II

Mi hermana Camila tiene, acerca de mí, proyectos matrimoniales. Creo que

es el caso general de todas las hermanas, á menos que sea el

contrario--, un odio corso á cualquier ser femenino que su hermano

distinga.

Propala mi hermana que ha sido muy feliz en su matrimonio; y no lo dudo,

entre otras razones, porque la unión duró cinco ó seis años, y mi cuñado

estuvo dos de ellos en Cuba, arreglando negocios pendientes. Si Camila

fuese franca, confesaría que es ahora cuando lo pasa bien; pero, ¿y la

_pose_ de viuda inconsolable? ¿Quién se la quita? Una vez, anualmente,

_inconsolable_ la proclama la cuarta plana de _La Correspondencia_, en

la esquela más cara y espaciosa de las que allí se publican. Aquel día,

la viuda encarga misas en diversas parroquias. Por la tarde, una docena

de amigos y parientes vienen á hacer el duelo á Camila; un duelo en que

no se alude al finado, en que se murmura sin mostaza y se planean

combinaciones de abonos para la temporada de primavera. Ya el año

pasado, que acudió más gente, se sirvió té, con galletas (auténticas de

Londres), y un revistero de sociedad anunció el _five_. Ese día no falta

_ella_ nunca; y, generalmente, la veo cada semana dos ó tres veces, en

el Real ó en mi casa, donde almuerza bastantes domingos.

He subrayado _ella_, únicamente por no singularizarme; por conformarme á

los usos establecidos en tales materias. Si miro hacia mi corazón, ó

adonde se cobijen los afectos, allí no la llamo _ella_, sino buenamente

Trini.

¿Su retrato? Ni bonita, ni fea. Hay menos beldades por ahí adelante de

lo que las novelas y las planas á todo color de los semanarios harían

suponer. Tiene un defecto, la cara redonda; un atractivo peculiar, la

boca húmeda de juventud y dentada á maravilla. Es hija de un magistrado

que fué íntimo de mi padre, que casó con una heredera opulenta de

Aragón, y hubo de sus legítimas nupcias una hembra y dos varones. Si al

fin me uno á Trini, deberé á la gran Segadora verme libre de suegra y

suegro. Los padres de Trini son _honrados_; les han hecho las honras,

por cierto á todo lujo. Trini manda en sí y en su caudal y es modelo de

«señoritas formales». Unas cuantas dueñas cotorronas, tertulianas de

Camila, no se sacian de repetirlo, y protegen instintivamente la

candidatura. A pesar de mi espíritu crítico y minucioso, conozco que

Trini será una gran ama, no sólo de llaves, sino de sala y gabinete. Es

fina, lista, limpia, primorosa.

Yo me acerco, me dejo caer, la hago unos asomos de corte; pero ni me

derrito, ni acabo de decidirme á meter el pie en el agua. ¿Es que quiero

á otra?--El lenguaje es una tela teñida de los colores primarios,

chillones y sin degradación. ¿Existe, acaso, la escala de los matices

verbales, justos, imperceptibles, que correspondan al matizado riquísimo

del sentir? ¿Cómo denominar lo que no he definido?

La casualidad me ha puesto en relación con una criatura miserable y

desquiciada, á quien encontré en la antesala de un médico varias veces.

Para dar idea del tipo de esta mujer, sería preciso evocar las

histéricas de Goya, de palidez fosforescente, de pelo enfoscado en

erizón, de pupilas como lagos de asfalto, donde duerme la tempestad

romántica. El modesto manto de granadina, negro marco de la enflaquecida

faz, adquiere garbo de mantilla maja al rodear el crespo tejaroz que

deja en sombra la frente. De la mano de la mujer se cuelga un niño como

de cuatro á cinco años; un niño hechicero, travieso y cariñoso, por

medio del cual entré en trato con la madre. El primer día en que les vi,

su turno de consulta precedió al mío, y antes de dar pormenores de mi

gastralgia, me enteré de si era grave el padecimiento de la cliente.

--No me ha consultado para sí--contestó el doctor.--Se trataba del

chiquillo.

--¡Pero si ella parece enfermísima!

--Y lo está. Sólo que pertenece al número de las enfermas que no quieren

hablar de su mal, suponiendo que si no le llaman por su nombre, el mal

no acude. No he visto mujer más impresionable. Me gustaría que se

consultase, porque debe de ser un caso.

La segunda vez, el doctor--mirándome con escama algo guasona,

sorprendido de mi interés por aquella esmirriada--amplió las noticias.

Se llama Rita Quiñones, y vive estrechamente, con una criadita, en un

piso bajo de la calle de San Lorenzo. No es casada. No es tampoco una

mujer galante... Parece andaluza. ¿Sus antecedentes? Ignorados.

Al encontrarla de nuevo, conseguí hacer migas, adulando al niño,

acariciándole y regalándole bombones. Obtuve permiso para visitarla, á

pretexto de llevar un juguete, y lo aproveché en seguida. Sin manto, con

pañoleta de linó y encaje, raída á fuerza de lavados, y dejando asomar

por debajo de la falda de lana negra un pie combado, pequeño--era más

marcada aún la semejanza con algunos de los inquietadores modelos del

Sordo.--Me empeñé en que hablase de sí misma, y, en cierto límite, lo

conseguí fácilmente: estaba en uno de esos días en que á los neuróticos

se les sale parte del alma por la boca. Según creí alcanzar, mi visita,

mi solicitud, la alborozaban; parecíanle caso de enamoramiento, y ella

era mujer: sobre todo, mujer. No cometió, sin embargo, provocación ni

grosería alguna, de esas que suelen gastar las decaídas: al contrario,

me pareció notar que miraba con instintiva repulsión las demasías, las

materialidades. Su amor al niño era una mezcla de fiebre y ternura: le

nombraba con compasión dolorosa, con palabras como las que se pronuncian

á la cabecera del enfermo desahuciado, ó al apiadarse del reo que va á

salir para el suplicio. Cuando le di el caballito de cartón, causa de

transportes de júbilo, la madre murmuró:

--Que se distraiga, que goce... Siquiera mientras pueda gozar, alma

mía...

Su voz es deliciosa, cristalina, menuda; su fraseo púdico y decente, en

medio de la vehemencia de su expresión y del violento afán con que

repite que es «mala», «muy mala». He aquí lo curioso y lo atrayente de

esta mujer: no miente, es de las histéricas verídicas, que son las

menos; calla, sí, algo, sin duda lo más grave de su historia.--Es

versátil. Lo que ayer sintió de un modo, lo siente mañana del opuesto; y

del propio modo se trata á sí misma de maldita y de condenada, con la

expresión más tétrica en los abismos de asfalto de sus grandes ojos, que

se disculpa, se conmueve de lástima de sí propia. Me ha contado que

nació en Cádiz; que su familia era antigua, y de las buenas, venida á

menos; que después de apuros y miserias estuvieron en Manila varios

años...

--¿Empleado alguien? Su padre de usted...?

Al nombre de su padre, los ojos hondos y calenturientos se velan como de

una nube de humo... Sin duda el papá se mostró inhumano para ella; y

continúa:

--Sí, empleado fué... ¡Qué tierra aquella! Calor pegajoso... y está uno

tan flojo, tan débil... Falta el ánimo, todo le da á uno igual... A eso

llaman _aplatanarse_... Luego nos volvimos á España... En Madrid nació

Rafaelín, pobrecito mío...

No me resuelvo á insistir. La veo tan descolorida, tan desencajada, que

aplazo. He percibido que aquí está la clave...

Mes y medio hace que dura nuestra relación (¿se puede llamar relación á

esto?) y ninguna tarde encuentro igual á Rita. Tan pronto canta y ríe

infantilmente, como yace tendida en un sofá forrado de damasco muy

raído, languideciendo, casi sin aliento, en la angustia de la disnea. Un

día me enseña el pañuelo estrellado de sangre; otro me pide violetas y

dátiles y bruños secos, y se atraca como los chiquillos. Ya habla del

amor con murmurío estático, ya lo diseca con buen sentido de abuelita

septuagenaria, ó lo condena con crispaciones de repugnancia

espiritualista. Y no hay ficción, no hay cálculo: lo que fluctúa en sus

ojazos es el oleaje de su alma inquieta, torturada no sé por qué. Sólo

dos sentimientos invariables encuentro en ella. El primero, la idolatría

de su hijo. El segundo, un pavor, un sobresalto casi continuo, el miedo

á la nada, á la disolución de su organismo.

--¡Morir!--repite cogiéndome la mano con la suya, húmeda y

ardorosa.--¿Verdad que no me moriré? ¿Verdad que no es nada esto que

tengo? No, no me repita usted lo que sepa por el médico; si yo no he

querido consultarle. Al fin, no le curan á uno. Prefiero no saber...--Y

cierra los pozos de sus ojos, y un estremecimiento sobrenatural corre

por todo su cuerpo y se comunica al mío.

--¡_La_ he visto, _la_ he visto pasar!--grita una tarde saltando del

sofá, con las pupilas dilatadas--. Es una sombra grande, muy alta, que

llega al techo. ¡Ha salido por la puerta de mi alcoba y ahora acaba de

desvanecerse en la del pasillo! ¿Pero usted no la ve...? ¿No la ve?

--¿A quién, Rita, á quién?--respondo chancero.

--A la Seca, á la... ¡Jesús!

Y se cubre el rostro, y su temblor, como un aura del otro mundo, le

eriza el fosco pelo goyesco.

No sabiendo cómo distraerla de la aprensión y los terrores, la he

propuesto ir al teatro algunas tardes. Ha aceptado palmoteando de

alegría. Compro un proscenio segundo, localidad vergonzante, y la llevo

en coche; nos bajamos un poco antes de llegar á la puerta del teatro, y

ella entra sola; yo me reúno momentos después, disimulo que me impongo

para que no me importunen con chismes y habladurías. Rita lleva sus

acostumbrados trajes de lanilla negra, muy pobres, y como nota de lujo,

un boa blanco de pluma que yo la he regalado. La agitación y emoción de

su contento trazan en sus pómulos una pincelada de carmín, demasiado

violenta, sin el suave desvanecido de las rosas clásicas. Sus manos

consumidas bailan dentro de los guantes, también ofrecidos por mí,

manejando el abanico con garbo típico de maja gaditana. Yo aparezco poco

después, y me quedo agazapado en el fondo del palco. Empieza la

representación. Rita se pone de codos en el antepecho, saca fuera el

busto, y bebe, absorbe el drama; ó mejor dicho, el drama la absorbe á

ella, la arrebata momentáneamente á la realidad, la desprende de sí

propia; como la de los extáticos, su alma sale de su cuerpo minado por

la enfermedad, codiciado y reclamado por la tierra, y se mete en el

cuerpo vibrante de la actriz; sus labios, en un balbuceo, repiten los

párrafos más conmovedores, las frases más efectistas; y mientras el

agua que duerme en el fondo de sus pupilas tenebrosas salta un momento á

la superficie, en chispas de diamante, se vuelve hacia mí y repite:

--¡Qué hermoso! verdad? qué hermoso!.. Me enternezco! ¿Qué, á usted no

le gusta?

Sonrío y contesto que sí me gusta mucho. No tengo pujos críticos cuando

estoy con Rita. Todo es admirable; el almizcle de París que

desempaquetaron la víspera, el bacalao de Noruega de Ibsen, la

ferranchinería romántica, las moralejas garbanceras, sensibleras,

genuinamente nacionales, el efectismo de chafarrinón... No me importan

estilos, géneros, corrientes, ni moldes; en pos de la neurótica, aprendo

á viajar por fuera de mi juicio. Alguna vez que se me ha ocurrido

censurar al autor, sonreir de una inverosimilitud, Rita me ha atajado,

murmurando:

--En la vida pasan cosas... ¡vaya! más gordas que todo eso!

He sacado en limpio que Rita vive de una pensioncilla que le pasa su

abuela materna; que su madre murió hace bastantes años; que de su padre

no se sabe á punto fijo el paradero;--se le sospecha en Manila otra

vez,--y que la abuela, señora pudiente de San Lúcar, aunque manda á su

nieta limosna, no ha querido volver á verla: sin duda la maldice. Mi

información ha sido fragmentaria: hoy arranco un pedacillo de verdad,

mañana otro; y queda, detrás de los hechos escuetos que voy ensartando

como pájaros muertos por varilla de cazador, un infinito de historia, un

secreto que presiento y que me irrita, como la fragancia de vino

encerrado, inaccesible, al bebedor de oficio.

Mi tesis con Rita es persuadirla indirectamente de que morir no hace

mal; de que el instante decisivo no lleva aparejado ningún tormento.

Observando que cuando ha dormido bastantes horas está contenta, la

predico la identidad del sueño con la muerte, sin más diferencia que el

instante del despertar, y algunas sensaciones que preceden al punto de

dormirse.

--¡Sí, sí, pero... ese despertar!--gime aterrada la española.--Cuando

las personas son como yo! tan malas, tan malas!

La ofrezco el trivial consuelo de la frecuencia, de la insignificancia

de la culpa. ¿Quién no es culpable? ¿Está el mundo lleno de santos ó de

pecadores?

--No todos los pecadores son iguales... Hay pecados de pecados...--Y la

afirmación de la infeliz se completa con un relámpago de su mirada,

velado inmediatamente por una niebla de incurable amargura. En estos

momentos yo la acaricio para calmarla, sin rastro de maliciosa

intención; ella se desvía--porque es la española, que no concibe que un

contacto de hombre y mujer puede nunca ser inocente.--Un día, sin

embargo, me somete el caso de conciencia. Yo la estoy hartando de

finezas, de regalos para ella y Rafaelín... ¿La creo obligada á

complacerme?... ¿Mi objeto es acaso...?

--No es ese mi objeto, Rita. No piense usted disparates. Soy un amigo.

Me toma una mano y me la estrecha con devoción. Sonrío y saco del

bolsillo una cajita de cartón rosa llena de tabletas de chocolate, de

las caras. Rita adora el chocolate; me arrebata la caja, y con

transporte de criatura indisciplinada, antojadiza, hinca el diente á la

golosina helvética, dándome las gracias con un mirar risueño, aclarado

de alegría.

Mientras ella mordisquea, yo la considero, y quisiera abrir su cabeza,

destaparla, registrarla,--para conocer el arcano que oculta, y por el

cual me tiene sujeto, con fidelidad de amante que espera y teme y

respeta y calla;--el arcano, único atractivo de este espíritu que, de

noche, vaga perdido entre las tinieblas del Miedo y del Mal.

La Sirena Negra · 第 6 / 20 题