo y casa, y no saliese della en dos años, o hasta tanto

que por él le fuese mandado otra cosa; lo cual era claro que don Quijote

vencido cumpliría indubitablemente, por no contravenir y faltar a las leyes

de la caballería, y podría ser que en el tiempo de su reclusión se le

olvidasen sus vanidades, o se diese lugar de buscar a su locura algún

conveniente remedio.

Aceptólo Carrasco, y ofreciósele por escudero Tomé Cecial, compadre y

vecino de Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos. Armóse Sansón

como queda referido y Tomé Cecial acomodó sobre sus naturales narices las

falsas y de máscara ya dichas, porque no fuese conocido de su compadre

cuando se viesen; y así, siguieron el mismo viaje que llevaba don Quijote,

y llegaron casi a hallarse en la aventura del carro de la Muerte. Y,

finalmente, dieron con ellos en el bosque, donde les sucedió todo lo que el

prudente ha leído; y si no fuera por los pensamientos extraordinarios de

don Quijote, que se dio a entender que el bachiller no era el bachiller, el

señor bachiller quedara imposibilitado para siempre de graduarse de

licenciado, por no haber hallado nidos donde pensó hallar pájaros.

Tomé Cecial, que vio cuán mal había logrado sus deseos y el mal paradero

que había tenido su camino, dijo al bachiller:

— Por cierto, señor Sansón Carrasco, que tenemos nuestro merecido: con

facilidad se piensa y se acomete una empresa, pero con dificultad las más

veces se sale della. Don Quijote loco, nosotros cuerdos: él se va sano y

riendo, vuesa merced queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora, cuál es

más loco: ¿el que lo es por no poder menos, o el que lo es por su voluntad?

A lo que respondió Sansón:

— La diferencia que hay entre esos dos locos es que el que lo es por fuerza

lo será siempre, y el que lo es de grado lo dejará de ser cuando quisiere.

— Pues así es —dijo Tomé Cecial—, yo fui por mi voluntad loco cuando quise

hacerme escudero de vuestra merced, y por la misma quiero dejar de serlo y

volverme a mi casa.

— Eso os cumple —respondió Sansón—, porque pensar que yo he de volver a la

mía, hasta haber molido a palos a don Quijote, es pensar en lo escusado; y

no me llevará ahora a buscarle el deseo de que cobre su juicio, sino el de

la venganza; que el dolor grande de mis costillas no me deja hacer más

piadosos discursos.

En esto fueron razonando los dos, hasta que llegaron a un pueblo donde fue

ventura hallar un algebrista, con quien se curó el Sansón desgraciado. Tomé

Cecial se volvió y le dejó, y él quedó imaginando su venganza; y la

historia vuelve a hablar dél a su tiempo, por no dejar de regocijarse ahora

con don Quijote.

Capítulo XVI. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de

la Mancha

Con la alegría, contento y ufanidad que se ha dicho, seguía don Quijote su

jornada, imaginándose por la pasada vitoria ser el caballero andante más

valiente que tenía en aquella edad el mundo; daba por acabadas y a felice

fin conducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de allí adelante; tenía

en poco a los encantos y a los encantadores; no se acordaba de los

inumerables palos que en el discurso de sus caballerías le habían dado, ni

de la pedrada que le derribó la mitad de los dientes, ni del

desagradecimiento de los galeotes, ni del atrevimiento y lluvia de estacas

de los yangüeses. Finalmente, decía entre sí que si él hallara arte, modo o

manera como desencantar a su señora Dulcinea, no invidiara a la mayor

ventura que alcanzó o pudo alcanzar el más venturoso caballero andante de

los pasados siglos. En estas imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho

le dijo:

— ¿No es bueno, señor, que aun todavía traigo entre los ojos las desaforadas

narices, y mayores de marca, de mi compadre Tomé Cecial?

— Y ¿crees tú, Sancho, por ventura, que el Caballero de los Espejos era el

bachiller Carrasco; y su escudero, Tomé Cecial, tu compadre?

— No sé qué me diga a eso —respondió Sancho—; sólo sé que las señas que me

dio de mi casa, mujer y hijos no me las podría dar otro que él mesmo; y la

cara, quitadas las narices, era la misma de Tomé Cecial, como yo se la he

visto muchas veces en mi pueblo y pared en medio de mi misma casa; y el

tono de la habla era todo uno.

— Estemos a razón, Sancho —replicó don Quijote—. Ven acá: ¿en qué

consideración puede caber que el bachiller Sansón Carrasco viniese como

caballero andante, armado de armas ofensivas y defensivas, a pelear

conmigo? ¿He sido yo su enemigo por ventura? ¿Hele dado yo jamás ocasión

para tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival, o hace él profesión de las armas,

para tener invidia a la fama que yo por ellas he ganado?

— Pues, ¿qué diremos, señor —respondió Sancho—, a esto de parecerse tanto

aquel caballero, sea el que se fuere, al bachiller Carrasco, y su escudero

a Tomé Cecial, mi compadre? Y si ello es encantamento, como vuestra merced

ha dicho, ¿no había en el mundo otros dos a quien se parecieran?

— Todo es artificio y traza —respondió don Quijote— de los malignos magos

que me persiguen, los cuales, anteviendo que yo había de quedar vencedor en

la contienda, se previnieron de que el caballero vencido mostrase el rostro

de mi amigo el bachiller, porque la amistad que le tengo se pusiese entre

los filos de mi espada y el rigor de mi brazo, y templase la justa ira de

mi corazón, y desta manera quedase con vida el que con embelecos y falsías

procuraba quitarme la mía. Para prueba de lo cual ya sabes, ¡oh Sancho!,

por experiencia que no te dejará mentir ni engañar, cuán fácil sea a los

encantadores mudar unos rostros en otros, haciendo de lo hermoso feo y de

lo feo hermoso, pues no ha dos días que viste por tus mismos ojos la

hermosura y gallardía de la sin par Dulcinea en toda su entereza y natural

conformidad, y yo la vi en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con

cataratas en los ojos y con mal olor en la boca; y más, que el perverso

encantador que se atrevió a hacer una transformación tan mala no es mucho

que haya hecho la de Sansón Carrasco y la de tu compadre, por quitarme la

gloria del vencimiento de las manos. Pero, con todo esto, me consuelo;

porque, en fin, en cualquiera figura que haya sido, he quedado vencedor de

mi enemigo.

— Dios sabe la verdad de todo —respondió Sancho.

Y como él sabía que la transformación de Dulcinea había sido traza y

embeleco suyo, no le satisfacían las quimeras de su amo; pero no le quiso

replicar, por no decir alguna palabra que descubriese su embuste.

En estas razones estaban cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos por

el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un

gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera

del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta,

asimismo de morado y verde. Traía un alfanje morisco pendiente de un ancho

tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las

espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y

bruñidas que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si

fuera de oro puro. Cuando llegó a ellos, el caminante los saludó

cortésmente, y, picando a la yegua, se pasaba de largo; pero don Quijote le

dijo:

— Señor galán, si es que vuestra merced lleva el camino que nosotros y no

importa el darse priesa, merced recibiría en que nos fuésemos juntos.

— En verdad —respondió el de la yegua— que no me pasara tan de largo, si no

fuera por temor que con la compañía de mi yegua no se alborotara ese

caballo.

— Bien puede, señor —respondió a esta sazón Sancho—, bien puede tener las

riendas a su yegua, porque nuestro caballo es el más honesto y bien mirado

del mundo: jamás en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez

que se desmandó a hacerla la lastamos mi señor y yo con las setenas. Digo

otra vez que puede vuestra merced detenerse, si quisiere; que, aunque se la

den entre dos platos, a buen seguro que el caballo no la arrostre.

Detuvo la rienda el caminante, admirándose de la apostura y rostro de don

Quijote, el cual iba sin celada, que la llevaba Sancho como maleta en el

arzón delantero de la albarda del rucio; y si mucho miraba el de lo verde a

don Quijote, mucho más miraba don Quijote al de lo verde, pareciéndole

hombre de chapa. La edad mostraba ser de cincuenta años; las canas, pocas,

y el rostro, aguileño; la vista, entre alegre y grave; finalmente, en el

traje y apostura daba a entender ser hombre de buenas prendas.

Lo que juzgó de don Quijote de la Mancha el de lo verde fue que semejante

manera ni parecer de hombre no le había visto jamás: admiróle la longura de

su caballo, la grandeza de su cuerpo, la flaqueza y amarillez de su rostro,

sus armas, su ademán y compostura: figura y retrato no visto por luengos

tiempos atrás en aquella tierra. Notó bien don Quijote la atención con que

el caminante le miraba, y leyóle en la suspensión su deseo; y, como era tan

cortés y tan amigo de dar gusto a todos, antes que le preguntase nada, le

salió al camino, diciéndole:

— Esta figura que vuesa merced en mí ha visto, por ser tan nueva y tan fuera

de las que comúnmente se usan, no me maravillaría yo de que le hubiese

maravillado; pero dejará vuesa merced de estarlo cuando le diga, como le

digo, que soy caballero

destos que dicen las gentes

que a sus aventuras van.

Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entreguéme en los

brazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise

resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando

aquí, cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido

gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y

favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de

caballeros andantes; y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas

he merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo.

Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de

imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.

Finalmente, por encerrarlo todo en breves palabras, o en una sola, digo que

yo soy don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la

Triste Figura; y, puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso

decir yo tal vez las mías, y esto se entiende cuando no se halla presente

quien las diga; así que, señor gentilhombre, ni este caballo, esta lanza,

ni este escudo, ni escudero, ni todas juntas estas armas, ni la amarillez

de mi rostro, ni mi atenuada flaqueza, os podrá admirar de aquí adelante,

habiendo ya sabido quién soy y la profesión que hago.

Calló en diciendo esto don Quijote, y el de lo verde, según se tardaba en

responderle, parecía que no acertaba a hacerlo; pero de allí a buen espacio

le dijo:

— Acertastes, señor caballero, a conocer por mi suspensión mi deseo; pero no

habéis acertado a quitarme la maravilla que en mí causa el haberos visto;

que, puesto que, como vos, señor, decís, que el saber ya quién sois me lo

podría quitar, no ha sido así; antes, agora que lo sé, quedo más suspenso y

maravillado. ¿Cómo y es posible que hay hoy caballeros andantes en el

mundo, y que hay historias impresas de verdaderas caballerías? No me puedo

persuadir que haya hoy en la tierra quien favorezca viudas, ampare

doncellas, ni honre casadas, ni socorra huérfanos, y no lo creyera si en

vuesa merced no lo hubiera visto con mis ojos. ¡Bendito sea el cielo!, que

con esa historia, que vuesa merced dice que está impresa, de sus altas y

verdaderas caballerías, se habrán puesto en olvido las innumerables de los

fingidos caballeros andantes, de que estaba lleno el mundo, tan en daño de

las buenas costumbres y tan en perjuicio y descrédito de las buenas

historias.

— Hay mucho que decir —respondió don Quijote— en razón de si son fingidas, o

no, las historias de los andantes caballeros.

— Pues, ¿hay quien dude —respondió el Verde— que no son falsas las tales

historias?

— Yo lo dudo —respondió don Quijote—, y quédese esto aquí; que si nuestra

jornada dura, espero en Dios de dar a entender a vuesa merced que ha hecho

mal en irse con la corriente de los que tienen por cierto que no son

verdaderas.

Desta última razón de don Quijote tomó barruntos el caminante de que don

Quijote debía de ser algún mentecato, y aguardaba que con otras lo

confirmase; pero, antes que se divertiesen en otros razonamientos, don

Quijote le rogó le dijese quién era, pues él le había dado parte de su

condición y de su vida. A lo que respondió el del Verde Gabán:

— Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un

lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que

medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi

mujer, y con mis hijos, y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza

y pesca, pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, o

algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance

y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros; los de

caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo más

los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento,

que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto

que déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y

amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y

no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se

murmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los

otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer

alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la

hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón

más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy

devoto de nuestra Señora, y confío siempre en la misericordia infinita de

Dios nuestro Señor.

Atentísimo estuvo Sancho a la relación de la vida y entretenimientos del

hidalgo; y, pareciéndole buena y santa y que quien la hacía debía de hacer

milagros, se arrojó del rucio, y con gran priesa le fue a asir del estribo

derecho, y con devoto corazón y casi lágrimas le besó los pies una y muchas

veces. Visto lo cual por el hidalgo, le preguntó:

— ¿Qué hacéis, hermano? ¿Qué besos son éstos?

— Déjenme besar —respondió Sancho—, porque me parece vuesa merced el primer

santo a la jineta que he visto en todos los días de mi vida.

— No soy santo —respondió el hidalgo—, sino gran pecador; vos sí, hermano,

que debéis de ser bueno, como vuestra simplicidad lo muestra.

Volvió Sancho a cobrar la albarda, habiendo sacado a plaza la risa de la

profunda malencolía de su amo y causado nueva admiración a don Diego.

Preguntóle don Quijote que cuántos hijos tenía, y díjole que una de las

cosas en que ponían el sumo bien los antiguos filósofos, que carecieron del

verdadero conocimiento de Dios, fue en los bienes de la naturaleza, en los

de la fortuna, en tener muchos amigos y en tener muchos y buenos hijos.

— Yo, señor don Quijote —respondió el hidalgo—, tengo un hijo, que, a no

tenerle, quizá me juzgara por más dichoso de lo que soy; y no porque él sea

malo, sino porque no es tan bueno como yo quisiera. Será de edad de diez y

ocho años: los seis ha estado en Salamanca, aprendiendo las lenguas latina

y griega; y, cuando quise que pasase a estudiar otras ciencias, halléle tan

embebido en la de la poesía, si es que se puede llamar ciencia, que no es

posible hacerle arrostrar la de las leyes, que yo quisiera que estudiara,

ni de la reina de todas, la teología. Quisiera yo que fuera corona de su

linaje, pues vivimos en siglo donde nuestros reyes premian altamente las

virtuosas y buenas letras; porque letras sin virtud son perlas en el

muladar. Todo el día se le pasa en averiguar si dijo bien o mal Homero en

tal verso de la Ilíada; si Marcial anduvo deshonesto, o no, en tal

epigrama; si se han de entender de una manera o otra tales y tales versos

de Virgilio. En fin, todas sus conversaciones son con los libros de los

referidos poetas, y con los de Horacio, Persio, Juvenal y Tibulo; que de

los modernos romancistas no hace mucha cuenta; y, con todo el mal cariño

que muestra tener a la poesía de romance, le tiene agora desvanecidos los

pensamientos el hacer una glosa a cuatro versos que le han enviado de

Salamanca, y pienso que son de justa literaria.

A todo lo cual respondió don Quijote:

— Los hijos, señor, son pedazos de las entrañas de sus padres, y así, se han

de querer, o buenos o malos que sean, como se quieren las almas que nos dan

vida; a los padres toca el encaminarlos desde pequeños por los pasos de la

virtud, de la buena crianza y de las buenas y cristianas costumbres, para

que cuando grandes sean báculo de la vejez de sus padres y gloria de su

posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta o aquella ciencia no lo

tengo por acertado, aunque el persuadirles no será dañoso; y cuando no se

ha de estudiar para pane lucrando, siendo tan venturoso el estudiante que

le dio el cielo padres que se lo dejen, sería yo de parecer que le dejen

seguir aquella ciencia a que más le vieren inclinado; y, aunque la de la

poesía es menos útil que deleitable, no es de aquellas que suelen deshonrar

a quien las posee. La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una

doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen

cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son

todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han

de autorizar con ella; pero esta tal doncella no quiere ser manoseada, ni

traída por las calles, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por

los rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de tal virtud,

que quien la sabe tratar la volverá en oro purísimo de inestimable precio;

hala de tener, el que la tuviere, a raya, no dejándola correr en torpes

sátiras ni en desalmados sonetos; no ha de ser vendible en ninguna manera,

si ya no fuere en poemas heroicos, en lamentables tragedias, o en comedias

alegres y artificiosas; no se ha de dejar tratar de los truhanes, ni del

ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en ella se

encierran. Y no penséis, señor, que yo llamo aquí vulgo solamente a la

gente plebeya y humilde; que todo aquel que no sabe, aunque sea señor y

príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo. Y así, el que con los

requisitos que he dicho tratare y tuviere a la poesía, será famoso y

estimado su nombre en todas las naciones políticas del mundo. Y a lo que

decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doyme

a entender que no anda muy acertado en ello, y la razón es ésta: el grande

Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio no escribió en

griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos

escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las

estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y, siendo esto así,

razón sería se estendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no

se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el

castellano, ni aun el vizcaíno, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo,

a lo que yo, señor, imagino, no debe de estar mal con la poesía de romance,

sino con los poetas que son meros romancistas, sin saber otras lenguas ni

otras ciencias que adornen y despierten y ayuden a su natural impulso; y

aun en esto puede haber yerro; porque, según es opinión verdadera, el poeta

nace: quieren decir que del vientre de su madre el poeta natural sale

poeta; y, con aquella inclinación que le dio el cielo, sin más estudio ni

artificio, compone cosas, que hace verdadero al que dijo: est Deus in

nobis..., etcétera. También digo que el natural poeta que se ayudare del

arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte

quisiere serlo; la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza,

sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza y el arte, y el arte

con la naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión

de mi plática, señor hidalgo, que vuesa merced deje caminar a su hijo por

donde su estrella le llama; que, siendo él tan buen estudiante como debe de

ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las esencias,

que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de las

letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y

espada, y así le adornan, honran y engrandecen, como las mitras a los

obispos, o como las garnachas a los peritos jurisconsultos. Riña vuesa

merced a su hijo si hiciere sátiras que perjudiquen las honras ajenas, y

castíguele, y rómpaselas, pero si hiciere sermones al modo de Horacio,

donde reprehenda los vicios en general, como tan elegantemente él lo hizo,

alábele: porque lícito es al poeta escribir contra la invidia, y decir en

sus versos mal de los invidiosos, y así de los otros vicios, con que no

señale persona alguna; pero hay poetas que, a trueco de decir una malicia,

se pondrán a peligro que los destierren a las islas de Ponto. Si el poeta

fuere casto en sus costumbres, lo será también en sus versos; la pluma es

lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren,

tales serán sus escritos; y cuando los reyes y príncipes veen la milagrosa

ciencia de la poesía en sujetos prudentes, virtuosos y graves, los honran,

los estiman y los enriquecen, y aun los coronan con las hojas del árbol a

quien no ofende el rayo, como en señal que no han de ser ofendidos de nadie

los que con tales coronas veen honrados y adornadas sus sienes.

Admirado quedó el del Verde Gabán del razonamiento de don Quijote, y tanto,

que fue perdiendo de la opinión que con él tenía, de ser mentecato. Pero, a

la mitad desta plática, Sancho, por no ser muy de su gusto, se había

desviado del camino a pedir un poco de leche a unos pastores que allí junto

estaban ordeñando unas ovejas; y, en esto, ya volvía a renovar la plática

el hidalgo, satisfecho en estremo de la discreción y buen discurso de don

Quijote, cuando, alzando don Quijote la cabeza, vio que por el camino por

donde ellos iban venía un carro lleno de banderas reales; y, creyendo que

debía de ser alguna nueva aventura, a grandes voces llamó a Sancho que

viniese a darle la celada. El cual Sancho, oyéndose llamar, dejó a los

pastores, y a toda priesa picó al rucio, y llegó donde su amo estaba, a

quien sucedió una espantosa y desatinada aventura.

Capítulo XVII. De donde se declaró el último punto y estremo adonde llegó y

pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote, con la felicemente acabada

aventura de los leones

Cuenta la historia que cuando don Quijote daba voces a Sancho que le

trujese el yelmo, estaba él comprando unos requesones que los pastores le

vendían; y, acosado de la mucha priesa de su amo, no supo qué hacer dellos,

ni en qué traerlos, y, por no perderlos, que ya los tenía pagados, acordó

de echarlos en la celada de su señor, y con este buen recado volvió a ver

lo que le quería; el cual, en llegando, le dijo:

— Dame, amigo, esa celada; que yo sé poco de aventuras, o lo que allí

descubro es alguna que me ha de necesitar, y me necesita, a tomar mis

armas.

El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió la vista por todas partes, y no

descubrió otra cosa que un carro que hacia ellos venía, con dos o tres

banderas pequeñas, que le dieron a entender que el tal carro debía de traer

moneda de Su Majestad, y así se lo dijo a don Quijote; pero él no le dio

crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que le sucediese habían de

ser aventuras y más aventuras, y así, respondió al hidalgo:

— Hombre apercebido, medio combatido: no se pierde nada en que yo me

aperciba, que sé por experiencia que tengo enemigos visibles e invisibles,

y no sé cuándo, ni adónde, ni en qué tiempo, ni en qué figuras me han de

acometer.

Y, volviéndose a Sancho, le pidió la celada; el cual, como no tuvo lugar de

sacar los requesones, le fue forzoso dársela como estaba. Tomóla don

Quijote, y, sin que echase de ver lo que dentro venía, con toda priesa se

la encajó en la cabeza; y, como los requesones se apretaron y exprimieron,

comenzó a correr el suero por todo el rostro y barbas de don Quijote, de lo

que recibió tal susto, que dijo a Sancho:

— ¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos, o se me

derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza? Y si es que sudo,

en verdad que no es de miedo; sin duda creo que es terrible la aventura que

agora quiere sucederme. Dame, si tienes, con que me limpie, que el copioso

sudor me ciega los ojos.

Calló Sancho y diole un paño, y dio con él gracias a Dios de que su señor

no hubiese caído en el caso. Limpióse don Quijote y quitóse la celada por

ver qué cosa era la que, a su parecer, le enfriaba la cabeza, y, viendo

aquellas gachas blancas dentro de la celada, las llegó a las narices, y en

oliéndolas dijo:

— Por vida de mi señora Dulcinea del Toboso, que son requesones los que aquí

me has puesto, traidor, bergante y mal mirado escudero.

A lo que, con gran flema y disimulación, respondió Sancho:

— Si son requesones, démelos vuesa merced, que yo me los comeré... Pero

cómalos el diablo, que debió de ser el que ahí los puso. ¿Yo había de tener

atrevimiento de ensuciar el yelmo de vuesa merced? ¡Hallado le habéis el

atrevido! A la fe, señor, a lo que Dios me da a entender, también debo yo

de tener encantadores que me persiguen como a hechura y miembro de vuesa

merced, y habrán puesto ahí esa inmundicia para mover a cólera su paciencia

y hacer que me muela, como suele, las costillas. Pues en verdad que esta

vez han dado salto en vago, que yo confío en el buen discurso de mi señor,

que habrá considerado que ni yo tengo requesones, ni leche, ni otra cosa

que lo valga, y que si la tuviera, antes la pusiera en mi estómago que en

la celada.

— Todo puede ser —dijo don Quijote.

Y todo lo miraba el hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando,

después de haberse limpiado don Quijote cabeza, rostro y barbas y celada,

se la encajó; y, afirmándose bien en los estribos, requiriendo la espada y

asiendo la lanza, dijo:

— Ahora, venga lo que veniere, que aquí estoy con ánimo de tomarme con el

mesmo Satanás en persona.

Llegó en esto el carro de las banderas, en el cual no venía otra gente que

el carretero, en las mulas, y un hombre sentado en la delantera. Púsose don

Quijote delante y dijo:

— ¿Adónde vais, hermanos? ¿Qué carro es éste, qué lleváis en él y qué

banderas son aquéstas?

A lo que respondió el carretero:

— El carro es mío; lo que va en él son dos bravos leones enjaulados, que el

general de Orán envía a la corte, presentados a Su Majestad; las banderas

son del rey nuestro señor, en señal que aquí va cosa suya.

— Y ¿son grandes los leones? —preguntó don Quijote.

— Tan grandes —respondió el hombre que iba a la puerta del carro—, que no

han pasado mayores, ni tan grandes, de Africa a España jamás; y yo soy el

leonero, y he pasado otros, pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho;

el macho va en esta jaula primera, y la hembra en la de atrás; y ahora van

hambrientos porque no han comido hoy; y así, vuesa merced se desvíe, que es

menester llegar presto donde les demos de comer.

A lo que dijo don Quijote, sonriéndose un poco:

— ¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas? Pues, ¡por Dios que han

de ver esos señores que acá los envían si soy yo hombre que se espanta de

leones! Apeaos, buen hombre, y, pues sois el leonero, abrid esas jaulas y

echadme esas bestias fuera, que en mitad desta campaña les daré a conocer

quién es don Quijote de la Mancha, a despecho y pesar de los encantadores

que a mí los envían.

— ¡Ta, ta! —dijo a esta sazón entre sí el hidalgo—, dado ha señal de quién

es nuestro buen caballero: los requesones, sin duda, le han ablandado los

cascos y madurado los sesos.

Llegóse en esto a él Sancho y díjole:

— Señor, por quien Dios es, que vuesa merced haga de manera que mi señor don

Quijote no se tome con estos leones, que si se toma, aquí nos han de hacer

pedazos a todos.

— Pues, ¿tan loco es vuestro amo —respondió el hidalgo—, que teméis, y

creéis que se ha de tomar con tan fieros animales?

— No es loco —respondió Sancho—, sino atrevido.

— Yo haré que no lo sea —replicó el hidalgo.

Y, llegándose a don Quijote, que estaba dando priesa al leonero que abriese

las jaulas, le dijo:

— Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que

prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de en todo la

quitan; porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad,

más tiene de locura que de fortaleza. Cuanto más, que estos leones no

vienen contra vuesa merced, ni lo sueñan: van presentados a Su Majestad, y

no será bien detenerlos ni impedirles su viaje.

— Váyase vuesa merced, señor hidalgo —respondió don Quijote—, a entender con

su perdigón manso y con su hurón atrevido, y deje a cada uno hacer su

oficio. Éste es el mío, y yo sé si vienen a mí, o no, estos señores leones.

Y, volviéndose al leonero, le dijo:

— ¡Voto a tal, don bellaco, que si no abrís luego luego las jaulas, que con

esta lanza os he de coser con el carro!

El carretero, que vio la determinación de aquella armada fantasía, le dijo:

— Señor mío, vuestra merced sea servido, por caridad, dejarme desuncir las

mulas y ponerme en salvo con ellas antes que se desenvainen los leones,

porque si me las matan, quedaré rematado para toda mi vida; que no tengo

otra hacienda sino este carro y estas mulas.

— ¡Oh hombre de poca fe! —respondió don Quijote—, apéate y desunce, y haz lo

que quisieres, que presto verás que trabajaste en vano y que pudieras

ahorrar desta diligencia.

Apeóse el carretero y desunció a gran priesa, y el leonero dijo a grandes

voces:

— Séanme testigos cuantos aquí están cómo contra mi voluntad y forzado abro

las jaulas y suelto los leones, y de que protesto a este señor que todo el

mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más

mis salarios y derechos. Vuestras mercedes, señores, se pongan en cobro

antes que abra, que yo seguro estoy que no me han de hacer daño.

Otra vez le persuadió el hidalgo que no hiciese locura semejante, que era

tentar a Dios acometer tal disparate. A lo que respondió don Quijote que él

sabía lo que hacía. Respondióle el hidalgo que lo mirase bien, que él

entendía que se engañaba.

— Ahora, señor —replicó don Quijote—, si vuesa merced no quiere ser oyente

desta que a su parecer ha de ser tragedia, pique la tordilla y póngase en

salvo.

Oído lo cual por Sancho, con lágrimas en los ojos le suplicó desistiese de

tal empresa, en cuya comparación habían sido tortas y pan pintado la de los

molinos de viento y la temerosa de los batanes, y, finalmente, todas las

hazañas que había acometido en todo el discurso de su vida.

— Mire, señor —decía Sancho—, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga;

que yo he visto por entre las verjas y resquicios de la jaula una uña de

león verdadero, y saco por ella que el tal león, cuya debe de ser la tal

uña, es mayor que una montaña.

— El miedo, a lo menos —respondió don Quijote—, te le hará parecer mayor

que la mitad del mundo. Retírate, Sancho, y déjame; y si aquí muriere, ya

sabes nuestro antiguo concierto: acudirás a Dulcinea, y no te digo más.

A éstas añadió otras razones, con que quitó las esperanzas de que no había

de dejar de proseguir su desvariado intento. Quisiera el del Verde Gabán

oponérsele, pero viose desigual en las armas, y no le pareció cordura

tomarse con un loco, que ya se lo había parecido de todo punto don Quijote;

el cual, volviendo a dar priesa al leonero y a reiterar las amenazas, dio

ocasión al hidalgo a que picase la yegua, y Sancho al rucio, y el carretero

a sus mulas, procurando todos apartarse del carro lo más que pudiesen,

antes que los leones se desembanastasen.

Lloraba Sancho la muerte de su señor, que aquella vez sin duda creía que

llegaba en las garras de los leones; maldecía su ventura, y llamaba

menguada la hora en que le vino al pensamiento volver a servirle; pero no

por llorar y lamentarse dejaba de aporrear al rucio para que se alejase del

carro. Viendo, pues, el leonero que ya los que iban huyendo estaban bien

desviados, tornó a requerir y a intimar a don Quijote lo que ya le había

requerido e intimado, el cual respondió que lo oía, y que no se curase de

más intimaciones y requirimientos, que todo sería de poco fruto, y que se

diese priesa.

En el espacio que tardó el leonero en abrir la jaula primera, estuvo

considerando don Quijote si sería bien hacer la batalla antes a pie que a

caballo; y, en fin, se determinó de hacerla a pie, temiendo que Rocinante

se espantaría con la vista de los leones. Por esto saltó del caballo,

arrojó la lanza y embrazó el escudo, y, desenvainando la espada, paso ante

paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante

del carro, encomendándose a Dios de todo corazón, y luego a su señora

Dulcinea.

Y es de saber que, llegando a este paso, el autor de esta verdadera

historia exclama y dice: ''¡Oh fuerte y, sobre todo encarecimiento, animoso

don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes

del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de

los españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa

hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué

alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre

todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con

sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de

muy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más

fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos

sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto

por faltarme palabras con que encarecerlos''.

Aquí cesó la referida exclamación del autor, y pasó adelante, anudando el

hilo de la historia, diciendo que, visto el leonero ya puesto en postura a

don Quijote, y que no podía dejar de soltar al león macho, so pena de caer

en la desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par en par la

primera jaula, donde estaba, como se ha dicho, el león, el cual pareció de

grandeza extraordinaria y de espantable y fea catadura. Lo primero que hizo

fue revolverse en la jaula, donde venía echado, y tender la garra, y

desperezarse todo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio, y, con casi

dos palmos de lengua que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó el

rostro; hecho esto, sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a todas partes

con los ojos hechos brasas, vista y ademán para poner espanto a la misma

temeridad. Sólo don Quijote lo miraba atentamente, deseando que saltase ya

del carro y viniese con él a las manos, entre las cuales pensaba hacerle

pedazos.

Hasta aquí llegó el estremo de su jamás vista locura. Pero el generoso

león, más comedido que arrogante, no haciendo caso de niñerías, ni de

bravatas, después de haber mirado a una y otra parte, como se ha dicho,

volvió las espaldas y enseñó sus traseras partes a don Quijote, y con gran

flema y remanso se volvió a echar en la jaula. Viendo lo cual don Quijote,

mandó al leonero que le diese de palos y le irritase para echarle fuera.

— Eso no haré yo —respondió el leonero—, porque si yo le instigo, el primero

a quien hará pedazos será a mí mismo. Vuesa merced, señor caballero, se

contente con lo hecho, que es todo lo que puede decirse en género de

valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la

puerta: en su mano está salir, o no salir; pero, pues no ha salido hasta

ahora, no saldrá en todo el día. La grandeza del corazón de vuesa merced ya

está bien declarada: ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está

obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el

contrario no acude, en él se queda la infamia, y el esperante gana la

corona del vencimiento.

— Así es verdad —respondió don Quijote—: cierra, amigo, la puerta, y dame

por testimonio, en la mejor forma que pudieres, lo que aquí me has visto

hacer; conviene a saber: cómo tú abriste al león, yo le esperé, él no

salió; volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse acostar. No debo

más, y encantos afuera, y Dios ayude a la razón y a la verdad, y a la

verdadera caballería; y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a

los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.

Hízolo así el leonero, y don Quijote, poniendo en la punta de la lanza el

lienzo con que se había limpiado el rostro de la lluvia de los requesones,

comenzó a llamar a los que no dejaban de huir ni de volver la cabeza a cada

paso, todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero, alcanzando Sancho a

ver la señal del blanco paño, dijo:

— Que me maten si mi señor no ha vencido a las fieras bestias, pues nos

llama.

Detuviéronse todos, y conocieron que el que hacía las señas era don

Quijote; y, perdiendo alguna parte del miedo, poco a poco se vinieron

acercando hasta donde claramente oyeron las voces de don Quijote, que los

llamaba. Finalmente, volvieron al carro, y, en llegando, dijo don Quijote

al carretero:

— Volved, hermano, a uncir vuestras mulas y a proseguir vuestro viaje; y tú,

Sancho, dale dos escudos de oro, para él y para el leonero, en recompensa

de lo que por mí se han detenido.

— Ésos daré yo de muy buena gana —respondió Sancho—; pero, ¿qué se han hecho

los leones? ¿Son muertos, o vivos?

Entonces el leonero, menudamente y por sus pausas, contó el fin de la

contienda, exagerando, como él mejor pudo y supo, el valor de don Quijote,

de cuya vista el león, acobardado, no quiso ni osó salir de la jaula,

puesto que había tenido un buen espacio abierta la puerta de la jaula; y

que, por haber él dicho a aquel caballero que era tentar a Dios irritar al

león para que por fuerza saliese, como él quería que se irritase, mal de su

grado y contra toda su voluntad, había permitido que la puerta se cerrase.

— ¿Qué te parece desto, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Hay encantos que valgan

contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la

ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.

Dio los escudos Sancho, unció el carretero, besó las manos el leonero a don

Quijote por la merced recebida, y prometióle de contar aquella valerosa

hazaña al mismo rey, cuando en la corte se viese.

— Pues, si acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diréisle que el

Caballero de los Leones, que de aquí adelante quiero que en éste se

trueque, cambie, vuelva y mude el que hasta aquí he tenido del Caballero de

la Triste Figura; y en esto sigo la antigua usanza de los andantes

caballeros, que se mudaban los nombres cuando querían, o cuando les venía a

cuento.

Siguió su camino el carro, y don Quijote, Sancho y el del Verde Gabán

prosiguieron el suyo.

En todo este tiempo no había hablado palabra don Diego de Miranda, todo

atento a mirar y a notar los hechos y palabras de don Quijote, pareciéndole

que era un cuerdo loco y un loco que tiraba a cuerdo. No había aún llegado

a su noticia la primera parte de su historia; que si la hubiera leído,

cesara la admiración en que lo ponían sus hechos y sus palabras, pues ya

supiera el género de su locura; pero, como no la sabía, ya le tenía por

cuerdo y ya por loco, porque lo que hablaba era concertado, elegante y bien

dicho, y lo que hacía, disparatado, temerario y tonto. Y decía entre sí:

— ¿Qué más locura puede ser que ponerse la celada llena de requesones y

darse a entender que le ablandaban los cascos los encantadores? Y ¿qué

mayor temeridad y disparate que querer pelear por fuerza con leones?

Destas imaginaciones y deste soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole:

— ¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en

su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así

fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con

todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan

menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero,

a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con

felice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero, armado de

resplandecientes armas, pasar la tela en alegres justas delante de las

damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios

militares, o que lo parezcan, entretienen y alegran, y, si se puede decir,

honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos éstos parece mejor un

caballero andante, que por los desiertos, por las soledades, por las

encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas

aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima, sólo por

alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero

andante, socorriendo a una viuda en algún despoblado, que un cortesano

caballero, requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros

tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano;

autorice la corte de su rey con libreas; sustente los caballeros pobres con

el espléndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos y

muéstrese grande, liberal y magnífico, y buen cristiano, sobre todo, y

desta manera cumplirá con sus precisas obligaciones. Pero el andante

caballero busque los rincones del mundo; éntrese en los más intricados

laberintos; acometa a cada paso lo imposible; resista en los páramos

despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el

invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren

leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos; que buscar

éstos, acometer aquéllos y vencerlos a todos son sus principales y

verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del número

de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí

me pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y así, el

acometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que

conocí ser temeridad esorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es

una virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son la

cobardía y la temeridad; pero menos mal será que el que es valiente toque y

suba al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde;

que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que al avaro, así

es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir

a la verdadera valentía; y, en esto de acometer aventuras, créame vuesa

merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de

menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen "el tal

caballero es temerario y atrevido" que no "el tal caballero es tímido y

cobarde".

— Digo, señor don Quijote —respondió don Diego—, que todo lo que vuesa

merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y que

entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se

perdiesen, se hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismo

depósito y archivo. Y démonos priesa, que se hace tarde, y lleguemos a mi

aldea y casa, donde descansará vuestra merced del pasado trabajo, que si no

ha sido del cuerpo, ha sido del espíritu, que suele tal vez redundar en

cansancio del cuerpo.

— Tengo el ofrecimiento a gran favor y merced, señor don Diego— respondió

don Quijote.

Y, picando más de lo que hasta entonces, serían como las dos de la tarde

cuando llegaron a la aldea y a la casa de don Diego, a quien don Quijote

llamaba el Caballero del Verde Gabán.

Capítulo XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del

Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes

Halló don Quijote ser la casa de don Diego de Miranda ancha como de aldea;

las armas, empero, aunque de piedra tosca, encima de la puerta de la calle;

la bodega, en el patio; la cueva, en el portal, y muchas tinajas a la

redonda, que, por ser del Toboso, le renovaron las memorias de su encantada

y transformada Dulcinea; y sospirando, y sin mirar lo que decía, ni delante

de quién estaba, dijo:

— ¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,

dulces y alegres cuando Dios quería!

¡Oh tobosescas tinajas, que me habéis traído a la memoria la dulce prenda

de mi mayor amargura!

Oyóle decir esto el estudiante poeta, hijo de don Diego, que con su madre

había salido a recebirle, y madre y hijo quedaron suspensos de ver la

estraña figura de don Quijote; el cual, apeándose de Rocinante, fue con

mucha cortesía a pedirle las manos para besárselas, y don Diego dijo:

— Recebid, señora, con vuestro sólito agrado al señor don Quijote de la

Mancha, que es el que tenéis delante, andante caballero y el más valiente y

el más discreto que tiene el mundo.

La señora, que doña Cristina se llamaba, le recibió con muestras de mucho

amor y de mucha cortesía, y don Quijote se le ofreció con asaz de discretas

y comedidas razones. Casi los mismos comedimientos pasó con el estudiante,

que, en oyéndole hablar don Quijote, le tuvo por discreto y agudo.

Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego,

pintándonos en ellas lo que contiene una casa de un caballero labrador y

rico; pero al traductor desta historia le pareció pasar estas y otras

semejantes menudencias en silencio, porque no venían bien con el propósito

principal de la historia, la cual más tiene su fuerza en la verdad que en

las frías digresiones.

Entraron a don Quijote en una sala, desarmóle Sancho, quedó en valones y en

jubón de camuza, todo bisunto con la mugre de las armas: el cuello era

valona a lo estudiantil, sin almidón y sin randas; los borceguíes eran

datilados, y encerados los zapatos. Ciñóse su buena espada, que pendía de

un tahalí de lobos marinos; que es opinión que muchos años fue enfermo de

los riñones; cubrióse un herreruelo de buen paño pardo; pero antes de todo,

con cinco calderos, o seis, de agua, que en la cantidad de los calderos hay

alguna diferencia, se lavó la cabeza y rostro, y todavía se quedó el agua

de color de suero, merced a la golosina de Sancho y a la compra de sus

negros requesones, que tan blanco pusieron a su amo. Con los referidos

atavíos, y con gentil donaire y gallardía, salió don Quijote a otra sala,

donde el estudiante le estaba esperando para entretenerle en tanto que las

mesas se ponían; que, por la venida de tan noble huésped, quería la señora

doña Cristina mostrar que sabía y podía regalar a los que a su casa

llegasen.

En tanto que don Quijote se estuvo desarmando, tuvo lugar don Lorenzo, que

así se llamaba el hijo de don Diego, de decir a su padre:

— ¿Quién diremos, señor, que es este caballero que vuesa merced nos ha

traído a casa? Que el nombre, la figura, y el decir que es caballero

andante, a mí y a mi madre nos tiene suspensos.

— No sé lo que te diga, hijo —respondió don Diego—; sólo te sabré decir que

le he visto hacer cosas del mayor loco del mundo, y decir razones tan

discretas que borran y deshacen sus hechos: háblale tú, y toma el pulso a

lo que sabe, y, pues eres discreto, juzga de su discreción o tontería lo

que más puesto en razón estuviere; aunque, para decir verdad, antes le

tengo por loco que por cuerdo.

Con esto, se fue don Lorenzo a entretener a don Quijote, como queda dicho,

y, entre otras pláticas que los dos pasaron, dijo don Quijote a don

Lorenzo:

— El señor don Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado noticia

de la rara habilidad y sutil ingenio que vuestra merced tiene, y, sobre

todo, que es vuesa merced un gran poeta.

— Poeta, bien podrá ser —respondió don Lorenzo—, pero grande, ni por

pensamiento. Verdad es que yo soy algún tanto aficionado a la poesía y a

leer los buenos poetas, pero no de manera que se me pueda dar el nombre de

grande que mi padre dice.

— No me parece mal esa humildad —respondió don Quijote—, porque no hay poeta

que no sea arrogante y piense de sí que es el mayor poeta del mundo.

— No hay regla sin excepción —respondió don Lorenzo—, y alguno habrá que lo

sea y no lo piense.

— Pocos —respondió don Quijote—; pero dígame vuesa merced: ¿qué versos son

los que agora trae entre manos, que me ha dicho el señor su padre que le

traen algo inquieto y pensativo? Y si es alguna glosa, a mí se me entiende

algo de achaque de glosas, y holgaría saberlos; y si es que son de justa

literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero

siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le

lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a

esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las

universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero.

— Hasta ahora —dijo entre sí don Lorenzo—, no os podré yo juzgar por loco;

vamos adelante.

Y díjole:

— Paréceme que vuesa merced ha cursado las escuelas: ¿qué ciencias ha oído?

— La de la caballería andante —respondió don Quijote—, que es tan buena como

la de la poesía, y aun dos deditos más.

— No sé qué ciencia sea ésa —replicó don Lorenzo—, y hasta ahora no ha

llegado a mi noticia.

— Es una ciencia —replicó don Quijote— que encierra en sí todas o las más

ciencias del mundo, a causa que el que la profesa ha de ser jurisperito, y

saber las leyes de la justicia distributiva y comutativa, para dar a cada

uno lo que es suyo y lo que le conviene; ha de ser teólogo, para saber dar

razón de la cristiana ley que profesa, clara y distintamente, adondequiera

que le fuere pedido; ha de ser médico y principalmente herbolario, para

conocer en mitad de los despoblados y desiertos las yerbas que tienen

virtud de sanar las heridas, que no ha de andar el caballero andante a cada

triquete buscando quien se las cure; ha de ser astrólogo, para conocer por

las estrellas cuántas horas son pasadas de la noche, y en qué parte y en

qué clima del mundo se halla; ha de saber las matemáticas, porque a cada

paso se le ofrecerá tener necesidad dellas; y, dejando aparte que ha de

estar adornado de todas las virtudes teologales y cardinales, decendiendo a

otras menudencias, digo que ha de saber nadar como dicen que nadaba el peje

Nicolás o Nicolao; ha de saber herrar un caballo y aderezar la silla y el

freno; y, volviendo a lo de arriba, ha de guardar la fe a Dios y a su dama;

ha de ser casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en

las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, caritativo con

los menesterosos, y, finalmente, mantenedor de la verdad, aunque le cueste

la vida el defenderla. De todas estas grandes y mínimas partes se compone

un buen caballero andante; porque vea vuesa merced, señor don Lorenzo, si

es ciencia mocosa lo que aprende el caballero que la estudia y la profesa,

y si se puede igualar a las más estiradas que en los ginasios y escuelas se

enseñan.

— Si eso es así —replicó don Lorenzo—, yo digo que se aventaja esa ciencia a

todas.

— ¿Cómo si es así? —respondió don Quijote.

Lo que yo quiero decir —dijo don Lorenzo— es que dudo que haya habido, ni

que los hay ahora, caballeros andantes y adornados de virtudes tantas.

— Muchas veces he dicho lo que vuelvo a decir ahora —respondió don Quijote—:

que la mayor parte de la gente del mundo está de parecer de que no ha

habido en él caballeros andantes; y, por parecerme a mí que si el cielo

milagrosamente no les da a entender la verdad de que los hubo y de que los

hay, cualquier trabajo que se tome ha de ser en vano, como muchas veces me

lo ha mostrado la experiencia, no quiero detenerme agora en sacar a vuesa

merced del error que con los muchos tiene; lo que pienso hacer es el rogar

al cielo le saque dél, y le dé a entender cuán provechosos y cuán

necesarios fueron al mundo los caballeros andantes en los pasados siglos, y

cuán útiles fueran en el presente si se usaran; pero triunfan ahora, por

pecados de las gentes, la pereza, la ociosidad, la gula y el regalo.

— Escapado se nos ha nuestro huésped —dijo a esta sazón entre sí don

Lorenzo—, pero, con todo eso, él es loco bizarro, y yo sería mentecato

flojo si así no lo creyese.

Aquí dieron fin a su plática, porque los llamaron a comer. Preguntó don

Diego a su hijo qué había sacado en limpio del ingenio del huésped. A lo

que él respondió:

— No le sacarán del borrador de su locura cuantos médicos y buenos

escribanos tiene el mundo: él es un entreverado loco, lleno de lúcidos

intervalos.

Fuéronse a comer, y la comida fue tal como don Diego había dicho en el

camino que la solía dar a sus convidados: limpia, abundante y sabrosa; pero

de lo que más se contentó don Quijote fue del maravilloso silencio que en

toda la casa había, que semejaba un monasterio de cartujos. Levantados,

pues, los manteles, y dadas gracias a Dios y agua a las manos, don

Quijote pidió ahincadamente a don Lorenzo dijese los versos de la justa

literaria; a lo que él respondió que, por no parecer de aquellos poetas que

cuando les ruegan digan sus versos los niegan y cuando no se los piden los

vomitan,...

— ...yo diré mi glosa, de la cual no espero premio alguno, que sólo por

ejercitar el ingenio la he hecho.

— Un amigo y discreto —respondió don Quijote— era de parecer que no se había

de cansar nadie en glosar versos; y la razón, decía él, era que jamás la

glosa podía llegar al texto, y que muchas o las más veces iba la glosa

fuera de la intención y propósito de lo que pedía lo que se glosaba; y más,

que las leyes de la glosa eran demasiadamente estrechas: que no sufrían

interrogantes, ni dijo, ni diré, ni hacer nombres de verbos, ni mudar el

sentido, con otras ataduras y estrechezas con que van atados los que

glosan, como vuestra merced debe de saber.

— Verdaderamente, señor don Quijote —dijo don Lorenzo—, que deseo coger a

vuestra merced en un mal latín continuado, y no puedo, porque se me desliza

de entre las manos como anguila.

— No entiendo —respondió don Quijote— lo que vuestra merced dice ni quiere

decir en eso del deslizarme.

— Yo me daré a entender —respondió don Lorenzo—; y por ahora esté vuesa

merced atento a los versos glosados y a la glosa, que dicen desta manera:

¡Si mi fue tornase a es,

sin esperar más será,

o viniese el tiempo ya

de lo que será después...!

Don Quijote · 第 94 / 114 题