APROBACIÓN

Por comisión del señor doctor Gutierre de Cetina, vicario general desta

villa de Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda

parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, por Miguel de

Cervantes Saavedra, y no hallo en él cosa indigna de un cristiano celo, ni

que disuene de la decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales;

antes, mucha erudición y aprovechamiento, así en la continencia de su bien

seguido asunto para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballerías,

cuyo contagio había cundido más de lo que fuera justo, como en la lisura

del lenguaje castellano, no adulterado con enfadosa y estudiada afectación,

vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos; y en la correción de vicios

que generalmente toca, ocasionado de sus agudos discursos, guarda con tanta

cordura las leyes de reprehensión cristiana, que aquel que fuere tocado de

la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y sabroso de sus medicinas

gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco

alguno, lo provechoso de la detestación de su vicio, con que se hallará,

que es lo más difícil de conseguirse, gustoso y reprehendido. Ha habido

muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar a propósito lo útil con

lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo

imitar a Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa

y desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico, entregándose a

maldicientes, inventando casos que no pasaron, para hacer capaz al vicio

que tocan de su áspera reprehensión, y por ventura descubren caminos para

seguirle, hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no

reprehensores, a lo menos maestros dél. Hácense odiosos a los bien

entendidos, con el pueblo pierden el crédito, si alguno tuvieron, para

admitir sus escritos y los vicios que arrojada e imprudentemente quisieren

corregir en muy peor estado que antes, que no todas las postemas a un mismo

tiempo están dispuestas para admitir las recetas o cauterios; antes,

algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves medicinas, con cuya

aplicación, el atentado y docto médico consigue el fin de resolverlas,

término que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el rigor del

hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de

Cervantes, así nuestra nación como las estrañas, pues como a milagro desean

ver el autor de libros que con general aplauso, así por su decoro y

decencia como por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido

España, Francia, Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en

veinte y cinco de febrero deste año de seiscientos y quince, habiendo ido

el ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo

de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su Ilustrísima hizo el

embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de

sus príncipes y los de España, muchos caballeros franceses, de los que

vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de

buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal mi señor,

deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más validos; y, tocando

acaso en éste que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel

de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la

estimación en que, así en Francia como en los reinos sus confinantes, se

tenían sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de memoria la

primera parte désta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos,

que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil

demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su

profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo,

soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras:

''Pues, ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario

público?'' Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con

mucha agudeza, y dijo: ''Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a

Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre,

haga rico a todo el mundo''. Bien creo que está, para censura, un poco

larga; alguno dirá que toca los límites de lisonjero elogio; mas la verdad

de lo que cortamente digo deshace en el crítico la sospecha y en mí el

cuidado; además que el día de hoy no se lisonjea a quien no tiene con qué

cebar el pico del adulador, que, aunque afectuosa y falsamente dice de

burlas, pretende ser remunerado de veras. En Madrid, a veinte y siete de

febrero de mil y seiscientos y quince.

El licenciado Márquez Torres.

Don Quijote · 第 87 / 114 题