VI

«¡Y no la veré más!»

Llevaba Claudio Borja varios días recluído en su casa, sin otro

ejercicio que cortos paseos, apoyado en un bastón, por el jardín del

«villino». Todas las tardes recibía la visita de sus amigos,

instalándose éstos en el estudio como si fuese una prolongación de aquel

café, lugar de sus reuniones, para hacer compañía al que llamaban por

antonomasia «el herido».

Una mañana, cerca ya de mediodía, vino á visitarle Enciso de las Casas.

En días anteriores se había valido del teléfono para preguntar por el

estado de Borja, excusando su ausencia y justificándola con las grandes

ocupaciones que le imponía cierta cuestión entre el gobierno de su país

y el Vaticano. Atento siempre á cumplir las reglas del buen trato

social, creía faltar á sus deberes no yendo en persona á pedir noticias.

Al presentarse ahora, volvió á hablar de sus importantes labores

diplomáticas, celebrando á continuación el buen aspecto del

convaleciente.

--¿Quién diría que tiene usted la pierna atravesada de un balazo? ¡Qué

encarnadura vigorosa!... Es usted un verdadero Borja, digno de sus

ascendientes.

Permaneció indeciso algún tiempo, como si temiese lo que iba á decir y

el mal efecto que pudiera causar en su oyente.

--Ríñame, amigo mío--dijo de pronto con aire resuelto--. Aunque soy más

viejo que usted, tal vez he cometido una chiquillada que le molestará,

pero no dude que lo hice con buena intención. ¡Me asusté tanto al verle

chorreando sangre en aquel jardín!...

Y bajo la mirada interrogativa de Claudio siguió expresándose con tono

de excusa.

--Los médicos dijeron que la herida no era grave; pero yo juzgué

oportuno cumplir mis deberes de amigo avisando al único de sus parientes

que conozco. En resumen: necesito decirle que remití un largo telegrama

á Valencia anunciando á su tío don Baltasar todo lo ocurrido.

Claudio acogió con inquietud las ultimas palabras.

--Luego envié otro telegrama quitando importancia al suceso; pero sin

duda creyó el canónigo que mi segundo aviso era simplemente una treta

para tranquilizarle, y se atuvo á mis primeras palabras. Total: que don

Baltasar llegó anoche á Roma, esta mañana vino á verme, y ahora está en

la Embajada de España hablando con el señor Bustamante.

En el primer momento no ocultó Borja su enfado contra este

plenipotenciario tan bondadoso, tan simpático é inoportuno. Pero al fin

se mostró sereno, acogiendo la noticia con afectada indiferencia. El

canónigo Figueras ya estaba en Roma y era inevitable el verle.

Escucharía con paciencia su sermoneo, si es que en realidad se

interesaba por este episodio de la vida moderna, menos conmovedor para

él que los otros que iba descubriendo en documentos antiguos.

No podía dudar, sin embargo, del afecto del santo varón. El era tal vez

el único ser contemporáneo capaz de hacer vibrar su sensibilidad. Esto

del duelo y el balazo debía haber sacudido como una catástrofe telúrica

el venerable caserón, envuelto en discreto silencio, allá en la

tranquila calle de Caballeros.

Según contó Enciso, había preparado Figueras rápidamente su viaje, y al

tomar el tren se imaginaba encontrar en Roma moribundo á Claudio. Este

tuvo, no obstante, la sospecha de que también debía haber influido en

tal resolución el hecho de vivir él en la Ciudad Eterna. ¡Ver una vez

más las Estancias de los Borgia, con los restos de la azulejería de

Manises encargada por Alejandro VI!...

Volvería don Manuel acompañando á Figueras aquella misma tarde. Ya lo

había preparado para que no agobiase á su sobrino con inútiles quejas ni

reprimendas morales. Era conveniente olvidar lo pasado ó pensar sólo en

ello para ponerle remedio. Todo lo ocurrido debía apreciarse como una

aventura descabellada, propia de la juventud.

Acogió Borja con débil sonrisa de agradecimiento los buenos propósitos

de Enciso. La presencia de éste acababa de despertar en su memoria

muchos recuerdos adormecidos.

Vaciló antes de hacer una pregunta que desde algunos minutos antes se

agitaba en su pensamiento, pugnando por exteriorizarse.

--¿Y Rosaura?--dijo al fin.

Ahora fué el diplomático-artista quien titubeó.

--Esa señora--repuso después de larga pausa--debe estar ya lejos de Roma

en los presentes momentos. Me dijo que se marchaba hoy... ¡Ay, querido

Claudio! La vida cambia incesantemente y nosotros también. Ya sabe usted

que la existencia es á modo de una rueda, y cuando nos imaginamos ir

siempre hacia arriba, en una ascensión sin término, nos vemos cabeza

abajo. La que usted llama Rosaura ha dejado de merecer tal nombre

poético. Es simplemente la señora viuda de Pineda, y pronto pasará á ser

la señora de López Rallo. Se casa, querido amigo, y se casa con

verdadero fervor, como si fuese á conocer por primera vez el matrimonio.

Una mujer tan interesante, tan... poética, sólo habla de las cosas del

hogar, embelleciéndolas con verdadero entusiasmo.

Y Enciso mostraba en palabras y gestos una desilusión de padre de

familia cansado de los monótonos placeres caseros y admirador secreto de

irregularidades y aventuras al ver á esta dama novelesca, perpetuo ídolo

de sus ensueños, igual á su propia esposa y á la mayor parte de las

mujeres que encontraba en los salones.

--Yo no sé--continuó--qué potencia de sugestión tiene ese muchacho del

monóculo. ¡Quién podía imaginarse á Rosaura «la perfecta casada»,

pensando nada más que en sus hijos y deseosa tal vez de tener otros en

su segundo matrimonio!...

Siguió escuchándole Claudio con cierta frialdad. Examinaba su interior,

para saber si tales palabras despertaban en él ecos dolorosos.

Realmente, no sufrió celos ni le agitó la cólera. Creía que le hablaban

de otra mujer, distinta á la que él había conocido. Hasta sintió cierto

deseo de reir imaginándose á Rosaura con este nuevo aspecto de hembra

tranquila y procreadora. Era semejante á las llamadas «burguesas» que

tantas veces excitaron las risas de los dos en el jardín de la Costa

Azul.

La había creído igual á una de esas aves marinas cuyas alas son fuertes

como las del águila y puramente blancas como las de la paloma, volando

sobre la inmensidad oceánica, viendo las olas altísimas cual

insignificantes arrugas de la llanura azul, y ahora resultaba un ave de

corral, ansiosa de vivir entre polluelos.

--Yo creo, amigo Claudio--continuó el diplomático--, que esa bofetada

dada por usted en el hotel no pudo ser más oportuna... para el otro. Tal

incidente sirvió para que Rosaura se interesase por ese mozo como nunca,

sufriendo angustias al pensar en su suerte, admirando su actitud

valerosa. Para las mujeres, el hombre que aman resulta siempre un héroe.

De ser López el herido, ella lo habría curado, lo mismo que se ve en las

novelas, enternecida por su desgracia. Como ha tenido la buena suerte de

que el herido sea usted, ella lo admira como triunfador. De todos modos,

lo ama más fervorosamente que antes del choque de ustedes dos.

La consideración de su vencimiento y de que Rosaura creía al otro más

valiente amargó por primera vez á Claudio, reflejándose en su rostro la

molestia que le causaban tales palabras.

Enciso debió darse cuenta de sus pensamientos, y se apresuró á añadir:

--No crea que vive tranquila y orgullosa después de lo ocurrido. Al

contrario, parece muy inquieta. Teme que usted vuelva á tener cuestiones

con López Rallo. Dice que conoce su carácter, y que, sin duda, buscará

al otro para perturbar la felicidad... de ellos dos... Sé bien lo que

digo. Puedo afirmarlo, pues lo he escuchado de su propia boca.

Y sonriendo al evocar el recuerdo de una visita grata, contó á Borja

cómo dos días antes la señora de Pineda le había suplicado que fuese á

verla en su hotel.

En dicha entrevista le revelaba sus planes futuros de existencia, su

matrimonio con el secretario de legación.

--Adivinará usted--siguió diciendo--que no me llamó únicamente para

darme tales nuevas. Quería que yo la acompañase aquí mismo, presenciando

una conversación de ustedes dos. Necesitaba verlo para pedirle en nombre

de su antigua... amistad que la deje tranquila y no se acuerde más de su

persona. Quiere que acepte los hechos, como ella los aceptó en otro

tiempo. «Lo pasado fué un sueño, amigo Enciso, un sueño nada más. ¡Ay!

¿quién no ha soñado?...» Estas fueron sus palabras.

Asintió Claudio con movimientos de cabeza, permaneciendo silencioso. Lo

mismo que había dicho Rosaura cuando se hablaron en el hotel.

--Usted reconocerá--continuó el diplomático--que el encargo resultaba un

poco... difícil para mí. Las mujeres encuentran natural todo lo que

favorece sus deseos. Figúrese un hombre como yo, tranquilo, de

costumbres respetables, trayéndola aquí para presenciar una entrevista

tempestuosa de antiguos amantes... Y si, por el contrario, la

conversación se dulcificaba, con un grato desfile de recuerdos

melancólicos, ¡imagínese qué papel para un ministro plenipotenciario

cerca del Papa!... A mí me gustan las cosas novelescas... pero hasta

cierto punto.

Y parecía vibrar en su voz un lejano eco de aquella envidia mansa, de

aquel tranquilo despecho con que había comentado siempre las historias

amorosas de la bella argentina, tan admirada por él.

--Por fortuna, ella misma desistió de la visita cuando le propuse que

viniese sin mí, dándole las señas de esta casa. Por nada del mundo se

atreve á quedar á solas con usted. Tal vez tiene miedo á que los

recuerdos puedan más que su voluntad; y esto, querido Claudio, resulta

lisonjero para un hombre... En resumen: se limitó á rogarme que

influyese con usted para que no moleste más á ella ni á su futuro

marido. Hoy se han marchado de Roma no se adónde. Verdaderamente,

después del duelo, su existencia aquí no resultaba grata. Tenía que

permanecer en sus habitaciones del hotel, sin atreverse á bajar al

comedor ni al salón. En nuestro mundo se comenta todavía el suceso...

Todos los que no la conocen querían verla. Las mujeres se ocupaban

envidiosamente de su buena suerte. ¡Dos jóvenes queriendo matarse por

una viuda con hijos!... Y exageraban su edad para dar cierto aspecto

ridículo al choque de ustedes...

Eran más de las doce, y Enciso quiso marcharse. Antes de partir creyó

del caso dar por adelantado algunos de los consejos que seguramente iba

á oir Borja de boca de su tío.

--Don Baltasar piensa como nosotros dos. ¿Se extraña usted y quiere

saber quién es el otro?... Me refiero á don Arístides. Mi ilustre amigo

le quiere como siempre. Lamenta un poco lo que ocurrió aquella noche en

mi casa; pero ahora, gracias al tiempo transcurrido, lo ve con frialdad,

lo mismo que lo vi yo desde el primer momento. Una humorada un poco

fuera de tono; un capricho genial de poeta, como digo á todos... Las

cosas se arreglarán, amigo Claudio. Déjese llevar por las exigencias

sociales como si fuesen olas dulces. Después ya se saldrá de la

corriente, cuando lo juzgue oportuno, para hacer sus gustos, pero

siempre sin escándalo... Siga los consejos de nosotros tres, que le

queremos.

Al quedar solo el joven, resurgió en su memoria la imagen de Rosaura tal

como la veía un año antes, entre las florestas de la Venusberg.

En días anteriores era una pálida imagen, falta de vida, logrando

evocarla sin que despertase en él vibración alguna. La tenía cerca,

podía verla en cualquier momento, repitiendo la escena del _dancing_,

perturbando sus nuevos amores, y la convicción de tal potencia le

mantenía inactivo, en resignada calma. Al saberla ahora lejos, fugitiva

con aquel hombre de gustos frívolos, hábilmente egoísta para asegurarse

una vida de lujo por medio del matrimonio, fuera ya de su alcance,

imposibilitado de adivinar dónde se encontraba, resurgía en su recuerdo

como la Venus medieval emerge ante los ojos del caballero Tannhäuser,

desnuda, luminosamente blanca, cual una nube hecha carne, entre las

valvas de la enorme madreperla que le sirve de lecho.

Ya no la comparaba ahora con un ave doméstica. Desplegaba sobre la

inmensidad azul sus alas blancas de paloma de Afrodita, majestuosa como

un águila, pero en su vuelo iba hacia otro.

--¡Y no la veré más!--dijo con voz de lamento--. ¡Ay! ¿quién me la

devolverá?...

Seguía pensando en esto á media tarde, cuando llegó don Baltasar

Figueras, acompañado hasta la puerta del «villino» por un doméstico de

la Embajada de España.

El canónigo se mostró discreto. Con una curiosidad casi infantil quiso

ver y tocar el vendaje que aún llevaba el joven en la pierna herida.

Escuchó luego el relato del encuentro, formulando preguntas pueriles

para explicarse ciertos detalles.

--¡Las majaderías que hacen los hombres!...

Pero á tal exclamación unía cierto orgullo, pensando que uno de su

familia había expuesto la vida tranquilamente, como lo hicieron en otros

siglos, yendo de torneo en torneo, ciertos caballeros andantes del reino

de Aragón que ostentaban ante su nombre el título de «Mosén».

Evitó alusiones directas á la dama que él había conocido en la Costa

Azul, autora inconsciente de tales hechos dramáticos. Su honestidad

eclesiástica le hizo evitar estas y otras escabrosidades de la

conversación.

--Creo que después de las tonterías que llevas hechas--dijo con un

acento severo que no causó mella en su oyente--, renunciarás á tu vida

actual. La verdadera culpa de todo la tiene tu existencia de vagabundo,

sin familia, sin mujer, sin casa. Esta mañana hemos hablado de ello don

Arístides y yo. El se muestra dolido, y con razón, de lo que ha pasado;

pero te quiere, y lo mismo ese pobre ángel de Estelita, y hasta su tía,

que tiene su geniazo, pero en el fondo es una buena de Dios. Te perdonan

y te esperan. No digas que no; para algo me ha traído la Providencia

aquí. Les harás una visita conmigo. Nada de hablar de lo que ya está

olvidado. Yo te ayudaré... Volverás á vivir con la familia de tu antiguo

tutor, lo mismo que antes de que conocieras á esa señora. Lo que debe

ser será. Como don Arístides goza de tanto poder en el Vaticano, puede

arreglar tu boda en pocos días, suprimiendo trámites. Te advierto que no

me voy de aquí sin dejarte casado con Estelita.

Y creyó que con esto quedaba dicho todo.

A la mañana siguiente salió Borja por primera vez de su casa, para

buscar al canónigo en un hotelito de la calle del Governo Vecchio, muy

frecuentado por clérigos á causa de su proximidad á la Ciudad Leonina, y

que le había servido de alojamiento en todos sus viajes á Roma.

Andaba Claudio sin dificultad, apoyándose ligeramente en su bastón,

gozando las delicias del movimiento, del aire libre y del sol, en una

mañana suave, cuya luz dorada, cernida por nubes sutiles, daba cierto

color de naranja á las piedras antiguas.

Figueras, al salir de su alojamiento, le hizo saber que estaban

invitados á almorzar en la Embajada de España á la una de la tarde. Pero

era oportuno presentarse antes, para que se restableciese la cordialidad

entre Claudio y la familia de don Arístides.

--Ahora son las diez. Nos iremos allá á las doce, cuando disparen el

cañonazo en el castillo de Sant Angelo.

Como ya no le inspiraban preocupaciones los asuntos de su sobrino,

volvió otra vez á pensar en «su tema», excitado por el ambiente de Roma.

--Necesito ir, antes del almuerzo, á echar un vistazo á las famosas

Estancias, decoradas por el Pinturicchio.

Mientras caminaban hacia el Tíber, siguiendo luego por el puente de Sant

Angelo y las calles rectas y estrechas de la Ciudad Leonina, don

Baltasar formuló una vez más sus protestas contra los «grandes

calumniados», como él llamaba á los Borgia.

--A Lucrecia ya le hicieron justicia. El protestante Gregorovius y otros

historiadores han probado que esta dama, muerta á los treinta y nueve

años, de mal parto, no fué nunca la mujer sensual ni la envenenadora

inventada por los enemigos de su familia, y que ciertos poetas de

nuestra época ennegrecieron aún más, caprichosamente. Siendo princesa de

Ferrara, ella que en su juventud había figurado como la mujer más

elegante de Europa, renunció á las vanidades mundanas, se despojó de

joyas y ornamentos, entregándose á la vida piadosa, fundando monasterios

y hospitales, sin abandonar por ello el cuidado de sus hijos ni los

deberes representativos de una princesa reinante. Su muerte, ocurrida en

1519, fué la de una buena madre, mostrándose serena, piadosa y cristiana

hasta el último momento. Todavía en la antevíspera escribió doña

Lucrecia de su propio puño al pontífice León X, con el que estaba en

correspondencia frecuente. Por sus cartas sabemos que hacía diez años

que llevaba bajo sus vestiduras majestuosas un áspero cilicio y dos años

que se confesaba todos los días, comulgando semanalmente.

Todo el pueblo de Ferrara lloró su muerte. Alfonso de Este, su esposo,

rudo soldado que escribía al pie de su firma «bombardero», como el mejor

de sus títulos, vivió quince años más, pero acordándose siempre de ella.

Sin fijarse en que Claudio no parecía mostrar en aquel momento gran

interés por esta rehabilitación histórica, el sacerdote continuó:

--El último en morir de la familia Borgia fué don Jofre, príncipe de

Esquilache. Este joven, que César tuvo siempre como «hombre para poco»,

débil de cuerpo y encogido de ánimo, debió sentirse feliz al verse solo

en la tierra.

Su mujer, la inflamable doña Sancha, había fallecido en 1506, luego que

César la hizo sacar del castillo de Sant Angelo, donde estaba encerrada

por orden de su suegro el Papa, enviándola á Nápoles. Al morir, aún no

había cumplido veintisiete años.

--Aquella gente vivía muy aprisa, yéndose del mundo antes de tiempo. A

pesar de su mala fama, he leído, en cartas de algunos españoles de

entonces, que fué doña Sancha «muy acabada y valerosa princesa, y muy

favorecedora de España». Fuese como fuese, lo cierto es que don Jofre,

viéndose viudo á los veintitrés años, se marchó á nuestro país, donde

casó con una hija del conde de Albaida, quedándose allá, en la obscura y

humilde dicha de los que no tienen historia.

Mostró Claudio Borja un repentino deseo de saber algo que había excitado

su curiosidad repetidas veces.

--¿Y don Michelotto?--preguntó--. Nadie habla de él después de la muerte

de César, ni figura durante los últimos años de éste, cuando estaba

prisionero en España.

Sonrió el canónigo, haciendo al mismo tiempo un gesto de cómico terror.

--¡Micalet Corella!... ¡Qué tipo!... Efectivamente, nada he leído sobre

el final de su vida terrible. César salió de Italia sin poder verle. Don

Miguelito, luego de defender como perro rabioso los dominios de su amigo

y señor, cayó prisionero de los florentinos con otros partidarios de

César, y el nuevo papa Julio II consiguió que se lo enviasen á Roma,

encerrándolo en el castillo de Sant Angelo. Aquí le hizo dar tormento

con la esperanza de que confesase los crímenes de César. El testimonio

de este hombre considerábalo precioso para incoar un terrible proceso

contra el duque de las Romañas... Pero el duro don Micalet aguantó toda

clase de suplicios sin hablar, manteniéndose fiel á su protector.

Indudablemente le preguntaron acerca de muchos delitos imaginarios que

César no había cometido nunca. ¡Le inventaban tantos!... Como si no

tuviese bastante con los que resultan completamente ciertos...

Calló Figueras, repasando sus recuerdos, para añadir poco después:

--Ni una palabra sobre don Michelotto, luego de su encierro en Sant

Angelo. La noche cae sobre su nombre. Tal vez murió á consecuencia de

los tormentos. Es posible igualmente que recobrase su libertad y lo

mataran en una emboscada al verle solo, sin el auxilio de aquellos

temibles compañeros de aventuras, que había tenido que licenciar.

¡Resultaban tan numerosos sus enemigos!... También pudo ser que

consiguiera huir á España y pasase el resto de su existencia al lado de

su hermano el marqués de Cocentaina, aquel Corella de nacimiento

legítimo, que salvó al papa Borgia de un león, aquí cerca, en el

Belvedere. Nada tendría de extraño que en nuestra tierra viviese y

muriese como un hidalgo, buen creyente, pasando los días en la iglesia

del pueblo y relatando sus aventuras á los hijos de su hermano.

Después de oír esto, Claudio Borgia volvió á acoger con indiferencia las

palabras de don Baltasar.

Se iban cruzando en las estrechas calles con damas extranjeras que

volvían de la iglesia de San Pedro. Eran norteamericanas pertenecientes

á una peregrinación. Sin saber por qué, las encontró el joven alguna

semejanza con la mujer que llevaba en su pensamiento. En realidad, no

existía ningún parecido físico; eran rubias las más, y la otra tenía los

ojos y el pelo negros. Pero había de común entre ellas cierto aire de

soltura gimnástica, la buena conservación de la carne por los cuidados

higiénicos, esa uniformidad del bienestar que caracteriza á la mujer

rica. La ausente era una viajera como todas ellas, y la vida de gran

hotel, de _dancing_, de _sleeping_, de lujosos trasatlánticos, las

unificaba con el mismo aire inconfundible é indescriptible que aglomera

á los individuos de una nación, emparentándolos, aunque sus aspectos

particulares sean distintos.

Después de varios días de encierro, le impresionaba el continuo paso de

estas extranjeras, que en otro momento le habían parecido transeuntes

vulgares.

«¡Y no la veré más!--pensaba--. ¡Y la he perdido para siempre!...»

El canónigo continuó hablando.

--Así como ahora existe una Lucrecia completamente distinta al monstruo

que inventó la fantasía, también empieza á dejarse ver un Alejandro VI

que no es el bandido creado por sus calumniadores. Yo soy clérigo y me

está prohibido hablar contra los Papas; mas sin incurrir en pecado,

puedo establecer una diferencia entre los hombres y la sagrada función

pontifical que ejercieron, y te digo que Juliano de la Rovere, ó sea

Julio II, procedió como un malvado al denigrar á su antecesor, acogiendo

todas las calumnias, por disparatadas que fuesen, para difundirlas, y

dando protección á cuantos quisieron escribir contra los Borgia... El

tal Rovere, tú sabes que tuvo hijos, lo mismo que Alejandro VI, y además

fué aficionado á otras cosas infames no conocidas por nuestro

compatriota.

Al surgir la reforma protestante, necesitaban sus escritores concretar

sobre la cabeza de algún Pontífice todos los vicios y delitos de la

corte de Roma durante siglos, y Julio II les daba ya hecho el trabajo

con la leyenda contra los Borgia, de reciente formación.

Este Papa, que fué grande por lo mucho que le dejaron preparado ó

realizado Alejandro VI y su hijo, continuó la calumnia contra ellos, aun

después de muerto, por medio de los escritores que aceptaron á ciegas su

falsa y apasionada información.

El mayor defecto de Rodrigo de Borja había sido tomar á risa lo que

inventaban contra él: su falta de miedo al juicio de la posteridad, su

bondadosa pereza, que nunca se tomó el trabajo de rectificar la mentira

diaria.

--Que hablen--decía--. Al pueblo romano hay que permitirle el insulto, y

así se deja gobernar mejor.

Los enemigos del Papado encontraban á su disposición un Pontífice,

víctima expiatoria preparada por otro Pontífice. Además era español, del

país que sostuvo con su espada la unidad religiosa del mundo. ¿Qué más

podían desear?...

--Y durante tres siglos, casi hasta nuestros días, los historiadores se

han copiado unos á otros, sin tomarse el trabajo de subir hasta las

fuentes originales.

Luego el canónigo añadió, con una cólera reconcentrada que no podía

inspirarle ningún suceso contemporáneo:

--Hasta los españoles aceptaron la calumniosa leyenda de los Borgia,

dejándose influenciar por autores extranjeros que repiten falsedades sin

comprobarlas antes. Sólo en el curso de nuestra vida ha empezado á verse

un nuevo Alejandro VI. Yo mismo--dijo con cierta modestia--he

contribuído un poco á tal justificación. El hombre que escribe á su hijo

unas cartas que sólo éste debe leer, dándole consejos morales é

instrucciones religiosas, no tiene la menor relación con el monstruo

sádico inventado por los folicularios de aquella época, celebrando

orgías con toda su familia.

Le hizo insistir el entusiasmo en sus afirmaciones optimistas y

enérgicas.

--Alejandro fué un gran Pontífice, y hasta su hijo César (la peor

persona de la familia) resulta igual á los príncipes de su época. Sólo

se diferencia de ellos por tener más talento y mayores condiciones de

energía y actividad. Muchos de los crímenes que le atribuyen son

indignos de su inteligencia y su carácter. Cuando César se decidía á

obrar como malvado, por razones políticas ó particulares, realizaba sus

delitos con una franqueza bárbara ó con una habilidad diplomática que

arrancó gritos de admiración á Maquiavelo.

Marchaba Claudio al lado suyo sin oirle, pero él continuó su peroración

como si el otro le escuchase, y una sonrisa irónica acompañó sus

palabras.

--¡El veneno de los Borgia!... Ya sabes cómo lo fabricaban; una

invención absurda, digna de la medicina y la farmacopea de aquellos

tiempos, si es que realmente se puso en práctica alguna vez. Hartaban á

un cerdo de alimentos cargados de arsénico, luego lo apaleaban, y la

baba que iba soltando la recogían para que sirviese de veneno. Es cierto

que el arsénico deja sus huellas en los envenenados, pero más discretas,

menos visibles y escandalosas que las mencionadas por los enemigos de

los Borgia. Cuando un cardenal ó un gran señor moría cubierto de

pústulas ó grandes abcesos con numerosos orificios, era voz general que

lo había matado el «veneno de los Borgia». ¡Como si de faltarles este

veneno no hubiesen llegado á morir nunca! ¡Como si no existiesen

enfermedades entonces!... Precisamente acababa de aparecer la terrible

dolencia vergonzosa que tú sabes, extendiéndose por toda Europa, sin

respetar á Papas ni á reyes. Para su curación se recetaban los remedios

más extravagantes. Tampoco se conocía la verdadera naturaleza de la

diabetes, y hay que pensar la vida de continuo banqueteo y excesos en

bebidas y dulces que llevaban los próceres y prelados del Renacimiento.

Apenas enfermaba alguno de ellos, perdiendo sus fuerzas y cubriéndosele

el cuerpo de abcesos, se atribuían dichos tumores al «veneno de los

Borgia». Era el resto del tósigo que se escapaba por la epidermis, y el

único remedio, según la medicina de la época, consistía en beber caldo

de culebra negra ó buscar centenares de perros, gatos ó gallos,

abriéndolos vivos para aplicarlos con todo su calor sobre el enfermo.

Hizo una pausa el canónigo, y añadió:

--Indudablemente, dar veneno á los enemigos era entonces una regla

aceptada por todos los jefes de gobierno. Los más de los príncipes

tenían á su devoción alquimistas encargados de buscar nuevos tósigos, y

una de las mayores preocupaciones de Alejandro y su hijo no fué

envenenar á los demás, sino librarse ellos del veneno ajeno, cuyos

verdaderos efectos resultaban más disimulados que el de muchas

enfermedades naturales, mal conocidas en aquel tiempo.

Habían llegado á la plaza de San Pedro, admirando Figueras, como

siempre, las columnatas semicirculares y la enorme cúpula de la

basílica.

Mostróse emocionado una vez más por el aspecto majestuoso del monumento.

Era un símbolo de la universalidad de sus creencias... Y acto seguido

acopló en su imaginación el recuerdo del Pontífice que él llamaba «su

Papa» á dicha grandeza arquitectónica.

--Nunca puedo ver esto--dijo--sin pensar en nuestro Alejandro. Sé bien

que se construyó luego de su muerte, pero nadie me negará que durante su

pontificado llegó el catolicismo á su mayor grandeza. Después de los

primeros siglos del triunfo de la Iglesia, la cristiandad romana empezó

á perder gente, en vez de aumentar sus prosélitos. Los griegos nos

abandonaron, llevándose una parte de Europa, y luego de muerto el papa

Borgia, sus inmediatos sucesores perdieron otra parte al rebelarse los

pueblos afectos á la Reforma. El catolicismo, tal como es actualmente,

inicia su desarrollo bajo el gran Papa español. En su tiempo se descubre

la América; él es quien reparte el mundo entre españoles y portugueses;

Colón le escribe en castellano (á pesar de que Rodrigo de Borja llevaba

viviendo en Italia tres cuartas partes de su existencia) contándole que

ha descubierto trescientas leguas de la costa de Asia, el Japón y un

sinnúmero de islas inmediatas. Veinte naciones americanas son ahora

católicas, al otro lado del Océano, por haber nacido á la vida cristiana

en tiempos de nuestro Alejandro. Más de cien millones de seres acatan á

Roma en el opuesto hemisferio por el proselitismo del papa Borgia, que

se apresuró á enviar misioneros á América en el segundo viaje de

descubrimiento. Se comprende el orgullo de aquel Pontífice. ¿No

habríamos incurrido nosotros en el mismo pecado?... Realizaban los

españoles el prodigio de llegar á Asia por Occidente (pocos sospecharon

entonces que se había descubierto un nuevo mundo), y el Pontífice

consagrador de tan inaudita hazaña era también español. Un creyente como

Alejandro VI debía ver en ello la mano de la Providencia.

Claudio sólo pensaba en la visita que iba á hacer hora y media después á

don Arístides y su familia.

Seguiría su destino. Una voz burlona parecía gritarle desde el fondo de

su memoria: «¡Adiós, caballero Tannhäuser!»

Iba á acabar su vida de locuras. Se contentaría con una existencia

reposada, dulcemente monótona, sin delirios felices y sin conflictos.

Sería el marido de Estela; y la misma voz lejana repetía como un eco

lamentoso: «¡Pobre Estela!»

Se aproximaron á una puerta del Vaticano, y el canónigo, como si hablase

ante una muchedumbre de diversas creencias y razas, siguió diciendo:

--Y para los que no pertenecen á nuestra religión, el pontificado de

Alejandro VI representa un gran acontecimiento histórico, el mayor tal

vez de nuestra raza... ¿Qué éramos los blancos nacidos en Europa? Una

minoría de la humanidad aglomerada en un continente estrecho. ¡Quién

sabe si, faltos los blancos de expansión, debilitados en una lucha

incesante por la propiedad del exiguo suelo, esos pueblos de Asia que

parecen inmensas colmenas ó interminables nidos de hormigas habrían

acabado por caer sobre los nuestros, esclavizándolos por la fuerza de su

inmensa superioridad numérica!... Pero descubrimos los españoles el

mundo americano en tiempos del papa Borgia, y gracias á nosotros pudo

Europa desarrollarse en la más prolongada de las masas continentales,

donde se repiten dos veces, á un lado y á otro de la línea ecuatorial,

todos los climas y todas las riquezas, triunfando con ello

definitivamente el hombre blanco sobre el resto del planeta.

Como si por primera vez se diese cuenta de la distracción de su sobrino,

cesó de andar y se volvió hacia él, señalando el palacio grandioso que

tenían enfrente.

--Me imagino--dijo con entusiasmo--la emoción de Rodrigo de Borja á

mediados de 1493, cuando sólo era Papa unos meses y el Pinturicchio iba

trazando sus primeras figuras en los salones que ahora llaman Estancias

de los Borgia. Había empezado á difundirse una noticia entre los miles

de españoles avecindados en Roma ó acudidos á ella para solicitar

mercedes del cardenal compatriota recientemente elegido Papa.

Uno de estos españoles-romanos, clérigo aragonés, llamado Lorenzo de

Cosco, que añadía á su calidad de presbítero el título de «generoso y

literato», traducía al latín, idioma universal de entonces, la carta

escrita por un tal Colón, desde Lisboa, á un judío converso, el

magnífico Gabriel Sánchez, tesorero del rey Fernando el Católico.

En ella relataba el marino las peripecias de su viaje con un centenar de

españoles y tres barcos á través del Océano.

--Iban en busca de las tierras del Gran Kan de la Tartaria, y las habían

encontrado por la ruta de Occidente, aunque sin poder llegar á su

capital, la rica Calambú, ó sea el moderno Pekín, descrita por Marco

Polo y Mandeville. El Papa español, entusiasmado por este suceso

providencial, facilitaba la impresión de la carta traducida por Cosco,

enviándola á todos los soberanos de la tierra... Y lo raro del caso fué

que Alejandro VI, que había vivido la mayor parte de su existencia en

Italia, hablase de Colón llamándolo español. También el italiano Jacobo

Trotti escribía á su señor, el duque de Ferrara, sobre las nuevas

tierras descubiertas por el «español» Colón... Esto resulta otro

misterio histórico, necesitado de luz, como la falsa leyenda de los

Borgia. ¿No lo crees así?...

Nada dijo Claudio. Tal vez no había oído las palabras de don Baltasar;

pero éste, sin percatarse de su indiferencia, siguió hablando:

--El papa Borgia fué el primero que hizo saber á los hombres, de una

manera que puede titularse oficial, el descubrimiento de América, que

aún no se llamaba América, y cuya verdadera naturaleza nadie había

llegado á presentir. ¿No te conmueve este recuerdo, evocado aquí mismo,

antes de que subamos á ver sus famosas Estancias?...

Cogió á Claudio de una solapa, mirándolo de cerca, al hacer dicha

pregunta, y el joven, aunque ignoraba á causa de su preocupación lo que

había dicho el canónigo, aprobó moviendo la cabeza.

Un lamento continuo seguía resonando en su interior. Era lo único que

podía oir:

«¡Y se fué para siempre!... ¡Y no la veré más!»

A los pies de Venus (los Borgia) · 第 22 / 23 题