Sucedió esta durísima batalla
que ensangrentó la granadina tierra
el año mil trescientos diez y nueve,
mañana de San Juan, triste y sangrienta
para el cristiano bando, y venturosa
para la gente indómita agarena:
en Castilla reinaba Alfonso Onceno,
y rey y emir de los alarbes era
el terrible Ismail. Los dos infantes,
causa imprudente de la atroz pelea,
eran don Pedro el uno, del Rey primo,
y su tio don Juan el otro era;
entráronse talando á sangre y fuego
la peligrosa granadina tierra,
y allí los dos infantes se quedaron
la muerte hallando en su insensata empresa.
Dia de luto fué para Granada
y para Ataide de fortuna excelsa,
que ganó, ya muy tarde, gran renombre,
favor del Rey, mercedes y nobleza.
Fué, que el bravo Ismail, harto empeñado
en la revuelta bárbara pelea,
el caballo perdió: cercado vióse
de cristianos sin fin, que á grande priesa
su desclavado arnés crujir hacian
de rudos golpes bajo lluvia densa.
--¡Es el Rey de Granada!--voceaban.--
--¡Á prision recibidle!--¡No! ¡que muera!--
y el tumulto arreciaba á cada instante
bramando en torno de la régia presa.
Contra el muerto caballo replegado
batallaba Ismail, cual la pantera
de innumerables canes acosada,
en los que alcanza brava se ensangrienta.
Rota la adarga, sobre el rojo polvo
tendida la riquísima cimera,
la corona de golpes destrozada,
desgarrada la toca al aire suelta,
de polvo y sangre y de sudor bañado,
le faltan, no el valor, sino las fuerzas,
y por sus fieros ojos centellantes
cruza horrible y fatal nube siniestra.
De repente, en el círculo terrible,
hacha en mano un mancebo se presenta,
que ante su paso arrolla á los cristianos
y á sus plantas exánimes los deja,
cual en las mieses la segur metiendo
el campesino infatigable siega.
Parece que el Altísimo á su brazo
poder terrible y misterioso presta,
por el hacha enrojecida corre
raudal de sangre, que á su paso deja
con rastro pavoroso señalado,
cual su rastro de horror marca la fiera.
Es Ataide que en vano al asesino
de su madre ha buscado en la pelea;
Ataide, á quien dolor de las entrañas
y el recuerdo tristísimo de Leila
y de su suerte el torcedor cuidado
en horrendo afanar le desesperan;
es que la muerte, como bien supremo,
por todas partes busca y no la encuentra.
Llega un momento, al fin, en que aterrados
los nazarenos en desórden cejan,
y al revolverse Ataide, con asombro
ve que el Rey admirado le contempla.
Libre se ve Ismail por su bravura
cuando creyó su perdicion ya cierta,
y los brazos le tiende, y en un punto
contra su bravo corazon le estrecha.
--¡Pide--dícele al fin--cuanto quisieres,
que por mucho que pidas, recompensa
pareceráme poco cuanta darte
mi potestad y mi cariño puedan!--
Y volviéndose á punto á los bizarros,
que en su socorro desalados llegan,
--Sin su valor--les dice--en este dia
de Rey quedára mi Granada huérfana.--
La vida le debí: llegárais tarde
si ántes él no acudiera á mi defensa.
Mi púrpura vestidle y que en Granada
entre á la par conmigo, y á mi diestra:
con mi estandarte Real en las batallas,
á mi lado de hoy más lidiar le vean,
y en su poder y en su favor conmigo
honrado premio y merecido tenga:
y ¡sús! á recoger, que ya el cristiano
ha pasado en desórden la frontera,
y á Granada llevemos la victoria
y del vencido la perdida presa.--
Y cabalga Ismail en un caballo
que sus humildes siervos le presentan,
y á Ataide con la púrpura vistiendo,
otro caballo igual gratos le muestran.
Marcha de triunfo tocan atabales,
y añafiles, dulzainas y trompetas,
y en la impaciencia de ostentar su triunfo
rápidos cruzan la tendida vega,
y por Elvira en la ciudad alegre
en cerrado escuadron altivos entran,
y del rey Ismail al par marchando,
las hermosuras que Granada encierra;
ven al hermoso Ataide y le codician
al verle junto al Rey de tal manera,
y Ataide, el desdichado, va llorando,
la mente en Leila y en su madre puesta,
y que es de gozo por su altivo triunfo,
los que le miran, con envidia piensan.