MEDIA VUELTA Á LA IZQUIERDA ES LO MISMO QUE MEDIA VUELTA Á LA
DERECHA, SINO QUE ES PRECISAMENTE TODO LO CONTRARIO
--Pero, papá, ¿me quieres decir lo que significa esa despedida, lo
que sucede hace un mes en esta desdichada casa? Esto es un manicomio,
aquí nadie se entiende, todo sucede al revés de lo que debía ocurrir:
mi tía llora, tú rabias, Ramiro se marcha: ¡yo no sé qué pensar de
todo esto!
--Pues _esto_ significa que _esto_ era un caos; un presidio suelto,
como decía de España el célebre O’Donnell, y que desde hoy será
lo que debe ser y lo que nunca debió ser de otra manera. Y no te
obstines en llevarme la contraria, no me exasperes, ó nos oirán los
sordos.
--Ya te están oyendo ahora mismo, puesto que sin motivo ni razón
gritas y te enojas.
--Si hay ó no motivo, no eres tú quien pueda juzgarlo. Sufre mi
enojo, si le tengo; obedece mis órdenes, y no te metas en dibujos.
El primer deber de una hija es la obediencia: cumple con él, y tú y
yo ganaremos mucho.
--Pero, papá mío--replicó Lucía acercándose cariñosamente á Benito
y colocando sus bonitas manos sobre los hombros de su padre,--papá
de mi alma, tú, que hasta hace un mes has sido el hombre más amable,
más bondadoso, más dulce de la tierra, y no es mi cariño de hija
quien me ciega para juzgarte así, sino que esa es la opinión de todos
cuantos tuvieron la dicha de tratarte ó de estar á tus órdenes; tú,
cuyo único disgusto, según nos decías muchas veces, era ver á tu
amigo Puig siempre malhumorado y misántropo; tú, que sólo pensabas
alguna vez en el milagro de _ser rico_, para hacer la felicidad de tu
familia y de todos los que te rodearan; tú, defensor continuo de los
obreros, de los criados, de los pobres, de todos aquellos, en fin,
que por el solo hecho de servir y depender y trabajar eran dignos de
la conmiseración y de la tolerancia de los amos y de los jefes, según
tú mismo decías continuamente; tú, papá mío, que jamás desatendiste
una recomendación ni negaste una súplica de tu hija; tú, que siempre
buscabas mi sonrisa y me tendías tus brazos, ¿cómo hoy te apartas
de mí, huraño y fosco, y regañas con todo el mundo, y todo cuanto
hacen los que te rodean te irrita y te desagrada? Vamos á ver, ¿quién
te ha enojado hasta el extremo de que seas injusto con los demás
y desabrido con todos? ¿Quién ha cambiado tu carácter? ¿Quién te
aconseja?
--La razón es mi consejera única. Ella sola guía hoy mis
razonamientos y mis actos, y á ella sola, serena y fría, he de
obedecer en adelante, ya que por desdicha mía la he desconocido tanto
tiempo.
--Pues yo creo, papá de mi alma, que para pensar de modo distinto
y para proceder de diferente manera durante toda tu vida, tendrías
razón tan lógica y natural como te parece ahora la que tienes.
--Pues eso quiere decir que no la tenía, y que no la he tenido
hasta ahora. Ayer por la tarde ya dije lo bastante de sobremesa, en
nuestra misma habitación, para que no me culparan ustedes de hacer
públicas, sin necesidad, nuestras discusiones de familia; y por si
tú al retirarte á la ventana discretamente, dejaste de oir todo
lo que dije, ahora te lo diré á ti exclusivamente, ya que estamos
solos y que tu tía no puede envenenar con sus interrupciones y sus
malos juicios la rectitud de mis palabras. Sábelo de una vez, y
juzga tú misma si es natural y decoroso que siga esta casa por la
pendiente de desorden y ruina en que hace tiempo se encuentra por
culpa de todos. Mi hermana, que como ama de gobierno y verdadera
administradora de los fondos particulares de la casa, debía imprimir
una marcha económica y sensata á todos sus actos, por su derrochar
continuo y su poco cálculo era rémora de toda mejora y mal ejemplo
de los demás. Tú misma, en vez de considerar que eras pobre y que
debías, como yo y como todos, tu sustento á la generosidad, digo
mal, á la prodigalidad de Puig, en vez de vivir con la modestia
correspondiente á tu situación y tu clase, sólo te ocupabas en
vestirte á la moda, en andar siempre á vueltas con los figurines
y los peinados, en rizarte el flequillo, en llevar cada día los
guantes más largos, y los matinés más cortos, y los sombreros más
anchos, y los vestidos más estrechos. Y mucho de francés, y de piano,
y de ópera, y de baile, y nada de costura, ni de plancha, ni de
cocina. Y en vez de ser una muchacha humilde, juiciosa, concertada y
discreta, eras una caricatura, una copia ridícula del figurín último.
Cobrando un sueldo, mal servido y mucho peor ganado, estaba en este
mismo escritorio tu necio y presuntuoso novio, esperando con sus
marrullerías y poca delicadeza que le cayera del cielo, como el maná,
el dinero de la dote que te había ofrecido Puig para el día que te
casaras; y ese es todo su amor y su impaciencia y su desinterés. Aquí
el tunante de Rispall era un vago, un estúpido, siempre ocupado en la
lectura de periódicos disolventes, y creyéndose rebajado por tener
que barrer y sacudir el polvo, que es sólo su deber y por el que roba
el salario que se le da. Todos los obreros eran unos holgazanes,
y hoy como entonces, siempre que pueden, roban tiempo, ya que no
pueden otra cosa, al infeliz que los paga; los dependientes hacían
lo mismo; y todos, todos los que comían el pan del pobre Puig eran
unos infames, unos desagradecidos, unos tunantes sin decoro y sin
vergüenza...
--Pero entonces..., tú, papá..., ¿qué eras?
--¡Yo! Un monstruo de iniquidad y un filántropo estúpido; puesto que
no vi ó no me cuidé de todo lo que sucedía en la casa, y dejé que
ésta se fuese hundiendo cada vez más, por cobardía, por ineptitud ó
por desagradecimiento.
--¡Cruel eres contigo mismo!
--Por eso tengo derecho á serlo desde hoy con todo el mundo. Esa es
la causa verdadera de mi mal humor, de mi enojo, de mi tristeza.
Yo era injusto, yo era infame con mi amigo, con mi protector, con
mi amo, ¿por qué no decirlo claramente? Y el conocimiento exacto
de mis faltas y de las de todos para con él, me han traído á la
situación actual. Si Puig, por debilidad ó por buen corazón, ó quizá
porque tenía la certidumbre de que aquella fortuna no era realmente
suya, gastaba mucho más de lo que podía y debía, y se dejaba robar
miserablemente por todos, y era un monote y un esclavo de las
exigencias ajenas...
--Pero, papá, si mil veces te oí decir que era un tirano; y á mi tía
que era cruel y desconsiderado y miserable, y á los demás...
--Mentira, calumnia é ingratitud. Era un infeliz, un pobre hombre, y
como yo no quiero ser víctima, como él, de la infamia humana, desde
hoy tendré á raya á todos y me erigiré en su vengador, defendiéndome
á mí mismo. Yo soy el amo, el principal, el único jefe, y á todos,
á todos indistintamente los haré cumplir con su obligación, mal que
les pese. Y para que no pueda tachárseme de injusto y de parcial, la
reforma empezará por ti, por mi propia hija. Se acabaron los moños y
las modas, como te dije ayer. ¡Á coser!, ¡á planchar!, ¡á zurcir!
--No te enojes, papá; yo haré lo que tú quieras.
--Ya lo creo que lo harás, y ¡pobre de ti si no lo hicieres! Rispall
á barrer desde que salga el sol hasta que anochezca: mi hermana á ser
desde hoy despensera, no ama de llaves ni de gobierno: las llaves
no hacen falta, y del gobierno yo me encargo. Irá á la compra con
la cocinera, para ahorrar, y la enseñará á guisar en vez de dejarla
que se ejercite en la sisa; y todo el que cometa una falta ó me
desobedezca irá á la calle inmediatamente, desde el primer empleado
hasta el último operario de la fábrica.
--De modo que al realizar Dios tu deseo de ser rico, no te ha hecho
á ti venturoso y nos ha hecho infelices á los demás. Ahí tienes,
papá, cómo lo mejor es conformarse con todo lo que Él hace, y no
querer modificar ni alterar sus supremas decisiones. Todos éramos
antes felices; todos debíamos haber estado contentos; sin embargo,
todos pedíamos á Dios ser ricos, y al concedernos la riqueza, nos ha
quitado la felicidad, que no apreciábamos y que por eso no merecíamos.
Y la bella Lucía, sin poder dominarse, prorrumpió en amargo llanto,
motivado sin duda, más por la marcha de Ramiro, que por los
razonamientos de su padre.
--Y de todas esas cosas--continuó entre sollozos,--¿qué queda de mi
matrimonio, que ya estaba aprobado por ti?
--Ya lo he dicho cien veces, y esta es la última. Pase el tiempo, y
dentro de dos ó tres años hablaremos de ese asunto.
--Pues pasaré llorando, como ahora, esos dos ó tres años.
--Pues llora, no tres sino veinte, si se te antoja, y déjame en paz
con semejantes necedades...
Y sin dar á su hija la menor señal de ternura, ni tratar de
consolarla, como hubiera siempre hecho antes en idénticas
circunstancias, la dejó entregada á su propio dolor.
Con la oportunidad previsora de las comedias de magia, abrióse de
pronto la puertecilla del despacho pequeño, y apareció por ella la
figura seria, pero no triste ni melancólica, como lo era antes, de D.
Juan Puig. Indudablemente se había guardado una llave de la mampara,
pues tan temprano salía de aquella habitación, verdadera cámara
regia del _señor_, y que por lo mismo ya no le pertenecía á _él_,
cajero y no más de la casa Bernaregui. Para salir á aquellas horas,
preciso era que hubiese entrado de noche; y ¿qué tenía que hacer de
noche en aquel despacho el que ya no era dueño de él, y sólo en el
escritorio común tenía su mesa y su silla de trabajo? No hubiera
dejado de hacerle Benito todas estas preguntas, y alguna quizá más
honda, si le hubiese visto salir por la puerta que nosotros. Pero
el buen Benito estaba aquel día atacadillo de los nervios, y sólo
se ocupaba en ir de sala en sala, dejando en cada una pruebas de su
mal humor ó protestas vivísimas, las más en voz baja, de sus órdenes
estrafalarias.
--Vamos, ahijadita..., ¿por qué lloras?, ¿qué te sucede?, ¿qué ha
hecho tu padre?
Con estas cariñosas palabras sacó Puig á Lucía de su aflicción; y
en su modo de pronunciarlas, cualquiera hubiera creído que conocía
la causa de aquellas lágrimas. ¿Había oído Puig, á través del débil
tabique de lienzo, la conversación anterior entre hija y padre? Todo
era posible; ello es que Lucía alzó su faz llorosa; y echándose casi
en brazos de su padrino, le dijo amargamente:
--¡Que ha despedido á Ramiro de esta casa!
--No estás en lo cierto, hija. Tu padre con muy buen acuerdo, aunque
con mucha peor forma que yo, le ha indicado la inconveniencia de que
siguiera en la casa siendo tu novio, cuando no estaba aún fijada la
época de vuestro matrimonio. Y en vez de despedirle, como tú dices,
le ha nombrado corresponsal de la fábrica en Tarrasa, aumentándole
el sueldo. Tu novio ha sido quien, viéndose colocado en la misma
situación en que yo le coloqué hace un mes, por el mismo papá suegro
en quien tenía todas sus esperanzas puestas, ha montado en cólera;
y sin tener en cuenta su amor y tus lágrimas, se ha despedido con
ínfulas de capitalista ultrajado, y hasta con amenazas no del mejor
gusto respecto de ti misma.
--¡Ah! Yo no sabía nada de eso. Cuando al oir las voces de mi padre
entré en el escritorio, salía Ramiro despidiéndose como para siempre;
y yo supuse que mi padre le había arrojado de la casa. ¡Como está tan
terrible!
--¿Conque tan terrible está tu padre? Vamos á ver, cuéntame qué más
ha hecho para merecer de su propia hija tan dura calificación.
--¿Qué ha hecho? Querer que mi tía en vez de ama de casa se convierta
en despensera, y hasta en criada, si viene al caso.
--Pues mira, no haría nada de malo en eso. Creo más; creo que hasta
haría perfectamente si lo consiguiera.
--¡Cómo! ¿Usted aprueba que mi tía doña Bernarda pierda de tal modo
en la consideración de las gentes y quede relegada en la casa á los
vergonzosos y denigrantes servicios de una criada cualquiera, siendo
la hermana de un hombre rico?
--¡Ya lo creo que lo apruebo! ¡Quién viera á doña Bernarda cambiar el
trono de su estrado con el fogón de su cocina! ¡Si lo hubiera hecho
y dispuesto yo..., qué no se hubiese dicho, qué no se diría de mí
eternamente!
--¡Pero es posible que á usted le parezca bien semejante cosa!
--Mira, hija, escúchame y entérate bien del caso. Siendo ella y
yo pobres; esto es, cuando tu padre y yo sólo éramos empleados
de la casa y teníamos el mismo sueldo, y eran comunes nuestras
pobres rentas y ningunas nuestras esperanzas, yo tuve el atrevido
pensamiento de sacarla de doncella crónica y de darle mi nombre y mi
mano. Esto aquí para entre nosotros y sin que jamás des á entender
semejante cosa, que sólo hasta hoy sabíamos Dios, ella y yo. Pues
bien: entonces ella, juzgándome sin duda muy poco para ser su esposo,
porque tenía el atrevido pensamiento de conquistar á Bernaregui, rico
y solterón, me dió con la puerta en los hocicos y me desahució por
completo, de lo que doy y daré á Dios toda mi vida las más expresivas
gracias.
--¿Qué me dice usted? ¿Cómo había yo de suponer semejante cosa?
--Pues ahí verás. Pero hay mucho más todavía, que tú ignoras.
Cuando Bernaregui no quiso darse por entendido de sus añagazas y
coqueterías, y murió sin sacar de penas á doña Bernarda, y me dejó á
mí por heredero de su fortuna, la prójima tuvo el descaro de decirme:
«Amigo mío, ahora ha llegado la ocasión de que yo premie su amor de
usted y acepte el ofrecimiento que de su mano me hizo en otro tiempo.
Aquí tiene usted la mía y las llaves de mi corazón.»
--¡Á buena hora!
--Esa fué precisamente mi respuesta. Y acto continuo, para no dejarla
abrigar la menor duda acerca de sus esperanzas, añadí: «No hablemos
ya de esas cosas pasadas y por lo tanto concluídas para siempre:
yo ya soy viejo, usted no es joven y ambos debemos pensar con más
juicio y menos vehemencia. Si usted no me quiso cuando pobre, no
me ha de querer ahora cuando rico; que ni el dinero puede haberme
quitado defectos, ni dado cualidades buenas de que careciera antes;
y si se trata sólo, no de un afecto, sino de un negocio, para saber
hacerle me basto y me sobro yo solo. Y para que vea usted que yo la
estimo y que quiero recompensar sus méritos, ya que no puedo hacerla
á usted ama de mi corazón, sea usted desde hoy mi ama de llaves.»
--¡Duro y terrible fué el castigo!
--Pero me parece que fué justo. Eso es lo que tu tía doña Bernarda
no me perdonó, ni me perdonará jamás, ni yo se lo perdonaré nunca
á ella. Y ahí tienes ahora explicadas muchas escenas y no pocas
indirectas que te habrán parecido siempre inexplicables.
--Parece que le encuentro á usted hoy, al hablar de estos asuntos,
más alegre y más comunicativo que de costumbre.
--Lo estoy, niña mía, lo estoy, porque puedo explicarme contigo, que
lo vas sabiendo ya todo y que eres mi único confidente, mientras
durante mucho tiempo he encerrado dentro de mí mismo mis amarguras
y mis desengaños. Todo lo que hoy sucede, que para todos ustedes
reviste un carácter serio, grave y quizá terrible, toma á mis ojos
un tinte cómico y grotesco, que hace asomar la risa á mis labios
y refresca al mismo tiempo mi lacerado corazón. Y si no, dime,
ahijadita, si tu tía me tuvo siempre, y así se lo dió á entender á
todo el mundo, por un tirano, por un egoísta, por un infame, ¿no es
gracioso que su mismo hermano, que compartía con ella esas opiniones
respecto á mí, la arranque el gobierno de la casa, que yo la había
confiado por completo, y la relegue á la cocina, á la despensa y á
la compra de la plazuela? ¿No es cómico que tu novio Ramirito, que
me culpó de avaro y supuso que yo quería retardar su boda por no
entregarte la dote que te había prometido; tu amantísimo futuro,
que esperó alcanzar de tu padre en cuanto lo vió rico la inmediata
ejecución del matrimonio proyectado, se haya visto despedido ó por
lo menos desahuciado por su mismo papá-suegro, el bondadoso, el
benéfico, el dulcísimo D. Benito?
--¿Y usted se alegra de todo el mal que hoy nos entristece?
--No sería hombre, y no estaría sujeto como tal á las debilidades
de la especie humana, si no me alegrase. Sí, me alegro de que
todos cuantos me juzgaban mal caigan en mis mismos errores, si por
tal deben tenerse, y sufran las mismas injusticias y los mismos
malos ratos que me hicieron sufrir con sus malos juicios y peores
pensamientos. Á nadie excluyo: todos en general y cada uno en
particular me ofendieron, me criticaron y me desconocieron. Tu padre,
más que todos y que era el más obligado á conocerme más y á tratarme
mejor, tu aborrecible tía doña Bernarda, tu D. Ramirito..., tú
misma...
--No, padrino, no; en cuanto á mí no tiene usted razón ninguna para
no juzgarme bien y para querer vengarse de mí. Yo no acusé á usted
nunca de tirano, ni para mí ni para con los míos...
--Eso lo sé, y sentiste además la pérdida de mi fortuna; lo recuerdo
perfectamente y me complazco en hacerte esa justicia.
--Yo siempre le juzgué á usted bueno y generoso, cuando los demás
le tenían por avaro y exigente: cuando todos maldecían el despótico
rigor con que usted, según ellos, trataba á todo el mundo, yo
protesté siempre de la injusticia con que le trataban, y con
terquedad impropia de mis años y con profunda convicción ajena á mi
carácter superficial de chiquilla á la moda, sostuve contra todos,
y en particular contra los míos, que era usted el mejor hombre del
mundo: comedido y tolerante como jefe; leal y considerado como amigo,
y digno por todos conceptos de la obediencia y del cariño de cuantos
estaban á sus órdenes. Si todos ellos, por envidia ó poco talento ó
perversidad humana, le juzgaron mal, y yo fuí la única que le dí la
razón en todo, ¿por qué he de pagar hoy culpas que no he cometido
nunca? ¿Por qué usted, que siempre ha sido bueno y generoso con
todos, quiere hoy ser injusto y cruel conmigo, y se alegra, como si
yo lo mereciese, de todo el mal que pueda sobrevenirme?
--Tienes razón, niña mía: perdóname y no temas que pueda sucederte
nada malo. Yo velo por ti; yo no dejaré que nadie te moleste ni te
mortifique, y yo te juro, sin que pueda decirte hoy más, porque
me lo vedan causas que tú no puedes comprender, que puedes siempre
contar conmigo, que te quiero como si fueras mi propia hija y que
nada tienes que temer de nada ni de nadie mientras yo esté en el
mundo.
--¡Ahora le entiendo á usted menos!
--Quieran ó no, yo les haré entrar en razón, y tú no perderás nada.
En esto se oyó fuera de la oficina un estrépito desusado: voces,
gritos, algún que otro juramento, y repentinamente aparecieron,
encarnado como un tomate y pálido como un muerto, Rispall primero y
Benito después.
--Silencio, niña: es tu padre; observa y calla; ¡ten prudencia y
aprende!
Así dijo D. Juan á Lucía. El primero se sentó, afectando la mayor
indiferencia, en su sillón de vaqueta, y la segunda se retiró al
quicio de uno de los balcones.
Rispall, empujado por un vigoroso empellón de Benito, llegó hasta el
centro del escritorio con la escoba en la mano.
--¡Pero, señor, esto es inaudito!...
--¡Silencio! ¡Á callar y á barrer! Ya lo he dicho hoy tres veces:
¡Aquí no hay ya más holganza ni más sopa boba!--dijo fuera de sí el
Sr. de Bonet.
--¿Pero es que quiere usted que forme la escoba un tercer brazo de mi
individuo? ¿Y la dignidad humana? ¿Y el decoro?
--¡Pues barre con dignidad y con decoro hasta que se rompa la escoba!
--¡Esto es una arbitrariedad ridícula!
--¿Qué dice este bruto?
--¡Que yo no quiero ser un esclavo sin vergüenza; que no soy ningún
negro; que no soy barrendero crónico; que tengo mis opiniones
políticas; que soy un hombre libre; que por el sufragio universal soy
tan ciudadano como el primero, y que si me viera en situación tan
humillante, renegaría de mi abyección todo el partido republicano!
¡Eso es lo que tenía que decir, y eso es lo que quiero que conste!
--Y en eso tienes razón que te sobra; y constará--dijo Puig
conteniendo su risa y con la mayor sangre fría.
--¡Cómo! ¿También tú?--dijo Benito, encarándose con Puig y no
comprendiendo el tono burlón con que había hablado á Rispall.
--¡Hombre..., le tratas de un modo tan humillante! ¡Abusas de
tal manera de tu poder con un elector influyente y con un hombre
político!...
--¿Pero es que te has propuesto meterte en todo? ¿Es que vas á
erigirte en fiscal intempestivo de todas mis acciones?
--¡Es que me parece justo defender á este pobre muchacho!
--¡Pues tú bien le llamabas antes haragán y ridículo y estúpido!
--¡Y tú le defendías siempre que yo me enojaba con él por sus
torpezas ó sus barbaridades ó sus insolencias!
--Pues si tú lo tolerabas, yo no quiero tolerarlo. ¡Clarito! Esa es
la diferencia de ayer á hoy. Aquí nunca ha habido un amo; desde hoy
le hay, y duro y enérgico é inflexible...
--Con todo, yo... debo decirte...
--¡Tú á tu caja, y no me vengas con consejos que nadie te pide!
--¡Pero, papá, por Dios!...--dijo Lucía acercándose á su padre, sin
ver el estado de exaltación creciente en que iba estando Benito,
ni notar las señas imperceptibles que la hacía Puig, para que no
temiese, ni se mezclara en aquella escena.
--¡Benito, poco á poco!... Mira lo que dices.
--Ya está dicho: aquí todo el mundo ha de callar, trabajar y
obedecerme. Los dos somos viejos, y ya sabe cada uno lo que debe
hacer, sin necesidad de cirineo. Así pues, limítate á tu ocupación y
no me vengas con músicas.
--Repara primero...
--Nada tengo que reparar. Aquí el que no trabaja, me roba... Conque
así...
--Puedes buscar cajero desde este instante.
Profundo silencio siguió á estas palabras. Se levantó Puig de su
asiento; cerró el libro mayor que estaba abierto en el atril; bajó
la tapa del pupitre, le cerró, y cogiendo el llavero donde estaban
las llaves de la caja, que aún no se había abierto aquel día, se las
entregó á Benito, que le miraba estupefacto, pero cada vez más pálido
y desencajado.
--¡Ea! Aquí tienes las llaves. Haz el balance y el recuento con quien
quieras, y no me vuelvas á ver en toda tu vida.
--Tú te vas por tu gusto y tu capricho. De aquí nadie te ha echado, y
por lo tanto yo no soy responsable de lo que suceda.
--Aquí no sucede nada, sino que no me acomoda sufrirte más y no te
sufro. Que en cualquier parte puedo ganar el sueldo que me das, y que
no habrá nadie que se crea con derecho para tratarme de manera tan
humillante.
--¡Falso, falso! Yo no te he tratado mal; tú eres el que me ha
faltado, y yo no te he despedido.
--Adiós, Sr. de Bonet. Sea usted dichoso y tome usted las llaves...
--Y aquí tiene usted la escoba--dijo Rispall con la melodramática
entonación de un rey que abdicara su corona y entregara su cetro al
mismísimo Senado, dejándola caer al pie de la mesa grande.--Yo me voy
con usted, Sr. D. Juan, una vez que aquí se desconocen mis servicios
y se me insulta y escarnece. Me llevaré el plumero, porque ese al
menos no es un mueble tan deshonroso como la escoba.
--Gracias, Rispall, gracias; pero no te necesito y puedes ahorrarte
la molestia de acompañarme. Cuando yo te llamaba holgazán y te hacía
limpiar, tú solías responderme que si D. Benito fuera el amo no te
trataría tan mal como yo. Él es el amo; ahí le tienes, quédate con él
y barre hasta que se te caiga la mano.
--¿Y va usted á abandonarme en esta situación?--dijo Lucía á Puig,
saliéndole al encuentro antes de que transpasara los umbrales de la
puerta y de modo que su padre no pudiera oirla.
--Ya te he dicho que nada temas--la respondió éste abrazándola y en
voz apenas perceptible.--Calla, confía y espera.
--¡Todos rebeldes, todos ingratos!--decía Benito, rugiendo de coraje
y mordiéndose los puños.--¡Mejor..., que se vayan! Yo quedaré solo en
mi puesto cumpliendo con mi deber y no dejándome insultar de nadie.
Sordo murmullo estalló en el patio central de la fábrica. Puig, que
ya transpasaba el umbral de la puerta grande del escritorio, volvió
adentro; y Lucía, separándose repentinamente de los brazos de su
padrino, se dirigió al balcón y le abrió de par en par. Entonces
la gritería aumentó de un modo terrible, al mismo tiempo que doña
Bernarda, no muy embellecida todavía por el tocado matutino, se
presentaba temblando de indignación y roja de cólera.
--Pero, hermano, ¿qué es esto? ¿Qué es lo que has ordenado en tus
arrebatos furiosos?
--¿Tú también vienes á insultarme y á volverme loco?
--¡Temo un atropello..., un horror!
--Pero ¿qué sucede?--dijo Puig, con acento enérgico y como
disponiéndose á intervenir en el conflicto que preveía.
--¡Acaba de hablar con mil de á caballo!
--Que hay un motín en la fábrica. Que dicen que has aumentado las
horas de trabajo, sin aumentar los jornales...
--¡Cierto, eso he hecho porque me parece justo!
--¡Y todos se van! ¡Y se declaran en huelga!
--¡Bien hecho, ciudadanos! ¡Mueran los burgueses!--gritó Rispall
desde la puerta.
--¡Todos fuera!, ¡que se vayan todos!, ¡yo no necesito á
nadie!--gritaba Benito como un energúmeno.
--Pero, hermano, repara lo que dices, reflexiona lo que haces.
--¿Pero no has comprendido, infeliz hermana, que esto no es un
hecho aislado y sin importancia? ¿Ignoras que esto es una rebelión
completa, amasada sin duda por algún infame, atentatoria no sólo á
mi fortuna, sino quizá también á mi vida? Tú misma ayer la primera,
luego el inepto Ramirito, mi constante amigo y compañero Puig, mi
hija, ese mismo imbécil de Rispall que da mueras á mi persona desde
mi misma casa; todos, todos contra mi opinión, contra mis justas
órdenes de economía, de orden y de trabajo, convierten la fábrica en
un infierno.
--¡Pero si es que tu fisonomía es otra! ¡Si es que tus ojos son de
fiera, y tus palabras de demente furioso!
--¡Ni el czar de Rusia está más espantoso!--añadió Rispall.
--¡Papá, por Dios, serénate! Asómate al balcón; habla á esos hombres
que vociferan contra ti, que gritan como furiosos...
--¡Todo el que no esté conforme con lo que yo dispongo, que se vaya,
y que me deje y no vuelva nunca! ¡Afuera, afuera todo el mundo!
--Esto es inútil... ¡Vámonos todos! ¡Muchachos, á su casa cada
cual!--dijo Puig asomándose al balcón y arengando á la multitud
amenazadora.--Mañana por la mañana temprano enviad una comisión y
hablaremos. Ahora, orden, silencio y todo se arreglará.
Los amotinados cesaron en sus voces como por encanto, y fueron
desfilando poco á poco, que era sin duda lo que quería Puig. Ganar
tiempo y apaciguar si era posible antes del nuevo día á su furioso
amigo. ¡Ilusión engañosa! Benito seguía echando espuma por la boca y
con los ojos casi fuera de sus órbitas.
--¡No hay nadie que resista á mi voluntad! ¡Yo soy el amo!
--¡Pero atiende á la razón, hermano!
--¡Y las mujeres no tienen nada que hacer aquí! ¡Á obedecer y á
callar!
--¡Cómo! ¿De esa manera nos tratas?
--¡Y Dios os libre de que me resistáis!
--¡Pues, hermano mío, lo siento mucho! Para servir de criada á un
loco, y para que me maltrate hoy de palabra y mañana de obra un amo
tan bravío y tan salvaje, en cualquiera parte encontraré donde ganar
el sustento con mi trabajo. ¡Desde este momento puedes buscar quien
te sirva, que yo no sirvo para esclava!
--¡Bravo, doña Bernarda, eso es portarse dignamente!--dijo Rispall
con entusiasmo.
--¡Me alegro, así te perderé de vista cuanto antes!
--¡Papá, por Dios!...
--¡Y tú, vete también con ella, fuera de mi casa!
--Cuando atropella á su hija, ¿qué no hará con todos nosotros?
--¡Papá..., mira lo que dices!
--¡Afuera, afuera todo el mundo!
--Ven, sobrina, ven; tu padre está loco y no debemos permanecer ni un
solo momento á su lado. ¡Sería capaz de matarnos!
--¡Adiós, Benito! Dios te ilumine y te tranquilice--dijo Puig,
dirigiéndose á la puerta.
--¡Muera el tirano!--gritó Rispall, queriendo asomarse otra vez al
balcón.
Pero encontró en su camino á Puig, que dándole un puntapié le hizo
salir á escape del escritorio apagando su entusiasmo revolucionario.
--¡Qué barbaridad! Usted se ha equivocado sin duda.
--Sí, han debido ser dos; pero descuida, que tiempo habrá de darte el
otro, si vuelves á pronunciar otra palabra, ¡imbécil!
--¡Adiós para siempre, hermano! ¡Hasta nunca!
--¡Papá, papá!
--¡Afuera, afuera!--gritaba Benito en el colmo del furor.
Y todos, huyendo de la habitación, salieron sollozando, gritando ó
jurando, mientras Bonet caía sin fuerzas sobre un sillón, quedándose
absolutamente solo; y mientras, se oían á lo lejos los gritos de los
obreros que repetían furiosos: «¡Mueran los burgueses, abajo los
patronos!»
[Ilustración]
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