MADAME D'OPPORIDOL

--La princesa Charlensko.

--¿Rusa?

--Rusa.

--¿Princesa auténtica?

--¡Lo más auténtica posible!

Después de saludar a la eslava, que, fastuosa en su pelliza de _renard

bleu_ y su sombrero empenachado de plumas negras, desfilaba con aire

espléndido de gran señora, más de notar en el cosmopolitismo ferial del

_restaurant_ elegante, Julito Calabrés tornó a sentarse entre Olmeido y

el marqués del Valle.

Estábamos en el _Carlton Grill_ acabando de almorzar. Era día de

carreras, y bajo la claridad de las luces eléctricas, que ocultas tras

los cristales del techo creaban un día artificial, muy en consonancia

con el público cosmopolita que entraba y salía en incesante vaivén,

veíanse mujeres a la moda, abracadabrantes en sus extraños atavíos,

hombres de _sport_, banqueros, personalidades del chic mundial,

cortesanos célebres... Era un desfile de Tanagras, de figuras de vaso

etrusco y de jeroglífico egipcio, apenas moldeadas por crespones y

brocados, sobre los que resbalaban las pieles y las perlas.

Olmeido, tornado escéptico por sus frecuentes permanencias en

Cosmópolis, explicó su incredulidad:

--¡Hay tanta princesa de pacotilla por esos mundos de Dios!

El marqués del Valle quitose los lentes, y con la experiencia de sus

doce años de viajes, impuestos por no sé qué historias de sadismo

habidas en su tierra, aseguró:

--Yo he conocido muchas. Mujeres de teatro a quienes el capricho senil

de un lord convirtió en pairesas de Inglaterra; exbailarinas y

exqueridas de toreros, transformadas en grandes duquesas consortes, y

hasta alguna viuda de reyezuelo medio idiotizado, que, _in articulo

mortis_, había hecho reina a una titiritera.

--¡Bah!--interrumpió Julito, incapaz de callar--. Yo también he conocido

muchas... Sin ir más lejos, madame d'Opporidol...

--¿Griega?... ¿Servia?... ¿Albanesa?--interrogó Olmeido.

--Turca; por lo menos, ella lo decía así... Pero os voy a contar la

historia.

Bebió un sorbo de Chablis, y, entre la atención de sus amigos, comenzó:

--¡Madame d'Opporidol!... ¡Jamás he encontrado tipo más curioso y

original que el de aquella mujer! El primer trámite de nuestra amistad

fue una reverencia. Sucedió en el _hall_ del Austerlitz. Ya sabéis que

algunas veces, a mi paso por París, cuando estoy muy cansado o tengo

demasiadas cosas que hacer, me gusta refugiarme en un hotel tranquilo,

huyendo del tráfago del Magestic, del Astoria, del Ritz o el Meurice.

Pues bueno: allí la conocí una tarde. Yo había pedido no sé qué

aclaración sobre unas señas, en el _bureau_; el encargado era nuevo y no

daba pie con bola, y yo comenzaba a desesperarme, cuando una voz

femenina vino en mi ayuda. Volvime para dar las gracias, y entonces la

propietaria de la voz se inclinó ante mí en una reverencia. ¡Y qué

reverencia! Aquello, más que reverencia, era una zalamea oriental, pero

de un orientalismo visto al través del siglo XVIII francés. Era una

reverencia de corte, profunda, ceremoniosa, llena de majestad; una

reverencia que estaba pidiendo la música de _minuetto_; una reverencia

que la hubiese envidiado madame Tallien, _Notre Dame de Thermidor_, y

aun la vizcondesa de Beauharnais, la gentil Zoloé y sus dos acólitas

Laureda y la Volsange, las perversas heroínas del divino marqués; una

reverencia que, ahuecando las pomposas sedas en su traje, hacía de ella

una figura digna de la galería de Versalles.

Olmeido rió:

--¡Qué exageración!

--¿Exageración? No lo creas, era tal y como yo os lo describo; la señora

tenía el secreto de las reverencias. Me fijé en el rostro, en el

peinado, en el traje... y vi con asombro que ello constituía un todo

armónico con la genuflexión y la voz, hecho de trémolas y gorgoritos. El

rostro era una careta trágica; la caricatura sangrienta de una mujer que

debió de ser muy bella un rostro desvastado por los años y las luchas,

cansado, arrugado, entristecido, pero tan atrozmente estucado,

maquillado, pintado y retocado, que, bajo la capa de pomadas, polvos y

colorete, era punto menos que imposible adivinar su edad. Los ojos

debieron ser admirables, de un verde luminoso y transparente de agua de

mar; ahora aparecían enturbiados bajo las pestañas y las cejas dibujadas

con lápiz. Entre los labios, muy rojos, aparecía una dentadura

prodigiosa (seguramente, postiza). Sobre aquella mascarilla burlesca de

mujer bonita, destacábase la peluca, una peluca de muñeca rubia, dorada,

rizada, llena de horquillas de pedrería. El cuerpo, sostenido por el

corsé cruel, rígido, fue, indudablemente, esbeltísimo, ágil, flexible,

aunque ya de tanta belleza quedaban únicamente ruinas, sostenidas por el

andamiaje de ballenas. Envolvíala una elegancia de guardarropía,

frufruante, aérea, pomposa, juvenil, vaporosa, hecha de gasas marchitas,

encajes falsos, pieles no menos ilegítimas y perlas imitadas. Tenía, eso

sí, pies de pequeñez inverosímil y manos admirables. Pero lo que le

hacía realmente extraordinaria era lo rítmico, pausado y armonioso de

sus movimientos, la gravedad ceremoniosa de sus pasos; decididamente,

aquella mujer requería música, música de opereta: unas veces, noblemente

pausada; otras frívola y juguetona, llena de escalas locas y fugas

rientes, y algunas, falsamente sentimental. No sé por qué, pero es el

caso que la buena señora me daba la sensación de una profesora de baile,

o mejor aún, de elegancia, de las que formaban las damiselas del siglo

de Trianón, haciéndolas duchas en artes de sociedad, bachilleras en

alquimia y doctoras en coquetería.

--Sin darme yo mismo cuenta,--prosiguió Julito--intimé con ella. Ya

sabéis lo fácil que eso es en la vida de hotel (cuando el hotel es

tranquilo y la vida un poco retraída), una vez cambiado el primer

saludo. Una leve enfermedad de ella, correcto interés por mi parte,

luego la recíproca, la grippe que me obliga a quedarme en cama, madame

d'Opporidol, que se preocupa por mi salud y se ofrece amablemente, y

henos convertidos en los mejores amigos del mundo.

--Los primeros días de charla--y Calabrés, apasionado con su narración,

había dejado de comer--, la señora me habló de cosas sin transcendencia;

pero, según fue tomando confianza, acabó por abrirme su pecho.

«Era turca. La fatalidad cayó sobre ella, y la desgracia cerniose en su

vida. No me explicaba el género de desgracia a que se refería, y sólo

dejaba adivinar que un drama terrible había truncado su existencia,

tronchando sus ilusiones en flor. De aquella catástrofe misteriosa,

quedole un desencanto infinito de todos y de todo; una amargura

melancólica que matizaba de interés sus palabras. Culta, conocía bien

los poetas y novelistas en boga, y su conversar, esmaltada de una

erudición un poco a la violeta, resultaba interesante».

Me hablaba de Turquía; de la belleza dulce y triste de Stambul; me

hablaba de la ciudad quimérica envuelta en ensoñadora neblina azul,

durmiendo sumida en un silencio opresor. Stambul, la ciudad secular, la

que contemplaron los viejos Califas; la ciudad de magia concebida por

Solimán, _el Magnífico_, coronada de soberbias cúpulas y empenachada de

dorados minaretes; la ciudad que aparecía a los ojos como un portentoso

fantasma del pasado, como una de esas raras urbes que la leyenda hace

dormir en el fondo del mar...

--¿Loti?--interrumpió Olmeido, burlón. Julito rió:

--¡Eso mismo pensaba yo!... Pero, déjame seguir... Madame d'Opporidol me

hablaba también de la infinita tristeza del vivir de las mujeres turcas

contemporáneas; me decía de cómo sus almas de excepción, cultivadas en

la soledad de los harenes del día, esos harenes semejantes en todo,

menos en su inexpugnable aislamiento, a la casa de cualquier mujer

elegante; sus almas, pulidas en la lectura, purificadas en la soledad;

sus almas, que, aisladas por las celosías, como las flores de una estufa

están al abrigo de las violencias del aire libre, sufrían de verse

tratadas en odaliscas, en bestezuelas de placer, sin más razón de

existir que el capricho de su amo y señor. Me hablaba de los veranos, en

que tras la inacabable monotonía de los eternos días invernales,

sacudidos por el aire del mar Negro, el Bósforo relucía como colosal

zafiro, y la población patricia turca refugiábase en el lado de Asia,

junto al agua.

--¡Decididamente, la señora sabía sus clásicos!--volvió a interrumpir el

portugués.

--Si no me dejas contarlo, me callo--y Julito hizo ademán de reanudar el

yantar, abandonando su historia.

--No, no; sigue--imploró el marqués del Valle--. Las aventuras de tu

madama me van interesando.

Desagraviado el narrador, prosiguió:

--Así estábamos, cuando la buena señora cayó enferma. Un interés

discreto y una caja de bombones no menos discretamente enviada para

endulzar las horas de convalecencia, acabaron; indudablemente, de

captarme su confianza, por cuanto casi repuesta ya me envió un recado,

diciéndome que tendría sumo placer en verme.

Subí al cuarto (piso sexto). La _mise en scène_ estaba cuidada como

siempre. Sobre la modestia de la habitación, su buen gusto había marcado

un sello de elegancia un poco original. Algunos marfiles, algunos cobres

y unos viejos terciopelos con versículos del Corán, bordados en oro y

plata, imprimían un exotismo un poco de bazar a la estancia. Cortiníllas

de color de rosa tamizaban la luz, dejando todo en una favorecedora

semipenumbra; algunos ramos de flores mustiábanse en búcaros de cristal.

Tendida en la _chaisse-longue_, sobre las pilas de almohadones

multicolores, madame d'Opporidol yacía lánguidamente envuelta en un

_teagow_ de gasa y seda negra, adornado de grandes cintas de moaré rosa.

Al entrar, me tendió la mano y hasta me agració con una sonrisa lejana.

Comenzamos a hablar de cosas baladíes, y llevábamos agotados dos o tres

temas, en que la conversación se arrastraba lánguidamente, cuando de

improviso, Schezerarda (la dama se llamaba así) suspiró, cerrando los

ojos:--¡Qué desgraciada soy!--Y como yo, un poco asombrado, la mirase

interrogador, me tendió la mano en un gesto supremo de abandono,

mientras suspiraba un enigmático:--¡Si supiérais!... Volví a

contemplarla; una lágrima brillaba en sus ojos y se detenía en el borde

de las pestañas, asustada de los estragos que su paso podría causar en

la obra de estucado del rostro. Al fin, madame d'Opporidol pareció tomar

una determinación transcendental, una de esas determinaciones

definitivas que marcan una efeméride en la vida humana, y con voz _de

hora suprema_ comenzó:

--Amigo mío: voy a contarle mi historia, mi verdadera historia, la que

nadie conoce. ¡Es algo tan espantoso, tan terrible, que casi parece una

pesadilla. A ningún nacido se la he contado nunca; pero mi pobre corazón

no puede ya con el peso de su secreto: usted es artista, usted es un

hombre de sentimiento y sabrá comprenderme!--Su voz era patética,

altisonante.

--Soy turca--prosiguió ella--. Mi padre era Kiazim Pachá, y me educó

como educan ahora a todas las hijas de gran familia; como podría

educarse cualquier parisién, qué digo, ¡mil veces mejor!, según he

podido observar luego. Narraros mi infancia de princesa salvaje en el

viejo palacio, escondido en un rincón de Circasia, mi adolescencia de

muchacha mimada y voluntariosa, sería el cuento de nunca acabar. Fui

feliz o casi feliz. Pero casáronme y con mi boda comenzaron mis

desdichas. Mi matrimonio fue lo que son allí la mayoría de los

matrimonios: una cosa arreglada por las familias, en que la novia

desempeña el papel de _algo_ sin voluntad ni discernimiento, del que

disponen a su antojo. Mi marido era frío, taciturno, concentrado. Muy

_vieux jeu_, no comprendía a la mujer sino en cuanto era bella. Y heme

aquí a mi culta, erudita, tan vibrante, tan moderna, condenada al papel

de odalisca. ¡Y aquello no era lo peor! Lo peor, lo irresistible, lo

anonadante, era la monotonía atroz del vivir sedentario, la uniformidad

de los días que se deslizaban iguales, tristes, inacabables, en aquel

acolchado que defiende de cualquier choque exterior y que hace que, en

el atroz guateado que nos torna insensibles, echemos de menos las

zarzas y las espinas del camino.--¡Loti! ¡No me cabía duda de que la

cita era de Loti!

Julito hizo una pausa, y luego continuó:

--Madame d'Opporidol había callado un momento, para, con tonos más

peripatéticos, proseguir después:--Un día ¡día aciago, marcado con

piedra negra en la tragedia de mi vida! encontré a Jacobo. No sé cómo

fue; desde entonces he creído ciegamente en la fatalidad. Si conoce

usted las costumbres turcas, debe saber la imposibilidad casi absoluta

de que una mujer musulmana hable con un infiel. En primer lugar, lo

inabordable del harem; luego, el misterio del _tcharchaf_, ese negro

capuchón que usan las mujeres en Constantinopla para salir a la calle;

la vigilancia de los esclavos que nos rodean a todas horas; pero, sobre

todo, la inconsciente vigilancia del público, que conceptuaría un crimen

tremendo que una turca hablase a un europeo, hacen imposible todo

intento de aproximación. ¡Y, sin embargo, conocí a Jacobo; me amó y le

amé! Contarle todas las peripecias de nuestro idilio sería evocar horas

felices para mí; horas de melancólicos paseos al través de los viejos

cementerios, entre los altos cipreses centenarios, o largas caminatas

hacia Eyoub, bajo un cielo triste, sobre cuyo fondo plomizo pasaban

empujados por el viento de Asia grandes nubarrones negros; sería ir día

por día haciendo la historia de los extraños ardides de que tuvimos que

valernos para lograr encontrarnos. Todo fue bien al principio; pero el

éxito engendra la audacia, y la audacia nos perdió. Una tarde, mientras

mi marido estaba en el Ildiz, hablaba yo con Jacobo. De pronto... No sé

cómo fue. De todo lo ocurrido después, conservo el recuerdo confuso de

acontecimientos borrosos entrevistos al través de una pesadilla. Cosas

terribles, irreales, espeluznantes, me arrastraron hasta las cumbres

supremas de la tragedia. El último eco de la voz de mi amante

confundiose con el primer eco de la voz de mi marido que clamaba

venganza. En el tropel de sensaciones que con rapidez vertiginosa

pasaron por mi alma, conservo tan sólo la impresión de los ojos de

Abul-Bajá, la mirada de suprema angustia de Jacobo al caer herido y la

glutinosa y tibia caricia de la sangre que humedecía mis manos. No sé

cómo fue; una ráfaga de vesania pasó por mis venas, y, enloquecida de

dolor e ira, salté sobre el bárbaro Otelo. Entonces pasó algo salvaje,

monstruoso; mis uñas se clavaron en su cuello; le sentí palpitar un

segundo, y luego, nada.

Madame d'Opporidol jadeaba, trágica, sudorosa. Después de breve respiro,

siguió:--Huí. De aquella hecatombe conservo dos memorias sagradas: un

cofrecillo precioso, que procede del tesoro de los Osmalíes, una de

esas raras joyas de la orfebrería oriental y uno de los zapatos que

llevaba yo la tarde aquella--. Púsose en pie, y con ojos de iluminada y

gesto profético me dijo:--¡Venga usted!--Llevome ante el armario y abrió

un cajón: de allí sacó una cajita, y con respetos de sacerdotisa que va

a mostrar una santa reliquia, la puso ante mis ojos. Luego, abriendo la

tapa, sacó una babucha y anunció peripatética:--¡He aquí el zapato, aún

conserva las manchas de la sangre!--Les confieso a ustedes que me sentí

defraudado. El cofrecillo era una caja de filigrana de plata; una de

esas fáciles labores orientales de escasísimo mérito. Aquello, más que

del tesoro de los Osmalíes, pareció procedencia de bazar cosmopolita. En

cuanto a la zapatilla de terciopelo rojo, bordada en oro y aljófar,

juraría haber visto otras semejantes en la rue Rívoli, un poco antes de

llegar a los almacenes del Louvre. Extrañado, fijé mis ojos en la

heroína de la tragedia. Schezerarda, erguida, lejana, con el aspecto de

la protagonista de un drama de Sófocles, permanecía en pie, tremolando

con una mano la babucha trágica.

--¿La continuación?--pidió Olmeido al ver que Julito, tras el postrer

efecto, callaba, haciéndose el interesante.

--¿La continuación? Sencillísima. Estuve más de un año sin volver por el

Austerlitz. Cuando el azar me llevó allí, lo primero que noté fue la

ausencia de madame d'Opporidol. Interrogué al gerente del hotel.

Confieso que su respuesta me dejó yerto. ¡Mi amiga había muerto!--Pero

¿y avisaron a Turquía, a su familia?...--pregunté. Una sonrisa irónica

fue la respuesta. Y como yo pidiese explicaciones sobre el fin de la

princesa Circasiana, el empleado se echó a reír. ¡Madame d'Opporidol no

era turca! ¡Era lisa y llanamente una buena burguesa, que vivía de una

pensión insignificante! ¡La descendiente de los Osmalíes, la esposa de

Abul-Bajá, la heroína del drama sangriento, era la viuda de un vista de

aduanas francés!

_París-Octubre 1912._

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El pecado y la noche · 第 57 / 62 题