de la inmortalidad al alto asiento,
do nunca arriba quien de allí declina.
— ¡Ay, desdichada de mí —dijo la sobrina—, que también mi señor es poeta!.
Todo lo sabe, todo lo alcanza: yo apostaré que si quisiera ser albañil, que
supiera fabricar una casa como una jaula.
Yo te prometo, sobrina —respondió don Quijote—, que si estos pensamientos
caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa
que yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente
jaulas y palillos de dientes.
A este tiempo, llamaron a la puerta, y, preguntando quién llamaba,
respondió Sancho Panza que él era; y, apenas le hubo conocido el ama,
cuando corrió a esconderse por no verle: tanto le aborrecía. Abrióle la
sobrina, salió a recebirle con los brazos abiertos su señor don Quijote, y
encerráronse los dos en su aposento, donde tuvieron otro coloquio, que no
le hace ventaja el pasado.
Capítulo VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros
sucesos famosísimos
Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando dio en
la cuenta de sus tratos; y, imaginando que de aquella consulta había de
salir la resolución de su tercera salida y tomando su manto, toda llena de
congoja y pesadumbre, se fue a buscar al bachiller Sansón Carrasco,
pareciéndole que, por ser bien hablado y amigo fresco de su señor, le
podría persuadir a que dejase tan desvariado propósito.
Hallóle paseándose por el patio de su casa, y, viéndole, se dejó caer ante
sus pies, trasudando y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan
doloridas y sobresaltadas, le dijo:
— ¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha acontecido, que parece que se le
quiere arrancar el alma?
— No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale; ¡sálese sin duda!
— Y ¿por dónde se sale, señora? —preguntó Sansón—. ¿Hásele roto alguna parte
de su cuerpo?
— No se sale —respondió ella—, sino por la puerta de su locura. Quiero
decir, señor bachiller de mi ánima, que quiere salir otra vez, que con ésta
será la tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas, que yo no
puedo entender cómo les da este nombre. La vez primera nos le volvieron
atravesado sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de
bueyes, metido y encerrado en una jaula, adonde él se daba a entender que
estaba encantado; y venía tal el triste, que no le conociera la madre que
le parió: flaco, amarillo, los ojos hundidos en los últimos camaranchones
del celebro, que, para haberle de volver algún tanto en sí, gasté más de
seiscientos huevos, como lo sabe Dios y todo el mundo, y mis gallinas, que
no me dejaran mentir.
— Eso creo yo muy bien —respondió el bachiller—; que ellas son tan buenas,
tan gordas y tan bien criadas, que no dirán una cosa por otra, si
reventasen. En efecto, señora ama: ¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro
desmán alguno, sino el que se teme que quiere hacer el señor don Quijote?
— No, señor —respondió ella.
— Pues no tenga pena —respondió el bachiller—, sino váyase en hora buena a
su casa, y téngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, de
camino, vaya rezando la oración de Santa Apolonia si es que la sabe, que yo
iré luego allá, y verá maravillas.
— ¡Cuitada de mí! —replicó el ama—; ¿la oración de Santa Apolonia dice
vuestra merced que rece?: eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas,
pero no lo ha sino de los cascos.
— Yo sé lo que digo, señora ama: váyase y no se ponga a disputar conmigo,
pues sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay más que bachillear
— respondió Carrasco.
Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, a
comunicar con él lo que se dirá a su tiempo.
En el que estuvieron encerrados don Quijote y Sancho, pasaron las razones
que con mucha puntualidad y verdadera relación cuenta la historia.
Dijo Sancho a su amo:
— Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced
adonde quisiere llevarme.
— Reducida has de decir, Sancho —dijo don Quijote—, que no relucida.
— Una o dos veces —respondió Sancho—, si mal no me acuerdo, he suplicado a
vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que
quiero decir en ellos, y que, cuando no los entienda, diga: ''Sancho, o
diablo, no te entiendo''; y si yo no me declarare, entonces podrá
emendarme; que yo soy tan fócil...
— No te entiendo, Sancho —dijo luego don Quijote—, pues no sé qué quiere
decir soy tan fócil.
— Tan fócil quiere decir —respondió Sancho— soy tan así.
— Menos te entiendo agora —replicó don Quijote.
— Pues si no me puede entender —respondió Sancho—, no sé cómo lo diga: no sé
más, y Dios sea conmigo.
— Ya, ya caigo —respondió don Quijote— en ello: tú quieres decir que eres
tan dócil, blando y mañero que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por
lo que te enseñare.
— Apostaré yo —dijo Sancho— que desde el emprincipio me caló y me entendió,
sino que quiso turbarme por oírme decir otras docientas patochadas.
— Podrá ser —replicó don Quijote—. Y, en efecto, ¿qué dice Teresa?
— Teresa dice —dijo Sancho— que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que
hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues más
vale un toma que dos te daré. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco,
y el que no le toma es loco.
— Y yo lo digo también —respondió don Quijote—. Decid, Sancho amigo; pasá
adelante, que habláis hoy de perlas.
— Es el caso —replicó Sancho— que, como vuestra merced mejor sabe, todos
estamos sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto
se va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este
mundo más horas de vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte es
sorda, y, cuando llega a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va
depriesa y no la harán detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros, ni
mitras, según es pública voz y fama, y según nos lo dicen por esos
púlpitos.
— Todo eso es verdad —dijo don Quijote—, pero no sé dónde vas a parar.
— Voy a parar —dijo Sancho— en que vuesa merced me señale salario conocido
de lo que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal
salario se me pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes, que
llegan tarde, o mal, o nunca; con lo mío me ayude Dios. En fin, yo quiero
saber lo que gano, poco o mucho que sea, que sobre un huevo pone la
gallina, y muchos pocos hacen un mucho, y mientras se gana algo no se
pierde nada. Verdad sea que si sucediese, lo cual ni lo creo ni lo espero,
que vuesa merced me diese la ínsula que me tiene prometida, no soy tan
ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que no querré que se aprecie
lo que montare la renta de la tal ínsula, y se descuente de mi salario gata
por cantidad.
— Sancho amigo —respondió don Quijote—, a las veces, tan buena suele ser una
gata como una rata.
— Ya entiendo —dijo Sancho—: yo apostaré que había de decir rata, y no gata;
pero no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.
— Y tan entendido —respondió don Quijote— que he penetrado lo último de tus
pensamientos, y sé al blanco que tiras con las inumerables saetas de tus
refranes. Mira, Sancho: yo bien te señalaría salario, si hubiera hallado en
alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me
descubriese y mostrase, por algún pequeño resquicio, qué es lo que solían
ganar cada mes, o cada año; pero yo he leído todas o las más de sus
historias, y no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante haya
señalado conocido salario a su escudero. Sólo sé que todos servían a
merced, y que, cuando menos se lo pensaban, si a sus señores les había
corrido bien la suerte, se hallaban premiados con una ínsula, o con otra
cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban con título y señoría. Si con
estas esperanzas y aditamentos vos, Sancho, gustáis de volver a servirme,
sea en buena hora: que pensar que yo he de sacar de sus términos y quicios
la antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo escusado. Así
que, Sancho mío, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra Teresa mi
intención; y si ella gustare y vos gustáredes de estar a merced conmigo,
bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le
falta cebo, no le faltarán palomas. Y advertid, hijo, que vale más buena
esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta
manera, Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar
refranes como llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si no
queréis venir a merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios
quede con vos y os haga un santo; que a mí no me faltarán escuderos más
obedientes, más solícitos, y no tan empachados ni tan habladores como vos.
Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo se le anubló el cielo y se
le cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se
iría sin él por todos los haberes del mundo; y así, estando suspenso y
pensativo, entró Sansón Carrasco y la sobrina, deseosos de oír con qué
razones persuadía a su señor que no tornarse a buscar las aventuras. Llegó
Sansón, socarrón famoso, y, abrazándole como la vez primera y con voz
levantada, le dijo:
— ¡Oh flor de la andante caballería; oh luz resplandeciente de las armas; oh
honor y espejo de la nación española! Plega a Dios todopoderoso, donde más
largamente se contiene, que la persona o personas que pusieren impedimento
y estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de sus
deseos, ni jamás se les cumpla lo que mal desearen.
Y, volviéndose al ama, le dijo:
— Bien puede la señora ama no rezar más la oración de Santa Apolonia, que yo
sé que es determinación precisa de las esferas que el señor don Quijote
vuelva a ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargaría mucho mi
conciencia si no intimase y persuadiese a este caballero que no tenga más
tiempo encogida y detenida la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de su
ánimo valentísimo, porque defrauda con su tardanza el derecho de los
tuertos, el amparo de los huérfanos, la honra de las doncellas, el favor de
las viudas y el arrimo de las casadas, y otras cosas deste jaez, que tocan,
atañen, dependen y son anejas a la orden de la caballería andante. ¡Ea,
señor don Quijote mío, hermoso y bravo, antes hoy que mañana se ponga
vuestra merced y su grandeza en camino; y si alguna cosa faltare para
ponerle en ejecución, aquí estoy yo para suplirla con mi persona y
hacienda; y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de escudero, lo
tendré a felicísima ventura!
A esta sazón, dijo don Quijote, volviéndose a Sancho:
— ¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar escuderos? Mira quién se
ofrece a serlo, sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco, perpetuo
trastulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano
de su persona, ágil de sus miembros, callado, sufridor así del calor como
del frío, así de la hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se
requieren para ser escudero de un caballero andante. Pero no permita el
cielo que, por seguir mi gusto, desjarrete y quiebre la coluna de las
letras y el vaso de las ciencias, y tronque la palma eminente de las buenas
y liberales artes. Quédese el nuevo Sansón en su patria, y, honrándola,
honre juntamente las canas de sus ancianos padres; que yo con cualquier
escudero estaré contento, ya que Sancho no se digna de venir conmigo.
— Sí digno —respondió Sancho, enternecido y llenos de lágrimas los ojos; y
prosiguió—: No se dirá por mí, señor mío: el pan comido y la compañía
deshecha; sí, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabe
todo el mundo, y especialmente mi pueblo, quién fueron los Panzas, de quien
yo deciendo, y más, que tengo conocido y calado por muchas buenas obras, y
por más buenas palabras, el deseo que vuestra merced tiene de hacerme
merced; y si me he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca de mi
salario, ha sido por complacer a mi mujer; la cual, cuando toma la mano a
persuadir una cosa, no hay mazo que tanto apriete los aros de una cuba como
ella aprieta a que se haga lo que quiere; pero, en efeto, el hombre ha de
ser hombre, y la mujer, mujer; y, pues yo soy hombre dondequiera, que no lo
puedo negar, también lo quiero ser en mi casa, pese a quien pesare; y así,
no hay más que hacer, sino que vuestra merced ordene su testamento con su
codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos luego en camino,
porque no padezca el alma del señor Sansón, que dice que su conciencia le
lita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese mundo; y yo
de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan bien y
mejor que cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en los
pasados y presentes tiempos.
Admirado quedó el bachiller de oír el término y modo de hablar de Sancho
Panza; que, puesto que había leído la primera historia de su señor, nunca
creyó que era tan gracioso como allí le pintan; pero, oyéndole decir ahora
testamento y codicilo que no se pueda revolcar, en lugar de testamento y
codicilo que no se pueda revocar, creyó todo lo que dél había leído, y
confirmólo por uno de los más solenes mentecatos de nuestros siglos; y dijo
entre sí que tales dos locos como amo y mozo no se habrían visto en el
mundo.
Finalmente, don Quijote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con
parecer y beneplácito del gran Carrasco, que por entonces era su oráculo,
se ordenó que de allí a tres días fuese su partida; en los cuales habría
lugar de aderezar lo necesario para el viaje, y de buscar una celada de
encaje, que en todas maneras dijo don Quijote que la había de llevar.
Ofreciósela Sansón, porque sabía no se la negaría un amigo suyo que la
tenía, puesto que estaba más escura por el orín y el moho que clara y
limpia por el terso acero.
Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller no
tuvieron cuento: mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y, al modo de
las endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la
muerte de su señor. El designo que tuvo Sansón, para persuadirle a que otra
vez saliese, fue hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo
del cura y del barbero, con quien él antes lo había comunicado.
En resolución, en aquellos tres días don Quijote y Sancho se acomodaron de
lo que les pareció convenirles; y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, y
don Quijote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese,
sino el bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se
pusieron en camino del Toboso: don Quijote sobre su buen Rocinante, y
Sancho sobre su antiguo rucio, proveídas las alforjas de cosas tocantes a
la bucólica, y la bolsa de dineros que le dio don Quijote para lo que se
ofreciese. Abrazóle Sansón, y suplicóle le avisase de su buena o mala
suerte, para alegrarse con ésta o entristecerse con aquélla, como las leyes
de su amistad pedían. Prometióselo don Quijote, dio Sansón la vuelta a su
lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad del Toboso.
Capítulo VIII. Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote, yendo a ver
su señora Dulcinea del Toboso
''¡Bendito sea el poderoso Alá! —dice Hamete Benengeli al comienzo deste
octavo capítulo—. ¡Bendito sea Alá!'', repite tres veces; y dice que da
estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho,
y que los letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desde
este punto comienzan las hazañas y donaires de don Quijote y de su
escudero; persuádeles que se les olviden las pasadas caballerías del
ingenioso hidalgo, y pongan los ojos en las que están por venir, que desde
agora en el camino del Toboso comienzan, como las otras comenzaron en los
campos de Montiel, y no es mucho lo que pide para tanto como él promete; y
así prosigue diciendo:
Solos quedaron don Quijote y Sancho, y, apenas se hubo apartado Sansón,
cuando comenzó a relinchar Rocinante y a sospirar el rucio, que de
entrambos, caballero y escudero, fue tenido a buena señal y por felicísimo
agüero; aunque, si se ha de contar la verdad, más fueron los sospiros y
rebuznos del rucio que los relinchos del rocín, de donde coligió Sancho que
su ventura había de sobrepujar y ponerse encima de la de su señor,
fundándose no sé si en astrología judiciaria que él se sabía, puesto que la
historia no lo declara; sólo le oyeron decir que, cuando tropezaba o caía,
se holgara no haber salido de casa, porque del tropezar o caer no se sacaba
otra cosa sino el zapato roto o las costillas quebradas; y, aunque tonto,
no andaba en esto muy fuera de camino. Díjole don Quijote:
— Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más escuridad
de la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso,
adonde tengo determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allí
tomaré la bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea, con la cual
licencia pienso y tengo por cierto de acabar y dar felice cima a toda
peligrosa aventura, porque ninguna cosa desta vida hace más valientes a los
caballeros andantes que verse favorecidos de sus damas.
— Yo así lo creo —respondió Sancho—; pero tengo por dificultoso que vuestra
merced pueda hablarla ni verse con ella, en parte, a lo menos, que pueda
recebir su bendición, si ya no se la echa desde las bardas del corral, por
donde yo la vi la vez primera, cuando le llevé la carta donde iban las
nuevas de las sandeces y locuras que vuestra merced quedaba haciendo en el
corazón de Sierra Morena.
— ¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas, Sancho —dijo don Quijote—,
adonde o por donde viste aquella jamás bastantemente alabada gentileza y
hermosura? No debían de ser sino galerías o corredores, o lonjas, o como
las llaman, de ricos y reales palacios.
— Todo pudo ser —respondió Sancho—, pero a mí bardas me parecieron, si no es
que soy falto de memoria.
— Con todo eso, vamos allá, Sancho —replicó don Quijote—, que como yo la
vea, eso se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o
verjas de jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a
mis ojos alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón, de modo que
quede único y sin igual en la discreción y en la valentía.
— Pues en verdad, señor —respondió Sancho—, que cuando yo vi ese sol de la
señora Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de
sí rayos algunos, y debió de ser que, como su merced estaba ahechando aquel
trigo que dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el
rostro y se le escureció.
— ¡Que todavía das, Sancho —dijo don Quijote—, en decir, en pensar, en creer
y en porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester
y ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas
principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y
entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad...! Mal
se te acuerdan a ti, ¡oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde
nos pinta las labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas
cuatro ninfas que del Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a
labrar en el prado verde aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta
nos describe, que todas eran de oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y
desta manera debía de ser el de mi señora cuando tú la viste; sino que la
envidia que algún mal encantador debe de tener a mis cosas, todas las que
me han de dar gusto trueca y vuelve en diferentes figuras que ellas tienen;
y así, temo que, en aquella historia que dicen que anda impresa de mis
hazañas, si por ventura ha sido su autor algún sabio mi enemigo, habrá
puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad mil mentiras,
divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la
continuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos
males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé
qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos,
rancores y rabias.
— Eso es lo que yo digo también —respondió Sancho—, y pienso que en esa
leyenda o historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros había
visto debe de andar mi honra a coche acá, cinchado, y, como dicen, al
estricote, aquí y allí, barriendo las calles. Pues, a fe de bueno, que no
he dicho yo mal de ningún encantador, ni tengo tantos bienes que pueda ser
envidiado; bien es verdad que soy algo malicioso, y que tengo mis ciertos
asomos de bellaco, pero todo lo cubre y tapa la gran capa de la simpleza
mía, siempre natural y nunca artificiosa. Y cuando otra cosa no tuviese
sino el creer, como siempre creo, firme y verdaderamente en Dios y en todo
aquello que tiene y cree la Santa Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo
mortal, como lo soy, de los judíos, debían los historiadores tener
misericordia de mí y tratarme bien en sus escritos. Pero digan lo que
quisieren; que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano; aunque,
por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano en mano, no se me
da un higo que digan de mí todo lo que quisieren.
— Eso me parece, Sancho —dijo don Quijote—, a lo que sucedió a un famoso
poeta destos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa sátira contra
todas las damas cortesanas, no puso ni nombró en ella a una dama que se
podía dudar si lo era o no; la cual, viendo que no estaba en la lista de
las demás, se quejó al poeta, diciéndole que qué había visto en ella para
no ponerla en el número de las otras, y que alargase la sátira, y la
pusiese en el ensanche; si no, que mirase para lo que había nacido. Hízolo
así el poeta, y púsola cual no digan dueñas, y ella quedó satisfecha, por
verse con fama, aunque infame. También viene con esto lo que cuentan de
aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo famoso de Diana, contado por
una de las siete maravillas del mundo, sólo porque quedase vivo su nombre
en los siglos venideros; y, aunque se mandó que nadie le nombrase, ni
hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no
consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato.
También alude a esto lo que sucedió al grande emperador Carlo Quinto con un
caballero en Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la
Rotunda, que en la antigüedad se llamó el templo de todos los dioses, y
ahora, con mejor vocación, se llama de todos los santos, y es el edificio
que más entero ha quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es el
que más conserva la fama de la grandiosidad y magnificencia de sus
fundadores: él es de hechura de una media naranja, grandísimo en estremo,
y está muy claro, sin entrarle otra luz que la que le concede una ventana,
o, por mejor decir, claraboya redonda que está en su cima, desde la cual
mirando el emperador el edificio, estaba con él y a su lado un caballero
romano, declarándole los primores y sutilezas de aquella gran máquina y
memorable arquitetura; y, habiéndose quitado de la claraboya, dijo al
emperador: ''Mil veces, Sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme con
vuestra Majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar de mí
fama eterna en el mundo''. ''Yo os agradezco —respondió el emperador— el no
haber puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aquí adelante no os pondré
yo en ocasión que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad; y así, os
mando que jamás me habléis, ni estéis donde yo estuviere''. Y, tras estas
palabras, le hizo una gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo de
alcanzar fama es activo en gran manera. ¿Quién piensas tú que arrojó a
Horacio del puente abajo, armado de todas armas, en la profundidad del
Tibre? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a
lanzarse en la profunda sima ardiente que apareció en la mitad de Roma?
¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se le habían mostrado, hizo
pasar el Rubicón a César? Y, con ejemplos más modernos, ¿quién barrenó los
navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles guiados por el
cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes y
diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales
desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos
merecen, puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más
habemos de atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en
las regiones etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este
presente y acabable siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en
fin se ha de acabar con el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡oh
Sancho!, que nuestras obras no han de salir del límite que nos tiene puesto
la religión cristiana, que profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la
soberbia; a la envidia, en la generosidad y buen pecho; a la ira, en el
reposado continente y quietud del ánimo; a la gula y al sueño, en el poco
comer que comemos y en el mucho velar que velamos; a la lujuria y lascivia,
en la lealtad que guardamos a las que hemos hecho señoras de nuestros
pensamientos; a la pereza, con andar por todas las partes del mundo,
buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre cristianos,
famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se alcanzan los
estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama.
— Todo lo que vuestra merced hasta aquí me ha dicho —dijo Sancho— lo he
entendido muy bien, pero, con todo eso, querría que vuestra merced me
sorbiese una duda que agora en este punto me ha venido a la memoria.
— Asolviese quieres decir, Sancho —dijo don Quijote—. Di en buen hora, que
yo responderé lo que supiere.
— Dígame, señor —prosiguió Sancho—: esos Julios o Agostos, y todos esos
caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?
— Los gentiles —respondió don Quijote— sin duda están en el infierno; los
cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio o en el
cielo.
— Está bien —dijo Sancho—, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están
los cuerpos desos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o
están adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de
cabelleras, de piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué están
adornadas?
A lo que respondió don Quijote:
— Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos:
las cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de
piedra de desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma La aguja de San
Pedro; al emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grande
como una buena aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es el
castillo de Santángel en Roma; la reina Artemisa sepultó a su marido
Mausoleo en un sepulcro que se tuvo por una de las siete maravillas del
mundo; pero ninguna destas sepulturas ni otras muchas que tuvieron los
gentiles se adornaron con mortajas ni con otras ofrendas y señales que
mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.
— A eso voy —replicó Sancho—. Y dígame agora: ¿cuál es más: resucitar a un
muerto, o matar a un gigante?
— La respuesta está en la mano —respondió don Quijote—: más es resucitar a
un muerto.
— Cogido le tengo —dijo Sancho—: luego la fama del que resucita muertos, da
vista a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante
de sus sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes
devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y
para el otro siglo, que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores
gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.
— También confieso esa verdad —respondió don Quijote.
— Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto
— respondió Sancho—, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que,
con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen lámparas,
velas, mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que
aumentan la devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los
santos o sus reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los
pedazos de sus huesos, adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus
más preciados altares...
— ¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? —dijo don
Quijote.
— Quiero decir —dijo Sancho— que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más
brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o
antes de ayer, que, según ha poco se puede decir desta manera, canonizaron
o beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que
ceñían y atormentaban sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas
y tocarlas, y están en más veneración que está, según dije, la espada de
Roldán en la armería del rey, nuestro señor, que Dios guarde. Así que,
señor mío, más vale ser humilde frailecito, de cualquier orden que sea,
que valiente y andante caballero; mas alcanzan con Dios dos docenas de
diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a gigantes, ora a vestiglos o
a endrigos.
— Todo eso es así —respondió don Quijote—, pero no todos podemos ser
frailes, y muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al
cielo: religión es la caballería; caballeros santos hay en la gloria.
— Sí —respondió Sancho—, pero yo he oído decir que hay más frailes en el
cielo que caballeros andantes.
— Eso es —respondió don Quijote— porque es mayor el número de los religiosos
que el de los caballeros.
— Muchos son los andantes —dijo Sancho.
— Muchos —respondió don Quijote—, pero pocos los que merecen nombre de
caballeros.
En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día
siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le
pesó a don Quijote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran
ciudad del Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don
Quijote y se le entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de
Dulcinea, ni en su vida la había visto, como no la había visto su señor; de
modo que el uno por verla, y el otro por no haberla visto, estaban
alborotados, y no imaginaba Sancho qué había de hacer cuando su dueño le
enviase al Toboso. Finalmente, ordenó don Quijote entrar en la ciudad
entrada la noche, y, en tanto que la hora se llegaba, se quedaron entre
unas encinas que cerca del Toboso estaban, y, llegado el determinado punto,
entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas llegan.