Las encontramos al través del mundo, casi siempre en la feria de los
millonarios, los reyes sin trono y los aventureros, y nos hacen una
reverencia muy siglo XVIII, una reverencia que dice aún de una Arcadia
de guardarropía, con pastoras de chapines de raso y Amarilis de zamarra
de terciopelo azul, ocultas en los convencionales boscajes del Trianón;
o esquivan con la mano un gesto de colegiala tímida, un gesto digno de
las damiselas del año sesenta, que usaban miriñaque, peinaban bucles,
cantaban arias sentimentales y se sabían de memoria los versos de
Alfredo de Musset; o se inclinan con un saludo grave y severo, lleno de
austera dignidad.
Unas, pintadas, repintadas, llenas de gasas, sedas, tules, terciopelos,
lentejuelas, flores; con grandes pelucas cargadas de rizos y
empenachadas de plumas; al cuello, collares de admirables perlas
(falsas, naturalmente); son mundanas, conversadoras exquisitas,
benévolas para las debilidades ajenas, discretas hasta ignorar todo
aquello que no deben de saber, serviciales, decorativas. Otras, son
alocadas, con un grato barniz de diletantismo, prontas siempre a ser la
musa que recite la estrofa del poeta de moda, acompañe al piano al
virtuoso millonario, o a la heredera acometida de furor filarmónico, que
se cree una Patti o una Storchio, cargue con la culpa de cualquier
desafinación e inicie los aplausos. Otras, en fin, son devotas y
filantrópicas; hablan de la caridad y del sacrificio, y en la humildad
de sus atavíos de santas laicas tienen un gran prestigio de
respetabilidad.
Y todas son siempre las mismas. Siempre el mismo rostro, igual atavío,
las mismas palabras, idénticas ideas. Jamás se les conoce ni una gran
pena ni una gran alegría; nunca una queja, ni una mueca de dolor, ni un
gesto de fatiga, ni un ademán de impaciencia. Las decorativas, viven
siempre sobre el fondo banal de un paisaje de Boucher o de Watteau; las
románticas, entre las páginas de _La Melitona_; las devotas, inflamadas
en las santas palabras de la caridad cristiana. Pero ni las unas se
salen de un paso de _minuetto_, ni las otras del compás de una sonata
sentimental, ni las últimas del cristianismo que resbala cristalino por
las páginas de Fray Luis de León o de Ruisbrook, el _Admirable_. Nada
que desentone, nada que rompa la armonía.
Un día desaparecen. Aun después de muertas, su recuerdo nos arranca una
sonrisa. Y cuando llega la hora suprema de los balances, sabemos casi
siempre que en aquellas vidas que transcurrieron a nuestro lado, y de
las que veíamos lo que de un actor se ve desde la sala del teatro, no
había nada sino un vacío inmenso, que ellas cubrían con guirnaldas de
flores de trapo. Pero también sabemos alguna vez que en ellas había un
gran dolor, una gran amargura, una gran vergüenza, un vicio, y aun,
raramente, un crimen.
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