¿Y el justo y el probo y el simpático Benito? Ahora vuelve la _vox
pópuli_ á hacer de las suyas, y milagro será que no haga una de
_pópulo bárbaro_.
Por lo pronto, el pobrecito ex cajero ya no era tan asequible á las
quejas de sus subordinados, y no faltaron algunos que trataron de
intimar con el ex principal Puig para lamentar el cambio brusco del
carácter del nuevo rico. ¡Qué demonio! Cierto que Puig era excesivo
en sus exigencias cuando mandaba en todos: se levantaba á las ocho
de la mañana; recorría todas sus dependencias, notaba las faltas,
reprendía á los morosos, estimulaba á los holgazanes, pero no pasaba
de ahí. En cambio el suave y dulce Benito se levantaba al ser de día,
esperaba inquieto la llegada de todos, no saludaba á nadie, no pagaba
ni con una sonrisa la exactitud de los que llegaban primero, ni los
últimos dejaban de oir la terrible amenaza de quedarse en la calle en
caso de reincidencia. Nada; que era cien veces peor que el otro, y
eso que estaba en los comienzos de su reinado. ¡Qué sería cuando ya
se hubiera acostumbrado al uso absoluto de sus derechos!
Indudablemente los juicios hubiesen sido más pesimistas á conocerse
la terrible escena doméstica de la víspera; pero, por fortuna, ni
Lucía ni doña Bernarda creyeron oportuno hablar con nadie de tal
acontecimiento. Es más, las dos convinieron en la conveniencia de
guardar acerca de él el más profundo silencio. Pero Lucía habló
necesariamente á Ramiro, y éste casi juraríamos que no guardó el
encargado secreto con algún compañero, y así de uno en uno y de uno
en otro se fué sabiendo sin saber cómo, y ¡vamos!, que á la hora del
almuerzo nadie ignoraba en la fábrica los proyectos económicos de
Benito, ni sus arranques autoritarios, ni sus exabruptos familiares.
Malhumorado estaba el hombre, cuando después de atravesar los patios
y de subir de dos en dos los peldaños de la escalera que conducía al
piso principal del edificio penetró en el escritorio grande. En él
no había nadie más que Rispall, el demócrata, el sublime Rispall,
arrellanado en un sillón de baqueta, con _El Porvenir_ ante los ojos,
la espalda en el respaldo y una escoba, una humillante escoba caída á
sus pies como signo de vergonzosa esclavitud y servidumbre.
Benito echó una mirada de águila por la habitación, y dirigiéndose al
gran político, después de un _¡hola, de pie!_, que cayó en los oídos
de Rispall como una bomba de dinamita, prosiguió en el mismo tono:
--El escritorio está hecho una vergüenza; ¡pronto, á limpiarlo!
--¡Hoy es ya tarde...; mañana se limpiará temprano!--respondió el
tribuno.
Si fuera posible que se amontonaran en un individuo en un solo
momento todas las fuerzas físicas que hubiera dejado de emplear
durante su vida, ese hombre podría levantar con un solo esfuerzo la
aguja de Cleopatra ó la Giralda de Sevilla.
Suponemos del mismo modo que si la suma de talento de que un hombre
puede disponer á diario, la depositara íntegra en una caja de ahorros
intelectuales y en un día dado la empleara toda de una vez, por
pequeña que fuera la dosis con que Dios le dotara, podría quizá
escribir, no _El Quijote_, obra sobrehumana que se escapa al peso y á
la medida, pero sí muchas de esas obras tenidas por sublimes y casi
inmortales.
Pues ahora, bajando al terreno de la práctica nuestra suposición, sin
duda Benito había acumulado, dentro de su carácter pacífico, todas
las resistencias y todas las protestas de una vida de obediencia
pasiva y de docilidad sistemática, y esa fuerza junta, formando una
masa compacta y poderosa de mando y de energía, salió en un momento
dado como avalancha asoladora y terrible al escuchar la respuesta
desdeñosa del admirador de Ruiz Zorrilla.
Torva la mirada, adusto el ceño, pronunciado el entrecejo, pálida y
desencajada la voz, y airado y decidido el ademán, adelantóse al
tranquilo Rispall y uniendo la acción á la palabra le dijo:
--Tire usted ese periódico, ¡ahora mismo! Coja usted esa escoba...
--¿Eh? ¿Qué es esto, D. Benito?
--Á barrer á escape la habitación. ¡Sin disculpa, sin perder un
minuto!
--Me parece que me ha empujado usted.
--Aquí no se paga á nadie por leer la prensa periódica, ni por
arrellanarse en las butacas de un modo indecoroso.
--Yo estaba sentado con comodidad, pero con decoro, y esa frase...
--Aquí se gana el salario trabajando, y ha concluído para siempre
la holgazanería y la vagancia. Cada cual ha de cumplir con sus
obligaciones, sin disculpas y sin protestas, si no quiere verse
arrojado de la casa ignominiosamente y para siempre.
--Yo creo que no he dado motivo...
--Y no me conteste usted una palabra. Todos los días, sin exceptuar
uno siquiera, á las siete de la mañana en invierno y á las seis en
verano, han de estar el escritorio grande y mi despacho pequeño
hechos un oratorio de limpios y de arreglados, sin una partícula de
papel, sin un átomo de polvo. Sillas, mesas, legajos, libros, todo en
orden, y á la menor falta, al menor descuido, busca usted otra casa
donde robar su salario.
--Esa palabra es dura y no creo que hasta aquí...
--¡Hasta aquí esta casa no ha sido casa, sino una venta, y todos
ustedes una camada de ladrones!
--¡De ladrones! ¿Usted sabe lo que dice?
--¡Una compañía de bandidos! ¡El que cobra y no trabaja es tan ladrón
ó más que el salteador de caminos!
--¡Qué principios políticos tan absurdos!
--Y como hable usted una palabra de política, ¡á la calle!
--Pero, Sr. D. Benito, mis derechos...
--Sus derechos de usted son comer y cobrar su salario, y yo se lo
pago á usted religiosamente. Sus deberes son el manejo de la escoba
y del plumero, y si usted trata de seguir siendo un bigardo, ya se
lo he dicho de una vez para todas, ¡á la calle á buscar amos tontos,
porque aquí se han concluído!
--¡Esto es inaudito! ¿Es usted quien habla? ¡Quién se podía figurar
que aquel señor tan amable para todos nosotros, cuando estaba en la
oposición!...
--Basta y sobra. Ni una palabra más. ¡Á barrer y á callar!
Bajó humildemente la cabeza el soberbio Rispall, y murmurando en voz
baja frases incoherentes, dióse á barrer con tal furia, que pronto se
convirtió el escritorio en un ventisquero de polvo: tal era el coraje
con que el furibundo demagogo manejaba el instrumento de su deshonra.
¿Trató sin duda de que no pudiendo respirar allí su nuevo monarca, le
dejara libre murmurar y barrer á su gusto? Es posible: pero Benito
continuó impertérrito paseándose y dándosele un ardite del polvo y
de la soledad en que estaba sumida aquella oficina, verdadero salón
del trono de su palacio burocrático.
Abierta una vez la válvula de salida en la máquina de vapor, éste
se escapa silbando y atronando los oídos de los que la rodean: así
destapada la fatal caja de Pandora del depósito de bilis de Benito,
sólo aguardaba ocasiones nuevas para repartir sus miasmas por la
atmósfera.
El primero que penetró en el recinto, donde paseaba dando resoplidos
la fiera, fué Ramirito, que no pudo distinguir al pronto la figura de
su principal entre aquella nube de polvo.
--¡Qué barbaridad! Tú, mocito, barre con menos alientos ó hazlo más
temprano. ¡Aquí no se puede parar! ¡Qué nube!
--Si él lo hiciera más temprano y usted no viniera tan tarde, se
evitaría esa molestia que ahora le mortifica--dijo Benito cuadrándose
delante de Ramiro y en son de guerra.
Ramiro, que sabiendo ya por su Lucía el estado en que su principal se
encontraba, no quería darle el menor pretexto para que ensayara con
él sus arranques bélicos, hizo como que no había oído la indirecta,
y prestando á su fisonomía toda la bondad y la deferencia debidas,
saludó cortésmente á su jefe y le tendió la mano.
--¡Ah, que estaba usted aquí, Sr. D. Benito! Buenos días... Dispense
usted que al entrar no le viera, porque este zopenco con esos
escobazos nos ha puesto casi invisibles. ¿Qué tal se pasó ayer el día?
--Bien, gracias--contestó Benito con desabrido acento, tocando apenas
la mano que el escribiente le tendía con la efusión acostumbrada.
--¿Y doña Bernarda y la linda Lucía, qué tal se encuentran?
--Se encuentran perfectamente, trabajando desde hace una hora; que es
lo mismo que debían hacer todos los demás.
--¡Vamos!, parece que ha madrugado usted también. Me han dicho que ya
había usted bajado al almacén. ¿Ocurre algo de particular?
--Ocurriría si hubiese alguien en su puesto, porque aquí lo general
es que nadie cumpla con su deber. Pero desde mañana todo habrá
cambiado, y lo particular será que haya siquiera una sola persona
que no cumpla mis órdenes y que no imite, siquiera por vergüenza, mi
ejemplo.
--No debe usted extrañar--respondió Ramiro, que ya iba cansándose
de no contestar á tan repetidas indirectas--lo que ocurre, porque,
si no recuerdo mal, usted mismo que se ha vuelto tan madrugador no
entraba nunca en el escritorio antes de las nueve; y para eso, según
me ha dicho usted mil veces, tenía que llamarle su señora hermana
con una insistencia no siempre coronada de buen éxito. ¿No fué usted
el que rompió un despertador una mañana, desesperado por el ruido
insoportable de aquel mueble servicial?
Una de las cosas que menos puede tolerar el hombre es no tener
razón. Y cuando el que nos hace notar nuestra injusticia es nuestro
inferior y podemos descargar impunemente sobre él todo nuestro enojo,
no desaprovechamos nunca aquella oportuna ocasión de vengarnos
cobardemente. El ataque fué, sin embargo, tan certero, que Benito no
encontró palabras para responder á su dependiente; así es que, como
si no le hubiese oído, se desentendió de cuanto había escuchado y,
encarándose con él, se dirigió á la mesa grande, diciéndole:
--Aquí hay una porción de asuntos pendientes. Hay cartas sin
contestar, y lo que no puede ni debe suceder nunca en una casa de
comercio es que el copiador esté atrasado. No le digo á usted más.
--Bien, pues yo cuidaré desde mañana que no tenga usted motivo de
queja, por más que, según creo, de la conferencia que deseo celebrar
hoy con usted resultará naturalmente algún cambio en estos asuntos.
--No le comprendo á usted.
--Ahora, si usted me lo permite, voy á saludar á su señora hermana y
á su hija, y después cuando vuelva...
--Mi hermana y mi hija están atareadas en sus quehaceres domésticos y
no pueden perder su tiempo en recibir visitas intempestivas. Déjelas
usted en paz, y atienda sólo á cumplir con su deber.
--Permítame usted, D. Benito, que me extrañe la conducta que observa
usted hoy conmigo. Todos los días, sabe usted que desde hace mucho
tiempo he cumplido siempre con su familia ese deber de cortesía, y no
comprendo...
--Pues yo no comprendo que se malgaste el tiempo en esas ceremonias
ridículas; y si hasta hoy ha tenido usted esa costumbre, desde
hoy deja de tenerla y será mejor para todos. Cuando su trabajo se
concluya, puede usted dar rienda suelta á sus gustos sociales; pero
antes y sobre todo es cumplir con su obligación, y la de usted está
en esta mesa y no en mis habitaciones.
--Permítame usted que, aunque obedeciendo sus órdenes, proteste no
sólo de la forma en que me hace usted esas advertencias, sino del
fondo mismo de ellas. Siempre ha elogiado usted mi asiduidad y mi
buen deseo en excederme de los trabajos que me estaban encomendados,
y me extraña tanto más este sermón que me ha predicado usted hoy,
cuanto que recuerdo que usted mismo, cuando yo me atareaba demasiado,
me decía: «Vamos, Ramirito, descanse usted; no conviene trabajar con
exceso. Hay tiempo para todo: echemos un cigarrito...» Y usted mismo
me lo daba y hasta me lo encendía, y charlábamos alegremente... ¿No
lo recuerda usted?
Decididamente, el inoportuno Ramiro se había propuesto exhibir ante
los ojos de Benito todo su pasado, para ponerle en lucha abierta con
su presente. Aquellos recuerdos insistentes de una vida sometida al
trabajo y á la dependencia no podían ser más inconvenientemente
evocados, en tan distintas circunstancias.
--¡Bien, bien..., ya recuerdo!...--fueron las únicas palabras que se
le ocurrieron á Benito para contestar á Ramiro.
Éste, no dándose aún por vencido, y hasta decidido á jugar el todo
por el todo en aquella misma mañana, en obsequio á su adorado
tormento y de sus mismas afecciones, pareció empezar á ocuparse
en el arreglo de libros y papeles; pero prosiguió en voz alta la
conversación.
--Ahora voy á proceder al definitivo arreglo de libros y documentos.
Quiero ponerlo todo en orden, dejarlo al día, y cuando todo esté
hecho, cosa que no ha de llevarme más que los días de esta semana,
podrá hacer en toda regla entrega oficial al que haya de sustituirme
en este puesto.
--¿Al que haya de sustituir á usted? No comprendo bien lo que quiere
darme á entender. Yo no he dicho que trate de despedir á usted de
esta casa, y como tampoco me ha indicado usted que intentaba dejarla,
necesito que me explique usted su pensamiento, sin ambages ni
circunloquios, con entera franqueza.
--Tampoco se me había pasado por la imaginación ninguna de esas
dos determinaciones. Por el contrario, es que me parecía, y sigue
pareciéndome, que no es natural que continúe yo desempeñando en su
casa de usted el empleo de escribiente más ó menos distinguido,
cuando voy á llamarle padre de un día á otro. Creo que más aún por
usted que por mí es convenientísimo que mi situación cambie por
completo á sus mismos ojos y á los de todo el mundo, y que cuanto
menos tiempo se tarde en hacerlo, más ganaremos todos.
El ataque era esta vez tan directo, tan clara la alusión, tan
decidido el tono de Ramiro, que parecía inevitable una respuesta
categórica y definitiva. No debió opinar del mismo modo el
interpelado, porque mordiéndose los labios y afectando un aire
indiferente, sólo balbuceó:
--¡Sí..., eso!... ¡Hasta cierto punto!...
Esperó un momento más Ramiro, y viendo que la conversación no
continuaba por parte de su futuro padre político, como si nada
hubiera sucedido y como si empezara entonces á formular su
pensamiento, continuó:
--Debo dar gracias á la suerte por haber abreviado el plazo de mis
esperanzas, que contra todo mi deseo parecía estar todavía muy
distante de su cumplimiento. Á haber continuado D. Juan Puig siendo
mi principal y el de usted mismo, ¡Dios sabe cuándo hubiera yo
podido llamarme dueño venturoso de mi idolatrada Lucía! Su egoísmo,
según opinaban ustedes mismos, su tiranía y sobre todo su sórdida
avaricia, según la creencia de todos ustedes, eran los que retardaban
mi felicidad y la de su hija, puesto que tiene la bondad de cifrarla
en mi cariño verdadero, según ella misma se lo ha confesado á su
padre y á su señora tía muchas veces. Pero como por un milagro de la
Providencia, D. Juan no es ya el rico capitalista, y sí lo es usted,
que cifraba toda su dicha en ver casada á su hija á su gusto; y como
hoy ya no hay obstáculos ajenos que retrasen ese matrimonio, claro es
que éste se ha de verificar cuanto antes. Eso es lo que los cuatro
ambicionábamos cuando D. Juan quiso impedírnoslo, y lo que de seguro
haremos en seguida. ¿No es cierto?
--¡Parece!... Mirado de ese modo...
--Como usted comprende, antes había muchas dificultades, aun no
suponiendo insuperable la voluntad de D. Juan. Hoy esas dificultades
han desaparecido por completo. Veamos, pues, todo lo que se necesita
para llevar á cabo ese matrimonio con la rapidez de nuestro deseo.
¿Dotar á su hija de usted? Eso es una formalidad insignificante que
se lleva á cabo en la notaría en media hora.
--¡En quince minutos!--contestó á media voz Benito, con cierto dejo
irónico que no debió ser muy bien comprendido por Ramirito, que
continuó impertérrito:
--¿Comprar el _trousseau_, que no ha de ser de una esplendidez
presuntuosa, ni de una riqueza exagerada? Cuestión de un día...
--¡De medio!--replicó Benito, con una sonrisa burlona en la que se
veía claro el dominio que de su persona iba adquiriendo el principal.
--Tanto mejor entonces, puesto que usted mismo va disminuyendo
el tiempo. ¿Qué puede tardarse en arreglar los papeles de ambos
contrayentes? ¡En pagándolo bien, nada! Ya se sabe que todos estos
asuntos de la Iglesia están sujetos á tarifas generales; pero con el
sistema de propinas y regalos, en un caso particular, todo se hace á
escape y con legalidad.
--¡Claro! En pagándolo bien..., y siendo yo por supuesto el que haya
de pagarlo, la cosa no puede ser más sencilla. ¿Qué más se le ocurre
á usted?
--Ya sabe usted tan bien como yo, que hay agentes especiales que se
encargan de vicaría, parroquia, amonestaciones, matrículas, etc.,
etc. Para ellos no hay nunca inconvenientes ni dificultades; están
prácticos en todos esos asuntos, tienen influencia, gentes á su
servicio, y con ellos se puede hacer todo cuando y como se quiera.
No hay más que decirle á uno de esos: «El día 30 de tal mes, por
ejemplo, á las siete de la mañana quiero casarme en Santa María, ó en
mi casa, ó en la capilla de San Andrés,» y así se estipula...
--¡Muy bien hecho! Me parece muy bien.
--Y ese mismo día, á esa misma hora y en ese mismo sitio se casa uno.
--¡Bravo, magnífico!... Eso es, se casa uno..., pero no dos.
--¿Cómo no dos? No le entiendo á usted.
--Pues es muy claro. Se casa uno, que es usted, si eso le agrada;
pero no dos, porque mi hija no es la que ese día y á esa hora y en
ese sitio se casa con usted.
--¿Cómo que su hija de usted no se casa conmigo?
--Como que no se casa; como que es todavía muy joven para casada;
como que no quiero que contraiga tan pronto obligaciones terribles;
como que conviene pensarlo con más calma, y como que, gracias á Dios,
no tiene ningún motivo apremiante para cambiar de estado, y en él
quiero que continúe por el tiempo que me parezca conveniente. ¿Se va
usted ya enterando de lo que he resuelto?
--Pero, Sr. D. Benito, yo estoy absorto y no acierto á darme cuenta
de todo lo que me dice usted esta mañana.
--Pues, señor mío, me parece que no se puede hablar más claro y que
no cabe menos motivo de interpretación en mis palabras.
--Pero usted no ha pensado siempre lo mismo, sino precisamente todo
lo contrario. Aún no hace un mes, ó hace el mes todo lo más, ¿no me
dijo después de una grave y seria entrevista con el Sr. de Puig:
«Amigo Ramiro, si yo fuera rico mi hija se casaría al momento con
usted, todos viviríamos en mi casa en santa paz y eterna compañía?»
¿No protestó usted de la negativa de Puig á darnos su consentimiento
para la boda, diciendo que le obedecía usted por fuerza, que su
deseo de usted era vernos unidos en seguida, y que ni era justo,
ni decoroso, ni aun prudente obligarnos á esperar un tiempo
indeterminado la realización de nuestro amor?
--¿Yo dije...? Puede que dijera...; pero eso, después de todo, nada
significa. Las circunstancias no siempre son las mismas, y lo que un
día puede ser lógico, otro puede ser absurdo...
--¡Conque las circunstancias! ¿En qué han variado de un mes acá? Aquí
no hay más que una diferencia, y esa sólo á usted atañe, pues á todos
los demás nos deja en la misma situación. La diferencia es que usted
era ayer pobre y hoy es rico, y para el asunto de que tratamos, esa
diferencia más bien es ventajosa que perjudicial.
--Pero, señor mío, hablemos en razón y como Dios manda. ¿Con qué
cuenta usted para sostener las cargas matrimoniales?
--¡Esto tiene gracia! Con lo mismo que contaba cuando usted
patrocinaba mis proyectos y me concedió la mano de su hija: con mi
sueldo, que si ayer era mezquino y el mismo Sr. Puig lo aumentó, hoy
sería ridículo siendo su yerno; y con la renta del dote que dará
usted á su hija, mucho, muchísimo mayor que el que Puig la hubiera
dado, pues usted mismo llegó á decir que, _si fuera rico_, le daría
la mitad de su fortuna...
--¡Yo! ¿Yo he dicho semejante disparate? ¡Nunca!, ¡en mi vida!
--Lo ha dicho usted y hay mil testigos que se lo han oído á usted, no
una, sino muchas veces.
--Pues si lo he dicho estaba loco, y de los locos nadie debe hacer
caso; y basta de recuerdos y acabemos de una vez. Sepan ustedes
todos, _todos_, sin distinción de clases ni de sexos, que cuanto
yo dijera antes era porque suponía que nunca había de ser rico;
pero que el serlo trae multitud de deberes que yo ignoraba por
completo. El ayer no existe ni para mí, ni para nadie: lo que existe
es el _hoy_, y á ese _hoy_ tenemos todos que sujetarnos, como nos
sujetaremos al mañana cuando llegue. De manera que aunque yo no
retracte mi palabra de dar á usted mi hija, para que ese caso llegue
es necesario que pase algún tiempo; que trabaje usted más y mejor;
que vaya ascendiendo; que posea usted lo suficiente para sostener su
casa. Dejemos pasar algunos años, y si para entonces persiste usted
en su amor y mi hija no se ha casado, entonces será ocasión de darle
á usted su mano.
Esto era ya demasiado. Si no era una repulsa clara y contundente,
tenía todos los caracteres de una evasiva, y poner en caso dudoso
lo que Ramiro había tenido hasta entonces por artículo de fe, no
podía ni debía tolerarse. Así fué que el joven, perdiendo la calma y
la serenidad con que hasta entonces había llevado la conversación,
apartándose de la mesa y con ademanes no muy comedidos, dijo á D.
Benito:
--Pues señor: siempre había oído decir que el dinero cambia á las
gentes y que es miserable piedra de toque de espíritus vulgares y
mezquinos; pero nunca creí que hiciera cambiar tan pronto y tan
mal de ideas y de promesas. Usted es hoy otro hombre distinto del
que fué: usted no recuerda sus juramentos, ni sus ofertas, ni sus
propósitos, y lo increíble, lo triste es que ese cambio radical de
carácter, de criterio y de corazón se ha efectuado por el dinero en
poco más de treinta días. Si esto era todo lo que quería y pensaba
usted hacer _si fuera rico_, como usted decía, más valiera que no
hubiese usted dejado nunca de ser pobre para decoro de usted y
felicidad de cuantos le rodean. Yo mismo le diré á su hija de usted
todo lo que pasa y...
--Usted... no le dirá nada á mi hija, porque nada tiene que decirla y
porque sus palabras en nada torcerían mi resolución. Yo soy su padre,
y á mí sólo es á quien corresponde hablarla, y ya lo haré cuando y
como me parezca conveniente, si ya no lo he hecho, cosa que á usted
no le importa. Mi hija me obedecerá como es su deber, y aquí paz y
después gloria. Hemos concluído.
--¿Conque, según se deduce de todo lo que usted ha dicho, ahora
resulta que quien tenía razón y acertaba en sus decisiones era D.
Juan Puig, cuando era rico?
--¡Y tanta como tenía! Él era el único que pensaba acertadamente, que
se quejaba con razón y que estaba en su sano juicio.
--De modo que usted...
--Yo... estaba tonto y ciego, y no decía más que necedades.
--Bueno es que lo confiese. ¿Y su hermana?...
--Mi hermana era una loca, si no otra cosa peor.
--¡Vamos, quién lo hubiera creído!... ¿Y su hija de usted?...
--Mi hija era una sandia... ¡Clarito!
--¿Y yo?
--¡Usted era un joven chiflado, lleno de pretensiones y de vanidad!...
--¡Vamos, pues estaba buena la casa!
--Pues porque estaba así, es mi propósito ponerla en orden completo.
Y ya lo sabe todo el mundo. Desde mañana vida nueva, y esa vida
comprende desde el amo, que soy yo, hasta el último obrero. Ni
contemplaciones, ni permisos, ni disculpas. Todo el mundo á trabajar,
y mucho y bien. Y como usted no me parece que está muy decidido á
aceptar mis nuevas condiciones, y como la proyectada boda con mi hija
se retrasa indefinidamente, y como por otra parte no es decoroso
que usted siga empleado en la casa, y vea á su novia á todas horas,
y la haga el amor y se burle de mí en mis barbas, he tomado ya mi
determinación, que es irrevocable y que, si usted la rechaza, me
dejará en completa libertad de acción en adelante.
--¿Y se puede saber cuál es esa determinación?
--No sólo puede saberse, sino que va usted á saberla inmediatamente.
Yo esperaba á fin de mes para decírselo; pero supuesto que usted
mismo ha llevado la cuestión á ese terreno, y ya no debemos andar ni
uno ni otro en contemplaciones, cuanto más pronto mejor. Le nombro á
usted corresponsal de la fábrica en Tarrasa, con dos mil quinientas
pesetas de sueldo. Ya ve usted que le asciendo y que hago justicia á
sus trabajos pasados y á sus méritos futuros. Mañana mismo, en el
tren de las ocho de la mañana, sale usted de Barcelona, adonde no
volverá hasta que yo se lo mande, y allí su conducta y su obediencia
me proporcionarán ocasión de hacerle justicia. Esto es todo lo que
tenía que decirle. Puede usted retirarse, y ya recibirá usted antes
de mañana mis órdenes y mis instrucciones.
--Puede usted quedarse con unas y con otras para el que las necesite,
ó se las pida; que yo con no volver á traspasar los umbrales de esta
casa, ni volver á ver á usted en mi vida, me daré por muy contento.
--Oiga usted, joven, mi proposición es tan ventajosa y...
--Y en cuanto á su hija, á la pobre víctima á quien quiere usted
tiranizar hasta rebajarla al nivel de una criada, si pensara como yo,
á lo cual juro á usted que he de contribuir con todas mis fuerzas, ya
veríamos lo que haría...
--Oiga usted, ¿se atreve usted á amenazarme con mi propia hija? ¿Qué
quiere usted decir con estas reticencias?
--Que beso á usted la mano; que guarde usted sus riquezas, y que si
te vi no me acuerdo.
--¿Qué es esto? ¿Adónde va usted?--dijo Lucía, entrando de pronto en
el escritorio y adivinando en el gesto de su novio que se despedía de
la casa.
--Adonde no encuentre hombres que por un miserable puñado de oro
olviden todas sus promesas y renieguen de sus palabras.
Y sin dar la mano á la joven ni saludar al viejo, el desesperado é
iracundo Ramiro salió del escritorio y pocos momentos después de la
casa.
[Ilustración]
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