El ocaso y la muerte

Envolvía á Claudio Borja una sensación de paz interior, de indiferencia

para cuanto le rodeaba. Era á modo de una brisa refrescante, venida del

infinito sólo para él, no pudiendo gozar nadie más su soplo.

Recordaba lo ocurrido veinticuatro horas antes, con el relieve de los

hechos recientes. Veía árboles de obscuro follaje limitando el

semicírculo de una planicie cubierta de hierba con florecillas. Ante sus

ojos, López Rallo, vestido de negro, con el cuello de su chaqué subido,

cual si cayese sobre él una lluvia invisible, el codo en escuadra, la

diestra cerrada y en alto, sirviendo de remate á este puño una gran

pistola.

Claudio estaba en la misma actitud, y á sus espaldas existía

indudablemente una arboleda igual á la otra. Enciso debía mantenerse

oculto en algún macizo de verdura, jadeante de emoción.

Sonaban tres palmadas, y una voz repetía dichos golpes de manos

numerándolos. Los dos bajaban el brazo hasta ponerlo horizontal.

El quería matar, más por egoísmo que por verdadera cólera. Necesitaba

desembarazarse del «hombre del monóculo». Y aprovechó un breve intervalo

entre las tres palmadas para rectificar su puntería, buscando el brillo

de aquel redondel de vidrio, que el otro había conservado por petulancia

tal vez.

Oyó el tiro de la pistola que tenía enfrente, un ruido muy lejano, y

apretó el gatillo de la suya; mas no pudo escuchar su detonación. En el

mismo instante sintió un golpe en la parte alta de su pierna derecha,

una contusión, que le hizo recordar la que había sufrido, siendo

pequeño, al recibir cierta pedrada en una contienda con otros de su

edad.

Se le ocurrió que el proyectil de su enemigo había chocado en el suelo,

levantando un guijarro que rebotaba hasta él. No podía ser una herida.

Se mantuvo de pie, sin sentir que le abandonasen sus fuerzas, rígido y

bien plantado, dispuesto á continuar el combate. Los padrinos les

entregarían nuevas pistolas para que prosiguiese el lance. El accidente

carecía de importancia.

Lo único que le pareció raro fué el calor de dicha piedra, cuyo contacto

resultaba cáustico, igual á una quemadura.

De pronto vió correr hacia él á los cuatro padrinos, á los dos médicos,

al encargado del jardín y otras personas que habían estado ocultas

presenciando el encuentro. Hasta el plenipotenciario Enciso surgió de

entre unos árboles, pálido, alzando las manos á impulsos de su emoción.

Todos habían visto vacilar á Claudio, inclinándose á su derecha, sin que

él se diese cuenta de ello.

Como si aguzase sus sentidos esta convergencia general hacia el lugar

ocupado por su persona, empezó á percatarse de que algo húmedo iba

deslizándose á lo largo de su pierna, brotando de la contusión producida

por la pedrada caliente. Era sangre que manaba de un orificio

repentinamente abierto en su pantalón, más abajo de la cadera derecha.

Todos estos hombres se lo llevaban, quitándole la pistola, sin escuchar

sus deseos de proseguir el combate. Tampoco entendía en realidad sus

palabras. Vió solamente en torno á su rostro gesticulaciones, ojos

inquietos, y escuchó frases que le parecían faltas de sentido.

Pretendieron llevarle en alto, pero Claudio los rechazó, marchando

fácilmente por sus propios pies. Una nueva fuerza le hacía invulnerable

para el dolor. La pierna herida la consideraba como si fuese de otro,

pareciéndole cada vez menos sensible.

Luego se veía acostado en una pobre cama, la del jardinero. Los testigos

permanecieron junto á la puerta, dejando así más espacio á los dos

médicos, que trabajaban en torno á él, después de haber bajado sus

pantalones, para apreciar la herida.

Se dió cuenta de que su cuerpo estaba perforado por un nuevo agujero.

Percibió contactos metálicos en la carne rota, pero ningún dolor que

resultase intolerable.

Oyó exclamaciones de asombro, y tendido como estaba, no pudo ver los

rostros de los que las proferían. Tal vez eran de horror ante la

enormidad de aquel desgarrón que apenas si le causaba más daño que un

simple pinchazo. Las heridas de muerte inmediata debían ser así.

Un dolor más agudo. Los médicos le hacían una incisión en la parte

interior de la pierna, y sintió repentinamente un grato aligeramiento,

comparable al del que pierde una muela cariada. El redondo proyectil le

había atravesado el muslo, quedando junto á la piel, y los operadores

acababan de extraerlo fácilmente por el extremo opuesto.

--Es lo que llamamos nosotros una herida de suerte--dijo el oficial

español que le había servido de padrino.

Todos se acercaban á la cama con la confianza de la tranquilidad. Daban

explicaciones los médicos hablando de arterias, músculos y huesos que

podía haber fracturado la bala.

--Unos cuantos milímetros á la derecha, tal vez uno nada más, y la

herida sería gravísima.

Al levantar Borja su cara pálida y sonriente, vió á Enciso en la puerta,

mirando á lo alto con devota expresión. Movía la cabeza y hablaba al

mismo tiempo con cierta incoherencia para los demás.

--¡Y luego dicen!... ¡Y todavía hay quien duda!...

Le vendaban la pierna, esparciéndose un fuerte olor de drogas

antisépticas, é iba por su pie hasta el automóvil, situado frente á la

casa del jardinero.

--Esto no es nada--dijo sonriendo.

Los cuatro padrinos le hablaron con cierta timidez. Su adversario

lamentábase de lo ocurrido y olvidaba la ofensa recibida. Quería

estrechar su mano. Claudio dejó de sonreir é hizo un gesto como si

repeliese á un insecto invisible: «¡Ah, no!»

Le parecía ridícula tal proposición, y pasaron por su memoria como

personajes simpáticos César Borgia seguido de don Michelotto. ¡Estos

eran hombres!... Representaban la brutalidad de la existencia humana con

todo su esplendor trágico, sin hipocresías.

Entretanto, Enciso iba diciendo á sus espaldas:

--Indiscutiblemente, un milagro... ¡Un verdadero milagro!

El médico de Borja contestaba, asintiendo con movimientos de cabeza:

--Herida asombrosa, mas no por eso hay que descuidarla.

Anunciaron á Claudio que le acometería la fiebre al cerrar la noche;

pero no sufrió la menor alteración en su temperatura, mientras

conversaba con todos los amigos del restorán, venidos á visitarle.

Sonaba con frecuencia la campana de la verja de su jardincito. Todas las

gentes que había tratado en comidas y bailes cuando estaba en buenas

relaciones con el embajador Bustamante venían á dejar su tarjeta y

preguntar por su salud. Su duelo era en aquellos momentos tema de

conversación en hoteles y legaciones.

Durmió con un sueño normal, como si nada le hubiese ocurrido, sin otra

sensación extraordinaria que un fuerte cosquilleo en la herida y un

hedor de drogas saturando su dormitorio. El médico que le había

examinado la noche anterior, asombrándose de su falta de fiebre, vino á

despertarlo á media mañana, seguido de Su Excelencia Enciso de las

Casas.

Recibió el herido á éste con un gesto burlón.

--Anoche pensé que de poco me ha servido su estampita de los Reyes

Magos.

El otro levantó las manos al cielo. ¿Y aún dudaba del prodigio?...

Gracias á su precaución, la bala había atravesado nada más que los

«tejidos blandos» de la pierna, como decían los médicos, sin tocar algo

esencial que representase un peligro grave.

--Crea usted, amigo mío, que en el primer momento sufrí un gran susto.

Anoche todavía estaba impresionado, y hablé de ello con... ciertas

personas amigas. En realidad, es ahora cuando me convenzo de que no

pasará nada, después de oir las explicaciones del doctor.

Y el médico italiano, complacido de que tan importante personaje diese

fe á sus palabras, continuó hablando de la herida. Se mostraba

maravillado del vigor del joven, de la fuerza de sus tejidos para

rehacerse. En pocas semanas quedaría completamente cerrado aquel

orificio de la pierna, sin más que una ligera señal. Podía caminar en

aquel momento sin dificultad, cojeando ligeramente, pero resultaba

preferible que guardase reposo. Esto facilitaría la cicatrización.

Pasó la tarde solo. Le cansaba recibir visitas, hablando horas y horas

con aquellos amigos que venían á su estudio como á un café, llenándolo

de humo con sus cigarrillos, conversando siempre del lance y de su

adversario.

Estando á solas volvía á caer en aquella tranquilidad sobrehumana que le

hacía ver los sucesos recientes como si fuesen lejanísimos. El «hombre

del monóculo», y hasta la misma Rosaura, los creía personajes

imaginarios conocidos en una novela, cuyas formas vagorosas podía

cambiar al capricho de su pensamiento.

Indudablemente existían, pero ¡le interesaban ahora tan poco!... Su

voluntad parecía haberse paralizado desde que recibió en una de sus

piernas la pedrada caliente.

Con el deseo de entretener estas horas solitarias, buscó sus libros

favoritos, abandonados varios días sobre una mesilla árabe del estudio.

Otra vez se puso en contacto con la vida de cuatro siglos antes. César

Borgia, que había atravesado su imaginación en el momento de sentirse

herido, volvía á buscarle con su fiel y terrible don Micalet.

Empezaba la hora del ocaso para «nuestro César». Iba á ser vencido por

las misteriosas é inesperadas combinaciones de la suerte en el momento

que se veía más poderoso.

Algo semejante á lo que acababa de ocurrirle á él, recibiendo una herida

«estúpida» precisamente cuando se creía más seguro de meter una bala en

el ridículo disco de cristal ostentado por su adversario.

«La vida es ilógica--pensó--, y por eso no la dominamos nunca.»

En Julio de 1503 únicamente tenía que hacer el duque de las Romañas un

paseo militar por los territorios de la Iglesia, afirmando para siempre

la potencia temporal del Pontificado y su propia autoridad. Sólo le

quedaban por conquistar unos pequeños feudos de los Orsini, trabajo

fácil que había dejado para el último momento.

Cada vez veía más segura su gran empresa de la unificación de Italia.

Cierta parte de la Toscana, Perusa, Piombino y las islas de Elba eran ya

suyas. Pisa le llamaba, admirándolo como un salvador. Siena no quería

defenderse de él. Florencia estaba convencida de que fatalmente acabaría

por pertenecer á este capitán invencible.

Después de incorporar la Toscana á los Estados pontificios, podría

apoderarse del Milanesado y la República de Génova, donde no le faltaban

amigos, atacando finalmente al mayor de sus adversarios, la República de

Venecia, poco temible y vulnerable en una guerra terrestre. Terminadas

tales conquistas, el reino papal recogería sin dificultad, como frutos

maduros, Nápoles y Sicilia, siendo las avanzadas en el Mediterráneo de

esta Italia borgiana Córcega y Cerdeña.

Un plan tan vastísimo no podía realizarse durante el pontificado de su

padre, que ya contaba setenta y dos años; pero él sólo tenía

veintisiete, y recordando las grandes victorias conseguidas en los

últimos tres años, bien podía forjarse la esperanza de triunfar antes de

la madurez de su vida.

Para ser el verdadero soberano de esta Italia unificada bajo la Iglesia,

había ido preparando un Sacro Colegio de cardenales adictos, italianos y

españoles. Después de la muerte de su padre, él sería el jefe de los

consistorios, eligiendo á su gusto á los futuros Pontífices, y éstos se

circunscribirían á ejercer el poder espiritual, delegando en su persona

todas las funciones temporales.

«Mas César, siempre vencedor hasta entonces--se dijo Claudio--, ignoraba

la existencia del microbio, y unos cuantos gérmenes palúdicos bastaron

para derribar de un solo golpe la naciente y famosa dinastía de los

Borgia.»

Mantenían las lagunas cercanas á Roma, con sus nubes de mosquitos, la

fiebre palúdica todo el verano, matando diariamente centenares de

personas.

Se quejaba el Papa, el 12 de Agosto, de un acceso de fiebre; el 16 y el

17 lo sangraban copiosamente, dándole varios brebajes algo extravagantes

dignos de la medicina de entonces; y el 18, considerando cercano su fin,

se confesaba y pedía la comunión, haciendo que celebrasen una misa junto

á su lecho. Al terminarse ésta, sentía venir la muerte; al anochecer le

administraban la extremaunción, y fallecía pocas horas después, rodeado

de sus domésticos, casi todos españoles, y de algunos cardenales de

igual nacionalidad.

César Borgia no podía visitar á su padre. El también estaba enfermo,

casi agonizante, en otro piso del Vaticano, encima de la habitación

mortuoria del Pontífice.

Era igualmente víctima de la fiebre, agravada por violentos «accidentes

terciarios» de la sífilis, enfermedad contraída tres años antes, á

mediados de 1500. El antifaz negro que llevaba al principio, por afición

á la vida misteriosa y deseo de pasar inadvertido, le resultaba ya

necesario para ocultar los estragos de su cara. El príncipe «rubio y

bello», reputado como el más hermoso señor de Roma, tenía el rostro

violáceo, cubierto de erupciones cutáneas. Su epidermis se había

obscurecido. Sus narices empezaban á ser achatadas y muy anchas,

acrecentando esta repentina fealdad la horrible leyenda que envolvió los

últimos años de César.

El azar de que el padre y el hijo hubiesen caído enfermos de muerte á un

mismo tiempo dió nuevo pretexto á los calumniosos «se dice» con que

embajadores enemigos y folicularios al servicio de las desposeídas

familias feudales abrumaban á los Borgia.

Como todo lo de César debía ser extraordinario, el populacho romano

inventó unos terribles procedimientos terapéuticos empleados por el

médico español Gaspar Torrella, para salvarlo de su crisis mortal, y que

únicamente un hombre de su temple podía soportar. Habían abierto el

vientre á una mula, según unos, y á un toro, según otros, para meter

desnudo al enfermo dentro del cuerpo de dicho animal, chorreando sangre

y agitado por las convulsiones agónicas. A continuación sumergían al

paciente en una enorme tinaja llena de agua casi congelada.

Tales invenciones populares obedecían sin duda á que el valenciano

Torrella, médico de gran celebridad (hecho obispo por el Papa para que

cobrase las rentas de su diócesis), había aplicado á César un

tratamiento riguroso de inmersiones frías, y por antítesis, inventaba el

vulgo lo del encierro en el cuerpo caliente de un gran cuadrúpedo

destripado.

Se salvaba el Valentino, pero su curación era muy lenta y quedaban en su

rostro para siempre las huellas de esta crisis mortal.

Como Alejandro VI había muerto á consecuencia de una enfermedad

microbiana de rápida evolución, y era grande y obeso de cuerpo, su

cadáver se hinchaba inmediatamente, descomponiéndose. Su cara, negra y

tumefacta, resultó á las pocas horas inconocible.

Este desfiguramiento no pudo ser disimulado, ni tampoco la súbita

putrefacción del cadáver, y como el pueblo no tenía el menor concepto de

tales fenómenos orgánicos, dió curso libre una vez más á su fantasía

ávida de cosas dramáticas, suponiendo al Pontífice víctima del veneno.

En aquel entonces sólo los Borgia podían envenenar, y el crédulo

populacho inventó que todo lo ocurrido era obra de una equivocación, por

haber tomado el Papa y su hijo en una cena el mismo veneno que

destinaban al cardenal Corneto.

Tres meses después de la muerte de Alejandro VI, el humanista Pedro

Mártir de Anghiera, protegido de los Reyes Católicos y enviado de

España, fué el primero que se hizo eco de este cuento en una de sus

muchas cartas, elegantes, amenas, pero escritas con deplorable ligereza.

Todos los denigradores del Pontífice difunto se basaron inmediatamente

en dicha epístola para hablar una vez más del terrible «veneno de los

Borgia», añadiendo nuevos detalles á la leyenda popular.

El Papa y su hijo llegaban á «la viña» ó casa de recreo del cardenal

Corneto, acompañados por el cardenal español Remolino y otros dos

príncipes de la Iglesia. Alejandro VI había hecho traer á su bodeguero

del Vaticano varias botellas de vino, una de ellas con veneno, destinada

á Corneto. Pero al llegar, Alejandro y César sentían una sed violenta, y

el bodeguero papal les servía con tal precipitación que se equivocaba,

dándoles el vino envenenado.

«Y esta historia inverosímil--siguió pensando Claudio--ha vivido tres

siglos, copiándola los escritores unos de otros, hasta que, casi en

nuestros días, un examen ligero ha bastado para probar lo absurdo de su

trama. ¡Varios convidados que llegan á un banquete llevando botellas de

vino suyo, para que beba de una de ellas el dueño de la casa nada

más!...»

Era verdad que el Papa y César habían cenado en casa del cardenal

Corneto, pero el 5 de Agosto, sin que nadie sintiese en los días

siguientes la más leve indisposición. Sólo el 10, pasados cinco días,

fué cuando el Papa mostró cierto malestar; el 12 sufrió los síntomas

preliminares de la fiebre, llamando por primera vez al médico, y no

murió hasta el 18.

Contaba setenta y dos años de edad, y estaba gastadísimo por sus

preocupaciones de gobernante más aún que por los placeres carnales,

prolongados hasta su vejez. A nadie sorprendió su defunción ni tenía

nada de extraordinario que César enfermase de fiebre al mismo tiempo que

él, pues dicha dolencia perniciosa mataba algunos días en Roma más de

cien personas, sin distinción de clase social.

Varios cardenales y arzobispos residentes en la ciudad perecieron en las

semanas anteriores al fallecimiento de Alejandro VI. El 1.º de Agosto,

diez y ocho días antes de su muerte, vió el Pontífice desde una de las

ventanas del Vaticano el entierro de su sobrino Juan de Borja (el

menor), cardenal de Monreale. Cual si presintiese su próximo fin, el

Papa, que en aquel momento estaba sano, dijo melancólicamente á sus

familiares:

--El difunto era vigoroso y abultado como yo. Este verano va á resultar

fatal para los que somos obesos.

César, más joven y enjuto de cuerpo, lograba escapar de la muerte, pero

con grandes trabajos y quedando por mucho tiempo inmóvil en su lecho.

Hablando semanas después con Maquiavelo, le decía tristemente:

--Todo lo que podía ocurrir después del fallecimiento de mi padre lo

había yo previsto y remediado. Pero nunca se me ocurrió pensar que me

vería enfermo de muerte al mismo tiempo que él.

A pesar de hallarse moribundo, este hombre extraordinario tenía la

lucidez y la energía sobrehumanas de ordenar todo lo preciso para hacer

frente al doble desastre, la desaparición de Alejandro VI y su propia

agonía.

Varias veces por hora enviaba emisarios á las habitaciones inferiores

donde estaba su padre, para conocer los progresos de su enfermedad y

finalmente las angustias de sus últimos momentos.

Cuando le dieron la noticia de que el Papa había expirado, llamó á su

fiel don Michelotto, hablándole al oído. El fallecimiento del Pontífice

era el principio de una guerra, y para sostenerla resultaba

indispensable tener mucho oro. Y encargó á su terrible _alter ego_ que

se apoderase inmediatamente del tesoro del Vaticano.

Mandatos de tal clase los aceptaba don Micalet como si le invitasen á

una fiesta. Espada en mano, exigió la llave del tesoro al camarlengo

encargado de su custodia, ahuyentando luego á cuchilladas á otros

funcionarios papales. Con tal fervor servía á su amigo y amo, que se

llevó á las habitaciones del duque moribundo, no sólo las arcas llenas

de dinero, sino también muchas joyas valiosas de la Santa Sede.

Fuera del palacio no era menor el desorden. La tribu de los Orsini, que

vivía oculta, temiendo á César, se lanzaba á las calles al conocer la

muerte de su padre. Los Colonna formaban un pequeño ejército, avanzando

hacia Roma á marchas forzadas. Los Savelli, fugitivos desde años antes,

volvían á su palacio, convirtiéndolo en fortaleza. Todos los vasallos de

la Iglesia desposeídos de sus feudos y los _condottieri_ enemigos del

Papa aparecían repentinamente en la metrópoli pontificia ó en sus

antiguas tierras.

Los españoles residentes en Roma y los italianos amigos de los Borgia

se veían obligados á levantar barricadas frente á sus palacios ó casas.

La Ciudad Eterna estaba en revolución. Por todas partes riñas, choques

de partidos opuestos, que hacían sucumbir docenas de personas.

Asaltaban los Orsini las viviendas de los españoles para robarlas y

quemarlas. Los Colonna, sus eternos adversarios, olvidaban por unos días

el odio secular para vengarse de César y sus amigos.

Las más estupendas ficciones circulaban en Roma sobre la muerte de

Alejandro VI, inventadas por las familias enemigas de los Borgia.

Siete diablos habían aparecido junto á su cama para llevárselo, apenas

muerto. Esto era porque Alejandro, en el momento de su elección, había

vendido su alma al demonio á cambio de doce años de pontificado. «Al

morir--según escribía uno de la familia Gonzaga--se levantó en su cuerpo

un gran hervor y espumeó su boca como una marmita puesta al fuego.»

Tales patrañas se basaban en la hinchazón y rápida descomposición de su

cadáver. Tan voluminoso era al fin, que resultaba difícil acoplarlo en

el ataúd é imposible cerrar la tapa de éste.

Mientras tanto, el duque de las Romañas, sobreponiéndose á su desaliento

con prodigios de voluntad y ocultando la tristeza que le causaba verse

inmovilizado en su lecho, hacía frente á todo. Dictó órdenes

imperiosamente, como si no dudase de que continuaba siendo el amo de

Roma; se impuso al Colegio de cardenales, obligándolo á reconocer su

calidad de gonfaloniero, capitán indiscutible de la Iglesia, no

permitiendo que otros se encargasen de reprimir los desórdenes públicos.

Por suerte para él, don Michelotto estaba sano, y al frente de la

guardia personal del duque imponía respeto á sus enemigos en las calles.

Los alborotadores del bando Orsini y del bando Colonna cesaban en sus

agresiones á los españoles así que presentían la proximidad de don

Miguelito, el perro feroz de César.

En vano amenazaban á este último con que el rey de España iba á enviar

contra él las tropas que tenía en Nápoles, y Luis XII haría lo mismo

desde el Norte. Tendido en su lecho de dolor, obligaba á los delegados

del Sacro Colegio y á los representantes de los diversos partidos á

venir á tratar con él directamente. Mientras Micalet Corella y sus

hombres se imponían á los revoltosos, gracias á su disciplina, él,

empleando una diplomacia genial, estorbaba que los Colonna se aliasen

con los Orsini, atrayéndolos finalmente á su causa.

Otros amigos de indiscutible fidelidad quedaban á su lado, el escritor

Agapito de Amalia, su secretario inseparable, y el obispo de Chiusi,

llamado Bonafede, un italiano joven y bravo, con más de guerrero que de

capellán, tan atrevido y feroz como don Michelotto y dispuesto á dejarse

matar por César. Este conseguía siempre que sus íntimos lo adorasen

hasta el sacrificio.

Desde su cama iba dictando un nuevo tratado de alianza con Luis XII, que

firmó el embajador francés. El Sacro Colegio, obedeciendo sus órdenes,

enviaba heraldos por toda Roma para que pregonasen en nombre del

gobierno pontificio que todo el que atentara contra el duque de las

Romañas ó los suyos sería condenado á la pérdida de la vida y sus

propiedades.

El protocolo del cónclave exigía que ninguna persona que llevase armas

pudiera permanecer en Roma durante la elección de un nuevo Pontífice, y

cumpliendo dicho mandato, los Orsini, los Colonna y otras facciones

habían salido ya de la ciudad el 2 de Septiembre.

César tuvo que hacer lo mismo al frente de su pequeño ejército, pero con

otro aparato que dichos señores italianos, ostentando el lujo de un gran

príncipe seguro de su poder, sobreponiéndose de un modo heroico á su

enfermedad para mostrarse en público.

Antes de salir de Roma pagó á sus tropas con las riquezas arrebatadas

por don Michelotto. Abrían la marcha trece piezas de artillería, cañones

y bombardas, y cien carros conteniendo los equipajes del duque. Su

caballería escoltaba este convoy, mostrando todos los jinetes un aspecto

uniforme y silencioso, revelador de la sólida disciplina mantenida por

una mano severa. Así abandonó el Vaticano, saliendo de él por la puerta

Viridaria.

Hasta en la rapidez de esta retirada guardó César las apariencias

majestuosas y la dignidad que no le abandonaron nunca. Doce alabarderos

lo llevaban en hombros sobre una camilla cubierta de brocado carmesí.

Detrás de él venía su caballo de batalla con caparazón de terciopelo

negro, bordadas en oro sus armas ducales, y sostenido de las riendas por

un paje.

Los embajadores de Alemania, Francia y España lo acompañaron hasta más

allá de los muros de Roma. El cardenal Cesarini lo esperaba en una

puerta de la ciudad para comunicarle algo importante en nombre del Sacro

Colegio, y César contestó con altivez, desde lo alto de sus andas, que

no podía darle audiencia.

En realidad, hacía esfuerzos sobrehumanos para guardar su aspecto

impasible y no desmayarse. Al amparo de él salió del Vaticano toda la

familia Borgia. Su madre la Vannoza había ido á pedirle protección, pues

al conocerse la muerte del Pontífice el populacho intentaba asaltar y

robar su casa.

Detrás de su lecho portátil iba también don Jofre, pero solo. Su esposa,

la liviana doña Sancha, vivía presa en el castillo de Sant Angelo desde

algunos meses antes, por orden de Alejandro VI, á causa de sus

escándalos. César acababa de ordenar su libertad, encargando á los

Colonna que la condujesen á Nápoles.

Habían atraído especialmente su atención los pequeños de su familia,

colocándolos en el lugar más seguro de dicha comitiva. Cuatro niños

marchaban detrás de su cama ambulante. Dos de ellos eran el duque de

Sermoneta, hijo de Lucrecia y del napolitano Biseglia, que había de

morir pocos años después, y el príncipe de Camerino, último retoño del

Pontífice muerto y de la bella Julia Farnesio. César mostraba un afecto

paternal por este hermano tardío. Los otros dos niños eran bastardos

suyos, habidos de madres desconocidas, pues sus verdaderos amores

procuró siempre mantenerlos en el misterio.

Y ponía fin al cortejo don Michelotto, la espada en la diestra, mirando

á un lado y á otro con agresiva inquietud, seguido de sus hombres, que

abandonaban Roma de mal talante, como una jauría silenciosa pronta á

ladrar y morder al menor incidente.

«Esta retirada--se dijo Claudio--, comparable á una apoteosis, fué el

fin de la carrera de César, tan corta y gloriosa. Ya no triunfó más á

partir de tal momento. Sólo le quedaban cuatro años de vivir, los cuales

fueron en realidad una lenta agonía».

Contaba en el cónclave con el partido español, compuesto de trece

cardenales, y desde fuera de Roma, luchando desesperadamente con su

enfermedad, envió continuos emisarios al Vaticano, influyendo en la

elección pontificia.

Todos los Borjas de carrera eclesiástica habían llegado á cardenales,

hasta un Francisco Borja, natural de Sueca, cerca de Valencia, que

empezó por cubiculario del Papa, para llegar á ser su tesorero,

arzobispo de Cosenza y cardenal de Santa Cecilia. Hubo un momento en que

se contaron diez Borjas entre los altos dignatarios de la Iglesia.

Vera y Remolino, los compañeros españoles de César en la Universidad,

también recibían el capelo cardenalicio, así como un clérigo de

Valencia, Juan Llopis, gran amigo de la familia. Y los demás íntimos de

Alejandro, su camarero Marrades, Pedro Carranza y otros, llegaban á ser

arzobispos sin abandonar el Vaticano. Hasta el alemán Burckhardt, el

autor del _Diarium_, recibía una mitra, mientras continuaba en secreto

la fría obra de difamación contra su protector.

Juliano de la Rovere, amigo de los Borgia en apariencia y el más

implacable de sus detractores, esperaba ser elegido Pontífice por los

cardenales italianos. César ganó su última batalla consiguiendo desde

lejos que el cónclave designase á un octogenario, el cardenal

Piccolomini, sobrino de Pío II, el cual tenía varios hijos, como la

mayor parte de los príncipes eclesiásticos de entonces.

Tomó el mismo nombre de su tío el Papa escritor, llamándose Pío III, é

inmediatamente confirmó á César Borgia en sus títulos de gonfaloniero de

la Iglesia y duque de las Romañas. Este hombre terrible con sus

adversarios era capaz de los más audaces sacrificios para los que se

mantenían fieles á él. Pío III, aparte de que la familia Piccolomini

había sido siempre amiga de los Borgia, mostraba un amor paternal por

César. Lo conocía desde niño y no podía olvidar cómo le salvó la vida

en cierta ocasión, combatiendo á sus enemigos personales.

Por desgracia para el duque de las Romañas, el nuevo Papa era tan viejo

y estaba tan débil, que ni había podido asistir al cónclave.

Volvió á Roma el gonfaloniero, enviando jefes de su confianza á todos

los dominios de la Santa Sede conquistados por él, para tenerlos más

seguros. Los enemigos de los Borgia fingían obedecer á Pío III,

traicionando al mismo tiempo á su capitán general. Venecia apoyaba en

secreto á los feudatarios desposeídos. Florencia enviaba una vez más á

Maquiavelo cerca de este enemigo temible, con el encargo de procurar su

muerte si lo creía oportuno.

Fernando el Católico le asestó el golpe de gracia. Siempre había visto

con recelo y antipatía á este joven formado en su misma escuela. Era el

odio del maestro viejo al discípulo audaz é insolente. Gonzalo de

Córdoba, obedeciendo á su rey, dió desde Nápoles la orden de

incorporarse á sus banderas á todos los españoles al servicio de César

Borgia. Don Hugo de Moncada y sus mejores capitanes tuvieron que

abandonarlo, precisamente en el momento que más se estrechaba en torno á

su persona el cerco de sus enemigos.

Don Miguelito y la tropa mandada directamente por él fueron los únicos

en desobedecer dicha orden, quedándose al lado del Valentino por lo

mismo que empezaba á obscurecerse su buena estrella.

Al perder el apoyo de tres mil españoles, ejército pequeño, pero el

mejor organizado de entonces, los _condottieri_ y los señores feudales

desposeídos creyeron llegado el momento de acabar con el conquistador de

las Romañas, formando un círculo de tropas alrededor de Roma y acabando

por entrar en ella para exigir á Pío III que les entregase al duque

«vivo ó muerto».

César se refugió en el castillo de Sant Angelo, haciéndose llevar á

hombros por la vía subterránea que comunicaba dicha fortaleza con el

Vaticano.

Don Michelotto y otros amigos estaban ausentes, por haberlos enviado á

las Romanas á que gobernasen sus principales fortalezas; mas algunos

partidarios fieles que permanecían junto á él, especialmente el

belicoso obispo Bonafede, bastaban para defender la antigua Mole

Adriana, tenida por inexpugnable luego de las obras hechas en ella por

Alejandro VI.

Al fin hubieron de renunciar sus adversarios á los procedimientos

violentos para suprimirlo, y solicitaron de Pío III que iniciase un

proceso contra él, Así transcurrió Octubre de 1503, y como Juliano de la

Rovere había conseguido atraerse mientras tanto á todos los individuos

del cónclave pertenecientes al partido francés y consideraba segura su

elección, creyó llegado el momento de acortar los días del anciano

Piccolomini, que ya duraba demasiado.

Hizo el médico del Pontífice una operación torpe pero oportuna en una

pierna que tenía enferma, y esto lo mató repentinamente, dejando vacante

el trono apostólico. Rovere, á pesar de su odio á los Borgia, se puso en

comunicación con César, haciéndole toda clase de promesas á cambio de

que le proporcionase los votos de los trece cardenales españoles.

«El futuro Julio II--pensaba Claudio--, tan injustamente alabado por los

historiadores de su época, fué peor realmente que el más malo de los

Borgia, uniendo á su perversidad la nota antipática de la traición y la

hipocresía. Pasó una parte de su existencia insultando á su antiguo

amigo Rodrigo de Borja, para adularlo á continuación servilmente, cuando

éste le perdonaba sus deslealtades».

Alejandro VI era para él «un judío»; pero esto no le impidió casar á

individuos de su familia con parientes de aquél, para asegurar mejor su

influencia. Apenas elegido Papa, mandaba cerrar las Estancias de los

Borgia, no obstante su belleza artística.

--Yo no puedo vivir--decía indignado--en los mismos lugares que habitó

ese «marrano» español, ese circunciso.

Y semanas antes había suplicado á César que le proporcionase el apoyo de

los cardenales españoles, debiendo á ellos su elección.

Su pontificado resultaba grande políticamente, porque el hijo de

Alejandro VI había preparado sin saberlo dicha grandeza, ensanchando

con su espada los Estados de la Iglesia. Lo mismo podía decirse en lo

referente á las artes. Miguel Ángel, el primer artista de su tiempo,

empezó á trabajar en Roma como protegido de César.

Prometía Rovere al duque de las Romañas una situación bajo su

pontificado semejante á la que había tenido con Alejandro VI, pero

pronto se convenció el enfermo de que iba á tratarle traidoramente, como

siempre.

Apenas elegido Papa con el nombre de Julio II, confirmaba á César su

título de gonfaloniero de la Iglesia, pero enviando al mismo tiempo

emisarios á todos los Estados dependientes de la Santa Sede para que

sustituyesen á los gobernadores amigos de Borgia. Estos agentes volvían

á Roma poco después, declarando con asombro que los habitantes de las

Romañas adoraban al Valentino y se mantenían fieles á él, no queriendo

someterse á la autoridad directa del Papa.

Furioso Julio II por tal desobediencia, quiso encarcelar á César en el

castillo de Sant Angelo. Luego, asustado por la protesta de los

cardenales españoles, se limitó á tenerlo preso en las habitaciones que

ocupaba dentro del Vaticano, ó sea en la llamada torre Borgia.

A principios de 1504 aún estaba el duque de las Romañas tendido en su

lecho, rodeado de amigos fieles y procurando no comer más alimentos que

los preparados por aquéllos, pues temía, con razón, verse suprimido como

el viejo Pío III. La victoria definitiva de los españoles sobre los

franceses en el reino napolitano contribuyó á que Julio II no se

atreviese á abreviar la vida de su prisionero.

Hasta el mes de Abril de 1504 batalló el Pontífice para arrancarle el

gobierno de las Romañas. Aceptaba César la entrega de sus Estados á

cambio de la libertad y la vida, enviando órdenes á todos sus

gobernadores para que cediesen á los representantes del Papa ciudades y

fortalezas. Pero estaban allá don Michelotto y otros españoles, como

delegados del duque Valentino, especialmente el castellano Gonzalo de

Mirafuente, y se negaban á obedecer los mandatos de su señor.

--Cuando el duque esté libre--contestaba Mirafuente--y me escriba, le

obedeceré. Mientras el Papa lo tenga preso, su firma carece de valor

para mí.

César ya no estaba en el Vaticano. El nuevo Pontífice lo había

trasladado á su castillo de Ostia, junto al mar, prometiéndole una

licencia para embarcarse tan pronto como las Romañas se sometiesen.

Solamente algunas ciudades empezaron á acatar á Julio II, lamentando con

ruidosas demostraciones verse privadas del gobierno justiciero, y hasta

democrático para aquella época, del hijo de Alejandro VI.

Tales manifestaciones populares á favor de César fueron una prolongación

de su salida triunfal del Vaticano, un año antes. El 26 de Abril

consiguió embarcarse en una galera enviada por Gonzalo de Córdoba,

dándole éste además un salvoconducto en nombre de don Fernando el

Católico.

Llegaba finalmente César á Nápoles sin otro acompañamiento que su

antiguo condiscípulo el español Remolino, ahora cardenal, y su paje

Juanito Grasica, de la misma nacionalidad.

Al conversar con Borgia, sintióse Gonzalo de Córdoba seducido por sus

vastos planes. Continuaba soñando con la constitución de una Italia

única, pero ésta necesitaba vivir al amparo de una potencia vigorosa que

la protegiese: España ó Francia.

Ya que su suerte le había empujado á Nápoles, tierra de Fernando el

Católico, se ofrecía á emprender la conquista de toda Italia para que

fuese de los reyes españoles, lo mismo que Nápoles y Sicilia. Y el Gran

Capitán, como virrey, le autorizó para organizar una expedición contra

la Toscana.

En menos de un mes tuvo formado un pequeño ejército. Acudían soldados de

diversas nacionalidades, seducidos por la noticia de que el duque

Valentino proyectaba hacer la guerra de nuevo. Ya tenía la artillería en

varias galeras y sus tropas prontas, con el propósito de desembarcar en

Pisa, que esperaba impaciente su presencia, cuando fué hecho prisionero

por Gonzalo de Córdoba, cumpliendo una orden de los reyes de España.

La política tortuosa é incomprensible para los demás que siguió en todas

ocasiones Fernando el Católico abundaba en tales sorpresas. Le convenía

por el momento ayudar á Julio II, y éste deseaba tener otra vez al hijo

de Alejandro á su disposición para que acabase la entrega de las

Romañas. Sólo algunas plazas se habían rendido al Pontífice. Las más

importantes continuaban en franca rebeldía, no pudiendo tomarlas las

flojas tropas del Papa. Gonzalo de Mirafuente y otros capitanes fieles

seguían gobernando las mejores posesiones del duque Valentino.

Para vencer su resistencia, intentó valerse el Pontífice del auxilio de

ciertos españoles establecidos en Roma y despechados con los Borgia

porque no les habían proporcionado empleos ó dado muy poco en los

tiempos de su grandeza.

Uno de ellos, Pedro de Oviedo, antiguo servidor de César, se prestaba á

ir á Forli como enviado de Julio II para sobornar al gobernador

Mirafuente. Este le afeó su traición, indigna de un español, por ser los

Borgia españoles de origen, y luego de acribillarlo á puñaladas lo hizo

colgar de una almena.

Como el tesón de los representantes de César iba demorando la entrega de

las Romañas, el Papa había buscado el apoyo del rey español.

También recibió Gonzalo de Córdoba el encargo de quitar al prisionero su

salvoconducto á nombre de don Fernando el Católico.

Este documento, cuya desaparición interesaba mucho al monarca, no lo

poseía ya el cautivo por haberlo confiado á uno de sus lugartenientes

italianos, Baltasare de Scipione; mas al fin consiguió el virrey de

Nápoles, por medio de los Colonna, apoderarse de él, rompiéndolo.

Resistíase el prisionero durante tres meses á ruegos y amenazas, no

queriendo dar nuevas órdenes á sus gobernadores de las Romañas para que

entregasen las fortalezas. Al fin cedió en Agosto, y la rendición de sus

últimos defensores fué con gran pompa y no menores testimonios de afecto

al duque vencido, demostrándose una vez más el gran amor que éste sabía

inspirar á los que le rodeaban.

Gonzalo de Mirafuente obligó al Pontífice á darle una suma enorme como

reembolso de los gastos que, según él, había hecho para defender la

plaza desde que César no pudo socorrerle.

El acto de la entrega de Forli resultaba una marcha triunfal para su

guarnición. Mirafuente salía armado de punta en blanco como si fuese á

un torneo, llevando delante un heraldo que aclamaba el nombre de César,

duque de las Romañas; á su lado, dos tenientes, Fracassa y Numai, y

detrás toda su tropa, compuesta de españoles é italianos. La resistencia

había durado nueve meses.

Indudablemente, esta aparatosa rendición de Forli, la más tenaz de sus

plazas en resistirse, fué á cambio de promesas que Gonzalo de Córdoba

hizo á César de acuerdo con las instrucciones de su rey; pero

transcurridos nueve días, en vez de ponerlo en libertad lo embarcaba en

una galera española, sin permitirle otro acompañante que su paje Juanito

Grasica. Dicho buque hizo rumbo á España escoltado por una flotilla de

guerra, para impedir que los numerosos partidarios que aún le quedaban á

César en las costas de Italia saliesen á libertarlo.

Durante el resto de su vida sintió remordimientos Gonzalo de Córdoba por

esta acción desleal. Hasta en el momento de su muerte se acordó de César

Borgia, llorando la felonía con que lo había tratado por obedecer las

órdenes de Fernando el Católico.

Baltasare de Scipione, el _condottiere_ al servicio de César, que se

dejó engañar entregando su salvoconducto, sintió tal indignación ante el

proceder del rey de España y de Gonzalo de Córdoba, que, con arreglo á

los usos caballerescos de la época, hizo publicar un llamamiento en toda

la cristiandad retando á combate á los que quisieran sostener que los

reyes Fernando é Isabel no habían obrado como traidores, «con

menosprecio de la fe jurada y con vergüenza para su corona real». Y

ningún español se presentó, á pesar de que eran muchos los que vivían

entonces en Italia, siempre dispuestos á batirse con el más ínfimo

pretexto. Todos estaban convencidos de la justicia y verdad de dicho

reto.

Lo inconcebible para algunos fué que un hombre como César creyese en la

palabra de Fernando el Católico, quien consideraba superfluo dar valor

á las promesas en asuntos políticos. El maestro viejo había acabado por

engañar al terrible discípulo.

Recordó Claudio el cinismo diplomático de este monarca español grande á

su modo. Un embajador francés se quejaba ante él de su falta de

sinceridad con Luis XII. Su rey no quería nada con el de España,

recordando cómo le había engañado una vez.

--¿Una nada más?--dijo Fernando el Católico, sonriendo finamente--. Yo

creo que lo he engañado más de ocho.

Llegaba á Valencia la galera procedente de Nápoles á fines de Septiembre

de 1504, desembarcando al prisionero. Era la primera vez que este hijo

de español pisaba el suelo de España.

Teniendo quince años lo habían nombrado arzobispo de Valencia, y cuando

al fin podía visitar su antigua diócesis, era como cautivo. A los ocho

había empezado su carrera dentro de la Iglesia, recibiendo la mitra de

Pamplona, y el destino lo iba empujando para morir en Navarra, al otro

lado de la Península.

La tierra de sus ascendientes, que durante varios años había escuchado

los ecos de sus grandezas y victorias, sólo iba á conocerlo vencido y

muerto.

Como los Borgia disponían de tantos amigos dentro del reino de Valencia,

el rey no lo dejó permanecer en dicha ciudad, enviándolo al castillo de

Chinchilla, cerca de Albacete, fortaleza pobre é incómoda. Allí pasaba

varios meses, y tal era su desesperación, que pretendía fugarse del modo

más difícil y audaz, puesto de acuerdo sin duda con algunos de sus

partidarios en Valencia.

El alcaide del castillo, Gabriel Guzmán, era famoso como hombre forzudo.

Un día, cuando mostraba á César el triste paisaje desde lo más alto de

la torre principal, aquél lo agarró por sorpresa, intentando arrojarlo

desde las almenas al foso, para huir después. La lucha resultaba larga y

tenaz, por ser ambos de un vigor hercúleo; mas al fin triunfaba Guzmán,

y el prisionero decía riendo que todo había sido una broma para poner á

prueba las tan ponderadas fuerzas del alcaide.

Poco después lo trasladaban al castillo de la Mota, junto á Medina del

Campo, en plena Castilla, donde no contaba con amigos de su familia.

Isabel la Católica había muerto, el 26 de Noviembre de 1504, en la misma

Medina del Campo, cuya fortaleza iba á guardar ahora á este prisionero

célebre.

Castilla estaba amenazada de una guerra civil. Parte de la nobleza pedía

que Fernando el Católico siguiese gobernando dicho reino en nombre de su

hija doña Juana. Los más de los señores, ansiosos de novedades, se

mostraban enemigos suyos y partidarios de que reinasen sin tutela doña

Juana, que después fué llamada «la Loca», y su marido Felipe el Hermoso,

hijo de Maximiliano, emperador de Alemania.

Esta situación anormal vino á favorecer al prisionero de Medina del

Campo. Lucrecia Borgia desde su corte de Ferrara, los cardenales

españoles residentes en Roma y el rey don Juan de Navarra, influenciado

por las súplicas de su hermana Carlota, hacían esfuerzos comunes por

conseguir la libertad del duque del Valentinado.

Se negaba el papa Julio II á apoyarlos, y hasta por instigaciones suyas,

la viuda de Juan de Borja, duque de Gandía, solicitaba de Fernando el

Católico que instruyese un proceso contra César, acusándolo de la muerte

de su marido y de su cuñado el duque de Biseglia. Como esta duquesa

viuda pertenecía á la familia de don Fernando, muchos creyeron que el

proceso era un pretexto inventado por dicho monarca para oponerse

pasivamente á todas las demandas venidas de fuera en pro del prisionero.

Dos partidos se habían formado en Castilla: el de don Fernando, teniendo

á su frente al duque de Alba, y otro que sostenía los derechos de Felipe

el Hermoso y su mujer doña Juana, dirigido por el conde de Benavente.

Ambos grupos pusieron sus miras á la vez en el solitario cautivo.

Hubo un momento en que don Fernando creyó que Gonzalo de Córdoba

intentaba traicionarle, apropiándose el reino de Nápoles, y su

conocimiento de las cosas de Italia le hizo pensar en el duque de las

Romañas como el jefe más idóneo para combatir al Gran Capitán. En los

mismos días los partidarios de Felipe el Hermoso proyectaban poner en

libertad á César Borgia, considerándolo el mejor caudillo para vencer á

Fernando el Católico, si es que estallaba una guerra civil.

Todo esto sirvió para que el hijo de Alejandro VI se viese en dicha

fortaleza más vigilado que nunca. Púsose el conde de Benavente en

relaciones secretas con él valiéndose del capellán que le visitaba en su

prisión, y así se concertó una de las evasiones más audaces y peligrosas

que se conocen.

Claudio recordaba la considerable altura de la torre del homenaje en el

castillo de la Mota.

Facilitaba dicho clérigo á César una cuerda muy larga, pero aun así

resultaba corta, quedando á varios metros del suelo. El único criado de

Borgia, un español admitido á su servicio pocos meses antes, fiel hasta

la muerte por la seducción natural que ejercía el duque sobre todos sus

allegados, se prestaba á ser el primero en descender por la cuerda, y al

llegar á su extremo caía, rompiéndose las piernas. Allí quedaba sin

poder moverse, hasta que salían las gentes de la fortaleza, matándolo.

Dejábase deslizar César á continuación. Llevaba manos y brazos envueltos

en trapos; pero tan largo era el descenso, que estas envolturas se

desgastaban, cortando la cuerda sus carnes. Luego quedaba indeciso al

final de aquélla, viendo debajo de él á su criado con las piernas rotas.

La alarma dada por los centinelas ponía término á su incertidumbre. El

alcaide, desde lo alto de la torre, cortaba la cuerda para que se

matase, y César caía lo mismo que su doméstico. A pesar de su

magullamiento, atravesaba á nado el foso de agua fría, subiendo á gatas

la escarpa opuesta. Allí le esperaban tres ballesteros del conde de

Benavente, é izándolo en un caballo, lo llevaban á todo galope á

Villalón, lugar fuerte del que era señor el citado prócer.

Un mes necesitó en este nuevo encierro para restablecer sus fuerzas. Su

evasión la había efectuado el 25 de Octubre de 1506, y cuando á fines de

Noviembre pudo salir oculto de Villalón, todavía llevaba los antebrazos

y las manos envueltos en vendajes.

Con dos hombres conocedores del país y fingiéndose los tres mercaderes

que iban de feria en feria, se dirigieron á Santander, embarcándose allí

para Laredo y Bermeo. Luego reanudaron su viaje terrestre por Bilbao,

Durango, Mondragón y Vergara, llegando finalmente á Pamplona el 3 de

Diciembre.

Resultaba admirable una vez más, en este viaje peligroso, la energía de

César Borgia. Todas las autoridades estaban avisadas de su fuga. Sumas

cuantiosas eran ofrecidas al que lo descubriese. Los tres mercaderes se

vieron detenidos por los alcaldes de dos poblaciones; pero con tanta

serenidad y habilidad contestaba el que parecía más importante de

aquéllos, que inmediatamente los soltaron.

El detalle más triste de esta fuga novelesca fué la identificación que

iban haciendo los perseguidores de César Borgia al seguir su pista.

Todos los que declaraban haber visto á los tres mercaderes hacían

mención especial de uno de ellos, «de cara muy fea, algo negro, las

narices anchas». Era el hijo de Alejandro VI, el «_príncipe biondo e

bello_» tan admirado años antes por las damas romanas.

Ya libre al lado del rey Juan de Navarra su cuñado, procuró el duque

Valentino regularizar sus embrollados asuntos. A Luis XII de Francia le

reclamó el pago de la dote de su mujer Carlota de Albret, que nunca

había hecho efectivo, así como las rentas que le correspondían por su

ducado de Valence.

Dicha reclamación resultaba inútil. Para que le pagase Francia,

necesitaba seguir la política de Fernando el Católico, aliado otra vez á

Luis XII; y él, por su parentesco con el rey de Navarra y su fuga de

Medina del Campo, venía á figurar entre los amigos de Felipe el Hermoso

y el emperador Maximiliano. Por esta última razón, lo que hizo el rey

francés fué recuperar el Valentinado, quitándoselo para siempre.

Rotas sus relaciones con Luis XII, aceptó el mando de las tropas de su

cuñado, y sin miedo á potencias tan fuertes como España y Francia, puso

en abierta hostilidad con ellas al pequeño reino de Navarra, para

preparar el triunfo de Felipe el Hermoso.

Antes creyó necesario dar fin á una guerra insignificante que existía

entre el monarca navarro y uno de sus feudatarios, Luis de Beaumont,

conde de Lerin, súbdito rebelde--lo mismo que los vasallos romanos

desleales con el Papa--, el cual se defendía de su legítimo señor

sostenido por Fernando el Católico.

En esta pequeña campaña sin gloria iba á perecer obscuramente el capitán

que había intentado la unificación de Italia.

El 11 de Febrero de 1507 atacó la plaza de Viana, cerca de Logroño. Las

fuerzas con que contaba César podían hacerle dueño de dicha población

rápidamente. Sus defensores carecían de víveres, y algunas bandas del

conde de Lerin se movían durante la noche en torno al campamento de los

sitiadores, buscando ocasión para introducir un convoy en la ciudad.

Dichas operaciones nocturnas ocasionaban frecuentes escaramuzas, y un

amanecer, al notar César Borgia que varios grupos de enemigos intentaban

una de las mencionadas sorpresas, se armó rápidamente, no acabando de

colocarse bien las piezas de su armadura, y montó á caballo, sin que en

realidad fuese necesaria su presencia, galopando hacia los partidarios

de Beaumont, ya en retirada. Tal era su ímpetu, que no volvió la cabeza

atrás para enterarse de si era seguido.

Le perdieron los suyos de vista, y al percatarse los adversarios de que

sólo era un jinete quien venía en su persecución, le hicieron frente,

encontrándose de pronto César rodeado de enemigos. Sintieron éstos

aumentar su osadía á la vista de las ricas armas del caballero, y como

eran muchos, lo abrumaron bajo una lluvia de golpes.

La armadura, colocada con precipitación, tenía algunas piezas sueltas, y

uno de los atacantes consiguió meterle un lanzazo por el sobaco, que le

hirió de muerte, derribándolo de su corcel. Como aún intentaba

defenderse en el suelo, lo remataron á golpes, despojándolo de su

envoltura metálica, así como de gran parte de sus ropas valiosas.

Al ver el conde de Lerin la riqueza de dicha armadura, de las más finas

que se fabricaban en Italia, quedó absorto, no pudiendo adivinar quién

sería este enemigo poderoso, muerto sin gloria en un barranco. Al volver

al sitio de la lucha con un grupo de los suyos, vió el cadáver del

misterioso jinete, medio desnudo, y arrodillado junto á él y llorando á

un mozo con aspecto de paje.

Era Juanito Grasica, que había vivido en tierra española todo el tiempo

de la prisión de su señor, sirviéndole de intermediario con los que

preparaban su fuga, y viniendo luego á Navarra á unirse con él.

Había seguido de lejos al duque en este amanecer, distanciado por la

velocidad de su corcel, y acabó por descubrir su cadáver.

Beaumont y los suyos preguntaron á Juanito quién era el gran señor

recién muerto, y el paje contestó entre gemidos:

--Don César de Borja, duque del Valentinado y de las Romañas.

Mostráronse los enemigos asustados de su propia obra, lamentando

Beaumont que tan alto personaje, famoso en toda la tierra, hubiese

venido á morir allí como un pobre montañés de los que guerreaban en sus

partidas.

Quedaba el cadáver en la iglesia de Santa María de Viana, bajo una tumba

monumental, mezcla de las gracias del Renacimiento y las nobles formas

del gótico florido español.

Figuraban en ella los reyes de la Sagrada Escritura en actitud dolorosa,

reflejando la emoción causada por la muerte de tal héroe, y sobre el

sarcófago, un pomposo epitafio en castellano empezaba del siguiente

modo:

Aquí yace en poca tierra

El que toda le temía;

El que la paz y la guerra

En la su mano tenía...

«Pero estaba escrito--siguió pensando Claudio--que ninguno de los Borgia

dejase un monumento firme, recordando su paso por la tierra. Calixto III

y Alejandro VI, después de ser enterrados en San Pedro, han venido á

parar á una iglesia española de Roma. La tumba de Lucrecia, princesa

reinante de Ferrara, es hoy una simple losa con caracteres borrosos.

Este monumento regio de César, costeado por el monarca de Navarra y que

describieron varios autores españoles durante el siglo XVI, desapareció

en el siglo XVII, siendo hecho pedazos».

El cadáver de César lo sacaban de la iglesia para volverlo á enterrar en

plena calle. Fué esto venganza de un prelado á cuya diócesis pertenecía

Viana.

Don Pedro de Aranda, obispo de Calahorra, había sido acusado de judaísmo

en 1498 y encerrado en el castillo de Sant Angelo, prolongándose varios

años su proceso. Era mayordomo de Alejandro VI, y éste tuvo que proceder

así por exigencias de la Inquisición española y de Fernando el Católico,

quienes veían con malos ojos el refugio concedido en Roma por el

Pontífice á los judaizantes fugitivos de España.

Además, le fueron confiscados al obispo Aranda diez mil escudos de oro y

otros diez mil que tenía en poder de varios banqueros, sumas

considerables que sirvieron en parte para costear el suntuoso viaje de

César á Francia, cuando le nombraron duque del Valentinado.

Murió Aranda á consecuencia del encarcelamiento, y uno de sus

descendientes, también obispo de Calahorra, no podía hacer visitas á la

iglesia de Viana sin mirar con ojos de odio la tumba del hijo de

Alejandro VI.

Y como en aquel entonces ya se había generalizado la falsa leyenda de

los Borgia, aprovechó una restauración del templo para hacer pedazos la

ostentosa tumba y echar fuera los restos de César.

El obispo judaizante perseguido por la Inquisición quedaba vengado.

A los pies de Venus (los Borgia) · 第 21 / 23 题