Ya el ejército domina
una encumbrada colina,
y al fin al contrario ve
sobre la encantada tierra,
que de Elvira la alta sierra
se tiende fértil al pié.
Y ya venciendo á la aurora
puro el sol las cumbres dora,
y á su roja ardiente luz
reflejan centellas puras,
las brillantes armaduras
del Profeta y de la cruz.
Ambas huestes se hostilizan,
llegan, chocan, se encarnizan,
tras el potente embestir,
y el eco va retumbando
de monte en monte lanzando
el fragoroso reñir.
Arde la fuerte bombarda,
y allí, donde no se aguarda,
va su disparo á caer,
y al trueno espantable y fuerte
un alarido de muerte
viene horrible á responder.