[Illustration: colafón]
MADRID
M. PÉREZ VILLAVICENCIO, EDITOR
REINA, NÚM. 33
1908
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Tipografía de Archivos.
I
En la esquina de la Red de San Luis y el Caballero de Gracia, me separé
del grupo que venía conmigo desde el teatro de Apolo, donde acabábamos
de asistir á un estreno afortunado. Si hablase en alta voz, hubiese
dicho «grupo de amigos», pero, para mi sayo, ¿qué necesidad tengo de
edulcorar la infusión? Espero no poseer amigo ninguno; no tanto por
culpa de los que pudieran serlo, cuanto por la mía. Si alguna vez me he
dejado llevar del deseo de comunicación, de expansión, de registrarme el
alma y enseñar un poco de su obscuro contenido--á la media hora de
hacerlo estaba corrido y pesaroso, según estaría un sacerdote hebreo
que hubiese permitido á un profano tocar al arca de alianza.
Por lo mismo, me guardé de terciar en la polémica que armaron sobre «la
idea» de la obra. La tal idea es ya para mí una persona de toda
confianza: por sexta vez en este invierno la aprovecha un autor. Según
los recitados, cantares y diálogos de la zarzuelilla, la vida es buena,
la alegría es santa y los que no andan por ahí chorreando satisfacción
son unos porros. No sé por qué (acaso por efecto de la discusión trabada
entre los del grupo, y que me golpeó en el cerebro con redoble de
martillazos secos y ligeros sobre una placa sonora), la cuestión, en
aquel momento, me preocupaba. Ningún problema, para el que vive,
revestirá mayor interés que este de la calidad de la vida.
Y, aunque preocupado, mediante la facultad de desdoblamiento que
poseemos los meditativos sensuales, no dejaba yo de notar una serie de
insignificantes circunstancias. Bajo mis pisadas, la acera resonaba
metálicamente. La noche era límpida; el frío, puñalero; y al abrigo del
tapabocas de malla de seda, mi respiración se liquidaba en gotitas
glaciales, humedeciendo la barba. Se me ocurrió tomar un coche; después
opté por seguir andando. El frío duro me activaba el pensar, y en aquel
mismo instante decidí plantearme yo el problema, aprovechando todas las
ocasiones de caminar hacia su resolución, no en beneficio del género
humano, sino para mi gobierno tan sólo. El «género humano» es el vocablo
más vacío de sentido; no hay humanidad, hay hombres. Si algo se afirma
del género humano, los hombres se encargan de desmentir al punto la
afirmación. Rumiando estas afirmaciones, saqué el pañuelo y sequé las
esférulas que me aljofaraban la barba, impregnada de brillantina
olorosa.
Al entrar en la calle de Jacometrezo, interrumpió mis cavilaciones una
criatura de mantón gris, de ojeras carbonadas. ¿Qué opinará del vivir
esta mujer, á quien rechazo con fastidio como á una mosca? No necesito
preguntar: si hay algo previsto, conocido, de psicología rudimentaria,
es el poso del ánimo de estas galantes callejeras. Las llaman _de la
vida_, por antonomasia, y, á más, _de la vida alegre_. Para olvidar un
instante lo alegre de su vida, fuman, gritan, riñen, se embeodan,
insultan,--y su ideal, su dorado sueño, es acostarse temprano y dormir á
pierna suelta.
Cien pasos más allá, el sereno se inclina sobre un hombre espatarrado en
el suelo. A mi ademán auxiliador y á mi pregunta, el vigilante responde
solícito para mí y compasivamente desdeñoso para el caído. Nada, lo
diario: un borracho que todas las noches se tumba exactamente en esa
rinconada misma... Nunca llega á su casa, que dista dos pasos... Y es
lástima de él: un carpintero, perito en su oficio, con cinco chiquillos
que caben debajo de una cesta...
Cuando le enderezamos, algo líquido, viscoso, resbaló por mi mano, que
sacudí con repugnancia. Era sangre. «Está herido»--advertí al sereno; y
le llevamos con mayores precauciones á su morada, edificio angosto y
caduco, de esos que abundan en las vías más céntricas del Madrid viejo.
Salió la esposa, abotargada de sueño, desgreñada: vió la rotura de la
cabeza de su marido, y maldijo y se desdichó: «¡Gaste usted ahora en
médicos y botica!» Al oir los consuelos negativos del sereno,--en vez de
un herido, pudiéramos traer un difunto, si el filo de la acera le coge
de otro modo--renegó la comadre: «A un difunto no le duele ná. El dice
siempre que los probes nunca estamos mejor que difuntos»...
Dejé un duro para botica y pedí un poco de agua para lavarme la mano
maculada. Me sacaron de la trastienda una palangana tan negruzca, que
opté por tamponarme sencillamente con mi pañuelo. Me alejé, sintiendo un
escozor irritado, un enojo sordo. La noche no me ofrecía sino
impresiones «de color sombrío», como las palabras leídas por el Dante
sobre el dintel de la puerta del infierno. Sin embargo, de análogas
impresiones se sacan obrillas aplaudidas, donde el vicio y la borrachera
son temas regocijados. Debe de consistir la sabiduría en mirar todas las
cosas desde un punto de vista gayo y saltarín; de seguro yo no sé
colocarme en él: peor para mí, ¡qué demonio!
Todavía me dirigí otro reproche. Aunque no creo en la humanidad,
concepto hueco, palabra de _meeting_, un instinto de estética moral me
induce á mostrarme piadoso con los desgraciados y los insignificantes,
cuando me los encuentro al paso. Me pesaba de no haberme quedado velando
al carpintero, de no haber buscado para él un médico y remedios y hasta
de no haberle dado consejos sobre la mala costumbre del alcohol. ¿Causas
de mi abstención? Dos, que voy á declarar. La primera, una especie de
pudor vergonzoso de practicar eso que se llama _el bien_, _la
beneficencia_, y que no comprendo en relativo, sino en absoluto--dedicando
á ello la existencia toda.--El hacer algo caritativo acarrea el que se
apeguen á uno caninamente, ó siquiera el que le den á uno gracias y le
ensalcen por su bondad, otras tantas mentiras, pues privarse de lo que
nos sobra ¿qué bondad revela?--La segunda, un miedo á la acción, que no
puedo (ni quiero) vencer. La acción es enemiga de los ensueños y
reflexiones, en que encuentro atractivo singular. Ni hay acción tan
noble como una idea: pensar lo que estoy pensando, vale más que correr
á casa de Alejandro San Martín y traerle á la cabecera de un beodo que
batió contra una piedra saliente. ¡Pss! Allá él. Zurrapa más, zurrapa
menos en la barrica...
Encogiéndome de hombros, sigo hacia mi casa--sin prisa--. En la plazuela
trabajan, á estas altas horas, obreros del alcantarillado y del Canal.
Según parece, su labor no puede interrumpirse. Un arroyo de agua helada
corre bajo sus pies. Para no quedarse hechos unos carámbanos, han
encendido un brasero, al cual por turno se arriman, resoplando y
estirando las manos engarrotadas. Para impedir que los transeúntes
sufran percances, han colgado un farolito avisador sobre los adoquines
arrancados y apilados. Antes que dedicarse á tal labor, ¿no preferiría
yo... _otra cosa_? Será que ellos también, como las coristas que
desafinaban hace una hora en Apolo, entienden que la vida es
muy rica y buena,
prenda divina
de encantos llena...?
Un poco más adelante--tropiezo que pudiera ser divertido--avanzan por la
acera, pegadas al caserío, recelosas, dos mujeres no mal vestidas,
pulcramente calzadas. Las reconozco: son las modistas del tercero de mi
casa, muchachas de San Sebastián, que han venido á establecerse en
Madrid. Suelo encontrármelas en la escalera. La mayor es agraciada,
fresca aún, á pesar del trabajo y del sedentarismo. La menor es coja; su
pierna desigual la hace pegar saltos de codorniz, asaz ridículos.
Emparejo con ellas y las ofrezco mi compañía: se me antoja saber si
resuelven que la vida es buena. Ellas suponen que voy con otro fin, fin
condenable y gustoso. La mayor se atribuye la conquista; la coja, en su
humildad de lisiada, nunca imagina que tales cosas vayan con ella. Para
entrar en materia, las pregunto si están contentas de Madrid y qué tal
marchan sus negocios.
--Regular. Por ahora, no sabemos... ¡Las señoras son tan raras! Hasta
que nos acostumbremos á sus caprichos...
De dónde venían?--¡Casualidad más sorprendente! Del mismo teatro que yo,
sólo que á la salida unas amigas las habían convidado á chocolate... ¿El
estreno? Bonito; música muy animada.
--¿Y qué opinan ustedes de eso de que la vida es buena? Pilita...
Manola... ¿Están ustedes contentas de haber nacido?
La pregunta fué contestada con risas y dichetes. Creían que bromeaba, y
no se quedaban atrás. Probablemente (después se me ha ocurrido) estas
dos abejas cuyo dardo es la aguja no se encuentran desgraciadas. Yo sí
que me encontré cándido al elegir para mi indagatoria tales sujetos. A
fin de desviar la conversación, las dirigí unos cuantos requiebros
insulsos, antes de dejarlas á la puerta de mi domicilio. Subir con ellas
de bracero, era una pacheca insoportable, y preferí callejear un poco
todavía.
No sé qué tienen, en las horas que preceden al amanecer, sobre todo en
invierno, cuando la noche es más noche, las calles de una capital
populosa. Detrás de las imponentes puertas de los palacios; detrás de
las ventanas, parecidas á ojos que dejaron caer sus párpados al
adormirse,--¡qué infinito de misterio! ¿Por qué esta suspensión de la
vida, en toda la ciudad á la vez?--La multitud recogida en sus
dormitorios, míseros ó confortables, ¿no está realmente como si hubiese
muerto? ¿No es cada alcoba, cerrada y tibia, una antesala del sepulcro?
Y este silencio, esta paz letal de la noche, ¿no es el único período
delicioso, dulce, apacible de las veinticuatro horas que tejen el giro
diurno?
Cuando, por casualidad, el trasnochador se cruza con otro trasnochador,
¿no sienten los dos un movimiento de desconfianza, de medrosa
curiosidad? Sólo velan y sólo ambulan fuera del nicho de sus dormitorios
las almas perdidas por la miseria, por la delincuencia ó por el amor
clandestino. Si veo á un trasnochador derrotado, mendigo ó malhechor; si
á un burgués bien trajeado, de tapabocas, subido el cuello del gabán,
amante oculto. Y el caso es que yo no soy lo uno ni lo otro, y también
vago, transido y envarado de frío ya, de ese frío matinal, tórpido, que
no es como el del anochecer, porque se complica con el agotamiento
nervioso, cansado por el insomnio.--Esta reflexión me hace detenerme al
pie de la blanca fachada, correcta, tranquilizadora, del teatro
Real.--¿Qué hago en las calles, dando diente con diente? ¿No tengo mi
alcoba, tan silenciosa, tan recogida, mi cama tan cómoda, de dorado
bronce, con un _sommier_ y un colchón que convidan á tenderse en ellos,
con un edredón relleno de plumón de ánade, que halaga sin pesar, que al
apoyar en él la palma, brinca y se hunde fofo para volver á erguirse
inflado?
--¿Cuántos me lo envidiarían?--pensé; pero al iniciar la retirada hacia
mi agujero, me faltó fuerza de voluntad y seguí calle del Arenal
adelante. Una transparencia lívida se difundía en el firmamento: el
amanecer.--La iglesia parroquial abría sus puertas para la primera misa.
Subí la escalera, crucé el atrio, me deslicé en la sacristía
penumbrosa,--y por una puertecilla entré en la nave. El contacto de la
recia estera fué simpático á mis pies, que, á pesar de la caminata,
eran dos montones de granizo. En un rincón, un banco se ofreció á mi
fatiga; me dejé caer en él; y, sin ser poderoso á resistir, rendido,
exánime, cedí á un letargo repentino, de esos que saltean al jinete
sobre su montura, al timonel con la mano en la caña.
Al despertar, siendo ya día claro, no sabía dónde estaba, y fué grande
mi asombro cuando vi de soslayo el retablo del altar mayor y á mi lado
un púlpito. A decir toda la verdad, desperté porque el sacristán me dió
palmadas en un hombro, y me silabeó en el hueco del oído un «pssitt ¡eh!
¡caballero!» bastante encolerizado. Parece que existe y está clasificada
la variedad de los trasnochadores que gustan de descabezar un sueño en
el apacible recinto de las iglesias á la madrugada, y que los monagos
abrigan contra esta ralea justificada prevención y la corren como á los
perros intrusos.
Hice mis genuflexiones y salí del templo enervado, con el malestar del
insatisfecho, de la función fisiológica interrumpida. Bebí en cualquier
sitio un vaso de café caliente para despabilarme, y, al contrario,
diríase que aumento mi afán de reposo, mi nostalgia de la muerte
temporal, mi sed de la nada. Salté dentro de un alquilón y di mis señas.
Amodorrado y cabeceando contra mi pecho en el ángulo del clarens, donde
no me atrevía á recostarme temeroso de la impureza promiscua depositada
allí por tantas cabezas, iba pensando que es una niñería humana el temer
á ciertos modos de morir, pues muérase como se muera, ello es que
descansamos. El sueño que yo buscaba en mi alcoba, donde no faltan
refinamientos, no iba á ser más dulce y total que el hurtado sobre duro
banco en el rincón de una iglesia. Tomado ya el sueño, logrado el
aniquilamiento, ¿qué importan precedentes?
Entré con mi llavín; los criados seguramente no se habrían levantado; mi
hermana, menos; la casa estaba muda. Encendí mi serpentina de gas
fluido, y á los cuatro minutos tuve agua caliente para las abluciones.
Enjabonado, pasada la esponja de mil ojos, enjuto, reaccionado, me vestí
el camisón, y llegó el momento mágico de alzar las ropas y deslizarse,
ágil y desmadejado á un tiempo, en el ancha cama, suspirando de placer.
La frialdad de las sábanas cede á la corriente de calor que pronto
establece el cuerpo; el colchón rebota con suave elasticidad al dar yo
vuelta y arroparme; los ruidos de la calle se extinguen para mí... Por
última vez, suspiro de bienestar... Duermo.