DEDICATORIA, AL CONDE DE LEMOS

Enviando a Vuestra Excelencia los días pasados mis comedias, antes impresas

que representadas, si bien me acuerdo, dije que don Quijote quedaba

calzadas las espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y

ahora digo que se las ha calzado y se ha puesto en camino, y si él allá

llega, me parece que habré hecho algún servicio a Vuestra Excelencia,

porque es mucha la priesa que de infinitas partes me dan a que le envíe

para quitar el hámago y la náusea que ha causado otro don Quijote, que, con

nombre de segunda parte, se ha disfrazado y corrido por el orbe; y el que

más ha mostrado desearle ha sido el grande emperador de la China, pues en

lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio,

pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase, porque quería

fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería que el

libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Juntamente con

esto, me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio.

Preguntéle al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de

costa. Respondióme que ni por pensamiento. ''Pues, hermano —le respondí

yo—, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a

las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan

largo viaje; además que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y

emperador por emperador, y monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande

conde de Lemos, que, sin tantos titulillos de colegios ni rectorías, me

sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto a desear''.

Con esto le despedí, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia

los Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de

cuatro meses, Deo volente; el cual ha de ser o el más malo o el mejor que

en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de

entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo,

porque, según la opinión de mis amigos, ha de llegar al estremo de bondad

posible.

Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estará

Persiles para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de

Vuestra Excelencia. De Madrid, último de otubre de mil seiscientos y

quince.

Criado de Vuestra Excelencia,

Miguel de Cervantes Saavedra.

Capítulo Primero. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote

cerca de su enfermedad

Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera

salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes

sin verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero

no por esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolas

tuviesen cuenta con regalarle, dándole a comer cosas confortativas y

apropiadas para el corazón y el celebro, de donde procedía, según buen

discurso, toda su mala ventura. Las cuales dijeron que así lo hacían, y lo

harían, con la voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su

señor por momentos iba dando muestras de estar en su entero juicio; de lo

cual recibieron los dos gran contento, por parecerles que habían acertado

en haberle traído encantado en el carro de los bueyes, como se contó en la

primera parte desta tan grande como puntual historia, en su último

capítulo. Y así, determinaron de visitarle y hacer esperiencia de su

mejoría, aunque tenían casi por imposible que la tuviese, y acordaron de no

tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse a peligro

de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.

Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestida una almilla

de bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y

amojamado, que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron dél muy bien

recebidos, preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí y de ella con

mucho juicio y con muy elegantes palabras; y en el discurso de su plática

vinieron a tratar en esto que llaman razón de estado y modos de gobierno,

enmendando este abuso y condenando aquél, reformando una costumbre y

desterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo legislador, un

Licurgo moderno o un Solón flamante; y de tal manera renovaron la

república, que no pareció sino que la habían puesto en una fragua, y sacado

otra de la que pusieron; y habló don Quijote con tanta discreción en todas

las materias que se tocaron, que los dos esaminadores creyeron

indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.

Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dar

gracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura,

mudando el propósito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerías,

quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don Quijote era

falsa o verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas

que habían venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tenía por cierto

que el Turco bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio,

ni adónde había de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con que

casi cada año nos toca arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y

Su Majestad había hecho proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la isla

de Malta. A esto respondió don Quijote:

— Su Majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados con

tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi

consejo, aconsejárale yo que usara de una prevención, de la cual Su

Majestad la hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.

Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí:

— ¡Dios te tenga de su mano, pobre don Quijote: que me parece que te

despeñas de la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu

simplicidad!

Mas el barbero, que ya había dado en el mesmo pensamiento que el cura,

preguntó a don Quijote cuál era la advertencia de la prevención que decía

era bien se hiciese; quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista de

los muchos advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.

— El mío, señor rapador —dijo don Quijote—, no será impertinente, sino

perteneciente.

— No lo digo por tanto —replicó el barbero—, sino porque tiene mostrado la

esperiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad, o son

imposibles, o disparatados, o en daño del rey o del reino.

— Pues el mío —respondió don Quijote— ni es imposible ni disparatado, sino

el más fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber en

pensamiento de arbitrante alguno.

— Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don Quijote —dijo el cura.

— No querría —dijo don Quijote— que le dijese yo aquí agora, y amaneciese

mañana en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro las

gracias y el premio de mi trabajo.

— Por mí —dijo el barbero—, doy la palabra, para aquí y para delante de

Dios, de no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a

hombre terrenal, juramento que aprendí del romance del cura que en el

prefacio avisó al rey del ladrón que le había robado las cien doblas y la

su mula la andariega.

— No sé historias —dijo don Quijote—, pero sé que es bueno ese juramento, en

fee de que sé que es hombre de bien el señor barbero.

— Cuando no lo fuera —dijo el cura—, yo le abono y salgo por él, que en este

caso no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.

— Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? —dijo don Quijote.

— Mi profesión —respondió el cura—, que es de guardar secreto.

— ¡Cuerpo de tal! —dijo a esta sazón don Quijote—. ¿Hay más, sino mandar Su

Majestad por público pregón que se junten en la corte para un día señalado

todos los caballeros andantes que vagan por España; que, aunque no viniesen

sino media docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase a

destruir toda la potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos, y

vayan conmigo. ¿Por ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero

andante un ejército de docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran

una sola garganta, o fueran hechos de alfenique? Si no, díganme: ¿cuántas

historias están llenas destas maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que

no quiero decir para otro, de vivir hoy el famoso don Belianís, o alguno de

los del inumerable linaje de Amadís de Gaula; que si alguno déstos hoy

viviera y con el Turco se afrontara, a fee que no le arrendara la ganancia!

Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alguno que, si no tan bravo como

los pasados andantes caballeros, a lo menos no les será inferior en el

ánimo; y Dios me entiende, y no digo más.

— ¡Ay! —dijo a este punto la sobrina—; ¡que me maten si no quiere mi señor

volver a ser caballero andante!

A lo que dijo don Quijote:

— Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere y

cuan poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.

A esta sazón dijo el barbero:

— Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuento

breve que sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da gana

de contarle.

Dio la licencia don Quijote, y el cura y los demás le prestaron atención, y

él comenzó desta manera:

— «En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes

habían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna,

pero, aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de

ser loco. Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, se

dio a entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta

imaginación escribió al arzobispo, suplicándole encarecidamente y con muy

concertadas razones le mandase sacar de aquella miseria en que vivía, pues

por la misericordia de Dios había ya cobrado el juicio perdido; pero que

sus parientes, por gozar de la parte de su hacienda, le tenían allí, y, a

pesar de la verdad, querían que fuese loco hasta la muerte.

»El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandó

a un capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que

aquel licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que si

le pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así

el capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco: que,

puesto que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al

cabo disparaba con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a

sus primeras discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole.

Quiso hacerla el capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora

y más, y en todo aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni

disparatada; antes, habló tan atentadamente, que el capellán fue forzado a

creer que el loco estaba cuerdo; y entre otras cosas que el loco le dijo

fue que el retor le tenía ojeriza, por no perder los regalos que sus

parientes le hacían porque dijese que aún estaba loco, y con lúcidos

intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenía era su mucha

hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponían dolo y dudaban de la

merced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en hombre.

Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos y

desalmados a sus parientes, y a él tan discreto que el capellán se

determinó a llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la

mano la verdad de aquel negocio.

»Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar los

vestidos con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retor

que mirase lo que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún se

estaba loco. No sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y

advertimientos del retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor,

viendo ser orden del arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que

eran nuevos y decentes, y, como él se vio vestido de cuerdo y desnudo de

loco, suplicó al capellán que por caridad le diese licencia para ir a

despedirse de sus compañeros los locos. El capellán dijo que él le quería

acompañar y ver los locos que en la casa había. Subieron, en efeto, y con

ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el licenciado a una

jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y quieto, le

dijo: ''Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que ya

Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo

merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del

poder de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza

en Él, que, pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volverá

a él si en Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que

coma, y cómalos en todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha

pasado por ello, que todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos

vacíos y los celebros llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que el

descaecimiento en los infortunios apoca la salud y acarrea la muerte''.

»Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otra

jaula, frontero de la del furioso, y, levantándose de una estera vieja

donde estaba echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era

el que se iba sano y cuerdo. El licenciado respondió: ''Yo soy, hermano, el

que me voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doy

infinitas gracias a los cielos, que tan grande merced me han hecho''.

''Mirad lo que decís, licenciado, no os engañe el diablo —replicó el loco—;

sosegad el pie, y estaos quedito en vuestra casa, y ahorraréis la vuelta''.

''Yo sé que estoy bueno —replicó el licenciado—, y no habrá para qué tornar

a andar estaciones''. ''¿Vos bueno? —dijo el loco—: agora bien, ello dirá;

andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter, cuya majestad yo represento en

la tierra, que por solo este pecado que hoy comete Sevilla, en sacaros

desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un tal castigo en ella,

que quede memoria dél por todos los siglos del los siglos, amén. ¿No sabes

tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo, soy

Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo

y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero

castigar a este ignorante pueblo, y es con no llover en él ni en todo su

distrito y contorno por tres enteros años, que se han de contar desde el

día y punto en que ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú

sano, tú cuerdo, y yo loco, y yo enfermo, y yo atado...? Así pienso llover

como pensar ahorcarme''.

»A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos,

pero nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las

manos, le dijo: ''No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso de

lo que este loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo,

que soy Neptuno, el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces

que se me antojare y fuere menester''. A lo que respondió el capellán:

''Con todo eso, señor Neptuno, no será bien enojar al señor Júpiter:

vuestra merced se quede en su casa, que otro día, cuando haya más comodidad

y más espacio, volveremos por vuestra merced''. Rióse el retor y los

presentes, por cuya risa se medio corrió el capellán; desnudaron al

licenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.»

— Pues, ¿éste es el cuento, señor barbero —dijo don Quijote—, que, por venir

aquí como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señor

rapista, y cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y ¿es posible

que vuestra merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a

ingenio, de valor a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje

son siempre odiosas y mal recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el

dios de las aguas, ni procuro que nadie me tenga por discreto no lo siendo;

sólo me fatigo por dar a entender al mundo en el error en que está en no

renovar en sí el felicísimo tiempo donde campeaba la orden de la andante

caballería. Pero no es merecedora la depravada edad nuestra de gozar tanto

bien como el que gozaron las edades donde los andantes caballeros tomaron a

su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa de los reinos, el amparo

de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los

soberbios y el premio de los humildes. Los más de los caballeros que agora

se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y otras ricas telas de

que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay caballero que

duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas armas

desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los

estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el

sueño, como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que,

saliendo deste bosque, entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril

y desierta playa del mar, las más veces proceloso y alterado, y, hallando

en ella y en su orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia

alguna, con intrépido corazón se arroje en él, entregándose a las

implacables olas del mar profundo, que ya le suben al cielo y ya le bajan

al abismo; y él, puesto el pecho a la incontrastable borrasca, cuando menos

se cata, se halla tres mil y más leguas distante del lugar donde se

embarcó, y, saltando en tierra remota y no conocida, le suceden cosas

dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces. Mas agora, ya

triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el vicio de

la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de las

armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los

andantes caballeros. Si no, díganme: ¿quién más honesto y más valiente que

el famoso Amadís de Gaula?; ¿quién más discreto que Palmerín de

Inglaterra?; ¿quién más acomodado y manual que Tirante el Blanco?; ¿quién

más galán que Lisuarte de Grecia?; ¿quién más acuchillado ni acuchillador

que don Belianís?; ¿quién más intrépido que Perión de Gaula, o quién más

acometedor de peligros que Felixmarte de Hircania, o quién más sincero que

Esplandián?; ¿quién mas arrojado que don Cirongilio de Tracia?; ¿quién más

bravo que Rodamonte?; ¿quién más prudente que el rey Sobrino?; ¿quién más

atrevido que Reinaldos?; ¿quién más invencible que Roldán?; y ¿quién más

gallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy los duques de

Ferrara, según Turpín en su Cosmografía? Todos estos caballeros, y otros

muchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz y

gloria de la caballería. Déstos, o tales como éstos, quisiera yo que fueran

los de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido y

ahorrara de mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y con

esto, no quiero quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y si

su Júpiter, como ha dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, que

lloveré cuando se me antojare. Digo esto porque sepa el señor Bacía que le

entiendo.

— En verdad, señor don Quijote —dijo el barbero—, que no lo dije por tanto,

y así me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestra

merced sentirse.

— Si puedo sentirme o no —respondió don Quijote—, yo me lo sé.

A esto dijo el cura:

— Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera

quedar con un escrúpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo

que aquí el señor don Quijote ha dicho.

— Para otras cosas más —respondió don Quijote— tiene licencia el señor cura;

y así, puede decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con la

conciencia escrupulosa.

— Pues con ese beneplácito —respondió el cura—, digo que mi escrúpulo es que

no me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros

andantes que vuestra merced, señor don Quijote, ha referido, hayan sido

real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imagino

que todo es ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombres

despiertos, o, por mejor decir, medio dormidos.

— Ése es otro error —respondió don Quijote— en que han caído muchos, que no

creen que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces,

con diversas gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad

este casi común engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención, y

otras sí, sustentándola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad es

tan cierta, que estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís de

Gaula, que era un hombre alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de

barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto de razones,

tardo en airarse y presto en deponer la ira; y del modo que he delineado a

Amadís pudiera, a mi parecer, pintar y descubrir todos cuantos caballeros

andantes andan en las historias en el orbe, que, por la aprehensión que

tengo de que fueron como sus historias cuentan, y por las hazañas que

hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por buena filosofía

sus faciones, sus colores y estaturas.

— ¿Que tan grande le parece a vuestra merced, mi señor don Quijote —preguntó

el barbero—, debía de ser el gigante Morgante?

— En esto de gigantes —respondió don Quijote— hay diferentes opiniones, si

los ha habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede

faltar un átomo en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos la

historia de aquel filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio de

altura, que es una desmesurada grandeza. También en la isla de Sicilia se

han hallado canillas y espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que

fueron gigantes sus dueños, y tan grandes como grandes torres; que la

geometría saca esta verdad de duda. Pero, con todo esto, no sabré decir con

certidumbre qué tamaño tuviese Morgante, aunque imagino que no debió de ser

muy alto; y muéveme a ser deste parecer hallar en la historia donde se hace

mención particular de sus hazañas que muchas veces dormía debajo de

techado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro está que no era

desmesurada su grandeza.

— Así es —dijo el cura.

El cual, gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó que

qué sentía acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán,

y de los demás Doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballeros

andantes.

— De Reinaldos —respondió don Quijote— me atrevo a decir que era ancho de

rostro, de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y

colérico en demasía, amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldán, o

Rotolando, o Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias,

soy de parecer y me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas,

algo estevado, moreno de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de

vista amenazadora; corto de razones, pero muy comedido y bien criado.

— Si no fue Roldán más gentilhombre que vuestra merced ha dicho —replicó el

cura—, no fue maravilla que la señora Angélica la Bella le desdeñase y

dejase por la gala, brío y donaire que debía de tener el morillo

barbiponiente a quien ella se entregó; y anduvo discreta de adamar antes la

blandura de Medoro que la aspereza de Roldán.

— Esa Angélica —respondió don Quijote—, señor cura, fue una doncella

destraída, andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de sus

impertinencias como de la fama de su hermosura: despreció mil señores, mil

valientes y mil discretos, y contentóse con un pajecillo barbilucio, sin

otra hacienda ni nombre que el que le pudo dar de agradecido la amistad que

guardó a su amigo. El gran cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no

atreverse, o por no querer cantar lo que a esta señora le sucedió después

de su ruin entrego, que no debieron ser cosas demasiadamente honestas, la

dejó donde dijo:

Y como del Catay recibió el cetro,

quizá otro cantará con mejor plectro.

Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llaman

vates, que quiere decir adivinos. Véese esta verdad clara, porque, después

acá, un famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y

único poeta castellano cantó su hermosura.

— Dígame, señor don Quijote —dijo a esta sazón el barbero—, ¿no ha habido

algún poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica, entre

tantos como la han alabado?

— Bien creo yo —respondió don Quijote— que si Sacripante o Roldán fueran

poetas, que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y

natural de los poetas desdeñados y no admitidos de sus damas fingidas —o

fingidas, en efeto, de aquéllos a quien ellos escogieron por señoras de sus

pensamientos—, vengarse con sátiras y libelos (venganza, por cierto,

indigna de pechos generosos), pero hasta agora no ha llegado a mi noticia

ningún verso infamatorio contra la señora Angélica, que trujo revuelto el

mundo.

— ¡Milagro! —dijo el cura.

Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado la

conversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.

Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la

sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos

Cuenta la historia que las voces que oyeron don Quijote, el cura y el

barbero eran de la sobrina y ama, que las daban diciendo a Sancho Panza,

que pugnaba por entrar a ver a don Quijote, y ellas le defendían la puerta:

— ¿Qué quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano, que

vos sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a mi señor, y le lleva por

esos andurriales.

A lo que Sancho respondió:

— Ama de Satanás, el sonsacado, y el destraído, y el llevado por esos

andurriales soy yo, que no tu amo; él me llevó por esos mundos, y vosotras

os engañáis en la mitad del justo precio: él me sacó de mi casa con

engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta agora la espero.

— Malas ínsulas te ahoguen —respondió la sobrina—, Sancho maldito. Y ¿qué

son ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que tú eres?

— No es de comer —replicó Sancho—, sino de gobernar y regir mejor que cuatro

ciudades y que cuatro alcaldes de corte.

— Con todo eso —dijo el ama—, no entraréis acá, saco de maldades y costal de

malicias. Id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y

dejaos de pretender ínsulas ni ínsulos.

Grande gusto recebían el cura y el barbero de oír el coloquio de los tres;

pero don Quijote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase algún

montón de maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le estarían bien

a su crédito, le llamó, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar.

Entró Sancho, y el cura y el barbero se despidieron de don Quijote, de cuya

salud desesperaron, viendo cuán puesto estaba en sus desvariados

pensamientos, y cuán embebido en la simplicidad de sus malandantes

caballerías; y así, dijo el cura al barbero:

— Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale

otra vez a volar la ribera.

No pongo yo duda en eso —respondió el barbero—, pero no me maravillo tanto

de la locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan

creído tiene aquello de la ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco

cuantos desengaños pueden imaginarse.

— Dios los remedie —dijo el cura—, y estemos a la mira: veremos en lo que

para esta máquina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que

parece que los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras

del señor, sin las necedades del criado, no valían un ardite.

— Así es —dijo el barbero—, y holgara mucho saber qué tratarán ahora los

dos.

— Yo seguro —respondió el cura— que la sobrina o el ama nos lo cuenta

después, que no son de condición que dejarán de escucharlo.

En tanto, don Quijote se encerró con Sancho en su aposento; y, estando

solos, le dijo:

— Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué

de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas: juntos salimos,

juntos fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte

ha corrido por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido

ciento, y esto es lo que te llevo de ventaja.

— Eso estaba puesto en razón —respondió Sancho—, porque, según vuestra

merced dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a

sus escuderos.

— Engáñaste, Sancho —dijo don Quijote—; según aquello, quando caput

dolet..., etcétera.

— No entiendo otra lengua que la mía —respondió Sancho.

— Quiero decir —dijo don Quijote— que, cuando la cabeza duele, todos los

miembros duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi

parte, pues eres mi criado; y, por esta razón, el mal que a mí me toca, o

tocare, a ti te ha de doler, y a mí el tuyo.

— Así había de ser —dijo Sancho—, pero cuando a mí me manteaban como a

miembro, se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los

aires, sin sentir dolor alguno; y, pues los miembros están obligados a

dolerse del mal de la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse

dellos.

— ¿Querrás tú decir agora, Sancho —respondió don Quijote—, que no me dolía

yo cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses;

pues más dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero

dejemos esto aparte por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y

pongamos en su punto, y dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por

ese lugar? ¿En qué opinión me tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué

los caballeros? ¿Qué dicen de mi valentía, qué de mis hazañas y qué de mi

cortesía? ¿Qué se platica del asumpto que he tomado de resucitar y volver

al mundo la ya olvidada orden caballeresca? Finalmente, quiero, Sancho, me

digas lo que acerca desto ha llegado a tus oídos; y esto me has de decir

sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna, que de los vasallos leales

es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia, sin que la

adulación la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero que

sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad

desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras

edades serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que,

de las que ahora se usan, es la dorada. Sírvate este advertimiento, Sancho,

para que discreta y bienintencionadamente pongas en mis oídos la verdad de

las cosas que supieres de lo que te he preguntado.

— Eso haré yo de muy buena gana, señor mío —respondió Sancho—, con condición

que vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo

diga en cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a

mi noticia.

— En ninguna manera me enojaré —respondió don Quijote—. Bien puedes, Sancho,

hablar libremente y sin rodeo alguno.

— Pues lo primero que digo —dijo—, es que el vulgo tiene a vuestra merced

por grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que,

no conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha

puesto don y se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de

tierra y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no

querrían que los hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos

hidalgos escuderiles que dan humo a los zapatos y toman los puntos de las

medias negras con seda verde.

— Eso —dijo don Quijote— no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien

vestido, y jamás remendado; roto, bien podría ser; y el roto, más de las

armas que del tiempo.

— En lo que toca —prosiguió Sancho— a la valentía, cortesía, hazañas y

asumpto de vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: "loco,

pero gracioso"; otros, "valiente, pero desgraciado"; otros, "cortés, pero

impertinente"; y por aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a

vuestra merced ni a mí nos dejan hueso sano.

— Mira, Sancho —dijo don Quijote—: dondequiera que está la virtud en

eminente grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que

pasaron dejó de ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo,

prudentísimo y valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún tanto

no limpio, ni en sus vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus

hazañas le alcanzaron el renombre de Magno, dicen dél que tuvo sus ciertos

puntos de borracho. De Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que

fue lascivo y muelle. De don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura

que fue más que demasiadamente rijoso; y de su hermano, que fue llorón. Así

que, ¡oh Sancho!, entre las tantas calumnias de buenos, bien pueden pasar

las mías, como no sean más de las que has dicho.

— ¡Ahí está el toque, cuerpo de mi padre! —replicó Sancho.

— Pues, ¿hay más? —preguntó don Quijote.

— Aún la cola falta por desollar —dijo Sancho—. Lo de hasta aquí son tortas

y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de

las caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las

diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el hijo de

Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y,

yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia

de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la

Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho

Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos

nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el

historiador que las escribió.

— Yo te aseguro, Sancho —dijo don Quijote—, que debe de ser algún sabio

encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre

nada de lo que quieren escribir.

— Y ¡cómo —dijo Sancho— si era sabio y encantador, pues (según dice el

bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el

autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!

— Ese nombre es de moro —respondió don Quijote.

— Así será —respondió Sancho—, porque por la mayor parte he oído decir que

los moros son amigos de berenjenas.

— Tú debes, Sancho —dijo don Quijote—, errarte en el sobrenombre de ese

Cide, que en arábigo quiere decir señor.

— Bien podría ser —replicó Sancho—, mas, si vuestra merced gusta que yo le

haga venir aquí, iré por él en volandas.

— Harásme mucho placer, amigo —dijo don Quijote—, que me tiene suspenso lo

que me has dicho, y no comeré bocado que bien me sepa hasta ser informado

de todo.

— Pues yo voy por él —respondió Sancho.

Y, dejando a su señor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvió de

allí a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.

Capítulo III. Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho

Panza y el bachiller Sansón Carrasco

Pensativo además quedó don Quijote, esperando al bachiller Carrasco, de

quien esperaba oír las nuevas de sí mismo puestas en libro, como había

dicho Sancho; y no se podía persuadir a que tal historia hubiese, pues aún

no estaba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que

había muerto, y ya querían que anduviesen en estampa sus altas caballerías.

Con todo eso, imaginó que algún sabio, o ya amigo o enemigo, por arte de

encantamento las habrá dado a la estampa: si amigo, para engrandecerlas y

levantarlas sobre las más señaladas de caballero andante; si enemigo, para

aniquilarlas y ponerlas debajo de las más viles que de algún vil escudero

se hubiesen escrito, puesto —decía entre sí— que nunca hazañas de escuderos

se escribieron; y cuando fuese verdad que la tal historia hubiese, siendo

de caballero andante, por fuerza había de ser grandílocua, alta, insigne,

magnífica y verdadera.

Con esto se consoló algún tanto, pero desconsolóle pensar que su autor era

moro, según aquel nombre de Cide; y de los moros no se podía esperar verdad

alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase no

hubiese tratado sus amores con alguna indecencia, que redundase en

menoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso;

deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la había

guardado, menospreciando reinas, emperatrices y doncellas de todas

calidades, teniendo a raya los ímpetus de los naturales movimientos; y así,

envuelto y revuelto en estas y otras muchas imaginaciones, le hallaron

Sancho y Carrasco, a quien don Quijote recibió con mucha cortesía.

Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunque

muy gran socarrón, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento;

tendría hasta veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y de

boca grande, señales todas de ser de condición maliciosa y amigo de

donaires y de burlas, como lo mostró en viendo a don Quijote, poniéndose

delante dél de rodillas, diciéndole:

— Déme vuestra grandeza las manos, señor don Quijote de la Mancha; que, por

el hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que las

cuatro primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros

andantes que ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra.

Bien haya Cide Hamete Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó

escritas, y rebién haya el curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de

arábigo en nuestro vulgar castellano, para universal entretenimiento de las

gentes.

Hízole levantar don Quijote, y dijo:

— Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía, y que fue moro y sabio el

que la compuso?

— Es tan verdad, señor —dijo Sansón—, que tengo para mí que el día de hoy

están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo

Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se

está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber

nación ni lengua donde no se traduzga.

— Una de las cosas —dijo a esta sazón don Quijote— que más debe de dar

contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen

nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen

nombre porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualará.

— Si por buena fama y si por buen nombre va —dijo el bachiller—, solo

vuestra merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el

moro en su lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos

muy al vivo la gallardía de vuestra merced, el ánimo grande en acometer los

peligros, la paciencia en las adversidades y el sufrimiento, así en las

desgracias como en las heridas, la honestidad y continencia en los amores

tan platónicos de vuestra merced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.

— Nunca —dijo a este punto Sancho Panza— he oído llamar con don a mi señora

Dulcinea, sino solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda

errada la historia.

— No es objeción de importancia ésa —respondió Carrasco.

— No, por cierto —respondió don Quijote—; pero dígame vuestra merced, señor

bachiller: ¿qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia?

— En eso —respondió el bachiller—, hay diferentes opiniones, como hay

diferentes gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento,

que a vuestra merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los

batanes; éste, a la descripción de los dos ejércitos, que después

parecieron ser dos manadas de carneros; aquél encarece la del muerto que

llevaban a enterrar a Segovia; uno dice que a todas se aventaja la de la

libertad de los galeotes; otro, que ninguna iguala a la de los dos gigantes

benitos, con la pendencia del valeroso vizcaíno.

— Dígame, señor bachiller —dijo a esta sazón Sancho—: ¿entra ahí la aventura

de los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir

cotufas en el golfo?

— No se le quedó nada —respondió Sansón— al sabio en el tintero: todo lo

dice y todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en

la manta.

— En la manta no hice yo cabriolas —respondió Sancho—; en el aire sí, y aun

más de las que yo quisiera.

— A lo que yo imagino —dijo don Quijote—, no hay historia humana en el mundo

que no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballerías,

las cuales nunca pueden estar llenas de prósperos sucesos.

— Con todo eso —respondió el bachiller—, dicen algunos que han leído la

historia que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della

algunos de los infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor

don Quijote.

— Ahí entra la verdad de la historia —dijo Sancho.

— También pudieran callarlos por equidad —dijo don Quijote—, pues las

acciones que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué

escribirlas, si han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A

fee que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente

Ulises como le describe Homero.

— Así es —replicó Sansón—, pero uno es escribir como poeta y otro como

historiador: el poeta puede contar, o cantar las cosas, no como fueron,

sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían

ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.

— Pues si es que se anda a decir verdades ese señor moro —dijo Sancho—, a

buen seguro que entre los palos de mi señor se hallen los míos; porque

nunca a su merced le tomaron la medida de las espaldas que no me la tomasen

a mí de todo el cuerpo; pero no hay de qué maravillarme, pues, como dice el

mismo señor mío, del dolor de la cabeza han de participar los miembros.

— Socarrón sois, Sancho —respondió don Quijote—. A fee que no os falta

memoria cuando vos queréis tenerla.

— Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado —dijo

Sancho—, no lo consentirán los cardenales, que aún se están frescos en las

costillas.

— Callad, Sancho —dijo don Quijote—, y no interrumpáis al señor bachiller, a

quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de mí en la referida

historia.

— Y de mí —dijo Sancho—, que también dicen que soy yo uno de los principales

presonajes della.

— Personajes que no presonajes, Sancho amigo —dijo Sansón.

— ¿Otro reprochador de voquibles tenemos? —dijo Sancho—. Pues ándense a eso,

y no acabaremos en toda la vida.

— Mala me la dé Dios, Sancho —respondió el bachiller—, si no sois vos la

segunda persona de la historia; y que hay tal, que precia más oíros hablar

a vos que al más pintado de toda ella, puesto que también hay quien diga

que anduvistes demasiadamente de crédulo en creer que podía ser verdad el

gobierno de aquella ínsula, ofrecida por el señor don Quijote, que está

presente.

— Aún hay sol en las bardas —dijo don Quijote—, y, mientras más fuere

entrando en edad Sancho, con la esperiencia que dan los años, estará más

idóneo y más hábil para ser gobernador que no está agora.

— Por Dios, señor —dijo Sancho—, la isla que yo no gobernase con los años

que tengo, no la gobernaré con los años de Matusalén. El daño está en que

la dicha ínsula se entretiene, no sé dónde, y no en faltarme a mí el

caletre para gobernarla.

— Encomendadlo a Dios, Sancho —dijo don Quijote—, que todo se hará bien, y

quizá mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sin

la voluntad de Dios.

— Así es verdad —dijo Sansón—, que si Dios quiere, no le faltarán a Sancho

mil islas que gobernar, cuanto más una.

— Gobernador he visto por ahí —dijo Sancho— que, a mi parecer, no llegan a

la suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman señoría, y se sirven con

plata.

— Ésos no son gobernadores de ínsulas —replicó Sansón—, sino de otros

gobiernos más manuales; que los que gobiernan ínsulas, por lo menos han de

saber gramática.

— Con la grama bien me avendría yo —dijo Sancho—, pero con la tica, ni me

tiro ni me pago, porque no la entiendo. Pero, dejando esto del gobierno en

las manos de Dios, que me eche a las partes donde más de mí se sirva, digo,

señor bachiller Sansón Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el

autor de la historia haya hablado de mí de manera que no enfadan las cosas

que de mí se cuentan; que a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mí

cosas que no fueran muy de cristiano viejo, como soy, que nos habían de oír

los sordos.

— Eso fuera hacer milagros —respondió Sansón.

— Milagros o no milagros —dijo Sancho—, cada uno mire cómo habla o cómo

escribe de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le viene

al magín.

— Una de las tachas que ponen a la tal historia —dijo el bachiller— es que

su autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por

mala ni por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver

con la historia de su merced del señor don Quijote.

— Yo apostaré —replicó Sancho— que ha mezclado el hideperro berzas con

capachos.

— Ahora digo —dijo don Quijote— que no ha sido sabio el autor de mi

historia, sino algún ignorante hablador, que, a tiento y sin algún

discurso, se puso a escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja,

el pintor de Úbeda, al cual preguntándole qué pintaba, respondió: ''Lo que

saliere''. Tal vez pintaba un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que

era menester que con letras góticas escribiese junto a él: "Éste es gallo".

Y así debe de ser de mi historia, que tendrá necesidad de comento para

entenderla.

— Eso no —respondió Sansón—, porque es tan clara, que no hay cosa que

dificultar en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres

la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan

leída y tan sabida de todo género de gentes, que, apenas han visto algún

rocín flaco, cuando dicen: "allí va Rocinante". Y los que más se han dado a

su letura son los pajes: no hay antecámara de señor donde no se halle un

Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; éstos le embisten y aquéllos

le piden. Finalmente, la tal historia es del más gustoso y menos

perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto, porque en toda

ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un

pensamiento menos que católico.

— A escribir de otra suerte —dijo don Quijote—, no fuera escribir verdades,

sino mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen habían de ser

quemados, como los que hacen moneda falsa; y no sé yo qué le movió al autor

a valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los

míos: sin duda se debió de atener al refrán: "De paja y de heno...",

etcétera. Pues en verdad que en sólo manifestar mis pensamientos, mis

sospiros, mis lágrimas, mis buenos deseos y mis acometimientos pudiera

hacer un volumen mayor, o tan grande que el que pueden hacer todas las

obras del Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, señor bachiller, es que

para componer historias y libros, de cualquier suerte que sean, es menester

un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y escribir donaires

es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia es la del

bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es simple. La

historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde está la

verdad está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay algunos

que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos.

— No hay libro tan malo —dijo el bachiller— que no tenga algo bueno.

— No hay duda en eso —replicó don Quijote—; pero muchas veces acontece que

los que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus

escritos, en dándolos a la estampa, la perdieron del todo, o la

menoscabaron en algo.

— La causa deso es —dijo Sansón— que, como las obras impresas se miran

despacio, fácilmente se veen sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto

es mayor la fama del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios,

los grandes poetas, los ilustres historiadores, siempre, o las más veces,

son envidiados de aquellos que tienen por gusto y por particular

entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin haber dado algunos propios

a la luz del mundo.

— Eso no es de maravillar —dijo don Quijote—, porque muchos teólogos hay que

no son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o

sobras de los que predican.

— Todo eso es así, señor don Quijote —dijo Carrasco—, pero quisiera yo que

los tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin

atenerse a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; que si

aliquando bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto,

por dar la luz de su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría

ser que lo que a ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces

acrecientan la hermosura del rostro que los tiene; y así, digo que es

grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda

imposibilidad imposible componerle tal, que satisfaga y contente a todos

los que le leyeren.

— El que de mí trata —dijo don Quijote—, a pocos habrá contentado.

— Antes es al revés; que, como de stultorum infinitus est numerus, infinitos

son los que han gustado de la tal historia; y algunos han puesto falta y

dolo en la memoria del autor, pues se le olvida de contar quién fue el

ladrón que hurtó el rucio a Sancho, que allí no se declara, y sólo se

infiere de lo escrito que se le hurtaron, y de allí a poco le vemos a

caballo sobre el mesmo jumento, sin haber parecido. También dicen que se le

olvidó poner lo que Sancho hizo de aquellos cien escudos que halló en la

maleta en Sierra Morena, que nunca más los nombra, y hay muchos que desean

saber qué hizo dellos, o en qué los gastó, que es uno de los puntos

sustanciales que faltan en la obra.

— Sancho respondió:

— Yo, señor Sansón, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que

me ha tomado un desmayo de estómago, que si no le reparo con dos tragos de

lo añejo, me pondrá en la espina de Santa Lucía. En casa lo tengo, mi oíslo

me aguarda; en acabando de comer, daré la vuelta, y satisfaré a vuestra

merced y a todo el mundo de lo que preguntar quisieren, así de la pérdida

del jumento como del gasto de los cien escudos.

Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.

Don Quijote pidió y rogó al bachiller se quedase a hacer penitencia con él.

Tuvo el bachiller el envite: quedóse, añadióse al ordinaro un par de

pichones, tratóse en la mesa de caballerías, siguióle el humor Carrasco,

acabóse el banquete, durmieron la siesta, volvió Sancho y renovóse la

plática pasada.

Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de

sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse

Volvió Sancho a casa de don Quijote, y, volviendo al pasado razonamiento,

dijo:

— A lo que el señor Sansón dijo que se deseaba saber quién, o cómo, o cuándo

se me hurtó el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendo

de la Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, después de la

aventura sin ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban a

Segovia, mi señor y yo nos metimos entre una espesura, adonde mi señor

arrimado a su lanza, y yo sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas

refriegas, nos pusimos a dormir como si fuera sobre cuatro colchones de

pluma; especialmente yo dormí con tan pesado sueño, que quienquiera que fue

tuvo lugar de llegar y suspenderme sobre cuatro estacas que puso a los

cuatro lados de la albarda, de manera que me dejó a caballo sobre ella, y

me sacó debajo de mí al rucio, sin que yo lo sintiese.

— Eso es cosa fácil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucedió a

Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invención

le sacó el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrón llamado

Brunelo.

— Amaneció —prosiguió Sancho—, y, apenas me hube estremecido, cuando,

faltando las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída; miré por el

jumento, y no le vi; acudiéronme lágrimas a los ojos, y hice una

lamentación, que si no la puso el autor de nuestra historia, puede hacer

cuenta que no puso cosa buena. Al cabo de no sé cuántos días, viniendo con

la señora princesa Micomicona, conocí mi asno, y que venía sobre él en

hábito de gitano aquel Ginés de Pasamonte, aquel embustero y grandísimo

maleador que quitamos mi señor y yo de la cadena.

— No está en eso el yerro —replicó Sansón—, sino en que, antes de haber

parecido el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo

rucio.

— A eso —dijo Sancho—, no sé qué responder, sino que el historiador se

engañó, o ya sería descuido del impresor.

— Así es, sin duda —dijo Sansón—; pero, ¿qué se hicieron los cien escudos?;

¿deshiciéronse?

Respondió Sancho:

— Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y

ellos han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y

carreras que he andado sirviendo a mi señor don Quijote; que si, al cabo de

tanto tiempo, volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura

me esperaba; y si hay más que saber de mí, aquí estoy, que responderé al

mismo rey en presona, y nadie tiene para qué meterse en si truje o no

truje, si gasté o no gasté; que si los palos que me dieron en estos viajes

se hubieran de pagar a dinero, aunque no se tasaran sino a cuatro maravedís

cada uno, en otros cien escudos no había para pagarme la mitad; y cada uno

meta la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo blanco por negro y lo

negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun peor muchas

veces.

— Yo tendré cuidado —dijo Carrasco— de acusar al autor de la historia que si

otra vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho,

que será realzarla un buen coto más de lo que ella se está.

— ¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor bachiller? —preguntó don

Quijote.

— Sí debe de haber —respondió él—, pero ninguna debe de ser de la

importancia de las ya referidas.

— Y por ventura —dijo don Quijote—, ¿promete el autor segunda parte?

— Sí promete —respondió Sansón—, pero dice que no ha hallado ni sabe quién

la tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por esto como porque

algunos dicen: "Nunca segundas partes fueron buenas", y otros: "De las

cosas de don Quijote bastan las escritas", se duda que no ha de haber

segunda parte; aunque algunos que son más joviales que saturninos dicen:

"Vengan más quijotadas: embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo

que fuere, que con eso nos contentamos".

— Y ¿a qué se atiene el autor?

— A que —respondió Sansón—, en hallando que halle la historia, que él va

buscando con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa,

llevado más del interés que de darla se le sigue que de otra alabanza

alguna.

A lo que dijo Sancho:

— ¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque

no hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y las

obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren.

Atienda ese señor moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi señor

le daremos tanto ripio a la mano en materia de aventuras y de sucesos

diferentes, que pueda componer no sólo segunda parte, sino ciento. Debe de

pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas; pues

ténganos el pie al herrar, y verá del que cosqueamos. Lo que yo sé decir es

que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas

deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los

buenos andantes caballeros.

No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus

oídos relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó don Quijote por

felicísimo agüero, y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra

salida; y, declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por qué

parte comenzaría su jornada; el cual le respondió que era su parecer que

fuese al reino de Aragón y a la ciudad de Zaragoza, adonde, de allí a pocos

días, se habían de hacer unas solenísimas justas por la fiesta de San

Jorge, en las cuales podría ganar fama sobre todos los caballeros

aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del mundo. Alabóle ser

honradísima y valentísima su determinación, y advirtióle que anduviese más

atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era suya, sino de

todos aquellos que le habían de menester para que los amparase y socorriese

en sus desventuras.

— Deso es lo que yo reniego, señor Sansón —dijo a este punto Sancho—, que

así acomete mi señor a cien hombres armados como un muchacho goloso a media

docena de badeas. ¡Cuerpo del mundo, señor bachiller! Sí, que tiempos hay

de acometer y tiempos de retirar; sí, no ha de ser todo "¡Santiago, y

cierra, España!" Y más, que yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo,

si mal no me acuerdo, que en los estremos de cobarde y de temerario está el

medio de la valentía; y si esto es así, no quiero que huya sin tener para

qué, ni que acometa cuando la demasía pide otra cosa. Pero, sobre todo,

aviso a mi señor que si me ha de llevar consigo, ha de ser con condición

que él se lo ha de batallar todo, y que yo no he de estar obligado a otra

cosa que a mirar por su persona en lo que tocare a su limpieza y a su

regalo; que en esto yo le bailaré el agua delante; pero pensar que tengo de

poner mano a la espada, aunque sea contra villanos malandrines de hacha y

capellina, es pensar en lo escusado. Yo, señor Sansón, no pienso granjear

fama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás sirvió a

caballero andante; y si mi señor don Quijote, obligado de mis muchos y

buenos servicios, quisiere darme alguna ínsula de las muchas que su merced

dice que se ha de topar por ahí, recibiré mucha merced en ello; y cuando no

me la diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro sino de

Dios; y más, que tan bien, y aun quizá mejor, me sabrá el pan desgobernado

que siendo gobernador; y ¿sé yo por ventura si en esos gobiernos me tiene

aparejada el diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las

muelas? Sancho nací, y Sancho pienso morir; pero si con todo esto, de

buenas a buenas, sin mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase el

cielo alguna ínsula, o otra cosa semejante, no soy tan necio que la

desechase; que también se dice: "Cuando te dieren la vaquilla, corre con la

soguilla"; y "Cuando viene el bien, mételo en tu casa".

— Vos, hermano Sancho —dijo Carrasco—, habéis hablado como un catedrático;

pero, con todo eso, confiad en Dios y en el señor don Quijote, que os ha de

dar un reino, no que una ínsula.

— Tanto es lo de más como lo de menos —respondió Sancho—; aunque sé decir al

señor Carrasco que no echara mi señor el reino que me diera en saco roto,

que yo he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo con salud para regir

reinos y gobernar ínsulas, y esto ya otras veces lo he dicho a mi señor.

— Mirad, Sancho —dijo Sansón—, que los oficios mudan las costumbres, y

podría ser que viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió.

— Eso allá se ha de entender —respondió Sancho— con los que nacieron en las

malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de

cristianos viejos, como yo los tengo. ¡No, sino llegaos a mi condición, que

sabrá usar de desagradecimiento con alguno!

— Dios lo haga —dijo don Quijote—, y ello dirá cuando el gobierno venga; que

ya me parece que le trayo entre los ojos.

Dicho esto, rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de

componerle unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su

señora Dulcinea del Toboso, y que advirtiese que en el principio de cada

verso había de poner una letra de su nombre, de manera que al fin de los

versos, juntando las primeras letras, se leyese: Dulcinea del Toboso.

El bachiller respondió que, puesto que él no era de los famosos poetas que

había en España, que decían que no eran sino tres y medio, que no dejaría

de componer los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en su

composición, a causa que las letras que contenían el nombre eran diez y

siete; y que si hacía cuatro castellanas de a cuatro versos, sobrara una

letra; y si de a cinco, a quien llaman décimas o redondillas, faltaban tres

letras; pero, con todo eso, procuraría embeber una letra lo mejor que

pudiese, de manera que en las cuatro castellanas se incluyese el nombre de

Dulcinea del Toboso.

— Ha de ser así en todo caso —dijo don Quijote—; que si allí no va el nombre

patente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para ella se hicieron

los metros.

Quedaron en esto y en que la partida sería de allí a ocho días. Encargó don

Quijote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese

Nicolás, y a su sobrina y al ama, porque no estorbasen su honrada y

valerosa determinación. Todo lo prometió Carrasco. Con esto se despidió,

encargando a don Quijote que de todos sus buenos o malos sucesos le

avisase, habiendo comodidad; y así, se despidieron, y Sancho fue a poner en

orden lo necesario para su jornada.

Capítulo V. De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y

su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación

(Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo, dice

que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo

del que se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles,

que no tiene por posible que él las supiese; pero que no quiso dejar de

traducirlo, por cumplir con lo que a su oficio debía; y así, prosiguió

diciendo:)

Llegó Sancho a su casa tan regocijado y alegre, que su mujer conoció su

alegría a tiro de ballesta; tanto, que la obligó a preguntarle:

— ¿Qué traés, Sancho amigo, que tan alegre venís?

A lo que él respondió:

— Mujer mía, si Dios quisiera, bien me holgara yo de no estar tan contento

como muestro.

— No os entiendo, marido —replicó ella—, y no sé qué queréis decir en eso de

que os holgáredes, si Dios quisiera, de no estar contento; que, maguer

tonta, no sé yo quién recibe gusto de no tenerle.

— Mirad, Teresa —respondió Sancho—: yo estoy alegre porque tengo determinado

de volver a servir a mi amo don Quijote, el cual quiere la vez tercera

salir a buscar las aventuras; y yo vuelvo a salir con él, porque lo quiere

así mi necesidad, junto con la esperanza, que me alegra, de pensar si podré

hallar otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me entristece el

haberme de apartar de ti y de mis hijos; y si Dios quisiera darme de comer

a pie enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues

lo podía hacer a poca costa y no más de quererlo, claro está que mi alegría

fuera más firme y valedera, pues que la que tengo va mezclada con la

tristeza del dejarte; así que, dije bien que holgara, si Dios quisiera, de

no estar contento.

— Mirad, Sancho —replicó Teresa—: después que os hicistes miembro de

caballero andante habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os

entienda.

— Basta que me entienda Dios, mujer —respondió Sancho—, que Él es el

entendedor de todas las cosas, y quédese esto aquí; y advertid, hermana,

que os conviene tener cuenta estos tres días con el rucio, de manera que

esté para armas tomar: dobladle los piensos, requerid la albarda y las

demás jarcias, porque no vamos a bodas, sino a rodear el mundo, y a tener

dares y tomares con gigantes, con endriagos y con vestiglos, y a oír

silbos, rugidos, bramidos y baladros; y aun todo esto fuera flores de

cantueso si no tuviéramos que entender con yangüeses y con moros

encantados.

— Bien creo yo, marido —replicó Teresa—, que los escuderos andantes no comen

el pan de balde; y así, quedaré rogando a Nuestro Señor os saque presto de

tanta mala ventura.

— Yo os digo, mujer —respondió Sancho—, que si no pensase antes de mucho

tiempo verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto.

— Eso no, marido mío —dijo Teresa—: viva la gallina, aunque sea con su

pepita; vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo;

sin gobierno salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis

vivido hasta ahora, y sin gobierno os iréis, o os llevarán, a la sepultura

cuando Dios fuere servido. Como ésos hay en el mundo que viven sin

gobierno, y no por eso dejan de vivir y de ser contados en el número de las

gentes. La mejor salsa del mundo es la hambre; y como ésta no falta a los

pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho: si por ventura os

viéredes con algún gobierno, no os olvidéis de mí y de vuestros hijos.

Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón que vaya a

la escuela, si es que su tío el abad le ha de dejar hecho de la Iglesia.

Mirad también que Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la casamos;

que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseáis

veros con gobierno; y, en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que

bien abarraganada.

— A buena fe —respondió Sancho— que si Dios me llega a tener algo qué de

gobierno, que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha tan altamente que no

la alcancen sino con llamarla señora.

— Eso no, Sancho —respondió Teresa—: casadla con su igual, que es lo más

acertado; que si de los zuecos la sacáis a chapines, y de saya parda de

catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un tú a una

doña tal y señoría, no se ha de hallar la mochacha, y a cada paso ha de

caer en mil faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.

— Calla, boba —dijo Sancho—, que todo será usarlo dos o tres años; que

después le vendrá el señorío y la gravedad como de molde; y cuando no, ¿qué

importa? Séase ella señoría, y venga lo que viniere.

— Medíos, Sancho, con vuestro estado —respondió Teresa—; no os queráis alzar

a mayores, y advertid al refrán que dice: "Al hijo de tu vecino, límpiale

las narices y métele en tu casa". ¡Por cierto, que sería gentil cosa casar

a nuestra María con un condazo, o con caballerote que, cuando se le

antojase, la pusiese como nueva, llamándola de villana, hija del

destripaterrones y de la pelarruecas! ¡No en mis días, marido! ¡Para eso,

por cierto, he criado yo a mi hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla

dejadlo a mi cargo; que ahí está Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo

rollizo y sano, y que le conocemos, y sé que no mira de mal ojo a la

mochacha; y con éste, que es nuestro igual, estará bien casada, y le

tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos, padres y hijos,

nietos y yernos, y andará la paz y la bendición de Dios entre todos

nosotros; y no casármela vos ahora en esas cortes y en esos palacios

grandes, adonde ni a ella la entiendan, ni ella se entienda.

— Ven acá, bestia y mujer de Barrabás —replicó Sancho—: ¿por qué quieres tú

ahora, sin qué ni para qué, estorbarme que no case a mi hija con quien me

dé nietos que se llamen señoría? Mira, Teresa: siempre he oído decir a mis

mayores que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se

debe quejar si se le pasa. Y no sería bien que ahora, que está llamando a

nuestra puerta, se la cerremos; dejémonos llevar deste viento favorable que

nos sopla.

(Por este modo de hablar, y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el

tradutor desta historia que tenía por apócrifo este capítulo.)

— ¿No te parece, animalia —prosiguió Sancho—, que será bien dar con mi

cuerpo en algún gobierno provechoso que nos saque el pie del lodo? Y cásese

a Mari Sancha con quien yo quisiere, y verás cómo te llaman a ti doña

Teresa Panza, y te sientas en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y

arambeles, a pesar y despecho de las hidalgas del pueblo. ¡No, sino estaos

siempre en un ser, sin crecer ni menguar, como figura de paramento! Y en

esto no hablemos más, que Sanchica ha de ser condesa, aunque tú más me

digas.

— ¿Veis cuanto decís, marido? —respondió Teresa—. Pues, con todo eso, temo

que este condado de mi hija ha de ser su perdición. Vos haced lo que

quisiéredes, ora la hagáis duquesa o princesa, pero séos decir que no será

ello con voluntad ni consentimiento mío. Siempre, hermano, fui amiga de la

igualdad, y no puedo ver entonos sin fundamentos. Teresa me pusieron en el

bautismo, nombre mondo y escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni

arrequives de dones ni donas; Cascajo se llamó mi padre, y a mí, por ser

vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a buena razón me habían de

llamar Teresa Cascajo. Pero allá van reyes do quieren leyes, y con este

nombre me contento, sin que me le pongan un don encima, que pese tanto que

no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren andar

vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: ''¡Mirad qué

entonada va la pazpuerca!; ayer no se hartaba de estirar de un copo de

estopa, y iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar

de manto, y ya hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no

la conociésemos''. Si Dios me guarda mis siete, o mis cinco sentidos, o los

que tengo, no pienso dar ocasión de verme en tal aprieto. Vos, hermano,

idos a ser gobierno o ínsulo, y entonaos a vuestro gusto; que mi hija ni

yo, por el siglo de mi madre, que no nos hemos de mudar un paso de nuestra

aldea: la mujer honrada, la pierna quebrada, y en casa; y la doncella

honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con vuestro don Quijote a

vuestras aventuras, y dejadnos a nosotras con nuestras malas venturas, que

Dios nos las mejorará como seamos buenas; y yo no sé, por cierto, quién le

puso a él don, que no tuvieron sus padres ni sus agüelos.

— Ahora digo —replicó Sancho— que tienes algún familiar en ese cuerpo.

¡Válate Dios, la mujer, y qué de cosas has ensartado unas en otras, sin

tener pies ni cabeza! ¿Qué tiene que ver el Cascajo, los broches, los

refranes y el entono con lo que yo digo? Ven acá, mentecata e ignorante

(que así te puedo llamar, pues no entiendes mis razones y vas huyendo de la

dicha): si yo dijera que mi hija se arrojara de una torre abajo, o que se

fuera por esos mundos, como se quiso ir la infanta doña Urraca, tenías

razón de no venir con mi gusto; pero si en dos paletas, y en menos de un

abrir y cerrar de ojos, te la chanto un don y una señoría a cuestas, y te

la saco de los rastrojos, y te la pongo en toldo y en peana, y en un

estrado de más almohadas de velludo que tuvieron moros en su linaje los

Almohadas de Marruecos, ¿por qué no has de consentir y querer lo que yo

quiero?

— ¿Sabéis por qué, marido? —respondió Teresa—; por el refrán que dice:

"¡Quien te cubre, te descubre!" Por el pobre todos pasan los ojos como de

corrida, y en el rico los detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre,

allí es el murmurar y el maldecir, y el peor perseverar de los

maldicientes, que los hay por esas calles a montones, como enjambres de

abejas.

— Mira, Teresa —respondió Sancho—, y escucha lo que agora quiero decirte;

quizá no lo habrás oído en todos los días de tu vida, y yo agora no hablo

de mío; que todo lo que pienso decir son sentencias del padre predicador

que la Cuaresma pasada predicó en este pueblo, el cual, si mal no me

acuerdo, dijo que todas las cosas presentes que los ojos están mirando se

presentan, están y asisten en nuestra memoria mucho mejor y con más

vehemencia que las cosas pasadas.

(Todas estas razones que aquí va diciendo Sancho son las segundas por quien

dice el tradutor que tiene por apócrifo este capítulo, que exceden a la

capacidad de Sancho. El cual prosiguió diciendo:)

— De donde nace que, cuando vemos alguna persona bien aderezada, y con ricos

vestidos compuesta, y con pompa de criados, parece que por fuerza nos mueve

y convida a que la tengamos respeto, puesto que la memoria en aquel

instante nos represente alguna bajeza en que vimos a la tal persona; la

cual inominia, ahora sea de pobreza o de linaje, como ya pasó, no es, y

sólo es lo que vemos presente. Y si éste a quien la fortuna sacó del

borrador de su bajeza (que por estas mesmas razones lo dijo el padre) a la

alteza de su prosperidad, fuere bien criado, liberal y cortés con todos, y

no se pusiere en cuentos con aquellos que por antigüedad son nobles, ten

por cierto, Teresa, que no habrá quien se acuerde de lo que fue, sino que

reverencien lo que es, si no fueren los invidiosos, de quien ninguna

próspera fortuna está segura.

— Yo no os entiendo, marido —replicó Teresa—: haced lo que quisiéredes, y no

me quebréis más la cabeza con vuestras arengas y retóricas. Y si estáis

revuelto en hacer lo que decís...

— Resuelto has de decir, mujer —dijo Sancho—, y no revuelto.

— No os pongáis a disputar, marido, conmigo —respondió Teresa—. Yo hablo

como Dios es servido, y no me meto en más dibujos; y digo que si estáis

porfiando en tener gobierno, que llevéis con vos a vuestro hijo Sancho,

para que desde agora le enseñéis a tener gobierno, que bien es que los

hijos hereden y aprendan los oficios de sus padres.

— En teniendo gobierno —dijo Sancho—, enviaré por él por la posta, y te

enviaré dineros, que no me faltarán, pues nunca falta quien se los preste a

los gobernadores cuando no los tienen; y vístele de modo que disimule lo

que es y parezca lo que ha de ser.

— Enviad vos dinero —dijo Teresa—, que yo os lo vistiré como un palmito.

— En efecto, quedamos de acuerdo —dijo Sancho— de que ha de ser condesa

nuestra hija.

— El día que yo la viere condesa —respondió Teresa—, ése haré cuenta que la

entierro, pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto, que con

esta carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque

sean unos porros.

Y, en esto, comenzó a llorar tan de veras como si ya viera muerta y

enterrada a Sanchica. Sancho la consoló diciéndole que, ya que la hubiese

de hacer condesa, la haría todo lo más tarde que ser pudiese. Con esto se

acabó su plática, y Sancho volvió a ver a don Quijote para dar orden en su

partida.

Capítulo VI. De lo que le pasó a Don Quijote con su sobrina y con su ama, y

es uno de los importantes capítulos de toda la historia

En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron la impertinente

referida plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don Quijote,

que por mil señales iban coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse

la vez tercera, y volver al ejercicio de su, para ellas, mal andante

caballería: procuraban por todas las vías posibles apartarle de tan mal

pensamiento, pero todo era predicar en desierto y majar en hierro frío. Con

todo esto, entre otras muchas razones que con él pasaron, le dijo el ama:

— En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está

quedo en su casa, y se deja de andar por los montes y por los valles como

ánima en pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo

llamo desdichas, que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al rey,

que pongan remedio en ello.

A lo que respondió don Quijote:

— Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo no lo sé, ni lo que ha de

responder Su Majestad tampoco, y sólo sé que si yo fuera rey, me escusara

de responder a tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada día le

dan; que uno de los mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros

muchos, es el estar obligados a escuchar a todos y a responder a todos; y

así, no querría yo que cosas mías le diesen pesadumbre.

A lo que dijo el ama:

— Díganos, señor: en la corte de Su Majestad, ¿no hay caballeros?

— Sí —respondió don Quijote—, y muchos; y es razón que los haya, para adorno

de la grandeza de los príncipes y para ostentación de la majestad real.

— Pues, ¿no sería vuesa merced —replicó ella— uno de los que a pie quedo

sirviesen a su rey y señor, estándose en la corte?

— Mira, amiga —respondió don Quijote—: no todos los caballeros pueden ser

cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros

andantes: de todos ha de haber en el mundo; y, aunque todos seamos

caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los

cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la corte, se

pasean por todo el mundo, mirando un mapa, sin costarles blanca, ni padecer

calor ni frío, hambre ni sed; pero nosotros, los caballeros andantes

verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de

noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros

mismos pies; y no solamente conocemos los enemigos pintados, sino en su

mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión los acometemos, sin mirar en

niñerías, ni en las leyes de los desafíos; si lleva, o no lleva, más corta

la lanza, o la espada; si trae sobre sí reliquias, o algún engaño

encubierto; si se ha de partir y hacer tajadas el sol, o no, con otras

ceremonias deste jaez, que se usan en los desafíos particulares de persona

a persona, que tú no sabes y yo sí. Y has de saber más: que el buen

caballero andante, aunque vea diez gigantes que con las cabezas no sólo

tocan, sino pasan las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos

grandísimas torres, y que los brazos semejan árboles de gruesos y poderosos

navíos, y cada ojo como una gran rueda de molino y más ardiendo que un

horno de vidrio, no le han de espantar en manera alguna; antes con gentil

continente y con intrépido corazón los ha de acometer y embestir, y, si

fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en un pequeño instante, aunque

viniesen armados de unas conchas de un cierto pescado que dicen que son más

duras que si fuesen de diamantes, y en lugar de espadas trujesen cuchillos

tajantes de damasquino acero, o porras ferradas con puntas asimismo de

acero, como yo las he visto más de dos veces. Todo esto he dicho, ama mía,

porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros; y sería razón

que no hubiese príncipe que no estimase en más esta segunda, o, por mejor

decir, primera especie de caballeros andantes, que, según leemos en sus

historias, tal ha habido entre ellos que ha sido la salud no sólo de un

reino, sino de muchos.

— ¡Ah, señor mío! —dijo a esta sazón la sobrina—; advierta vuestra merced

que todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y mentira, y sus

historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un

sambenito, o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora

de las buenas costumbres.

— Por el Dios que me sustenta —dijo don Quijote—, que si no fueras mi

sobrina derechamente, como hija de mi misma hermana, que había de hacer un

tal castigo en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el

mundo. ¿Cómo que es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce

palillos de randas se atreva a poner lengua y a censurar las historias de

los caballeros andantes? ¿Qué dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero

a buen seguro que él te perdonara, porque fue el más humilde y cortés

caballero de su tiempo, y, demás, grande amparador de las doncellas; mas,

tal te pudiera haber oído que no te fuera bien dello, que no todos son

corteses ni bien mirados: algunos hay follones y descomedidos. Ni todos los

que se llaman caballeros lo son de todo en todo: que unos son de oro, otros

de alquimia, y todos parecen caballeros, pero no todos pueden estar al

toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que revientan por

parecer caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta mueren por

parecer hombres bajos; aquéllos se llevantan o con la ambición o con la

virtud, éstos se abajan o con la flojedad o con el vicio; y es menester

aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras

de caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las

acciones.

— ¡Válame Dios! —dijo la sobrina—. ¡Que sepa vuestra merced tanto, señor

tío, que, si fuese menester en una necesidad, podría subir en un púlpito e

irse a predicar por esas calles, y que, con todo esto, dé en una ceguera

tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es

valiente, siendo viejo, que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza

tuertos, estando por la edad agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no

lo siendo; porque, aunque lo puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres!

— Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices —respondió don Quijote—, y

cosas te pudiera yo decir cerca de los linajes, que te admiraran; pero, por

no mezclar lo divino con lo humano, no las digo. Mirad, amigas: a cuatro

suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay

en el mundo, que son éstas: unos, que tuvieron principios humildes, y se

fueron estendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que

tuvieron principios grandes, y los fueron conservando y los conservan y

mantienen en el ser que comenzaron; otros, que, aunque tuvieron principios

grandes, acabaron en punta, como pirámide, habiendo diminuido y aniquilado

su principio hasta parar en nonada, como lo es la punta de la pirámide, que

respeto de su basa o asiento no es nada; otros hay, y éstos son los más,

que ni tuvieron principio bueno ni razonable medio, y así tendrán el fin,

sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria. De los

primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que agora

conservan, te sirva de ejemplo la Casa Otomana, que, de un humilde y bajo

pastor que le dio principio, está en la cumbre que le vemos. Del segundo

linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla, serán

ejemplo muchos príncipes que por herencia lo son, y se conservan en ella,

sin aumentarla ni diminuirla, conteniéndose en los límites de sus estados

pacíficamente. De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay

millares de ejemplos, porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los

Césares de Roma, con toda la caterva, si es que se le puede dar este

nombre, de infinitos príncipes, monarcas, señores, medos, asirios, persas,

griegos y bárbaros, todos estos linajes y señoríos han acabado en punta y

en nonada, así ellos como los que les dieron principio, pues no será

posible hallar agora ninguno de sus decendientes, y si le hallásemos, sería

en bajo y humilde estado. Del linaje plebeyo no tengo qué decir, sino que

sirve sólo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra

fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo dicho quiero que infiráis,

bobas mías, que es grande la confusión que hay entre los linajes, y que

solos aquéllos parecen grandes y ilustres que lo muestran en la virtud, y

en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas y

liberalidades, porque el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el

rico no liberal será un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no

le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas

comoquiera, sino el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda

otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo

afable, bien criado, cortés y comedido, y oficioso; no soberbio, no

arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo; que con dos maravedís

que con ánimo alegre dé al pobre se mostrará tan liberal como el que a

campana herida da limosna, y no habrá quien le vea adornado de las

referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y tenerle

por de buena casta, y el no serlo sería milagro; y siempre la alabanza fue

premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos

caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y

honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más

armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la

influencia del planeta Marte; así que, casi me es forzoso seguir por su

camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde

cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la

fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea. Pues con

saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos al andante

caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan con ella; y sé

que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y

espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del

vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la virtud, angosto

y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no

tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que

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